Titulo: Devuelveme la Vida

Clasificación : PG-13

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CAPITULO ONCE.- La puerta de la Desesperanza.

Después de un par de horas de vuelo, el Therestral descendió con suavidad cerca de la orilla del mar. Luego de desmontarlo con desenvoltura, le acarició la cabeza con cuidado, sintiendo la piel escamosa bajo su tacto.  El therestral movió sus alas disfrutando de la caricia.

-Gracias – le dijo Draco en susurros – desde aquí continuaré solo – Draco alejó su mano del Therestral y éste emprendió el vuelo de regreso.  Lo observó alejarse solo por unos segundos, antes de que la oscuridad de la noche lo cubriera por completo.

Cerró los ojos tratando de mantener sus pensamientos y emociones bajo control.  No sabía lo que le esperaba, pero sabía que debía mantener su sangre fría, estaba a punto de entrar al mismo infierno, literalmente, así que necesitaría de toda su astucia y autocontrol si quería cumplir su objetivo... y lo cumpliría, costase lo que costase, estaría al lado de Harry.

Abrió los ojos siendo recibido por el suave oleaje del mar, que en ese momento sus aguas eran cubiertas por las sombras del manto nocturno sobre él. Con la Luna nueva, las pocas estrellas que había en el cielo luchaban, sin mucho éxito, por no ser devoradas por la oscuridad.  Comenzó su camino, sus pasos eran lentos, pero firmes, sabía a donde dirigirse.  Sus pasos seguros y su mirada determinada, no hacían justicia a la emoción de ansiedad y excitación que sentía.

 Pronto llegó a una zona poblada por muchos álamos negros, tan negros que casi no podían distinguirse de entre la oscuridad que lo rodeaba y amenazaba con devorarlo.  Sus hojas se movían lentamente al compás del frío viento salado, mezclando su sonido con el rumor del mar.

Siguió caminando en silencio por varios minutos más, el tiempo transcurría lentamente lo que podría hacer tediosa su marcha, pero el iba con un solo objetivo en mente: llegar hasta Harry. A medida que avanzaba, los álamos se mecían con mayor fuerza, sin ayuda del viento, y la oscuridad parecía devorarlo todo a su paso, sumergiendo cada objeto en la más terrible negrura.

Sus sentidos iban alertas a cualquier movimiento o sonido. Su mano derecha sostenía con fuerza su varita, listo para cualquier ataque. Sus ojos grises escudriñaban a su alrededor buscando su objetivo.

Continuó caminando por espacio de una hora o dos horas, a medida que se acercaba a su objetivo, lo álamos se mecían con mayor ferocidad, casi con salvajismo, como si un huracán arremetiera contra ellos, tratando de impedirle el avanzar más, pero sabía que debía seguir y no dar marcha atrás, apenas iniciaba y no sería tan estúpido como para claudicar solo por eso, así que continuó, sin importarle la brutalidad del movimiento de los álamos a su alrededor. Apenas había avanzado unos pasos más desde que los álamos había comenzado a moverse de esa forma, cuando escuchó tras de si, como un álamo se derrumbaba provocando un mayor estruendo, pero no se giró ni se detuvo. Continuó con su camino. Luego vino el mismo sonido de otro álamo al caer, y luego otro, pero él continuo caminando, sujetando su varita de forma hermética por si uno de esos álamos intentaba caer sobre él, pero no sucedió.  De pronto, el extraño viento que había estado soplando cesó y los álamos dejaron de moverse, y todo quedó sumergido en un silencio sepulcral, casi asfixiante. Entrecerró los ojos analizando el lugar donde había llegado.

Frente a él ya no había más álamos, todos se encontraban a su alrededor, como si lo rodearan, o mejor dicho, como si rodearan algo, formando un circulo a su alrededor. Acortó la distancia que lo separaba de aquello que había estado buscando y que estaba prohibido para cualquier mortal:

Una puerta

Una inmensa puerta de ébano negro, que fácilmente sobrepasaba los quince metros de altura.

