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Titulo: Devuelveme la Vida Clasificación : PG-13 Comentarios:
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CAPITULO DOCE.- El Río
Estigia
La oscuridad que lo envolvía terminó por desintegrarse, permitiéndole ver con claridad el nuevo cosmos que se le presentaba. Frente a él, se encontraba lo que podía catalogarse como un campo, sabía en donde se encontraba, el lugar tenía el nombre de “Campo de Asfódelos”, era un lugar donde vagaban los muertos sin rumbo y silenciosos. Aquellos que en vida tuvieron una vida común, sin virtud ni vicio, eran quienes podían quedarse en ese valle por siempre. Respiró un par de veces asimilando la situación. Después de susurrar un Nox, comenzó a andar con la varita asida con fuerza. El campo en donde estaba, se encontraba cubierto de asfódelos, los cuales eran de varios colores, los había amarillos, blancos y rosas; todas eran flores de distintas especies entre las que destacan tulipanes, azucenas, narcisos y jacintos. En una forma de aligerar la tensión que se acumulaba en su cuerpo, pensó con ironía la forma tan vil y desagradable en que contrastaban esos muertos silenciosos con la belleza del valle que se extendía ante él. Siguiendo con su camino, por el rabillo del ojo pudo ver algo que captó su atención, haciéndolo detenerse. Primero vio solamente unos destellos, conforme se fue acercando, pudo ver que se trataba de una flor cuyas raíces se aferraban a una roca, vio que era un narciso de tamaño tres veces más grande que el resto de las flores. Brillaba con una iridiscencia que hizo pensar a Draco en el sol del atardecer sobre el mar, apenas si pudo decidir de qué color era. Permaneció quieto un momento observando la flor, algo dentro de él se estremeció cuando su mente evocó la imagen de un Harry cubierto de tierra sonriendo satisfecho por haber cuidado a narcisos parecidos a ese. -Dime Draco, ¿habías visto algo más hermoso que una flor como este narciso? -Por supuesto, lo veo todas las mañanas al verme en el espejo -No seas vanidoso, hablo en serio -Yo también -Tu no tienes remedio -Y eso te encanta -He de ser masoquista -¡Hey! Apoyándose sobre una de sus rodillas, se inclinó y lentamente extendió una mano para tocarla, rozándola con cautela con el dedo índice. Al tocarla, lo invadió una sensación deliciosa, como si lo bañaran ondas de magnifica seda. Sonrió. De alguna forma, su toque iluminó el narciso, un brillo dorado rodeó sus pétalos, en una tierna caricia, y éstos lo refractaron al aire como si estuvieran hechos de cristal. La luz viró y bailó alrededor de él, como si fuera guiada por su toque, inmensamente brillante e inmensamente hermosa Era simplemente lo más hermoso que Draco había visto jamás. ¿Pero cómo podía existir tal belleza en un lugar donde solo reinaba la muerte? ¿Cómo podía existir vida en el Infierno? Porque esa flor, al igual que el resto a su alrededor, estaban vivas, repletas de vida, y eran hermosas y brillantes y… y estaban ahí para recordarle que la vida existe… aún después de la muerte, al igual que la esperanza persiste… -¿Sabes Harry? Te equivocaste en algo – susurró Draco sin dejar de acariciar el narciso – si hay algo más hermoso que ésta flor… tu sonrisa. Con una última caricia a la flor, se puso de pie y continuó caminando siguiendo perfectamente el camino trazado por Hermes. Paso a paso se acercaba a aquellos espectros silenciosos que vagaban sin rumbo fijo. Cuando estuvo lo suficientemente cerca de ellos, pudo percatarse que en realidad no caminaban, sus pies nunca llegaban a tocar el pasto bajo ellos, flotaban como títeres pendidos de hilos, moviéndose de un lado a otro, con la mirada perdida en algún punto frente a ellos. Sus cuerpos eran de un color aperlado, casi semitransparentes, por lo que podía ver, que más allá, estaba el Río Estigia, su siguiente punto a llegar. De pronto, se dio cuenta de algo que hasta ese momento no se había percatado, un extraño mutismo reinaba en ese lugar, era un silencio sepulcral, de alguna forma asfixiante. El ambiente se