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REALIDAD ALTERNA 5“Mix”SEGUNDA PARTE: Cuestión de Opinión.C’èn el sonno l’oblio Come l’invidio {En el sueño está el olvido, cómo lo envidio} (Lamento di Federico, L’Arlesiana, Francesco Cilea) Tras discutir quién empezaba durante dos tazas de café, se decidieron por un simple juego de piedra-papel-o-tijeras, Methos perdió y Connor exhibió su sonrisa lobuna acompañada de su escalofriante y cavernoso "jejeje" París, 1992 Connor, el primero de los muertos vivientes del linaje MacLeod, encaminó sus pasos hacia la arcaica iglesia de Ste. Julièn le Pauvre, hogar de Darius. El viejo Inmortal, aunque hacía un te espantoso, siempre recibía a sus amigos con los brazos abiertos. El escocés necesitaba el confort de la antigua persona, las palabras de aliento y el callado respeto que ofrecía el sacerdote ante las más insólitas confesiones que pudieran escucharse en cualquier iglesia católica del mundo, principalmente proviniendo de inmortales. Claro que el católico de la familia era Duncan, con su alto sentido del honor y la justicia, pero Connor no quería confesarse, tan sólo deseaba un oído que en verdad escuchara. Aclarar sus pensamientos. De alguna manera desenmarañar los laberintos de su alma y Darius era, para todos los inmortales, la fuente de sabiduría que alejaba sus extraviadas identidades del caos, si bien momentáneamente. Al menos eso es lo que se dijo a sí mismo al ir en pos de él. De principio había pensado acudir a Duncan, pero el hombre estaba demasiado ocupado con su nuevo amor: Tessa, y Connor no pensaba interrumpir su 'retiro' del Juego con banalidades como su estado de ánimo. Bastante miserable era la vida de los de su clase, como para que él irrumpiera en su breve lapso de felicidad. El amor que él mismo sintiera por Heather hacía ya tanto, era razón suficiente para desearles una larga vida juntos, hasta que llegara el final de los días de la mortal. La oscuridad del pasillo, interrumpida solamente por los pálidos destellos de los candelabros, mostraban más que nada la sobriedad y sencillez del ocupante de la sacristía. Connor recorrió el pasillo lateral, evadiendo la nave central con su sigiloso y felino andar que era su segunda naturaleza. Más de una vez había asustado a muerte al pobre de Duncan, pero no podía evitarlo. Escuchó a través del vacío espacio la suave voz del sacerdote, sintiendo ya en su alma el efecto de los graves y reposados tonos. Estaba platicando con alguien, podía percibir la risa amable de Darius. Su acompañante era probablemente otro de su clase, no conseguía aislar las Presencias que se confundían en la apacibilidad del lugar. Pero estaban en terreno sagrado y ningún Inmortal estaba tan demente como para matar a otro ahí, y menos a Darius, eso era inconcebible. El sacerdote se había convertido en un icono símil del Mesías ante los de su raza. Se deslizó por la puerta apareciendo súbitamente a espaldas de Darius. El sacerdote estaba solo, aunque sentado ante el tablero de ajedrez, los codos apoyados en el borde de la mesa. Connor repasó instintiva y rápidamente la escena, una cerveza posada a un lado del tablero junto a la taza del famoso te de musgo de Darius y la ligera disposición ladeada de la silla en el lugar opuesto a su amigo. Efectivamente, había alguien más que no estaba a la vista. –Entra Connor –indicó Darius sin volver la cabeza. Connor obedeció, las manos metidas en los bolsillos de su gabardina blanca. –¿Cómo? –estuvo a punto de preguntar cómo lo hacía, pero lo pensó mejor–¡Olvídalo!... Puedo regresar más tarde –aventuró en tono amable, señalando la cerveza con un movimiento de cabeza. –No hay necesidad –contestó Darius levantándose para abrazar al escocés, Él devolvió el cálido abrazo apretando la delgada y alta figura del sacerdote contra sí, sintiendo la calidez del hogar perdido. El leve