Titulo: Devuelveme la Vida

Clasificación : PG-13

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CAPITULO TRECE.-  El Juez y la Bestia

Hacía horas que permanecía en la misma posición, sentado sobre el pasto, con la espalda recargada contra el tronco de un grueso árbol, las manos rodeando sus piernas manteniéndolas contra su pecho, cerradas en un fuerte puño como si estuviera aferrando algo muy importante y temiera perderlo, la barbilla apoyada sobre sus piernas, los ojos cerrados, tratando de mantener viva la llama de su esperanza.

 Sabía que su actitud causaría preocupación entre su familia, pero necesitaba estar solo y evitar que las dudas hicieran mella en su corazón, tenía que mantener la certeza de que Draco llegaría hasta él y estarían juntos, sin importar el precio que tendrían que pagar, porque al fin se tendrían uno al otro… pero el estar ahí, sin hacer nada por ayudar a Draco, le hacía sentirse un vil inútil. Quedarse ahí sentado, admirando el paisaje, sintiendo como el tiempo pasaba sin detenerse a mirarlo con compasión, mientras Draco se exponía a un sin fin de peligros, le provocaba impotencia, pero sabía que no podía hacer nada… al menos… no por el momento…

-¿Harry? – escuchó que lo llamaban.  Levantó con lentitud su rostro para encontrarse con otro idéntico al suyo, que lo miraba con seriedad.

-¿Papá? – lo llamó tentativamente sin cambiar de posición. James permanecía de pie frente a él, mirándolo con sus ojos castaños, expresando en ellos seriedad y otro sentimiento que no pudo describir. De pronto, Harry se sintió como un niño pequeño e indefenso esperando un regaño de su padre.

-¿Cuánto tiempo planeas quedarte ahí? – le preguntó con seriedad

-Hasta que Draco me encuentre – pudo ver como las facciones del rostro de su padre se tensaban

 -Estas conciente de que eso puede tardar mucho tiempo… o que tal vez él no…

-Vendrá – lo interrumpió – estoy seguro de eso.

 -Lo que esta haciendo es peligroso, la probabilidad de que lo logre es mínima.

 -¡No fallará! – el volumen de voz de Harry subió, no quería escuchar que Draco fallaría porque simplemente no podría soportar esa idea, no podía imaginar una existencia sin él, simplemente no podía y no debía concebirla.

-No puedes estar seguro de ello – prosiguió James –   El Tártaro es enorme y está plagado de muerte y torturas. Puede morir al intentar atravesarlo.

-Sé eso papá, lo sé, pero – Harry intentaba explicarse, decirle que confiaba en Draco, que pese a todo el miedo que sentía, debía de permanecer firme, porque de otra manera no sólo él se derrumbaría, sino también el hombre al que amaba – Papá… por favor – terminó por suplicarle. James suspiró, haciendo que su mirada se suavizara un poco, sin poder evitar el sentirse mal por hablarle de esa manera a su hijo, lo amaba más que a nada, pero por ese mismo amor que le profesaba tenía que hacerle ver la realidad de las cosas. 

Con lentitud de acercó a él, sentándose a su lado. Permanecieron en silencio mirando un punto en el infinito, no era un silencio tenso, simplemente era una forma silenciosa de decirse que se tenían uno al otro para apoyarse, como un padre apoya a su hijo…

-¿Estas seguro de que eso es lo que deseas? ¿Esperar por Draco? – le preguntó con suavidad, colocando su manos sobre el hombro del más pequeño.  Harry volteó a ver a su padre, sus ojos esmeralda se encontraron con los castaños y James tuvo que reprimir un jadeo al ver ese brillo de decisión en los ojos de su hijo.

 -Sí – le dijo con total seguridad

-Bien, en ese caso, lo esperaré también, a tu lado, el tiempo que sea necesario. – era increíble el ver como unas simples palabras podían producir semejantes emociones en un hombre enamorado que luchaba por mantener con vida su esperanza.  Harry sonrió con entusiasmo, sus ojos se llenaron de lágrimas sin llegar a derramarlas, y luego se abalanzó sobre su padre y lo abrazó con fuerza.

 -Gracias – le susurró contra su pecho

 -Voy a llorar, Moony, espero que hayas traído los pañuelos desechables

-¿Cinco cajas te bastan?

 -No lo creo, ¿No puedes traer más?

 -Oh claro. Sobre todo porque en el Eliseo abundan las tiendas de víveres.

-Bah, pequeños detalles sin importancia.

Harry se separó de su padre para encontrarse con cuatro personas más que los observaban.  Su madre se acercó a él, sentándose a su lado y rodeándolo con sus brazos en un acto protector, y besando su mejilla con suavidad. 

-Mira que linda escena familiar – le dijo Sirius a Remus – pero no te parece que falta algo… algo importante

-¿Una cámara? – preguntó el otro de forma inocente, demasiado inocente

-Claro, si sólo pudieras traer una a los Campos Elíseos – le respondió Sirius fingiendo pensarlo –

-¿Al igual que los pañuelos desechables? – preguntó Remus tentativamente, sin embargo Sirius ignoró el comentario.

