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La
absoluta pureza de María
Los
escritos patrísticos sobre la pureza de María abundan.
- Los
Padres llaman a María el tabernáculo exento de profanación y de
corrupción (Hipólito, «Ontt. in illud, Dominus pascit me»);
- Orígenes
la llama digna de Dios, inmaculada del inmaculado, la más completa
santidad, perfecta justicia, ni engañada por la persuasión de la
serpiente, ni infectada con su venenoso aliento («Hom. i in diversa»);
- Ambrosio
dice que es incorrupta, una virgen inmune por la gracia de toda
mancha de pecado («Sermo» xxii in Ps. cxviii);
- Máximo
de Turín la llama morada preparada para Cristo, no a causa del hábito
del cuerpo, sino de la gracia
original («Nom. viii de Natali Domini»);
- Teodoto
de Ancyra la llamó virgen inocente, sin mancha, libre de
culpabilidad, santa en el cuerpo y en el alma, un lirio primaveral
entre espinas, incontaminada del mal de Eva ni se dio en ella comunión
de luz con tinieblas, y, desde el momento en que nació, fue
consagrada por Dios («Orat. in S. Dei Genitr.»).
- Refutando
a Pelagio, San
Agustín declara que todos los justos han conocido
verdaderamente el pecado «excepto la Santa Virgen María, de quien,
por el honor del Señor, yo no pondría en cuestión nada en lo que
concierne al pecado» (De natura et gratia 36).
- María
fue prenda de Cristo (Pedro Crisólogo, «Sermo cxi de Annunt. B. M.
V.»);
- es
evidente y notorio que fue pura desde la eternidad, exenta de todo
defecto (Typicon S. Sabae);
- fue
formada sin ninguna mancha (San Proclo, «Laudatio in S. Dei Gen.
Ort.», I, 3);
- fue
creada en una condición más sublime y gloriosa que cualquier otra
criatura (Teodoro de Jerusalén en Mansi, XII, 1140);
- cuando
la Virgen Madre de Dios nació de Ana, la naturaleza desafió
anticipadamente el germen de gracia, pero quedó sin fruto (Juan
Damasceno, «Hom. i in B. V. Nativ.», ii).
- Los
Padres sirios nunca se cansaron de ensalzar la impecabilidad de María.
San Efrén no consideró excesivos algunos términos de elogio para
describir la excelencia de la gracia y santidad de María: «La Santísima
Señora, Madre de Dios, la única pura en alma y cuerpo, la única
que excede toda perfección de pureza, única morada de todas las
gracias del más Santo Espíritu, y, por tanto, excediendo toda
comparación incluso con las virtudes angélicas en pureza y
santidad de alma y cuerpo... mi Señora santísima, purísima, sin
corrupción, inviolada, prenda inmaculada de Aquel que se revistió
con luz y prenda... flor inmarcesible, púrpura tejida por Dios, la
solamente inmaculada» («Precationes ad Deiparam», in Opp. Graec.
Lat., III, 524-37).
- Para
San Efrén fue tan inocente como Eva antes de la caída, una virgen
alejada de toda mancha de pecado, más santa que los serafines,
sello del Espíritu Santo, semilla pura de Dios, por siempre intacta
y sin mancha en cuerpo y en espíritu («Carmina Nisibena»).
- Santiago
de Sarug dijo que «el mismo hecho de que Dios la eligió prueba
que nadie fue nunca tan santa como María; si alguna mancha hubiese
desfigurado su alma, si alguna otra virgen hubiese sido más pura y
más santa, Dios la habría elegido y rechazado a María». Parece,
por lo tanto, que si Santiago de Sarug hubiese tenido idea clara de
la doctrina del pecado, habría sostenido que fue perfectamente pura
de pecado original («la sentencia contra Adán y Eva») en la
Anunciación.
San
Juan Damasceno (Or. i Nativ. Deip., n. 2) considera que la influencia
sobrenatural de Dios en la generación de María ha de ser extendida también
a sus padres. Dice de ellos que durante la generación, fueron colmados y
purificados por el Espíritu Santo y librados de la concupiscencia sexual.