sonido de un mueble deslizándose sobre rieles metálicos enterrados en las losas del piso llamó su atención, ambos se volvieron hacia el origen, deshaciendo el abrazo al mismo tiempo. –No podía perderme tan tierna escena –la socarrona voz de barítono provenía de un alto, flaco y desgarbado hombre, la cabeza ladeada y una media-sonrisa pintada sobre un pálido rostro de aristócrata nariz, el cabello castaño-oscuro caía en desordenados picos sobre la amplia frente, contrastando extraordinariamente con unos ojos verde-dorado. Un holgado suéter que parecía tres tallas más grandes de lo normal, unos desgastados jeans y unas botas de excursionismo completaban el atuendo, el consabido abrigo negro apretujado en una mano. –¡Methos! –exclamó Connor sonriendo mientras avanzaba hacia él, estrechándolo en un abrazo de oso que sacó el aire de sus pulmones. –También te quiero –exclamó sin aliento y devolviendo el abrazo. La suave risa de Darius les alegró el alma.
«Muy conmovedor, entonces... ¿quieres decirme por qué quieres matarlo a golpes?» preguntó Mix a Connor, en vista que se había detenido mirando el espacio, como si estuviera reviviendo la escena. «Este miserable... infecto... gusano...» –comenzó Connor, el último epíteto hizo que Methos comenzara a ponerse verdoso. «Está bien. ¡Ya basta!» –interrumpió Mix. Connor prosiguió su narración.
Hacía tiempo que Connor se había dado por vencido. Ser el mejor espadachín del mundo tenía sus bemoles. Cualquier Inmortal calenturiento se le atravesaba una y otra vez en el camino lanzándole un desafío, y francamente se estaba cansando. A pesar de las palabras de Ramírez no lograba asimilar y mucho menos aceptar, que ése era su destino, el destino de los de su casta. La existencia de Methos y Darius, incluso la del desagradable Melvin Koren, eran prueba de que se podía vivir un largo tiempo sin tener que cortarle la cabeza al prójimo, claro que sobre prójimos como Koren no tenía mucho qué decir. Connor MacLeod era leyenda viva, y el término no le agradaba en lo más mínimo, porque por lo mismo parecía tener un imán para las desdichas, la última de ellas fue la muerte de su hija adoptiva en un aparatoso bombazo hecho aparentemente por otro inmortal que prefería hacerle la vida de cuadritos que enfrentarlo en un desafío de ley. Uno tras otro de sus seres queridos caían segados por las armas de sus contrincantes, ya fuera como cebo para entramparlo o por la mera crueldad de infringirle daño emocional, un tipo de daño que estaba consciente, no manejaba demasiado bien. De la clase que lo había presionado de tal manera que se había convertido en un errante solitario. Así que el día que entró en la iglesia de Darius, iba decidido a pedirle consejo al santo hombre y si no encontraba la paz, al menos podía solicitarle que tomara su cabeza y acabara con sus miserias existenciales. Methos se alejó discretamente mientras el escocés le contaba sus penas al sacerdote, entreteniéndose en analizar el juego de guerra posado en una mesa lateral. Connor no quería admitirlo, al menos conscientemente, pero lo que había hecho tenía todas las vistas de una confesión y la solicitud de una extremaunción. El sacerdote se negó a tomar su cabeza, mientras trataba de explicarle una vez más que, a pesar de que Ramírez había sido uno de sus alumnos, ‘El Español’ nunca había comprendido la sutil diferencia del juego entre inmortales: de que tomar cabezas no era una parte necesaria de su existencia. Y finalmente que esperaba que Connor sí lo entendiera. Pero el escocés estaba tan irritado que no lo escuchó. No le importaba la ‘diferencia’. Su mundo estaba compuesto desde que él tenía memoria, por la muerte y el dolor. Enfrentando una y otra vez enemigos gratuitos que sólo querían colectar cabezas y acumular poder. Salió hecho un basilisco con Methos atrás de él. –Sabías que no lo haría Connor –comentó