-¡¡Claro que no, tonto!! ¡¡Falta el padrino, el miembro más importante!!

 -Si, si, Padfod, lo que digas – Remus hizo un movimiento con la mano restándole importancia al comentario de Sirius y recibiendo un golpe en la cabeza por eso; lo que provocó un estallido de carcajadas a su alrededor que relajó la situación. Sin embargo, pese a que compartía las risas, el profesor Dumbledore no apartaba sus ojos de Harry, y éste sintiendo su mirada se dirigió a él.

 -¿Ocurre algo profesor? – le preguntó Harry dejando de sonreír, el resto lo imitó centrando su atención en el que fuera en vida el Director de Hogwarts.

-Ésta es la prueba más difícil a la que se enfrentarán, Harry, no solo la vida de Draco esta en juego sino también tu alma y la de él  – le dijo con voz pausada

-Estoy conciente de ello, profesor, y se que Draco también lo está – la voz de Harry sonó con seguridad, algo que sorprendió a las personas que le rodeaban. Sin embargo, Harry estaba más ocupado en averiguar que quería decir el profesor que en las miradas de tristeza y preocupación que sus padres, padrino y tío intercambiaron.

-Mi punto es que ustedes superaron muchas pruebas confiando ciegamente uno en el otro, y ahora más que nunca, Draco necesita de esa confianza, Harry, tu confianza y tu amor es el único aliciente que Draco tiene en el Tártaro, la única forma de salvaguardar su vida… y su alma.

-Lo sé, y no voy a dudar de las capacidades de Draco, no ahora cuando más me necesita, y que gracias a Hermione puedo ayudarle en algo.

-Oh sí, sí, sí, el amuleto que Hermione le dio a Draco es estupendo – le dijo Dumbledore con un ligero brillo en sus ojos azules –  una prueba más de que es una bruja inteligente y poderosa – lentamente se formó una sonrisa en los labios de Harry.

-Lo es, y ella estaría orgullosa de saber que su intento por ayudar funcionó.

-¿De qué amuleto hablan? – preguntó un desconcertado Sirius. Por toda respuesta, Harry irguió la parte alta de su cuerpo, abriendo su mano izquierda y mostrando lo que hasta ese momento había estado ocultando.  Sobre su mano, flotando lánguidamente, brillaba una especie de diminuta estrella plateada. Todos, excepto Harry y Dumbledore, jadearon sorprendidos

-De uno que creó Hermione con el afán de proteger a Draco de los peligros del Tártaro – explicó Albus sin dejar de sonreír.

 -Hermione utilizó un conjuro muy antiguo, se podría decir que es el predecesor del Patronus – agregó Harry imitando la sonrisa del profesor

-¿Quieres decir que eso está basado en un Patronus? – preguntó James

 -No exactamente – intervino Remus comprendiendo la estructura de la pequeña estrella y su relación con el amuleto; guardó silencio por un momento pensando en la mejor forma de explicarse – Un Patronus tiene su origen en aquellos recuerdos felices que atesoramos, en cambio, Hermione impregnó el amuleto con la esencia de todos aquellos sentimientos bellos que atesoramos y que de una manera u otra dan origen a un Patronus, creando así una especie de lazo mágico entre Draco y Harry ¿No es así Harry? – el aludido asinti

-Draco posee el medallón que Hermione encantó, esta pequeña estrella me fue entregada por Persefone, me dijo que ésta sería la única forma de estar cerca de Draco. Es el otro extremo del lazo que une nuestras almas, y el cual me permite llamarle cuando la desesperación intenta hacer mella en él, al igual que me permite sentir sus más profundas emociones. – concluyó Harry.

-¿Quieres decir que están unidos por ese amuleto? – preguntó Lily

-No exactamente – pero antes de que Harry intentara explicarle a su madre la verdadera función del amuleto, la voz de Remus se le adelantó.

-En realidad, ese medallón y la estrella son sólo la representación del verdadero lazo que hay entre ellos, Lily, el medallón esta impregnado con la esencia de un solo sentimiento, y es ése sentimiento el que los mantiene unidos – los ojos verdes de la mujer brillaron con comprensión.

-Amor

 -Exacto – casi enseguida, cinco pares de ojos se posaron sobre el chico de cabello azabache y ojos verdes, que de inmediato se sonrojó.  Sirius suspiró dramáticamente, interrumpiendo el silencio que se había formado entre ellos.  Se sentó sobre el paso, justo frente a Harry, y sin permitir que le hicieran pregunta alguna, jaló tanto a Remus como al Profesor Dumbledore, prácticamente haciéndolos caer a su lado.

-Vamos, tomen asiento, me temo que la espera será larga – Harry observó a su padrino en una muda pregunta – ¿Qué? – le dijo fingiendo inocencia – Si vamos a esperar a que esa serpiente llegue, más vale que esperemos sentados, podría tardar un poco ¿no crees? – ante eso Harry sonrió ampliamente, a su alrededor estaba su familia, dándole el apoyo que siempre había querido recibir. Comenzó a sentir una opresión en el pecho, y un nudo en la garganta le impedía hablar con claridad, sus ojos se inundaron de lágrimas que no se permitió derramar. Su familia lo apoyaba y aceptaban su decisión, era más de lo que se merecía y podía pedir.