sentía pesado, misterioso y lúgubre… olía a muerte. A partir de ese momento sus sentidos estaban alertas a cualquier movimiento o sonido. Como un acto reflejo empuñó su varita con fuerza, lista para cualquier ataque, mientras su mano izquierda palpaba sobre uno de los bolsillos de su túnica, ahí estaba, la daga que Afrodita le había enviado. Sus pasos siguieron avanzando hasta estar a un par de metros de los espectros errantes donde se detuvo un momento. Para poder llegar al Río Estigia tenía que atravesar esos campos, y eso, a su vez, significaba pasar a través de todos esos espectros. Cerró los ojos en un intento de conservar sus pensamientos y emociones bajo control. Con varios hechizos en mente y sus ojos relampagueando con decisión y coraje terminó por anular la distancia entre él y aquellas almas sin rumbo. Los espectros continuaban con su vaivén sin percatarse de la presencia de aquel mortal, intruso en su mundo. Draco, con la arrogancia tan característica de su estirpe, entró al infierno con paso lento y decidido A medida que avanzaba una inexplicable neblina comenzó a envolverlo, causándole un ligero desconcierto, sin embargo no se dejó amedrentar. Un espectro se interpuso en su camino, yendo contra él y atravesando su cuerpo de mortal. El primer contacto fue escalofriante, tanto que lo hizo jadear y detenerse un par de segundos, pero la fuerza le abandonó, era como si su energía hubiera sido drenada; y en el último momento logró reaccionar, interponiendo sus manos y deteniendo un fuerte golpe que vio cercano. Jadeó un poco más intentando reunir la fuerza necesaria para ponerse de pie. Con lentitud se irguió nuevamente, sacudió un poco su cabeza en un intento de mantener el control y continuó. Caminaba entre ellos sorteando cuanto espectro se le atravesaba, cada vez que llegaba a tocar a alguno, aunque fuera un ligero roce, la frialdad de ese espíritu era tal, que le helaba el alma. Al pasar junto a ellos, podía escuchar ligeros suspiros y llantos, incluso algunas palabras de dolor, acentos de ira, altivas y roncas voces. Estaba seguro que grandes males impregnaban el aire que respiraba, a causa de esos espíritus. Ésta era la miserable suerte que le esperaban a las almas de aquellos que vivieron sin infamia y sin honor. Continuó caminando sin importarle cuanto tiempo llevaba haciéndolo, lo único que habitaba en su mente era la distancia que le faltaba para llegar a su objetivo. Pero ahora, cada paso que daba era como si provocara a los espectros a su alrededor, las almas de aquellos se agitaban cada vez con mayor ferocidad, como si fueran concientes de que alguien ajeno a su estado profanara esa tierra con plantas impuras, tratando de impedirle el avanzar más, acercándose a él, acorralándolo como aves de rapiña intentando bloquear con su esencia el acceso más allá de donde estaban, causándole más escalofríos, tantos que por un momento pasó por su mente la torcida idea de que su alma comenzaba a congelarse y que pronto sería uno más entre esos espectros. La desesperación de no poder librarse de esos espectros comenzaba a hacer estragos en él, su fuerza para seguir andando se evaporaba cada que uno de esas malditas cosas se interponía entre él y el río. Se sentía mareado y de tanto en tanto, se había detenido y apoyado sus manos sobre sus rodillas en un vano intento por mantenerse en pie. No podía dejarse vencer ahora, no debía hacerlo, ya había llegado hasta ahí, y había desafiado a los Dioses, no había marcha atrás tenía que llegar hasta Harry, si no lo hacía, si no llegaba hasta él... El pensamiento era tan doloroso que casi lo sofocó. -‘¡No te rindas Draco! ¡¡No me abandones!!’ -¡¿Harry?! – gritó alzando su vista, buscando desesperadamente a su alrededor alguna señal de Harry, porque esa había sido su voz, la había escuchado con claridad, él le había llamado en un momento de desesperación. Pero no lo encontró, no había señales de su Harry a su alrededor, solo estaba él y los espectros que lo torturaban. Bajó la vista derrotado, ¿había sido solo su imaginación? ‘No me abandones’ habían sido sus últimas palabras. ‘No me abandones’ ¿Eso haría si claudicaba ahora? ¿Lo estaría abandonando? Por supuesto, si se dejaba vencer ahora echaría por la borda todo su trabajo y sacrificaría su alma en vano; el trabajo y las esperanzas de Ron y Hermione, la fe de Severus en él, su propia fe se habría ido por el precipicio. No. Continuaría, no abandonaría a Harry, tenía que continuar. Respiró profundamente varias veces tratando de tranquilizarse, se irguió con autosuficiencia, entrecerró los ojos analizando su ubicación, estaba cerca del Río Estigia, solo tenía que resistir un poco más. Nuevamente continuó con su marcha, esta vez con mayor decisión y apremio, caminó sin detenerse, sin pensar en el dolor, el frío o la desesperación. Siguió caminando sin importarle que esos malditos restos de esencia humana se atravesaran en su camino e intentaran congelarle el alma y destrozar su esperanza. En su mente solo había un objetivo: llegar hasta Harry. Concentraba toda su fuerza en mantener ese pensamiento, llegaría, estaría con él y por fin podrían ser felices; no habría nada ni nadie, ni siquiera los Dioses, que los separaran, le demostraría a todos que el amor que había entre Harry y él era más fuerte que cualquier cosa, y que ni siquiera la muerte sería capaz de separarlos. De un momento a otro, pudo ver como la neblina que lo había estado rodeando se hacía menos densa, y pronto sintió que el crudo frío que lo había estado atormentando poco a poco lo abandonaba. Suspiró con alivio al ver el lugar donde estaba. Finalmente había llegado a la ribera de un gran río, era un río muy ancho, del cual ni si quiera podía ver la otra orilla, sus aguas eran oscuras sin llegar a ser negras. -El Río Estigia – murmuró. Paseó sus ojos de plata por todo el lugar, encontrándose con las almas de aquellos infortunados, notando que esta vez no eran espectros, sino que tenían forma corpórea sólida, incluso parecían personas vivas. Personas que estaban en la ribera retorciéndose de dolor, sus cuerpos desnudos y lacerados, llorando, mordiendo sus propios cuerpos, en la malvada orilla que aguarda a todo aquel que a los Dioses no teme, lanzando palabras blasfemas en contra de los Dioses y de sus padres. Un poco más lejos entre las oscuras aguas del río, pudo ver una vieja barca blanca que se acercaba a él lentamente. Y claramente pudo escuchar como el hombre que lo remaba cantaba ¡Hay de vosotras, almas perversas!
Aquí vengo a llevaros a la otra orilla a las tinieblas eternas, al calor y al hielo. Y tú que estás allí, ánima viva, aléjate de estos que están muertos. El hombre que dejó de cantar, acercándose a la orilla sobre su barca. Draco sabía de quien se trataba ese hombre, es el barquero del Río Estigia, Caronte. Cuando se detuvo en la orilla, pudo observarlo mejor, era un hombre viejo, de piel pálida, sus ojos parecían estar envueltos por círculos de fuego, en su opinión, más que barquero, parecía un demonio. Sus profundos ojos lo miraron con fijeza, como queriendo ver a través de su alma y descubrir sus más profundos y atroces secretos. -¿No habéis escuchado mi canción... mortal? – le preguntó con voz áspera, formando en sus labios una sonrisa sarcástica. Draco entrecerró los ojos ante la burla en la voz -La he escuchado perfectamente – le dijo con total seguridad -En ese caso es mejor que regreséis, aquí nada os espera -Te equivocas, alguien me espera al otro lado del río -Vos seis mortal, si me lo propusiera, podría dejaros como aquellos blasfemos, y permaneceréis 100 años en agonía. – Draco rió con sarcasmo -Y crees que le temo a ese castigo – y antes de que Caronte replicara, de entre sus ropas sacó un par de galeones, mostrándoselas al barquero – tengo el tributo para pagar el viaje – Draco arrojó las monedas, siendo atrapadas por el barquero, quien las observó con atención, sus ojos de fuego brillaron con ambición. -Sube Con la arrogancia tan propia de su persona, subió al barco, y cuidando de no manchar sus ropas tomó asiento frente al barquero. Caronte comenzó a remar, avanzando entre las oscuras aguas