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Saeta de Pasión
El partido de Quidditch de esta semana enfrentaba a Gryffindor contra Hufflepuff.
Harry estaba nervioso, no tanto por el partido en si, que tenían prácticamente
ganado, sino porque después de tanto tiempo volvería a ver a su antiguo capitán
de equipo, Oliver Word.
Oliver se encargaría de arbitrar el partido dado que la profesora de vuelo se
había roto una pierna al partírsele la escoba en pleno vuelo. Aprovechando que
tenía que venir a Hogsmeade a una reunión de guardianes de la liga de quidditch,
pasaría por el colegio y reviviría viejos tiempos.
La primera parada en su regreso era el partido, pero Harry sabía que la segunda
era él. Desde el mismo día que entró en el equipo Oliver había deseado a Harry,
le parecía tan hermoso e inocente, y después cuando despertó su sexualidad el
deseo aumentó al verle jugar con alguno de los gemelos, o con sus compañeros de
clase, pero nunca con él. Le espiaba por las noches en la sala común, cuando
mientras todos dormían, Harry besaba a algún amante en los sillones de delante
del fuego.
Finalmente un día se atrevió a confesarle su deseo, ese mismo día se acostaron,
en los vestuarios del equipo. Oliver tomó a Harry con paciencia, a pesar del
deseo que corría por sus venas y le instaba a ir más rápido. Desde entonces no
habían podido estar a solas. Por una cosa u otra lo fueron dejando pasar hasta
hoy. Hoy mismo después del partido le devolvería a Oliver lo que hizo por él, le
haría pasar un momento inolvidable.
El día amaneció lluvioso, pero pronto empeoró. Un tormenta se había instalado
sobre Hogwarts, a pesar de ello no suspendieron el partido. Los jugadores de
ambos equipos calados hasta los huesos y muertos de frío trataban de moverse lo
más posible para evitar congelarse sobre la escoba. Sobre las cabezas de los
demás, los buscadores, más helados aun que el resto, y ni rastro de la snitch.
De pronto un destello dorado, Harry se lanzó hacia él, el otro buscador apenas
pudo reaccionar cuando Harry casi se estrella contra Oliver, parando a tiempo y
levantando en mano derecha la pequeña pelota.
- Por poco y me atropellas.
- ¿Quién te ha dicho que no lo he hecho a propósito para tenerte cerca?
- Te espero en el cuarto de las escobas, nnadie nos molestará.
- Ahí estaré.
Victorioso, Harry se dirigió a los vestuarios, en las gradas vio a Draco
mirándole ¿Por qué se sentiría tan mal de irse con Oliver cuando miraba a Draco?
Definitivamente el rubio Slythering era una obsesión.
- ¿Draco que me has hecho? – Suspiró cuanddo nadie le oía.
La alegría de la victoria se notaba en los vestuarios, felicitaciones abrazos,
alguno que intentaba disimuladamente meterle mano. Harry se sentía en otro
mundo, a caballo entre el deseo de ver a Oliver y la mirada de esos ojos grises
que lo adoraban, pero lo hacían sentir culpable.
Uno a uno sus compañeros se fueron yendo.
- Harry ¿No vienes?
- Id yendo vosotros Ron, me paso más tardee.
- Bueno, como quieras, y dale recuerdos a Oliver.
Se quedó solo, terminó de arreglarse y se dispuso a salir. Fuera, bajo la lluvia
con la mirada baja y temblando de frío se encontraba Draco.
- Draco, ¿Qué haces aquí?
- Te esperaba. Aunque se que te irás con OOliver. Es que quería felicitarte, has
hecho un partido estupendo.
- Gracias Draco, ¿Esta noche podrías ir a la sala de los menesteres? Tenemos que
hablar.
- Cla…claro. No irás a dejarme, ¿Verdad? –– Dijo temblando y apunto de romper a
llorar.
- Claro que no, Draco, no pienses eso. Andda, pasa un poco al vestuario, estás
helado.
- ¿Y Oliver?
- Puede esperar, tú eres más importante.
