Titulo: Devuelveme la Vida

Clasificación : PG-13

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CAPITULO QUINCE.- Las Erinas

-Vos nos llamasteis, y nosotras acudimos a vuestro llamado – murmuraron desde las sombras del recinto.

-Mis queridas Erinas – las llamó Hades, su voz gruesa llena de un misterioso regocijo –, he sido informado sobre la presencia de un mortal en mi reino, algo de lo cual no debería preocuparme, si no fuera porque ese mortal ha llegado demasiado lejos en una infructuosa búsqueda.

-¿Y vuestras órdenes son…? – preguntó una de las voces.

-Si ese mortal ha cometido algún crimen… hacedlo pagar.

Tres pares de ojos brillaron con maligna perversidad.

-Así lo haremos, Majestad.

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Caminaba con lentitud, su pierna aún le dolía, sentía como pequeños calambres que atacaban sus músculos haciéndolo cojear un poco. No sabía cuanto tiempo exactamente había pasado desde que cayó inconsciente después de librarse de Cerberos, pero sin duda había sido bastante, sino hubiera sido por Harry...

Harry...

Se maldijo interiormente por ser tan débil

Había estado a punto de abandonarlo, de dejarse envolver por esa oscuridad que clamaba por él, de la misma forma que un padre llama a su hijo... de la misma forma que su padre lo había envuelto en las garras de Voldemort.

Apartó esos pensamientos, enterrándolos en lo más profundo de su mente, de nada le servía pensar en elloAdemás no debía malgastar su energía auto-recriminaciones sin sentido. Necesitaba cada fracción de su fuerza para llegar a Harry, y esta vez no habría nada que se lo impidiera.

Se detuvo frente a la entrada de un laberinto, en cada muro que lo conformaba había una puerta, y dentro de él no debía de ser diferente, al final, el laberinto estaba compuesto por cientos de puertas, y sólo siete de esos cientos eran las correctas para llevarlo al siguiente círculo... a uno de los más peligrosos y terribles.

Inconscientemente palpó en sus bolsillos, en busca de su varita y la daga de Afrodita, estaba seguro de que haría uso de ambos una vez que cruzara ese laberinto. Suspiró tratando de encontrar el valor que necesitaban, aún después de todo lo que habían pasado, después de todo era humano, y el temor era una emoción completamente justificable, pero capaz de cegarlo. Y no permitiría que eso sucediera, tenía que llegar hasta Harry costase lo que costase.

Su mano encontró un trozo de pergamino, sabía que era el mapa que Ron le había dado, y por una extraña razón sintió la necesitad de tomarlo y verlo de nuevo. Desplegó el pergamino, y en seguida los trazos irregulares lo saludaron. Inconscientemente, tomó con su otra mano el medallón que pendía de su cuello.

El mapa de Ron y el medallón de Hermione...

Ambos para ayudarle a llegar hasta Harry...

Ambos de sus amigos...

Amigos...

Una palabra cuyo significado desconocía por completo, hasta que conoció al Harry detrás de la fama, quien no sólo le dio vida a su corazón marchito, sino que también le dio a entender el significado de la palabra ‘amistad’.

Si antes le hubieran dicho que sería amigo del pobretón Weasley y la sangre sucia de Granger, sin pensarlo dos veces, le hubiera lanzado un Cruciatus por ofenderlo de una forma tan denigrante; sin embargo, si hoy alguien insultara a ese pelirrojo y a esa sabelotodo, no dudaría en torturar al estúpido agresor por insultar a los únicos amigos verdaderos que había tenido en toda su vida.

Sujetó con mayor fuerza el medallón antes de soltarlo, y cuando estaba plegando el mapa para guardarlo nuevamente, vio algo que captó su atención: al reverso del mapa había unas letras que no pudo distinguir bienLoextendió de nuevo buscando verlas con mejor claridad, en cuanto las distinguió, pudo ver que era una carta de Ron para él

“Siempre has sido un hurón patán y presuntuoso, y créeme que sigue siendo un misterio para mí qué vio Harry en ti, pero seguro fue algo bueno como para llegar a amarte como lo hizo. Tienes que llegar a él y tienes que buscar la oportunidad para que puedan estar juntos, lo prometiste, ¿lo recuerdas? Sé que será difícil, pero tengo confianza en que lograrás encontrarlo, sin embargo, no sé lo que pueda ocurrir después de que lo hagas, y aunque cabe la posibilidad de que se les permita vivir de nuevo no es seguro, y admitámoslo, si les permitieran vivir... no será eterno.

Draco, se que lo que voy a decirte sonará extraño viniendo de mí, pero debes tenerlo en cuenta: Déjanos en el pasado, déjanos a Hermione y a mí en el pasado, porque en el pasado es a donde pertenecemos, deja el dolor y la desesperación atrás y continúa tu vida al lado del hombre que amas, no te sientas culpable por hacerlo y sé feliz y haz feliz a Harry... ambos se lo merecen, y nosotros no seremos tan egoístas como para intervenir en su felicidad. No sabemos que pueda ocurrir en cuanto llegues a Harry, pero si tienes que elegir, elige estar a su lado y olvídanos a nosotros, ya que no tenemos la misma importancia que su amor, pero eso sí hurón, asegúrate de encontrarlo y hacerlo feliz, porque si no aunque no te tenga cerca, me asegurare de maldecirte hasta el cansancio.

Cuídate, y asegúrate de seguir con vida para cuando encuentres a Harry, y cuando lo veas, dile que Hermione y yo lo amamos y seguiremos adelante... como debe de ser.

Tu pelirrojo y pobretón amigo

Ron (Comadreja) Weasley”

Al terminar de leer, Draco estaba más que sorprendido. ¿En verdad esa carta era de Ron Weasley? ¿El mismo pobretón pelirrojo a quien habían hecho la vida imposible por más de seis años? Claro que las cosas entre ellos habían cambiado, pero Ron nunca se mostró muy abierto a expresar sus sentimientos con él, aunque curiosamente fue él quien lo apoyó en su decisión de ir al Hades en busca del alma de Harry, cosa que lo sorprendió gratamente, pero aún así, y con todo eso, era difícil creer que Ron pudiera escribir algo como eso.

Pero algo que le inquietaba mucho más era lo que quería decir esa carta, más exactamente, con la frase “...elige estar a lado de Harry y olvídanos a nosotros” ¿Acaso quería decir que...?

El sonido de una carcajada estridente le hizo desviar su atención de la carta para centrarla en la puerta que daba inicio al laberinto, produciéndole escalofríos que vagaron a través de su columna, sintiendo como su piel se erizaba ante ese sonido macabro

-Bien – suspiró –. Ya habrá tiempo para desenmarañar el pequeño cerebro de la comadreja – dichas esas palabras, guardó el mapa del pelirrojo, y con la decisión brillando en sus ojos de plata, abrió la puerta para iniciar un nuevo camino.

Sumergiéndose en la oscuridad que precedía a la muerte...

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-¿Estas segura de que esto funcionara?

-No, no estoy segura de que funcione, ¿pero tienes alguna otra idea?

