Titulo: Devuelveme la Vida

Clasificación : PG-13

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CAPITULO CATORCE.- No te dejaré olvidarme.

Empujó, y las puertas no cedían ni un milímetro, intentó de nuevo, ésta vez usando todo su peso contra el fuerte roble.

La lejana música se detuvo...

Se oyó un fuerte ladrido a lo lejos...

Draco ejerció más fuerza, logrando hacer ceder las puertas...

Los ladridos se escuchaban más cerca...

Cada vez más cerca...

Hasta llegar a la puerta de roble...

Pero Draco ya había cerrado la puerta desde el otro lado...

La fuerza terminó por abandonarle...

Dejándose caer sobre un frío suelo...

Su vista borrosa terminó por ceder a la oscuridad...

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-¡¡¡¡NOOOO!!!! ¡¡¡DRACO!!

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-Como pueden ver, la Luparia, agregada en cantidades excesivas puede... – Hermione se interrumpió de repente. Un fuerte dolor en su pecho la hizo tambalearse, su vista se hizo borrosa y pese a eso, pudo ver como el mundo a su alrededor daba vueltas, hasta que unos brazos la sujetaron por los hombros, impidiendo que perdiera el equilibrio. Levantó el rostro para encontrarse con unos ojos castaños que le miraban con preocupación. Por un momento su mente le jugó una mala pasada, convirtiendo esos ojos castaños en unos verde esmeralda.

-“¿Harry” – pensó, sintiendo como su corazón comenzaba a latir con rapidez, pero pronto los ojos regresaron a su color castaño natural, sintiéndose hundir en un vacío profundo y negro.

-¿Se encuentra bien, Profesora? – la voz de una de sus alumnas de Gryffindor la hizo regresar a la realidad. Parpadeó confundida, sintiendo poco a poco como su vista y pulso se normalizaban. Cuando el mundo dejó de girar, y pudo enfocar su vista, vio con claridad que quien la sostenía era Andrew Bones.

-Podemos llamar a Madam Pomfrey, o llevarla con ella – sugirió Andrew, notando la extrema palidez de la mujer.

-No, no, estoy bien – aseguró Hermione, logrando estabilizarse sin ayuda de Andrew –. Necesito hacer algo, tienen el resto de la clase libre –, y sin permitir que alguien dijera algo, salió del aula donde impartía pociones.

Los chicos que tenían clase con la Profesora Granger, tardaron un par de segundos en asimilar lo que había ocurrido, cuando lograron procesar la información, corrieron fuera del aula para encontrarse con que a unos metros de donde estaban, la profesora se encontraba con el Profesor Weasley.

-¡Hermione! – la llamó Ron –. ¿Lo sentiste?

-Si, lo sentí –, le aseguró la chica, deteniéndose para esperar a Ron. En cuanto tuvo al pelirrojo frente a ella, continuó su camino

-¿Y tu crees que signifique...

-Sabes perfectamente lo que significa – le respondió sin dejar de caminar –. Sentimos lo mismo cuando Harry fue herido en la última batalla. – Ron se detuvo de manera abrupta.

-¿No querrás decir que...

-¡¡Claro que no!! – Hermione se giró hacia Ron, su rostro expresando seriedad y determinación –. Draco no pudo haber muerto, algo debió pasar, tal vez está herido, tal vez ya llegó con Harry y fue una consecuencia de que un mortal esté en los Campos Elíseos

-Si, seguro fue eso, tomando en cuenta que nuestro lazo nunca ha fallado – una sonrisa melancólica se forma en los labios de Ron – ¿Recuerdas como Draco llegó a formar parte de nuestro lazo? – Hermione sonrió con tristeza.

-Harry nos obligó a enlazarnos, aludiendo que así sabríamos cuando alguno fuera herido de gravedad, no sabíamos si funcionaría – la sonrisa despareció para ser sustituida por una mueca de dolor –, pero fue Harry quien nos hizo saber que funcionaba.

-Y ahora Draco

-Necesitamos saber si sigue con vida o no

-¿Cómo piensas saberlo?