Methos desde un par de pasos atrás, sintiéndose ridículo de expresar lo obvio. –Es mi amigo –objetó secamente el escocés. Methos suspiró profundamente, la melancolía gaélica le resultaba incomprensible. ¿Qué no la autoinmolación entre los europeos se había acabado con los druidas? –Darius no toma una cabeza... –Desde hace siglos... lo sé –interrumpió Connor– entonces hazlo tú –siseó deteniéndose en seco y volviéndose a encararlo. –No no no no no, yo no –contestó Methos negando con las manos y la cabeza a la vez que retrocedía un par de pasos– ¿sabes? Después de equis número de cabezas los quickenings no se me asientan bien. Uno como el tuyo me freiría. Connor no se movió para acercarse más, pero su mirada acusadora hizo sonreír al anciano. Methos lo miró aprensivo... esa terquedad escocesa, mezclada con el sentido del honor y el deber de los Highlanders no le gustaba nadita. Y casi podía ver el diablillo que le estaba musitando desagradables cosas al oído de su amigo, pues sus ojos grises brillaron. –Duncan –musitó Connor reanudando su camino, como asaltado por un recuerdo. –¡Queeeé! ¿Tu pariente? ¿Estás completamente fuera de tus casillas? –replicó su amigo siguiéndolo, lo adelantó y comenzó a caminar hacia atrás– además... Quince ya lo ubicó... y sabes qué? dudo que sobreviva porque... bueno, ya sabes... "el gato" mide dos metros y probablem... –añadió lanzando el anzuelo. Y claro que Connor lo mordió. Ni siquiera esperó que Methos terminara su frase, montó a un taxi y se dirigió al aeropuerto Charles De Gaulle. Tampoco se detuvo a pensar de dónde había sacado Methos esa información. Simplemente tomó las palabras de su amigo al pie de la letra y al día siguiente se encontró en Seacouver para advertir a su pariente. En realidad para enfrentar a Slam Quince y evitarle el sufrimiento a Duncan. Su 'primo' se había alejado del juego después de la muerte de su última compañera mortal, Little Deer, y hasta donde él sabía, no era un participante activo. Mantenía un perfil bajo. Bien, tenía qué admitirlo, bajo respecto al suyo.
«Sigo sin entender. ¿Te enojaste con Methos por advertirte de la amenaza de Quince a tu primo?» comentó Mix. «¡Si dejaras de interrumpir!» protestó Connor mirándolo acusador. «¡La pasión de la juventud!» dijo Methos con un profundo y resignado suspiro mientras se acomodaba estirando sus cuatro largas extremidades a niveles inconcebibles. «¡Ni te atrevas!» replicó Connor tan sólo ligeramente amenazador. Connor MacLeod, espadachín de primera y maestro del sigilo, abrió los ojos desmesuradamente al sentir el dolor desgarrador del proyectil que se incrustó en su pecho proveniente de la empuñadura de la espada del gigantesco Slam Quince. Pudo sentir el ruido acolchonado de metal contra carne, percibir el crujido de costillas rotas e incluso sentir la insoportable presión sobre sus pulmones mientras caía pesadamente del puente, la vida escapándosele en un estallido de aire que hundió su cerebro en la neblina de la muerte. Claro que revivió en unos cuantos segundos, pero estaba tan exhausto por la prolongada pelea que solamente se abandonó al viejo truco que Ramírez le enseñara. Yaciendo tranquilamente en el fondo del río pudo escuchar el lejano choque de metales a unos 30 metros arriba de él, camuflado por la capa de agua pudo sentir el quickening de Quince acomodarse en la fuerza vital de su primo... al menos eso confiaba.. considerando que había desgastado bastante al gigante. Lo próximo que supo fue que Duncan se las había arreglado para sacarlo del agua y que había un par de ojos adolescentes mirando la escena entre las hierbas. También descubrió que no podía solicitarle que lo matara. De hecho, fingir que no le pasaba nada fue demasiado para sus nervios. Dejó a Duncan reluctantemente en su isla después de conducir a Tessa hasta él. Una semana después regresó a París a fin