-Ninguna

-Bien, entonces es lo único que nos queda para saber si Draco sigue con vida o no

-Sigue con vida, la fuerza del impacto fue mucha, pero ha menguado y ahora sólo es un leve cosquilleo

-Lo que significa que aún está en peligro, y tenemos que averiguar qué ocurre

-De acuerdo.

-Pásame las Ninfeáceas

Ron le entregó las plantas que le pedían; enseguida, Hermione las arrojó al caldero que tenía puesto sobre su escritorio, y bajo el cual había un fuego azulino que mantenía la poción que estaba elaborando en el punto de ebullición que necesitaba. Después de remover la sustancia y cerciorarse de haber mezclado los ingredientes correctamente, dejó el cucharón con que había estado removiendo para girarse hacia Ron.

-Necesitamos algo de Draco – Ron la miró interrogante

-¿Ropa? ¿Joyas? ¿Objetos personales?

-No, no. Necesitamos algo que esté impregnado de su energía mágica, preferentemente algún tipo de fluido – el pelirrojo hizo una mueca de asco

-¿Es necesario un... un fluido? – Hermione puso los ojos en blanco, ligeramente fastidiada por las reacciones del pelirrojo.

-No necesariamente ese tipo de fluido, Ron, puede ser sudor, sangre... ¡¡Sangre!! – los ojos de la chica se iluminaron repentinamente

-Hermione, no sé si recuerdes pero Draco no está cerca de aquí como para sacarle un poco de sangre.

-No seas tonto Ron – lo reprendió la chica –, ¿recuerdas la forma en que Draco llamó al Thestral?

Ron frunció el ceño tratando de recordar la escena. Pudo recordar que ellos vieron salir a Draco del castillo, y que lo habían seguido hasta verlo detenerse cerca del Bosque Prohibido, luego había transformado su varita en algo brillante y entonces el Thestral se había acercado a él, pero obviamente eso no era lo que Hermione deseaba escuchar, ya que no tenía nada que ver con sangre, pero entonces... ¡¡Ya recordaba!! Los Thestrals son atraídos por la sangre, Draco transformó su varita en una especie de daga o espada para cortarse así mismo y llamar al Thestral. ¡¡Era un genio por recordarlo!!

-Se cortó a sí mismo y con su sangre lo llamó – le respondió orgulloso. Hermione se mordió el labio para no reír ni soltar un comentario sarcástico ante el orgullo de Ron por recordar algo como eso.

-Exacto, y lo más seguro es que la sangre que derramó siga cerca del Bosque Prohibido, claro que tal vez esté seca, pero de igual forma nos servirá.

-Entonces, ¿qué esperamos para buscarla?

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Habían salido a caminar por los jardines de Hogwarts, claro, después de que David casi lo arrojara contra el tronco de un árbol tras devorarlo a besos. Ahora sólo estaban frente al lago, arrojándole piedrasobservando las ondas que el agua formaba, un viento helado soplaba ligeramente contra ellos, provocando que Andrew se ajustara su propia capa y bufanda. Precisamente, en esos momentos en que observaba la impasibilidad de David, se preguntaba como diablos los Slytherin soportaban ese frío. ¡¡Él se estaba congelando!! Pero bueno, ese sería uno de los misterios a los que tal vez nunca le encontraría respuesta.

-¿Qué vas a hacer en vacaciones? – la pregunta sacó a Andrew de su mundo de ensueños. Parpadeó ligeramente desconcertado, recordando que en tan sólo un par de semanas iniciarían las vacaciones de Navidad.

-Aún no lo sé, supongo que pasarlas con mis padres – respondió el Gryffindor, viendo el rostro de su pareja. ¿Había acaso desilusión en sus facciones? No. Seguro y eran imaginaciones suyas.

-Oh – fue la escueta respuesta, a lo que Andrew frunció el ceño

-¿Y tú qué harás? – preguntó a su vez

-Iremos a esquiar, a mi madre y a mi nos encanta, y mi padre nos llevara a algún sitio, aún no deciden exactamente qué lugar, podrían ser los Alpes, pero aún no está decidido.

-Vaya – murmuró sorprendido –, yo nunca he esquiado, supongo que debe ser divertido

-Mucho – una expresión de alegría surcó las finas facciones del Slytherin –. Es como si volaras, la misma sensación de vértigo que te proporciona la velocidad, la adrenalina corriendo como loca por todo tu cuerpo, simplemente genial

Andrew no pudo evitar sonreír al ver el brillo divertido en esos ojos azules que adoraba. Le gustaba ver a David sin esa máscara de chico sangre pura, le gustaba ver a David como el chico del cual se estaba enamorando, un chico con sueños y pasiones, un chico como él.

-Bien, en ese caso no se te olvide escribirme por estar esquiando – le dijo, pero sus palabras no obtuvieron el efecto deseado, ya que en seguida la sonrisa de David desapareció de su rostro siendo sustituida por una mueca de decepción.

-Bueno – su blanco rostro adquirió un tono rosado –… yo había pensando… que tal vez tú… mmm… quisieras… eh… venir conmigo.

Silencio.

Un suave viento sopló agitando sus capas.

-¿Ha… hablas en serio? – preguntó Andrew, su corazón se saltó un latido para luego emprender con mayor rapidez el ritmo de sus palpitaciones, aún si creer que el Slytherin lo estaba invitando a pasar las vacaciones de Navidad con él

-Bueno, s

-¿Y tus padres? ¿Qué pensarán al respecto? Yo no quiero causarte problemas – David hizo una mueva de disgusto

-Si no quieres…

-¡¡Claro que quiero!! – gritó, haciendo que Morag saltara sorprendido ante la efusividad de sus palabras.

-¿En serio? – ante su asentimiento, una cálida sonrisa se formó en sus labios –. Bien… eh… por mis padres no te preocupes, he… bueno… he hablado con ellos sobre… sobre nosotros… y bueno… no se oponen… pero… quieren conocerte.

¿Acaso había algo más adorable que un Morag sonrojado? Andrew pensaba que no, o tal vez sería que su pensamiento estaba influenciado por saber que David hablaba de un “nosotros”, y no sólo eso, sino que había hablando de un “nosotros” con sus padres, eso debía significar algo a lo que Andrew había tenido temor de que nunca llegara a ser posible.

Y sin importarle el frío que hacía, Andrew se arrojó contra David, tirándolo contra el frío pasto. Dieron volteretas, cada quien esforzándose en quedar encima. Finalmente, el Gryffindir declaró la victoria.

-Sabes – comenzó David con un mohín de disgusto – el estar abajo esta comenzando a fastidiarme.

-No te quejes – le dijo Andrew, inclinándose hasta sellar sus labios con los suyos.

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Llegó a la última puerta, aquella que lo llevaría directamente al siguiente círculo, el círculo custodiado por las Erinas, aquellas que eran catalogadas como las tres deidades vengadoras y que castigaban todos los ultrajes contra la sociedad humana tales como el perjurio, la violación de los ritos de hospitalidad y, sobre todo, los delitos de sangre… los mismos delitos que Draco había cometido durante la Guerra contra Lord Voldemort, y los mismos que Minos le advirtió le serían cobrados.