-Aún no lo se, pero tu me ayudarás a averiguarlo. Ven – y sin contradecir a la mujer, Ron la siguió.

-¿Clase libre? – preguntó una voz burlona cerca del oído de Andrew, éste rápidamente se giró sobresaltado.

-Me asustaste, David – le recriminó en un susurro. David solo sonrió con autosuficiencia. – ¿Qué haces aquí?

-El Profesor Weasley casi sufrió un ataque, y suspendió el entrenamiento de Quidditch – el Slytherin se encogió de hombros, como restándole importancia al asunto, se giró un poco, recargándose contra la pared, para luego preguntar en tono casual – ¿Tienes algo que hacer ahora? – una sonrisa se formó en el rostro de Andrew

-Nada importante, ¿alguna sugerencia?

-Podría ser, ¿quieres escucharla? – la sonrisa de Andrew se ensanch

-Por supuesto. – David se volvió hacia el Gryffindor, sus ojos azules brillaban de forma traviesa

-¿Tu habitación o la mía? – preguntó con una sonrisa bailando en sus labios

-¿Tiene que ser una habitación? – la sonrisa se ensanchó en el rostro del Slytherin, y sin decir nada, le tomó la mano y lo obligó a caminar fuera de las miradas curiosas que en ese momento les dirigían los Gryffindor.

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-¡¡¡DRACO!! – gritó Harry con todas sus fuerzas

-¡Harry, tranquilízate!

-¡Cariño, por favor!

-¡Draco, no! ¡Por favor Draco! – continuaba gritando, totalmente ajeno a las personas que lo llamaban. Él había sentido como Draco se dejaba vencer por el dolor y quedaba sumido en la oscuridad, esa oscuridad que podía arrebatarle el amor de Draco, la misma que podría frustrar sus intentos de encontrarse. Estaba desesperado por ir hacia él y ayudarle, sacarlo de esa oscuridad que lo envolvía paulatinamente.

-¡Harry, contrólate!

-¡Por Merlin, Harry!

Pero Harry no escuchaba sus gritos y suplicas, estaba cegado por el dolor y la desesperación. Varios pares de brazos lo sujetaban, sin permitirle huir, correr hacia donde Draco se encontraba, ayudarlo, tenía que evitar que muriera y lo abandonara. No podía permitir que muriera y se alejara de él, no podía permitir que lo olvidara, no quería…

Una bofetada cortó de golpe cualquier intento de llegar a Draco.

Un silencio tenso los rodeo, mientras Harry hilaba los hechos, llevándose una mano a la mejilla lastimada. Con lentitud, volvió el rostro para encontrarse con unos ojos azules que le miraban con seriedad.

Sirius lo había abofeteado.

-Necesito ir con Draco – le dijo Harry con voz pausada y controlada.

-No se suponía que no ibas a dudar de las capacidades de Draco, no ahora cuando más te necesitaba – la voz de Sirius era firme, sin dar cabida a replicas, e ignorando lo dicho por su ahijado.

James abrazaba a una Lily sollozante, mientras Remus y Albus se mantenían sólo como observadores, esperando el momento indicado para intervenir.

-Pero Draco esta herido y yo...

-Draco necesita de tu confianza y del amor que dices profesarle, es lo único que lo mantiene con vida, porque él no ha muerto, pero morirá si no te tranquilizas e intentas ayudarlo.

-¡¡Es lo que intento hacer, pero tu me golpeaste!! – le gritó Harry comenzando a perder el control de nuevo.

-¡¡¿No lo entiendes?!! – Le espetó Sirius – ¡¡Si sales de aquí, te convertirás en un alma en pena, sin poder permanecer ni en los Campos Elíseos ni el Tártaro!! ¡¡De esa forma no puedes ayudarle!!

-¡¡Pero yo no...

-¡Harry! – James se acercó a su hijo, tomándolo con firmeza por los hombros, y obligándolo a verlo de frente.

-¡¡Papá, Draco esta mal!!