Después de calmar un poco al tembloroso muchacho y de lanzarle algunos hechizos
caloríficos, le dejó su paraguas para que fuese al castillo.
- Espérame esta noche. – Y se despidió conn un largo beso cargado no solo de
lujuria sino de una sensación que aun no sabía muy bien que era, pero que se
sentía bien.
Llevaba un buen rato esperando a Harry en el cuarto de las escobas, el lugar no
era muy agradable, por eso nadie les interrumpiría, y menos con la que estaba
cayendo. Ese chiquillo le tenía loco, era tan deliciosamente perfecto,
comestible. Y por lo que había oído a los gemelos un auténtico volcán cuando se
lo proponía. Solo había que encenderle y disfrutar. Había cambiado mucho desde
aquella primera vez, entonces se mostraba algo tímido, pero ahora, la timidez ya
no estaba. Los dos habían cambiado, Oliver ya no estaba obsesionado con esos
ojos verdes, aunque seguía deseándolo, ya no era esa sensación de fuego en las
venas cuando él hablaba con otro, ni aparecía en sus sueños cada noche.
La puerta de abrió con un chirrido, dando paso a un absolutamente empapado
Harry. El pelo mojado había perdido parte de su rebeldía y se le pegaba a la
frente, tapando la cicatriz, los ojos verdes relucían más bellos que nunca, pues
Oliver jamás le había contemplado sin gafas, incluso aquella vez las llevaba
puestas. Ahora las tenía en la mano tratando de quitarles las gotas de lluvia.
La blanca camisa se le pegaba al cuerpo transparentándose y marcando su cuerpo
bien formado. El pantalón era como una segunda piel que no dejaba nada a la
imaginación en aquel cuerpo que invitaba al pecado.
Al verlo ahí parado, sin reparar en su presencia, concentrado en limpiar los
cristales de sus gafas le dieron unas ganas tremendas de besarlo, y así lo hizo,
se acercó a él, sin importarle mojarse, lo tomó en sus manos y lo besó
apasionadamente. Las gafas quedaron olvidadas en el suelo junto a la camisa, que
rápidamente le fue quitada por Oliver.
Aquel cuerpo era aun mejor al verlo desnudo, los pezones erectos, por el frío,
el pecho musculoso, pero no en extremo, marcado por el quidditch, y el sexo
(porque no decirlo también es un deporte, y en el entran en juego todos los
músculos).
El roce de su mano sobre la húmeda piel de su mejilla era tan agradable para
Harry, por un segundo al cerrar los ojos pensó que era Draco el que le
acariciaba e incluso estuvo apunto de llamarle por su nombre, pero no, tenía que
dejar de pensar en ese ángel rubio, porque ahora estaba con Oliver, y no debe
ser muy agradable que piensen en otro mientras están contigo.
Las caricias de Oliver aumentaban, dirigiéndose al pecho concentradas en sus
pezones, pellizcándoles de vez en cuando. Harry no estaba ocioso, sus expertas
manos habían despojado a Oliver de toda la ropa de cintura para arriba y se
dedicaban a recorrer pequeños surcos en su piel, perfilando los músculos de su
pecho, jugando a rozar el borde de los pantalones, para luego recorrer el
ombligo, enloqueciendo de placer y expectación al mayor.
Harry lo empujó hasta la pared, tirando al suelo unas cuantas escobas por el
camino, apartándolas con los pies. Lo arrinconó y su boca tomó posesión del
pecho del guardián. Recorriéndolo con besos húmedos que arrancaban fuertes
gemidos al jugador de quidditch. El pecho, con más pelo que le de Draco, se
elevaba con las respiraciones mientras el buscador delineaba los músculos de su
abdomen.
- Espera Harry. Déjame a mí.
- No Oliver tranquilo, tu solo disfruta.
El moreno siguió su recorrido acariciando y besando toda la piel expuesta. Las
manos enterradas en su espalda subiendo y bajando, trazando círculos. Su boca
jugueteando con el ombligo. Pequeños tironcitos en el bello que se deslizaba
hacia los pantalones. Bajo ellos el pene semierecto reclamando atención.