La puerta estaba justo en el centro de esa extraña circunferencia, tenía varios grabados sobre su superficie, jeroglíficos que hablaban sobre el lugar que resguardaba esa puerta.  Pudo sentir como una poderosa magia la rodeaba. La observó con mayor detenimiento, notando que tenía un mensaje diferente a los jeroglíficos, grabado en lo mas alto. Miró hacia arriba y aguzó su vista lo más que pudo, logrando reconocer la escritura. Estaba escrito en griego antiguo, lo leyó e inmediatamente supo que era una advertencia para todo aquel que intentara profanar a ese lugar:

"Tu  que entras aquí, pierde  todas las esperanzas"

Un ruido detrás de él lo alertó, girándose con la agilidad de un felino, dispuesto a lanzar la maldición imperdonable, con su varita apuntando directamente a la cabeza de...

-¿Hermes? – murmuró aliviado al reconocer al Dios – me asustaste

-Eso pude notarlo – le dijo acercándose a él, con una media sonrisa sarcástica.  Draco se giró regresando su vista hacia la puerta, ignorando la sonrisa del Dios – Lograste llegar hasta aquí, lo cual quiere decir que el arrepentimiento y la duda no han tocado tu corazón... aún

-Y no lo tocarán – aseguró Draco sin despegar la vista de la puerta. Hermes se colocó al lado de Malfoy, observando la enorme puerta que se alzaba frente a ellos, como si los retara a intentar traspasarla. – ¿Esta es la puerta que me conducirá al Hades? – pregunt

-Si, es la Puerta del Infierno, es la forma en que la llaman los mortales.

-Existe otro nombre para esta puerta – murmuró más para sí mismo – La Puerta de la Desesperanza

-Así es como la conocen los Dioses

-La esperanza es lo último que todos tienen. Y si la esperanza esta prohibida en este lugar ¿Que le queda a la gente que muere? 

-Nada

-Mentira – Draco se giró hacia Hermes, sus ojos relampagueaban con decisión y coraje, pero tras de esas emociones, había algo más profundo que lo impulsaba a hablarle de esa forma al Dios – En los tiempos mitológicos, 108 males se esparcieron por el mundo de la caja de Pandora. Sin embargo, se dijo que al final, la esperanza es lo que quedó. Esto significa que la esperanza sigue viva, no importa lo que digan unos inútiles jeroglíficos, mientras mantenga viva la llama de mi esperanza, se que podré estar al lado de Harry

Hermes lo observó en silencio, analizando cada gesto del mortal frente a él.  Pocos humanos habían profanado el Hades, y ninguno de ellos había regresado, y solo uno había estado a punto de lograr su objetivo... pero no lo logró, sin embargo... observó los ojos de ese mortal, tenían un brillo diferente al de los humanos a los que les había permitido traspasar esa puerta, brillaban con decisión, pero sobre todo, brillaban con amor, un amor tan imposiblemente grande como nunca había llegado a atestiguar, no se daría por vencido, lo sabía, y aunque posiblemente no volvería a verlo regresar por esa puerta, estaba seguro que lograría cumplir el objetivo de su esperanza.

-Al entrar por esa puerta, ya no habrá marcha atrás, habrás desafiado a los Dioses, tienes que llegar hasta él, si no...

-Lo haré – ataj

Hermes asintió reconociendo la fortaleza del mortal en el fondo de sus palabras.  Hizo un suave movimiento con su mano y en ella pronto apareció una daga finamente tallada en relieve y con rubíes incrustados en su empuñadura.  Draco miró el objeto de forma interrogante

-Es un obsequio de Afrodita, la Diosa del Amor, el cual me pidió entregar junto con las siguientes palabras:

 