-Lo sé Harry – le dijo con firmeza, sin permitirse flaquear ante la expresión desoladora que presentaba su hijo –, pero comprende, si pierdes la calma no podrás ayudarlo en nada. Además, Sirius tiene razón – la mirada verde de su hijo comenzó a cubrirse de sombras – no puedes salir de aquí.

-Pero eso no significa que no puedas ayudarlo – interrumpió Dumbledore, ganándose una mirada interrogante de parte de Harry.

-El amuleto Harry – le dijo Remus dando un paso hacia delante –, el amuleto puede ayudar a Draco, tu voz puede salvarlo, sacarlo de esa oscuridad que ha comenzado a envolverlo, tu fe y tu voz es lo que necesita para salir de ella. Llámalo, llámalo cuantas veces sean necesarias, hazlo volver por medio de tu voz.

Remus no tuvo que repetir lo dicho, inmediatamente Harry se desembarazó de los brazos que lo sujetaban, y sin prestar atención a las miradas que le seguían, se arrojó por el amuleto que había quedado flotando cerca del árbol donde hasta hace unos instantes había permanecido sentado.

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¿Dónde estaba?

Sentía mucho frío, casi podía sentirse tiritar.

El “casi” era la palabra clave. Casi podía sentirse tiritar, pero en realidad no lo sentía. No sentía nada, no sentía su cuerpo, mucho menos podía mover alguna parte de él, solo sentía... frío.

Podía sentir que la oscuridad lo rodeaba, envolviéndolo con sus alas sombrías poco a poco, intentando cubrirle con ellas, buscando asfixiarlo con sus sombras, queriendo devorarlo. Intentó gritar, pero ningún sonido salió de su garganta, lo intentó de nuevo, se esforzó en volver a hacerlo, no importaba si se desgarraba la garganta... pero nada... ningún sonido… y tal vez nadie para escucharlo…

Estaba solo...

Nadie acudiría en su ayuda...

Y dolía el saberlo...

Dolía mucho...

Era un dolor que le atormentaba el alma, que se burlaba de él, que le destruía el corazón, que destrozaba su esperanza. Un dolor que con lentitud le desgarraba el alma, que lo hacía retorcerse en una cruel agonía. Un dolor que se burlaba de su sufrir, que disfrutaba con su sufrimiento, haciéndole ver que no había nada que hacer, sólo... dejarse envolver por la oscuridad.

Dejarse cubrir por sus alas, y olvidar todo aquello por lo que había luchado, dejarse envolver por las sombras y dejar la agonía y el dolor atrás, poder descansar de todo ese sufrimiento que atormentaba a su alma herida, poder librarse de todo aquello que le causaba dolor... simplemente... dejar de existir...

-No Draco, no lo hagas.

Una voz le llamaba, y le pedía que no hiciera algo, ¿pero qué? ¿Quién era el que le llamaba? No recordaba haber escuchado esa voz antes. El frío seguía envolviendo su cuerpo, pero esta vez no hacía nada para impedirlo, ¿alguna vez lo había hecho? No lo recordaba…

-Por favor, Draco. No me dejes.

¿Qué no lo dejara? ¿Qué quería decir con eso? La voz se escuchaba lejana… muy lejana, y tal vez ni siquiera le llamaba a él, ¿o acaso él se llamaba Draco? Ojala pudiera recordarlo. Tal vez llamaban a otra persona y a él sólo lo ignoraban… mucho mejor… él lo único que quería era descansar, dormir y dejar atrás cualquier dolor y sufrimiento, sumergirse en una bella irrealidad donde su alma pudiera curar sus heridas.

-No te dejes envolver por la oscuridad, por favor, eso solo significaría el perderte.

¿Oscuridad? ¿No dejarse envolver por ella? Pero eso era justo lo que quería, dejarse envolver por su maravillosa frialdad, perderse en su inclemencia, abandonarse a su dominio, permitirle tomar su alma...

-No, amor, no lo hagas, escúchame, intenta recordarme.

¿Recordar? No. Ya no quería recordar, no sabía porque, pero si recordaba eso significaría el regreso del dolor, y no quería que el dolor regresara. Lo único que deseaba era sumergirse en el río del olvido, olvidar su dolor y su soledad, olvidar que no había nadie que acudiera en su ayuda.