del río. -¿Quiénes son ellos? – le preguntó Draco, viendo a aquellos muertos que intentaban acercarse al río y que se retorcían del dolor -Son aquellos que mueren por la ira de los Dioses – le respondió de forma distraída -¿Porqué no cruzan el río? -Ansían cruzar el río, porque tanto los incita la justicia divina, que se les torna el temor deseo -¿Quieres decir que pasaran la eternidad... así? – preguntó con una expresión entre asco y angustia. Caronte comenzó a reír, su risa era tan espeluznante que le hizo sentir un escalofrío en la medula. -Solo cien años -Y después de los cien años ¿Qué pasa? -Nunca han llegado a los cien años – le dijo con una mueca en su rostro, que por un momento le hizo recordar a Flich el conserje de Hogwarts – en algunos es tal su desesperación que terminan arrojándose al río, otros, son devorados por Cerberos y otros, regresan al Campo de Asfódelos – guardaron silencio por unos momentos, en los que Draco pudo percatarse que llevaban más de la mitad del río recorrido. Observó con atención el río, le había parecido ver un ligero cambio en el movimiento de sus aguas. Entrecerró los ojos, tratando de averiguar que había provocado ese cambio. Sin previo aviso y sin esperarlo, un brazo cubierto de moho y cardenales salió de entre el agua, asiéndose con fuerza de la orilla del barco. Instintivamente se hizo hacia un lado, alejándose de ese brazo, pero en su intento no se percató que otra mano se asía del otro lado de la barca -¡¿Qué demonios?! – exclamó con sorpresa, poniéndose de pie, sacó su varita apuntando al primer brazo – ¡Incendio! – y enseguida esa extremidad terminó siendo cenizas, para luego ser sustituida por otra y otra. En menos de unos segundos, el barco se vio sujeto por docenas de brazos lacerados, agitando el barco, queriendo volcarlo. – ¡¡¿Acaso no piensas hacer nada?!! – le preguntó desesperado en medio de otro Incendio, pensando seriamente en la posibilidad de utilizar un Averno. -Por aquí no pasa nunca un alma buena – le dijo Caronte, visiblemente divertido al ver como Draco intentaba deshacerse de aquellos muertos que proclamaban la esencia de vida de ese mortal – bien comprenderéis lo que quiero decir. Por supuesto que lo comprendía. ¡¡¿Cómo pudo ser tan estúpido?!! El maldito barquero solo lo había llevado ahí para ser devorado por las aguas del Río Estigia. Sin pensarlo dos veces se arrojó al barquero dispuesto a matarlo y quitarle el barco. Su puño se cerró con furia alrededor de su varita, lanzando un Cruciatus, golpeando con triturante fuerza a Caronte. El barquero comenzó a retorcerse en medio de un agónico dolor, mas no gritó; mordía su labio con tal fuerza, que un hilillo de sangre brotaba de su labio inferior. Draco dio por terminada la maldición, esperando que con eso el barquero continuara con el camino, sin embargo, en vez de eso, Caronte contraatacó con el remo, intentando golpear al rubio. Draco evadía cada uno de sus golpes con dificultad, la barca continuaba meciéndose ahora con mayor fuerza, y en varios momentos estuvo a punto de perder el equilibrio. Un fuerte golpe contra su mano le hizo soltar su varita. Miró con odio y furia al desgraciado demonio frente a él, sus ojos de mercurio ardían con rencor, no le permitiría interferir entre él y Harry. Con rapidez, sacó de entre sus ropas la daga que Afrodita le había enviado, la hizo girar en un grácil movimiento, acercándose con agilidad a Caronte y antes de éste pudiera evitarlo, la hundió en su hombro. Pudo sentir la carne viva sucumbir ante el frío metal, la hizo girar aún dentro del cuerpo del barquero, arrancando un grito desgarrador de ese infeliz. Sin embargo, el hacer eso le hizo perder el equilibrio que hasta ese momento había mantenido. Los muertos agitaron con mayor fuerza el barco, Draco no pudo evitarlo y terminó cayendo en el Río Estigia. Caronte se sentó sobre el barco, gimiendo de vez en cuando a causa del dolor de la herida en su hombro. Se quitó la daga clavada en su piel, tragándose el quejido que amenazó con salir de su garganta. Miró con odio en la dirección