-Gracias

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Paseó sus ojos de mercurio, recorriendo el entorno, permaneciendo erguido y atento mirando a su alrededor para examinar el lugar en donde se encontraba. Pudo reconocer que estaba al borde de un valle, un abismo doloroso que acogía el rugir de llantos que parecían ser infinitos.

 Era oscuro, profundo y nebuloso, tanto que aún fijando su vista en algún punto delante de él, no reconocía cosa alguna, sin embargo, podía escuchar suspiros que se transportaban a través del aire hasta llegar a sus oídos, haciéndole estremecerse.  Avanzó tratando de seguir esos sonidos, que si bien no eran llantos, aún así provenían de un dolor sin tormento.

Con un Lumos resplandeciendo en su varita, caminó entre la niebla oscura hasta encontrar el origen de esos suspiros. Se trataba de una multitud conformada por niños, mujeres y hombres, cuya angustia se teñía en el rostro de aquellos infelices.

Continuó avanzando ignorándolos, sabía que de nada le serviría hablarles, estaban siendo presos de su propio tormento, Draco sabía donde se encontraba, así que siguió su camino.

 Llegó hasta el pie de un noble castillo, el cual estaba cercado siete veces por altos muros, defendido en torno por un bello riachuelo, de aguas claras y tranquilas, muy diferente al Río Estigia, aunque bien sabía que ese riachuelo no era más que una ilusión. Así que, con algo de desconfianza, avanzó hacia él, y cuando estaba a un paso de su corriente se detuvo. Observó el castillo, y pudo ver que sobre la enorme puerta de roble, estaba una inscripción en griego

-Juzgado – leyó.  En ese caso no había cabida para la duda.  Dio un paso hacia el riachuelo, pero su pie no se hundió en el agua, al contrario, permaneció estable como si se tratara de tierra firme.  Dio otro paso más, y ahora todo su cuerpo estaba sobre el riachuelo que continua agitándose bajo él.  Caminó con paso decidido, y atravesó la puerta, encontrándose con un largo y escabroso pasillo. Con lentitud comenzó a recorrerlo, asiendo con fuerza su varita listo para cualquier imprevisto; no tardó mucho en encontrar una última puerta, la abrió, varita en alto lista para cualquier sorpresa que se encontrara, pero lo único que encontró fue un prado de verde pasto fresco.

Entró cuidando de no hacer mucho ruido, y una vez dentro pudo ver las almas de aquellos a quienes juzgarían, sus rostros estaban alicaídos en espera de su destino final, algunos murmuraban un poco con voz suave, y otros permanecían en total silencio.

Se retiró entonces a un costado, a un lugar abierto, luminoso y alto desde donde podía ver con claridad, distinguiendo  que el lugar a donde necesitaba llegar estaba un poco más abajo, así que se dirigió hacia allá.  A medida que avanzaba el dolor de los que eran condenados se hacía más evidente en punzantes lamentos.  Trató de ignorarlos, ya suficiente tenía con su propio dolor como para encima tener compasión por esos miserables.

Llegó hasta un hombre que examinaba las culpas de esas almas, las juzgaba y ordenaba su condena; sabía cual era su nombre: Minos.

Draco se detuvo un instante, recordando lo que había leído sobre el juicio justo antes emprender su viaje. Luego de morir, todas las almas debían comparecer ante Minos y confesarse, y ese conocedor de pecados decidía cuál era su lugar en el Tártaro y cuantos grados abajo debía ser ubicada. Ante él siempre había infinidad de almas que iban y venían, cada una con su propio juicio, contando sus pecados y esperando el veredicto de Minos, quien luego de escucharlas decidía su castigo o su recompensa, según el caso.

 Minos era muy diferente a Caronte. El juez tenía un cabello largo y negro, brillante como ala de cuervo, y si bien su piel era pálida eso sólo hacía resaltar la profundidad de sus ojos negros, ojos que eran capaces de ver a través de los escudos forjados para esconder los más oscuros secretos. Minos estaba de pie, sujetando un gran libro, el cual Draco sabía que era una especie de archivo; si un alma mentía, Minos inmediatamente lo sabía a través de ese libro, llamado también el Libro de las Almas.  Draco se acercó a él, sin poder evitar sentir cierto temor, pues sin bien sabía que Minos no era un Dios, si tenía la suficiente autoridad como para decidir matarlo en ese momento y eso no estaba dispuesto a permitirlo, estaría con Harry costase lo que costase.

Minos percibió que alguien se acercaba, la esencia que el viento del Hades le llevaba era distinta a la que estaba acostumbrado.  Levantó su mirada, sus ojos negros como la más oscura noche se encontraron con unos ojos grises que lo miraban con cierta frialdad, esos ojos le eran de alguna manera familiares, un alma con esos ojos ya había sido juzgada con anterioridad.

-¿Cuál es vuestro nombre? – le preguntó Minos.  Draco pudo apreciar que su voz era ronca pero firme, sabía que necesitaba su nombre para determinar que pecados había cometido y que sentencia debería servir.