-Yo estoy aquí, aunque no puedas verme, estoy a tu lado, por favor Dragón.

¿Dragón? La palabra resonó en su mente... hace tiempo... alguien le llamó así... alguien importante... alguien que ya no estaba a su lado.

-Si Draco, recuérdame, soy yo, Harry.

¿Harry?

El nombre hizo eco en su mente, sacándolo momentáneamente del sopor en el que se había sumergido. Ese nombre traía consigo muchas sensaciones, demasiadas como para identificarlas, pero tan intensas, que era imposible ignorarlas.

-Sí, Harry. El hombre que te ama, que ha estado contigo a cada momento, el que nunca te ha dejado solo... por favor... no me olvides.

La voz comenzaba a oscilar, como si estuviera llorando. No, él no quería que alguien más sufriera, ya suficiente tenía con su propio dolor como para permitir que alguien más sufriera por él.

-Yo sufro por que no estoy a tu lado, y se que tu también sufres por que estamos lejos. Te amo, Dragón, no lo olvides... nunca olvides que te amo

Te amo...

Dragón....

Nunca olvides que te amo

¿Harry?

-Siempre te amaré mi dragón

Siempre te amaré mi dragón

¡¡Harry!!

-Por eso no pienso dejarte en la oscuridad

¡¡¡¡HARRY!!!!

Sucedió demasiado rápido como para tomar conciencia de ello. De pronto, la oscuridad a su alrededor se desfragmentó, hubo una breve explosión de energía en su pecho. Un aire caliente le rodeó por completo, desplazando la frialdad que hasta ese momento lo había estado envolviendo. Durante un pequeño lapso de tiempo, un velo de oscuridad cubrió sus ojos, pero después, su vista se iluminó por una danza de colores maravillosos. Una cascada de emociones mezcladas entre si inundaron su cuerpo. Hubo una confusión momentánea de identidad. Demasiados sonidos, olores y mareos.

Trató de mantener su mente en blanco, para evitar sumergirse y perderse en el caos que comenzaba a hacer mella en él.

Finalmente, el mundo dejó de girar. Abrió los ojos tentativamente. El lugar se disolvía en un remolino de colores apagados, su vista se nublaba por momentos. Poco a poco comenzó a ser conciente de su cuerpo. Pero el ser conciente de su cuerpo, también lo hacía conciente de las sensaciones que lo invadían.

Un quejido salió de sus labios. Dirigió su vista hacia el origen del dolor, la herida de su pierna alteró sus terminales nerviosas, la sangre le había empapado tanto la túnica como el pantalón, ya no le dolía de forma palpitante, ahora solo le provocaba un leve cosquilleo, como si su pierna estuviera adormecida, lo que quería decir que había pasado mucho tiempo “inconsciente”

-Maldición – masculló. Recargó su espalda contra la fría superficie de la puerta tras de él. Cerró los ojos tratando de despejar su mente de las sombras que se arremolinaban entorno a ella. Con movimientos lentos se quitó la túnica, para luego desgarrarla y arrancar un pedazo de tela. Extrajo de uno de los bolsillos interiores un pequeño frasco, lo inspeccionó buscando alguna fisura o irregularidad en la sustancia. El líquido azulino le regresó la mirada con un cálido brillo en su consistencia. Suspiró con alivio, al parecer los hechizos que había puesto en el pequeño frasco habían logrado protegerlo de todo el daño que su cuerpo había sufrido.

Quitó el pequeño grifo que contenía la poción. Dio un pequeño trago y aseguró la botella para que el líquido restante no se escapara. Esa poción detendría la perdida de sangre y menguaría los dolores que sus heridas le causaban. Tomó el pedazo de tela y con ella vendó la herida de su pierna, asegurándose de ejercer la suficiente presión como para no cortarle la circulación, tampoco quería quedarse sin pierna por falta de sangre.