en que el mortal había caído y casi enseguida su cabeza salió entre el agua. Al caer en el río, inmediatamente Draco nadó hacia la superficie en busca de aire, respirándolo con avidez. -Maldito desgraciado – masculló, provocando que Caronte riera. -Sabéis algo mortal, las aguas de este río tienen la característica de tragarse a todo aquello que entre en ellas. La persona que cae en él es atraída hacia el fondo del río sin poder flotar o nadar. – en ese momento Draco sintió que algo se enredaba entre sus piernas, impidiéndole seguir nadando e intentando hundirlo en las oscuras profundidades – es imposible nadar o flotar en el Río Estigia. No solo eso, sino que además, las personas que caen en el río son atraídos por los muertos que los jalan de las piernas hacia el fondo. Son los muertos que trataron de nadar al otro lado y fallaron Al escuchar eso, Draco abrió los ojos con temor, comprendiendo su error. Las manos de aquellos muertos se aferraban a sus piernas con una fuerza bestial, como si quisieran arrancarle las piernas. Sin poder evitarlo, la fuerza de aquellas manos le hicieron sumergirse en la oscuridad de esas aguas. Corrió todo lo que sus piernas le permitían, hasta llegar al cuerpo que yacía en el suelo teñido de rojo, a causa de la sangre de aquellos cuerpos que habían expirado en medio de la cruel guerra. Lo tomó entre sus brazos, cuidando de no lastimarlo más. Harry se convulsionaba a causa de la maldición que le habían lanzado, haciéndolo vomitar sangre. Con dificultad, Harry abrió los ojos, las esmeraldas antes brillantes, ahora estaban veladas por la cercanía de la muerte -Lo... lamento... Draco – le dijo Harry mientras una lágrima surcaba su mejilla – no pude hacer nada para evitarlo… -No, no, Harry, no me dejes – le dijo con temor tratando de mantenerlo entre sus brazos, sintiendo como se iba la vida de Harry y la suya con él -Nunca olvides que te amo… - la voz de Harry se hacía más débil a cada momento -No digas tonterías tu y yo… - sintió como su rostro se iba humedeciendo a causa de las lágrimas y las fuerzas le faltaban, el cuerpo de Harry ya no se convulsionaba, pero a cambio se hacía cada vez más pesado, apenas teniendo fuerza para mantener los ojos abiertos
-Siempre te amaré mi dragón – le dijo con su último aliento de vida -¡¡¡NNNOOOOO!!! Respiraba con urgencia, cada bocanada de aire le costaba cada parte de su fuerza. Agitó su cabeza tratando de quitarse el exceso de agua. Se había librado por unos momentos del asimiento de los muertos de ese río, logrando subir a la superficie por un poco de aire para sus pulmones. Sus ojos estaban abiertos mostrando el temor del que era preso, su corazón latía con fuerza y miedo. Eso... lo que acababa de ver... era... era... -Era vuestros peores recuerdos mortal – vino la burlona voz delante de él. Caronte lo veía con burla desde la barca – las aguas de este río también muestran los peores recuerdos de aquel que cae en él. Antes de que pudiera replicar, nuevamente sintió como manos se enroscaban en sus piernas, y no solo se limitaban a esa zona, también lo tomaban de la túnica y otros trataban de sujetarlo los brazos. Intentó resistir, patear, manotear, intentó librarse del asimiento, pero fueron más fuertes que él. Sintió como era jalado con fuerza hacia el fondo, sintiendo que el agua le cubría por completo -Qué demonios haces aquí? -No creas que vine a verte por placer, Lucius. De haber podido evitarlo, lo habría hecho – le dijo con voz cargada de repugnancia. -¿Me odias? -¿Aún lo dudas? Destruiste mi vida al quitármelo – sus ojos de plata relampagueaban con infinito dolor. Si estaba ahí, no era para perdonar, sino para ver sufrir al hombre que le había arrebatado la felicidad -Mmm... como lo lamento – dijo con una fingida voz y expresión de tristeza, para luego soltar en una carcajada sarcástica y burlona. -¡Eres repugnante! ¡Me das asco! Y tú... —exclamó Draco en una muy peligrosa voz baja y fríamente calmada, mirando esos ojos que espejaban con los suyos – maldito bastardo desgraciado, me quitaste lo que más amaba en este