-Draco Malfoy – le respondió con seguridad. Minos buscó en el libro ese nombre, sorprendiéndose al no encontrarlo, entrecerró sus ojos negros, si su nombre no estaba en el libro de las Almas, solo quería decir una cosa: era un mortal.  Ese ser frente a él aún estaba vivo, y si estaba vivo ¿Por qué razón se encontraba en el Hades?

 Podría matar ese mortal en ese instante, por profanar el Hades con su presencia, pero él no era adicto a mancharse las manos de sangre, además, tenía curiosidad, quería saber la razón por la que se encontraba en su juzgado y más aún, quería saber que relación tenía con aquella alma que espejaban sus ojos.

-Vos seis un mortal, no debéis estar aquí aún, sin embargo, mi curiosidad es grande y deseo saber que os ha traído hasta este lugar – y antes de que Draco pudiera decir algo, Minos hizo un movimiento con su mano, haciéndolo sentir como si algo le golpeara la cabeza.  Inmediatamente después de eso, pudo ver en su propia mente, imágenes de su pasado  ¡¡Estaba usando Legilimencia!!

Pudo ver sus recuerdos y sabía que el juez también los veía, intentó bloquear su mente, pero le fue imposible, el poder que invadía su mente era mucho mayor al de él.

Minos pudo observar que ese mortal había cometido muchos pecados: había destruido no solo vidas humanas, sino también animales y plantas; había humillado, golpeado y herido a otros seres, sus manos estaban manchadas de sangre.  En su corazón había odio y dolor, pero también habitaba otro sentimiento, mucho más profundo y fuerte, y esa era la razón por la que se encontraba ahí.

Minos dio por terminada la Legilimencia, observando al mortal sin expresión en su rostro.  Draco se dejó caer sobre sus rodillas, su frente estaba perlada por el sudor, su respiración era agitada, podía sentir a su corazón palpitar con fuerza y rapidez. Se sentía humillado, ese maldito había hurgado en sus pensamientos, en sus recuerdos más profundos.

-Vuestras manos están manchadas de sangre – la voz de Minos lo trajo de vuelta a la realidad.  Draco se puso de pie, reprimiendo un gruñido que amenazaba con salir de sus labios.

 -Lo sé, pero si lo hice fue por salvar otras vidas, era la única forma para… - intentó explicarse, pero Minos no se lo permiti

-Los mortales, contrario a los Dioses, no tenéis permiso para castigar a otros seres.  Hay un lugar en el Tártaro para seres como vos.

Minos dirigió su mano hacia un costado, y con suave movimiento, creó una especie de portal.  Draco abrió los ojos horrorizado, a través de ese portal pudo ver un valle cubierto de sangre, donde la sangre era tal que los condenados a ese valle estaban sumergidos en ella, como si de ríos se tratasen.

 -Aquellos que han sido violentos, que han lastimado a otros y que han hecho fluir sangre son traídos aquí y sufren eternamente en los ríos de sangre hirviente, donde su piel se quema y la carne se derrite hasta que solo quedan huesos. Este es el Río Flegetonte.

Draco recorrió con su mirada la extensión del Río que se le presentaba, de pronto sintió su garganta seca, y sus labios partidos, sabía que el tono de su piel debía de ser casi blanco ¿Ése era el destino que le esperaba?  ¿Ésa era su recompensa por ayudar a salvar a miles de magos y brujas y estúpidos muggles? ¿Es ahí a donde su alma sería enviada a purgar sus pecados?

-Como podéis ver, mortal, la divina justicia así castiga.  ¿Podéis ver aquella orilla donde el caldo hirviente disminuye? Quiero que sepáis que en esta otra orilla más y más hunde su fondo hasta que al final llega a aquel punto donde corresponde que la tiranía gima… y gime, las almas gimen esperando calmar el dolor que les produce su castigo… sin embargo, el gemir no les ayuda de nada…

Draco escuchaba todo lo que Minos le decía a la vez que observaba, pudiendo ver algunas almas donde apenas su cabeza y pecho estaban libres de la sangre hirviendo, y fue ahí donde pudo reconocer muchos rostros. Pudo ver a Crabe y a Goyle, padres e hijos, pudo ver a la mayoría de los mortifagos con los que luchó, incluso a algunos aurores que los traicionaron en el último momento, magos y brujas que pelearon en una guerra sin miramientos, que habían asesinado por su causa, fuera justa o no.

-Guiad tu mirada hacia esa otra orilla, mortal, y decidme ¿qué es lo que veis? –

Draco hizo lo que Minos le dijo, paseando su mirada por el largo de la rojiza orilla, siendo mudo testigo de cómo chillaban los que ahí hervían.

-Veo… - se aclaró la garganta que en ese momento estaba seca – veo, veo gente sumergida hasta las cejas, solo… parte de su frente y… cabello están sobre la sangre.

-Esos son tiranos que de la sangre y del poseer robado, vivieron. Mirad más allá y decidme que veis – Minos señaló un lugar más apartado, donde Draco pudo ver una cabellera platinada idéntica a la suya, solo que más larga y ahora manchada de sangre. Abrió los ojos destellando sorpresa, dolor, angustia y… asco. – Esa alma en particular, cometió muchos crímenes, sus manos y cuerpo habían sido manchadas por sangre, como ahora podéis ver. ¿Podrías decidme mortal si vos conocéis a ese ser?