“Llegará el momento en que tu camino has de elegir, guíate por aquellas palabras que tu corazón pronunciará, y no dudes de tu elección, cuando la tercera luz decida cortar el ciclo, la hoja de la daga reflejará el último destello de la luz que distribuye, y aquella luz que hila la vida deberá cumplir con el deseo de su corazón destrozado, no habrá duda alguna en tu alma, pues es lo que tu corazón suplica, guíate por sus palabras”

-¿Qué significa? – preguntó Draco sin tomar la daga que Hermes le daba

-Eso, tendrás que averiguarlo por ti mismo – y sin permitir que Draco replicara, colocó la daga en su mano y la cerró.  Draco la observó por unos instantes en silencio, era hermosa, finamente tallada, una obra maravillosa sin duda, pero a la que no le veía sentido el poseer  ¿Para que iba a necesitarla si iba a un lugar donde todos estaban muertos? ¿De qué podría servirle? A menos... que uno de los guardianes del Hades no estuviera en realidad muerto y al cual necesitase matar para poder llegar a Harry.

-Es hora de tu partida – la voz suave de Hermes lo sacó de sus cavilaciones.  Guardó la daga entre su túnica y asintió con firmeza.

El Dios del Olimpo realizó un suave movimiento con su mano y en ella apareció un báculo alargado, como de medio metro, en el cual se entrelazaban don hermosas serpientes enroscándose a su alrededor, como si intentaran abrazarse al oro del objeto, sin llegar nunca a tocarlo.  Se acercó a la puerta, comenzando a murmurar palabras inentendibles para Draco.  El slytherin, pronto sintió como una gran aura comenzaba a rodear todo el lugar, la energía producía escalofríos en su piel y la adrenalina corría como una ola de entusiasmo prematuro. Un inexistente viento agitó fuerte contra su túnica y susurros continuos se escucharon en todos los rincones. La frialdad del viento le helaba el alma y estaba seguro que podría congelar los espíritus... pero no se intimidó, conservó su autocontrol con asombrosa maestría. 

La Puerta de la Desesperanza comenzó a brillar a medida que Hermes continuaba susurrando, primero fue un brillo tenue, que poco a poco se fue haciendo más intenso. De pronto, la puerta se abrió de golpe. Horribles y agonizantes gritos salieron de ella. Draco se llevó las manos hacia sus oídos, intentando bloquear esos gritos, que le desgarraban el alma, ni siquiera los gritos que había escuchado de los seres agonizantes durante la guerra eran tan aterradores, pero fue inútil, los gritos seguían saliendo de la puerta torturándole y produciendo escalofríos en su cuerpo, mientras sentía cómo cada fibra de su cuerpo se retorcía de dolor a medida que los gritos volvían a llenar la noche.

De un momento a otro los gritos cesaron... al igual que el dolor. Abrió lo ojos, ni siquiera supo en que momento los había cerrado.  Observó que Hermes los observaba con atención, como si lo evaluara, sin embargo, en su rostro solo había una máscara inescrutable. Después de unos segundos que se le hicieron eternos, el Dios dibujó una pequeña sonrisa en sus labios.

-Veo que aún sigues en pie... eres el primer mortal que no se derrumba – Draco respiró un par de veces antes de responder

-Y seré el primer mortal que consiga su objetivo – Hermes asintió.  Se hizo a un lado, cediéndole el paso.  Draco se abstuvo de jadear cuando vio dentro de la Puerta.  No había nada... salvo la oscuridad.

Una oscuridad que lo cubría todo, no podía verse ni un inicio y mucho menos un fin, no sabía si al caminar sus pies tocarían alguna especie de piso, o caería irremediablemente por un vacío que no lograba ver.  Mantuvo la calma, comenzando a recordar los mapas que Hermes le había permitido ver.

Una última mirada al Dios en un mudo agradecimiento.

Hermes asintió.

Un paso hacia delante... y la oscuridad lo cubrió por completo.