mundo, y por ello pagarás de la peor forma... no te bastó con estar encerrado aquí la última vez, y pronto pasarás el resto de tus días como un ser sin alma, deambulando como un dementor, pero mientras eso llega, estarás oyendo a cada una de las personas que torturaste y asesinaste... y no dormirás sin antes ver las últimas expresiones de todos ellos al morir, gritarás en agonía al escuchar los lamentos y gritos de sufrimiento de tus víctimas.... —masculló Draco aumentando la intensidad de su fría mirada sobre ese ser – y sobre todo... escucharás mi voz gritándote que te odio y te desprecio, que maldigo tu inmunda existencia y maldigo la sangre que corre por mis venas ¡¡Porque es tu sangre!! – y agregó de forma irónica —. Y ahora dime, Lucius, ¿dónde está tu gran Lord para salvarte? Oh, pero Voldemort está muerto... y no regresar por ti... Fue destruido por Harry -Y él fue destruido por mi– siseó Lucius con desprecio. Draco estaba temblando de la furia, y lo sabía, pero afortunadamente, era algo que no se mostraba por arriba de su túnica. Sabía que su respiración era irregular y que sus ojos mostraban una furia y odio que nunca había sentido hacia alguien, muchos menos había pensando sentirlo por el que fuera su padre -¿Porqué lo hiciste, Padre? Pensaste que quitándomelo regresaría a ti. ¿Creíste que con eso te reconocería como un ídolo? Cometiste crímenes de los cuales te debes arrepentir... y ahora debes pagar... y da gracias a los Dioses que no seré yo quien te los haga pagar, pero eso no significa que lo que te espera sea más agradable Recordaba ese día con dolorosa perfección. Su padre había sido encerrado nuevamente en Azkaban después de la guerra y había sido condenado al Beso del Dementor, por haber sido el culpable de la muerte de Harry. ¡¡Él había sido el maldito mortifago que se lo había quitado!! Y por eso… debía de pagar… Sabía que a cada segundo su cuerpo se sumergía cada vez más en esas oscuras profundidades, era muy conciente del agua que le entraba por la boca, inundándole los pulmones, no podía respirar, y necesitaba oxígeno. Sabía que a cada minuto se alejaba más de Harry, dejando su vida conforme caía. Iba a morir, lo sabía. Y también sabía que su cuerpo se pudriría como el de esos muertos que lo hundían. ¿Valía la pena seguir luchando? ¿Serviría el seguir peleando para salir? ¿Acaso no sería mejor dejarse caer y morir? -La esperanza es lo último que todos tienen. Y si la esperanza esta prohibida en este lugar ¿Que le queda a la gente que muere? -Nada -Mentira – Draco se giró hacia Hermes, sus ojos relampagueaban con decisión y coraje, pero tras de esas emociones, había algo más profundo que lo impulsaba a hablarle de esa forma al Dios – En los tiempos mitológicos, 108 males se esparcieron por el mundo de la caja de Pandora. Sin embargo, se dijo que al final, la esperanza es lo que quedó. Esto significa que la esperanza sigue viva, no importa lo que digan unos inútiles jeroglíficos, mientras mantenga viva la llama de mi esperanza, se que podré estar al lado de Harry Harry... Podía sentir como su cuerpo era tragado por el río, estaba muy lejos de la orilla, tanto que ya no veía el fondo, se hundía en las oscuras profundidades, mientras sus lágrimas se mezclaban con esas aguas malditas. Empezaba a marearse, incluso su cerebro parecía lleno de agua. Los muertos que lo habitaban se aferraban a su cuerpo, impidiéndole moverse, jalándolo hacia la profundidad, para ser uno más de ellos, para ser devorado por sus memorias más amargas y pudrirse en su compañía. “Aquí yace el Héroe del Mundo Mágico El chico que derrotó al Innombrable Y que dio su vida por ello. Aquí yace el amigo fiel, Siempre te recordaremos como el chico Que nos unió y nos dio la oportunidad De conocer al corazón detrás de la fama: Nuestro hermano yace aquí. Aquí yace el amor de mi vida, El hombre al que amé y me am Al que amaré aunque la muerte se interponga, Porque aún después de muerto Mi corazón solo latirá por la esperanza De reunirnos cuando mi vida termine Y amarnos como en vida lo hicimos. Aqu yace Harry