Draco permaneció en silencio, sabía que debía de responder algo, pero su garganta estaba seca y sentía una opresión en su pecho que no le permitía hacer ningún sonido.  Su mirada seguía fija en esa figura bañada de sangre, sus ojos nublándose con la inminente comprensión que lo golpeó.

-Tal vez lo habéis olvidado – le dijo el juez. Hizo un movimiento con su mano e inmediatamente el alma que permanecía sumergida en el líquido carmesí, salió a flote, como un hombre estando a punto de ahogarse, buscando salvar su vida de forma desesperada. Sin embargo, en éste caso no había vida que salvar, pero en lugar de buscar aire con su boca fuera de la sangre, un grito desgarrador se escuchó por todo lo alto, tal vez sintiendo los estragos que la sangre hirviendo producían en su piel.  Draco se estremeció ante el grito de ese hombre que había sido su padre, llevándose las manos hacia sus oídos instintivamente, intentando bloquear ese horripilante sonido, gritos que le destrozaban el alma, que le hacían sentir el dolor de su progenitor como propio, pero su intento fue inútil, los gritos seguían escuchándose con absoluta claridad, torturándole y produciendo pequeños espasmos, mientras sentía cómo cada fibra de su cuerpo se retorcía por un dolor inexistente.

-Basta – pidió en susurros, pero los gritos seguían escuchándose –  Basta  – insistió, pero no cesaban –  ¡¡Basta!!  – gritó con todas sus fuerzas, y entonces… los gritos se detuvieron. Se dejó caer sobre sus rodillas, no siendo capaz de mantenerse un minuto más de pie. Sus manos dejaron sus oídos para cubrir su rostro, notando con angustia que estaba húmedo a causa de las lágrimas que se deslizaban por él. No había podido soportarlo, odiaba a ese hombre, lo odiaba por haberle quitado lo que más quería, pero aún así, no podía ser testigo de la forma tan cruel en que era torturado, tal vez se lo merecía, pero aún así, era más de lo que un hijo puede soportar.

-¿Porqué habéis pedido que me detuviera? – le preguntó Minos con seriedad

-Es mi padre – respondió Draco en voz baja

 -Aún así, esa no es razón suficiente como para perdonadle sus pecados

 -Lo sé, pero… no puedo soportarlo – Minos no dijo nada por unos momentos, sus ojos negros observándolo con atención, escudriñando su alma en busca de respuestas y motivos.

-Ese que veis ahí es vuestro padre, su cuerpo entero sumergido bajo la sangre hirviente, ocultando su rostro y sus ojos, ojos iguales a los vuestros.

-¡No son iguales! – Draco levantó su rostro hacia Minos ofendido.  Lentamente el juez asinti

 -Tenéis razón, vuestros ojos tienen algo de lo que carecen los de vuestro padre: Amor. Ahora decidme mortal ¿cuál es vuestro motivo para estar en estas tierras?

Minos observó atentamente a Draco, pudo ver miedo en esos ojos claros. Miedo, angustia y... ¿esperanza?.  Draco se puso de pie, sin dejar que el contacto visual se interrumpiera. Tal vez… tal vez este juez podría darle la oportunidad de seguir con su camino, de llegar a Harry.

-Estoy aquí – contra lo que pensó, su voz brotó firme de sus labios – porque quiero recuperar el alma del hombre al que amo: Harry Potter.

-Conozco el nombre, su alma mora en los Campos Elíseos

-Y hacia allá me dirijo

-No preguntaré el cómo habéis entrado a estas tierras, ni cómo habéis sorteado los Campos Afódelos y el Río Estigia, más aún, preguntaré: ¿Por qué os interesa tanto llegar hasta él?

-Porque sin él, no vivo. – fue la respuesta dicha con tal seguridad que por un momento el juez de las almas se vio sorprendido.

 -Esto – dijo Minos señalando el portal que mostraba el Río Flegetonte  – no sería vuestro destino si murieses, vuestro destino sería otro; por el amor que habita en vuestro corazón, vuestro destino sería aquel donde moran los héroes y los poetas, los hombres que amaron y fueron correspondidos, los hombres que aún contra todo luchaban por un causa justa.

-No puedo esperar hasta que mi muerte llegue, lo necesito de la misma forma que él me necesita – le dijo a lo que el juez asintió.  Con un movimiento de su mano, el portal desapareció, mostrando en su lugar el valle en donde estaban. Minos regresó hacia donde estaba el libro que momentos antes observaba.

-El destino – comenzó diciéndole – es tan confuso que hace de vuestros caminos la compleja realidad de algo bien estructurado, sin saber que al intentar explicar el por qué de cada acción de las cosas que no podemos controlar, nos dejamos llevar por instantes que hace a vuestro corazón feliz, pero sin ser capaces de retenerlos, sin embargo más allá de cualquier obstáculo impuesto, en el corazón agitado por el amor conocido, se haya la forma, el camino, para retornar a aquel destino.