Estaba sentado sobre el pasto, su espalda estaba recargada contra el tronco de un grueso árbol, sus manos rodeaban sus piernas manteniéndolas contra su pecho.  Mantenía sus ojos cerrados tratando de alejar de su mente cualquier pensamiento perturbador que le recordara los peligros que seguramente asechaban a quien amaba.  En cambio, permanecía alejado de todos y de todo y estaba solo, sumergiéndose en la relajante sensación de permitir que sus pensamientos fueran alejados con la suave brisa que le acariciaba.

Pudo percibir como alguien se acercaba aún antes de escuchar el suave sonido del pasto al contraerse, mas no abrió los ojos, permaneció en la misma posición, sin permitir que el intruso lo perturbara.  Sabía de quien se trataba y el asunto por el cual estaba ahí.  La persona se colocó frente a él, lo supo por la ligera obstrucción del viento en esa dirección.  Esperó a que ella dijera la primera palabra, no esperó mucho, al parecer estaba algo impaciente.

-¿Sabes que ya ha entrado? – la suave voz de Persefone flotó a través del viento

-Lo se – respondió secamente, aún sin abrir los ojos

-Estas muy tranquilo ¿no te parece?

-Tal vez

-Ahora debe encontrarse en el Campo de Asfódelos, y pronto estará en el Río Estigio... si sobrevive al cruzar el río...

-Sobrevivir

-¿Cómo estas tan seguro? – preguntó con cierta impaciencia en la voz – ¿Y podrías mirarme de una buena vez?  Tu relativa calma me exaspera – le dijo perdiendo la calma

Con lentitud levantó sus párpados, sus ojos verdes brillaron con ligera diversión, eran contadas las veces en que veía a Persefone perder la calma de esa manera, generalmente mantenía bajo control todas sus emociones. La Diosa observó con perspicacia la sonrisa de Harry.

-¿Cómo puedes estar tan tranquilo? – le preguntó.  La sonrisa de Harry desapareció lentamente.  Cerró los ojos por unos segundos, pensando en las palabras que diría, antes de volver a abrirlos.

-Realmente no estoy tan tranquilo como aparento – confesó en un murmullo.  Persefone se acercó hasta él, sentándose con elegancia frente al chico. – en realidad estoy preocupado por lo que pudiera pasarle a Draco, quiero decir, para llegar hasta aquí tiene que pasar por  horribles lugares sin contar lo peligrosos que son... pero confío en que llegará hasta aquí.

-¿Porqué estas tan seguro?  Si mi memoria no me falla, antes del Día de Muertos tu estado de ánimo podía catalogarse de cualquier forma menos como tranquilo, y aún después de ese día, se te veía ausente, y ahora estas tan... tranquilo ¿qué fue lo que cambió?

-No cambió nada – ante la peligrosa mirada de la Diosa se apresuró a explicarse mejor – comencé a pensar mejor las cosas gracias a una platica que tuve con mamá. Amo a Draco más de lo que pudieran imaginar, cuando estuve vivo, pasamos por muchas cosas, nuestro amor no fue algo fácil de lograr, al principio nos odiábamos, no podíamos vernos sin lanzarle alguna maldición al otro, nuestro propio orgullo fue uno de los causantes para perder un tiempo valioso en el que pudimos amarnos, luego estaban los prejuicios de quienes nos rodeaban, mis amigos quienes son mi familia, no aceptaban a Draco, y el padre de Draco, bueno, Lucius preferiría vernos muertos antes de aceptar nuestra relación. Luego, durante la guerra fue más difícil, ver morir a aquellos a quienes llegamos a querer, protegernos la espalda mutuamente... fueron tiempos difíciles...

-Todo eso lo se ¿te importaría llegar al punto? – Harry sonrió ante la impaciencia de Persefone

-¿Sabes?  Hoy tu impaciencia sobrepasa a tu fría calma de forma extraordinaria – inmediatamente las facciones de Persefone se endurecieron y Harry supo que había tentado demasiado a su suerte – lo siento, no quise decirlo de esa forma.