-En ese caso, lo mejor sería no hacerlas esperar – murmuró. Colocó una de sus manos sobre la puerta, una puerta de ébano negro, que apenas llegaba a rebasarle. Estaba seguro de que esa era la puerta correcta, había pasado el laberinto siguiendo al pie de la letra las precisas instrucciones de HermesSu hipótesis se vio confirmada al sentir la poderosa aura que emanaba de la puerta, un aura oscura, ceñida por el olor a sangre que parecía emanar de cada uno de sus recovecos.

Reprimiendo el súbito temor que comenzó a recorrerlo, ejerció mayor fuerza contra la puerta, sintiendo como ésta se rehusaba a dejarle pasar, la energía que la rodeaba comenzó a producirle escalofríos en su piel. La puerta comenzó a brillar a medida que Draco continuaba ejerciendo fuerza en un intento por abrirla, primero fue un brillo tenue, que poco a poco se fue haciendo más intenso, hasta convertirse en un resplandor que atraía a las sombras. De pronto y sin aviso alguno, la puerta cedió de golpe, dejando escapar horribles y agonizantes gritos. Draco se llevó las manos hacia sus oídos, intentando bloquear esos gritos como lo había hecho antes de cruzar la Puerta de la Desesperanza, pero al igual que en aquella ocasión, fue inútil, los gritos seguían saliendo de la puerta torturándole y produciendo escalofríos en su cuerpo, mientras sentía cómo cada fibra de su cuerpo se retorcía de dolor a medida que los gritos llegaban a él.

Y de un momento a otro… los gritos cesaron...

Enseguida, una espesa niebla comenzó a envolverlo. Sindejarse amedrentar, se introdujo en esa niebla, pronto el resto del aire se tornó negro. La oscuridad lo cubría todo, incluso su propio cuerpo. Todo era negro a su alrededor. Tuvo que ejercer fuerza de voluntad para no mostrar los escalofríos que amenazaban a su cuerpo. Su intuición le decía que estaba siendo objeto de un escrutinio, y como acto reflejo asió con fuerza su varita.

-Debo mantener la calma – se dijo –. Lumos – murmuró, y enseguida su varita produjo una pequeña luz.

Comenzó a caminar recordando en todo momento las indicaciones de Hermes y los mapas que éste le había dado. Pasos seguros hacia el frente, siempre hacia el frente, su mano derecha mantenía la varita en lo alto mientras que su mano izquierda sujetaba con fuerza la daga que Afrodita le había enviado. Ese era uno de los lugares más bajos y más oscuros, y que lógicamente se encontraba más lejos de los Campos Elíseos

Varios minutos pasaron mientras caminaba en medio de esa negrura. De un momento a otro, todo comenzó a aclararse, primero fueron tenues brillos, como estrellas rojizas en un oscuro firmamento, a medida que se acercaba, las extrañas luminiscencias comenzaban a verse con mayor claridad… hasta que pudo reconocerlas.

El corazón de Draco dio un vuelco, había pasado por varios Círculos a través del Hades, uno más cruel que el otro, pero este rebasaba sus límites. Dentro de ese círculo, había un gran campo, lleno de dolor y cruel tormento. A su alrededor, lápidas se alzaban como si se tratasen de columnas, los sepulcros daban al campo un aspecto tétrico, haciéndolo más amargo de lo que un cementerio sería, porque entre las tumbas habían llamas esparcidas, llamas enardecidas que semejaban las lenguas malditas del infierno.

Todas las losas se alzaban sobre sus puntales, y de ellas brotaban lamentos, lamentos que parecían míseros y atormentados, lamentos de seres que se retorcían en su propia agonía, lamentos de torturas y dolor infringidos, lamentos que le desgarraban el alma.

Pero antes de que pudiera hilar algún pensamiento, el sonido de una carcajada lo distrajo, en seguida esa risa fue seguida por otras, era un sonido tan espeluznante que le hizo sentir un escalofrío en la medula.

Interminable, eterno, es el terror que sentiréis

Acercaos a esta orilla, mortal

Y la tortura veréis, innumerable, sin piedad

El fin os espera, mortal.

Una presa seréis,

Ninguna espada o armadura

Os escudará de vuestro destino.

No podéis escapar de vuestro castigo

Os tomaremos en las mismas profundidades del infierno

Por toda la eternidad, seréis nuestro esclavo

Y nuestra risa escucharéis, risa por vuestra desgracia

Risa por vuestro sufrir…

Las voces dejaron de cantar, pero eso no disminuyó los escalofríos que recorrían su cuerpo; deshizo el lumos y empuñó su varita, listo para cualquier cosa. Con su mano libre envolvió la daga, preparándose mentalmente para hacer uso de ambas… pero nada pasó. Todo continuó en silencio, salvo por los lamentos que se escuchaban a su alrededor, ningún otro sonido llegó a él.

Draco permaneció en silencio, con todos sus sentidos alertas y listo para el ataque, pero pasaron los segundos y nada sucedía, y esa relativa calma comenzaba a exasperarlo, pues no podría augurar nada bueno.

De pronto, a unos pasos frente a él, algo comenzó a brillar captando su atención, primero fue como un camino de plata, pero éste ondeaba ligeramente, haciéndole parecer más como un lago en movimiento. La plata líquida ondeaba con suavidad, casi con cadencia, el verlo era hipnotizante, algo místico. Sus ojos se encontraron con algo tan idéntico a ellos: plata líquida que se fundía, mostrando sensualidad en sus movimientos. Quiso evitar que la curiosidad lo controlara, pero fue inútil, e ignorando a los gritos desesperados de su lógica, cubrió la distancia que lo separaba de ese pequeño lago de plata.

Al llegar, algo ocurrió, el fondo del lago cambió de color, pero no así de consistencia, la plata se conservó en la orilla, pero su centro cambió. Dentro comenzaron a formarse imágenes abstractas, colores y formas sin sentido. Entrecerró los ojos tratando de encontrarle forma a lo que veía, pero las imágenes cambiaban, y no fue hasta unos instantes después que comenzaron a ser comprensibles para el Slytherin, algo de lo que pronto se arrepentiría…

La luminiscencia se reflejaba en los finos rasgos de su rostro, haciendo brillar su pálido rostro, palidez que se acrecentó al reconocer la imagen que se le presentaba…

Era la muerte de Harry…

Ahí estaba él, el amor de su vida, entre sus brazos, convulsionándose y escupiendo sangre, su bello rostro contorsionado por el dolor, no sólo físico sino emocional, al ser conciente de que pronto moriría y estaría lejos de Draco. Su frente estaba perlada de sudor, el rostro manchado de tierra y sangre, y sus ojos… sus ojos antaño verdes como la más pura esmeralda, ahora estaban opacados por el velo de la muerte que le acechaba…

Draco sintió como su pecho se oprimía al verse así mismo sosteniendo el cuerpo moribundo de Harry.