Potter” Harry… Harry... Tengo que llegar a ti... No podré resistir estar lejos de ti... Te necesito Harry... -‘Y yo te necesito Draco’ Algo debajo de la túnica de Draco comenzó a brillar apaciblemente. El medallón que Hermione le había dado antes de partir comenzó a levitar hasta flotar frente a los ojos de Draco. Su brillo comenzó a expandirse con lentitud, iluminando primero el rostro del rubio y poco a poco el resto del cuerpo, y rápidamente su fulgor aumentó cegando por un momento a Draco y alejando a los muertos que lo mantenían preso. El brillo disminuyó, permitiéndole a Draco ver con claridad frente a él, los muertos se mantenían alejados, uno intentó acercarse y tomarlo nuevamente, pero en el momento en que tocó su cuerpo, sus brazos explotaron, entonces lo comprendió. Hermione no solo había encantado ese medallón para su protección, también era un lazo entre él y Harry, un lazo que se activaría cuando sintiera que no podía seguir solo. Con renovada fuerza comenzó a nadar hacia la superficie. Tenía que soportar, no debía claudicar en ese momento. Sus músculos se negaban a seguir las órdenes de su cerebro, estaban demasiado doloridos y entumidos como para responderle correctamente, pero aún así nado, nadó hacia la superficie, necesitaba oxígeno, necesitaba respirar aire, necesitaba seguir con vida para llegar a Harry. No tardó mucho cuando al fin su cabeza rompió el agua y sus pulmones pudieron recibir aire, salvándose por poco. -¡¿Pero cómo...?! – escuchó el jadeó de Caronte – ¿Quién os interesa tanto mortal, como para resistir y seguir con vida? – le preguntó incrédulo, esa era la primera vez, en todo el tiempo que había sido el barquero del Río Estigia, que un mortal sobrevivía a las aguas de ese río, ya ni siquiera digamos un muerto que no tenía vida que perder en el intento de cruzarlo. -El hombre que amo – le respondió Draco mientras intentaba subir a la barca. Caronte no se lo impidió, ni siquiera se movió. Algo en la mirada de Draco le hizo voltear hacia otro lado. La gente que generalmente conoce, son personas malas, que tienen una mirada corrupta. Mientras que ese mortal aún conserva la fe y esta fe podía verse con claridad en sus ojos. Las personas como él van a los Campos Eliseos cuando mueren. Fue entonces cuando pudo percatarse de algo: la daga que aún sostenía en su mano y que mantenía sujeta con fuerza, no era una daga cualquiera, y mucho menos cualquier mortal podría poseerla. Las incrustaciones, el aura que la rodeaba, los grabados, todo le indicaba quien era el dueño de esa daga: La diosa del amor... Eso quería decir que los Dioses habían concedido la entrada a ese mortal... y él no era nadie para desobedecer una decisión de los Dioses. Se hizo a un lado, dándole el suficiente espacio al mortal para que subiera a la barca. Draco terminó de subir, aún y con su túnica mojada. En cuanto estuvo sobre la barca, se irguió con altivez, escudriñando con sus ojos de plata al demonio frente a él, retándolo a enfrentársele, a ser un obstáculo más entre él y Harry. Caronte le devolvió la mirada, clavando sus ojos de fuego en los del mortal. La tensión era evidente entre ellos, si pudiera ser posible, bajo el efecto de la mirada que uno le lanzaba al otro, alguno de ellos haría del Hades su morada por la eternidad. Con un rápido movimiento le lanzó la daga manchada de sangre, Draco la atrapó en el aire sin despegar su vista del barquero, la limpió con su túnica y la guardó entre sus ropas. Llamó a su varita con un Accio, y ésta enseguida fue a parar a sus manos, no la guardó, la mantuvo en su mano, listo para cualquier ataque. El barquero tomó su remo y sin mediar palabra alguna, y sin ni siquiera lanzar una mirada al mortal, comenzó a remar hacia la otra orilla. Lo llevaría hasta la rivera que lo conduciría al Tártaro, si en verdad ese mortal tenía la bendición de los Dioses, seguro llegaría hacia aquel a quien amaba, y sino... el Hades mismo se encargaría de cobrárselo...
¸¸,ø¤º°º¤ø °`°º¤ø,¸ CONTINUARA °º¤ø,¸¸,ø¤º°`°º¤ø,¸
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