Con un brillo malicioso en la mirada y arrodillado ante él recorrió con su
lengua toda la longitud. Estaba bien dotado, pero era mejor Draco.
Otra vez en rubio en sus pensamientos, tenía que olvidarse de él y centrarse en
lo que estaba haciendo de una vez, pero cuando cerraba los ojos veía ese pálido
cuerpo entregándosele, diciéndole que le amaba.
- Harry ¿Qué pasa? ¿Por qué te has parado?? Harry ¿Estás aquí?
- Ee… si… perdona Oliver, es que me duele un poco la cabeza, creo que he cogido
frio.
- ¿Quieres que lo dejemos? Si no te encuenntras bien vamos a la enfermería y que
te den algo y luego seguimos.
- No, tranquilo.
Continuó excitándolo, tenía ganas de acabar lo antes posible y ver a Draco, con
él todo era más hermoso, aunque no sabía porque.
Usando solo sus dientes le bajó los pantalones, los calzoncillos. Ahora solo el
miembro y su boca, jugando. Besó la punta y luego la lamió, recorriendo después
toda su longitud para finalmente metérselo entero en la boca y comenzar a
chupar.
Los gemidos de Oliver llenaban el ambiente la lluvia resonaba fuera pero en la
mente de Harry no había nada, se sentía vacío, quizá solo la imagen de un ángel
rubio de ojos grises, muy al fondo casi invisible. Deseó que fuese Draco el que
gemía, complacerle como ahora hacía con Oliver. Lo deseó y se odió por desearlo.
Un rato más y lo sintió llegar en su boca, se tragó todo y se levantó a besarlo,
casi sin ganas.
Oliver intentó devolvérsela, excitarle, pero no lo lograba, en la mente de Harry
solo había un sentimiento: la culpa y un deseo: ver a Draco.
Excusándose diciendo que la cabeza le dolía aun más, se vistió dispuesto a
correr en busca de su rubio, pero Oliver ajeno a esto lo acompañó a la
enfermería para que le diesen algo.
Después lo condujo a un aula en desuso dispuesto a continuar el juego. Harry no
pudo resistirse, no sabía cómo, ni tampoco tenía un por qué.
Dejó que Oliver le desvistiera, le dejó jugar con su cuerpo, excitarle, pero se
negó a que le penetrase, no sabía porque pero no era capaz.
Haciendo acopio de todo el valor Gryffindor volteó a Oliver y le preparó,
cerrando los ojos para imaginar que era a Draco a quien preparaba. Cuanto estuvo
listo entró, quedándose quieto para que el otro se acostumbrase, no era Draco,
pero tenía que creer que lo era o no podría continuar. Comenzó a embestir y cada
gemido de Oliver se le clavaba en el corazón.
No era Oliver, era Draco. No era Oliver, era Draco. Se repetía una y otra vez.
Draco, Draco, siempre él. Finalmente se vino, con el nombre de Draco en sus
labios, en silencioso éxtasis mientras Oliver gemía su nombre bajo él.
Se dejó caer sin fuerzas en el suelo, asqueado por lo que acababa de hacer,
confuso por no saber que le ocurría y ansioso por volver a ver a su ángel rubio.
Tantos sentimientos confundidos, tantos deseos. ¿Cómo había dejado que le
ocurriese esto? Draco iba a acabar con él. Sentía que se volvía loco e incluso
alguna vez algo parecido a los celos se había posado en sus ojos al ver al rubio
hablar con sus compañeros.
Oliver se había dormido sobre el frío suelo, transformó un pupitre en un suave
colchón y unas mantas y lo metió en él. Se vistió, no quería continuar ahí. Y
marchó. Sin un mensaje de despedida, sin un beso, nada. Ni siquiera el adiós
resonando en sus labios.
¸¸,ø¤º°º¤ø °`°º¤ø,¸ CONTINUARA °º¤ø,¸¸,ø¤º°`°º¤ø,¸
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