Pudo ver como los labios de Harry se movían, no necesitaba escuchar lo que decía, pues conocía las palabras con dolorosa exactitud. En su mente pudo escuchar con claridad la debilitada voz de Harry, diciéndole las palabras que se marcarían en su corazón como dagas ardiendo.

-Lo lamento, Draco

Vio con dolor, como una lágrima surcaba su mejilla, llevándose con ella el resplandor de esa alma tan amada.

-No pude hacer nada para evitarlo…


-No, no, Harry, no me dejes

A través de la imagen reflejada en ese extraño lago, llegó hasta sus oídos el sonido de su propia voz llena de temor, intentando mantener vivo al hombre entre sus brazos.


-Nunca olvides que te amo…

-No digas tonterías tu y yo…

Él lloraba, lloraba porque Harry se iba de su lado, porque ya nunca más podría tenerlo entre sus brazos, ni besar esos exquisitos labios, ni verle sonreír, porque… Harry estaba muriendo


-Siempre te amaré mi dragón



-¡¡¡NNNOOOOO!!!

Y luego, su propio grito de dolor…

Pudo ver el cuerpo sin vida de Harry Potter, pudo ver como la tersa piel palidecía hasta tornarse blanca, los labios antes con un tono rosado, ahora adquirían un tono pálido, los párpados yacían cerrados, ocultando las bellas esmeraldas del hombre que amaba.

No pudiendo soportar la avalancha de emociones que esos recuerdos le provocaban, desvió el rostro, cerrando los ojos y negándose a ver lo que se presentaba a sus pies.

- Ved, mortal, ved y escuchad lo que vuestra sangre ha hecho

Le susurró una voz femenina, una voz suave pero escalofriante

- Porque fue vuestra sangre la que mató a ese hombre

Por otra parte, era lúgubre, como de ultratumba

- Porque fue vuestro amor la que le quitó la vida a esa alma que vos veis morir

Draco, aún con los sentimientos de dolor y desesperación a flor de piel, abrió los ojos de golpe ante las palabras que acababa de escuchar, se giró con la varita en alto, en busca de aquellas voces que le torturaban, voces femeninas cargadas de cizaña. Escudriñó a su alrededor, pero no había nadie fuera de aquellas almas que ansiaban salir de sus sepulcros.

Con reticencia, regresó su vista hacia el lago, la plata liquida comenzó a ondularse nuevamente, cambiando de formas y colores hasta representar otra escena:

Un cuerpo delgado, ligeramente moreno, sus pies no llegaban a tocar el suelo, siendo suspendido por hilos que se enredaban alrededor de sus miembros. Hilos delgados que lo envolvían por las muñecas, brazos, cuello, torso y piernas, ciñéndose a su piel hasta hacerla sangrar, ríos de sangre que opacaban el brillo dorado de esa piel que tanto amaba.

Su rostro caía, siendo sostenido por el cuello por esos hilos que le dañaban. Su cabello negro cubría su rostro, pero Draco no necesitaba verlo para saber de quien se trataba.

Un nudo en su garganta le impedía gritar, expresar mediante un grito desgarrador el horror que estaba sintiendo.

- ¿Lo veis mortal? Lo habéis herido al desafiar a los Dioses. El paga ahora por vuestro desacato

- Aún así, ¿seguiréis con vuestro cometido?

- ¿Aún si lo heriréis?

-Yo… no quería – balbuceó Draco, demasiado dolor y culpa se arremolinaban en su pecho por ver a Harry en ese estado, que era incapaz de pensar correctamente.

- Vedlo, mortal, no sólo su cuerpo está herido, sino también su alma

Y como si sólo necesitase esas palabras, la imagen a sus pies, mostró a Harry levantando su rostro, mostrando un rostro triste curtido por el dolor, un rostro que expresaba su sufrimiento por medio de lágrimas… lágrimas de sangre…

El corazón de Draco dejó de latir, sus fuerzas terminaron por escapársele, los brazos cayeron a cada costado, incapaces de valerse por sí mismos. Lágrimas amargas brotaron de sus ojos, lágrimas que expresaban el dolor,la culpa de saber el daño que le había causado a la persona que más amaba, pero sus lágrimas eran simple líquido cristalino, nunca sus ojos empañados podrían asemejarse con el líquido carmesí que empañaba los ojos de Harry…

Se sintió morir…

Lo deseaba…

- Sí, deseadlo, mortal, desead la peor de las muertes, porque es lo único que merecéis

- Vos sois el culpable del sufrimiento de esa alma que vos decís amar , más vuestro amor no hace otra cosa que dañar

- ¿O acaso no habéis dañado a quien os rodea?

-No… no es cierto – murmuró Draco, sin dejar de ver la imagen reflejada por ese extraño lago, la imagen que se le presentaba a Harry siendo torturado.

- Claro que lo habéis hecho, vuestro amor no sólo ha dañado a aquel a quien amáis, ¿o negaréis que vuestro padre está en el Río Flegetonte, sufriendo entre sangre hirviendo?

- ¿O negaréis que por vos el alma de quien amáis está lejos de vos, porque no habéis llegado a tiempo a su lado?

- Y no conforme con eso, ahora vos no le permitís el descanso eterno

-No… no es cierto – cada palabra dicha por esas arpías no hacía más que dañarle, hacerle sufrir, hacerle ver la cruel realidad de sus actos egoístas.

- ¡¡Es verdad!! ¡¡Vos sois el único culpable de ese sufrimiento!!

-No…

- ¡¡Vos sois el ángel de la muerte que lleva sufrimiento a quien ama!!

-¡No...!

- ¡¡Vos sois el que debía sufrir y no él!!

En ese momento, los hilos que rodeaban el cuerpo de Harry comenzaron a ceñirse con mayor fuerza, escindiendo la piel con mayor profundidad, haciéndola sangrar aún más, haciéndolo gemir de dolor.

Draco intentó negarse así mismo lo que sus ojos le mostraban en ese momento. No podía ser cierto lo que veía, no podía ser verdad que su Harry estuviera sufriendo de esa forma sólo por su culpa, por su necedad de tenerlo a su lado. Justo en ese momento, las palabras de Hermes hicieron eco en su mente

-“Al entrar por esa puerta, ya no habrá marcha atrás, habrás desafiado a los Dioses, tienes que llegar hasta él, si no...”

¿Acaso ese era el pago por su desafío? ¿El dolor de Harry? Pero si entonces, ya los había desafiado, ¿de qué serviría rendirse en ese momento? Si desistía de seguir, eso solo traería más sufrimiento para Harry, y no podía permitirlo.

-Yo… tengo que… seguir – murmuró comenzando a levantarse

- ¿Incluso si vuestro amor es herido por vuestras acciones?

- ¿Incluso si vuestro dolor aumenta?

- ¿Incluso si llegaseis a él y el gran Hades negara vuestro deseo?

Pánico.

Eso fue lo que sintió al escuchar esas palabras que se había negado siquiera a formular en su mente. Un terrible y escalofriante pánico comenzó a recorrer todo su cuerpo hasta los sentidos. Se dejó caer de rodillas, incapaz de seguir, incapaz de hilar otro pensamiento que no fuera el que Hades se negara a regresar el alma de Harry al mundo de los vivos.