de provocar al irritable inmortal para que lo ayudara a bien morir. Methos se rehusó y Connor lo desafió. –¡Maldición Connor! Habiendo otros de los nuestros vagando por el mundo tenías que elegirme a mí –protestaba Methos acorralado por los veloces golpes del escocés. –No tengo opción –contestó secamente tratando de forzar el ataque del viejo. –¡Ya te dije que no voy a tomar tu jodido quickening! –jadeó Methos al borde del agotamiento. Sus jeans y su suéter convertidos en jirones ensangrentados. –¡Estás en deuda! –exclamó Connor apoyando el filo de su katana contra el cuello de su amigo, y sintiéndose miserable por tener que recurrir al sucio truco del chantaje. –¡Perfecto! Entonces toma mi cabeza –exclamó Methos fastidiado, tirando su espada, que resonó con un ruidoso traqueteo en el asfalto. A Connor entonces se le hizo claro que jamás lo convencería, así que se dio por vencido. No pensaba tomar la cabeza del viejo, su intención era la contraria.
Alonso ('Mix' para los dos visitantes) se contuvo para no interrumpir a Connor. El Highlander tendía a estallar repentinamente al recordar las humillaciones sufridas y Methos estaba como atolondrado, aunque parecía escuchar atentamente la narración que hacía su amigo y aprobaba de vez en cuando con la cabeza. Y aunque Mix seguía sin entender la causa de la molestia del escocés, el relato amenazaba complicarse, la mañana hacía rato que había terminado, y él tenía hambre. Dudó ligeramente sobre interrumpir, pero en lugar de eso, hizo señas a Isabel y a Mariana para que sirvieran el almuerzo; sin poder evitar sonreír disimuladamente ante las señales de anticipación que iluminaron tan disímiles rostros: Connor bronceado y saludable y Methos con su blancura marfileña, sus mejillas apenas levemente sonrosadas por las semanas que llevaba ahí. A pesar de la situación tan exasperante que esas dos pintorescas personalidades estaban generando, Alonso Hidalgo de la Vega estaba feliz de tener en su casa a dos amigos tan entrañables. –Tu amigo Met... ‘Miguel’ me ofreció una alternativa –corrigió Connor mirando ceñudamente al larguirucho inmortal. Methos supo inmediatamente a qué se refería el escocés. Y una mueca de entendimiento cruzó su blanco rostro. Ladeó la cabeza entrecerrando los ojos y concentró su atención en el Highlander sin acobardarse y mordiéndose los cachetes para no interrumpir. Una parada en el ecléctico departamento cercano a la torre Eiffel proveyó a Methos con un buen baño y ropas limpias, y a Connor con un buen whisky que saboreó mientras su anfitrión tomaba su ducha. El Highlander apoyó pesadamente su cansada carcasa en la alta e incómoda silla-trono que estaba adosada a la columna central del departamento, repasando los eventos que lo habían llevado a su desesperada situación. Kurgan había sido la piedra en su zapato desde el principio de su existencia como inmortal, y había terminado con él, bajo el supuesto de que era el final de la Reunión. Aunque él sabía que no lo era en realidad, Darius se lo había advertido. Esta falsa Reunión tan sólo era el final de los inmortales pervertidos, una raza bastarda incrustada dentro de otra raza trasplantada, y quienes, según el sacerdote, habían extendido el virus de la autodestrucción entre los ‘normales’, cualesquiera que fuera el significado de ‘normalidad’ entre gente que puede vivir eternamente. Cierto, había recibido el ‘Premio’, unos cinco años antes, pero eso tampoco no era algo de lo que estuviera particularmente orgulloso. Poder oír los pensamientos saltarines de millones de seres humanos que parecía que nunca habían aprendido a pensar de forma ordenada, era más bien similar a tener un ruido estático en su cerebro que a un verdadero ‘Premio’. Y ¿a quién en sus cinco sentidos se le ocurriría dominar el mundo o intentar controlar a un montón de líderes con ideas y crianzas tan disímiles entre