Draco escuchaba con atención cada palabra dicha por el Juez, ¿estaría diciéndole lo que creía? ¿Le estaba dando la oportunidad de continuar con su camino? ¿Así, sin más?

-Escuchadme con atención mortal, millones de almas a través de los tiempos han sacrificado todo cuanto tenían, sufrieron torturas y muertes infortunadas, todo en el noble nombre del amor, entregándose a él de forma completamente voluntaria. Ahora os preguntaré: ¿Seréis capaz de continuar vuestro camino, aún sabiendo que os esperan, no solo torturas o una muerte infortunada, sino el sufrimiento eterno? Pensar la respuesta mí querido mortal, porque estando frente a mí, tenéis la oportunidad de regresar al mundo de los vivos, y seguir con vuestra vida, pero una vez que respondáis mi pregunta ya no habrá oportunidad para vos.

Draco estaba ligeramente atónito, Minos le ofrecía la oportunidad de volver a su vida, sin ninguna clase de represalia, pero él ya tenía una respuesta, sabía perfectamente que no tomaría esa decisión porque Harry no estaría a su lado para vivirla, y una vida sin él, no valía la pena vivirla.

-Conoces mi respuesta – le dijo Draco con seguridad – Me dirijo a los Campos Elíseos por el alma de aquel a quien amo.

Minos asintió sin dejar de ver a los ojos a ese mortal, pudiendo observar un brillo especial en esos ojos grises. Brillaban con decisión, pero sobre todo, brillaban con amor, un amor tan imposiblemente grande como nunca había llegado a atestiguar. Por supuesto que conocía la respuesta, ese mortal no se daría por vencido, llegaría hasta el alma de quien amaba, llegaría hasta Harry Potter.  Ahora comprendía por qué Hermes le había permitido la entrada, ese mortal, no solo era diferente a su progenitor, sino que también, guardaba en su interior un sentimiento que hoy en día los mortales suelen ignorar sin saber que es la mejor arma contra cualquier mal.

-En ese caso, vos que venís al doloroso albergue, guardaos de cómo entréis y de quien os fiáis. El Tártaro es grande y plagado de todo tipo de males, pocos encontraréis que os den otro oportunidad, mortal, sin embargo, recordad mis palabras – Draco asintió – ¿Veis esa puerta? – dirigió su mano izquierda hacia un costado, donde unos metros adelante se encontraba una puerta tallada en fría roca – Esa puerta os conducirá al tercer circulo. Que no os engañe la amplitud de la entrada, vos conocéis los peligros y dolores que guarda.  Continuad con vuestro camino, mortal, cambiad vuestro destino si es que es posible y seguid mi consejo.

Draco asintió con un leve movimiento de cabeza, reprimiendo las inmensas ganas de sonreír. Una última mirada al Juez de las Almas en un mudo agradecimiento.

Minos asintió sin dejar de verlo con sus bellos ojos negros.

 Se dirigió hacia la puerta sin dudar un solo instante. La abrió y entró a través de ella, esperando encontrarse con lo que el destino le deparara... y así reanudó su camino hacia Harry.

-Ha pasado el Juzgado – susurró Harry

-¿Cómo puedes saberlo? – le preguntó Sirius, a lo que Harry respondió encogiéndose de hombros.

-Sólo… lo s

-Grandiosa respuesta, hijo – la voz de James iba cargada de sarcasmo, lo que le valió un golpe en el hombro de parte de su esposa.

 -Pronto se encontrará con el perro guardián – murmuró Remus

-Espero que pueda hacerle frente – dijo Lily abrazando protectoramente a Harry

-Lo hará – aseguró Dumbledore

-¿Cómo es que están tan seguros? – insistió un obstinado Sirius

-Conoce la historia de Fluffy – aclaró Harry, compartiendo una sonrisa misteriosa con Dumbledore ante las miradas desconcertadas del resto de los presentes.

Obviamente ellos no conocían la historia del ‘Lindo y buen Fluffy’

Sin embargo, Cerbero no era ni la décima parte de lo dócil que era Fluffy.

Después de cruzar la puerta, había aparecido en otro lugar, un lugar donde todo era negro, no porque ese fuera el color en sí del lugar, sino por la lluvia que caía.

 Era una lluvia que bien podía catalogarse como maldita, un granizo grueso y cuya agua congelada era de un color negro, la nieve bajo sus pies era del mismo color que el granizo y las tinieblas se torcían por el aire, pudriendo las tierras que pisaba.  Se ajustó un poco la túnica después de aplicarse un par de hechizos, uno para mantenerla a una temperatura adecuada y no congelarse a causa del frío de ese espantoso lugar, y otro para repeler el agua y no empaparse de ese asqueroso color.

Caminó con dificultad por el camino nevado. A medida que avanzaba, un extraño olor llegaba él, un olor bastante desagradable, sabía lo que significaba ese aroma, así que animó sus pasos en pos del aroma nauseabundo que se intensificaba conforme avanzaba. Con un movimiento de su varita hizo aparecer un pañuelo, cubriéndose con él nariz y labios.