Un dolor en el pecho comenzó a dificultarle el respirar, su vista estaba nublada por las lágrimas y un nudo en su garganta le impedía hablar. Se sentía demasiado débil y mareado, unas terribles nauseas comenzaban a hacer estragos en su estomago.

¿Y si todo lo que había sufrido era en vano?

¿Todo el dolor que le causó haber llegado hasta ese lugar, no serviría para nada?

Las voces femeninas seguían susurrándole palabras hirientes, haciéndole sentir culpable del dolor que causaba a quienes le rodeaban. Sin tener más fuera para mantenerse, apoyó sus manos sobre el lago que en ese momento reflejaba la tortura que sufría Harry; el líquido ondeó suavemente, pero la imagen no cambió… al menos, no totalmente.

Los ojos de Harry se abrieron aún contra el dolor de la tortura que le inflingían, y Draco pudo verlos con dolorosa perfección, los ojos que le presentaban no eran los mismos ojos que había amado; esos ojos que le veían con dolor y odio no eran los mismos que con una sola mirada le decía ‘te amo’. Había “algo” que los hacía ver diferente y no sólo era el sentimiento que mostraban, era algo más… era… su color.

El color de los ojos de Harry, del hombre que amaba y cuya alma quería regresar, era de un hermoso color verde, inigualable ni por la más pura esmeralda, y los ojos que en ese momento le miraban no se asemejaban a ese color que había llegado a amar y conocer como a nadie, eran de un verde sombrío, no tenían ese halo que había visto en los ojos de Harry la noche que hizo el Altar de Muertos.

Ese que veía y que sufría la mayor tortura, no era su Harry.

Esa imagen que sus ojos veían y que le partía el alma, no era real.

Era una cruel burla a su sufrimiento.

- No te esfuerces por luchar - le dijo una de las voces.

- No vale la pena, ya que aunque logres llegar a nuestro Señor… - susurró otra – nunca te permitirá estar con quien amáis

- Pero nunca llegaréis a él... – continuó la tercera – porque nosotras no lo permitiremos

Y antes de que siquiera se diera cuenta de lo que ocurría a su alrededor, sintió como la piel de su hombro izquierdo era herida, tan rápido y con tal precisión como sólo una espada podía hacerlo.

Lanzó un quejido mezcla de dolor y sorpresa, e instintivamente aferró su varita y la daga, arrojándose a otro extremo, lejos de ese lago de plata que lo había hipnotizado. Quedó sobre una de sus rodillas, respirando de forma agitada y tratando de procesar lo que acababa de ocurrir. Sus ojos grises escudriñaban desesperados su entorno, atento a cualquier sonido o movimiento, fuera de las almas infelices que gemían; su mano derecha presionaba la herida de su hombro, sin soltar su varita, mientras que la otra, mantenía firma la daga para en cualquier momento utilizarla.

Los segundos pasaban, y no había señales de quienes le habían susurrado y que ahora le habían herido. Los ojos de plata se movían de un lado a otro listos para el ataque, pero a su alrededor todo seguía igual. Comenzaba a desesperarse.

De un momento a otro, las mismas carcajadas, que momentos antes había escuchado, resonaron en el escabroso lugar, pronto el caos reinó en ese territorio de imágenes torturantes, los muertos comenzaron a agitarse, queriendo salir de sus tumbas con infructuosos intentos que terminaban lacerándoles aún más la piel, gritando hasta desgarrar lo poco que quedaba de sus gargantas destruidas.

De pronto, de entre la niebla negra que cubría el lugar, comenzaron a vislumbrarse tres figuras que se acercaban a él de diferentes extremos, rodeándolo.

Tres terribles diosas que caminaban como dueñas y señoras de aquel infierno, poco a poco, y pese a la niebla que las rodeaba, sus figuras comenzaban a hacerse más nítidas hasta que Draco pudo verlas con perfecta y horrorosa claridad.

Eran tres mujeres de piel cetrina, cuyos cuerpos femeninos estaban cubiertos por una túnica larga y abierta por un lado, cada una de diferente color. La más alta de ellas y quien se acercaba por su frente, vestía una túnica negra, debía ser Tisífona, “la vengadora del crimen”; había otra que se acercaba por su flanco derecho y cuya túnica era de un verde sombrío, ella era Megara, “la de los celos”, y finalmente, por su flanco izquierdo se acercaba la última Erina, Alecto, “la siempre encolerizada”, vistiendo una túnica púrpura. La cabellera de las tres estaba formada por serpientes que se enroscaban unas contra otras y cuyas lenguas bífidas salían constantemente, probando el aire a su alrededor y siseando impasiblemente; en sus manos portaban una espada de escasa longitud, con filo ligeramente curvado y piedras preciosas en el mango y la vaina, que era de un reluciente color negro, los ojos grandes, muy abiertos y de los cuales goteaba sangre constantemente, los colmillos afilados como de vampiro.

Quedó paralizado... Cada una de las Erinas se acercaba a él, caminando a través de ese paisaje cubierto de horror y muerte. Sabía que sólo estaban jugando con él. Acorralándolo.

La más alta de las Erinas, Tisífona, desenvainó su espada, avanzando lentamente hacia el hombre que yacía en el piso y quien le observaba desafiante. Una sonrisa sádica se formó en sus labios rojos.

- Insolente mortal – le dijo – Vos profanasteis el Reino de Hades, y nosotras profanáremos vuestro cuerpo

La declaración pareció graciosa ante las otras dos Erinas, porque comenzaron a reír con esa carcajada que le erizaba la piel. Tisífona se arrojó contra él, dispuesta a matarlo sin piedad. Draco se levantó con algo de brusquedad, sin que le importara que la herida de su hombro se abriera, ese corte sería nada comparado con la herida que seguro la Gorgona le haría si no se movía de ese lugar.

Con la agilidad que lo caracterizó como uno de los mejores contendientes en la lucha contra Voldemort, esquivó el filo de la espada, y sin perder tiempo contraatacó con un hechizo que fue fácilmente burlado; maldiciendo su mala suerte, se concentró en evitar los lances de Tisífona. Pero pronto la situación se volvió insoportable, nunca le gustó ser el ratón que perseguía el gato, así que en un momento en que la Gorgona estaba a una distancia prudente de él, comenzó a buscar una forma de hacerle frente e invertir los papeles.

Por un momento pensó en la daga que su mano aún sostenía con firmeza. Draco la observó, sin embargo, era demasiado pequeña en comparación con las espadas de las Erinas, así que sin detenerse a pensarlo, con un conjuro bien empleado, la transformó, convirtiéndola en una espada semejante a las que solía blandir en su antigua mansión. Era una espada magníficamente tallada, los rubíes que antiguamente adornaban la daga continuaron incrustados en su empuñadura.