ellos? ¿A quién se le ocurriría esforzarse en aislar las ideas no destructivas entre millones de seres humanos, cuando en sus casi 500 años que tenía vivo lo único que se había desarrollado exponencialmente eran mejores armas de destrucción global? Vaya, incluso los inocentes hornos se habían convertido en armas de destrucción en manos de Hitler. Connor no se engañaba. La humanidad no cambiaría por una vieja leyenda. Muy a su pesar lo intentó. Jugó al protector de la humanidad, aunque se sentía completamente absurdo en el papel. Lo único que le causaba cierta paz, era que ya no era Inmortal. Pero unos años después regresaron, repoblando el mundo y desencadenando nuevamente la ‘Reunión’ cuyos impulsos maniáticos arrastraban en su vórtice incluso a los ‘puros’ netamente terrestres, la inmensa mayoría de ellos infectados con las reglas que la infortunada mezcolanza de razas similares había ocasionado desde tiempos inmemoriales. Al regresar la raza ajena las voces se apagaron. Connor tenía que admitirlo, dejar de percibir esa estática era una bendición. Dedujo que de alguna manera el ruido de la Presencia de los ‘otros’ silenciaba las voces de su cabeza, su mortalidad desapareció y con el primer impuro que decapitó, regresó justo al punto de donde había partido, bueno, unos cuantos años más viejo a decir verdad, siendo mortal los años no pasaban de largo, se le quedaban encima. Pero la encadenada sucesión de desgracias sobre sus huesos no era una bendición, y poder escapar a ese destino impuesto era el escaso agarre que tenía sobre el timón de su existencia. –Hay una opción –las palabras sonaron huecas en el pequeño departamento de Methos, sacándolo abruptamente de sus pensamientos. –¿Y sería? –inquirió Connor preguntándose por qué en esos momentos Methos estaba eligiendo ser cuidadoso con las palabras. –Hay una facción de Vigilantes que quieren mantener muy remota la posibilidad de la Reunión y el Premio –comenzó Methos, haciendo una pausa de efecto– Tienen unas instalaciones donde mantienen a los que no quieren participar en el Juego. Le llaman el Santuario, aunque el lugar no está consagrado. Sin embargo, las defensas del búnker son excepcionales, los Vigilantes que lo guardan están armados con armas de grueso calibre y espadas. –¿Has estado ahí? –preguntó Connor sospechosamente. –No, sólo he oído de ellos –contestó Methos desinteresado. –¿Cómo sabes que es seguro? –preguntó Connor sopesando la información. –No lo sé –replicó Methos– pero sí se que hay varios inmortales ahí, recluidos voluntariamente por la eternidad. Mientras exista esa facción, seguirán vivos. –Lo haré –dijo Connor. Pensar en combatir eternamente con cuanto inmortal se le atravesara en el camino no le apetecía en lo más mínimo. La alternativa le parecía menos dolorosa que estar perdiendo seres queridos. Y el aislamiento al que se estaba sometiendo lo estaba matando en vida. –Piénsalo, honestamente no creo que... –comenzó Methos. –Estoy harto –interrumpió Connor acallando con una imperiosa mano al boquiabierto Methos– Sólo cuida de Duncan, mi primo es demasiado impulsivo, sus tendencias caballerescas y su afán de justicia lo ponen en constante peligro, ¿lo harás? Connor lo miró expectante. Methos ponderó su respuesta. Le debía la vida al escocés, no una, varias veces. Y en el transcurso de su larga existencia había aprendido a valorar el precio a pagar de este particular tipo de deuda. Reluctantemente se recordó que siendo Inmortal, la posesión más valiosa que se podía tener en el mundo era la amistad. Se lo debía. –Sí –musitó Methos finalmente. Y también supo al revelar la información del Santuario había cometido un acto imperdonable, un paso del que era imposible dar marcha atrás. Un obstinado escocés cansado del juego era más de lo que podía manejar. Tiempo después se reprocharía su falta de carácter para manejar de