-Es normal que esté impaciente – le dijo suavizando su mirada – no todos los días un mortal se atreve a profanar el Hades, habrá demasiado movimiento y tal vez no sea muy agradable, eso me tiene alterada

-Lo entiendo

-¿Y bien?  Sigo esperando cual es el punto – insistió al ver como Harry volvía a perderse en sus pensamientos.

-El punto es que nosotros superamos todas esas pruebas confiando ciegamente uno en el otro.  Cierto, el resultado no fue lo que ambos queríamos, pero no fue nuestra culpa el que esa maldición me hiriera, tal vez así tenía que ser para darnos cuenta que ésta sería la prueba más difícil que tuviéramos que enfrentar, y no voy a dudar de las capacidades de Draco, no ahora cuando más necesita de mi confianza, si no se me permite participar, al menos lo esperaré aquí, no importa cuanto tiempo tarde, se que vendrá por mi y permaneceremos juntos.

Persefone observó los ojos de Harry, el verde brillaba con una intensidad que nunca le había visto desde que había llegado a los Campos Elíseo, era como un destello de emoción  que dejaba al desnudo un sentimiento tan puro y profundo, era tan desgarradoramente sincero que casi dolía ver esa cruda sinceridad, una aceptación silenciosa de una sentimiento demasiado intenso para ser expresado en voz alta.  Era extraordinario ver el amor entre los mortales, de esos seres que podían matar sin piedad, ambicionar lo que los Dioses le negaban, pero a la vez, amarse con esa intensidad tan abrumadora que eran capaces de romper las reglas divinas que regían al Universo, solo por estar al lado del ser amado.  Una extraña sensación le hizo volver su atención a Harry, el chico esperaba una respuesta de su parte.

-El llegará hasta ti – le dijo con una sonrisa que Harry le devolvi

-Lo se

-Aún me sorprende tu seguridad en él – confesó la Diosa, a lo que Harry sonrió más ampliamente.

-Es que no conoces a Draco, él, ante todo, es un Malfoy y un slytherin, y los Malfoy y slytherin siempre consiguen lo que ambicionan. – una suave risa escapó de los labios de Persefone, Harry la miró sorprendido, eran pocas las veces en que la Diosa expresaba sus emociones de esa manera, generalmente su aspecto siempre esa sereno, imperturbable.

-Pero sobre todo – le dijo Persefone sin dejar de sonreír  –  él te ama  – un destello de emoción cruzó como electricidad a través de los ojos esmeralda.

-El me ama – repitió – con la misma intensidad con que yo lo amo.

-¿No le parece que es algo tarde para observar la estrellas, Profesora? ¿O es que acaso intercambió su asignatura de pociones por la de Astronomía del Profesor Firenze? – la gruesa voz de su superior la hizo girarse sorprendida

-Yo.. eh... Profesor, no lo escuch

-De eso pude percatarme perfectamente ¿pero no ha respondido a mis preguntas? – Hermione reprimió la replica mordaz que estaba a punto de salir de sus labios, en cambio logró conservar la calma

-Si y no... es solo que...

-Él no va a regresar... – lo firmeza de la voz la hizo irritarse

-Él regresará junto con Harry – lo interrumpió con voz enérgica

-... aún, no esta noche al menos – Hermione enrojeció por su arrebato, y aún más al ver la media sonrisa en el rostro del Director

-Yo... lo lamento... no deb

-¿Dónde esta el profesor Weasley? – la cortó, no deseaba media hora de disculpas, no estaba de humor para soportarlo

-Durmiendo

-Algo que usted también debería de estar haciendo, mañana hay clases y no quiero que el aula de pociones estalle como el invernadero – Snape hizo una mueca de disgusto al recordar el incidente

-¿Cómo se encuentran Morag y Bones? – preguntó ligeramente ofendida por cuestionar su desempeño como profesora

-Poppy los envió a sus habitaciones esta mañana, al parecer ambos hicieron algo que la molestó, y antes que lo pregunte – dijo al ver como Hermione abría la boca para decir algo – no se que haya sido, se negó a decirme lo que pasó.