Con algo de cuidado, y apoyándose en la puerta, se puso de pie. Se apoyó en su pierna lastimada, notando con satisfacción que casi no le dolía el hacerlo. Sonrió complacido. De su túnica extrajo tanto su varita como la daga de Afrodita, asegurándose de que ambas cosas estuvieran seguras en los bolsillos de su pantalón. Buscó en su túnica algo más que necesitara, y su mano encontró algo que había olvidado que llevaba consigo: el mapa que Ron le había entregado antes de partir. Lo sacó de su túnica, desplegándolo con curiosidad, viendo en él que no era un mapa tan preciso como los que Hermes le había permitido tener, pero que aún así marcaba el camino desde la entrada al Hades hasta los Campos Eliseos, y señala con líneas rojas los caminos menos peligrosos. Draco observó que a pesar de que el mapa era impreciso en muchos aspectos, coincidía a grandes rasgos con la estructura del Hades. Sonrío al pensar las horas que debió pasar Ron en la biblioteca para conseguir hacer ese mapa, eso, sería algo que algún día le agradecería. Pero antes tenía que llegar con Harry.

Harry. Había escuchado su voz, había sido él quien lo había sacado de esa oscuridad que le seducía.

-Lo lamento Harry – murmuró con pesar – lamento haberme dejado vencer por el dolor, pero te prometo que no volverá a ocurrir y que pronto estaremos juntos.

Con una mirada a su alrededor, comenzó de nuevo su camino.

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Al mismo tiempo, Harry se dejaba caer sobre el verde pasto, con un suspiro de alivio. Ignoró las miradas posadas en él, y sólo se concentró en cerrar los ojos y agradecer mentalmente el que Draco estuviese con vida y no lo hubiera olvidado.

Abrió los ojos sólo para encontrarse con la pequeña estrella flotando delante de él. La tomó con cuidado entre sus manos, casi con reverencia, hasta situarla cerca de su pecho.

-Gracias, Hermione – murmuró antes de cerrar los ojos y rezas porque Draco llegara hasta él sano y salvo.

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-Entonces es cierto – afirmó la gruesa voz de un hombre, desde las sombras del recinto.

-Si, lo es – respondió con calma Perséfone

-Un mortal ha osado contaminar el Hades con su presencia, me pregunto si habrá engañado a Hermes para entrar o ha tenido permiso de éste para hacerlo.

-Creo que fue concedido el permiso por tu hermano Zeus

Perséfone se encontraba de pie en medio de la cámara real, justamente frente al trono de su esposo. La cámara estaba sutilmente iluminada por cirios negros que flotaban a su alrededor, proporcionando un poco de calor y luz al lugar, pero dejando en la más completa oscuridad la parte superior del cuerpo de su esposo. Sin embargo, y pese a no verlo, la Diosa sabía que Hades la observaba con detenimiento, como tratando de descubrir cuanto era lo que realmente sabía, y que ocultaba a él.

Los dos guardaron silencio, cada uno pensando en la forma de actuar de ahora en adelante. Hades, Dios del Inframundo, había sido informado de la presencia de un mortal en su reino. Habitualmente un mortal en el Hades no representaba algún problema, pues generalmente no llegaba a cruzar el Río Estigia, pero este mortal en particular, no sólo lo había hecho, sino que también había salido airoso del Juzgado y había logrado burlar a Cerberos. Obviamente no era un mortal común, y eso hablaba mucho de él.

-¿Cuál es el motivo de su presencia? – Perséfone no tuvo que preguntar a que se refería su esposo

-Desea regresar el alma de aquel a quien ama al mundo mortal.