Después de caminar por unos minutos, en medio de la intensa niebla, pudo vislumbrar una especie de luces, se acercó con sigilo, presintiendo de qué se trataba. Empuñó su varita, listo para un ataque. Las luces se movieron hacia él, se trataba de seis resplandores, que poco a poco se fueron acercando, aumentando la intensidad del olor nauseabundo. En cuanto estuvo más cerca pudo verlo mejor, no se trataban simples luces, sino de ojos.

 Cerbero.

 El can de tres cabezas que devoraba a quienes pretendían escapar del Hades.

 Sabía que Cerbero era una fiera cruel y perversa, con sus tres gargantas caninas ladraba sobre la gente ahí sumida. Sus ojos eran de un color bermejo diabólico, poseía una negra barba, y el vientre era amplio. Sus zarpas se clavaban en los animas que yacían a su alrededor, destrozando y desgarrando, haciéndolos aullar como perros. Algunos que intentaban cubrirse cambiando de un lado a otro, terminaban siendo zarandeados con fuerza y sin ningún tipo de piedad por el can maldito.

 Tras la bestia, Draco pudo ver una amplia puerta de roble, en cuya superficie había algunos grabados. Esa puerta lo conduciría a otra zona del Tártaro, y si quería llegar hasta Harry, primero tenía que llegar a ella.

 Cuando Cerbero vio a Draco, la enorme bestia abrió la boca y desplegó sus colmillos, sus ojos resplandecieron como llamaradas en el infierno, viéndolo con rabia y aberración. Una gran mole golpeó contra el suelo cubierto de nieve, y Draco notó que todo a su alrededor temblaba. Sabía lo que estaba ocurriendo, podía sentirlo: Cerbero se movía hacia él, podía escuchar su pesado cuerpo acercándose. Preparándose mentalmente para lo que vendría, se puso en posición de ataque.

Una cabeza se lanzó en su contra, dispuesto a encajar sus colmillos en tan bella carne, Draco la esquivó con cierta dificultad, y sin perder tiempo, apuntó con su varita a las fauces de la bestia

 -¡Averno! – una inmensa llamarada se dirigió a la boca de Cerbero, pero él con un simple  ladrido, deshizo las lenguas de fuego. Draco maldijo entre dientes, la magia no serviría contra esa bestia inmunda.

 Una segunda y tercer cabeza le siguió de inmediato, Draco se vio acorralado y nuevamente las esquivó, pero la bestia no era estúpida, ya se esperaba ese movimiento, y con una rapidez inexplicable, agitó su larga cola cubierta de aguijones, haciéndolo caer. Cayó contra la nieve, golpeándose contra la dura superficie bajo ésta, y notó el sabor de la sangre de sus labios. Cerbero se encontraba cerca de él, y la boca se abría. Una boca lo bastante grande para tragarlo entero, bordeada de colmillos tan largos  como una espada, delgados, brillantes...

Intentó ponerse de pie, pero una de las cabezas fue más rápida, encajando sus afilados colmillos en su pierna. Draco pudo sentir como uno de los enormes colmillos se clavaba en su piel, pudo sentir la carne desgarrarse y la sangre derramarse por su miembro. El viento que se agitaba a su alrededor se llevó sus gritos de dolor y angustia. Intentó liberarse, pero cada movimiento le destrozaba la pierna.

-‘¡Draco!’

-Harry – murmuró entre dientes, tratando de no desfallecer. Y entonces, sucedió de nuevo...

Su medallón comenzó a brillar, pero no fue un brillo suave como la primera vez, esta vez sucedió con rapidez, como si de un rayo se tratase, un rayo que se dirigió directo a la cabeza que atenazaba su pierna. Draco pudo escuchar un horrible rugido, como si la luz de su medallón le quemara.

Con su pierna casi destrozada, se arrastró hacia atrás, sabía que de nada le servía ponerse de pie, si es que primero podría lograrlo, ya que su equilibrio sería deficiente y necesitaba toda su energía y concentración en apaciguar a ese animal. La herida le producía un dolor candente que se le extendía lenta pero regularmente por todo el cuerpo, su propia sangre le empapaba la túnica, y su vista comenzaba a nublarse. El lugar se disolvía en un remolino de colores apagados. A través de la bruma que le presentaban sus ojos, pudo ver como las tres cabezas se agitaban ferozmente, gruñendo y aullando como enloquecidas.

 Pero el efecto pasó, con demasiada rapidez en opinión de Draco. Cerbero lo veía con odio a través de sus ojos bermejos, sus tres fauces mostrando sus colmillos dispuestos a traspasar su cuerpo. Su mano derecha mantenía con fuerza su varita, pero sabía que de nada le serviría, al menos no para atacarlo directamente, sabía de algo que podría permitirle salir con vida de las garras de esa bestia, pero necesitaba algo más para ganar el tiempo necesario para poder hacerlo ¿pero qué?