manera diferente la situación. Con eso, Connor interrumpió su narración. Mix miró interrogante a uno y otro de sus amigos. Ambos guardaban un embarazado silencio. Connor parecía echar humo y Methos se mordía los labios nerviosamente. –¿Y? –preguntó Mix exasperado. –Que este animal nunca me explicó lo que significaba –contestó Connor mirándolo con incredulidad. –¡No lo sabía! –replicó Methos abriendo mucho los ojos. –¡Pero fue tu opción! –protestó Connor amenazador. –Terreno sagrado señores –recriminó Mix apaciguador. –No te encadené para llevarte –comenzó Methos contando con los dedos, los ojos verde-dorado brillando con indignación– No te puse una espada en el cuello. Cuidé a tu suicida primo, que después me acomodó una patada en el trasero cuando descubrió mi 'negro pasado', Mató a uno de mis estudiantes... ¡Vaya!... INCLUSO lo rescaté cuando se quedaron sin abastecimiento en el Santuario –terminó Methos con furia contenida. Mix levantó las cejas sin decir palabra. Sabía lo accidentada que había sido la relación entre el Inmortal más viejo del mundo y el sentimental y taciturno Avatar, demasiado recto para los cánones del concepto de inmortalidad. –¡Me llenaron de tubos! Y el lugar NO resultó tan SEGURO como dijiste que sería –contestó Connor sin inmutarse, apenas conteniéndose de abalanzarse sobre Methos. –Si me hubieras dicho sobre Kell otra cosa sería –masculló Methos– Ese maldito jugaba sucio... ESE es mi terreno. –¿El Inquisidor? –preguntó Mix boquiabierto. –El mismo –aseveró Methos. – Maté al maldito bastardo. – Creí que Duncan había terminado con él –objetó Mix. –Eso cree él –contestó Connor sonriendo torcidamente.
Todo había sido un desastre. Kell irrumpió con sus sirvientes en fila india ocasionando una hecatombe en el Santuario: Los seis mortales que cuidaban la entrada cayeron abatidos inmisericordemente, y los inmortales que rodeaban a Connor también. Kell lo liberó de sus cadenas y tubos obligándolo a recibir las descargas de la fuerza vital de los miserables masacrados. Debilitado por la larga inmovilidad y las devastadoras resacas de los quickenings, Connor supo finalmente quién era su Némesis. Las imágenes acudieron una a una a su cerebro mientras comprendía por fin la persecución de la que había sido objeto en sus casi 500 años de existencia. Su madre muriendo en la hoguera, él corriendo hacia ella sólo para ver el estallido del saquito de pólvora en su pecho. Jacob Kell mirándolo asesinar a su padre. Jacob Kell abriendo los ojos desorbitadamente, viéndolo con una mezcla de sorpresa, desesperado terror irracional e incredulidad. La larga espada sobresaliendo en ambos extremos de su cuerpo escurriendo sangre, y el sordo caer del cuerpo al piso ahogado por el griterío de la gentuza sedienta de sangre. Esa misma gentuza abriéndole paso enloquecida, aterrorizada por la abominación que representaba su existencia. Y finalmente: Jacob Kell retirándose del arrasado santuario sin dejar de reírse de su miseria. El Inquisidor, como le decía Mix, no quería matarlo. Quería jugar un juego eterno del gato y el ratón. Por supuesto el ratón era Connor MacLeod. Un miserable roedor atrapado por la cola, impotente espectador ante el macabro espectáculo de un loco sádico que se empeñaba en matar a la gente que él amaba. Y ratón o no, Connor supo enseguida quién sería el próximo blanco: Duncan. Era el único que quedaba de su familia. Ser el único Inmortal en el planeta que podía proclamar una parentela con otro era una característica exclusiva del Clan MacLeod. Kell también lo sabía. Más de una vez Connor quiso patearse ante su propia inexperiencia en la época en que ‘mató’ al otro escocés. De haber sabido que era un pre-inmortal le habría cortado la cabeza sin pensarlo. Un fanático religioso como él era un peligro ahora evidente. El ‘Inquisidor’ los localizó fácilmente y no sólo eso, humilló al