Acomodó su cuerpo al ver que la Erina apretaba su espada para usarla, y en cuanto estuvo a su alcance, aprovechó para lanzar una estocada firme contra ella, las cabezas de tres serpientes sufrieron un precioso corte por la mitad, cayendo irremediablemente al suelo cubierto de sangre, para luego convertirse en arena.

La Gorgona lanzó un grito de frustración e inmediatamente contraatacó. Se escuchó el primer choque de espadas, y Draco comprendió que estaba por iniciar un duelo. Internamente se alegró de ello, los Malfoy eran magos poderosos, sí, pero también era cierto que ese poder no sólo se limitaba a hechizos sino también, al uso de las armas, como la espada.

Comenzó a atacar a la Gorgona hasta obligarla a retroceder y acorralarla.

Pero no contó con que las otras dos también atacarían.

Pronto se vio acorralado, pero las Erinas no se detenían sólo con verlo sin salida lanzaban estocadas a diestra y siniestra, dispuestas a matar sin compasión, Draco apenas y podía esquivarlas, algunas veces les hacía frente con su espada, otras usaba un hechizo escudo, pero la desesperación comenzó a hacer mella en él.

- Rendios, mortal - le dijo Megara – No tenéis oportunidad

- Rendios ahora, y no veréis sufrir a quien amáis – Alecto rió ante el rostro perturbado de Draco – Porque sin duda sufrirá por desafiar a los Dioses

- Al igual que vos – y como si comprobara sus palabras, Tisífona arremetió contraél, abriendo la herida de su pierna izquierda.

Draco maldijo entre dientes, el dolor que había menguado gracias a su poción, regresó con mayor fuerza, aunado al que sentía en el hombro y los cortes que comenzaban a llenar su cuerpo. Pero no se dejaría vencer, no ahora que estaba tan cerca, no ahora cuando había desafiado a los Dioses y si fallaba no sólo él sufriría las consecuencias, sino también Harry, y eso no lo permitiría.

Las Erinas llevaban la iniciativa constantemente, haciéndole retroceder con estocadas laterales, logrando que se moviera en zig-zag sin tener tiempo a contrarrestar los golpes. En cuestión de segundos el filo de la espada de Alecto le acarició la piel de su torso, haciéndole un ligero corte que comenzó a sangrar, y arrancando carcajadas de las otras dos.

Draco lanzó un Incendio, logrando tener un poco de tiempo para pensar en una estrategia. El miedo y la adrenalina se entremezclaban con la desesperación que comenzaba a corroerlo, subiendo por la espina dorsal mientras el sudor se acumulaba en la frente. No podía simplemente huir de ellas, no sólo porque aplastaría su orgullo que era lo único que los sostenía, además del deseo de llegar a Harry, sino porque no serviría de nada, las Erinas no le permitirían escapar y aunque lograra traspasar ese círculo, ellas lo seguirían hasta causarle la muerte... o la locura.

Lo mejor era darles la cara a aquellas criaturas traicioneras que, entre las sombras, se encontrarían en su elemento. Con los sentidos a flor de piel, comenzó a asestarle golpes con la espada a cualquiera de las Erinas que estuvieran a su alcance, pero las Gorgonas los evitaban. Se detuvo en seco y blandió su varita, mientras atravesaba con su plateada mirada a una de las criaturas: Megara, que retrocedió ligeramente.

-¡¡Cruccio!! – grit

El rayo se dirigió hacia la Erina. Un grito de terror fue proferido por ella, al mismo tiempo que se retorcía ante la mirada confundida de sus hermanas. Draco intentó mantener la maldición todo el tiempo posible, pero era consciente de que si la extendía más de lo necesario, su propia energía mágica se vería seriamente dañada. Así que a regañadientes la dio por terminada.

Lo que fue tomado como señal de ataque por parte de las diosas, quienes le miraron con un profundo odio en sus ojos llenos de sangre.

- Pagaréis por eso mortal – le amenazó Megara con voz siseante, al mismo tiempo que se ponía de pie y sus ojos ardían de odio e ira.

Megara aferró su espada, lanzándose contra Draco. Él la esquivó por escasos centímetros, dejando su guardia baja por una fracción de seguro, dándole la oportunidad perfecta a Alecto para atacarlo. La Erina le dio una patada en el pecho que lo hizo caer de espaldas al suelo.

- Inmundo mortal, descuartizaré vuestro cuerpo, moriréis bajo el filo de esta espada, y sólo serviréis de carroña para estas almas pordioseras – siseó, empuñando su espada para incrustarla en la piel del rubio.

Draco maldijo entre dientes, definitivamente esa no era la forma digna en que un Malfoy desearía morir.

El metal de la espada resplandeció por el brillo azulino de las llamas que rodeaban el lugar, antes de rozar la pálida piel... y terminar por incrustarse en la dura superficie de la tierra. Draco alcanzó a girarse, logrando una herida en la espalda, pero era preferible eso a que la espada se encajara directamente en su corazón. Lanzando un Expelliarmus en dirección a la Gorgona, la arrojó por los aires, teniendo el tiempo suficiente para ponerse de pie.

Un dolor agudo alteró sus terminales nerviosas, al parecer la herida de su espalda no había sido un simple rasguño. Reprimiendo un quejido de dolor se puso en guarda, para encarar a las Erinas.

- Tenéis fuerza mortal – aceptó Tisífona, observándolo con parsimonia – Más esa fuerza no os será suficiente para salir con vida y llegar hasta aquel al que amáis

-Saldré con vida – siseó Draco, sin permitir que la desesperación lo dominara. Sostuvo con firmeza su espada, listo para un ataque, mientras mantenía su varita en espera de formar una defensa –, y llegaré hasta Harry.

- ¿Aún contra el castigo que los Dioses dejarán caer sobre vosotros? – preguntó una divertida Alecto

- ¿Aunque la cruel muerte os aceche, mortal? – preguntó Megara, caminando hacia ellos.

-Aún y con todo eso... yo voy a proteger a Harry – la risa de las Gorgonas llegó a sus oídos, causándole un temblor por todo el cuerpo; inconscientemente aferró la espada

- Pero si vuestras almas ya están condenadas, mortal – le dijo Megara sin dejar de sonreír, mostrando sus colmillos afilados. Draco levantó el rostro, sus ojos brillando con rabia y decisión.

-En ese caso... – murmuró –... no tengo nada que perder

Pronto estuvieron enfrascados en un duelo en el cual Draco esquivaba ágilmente los ataques de cada una de las Erinas, bloqueándolos con tal fuerza que las espadas despedían chispas. El sonido de metal contra metal resonaba en el lugar sobre los gritos de aquellas almas que ansiaban escapar de su tormento.

Draco, ágil como un felino, esquivaba los lances de Megara, que, aparentemente enardecida, lo perseguía implacable. Los movimientos de las tres eran precisos... Letales. Pero no se dejaría amedrentar

-¡Stupefly! – gritó Draco, pero Alecto lo esquivó apenas, sin embargo, Draco no le dio tiempo para contraatacar-. ¡Expelliarmo!– volvió a gritar. Tisífona, que en se momento se arrojaba contra él, se lanzó al piso esquivando el hechizo, y se levantó de un salto, arrojándose contra él.