Se deslizó a través de la nieve, arrastrando su pierna herida, sus manos aferrándose a la nieve ennegrecida bajo él, y de pronto, una idea se formó en su mente. La bestia arremetió contra él en el momento justo en el que él cogía nieve y a manos llenas arrojó puñadas dentro de las rugientes fauces. Como la bestia de tanto ladrar se agotaba, al morder a la presa lograba calmarse, confundiendo la nieve con alguna ánima o miembro del mortal. Draco aprovechó esa relativa calma, para agitar su varita y pronunciar un conjuro

 -¡Musicalls! – y al instante, casi con el viento, las notas de un arpa invisible comenzaron a escucharse. Al principio, la música sonó demasiado débil, pero lo suficiente como para que Cerbero se detuviera de masticar la nieve para localizar el origen del sonido. Draco cerró los ojos y se concentró en el arpa y la melodía; despacio, gradualmente, el sonido se hizo más fuerte y audible. Poco a poco los ojos de la bestia comenzaron a cerrarse. De manera lenta los gruñidos se fueron apagando, se balanceó, cayó de rodillas y luego se derrumbó en el suelo, profundamente dormido.

Suspiró aliviado. Con extrema lentitud comenzó a ponerse de pie, la pierna le punzaba horriblemente y aún no dejaba de sangrar, tenía que curársela lo antes posible, pero primero tenía que alejarse de esa bestia. Ignorando a las ánimas que intentaban alejarse de Cerbero, comenzó a obligarse a caminar, pese al dolor, y cojeando, se dirigió hacia la puerta, podía sentir la respiración caliente y olorosa del perro, mientras se aproximaba a las gigantescas cabezas. Draco apretó los dientes y anduvo con cuidado alrededor del perro. Pasó por encima de las sombras que la pesada lluvia formaba, sus pies pasaban alrededor de fantasmas que semejaban personas y que yacían por todo ese lugar, quejándose y gimiendo sin esperanza de redimir sus culpas en poco tiempo.

Una de esas ánimas sujetó a Draco por su pierna sana, haciéndolo trastabillar, pero milagrosamente pudo mantenerse en pie. Con un Expelliarmus lanzó al ánima lejos de él, sin embargo, esa distracción estuvo a punto de costarle mucho, en esos segundos de silencio, el can gruñó y se estiró, pero en cuanto Draco volvió a concentrarse en la música volvió a su sueño profundo.  Continuó caminando con lentitud, sin dejar de concentrarse en la música, la puerta cada vez estaba más cerca de él, tenía que llegar hasta ella, tenía que llegar hasta Harry... pero era tan difícil...

Su vista cada vez se hacía más borrosa, apenas y podía distinguir una extraña figura de lo que era la enorme puerta de roble, sus fuerzas se le iban a cada paso que daba, y el dolor laceraba sus terminales nerviosas sin compasión. Su cuerpo le pedía a gritos dejarse caer y refugiarse en la incesante lluvia y la fría nieve que calmarían su dolor... hasta no sentirlo más...

 -‘Vamos Draco, tu puedes, amor’

 -Harry – murmuró sin dejar de ver la puerta cada vez más cercana, pero a la vez, más borrosa

 -‘Sigue Draco, falta poco, por favor sigue’

 Continuó caminando, pesé a que su cuerpo estaba a punto de claudicar, su corazón seguía vivo y con la esperanza de encontrarse con Harry. Necesitaba seguir, necesitaba llegar hasta esa puerta y sanar sus heridas, de lo contrario, su estadía en el Tártaro sería permanente...

 Pero era tan... doloroso, todo le dolía: la estúpida pierna que no dejaba de punzar, su cuerpo que se rehusaba a seguir, su propia cabeza por mantener la música en su mente, le dolía su corazón...  y su alma... le dolía el alma ante la posibilidad de no reencontrarse con Harry y quedarse para toda la eternidad en ese lugar, sufriendo como esas ánimas lastimeras.

 -‘No pienses en eso Draco, piensa... piensa en mi, en nuestra vida... en nuestro amor’

-Te amo... Harry

 -‘Yo también te amo, mi dragón, por favor, no me dejes aquí, quiero estar contigo’

-Yo también... quiero... llegar a ti

 -‘Entonces sigue, falta poco, no te dejaré caer Draco, permaneceré a tu lado, hablándote, llamándote en medio de la oscuridad, no permitiré que caigas,  porque entonces... yo caería contigo’

La pierna herida terminó por ceder, justo cuando llegaba a la puerta, la fuerza terminaba por írsele. Dejó de pensar en la música para concentrarse en reunir toda la fuerza posible y abrir las enormes puertas.  Empujó, y las puertas no cedían ni un milímetro, intentó de nuevo, ésta vez usando todo su peso contra el fuerte roble.

La lejana música se detuvo...

Se oyó un fuerte ladrido a lo lejos...

Draco ejerció más fuerza, logrando hacer ceder las puertas...

Los ladridos se escuchaban más cerca...

Cada vez más cerca...

Hasta llegar a la puerta de roble...

Pero Draco ya había cerrado la puerta desde el otro lado...

La fuerza terminó por abandonarle...

Dejándose caer sobre un frío suelo...

Su vista borrosa terminó por ceder a la oscuridad...

-¡¡¡NOOOO!!! ¡¡¡DRACO!!!

 

 

¸¸,ø¤º°º¤ø °`°º¤ø,¸ CONTINUARA °º¤ø,¸¸,ø¤º°`°º¤ø,¸

   

   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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