mayor de los MacLeod y aunque eso no era algo que afectara especialmente a Connor, el sentido del honor de Duncan y su instinto protector lo ponían en riesgo. Sabía que Duncan no podría con Kell. Connor mismo, con toda su experiencia acumulada, carecía del fuego necesario para enfrentar a este enemigo y salir victorioso. Una victoria que no deseaba. «Creí que querías morir.» «Cuando ingresé al Santuario sí. Pero estar ahí, inmovilizado, atado... te hace pensar, ver las cosas con más claridad. Decidí que una cosa era ser un solitario otra muy diferente ser un suicida –respondió Connor a la reflexión de Mix.» Así que concibió un plan. Su facilidad innata para acechar y los múltiples dones recibidos en las transferencias, capitalizados efectivamente gracias en parte a los 'trucos' de Mix y Methos, le permitieron trazar un eficaz plan para borrarse de la existencia sin perder la cabeza. Plan un poco difícil considerando su movimiento ‘especial’ de espada que para entonces Duncan habría dominado (considerando la tozudez de su pariente), y contaba con que la circunstancia en que su primo lo había aprendido impediría que se concentrara demasiado en los detalles de la escena que planeaba montar. Evadir en el último segundo el fulminante contra-movimiento de su truco exclusivo, fue mucho menos difícil que la siguiente fase: ceder gran parte de su fuerza vital voluntariamente con un hábil manejo de su transferencia y un espectacular acto de desaparición que haría que Duncan creyera que la fuerza de su quickening había causado la pulverización de Connor. –Entonces ¿Quién mató a Kell? –preguntó Mix confundido. –La mano de Duncan, la mente de Connor –contestó Methos llanamente. –¿Te dividiste? ¿Cómo te recuperaste? –inquirió Mix nuevamente. –Sólo me borré, no fue tan difícil después de todo –contestó Connor alzando los hombros– Duncan no se dio cuenta de mi ausencia. ¡Tiene una manera de enterrar las transferencias! –añadió orgulloso. –Sí claro. Y el idiota de mí esperando que te completaras, cuidando tu miserable carcasa –replicó Methos resentido. –Entonces, si él hizo lo que le pediste, cuidó de Duncan y vigiló tu 'miserable carcasa' –Mix entrecomilló las palabras en el aire– mientras te completabas. ¿Por qué estás tan enojado con él? –Porque el muy bruto lo echó a perder. Le contó todo a Duncan. Y Duncan... –Te pateó el trasero –completó Methos ahogando la risa. Connor meditó un segundo las palabras del viejo. Enrojeció al recordar el rostro de Duncan entre amenazador y ofendido, haciendo un puchero infantil con su labio inferior antes de saltarle encima, emprenderla a puñetazos contra su derribado cuerpo y gritarle a todo pulmón los más sucios epítetos que se le ocurrieron... para después salir hecho una furia y abordar el primer avión de regreso a Seacouver. –¡No tenías derecho! ¡No sólo le dijiste la verdad, le dijiste dónde vivía, idiota!–tronó Connor enderezándose amenazador, apoyando su peso sobre los puños en la enmantelada superficie de la mesa– ¡Y además saliste huyendo de mí! ¿Qué crees que iba a pensar? –¡Eso es una estupidez! No huía de ti... huía de tu primo –contestó Methos bajando la voz ostensiblemente, abochornado ante la confesión que acababa de hacer. Reconocer el hecho en voz alta era algo que Methos había estado intentando durante las dos semanas pasadas. Tratando de encontrar las palabras precisas para explicarle a su anfitrión el problema original que lo había llevado a abordar un vuelo nocturno. Aún más mortificado por el hecho de tener que aceptar que a pesar de sus cinco mil años, había cosas que escapaban de su experiencia. Y eso lo espantaba más allá de lo razonable, poniéndolo absurdamente a la defensiva. –¿De Duncan? –preguntaron Connor y Mix al unísono, indeciblemente sorprendidos. –Escucha Connor... –dijo Methos; por alguna razón la pregunta desencadenó una furia que ni