Draco luchaba con ímpetu, casi con fiereza, poco dispuesto a dejarse ganar, porque dejarse ganar significada dejarse morir, significaba no llegar a Harry, y eso no podía permitirlo. Pero era difícil luchar al mismo tiempo contra las tres diosas vengadoras sin salir ileso, su cuerpo estaba lleno de heridas y la sangre brotaba de ellas, si no hacía algo pronto, seguro moriría desangrado, ¿pero qué podía hacer? ¿De qué forma podía derrotar a tres Diosas? Sabía que no podía huir de ellas, porque entonces lo perseguirían eternamente, ¿pero entonces, qué podía hacer para librarse de ellas? No tuvo tiempo de formularse más preguntas porque la espada de un Megara se cernió sobre el, dándole escaso tiempo a saltar para esquivarla mientras que con un Destruccio intentaba contraatacar.

Blandiendo la varita, Draco lanzó un conjuro, provocando que una neblina blanca comenzara a devorar la negrusca que los envolvía, cercando el campo de batalla de una niebla espesa, esperando a que, cuando la niebla se disipase, el enemigo se sintiera desorientado. En ese momento tendría unas décimas de segundo para lanzar un ataque a cada una. Organizó sus pensamientos, pensando seriamente en los hechizos y movimientos que haría, y esperó. Los segundos que tardó la niebla en disiparse fueron eternos. Los labios secos, los ojos escudriñando sus alrededores, los nervios a flor de piel... la niebla se disipó, y su grito reson

-¡¡Averno!!

Ardientes llamas rodearon a las tres Gorgonas; Draco, extenuado como estaba, se limitó a contemplar los efectos que creaba su poderoso ataque. Las lenguas de fuego se arremolinaban con ferocidad alrededor de las tres diosas, gritos de dolor brotaban de entre las llamas, y Draco estaba seguro de que esos gritos pertenecían a las Erinas. Interiormente rezó una plegaria para que éstas murieran calcinadas, pero en el fondo, sabía que eso no podía ser, así que se preparó para atacar.

No tuvo que esperar mucho, Alecto, la más arrojada y temperamental, salió de entre las llamas, su cuerpo y ropas estaban quemadas, pero eso no disminuía el brillo asesino de sus ojos cubiertos de sangre. Con un grito demoníaco se arrojó contra él con el único fin de matarle.

- ¡¡¡Moriréis, mortal, moriréis y sufriréis el peor de los tormentos!!! – le gritó llena de ira

-No moriré – le aseguró Draco

El sonido metálico del choque de las espadas se hizo escuchar, los gritos de dolor de las otras Gorgonas continuaban haciendo eco en ese valle, pero ambos siguieron enfrascados en esa lucha donde no habría ganador hasta que el otro muriera, y definitivamente Draco no estaba dispuesto a morir.

Draco apretó los dientes al verla avanzar de nuevo y con un ágil movimiento le hirió en el pecho.

Ella lanzó un grito desgarrador al mismo tiempo que se llevaba una mano hacia la zona herida. Draco estuvo a punto de arremeter contra ella una vez más, pero justo en ese momento Tisífona clavó su espada en su costado izquierdo, antes de que pudiera reaccionar correctamente, pero antes de que el dolor cegara sus sentidos, él hundió el filo en el pecho de la Erina para retorcerlo de manera dolorosa, de la herida manaba la sangre abundantemente. La sangre había salpicado la piel y los ojos de Draco, pero no le dio importancia. Un golpe más y caería, de eso estaba seguro, el problema residía en que él pudiera resistir asestarle otro golpe.

Comenzó a sentir primero el dolor, luego el frío que comenzaba a hacerle temblar ligeramente y más tarde la agonía, a medida que la sangre le abandonaba, su vista comenzó a nublarse, tanto a causa de su perdida de ese preciado líquido, como por el mismo que cubría sus ojos, conocía bien lo que seguiría, había sentido lo mismo cuando había escapado de Cerberos, pero esta vez no terminaría inconsciente, esta vez resistiría y no se dejaría vencer por la oscuridad, no permitiría que le alejaran de Harry una vez más.

Con la manga de su camisa se limpió la sangre que le impedía ver, concentrándose, intentando no dejar patente el dolor que su cuerpo seguía sintiendo, se irguió con una mueca de dolor y cogió su espada, fue en ese entonces que pudo ver que Megara intentaba llegar hasta sus hermanas, que se retorcían de dolor, la Erina no estaba en tan buenas condiciones, el fuego había hecho mayores estragos en ella que en sus hermanas, pero aún así se mantenía en pie, mirándole con odio.

- Vos mortal, no llegaréis hasta Hades, viviréis con el dolor de no haber podido llegar hasta aquel al que amáis, sufriréis la peor de las torturas: la de no estar a su lado – siseó antes de tomar la espada y arrojarse contra él.

Draco ignoró el dolor que esas palabras le causaron, concentrándose en buscar una salida, sabía que no estaba en condiciones de hacerle frente, su cuerpo no le respondería adecuadamente, pero tampoco iba a permitir que le matara y cumpliera sus palabras. Reuniendo el resto de su energía, agitó su varita murmurando un hechizo de magia oscura sumamente poderoso.

El susurro del viento atrajo unas nubes negras que envolvieron al hombre en un halo tenebroso. Aparecieron una serie de cintas negras con energía maligna. Las cintas adoptaron forma de flecha y salieron disparadas hacia Megara, que, herida y exhausta por el ataque lanzado antes, vio impotente cómo el ataque del mortal se dirigía a ella

La sangre comenzó a salir a borbotones de la herida que produjo el ataque de Draco, lanzado de entre los escombros. El humo y el pánico de haber fallado trajo lágrimas a los ojos del Slytherin, que, cayendo exhausto sobre sus rodillas, oraba porque su hechizo hubiese funcionado.

Megara cayó de rodillas al suelo, echándose la mano al estómago, atravesado por las cintas negras.

Silencio.

Ya no se oían los gritos de los muertos que imploraban el descanso de su alma, ni los gritos encolerizados de las Erinas, ni las llamas que aún ardían en el sitio. Nada. Sólo la respiración entrecortada de Draco.

Sus sentidos comenzaban a fallarle, abandonándole por momentos para luego retenerlos con esfuerzo. Tenía que ponerse de pie, antes de que ellas lo hicieran, pues por sus movimientos sabía que no habían muerto.

Clavó su espada en el piso, intentando usarla de apoyo, le fue difícil a causa del dolor de todas sus heridas, pero tenía que hacerlo, para poder tomar la poción que llevaba entre sus ropas, claro, si ésta aún seguía de una sola pieza.

Pero antes de que pudiera hacerlo, el viento se arremolinó alrededor de un punto fijo a su derecha, como si envolviese a alguien, y de pronto, con un haz de luz dorada mostró a la figura imponente de un hombre.

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Hades, sentado en su trono, observaba atento la batalla que en ese momento se llevaba a cabo en el Círculo que resguardaban sus Erinas.