-Oh – después de eso, ambos quedaron en silencio.  Hermione dirigió su vista hacia la Capilla del Bosque Prohibido, mientras Severus observaba el cielo oscuro, cada uno sumergido en sus pensamientos.

-Regresarán – aseguró Hermione sin dejar de ver la Capilla

-Es probable – respondió distraído

-¡No! Ellos regresarán – Hermione se dio vuelta para encarar al Director.  Severus observó los ojos castaños con detenimiento, había un brillo decisión y esperanza en ellos.

-Como una gryffindor, le gusta ser fantasiosa, aunque pensé que por su naturaleza... analítica, entendería la magnitud de la situación, profesora. – la voz de Snape era lenta, pero llevaba impregnada un tinte de sarcasmo, pero Hermione no se intimidó.

-Se cual es la magnitud de la situación, pero confío en Draco y en Harry, y se que lo lograrán.

-La verdadera magnitud no se encuentra en que regresen o no, sino en el castigo divino que recaerá en ellos si logran encontrarse.  Las acciones de nosotros, los mortales, están sujetas a reglas divinas muy superiores a las mágicas que nos rigen, y obviamente, el profesor Malfoy ha roto una de las reglas más importantes: “No interferir con las decisiones del Hades” y obviamente la muerte de Potter es una de esas decisiones. – Snape observó con superioridad a Hermione, mientras esta se debatía en decirle un buen argumento o simplemente darle una bofetada e irse a sus habitaciones.

-Ellos se encontrarán – le dijo entre dientes, apretando sus puños con fuerza – y regresarán, y no importará el castigo divino porque nos tendrán a Ron y a mi para ayudarlos en todo, no importa que, no importa si morimos, ellos merecen estar juntos y lo estarán... a cualquier costa – y sin dar tiempo a una replica se marcho con paso firme hacia el castillo.

Severus permaneció en silencio, con su expresión imperturbable, observando detenidamente una estrella que tintineaba débilmente en el oscuro firmamento.

-Merecen estar juntos y lo estarán... a cualquier costa – repitió con un dejo de tristeza, antes de darse vuelta con rapidez, provocando ese susurrar en su túnica tan característico de su persona.  Entró al castillo, necesitaba dormir, aunque sabía que nuevamente no podría hacerlo, al igual que un par de profesores de pociones y vuelo...

Se removió inquieto sobre la cama, las mantas que habían estado cubriendo cálidamente su cuerpo desnudo ya no lo hacían y una corriente de aire helado lo hacia tiritar de vez en cuando.  Se maldijo interiormente el ser tan estúpido como para haberse dejado arrastrar hasta las mazmorras.  Reprimiendo un gruñido abrió los ojos, parpadeó un par de veces hasta que su vista se ajustó a la oscuridad del lugar.  Inmediatamente logró ubicar la tan preciada manta que ahora envolvía el cuerpo de cierto slytherin que dormía placidamente, totalmente ajeno al fría de las mazmorras.

Tomó uno de los extremos e intento cubrirse, pero la codiciada manta estaba bien sujeta por el slytherin en cuestión. Lo que comenzó siendo un gruñido de molestia terminó siendo un bostezo, se retiró de sus ojos soñolientos los finos mechones castaños de cabello.

Observó al durmiente que se encontraba a su lado, sin duda era atractivo, los rasgos de su rostro estaban finamente delineados, su piel era blanca y su cabello castaño claro, eso sumándole sus ojos azules que ahora estaban cubiertos por unos párpados rodeados por bellas pestañas, lo hacían uno de los chicos más codiciados de Hogwarts.