siquiera sabía que sentía. Hizo una pausa tratando de calmarse y sintió la mandíbula trabada en un obstinado gesto airado– Mac estaba prácticamente deshecho por tu ‘truquito’. Créeme, matar a Kell no fue un alivio para él, y tener que ocuparse de recoger tus 'cenizas', enterrarlas en Glenfinnan junto a Heather y aparte ordenar tus jodidos almacenes y asuntos legales no le ayudó a perdonarse por lo que hizo... O creyó haber hecho da-lo-mismo –remarcó extraviado en la ira, sus ojos adquiriendo un tono acerado. Hizo otra pausa y comenzó a pasear a zancadas por el comedor para disipar su bilis– Tú y yo podemos burlarnos hasta el cansancio de su rectitud, de su sentido del honor y el deber, pero honestamente ¿Creíste por un instante que su exacerbada sensibilidad y estúpido sentimentalismo gaélico podía soportar perder uno más de los seres que amaba?... ¿Aaa... acaso crees que el hecho de tener que ser fuerte no le es agotante? ¿Acaso crees que no se sintió traicionado por verse acorralado y obligado a 'matarte' por un truco de espadas que TÚ le enseñaste? ¿Cuánto crees que pueda aguantar ese hombre sin volverse loco MALDITA SEA? ¡Todos perdemos seres amados Connor, TODOS, no posees la maldita exclusividad de la desesperación! Pueden abandonarnos, morirse o ser asesinados... da lo mismo, de todas maneras se van, y nosotros... seguimos aquí –terminó bajando la voz hasta convertirla en un susurro quebrado. Un silencio sepulcral invadió el comedor. Las implicaciones de las palabras del viejo resonaban en la mente de ambos. Connor lo miró boquiabierto, el peso de su propia responsabilidad en la situación casi le impedía respirar. Nunca, en los casi 3 siglos que tenía de conocerlo, lo había visto estallar en tan violenta forma. Solía exponer los hechos de manera analítica, lógica, generalmente cínica sin permitir que sus pasiones asomaran en su expresión o sus palabras. Señalando metódica y detalladamente las fallas y los aciertos de determinada acción o circunstancia. Y Connor se había acostumbrado a escucharlo así, incluso en sus momentos más iracundos Methos intercalaba frases cínicas o de auto-burla que aminoraban el impacto de sus palabras más corrosivas, haciéndolas más tolerables. Muchas veces se había preguntado si el hombre tenía corazón de hielo, si el hecho de vivir tantos milenios había afectado su capacidad de sentir, si había perdido la 'pasión de la juventud' de la que tanto se burlaba; ahora al verlo, recordaba cuán engañosa podía ser su cínica apariencia, y recordaba el gozo que su mera existencia despertaba en su sombría vida, porque convivir con Methos aunque fuera por breves periodos, nunca era aburrido. Mix por su parte, se dio cuenta que el reconocimiento de Methos de su propia vulnerabilidad le dolía infernalmente. La ira enfocada en la autocompasión en que había estado sumido Connor era prueba suficiente de su propia falta de control. El afecto que sentía por Duncan era evidente. –Lo lamento Connor –dijo Methos apretando el hombro del escocés, el brillo de sus ojos opacado por una sombra de turbación. –Descuida. Creo que me lo merecía –contestó el aludido sonriendo torcidamente. –¡Vaya que sí! –replicó Methos riendo brevemente– Te perdonará. Siempre lo hace –añadió como asentando un hecho, mirando ausentemente el pesado candelabro que pendía de las combadas vigas del techo, sin retirar su mano del hombro de Connor. Conor y Mix cruzaron sus miradas por unos segundos y bajaron la cabeza ruborizados, cada uno por sus respectivos motivos. –Miren, si vamos a continuar con las confesiones... necesito un trago –añadió Methos aclarándose la garganta. Completamente ajeno al torbellino de emociones que había desencadenado en sus dos amigos, Methos se dirigió a grandes zancadas al vestíbulo y por supuesto a la resurtida cantina de Mix. |
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