Una sonrisa misteriosa se formó en sus labios.

Era sorprendente la ferocidad y determinación con que ese mortal peleaba. No importaban las heridas que su cuerpo sufría, él continuaba luchando, blandiendo su espada y utilizando magia de todo tipo, hechizos poderosos sin duda, sobre todo el último, poderoso y... peligroso.

¿Y todo por qué?

Por aquel cuya alma yacía en los Campos Elíseos, y que curiosamente, a pesar de estar en el lugar donde sólo la felicidad reside, no experimentaba esa felicidad, porque aquel al que amaba no esta a su lado.

Simplemente sorprendente.

Sólo recordaba una caso parecido, cuyo final trágico le hacía meditar en cómo actuar ante esta situación, que aunque sin duda era similar a la anterior, también tenía ciertos matices que la hacían diferentes.

Anteriormente había sido la música el arma que utilizara para llegar hasta él y cumplir su objetivo. Ahora, era la verdadera fuerza, no sólo física, sino también espiritual, pues pese a que su cuerpo sufría intensamente, su alma no perdía la fortaleza y la fe para llegar hasta aquel al que amaba.

Amor...

Esa era la palabra que su esposa, Persefone, había utilizado.

Amor...

Es aquella palabra que los Dioses y los mortales subestiman, pocos son realmente los que conocen su verdadera fuerza, y ese mortal, si bien tal vez no era conciente de esa fuerza, si la usaba haciéndole infinitamente fuerte.

Ese amor, que aquella alma y ese mortal se profesaban había logrado atar sus almas, aún y a pesar de que uno vivía y el otro no...

Bien...

Ya había tomado una decisión.

-¡Eaco! ¡Radamantis!

En seguida, de entre un remolino de viento, salieron dos figuras imponentes, dos hombres altos de piel pálida y largo cabello; uno, Eaco, poseía el cabello ligeramente ondulado de un color negro rojizo, mientras que el otro, Radamantis, lo tenía lacio y de un color plateado, pero si algo tenían en común sus facciones, era el color de sus ojos: negros, profundos y misteriosos.

Ambos, jueces del Hades, se inclinaron en señal de respeto ante su Dios.

-¿Qué deseáis, mi Señor? – preguntó Eaco con voz aterciopelada y profunda.

-Radamantis – le llamó el Dios –, deseo que vayáis con mi esposa, y le deis el siguiente mensaje: “Si deseáis que esa alma a la que voz protegéis, llegue hasta aquel al que ama, tendrá que andar por el camino del dolor ardiente que oculta su alma en pena”, luego, regresad a mi lado.

Con una última reverencia, el juez desapareció en medio de un remolino de viento.

-Eaco, vos iréis con las Erinas, y haréis lo siguiente...

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Eaco observó su alrededor. Las Erinas lanzaban gritos lastimeros a causa de las heridas que en sus cuerpos había inflingido aquel mortal. Increíble que sólo un mortal hubiera hecho tal daño a las Diosas Vengadoras.

Observó como Tisífona se ponía de pie, seguida de sus dos hermanas, de las heridas brotaba abundante sangre, pero aún así no dejarían impune la humillación de las que habían sido objeto. Eaco lo sabía perfectamente, no dejarían a ese mortal, aunque tuvieran que perseguirlo por todo el Hades.

Por esa razón el Dios Hades le había enviado.

-Deteneos – ordenó con voz profunda, cuando vio a Alecto empuñar su espada con la intención de atacar al mortal.

- ¿Por qué nos detenéis? – le preguntó la Gorgona.

- Ese mortal ha cometido crímenes, y merece castigo – intervino Tisífona

-El Dios, vuestro señor, ha ordenado terminar con esta batalla.

- Vuestro Dios fue quien pidió la cabeza de este mortal – aludió Megara, señalando a Draco, quien miraba aturdido la escena.

-El Dios Hades ha ordenado terminar esta batalla – repitió con voz fría –. Y lo que él ordena... se cumple. ¿Vosotras os oponéis a una orden de vuestro Señor? – preguntó, entrecerrando los ojos y advirtiendo con su mirada a las Gorgonas.

Las tres permanecieron en silencio, si su amo había ordenado finalizar la cacería, ellas no eran nadie para desobedecerle.

Eaco asintió con la cabeza ante el gesto de sumisión de las Diosas, y dirigiéndose su vista hacia el mortal, pudo contemplarle.

A pesar de la sangre y la suciedad de su cuerpo, el Juez no pudo evitar el pensar lo hermoso que era. El cabello de un color rubio platinado, la piel nívea y el fuerte cuerpo concedían una especie de visión angelical que los ojos desmentían, pues estos no eran puros, sino fríos y desconfiados. En el Hades, específicamente en el Tártaro, no había seres con tal belleza, tal vez en los Campos Elíseos, pero definitivamente no en el lugar donde las almas eran torturadas. Internamente se preguntó el motivo por el que ese mortal estaba en el Hades luchando por llegar hasta su Señor.

-Mi amo, el Dios Hades, ha decidido el veros, mortal. Por ello ha ordenado el finalizar vuestra cacería a manos de las Erinas.

Eaco pudo vislumbrar un brillo en esos fríos ojos, que por una fracción de segundo los hizo ver cálidos, pero el brillo enseguida fue extinguido, dejando en su lugar la desconfianza.

-Mi Dios, desea veros, mortal – Draco asintió sin dejar de ver al hombre que se dirigía a él, conciente de que su cuerpo apenas podía mantenerse en pie. El Juez pareció notar el esfuerzo que hacía por mantenerse erguido, así que con un movimiento de su mano, curó sus heridas.

Draco lo observó atónito, sorprendiéndose al sentir como sus heridas eran sanadas, e incluso su fuerza regresaba a sus músculos.

-Gracias – murmur

-Agradecédmelo diciendo vuestro nombre – Draco lo miró extrañado por la petición, pero aún así respondi

-Draco Malfoy

Eaco asintió, comprendiendo el significado de ese nombre, sin duda el dragón era el mejor animal que podía representar a esa figura delante de él.

Haciendo un nuevo movimiento con su mano, creo un portal que mostraba un castillo en su interior.

-Entrad

Sin dejar de mirar con desconfianza al hombre, observó el interior del portal. Se trataba de un castillo cubierto de sombras, por la descripción que Hermes le había dado, sin duda esa era la morada de Hades. Con un ligero movimiento de su varita, trasmutó la espada que portaba en la daga que Afrodita le había enviado.

El Juez frunció el ceño al reconocer la pequeña arma, su finura y su aura delataban al dueño de ella: La Diosa Afrodita. ¿Pero qué tenía que ver Afrodita con ese mortal? ¿Acaso él había buscado el amparo y protección de la Diosa del Amor? ¿Y por qué causa? ¿Por amor? Vio al mortal atravesar el portal que él había creado, y prometiéndose averiguar las respuestas a esas preguntas, también entró.

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¸¸,ø¤º°º¤ø °`°º¤ø,¸ CONTINUARA °º¤ø,¸¸,ø¤º°`°º¤ø,¸

   

   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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