La Diosa pudo sentir la furia irradiando del aura del Dios del Inframundo, y temió lo peor, si su esposo se enfurecía y encontraba la intervención de ese mortal como un insulto, entonces Harry estaría condenado a sufrir la perdida de su amor por la eternidad. Unos instantes después, Hades se puso de pie, la tenue luz de los cirios negros iluminaron el cuerpo del Dios, mostrando a un hombre alto y de piel pálida, de cabello largo y lacio de un color negro brillante y atado en una coleta que caía elegantemente sobre su hombro izquierdo, vestía una túnica en color negro, ceñida con un grueso cinturón de oro, pero lo más impresionante de él no era su apariencia, sino sus ojos, sus ojos que eran de un color claro, casi blanco. Su mirada era imponente, como toda su persona, incluso su aura gritaba a los cuatro vientos “Poder y Respeto”

Y exudando una elegancia suprema rodeado de un aura poderosa y a la vez impregnada de misterio, caminó con lentitud hasta situarse frente a su esposa. Los ojos blanquecinos brillaron con un sentimiento indescifrable. Sus ojos se endurecieron hasta convertirse en un par de dagas de hielo, la expresión de su rostro no mostró sentimiento alguno, pero sus ojos hablaban por sí mismos.

-¿Qué alma? – preguntó en un susurro escalofriante

-El alma de Harry Potter – respondió ella sin titubear.

-¿Qué derechos cree poseer para hacerlo?

-El derecho que le da el amor – el movimiento de una ceja fue todo lo que le indicó a Perséfone que Hades se había sorprendido ante esa respuesta. Los rasgos del Dios se ablandaron imperceptiblemente. El Dios permaneció en silencio, una mano acariciando su barbilla de forma pensativa, para luego dirigirla al rostro de su esposa, acarició la mejilla con lentitud, descendiendo hasta la barbilla donde la elevó de un movimiento brusco. La Diosa hizo una imperceptible mueca de dolor, pero no se quejó, sabía que eso sólo molestaría a su esposo.

-¿El amor? – preguntó con voz carente de emociones. Perséfone se esforzó en encontrar alguna emoción en esa voz, una especie de burla, odio o incredibilidad, o tal vez un poco de interés, pero no, no había nada de eso, no había emoción en sus palabras, no había nada que pudiera indicarle lo que su esposo pensaba al respecto.

Con lentitud aflojó su agarre, para delinear con su dedo el contorno del bello rostro de su mujer, sin dejar de observarla, con un solo dedo elevó la fina barbilla, acercando sus labios a los de ella sin llegar a besarla.

-¿Y creéis, mi Diosa, que el amor será suficiente para llegar hasta aquel a quien ama? – preguntó en un susurro. Sus labios acariciando los de la mujer en cada palabra.

-¿Vos que creéis, mi Dios? – la voz de Perséfone era calmada, tratando de complacer a su esposo con su actitud sumisa, y a la vez queriendo encontrar la forma de ayudar a Harry.

Hades soltó el rostro de Perséfone, separándose unos centímetros de ella, pero sin dejar de verla a los ojos. Guardó silencio, pensando en su siguiente movimiento. Podía destruir a ese mortal en cualquier momento, pero tenía curiosidad, quería verlo de frente y comprobar si era capaz de llegar hasta el alma de Harry Potter.

-Por el momento no haré nada – le dijo –, quiero ver si tiene la fuerza suficiente como para salir con vida de todos los peligros que habitan en mi reino, si es capaz de llegar hasta mi, veré que hacer al respecto.

-¿Habría la posibilidad de que Harry Potter le ayudase? – Hades sonrió internamente, su esposa se había descubierto así misma. Ella apoyaba al alma de aquel al que todos llamaban héroe y salvador, deseaba que esa curiosa alma que no encontraba regocijo en los Campos Elíseos pudiera sonreír como el resto de las almas que lo habitaban. Sin embargo, si ella había decidido interceder no lo evitaría, pero sería bajo sus propias reglas.

-No – le dijo con firmeza –. Primero quiero ver de lo que es capaz de hacer este mortal. Si llegase escapar con vida de las Erinas, hablaremos.

Y sin darle tiempo de pronunciar palabra, dio media vuelta y regresó a su trono, dando por terminada la conversación. Perséfone hizo una grácil inclinación antes de abandonar el recinto. Una vez fuera de él, se permitió suspirar con tranquilidad. Al menos su esposo no había decidido tomar el alma del hombre que Harry amaba.

 

 

¸¸,ø¤º°º¤ø °`°º¤ø,¸ CONTINUARA °º¤ø,¸¸,ø¤º°`°º¤ø,¸

   

   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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