En consecuencia, según Damasceno, desde siempre el elemento humano de su
origen, el material del cual fue formada, fue puro y santo. Esta opinión
de una generación activa inmaculada y de santidad de la «conceptio
carnis» fue censurada por algunos autores occidentales; fue argumentada
por Pedro Comestor en su tratado contra San Bernardo y otros. Algunos
escritores enseñaron que María nació de una virgen y que fue concebida
de un modo milagroso cuando Joaquín y Ana se encontraron en la puerta
dorada del templo (Trombelli, «Mari SS. Vita», Sect. V, ii; Summa aurea, II, 948. Cf. también las «Revelaciones»
de Catalina Emmerich que contienen la leyenda apócrifa de la milagrosa
concepción de María).
En
este sumario aparece que la creencia en la inmunidad de María frente al
pecado en su concepción prevaleció entre los Padres, especialmente en
los de la Iglesia Griega. El carácter retórico, por lo tanto, de muchos
de estos y similares pasajes nos previene de tendencias demasiado forzadas
y de interpretaciones en un sentido estrictamente literal. Los Padres
Griegos nunca discutieron formal o explícitamente la cuestión de la
Inmaculada Concepción.
La
Concepción de San Juan el Bautista
Una
comparación entre la concepción de Cristo y la de San Juan puede servir
para iluminar el dogma y las razones por las que los griegos celebran
desde antiguo la Fiesta de la Concepción de María.
- La
concepción de la Madre de Dios fue mucho más allá en comparación
que la de San Juan Bautista, mientras que estuvo
inconmensurablemente por debajo de la de su Divino Hijo.
- El
alma del precursor no fue preservada de mancha en su unión con el
cuerpo, sino que fue santificada o inmediatamente después de la
concepción de un estado de pecado previo o por la presencia de Jesús
en la Visitación.
- Nuestro
Señor, siendo concebido por el Espíritu Santo, fue, en virtud de
su concepción milagrosa, liberado ipso facto de la mancha
del pecado original.
La
Iglesia celebra fiestas de estas tres concepciones. Los Orientales tienen
una Fiesta de la Concepción de San Juan el Bautista (23 de Septiembre),
que se remonta al siglo IV, más antigua que la Fiesta de la Concepción
de María, y, durante la Edad Media, fue celebrada también en varias diócesis
de Occidente el 24 de Septiembre. La Concepción de María es celebrada
por los Latinos el 8 de Diciembre; por los Orientales el 9 de Diciembre;
la Concepción de Cristo tiene su fiesta en el calendario universal el 25
de Marzo. Celebrando la fiesta de la Concepción de María desde antiguo,
los Griegos no consideran la distinción teológica de las concepciones
activa y pasiva, que era desconocida por ellos. No consideran absurdo
celebrar una concepción que no fuese inmaculada, como vemos en la Fiesta
de la Concepción de San Juan. Ellos solemnizan la Concepción de María
acaso porque, de acuerdo con el «Proto-evangelium» de Santiago, estuvo
precedida de un acontecimiento milagroso (la aparición de un ángel a
Joaquín, etc.), similar a aquel que precedió a la concepción de San
Juan y a la del mismo Señor. Su objetivo era menos la pureza de la
concepción cuanto la santidad y celestial misión de la persona
concebida. En el Oficio del 9 de Diciembre, sin embargo, María, desde el
momento de su concepción, es llamada bendita, pura, santa, fiel, etc., términos
nunca usados en el Oficio del 23 de Septiembre (sc. de San Juan el
Bautista). La analogía de la santificación de San Juan el Bautista ha
dado realce a la fiesta de la Concepción de María. Si era necesario que
el precursor del Señor fuese puro y «lleno del Espíritu Santo» desde
el seno de su madre, tal pureza era no menos conveniente para Su Madre. El
momento de la santificación de San Juan es, según los últimos
escritores, a través de la Visitación («el niño saltó en su seno»),
pero las palabras del ángel (Lucas 1:15) parecen indicar una santificación
en la concepción. Esto haría el origen de María similar al de Juan. Y
si la Concepción de Juan fue fiesta, ¿por qué no la de María?
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