Claro que físicamente era irresistible, pero su carácter y prepotencia dejaban mucho que desear.  Siempre mirando a las personas por encima del hombro, algunas veces sus comentarios causaban más daño del que pensaba, estaba de acuerdo con que por ser un sangre pura y rico tenía que comportarse de cierta manera, pero eso no significaba humillar a los demás, él también era sangre pura y gozaba de una buena posición social, y no trataba a las personas con la misma prepotencia, por esa razón había comenzando una guerra entre ellos, no solo eran rivales por las casas a las que pertenecían, sino por la actitud que cada uno asumía.

Odiaba a Morag. Odiaba esa expresión fría y compuesta que siempre parecía tener. Odiaba esa mirada que Morag reservaba sólo para él, aquella en la que sus ojos primero relampagueaban y luego se quedaban fríos, como si se hundieran en las interminables profundidades de su ira.

Pero ese solo era un lado de la moneda, por el otro, estaba David.

Cuando David dejaba de comportarse como un Morag salían a flote sus virtudes: su lealtad, su valentía, su temeraria entrega, y muy en su interior, Andrew lo respetaba por eso.

Sin embargo. Las cosas habían cambiado. No; nunca lo habían hecho. Es solo que ahora había despertado a lo que siempre habían sido. Siempre había sabido que David y él, desde que iban en primero, de alguna manera, se habían perseguido el uno al otro, tal vez no en términos muy amistosos al principio, pero de alguna u otra forma, necesitaban la presencia del otro.  Claro que esa necesidad la demostraban de una forma muy poco ortodoxa, insultos, duelos, peleas, incluso hacer explotar el invernadero...

Pero aún así era una clara demostración, no solo de la necesidad del otro, sino del poder que el otro ejercía sobre él.  Era el único capaz de encender esa llama en los azules y fríos ojos como el hielo, y hacerlo sacar lo mejor de sí para debatirlo, algunas veces sus riñas eran infantiles, pero en otras eran brutales, como los duelos que habían llegado a tener.

Pero ahora... viéndolo dormir así, pudiendo apreciar su atractivo y a la vez su fragilidad, no podía evitar sentir un nudo en el estomago.  Claro que había despertado a la realidad, lo que sentía por David no era simple animosidad, iba más allá, era un sentimiento mucho más profundo, tal vez aún no podía llamarse amor, pero estaba cerca de serlo. 

Observó a David dormir con tranquilidad...

Si, estaba cerca de serlo...

Pero mientras llegaba a ser...

Tomó uno de los extremos de la manta y usando toda su fuerza la jaló hacia él, provocando el sonido de un cuerpo al caer fuera de la cama.

-Ouch – murmuró Andrew sin disimular su sonrisa

-¡¡¡Qué demonios fue eso Bones!!! – vino el grito desde el piso

-Te llevaste la manta contigo y tengo frío – le respondió con fingida inocencia

-Ah claro, ¡¡y para eso tenías que tirarme de la cama!! – le recriminó David, al mismo tiempo que se ponía de pie y lo miraba de forma asesina.

-Tenía frío – fue la débil excusa acompañada de un puchero mientras abrazaba la manta como un niño pequeño. La imagen en sí fue lo que desarmó a David, el enojo y el dolor de la caída, sin contar la humillación, terminaron por extinguirse, siendo reemplazados por sentimientos totalmente contrarios: desenfado, deleite y excitación. Un vórtice de emociones encontradas tan profundas que por una milésima de segundo se sintió perturbado, nunca había sufrido ese tipo de desconcierto y sinceramente lo asustó.

Se pasó una mano por su cabello asimilando el cambio de sensaciones tan drásticos, tratando de mantenerse tranquilo, aunque seguía totalmente desconcertado. Desvió su mirada hacia los ojos castaños que le veían con ligera intriga, pero había algo más en esa mirada, un genuino fuego dorado ardió en sus ojos, puro, feroz y verdadero, y de alguna manera, David supo que ese brillo era lo único que necesitaba.

-¿Qué me has hecho? – le preguntó en susurros, no siendo capaz de elevar más la voz.  Andrew lo vio de forma interrogante, por el tono que llevaba la pregunta sabía que no se refería a la caída.

-No se – fue la sincera pregunta dicha en el mismo tono.

Permanecieron observándose en silencio, tratando de encontrar las respuestas que necesitaban en la mirada del otro, vieron la seriedad y sinceridad en los ojos del otro, y lo más importante, vieron un principio, el principio del amor que los uniría, sus ojos ardieron con honestidad ferviente, miradas sinceras que expresaban más que mil palabras.

Sin decir una palabra, David subió a la cama e inmediatamente Andrew se inclinó para besar la boca del slyhterin, mientras sus manos recorrían el firme plano de su pecho, para terminar entrelazadas en su cuello. David recibió sus labios y dejó que sus ojos se cerraran al sumergirse en la realidad del momento, y sus manos rodearon la espalda de Andrew, manteniéndolo cerca de su cuerpo, le regresó el beso con ternura.

Andrew cerró los ojos, sintiendo un fuego oculto dentro de él que le quemaba, y sabía que no era la pasión y el deseo de tener el cuerpo de David contra el suyo, era más bien la realización del momento

Cuando David finalmente se apartó, el gryffindor pensó que estaba demasiado deslumbrado como para siquiera sentarse derecho. Logró hacerlo con dificultad mientras los pensamientos coherentes regresaban despacio a su mente. Con lentitud, David se apartó, todo el tiempo observando atentamente sus reacciones con una mirada de defensa en sus ojos azules. Se mordió el labio inferior que todavía le hormigueaba por la intensidad del beso y esperó, esperó una respuesta que ansiaba desde el fondo de su alma.

Andrew elevó su mirada encontrándose con los ojos normalmente fríos de David, que ahora brillaban con un fuego intenso que le quemaba por dentro, de repente, sintió que todas las palabras que alguna vez quiso decir salían de sus labios como la lluvia rompiendo una sequía.

-Supongo – comenzó con voz ligeramente temblorosa – que te he hecho... lo mismo que tu a mi – David sonrió, una sonrisa bonita y genuina que hizo que el corazón de Andrew se acelerara un poco.

-Si – respondió sin dejar de sonreír – seguro fue lo mismo...

No veía nada... salvo la oscuridad.

La oscuridad lo cubría todo, incluso su propio cuerpo.  Todo era negro a su alrededor, y todo estaba sumido en un silencio sepulcral, casi asfixiante.

Tuvo que ejercer fuerza de voluntad para no mostrar los escalofríos que amenazaban a su cuerpo. Mantener la calma, se dijo. Mantener la calma es todo lo que importa

-Lumos – murmuró, y enseguida su varita produjo una pequeña luz. A su alrededor todo seguía sumido en la oscuridad, pero al menos ya podía ver su propio cuerpo, y cerciorarse que seguía de una sola pieza.  Bien, eso ya era algo.

Comenzó a caminar recordando a cada momento las indicaciones de Hermes y los mapas que éste le había dado. Pasos seguros hacia el frente, siempre hacia el frente, su mano derecha mantenía la varita en lo alto mientras que su mano izquierda sujetaba con fuerza la daga que Afrodita le había enviado.

Varios minutos pasaron mientras el caminaba en medio de esa negrura, de un momento a otro, y sin ver de donde provenía, un fulgor de luz lo cegó momentáneamente. Se cubrió el rostro con las manos hasta acostumbrarse a la luminosidad.  La intensidad de la luz fue disminuyendo hasta que sus ojos pudieron ver con claridad.

Frente a él, se encontraba un campo cubierto de asfódelos, y seres ligeramente corvados caminaban sin rumbo fijo.

En un suspiro dejó escapar el aire que había estado reteniendo. Había llegado al Campo de Asfódelos, la primera zona del Hades.

-Solo espera un poco más Harry – murmuró

 

 

¸¸,ø¤º°º¤ø °`°º¤ø,¸ CONTINUARA °º¤ø,¸¸,ø¤º°`°º¤ø,¸

   

   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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