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PRUEBA DE LA ESCRITURA
Génesis 3:15
No es posible extraer de
la Escritura pruebas directas o categoriales ni estrictas. Pero el primer
pasaje escriturístico que contiene la promesa de la redención menciona
también a la Madre del Redentor. La sentencia contra los primeros padres
fue acompañada del Evangelio Primitivo (Proto-evangelium), que
pone enemistad entre la serpiente y la mujer: «y Yo pondré enemistad
entre ti y la mujer y su estirpe; ella (él) aplastará tu cabeza cuando tú
aceches para morderle su talón» (Génesis 3:15). La traducción «ella»
de la Vulgata es interpretativa; tiene su origen después del siglo IV, y
no puede ser defendida críticamente. La consecuencia de la estirpe de la
mujer, que aplastará la cabeza de la serpiente, es Cristo; la mujer es María.
Dios puso enemistad entre ella y Satán en el mismo modo y medida que hay
enemistad entre Cristo y la estirpe de la serpiente. Que María
fuese exaltada en el estado de su alma, es decir, en gracia santificante,
significa la destrucción de la serpiente por el hombre. Sólo la continua
unión de María
con la gracia explica suficientemente la enemistad entre ella y Satán. El
Proto-evangelium, por lo tanto, contiene en el texto original una promesa
directa del Redentor. Y en unión con la manifestación de la obra maestra
de Su Redención, la perfecta preservación de Su virginal Madre del
pecado original.
Lucas 1:28
El saludo del ángel
Gabriel –chaire kecharitomene, Salve, llena de gracia (Lucas
1:28) indica una única abundancia de gracia, un sobrenatural, agradable a
Dios estado del alma, que encuentra explicación sólo en la Inmaculada
Concepción de María. Pero el término kecharitomene (llena de
gracia) sirve sólo como una ilustración, no como una prueba del dogma.
Otros textos
Desde los textos
Proverbios 8 y Eclesiástico 24 (que exaltan la Sabiduría de Dios y que
en la liturgia son aplicados a María, la más bella obra de la Sabiduría
de Dios), o desde el Cantar de los Cantares (4:7, «Eres toda hermosa,
amada mía, y no tienes ningún defecto») no se debe inducir una conclusión
teológica. Estos pasajes, aplicados a la Madre de Dios, pueden ser
entendidos por quienes conocen el privilegio de María, pero no sirven
para probar dogmáticamente la doctrina y, por lo tanto, son omitidos por
la Constitución «Ineffabilis Deus». Para el teólogo es materia de
conciencia no adoptar una posición extrema para aplicar a una criatura
textos que pueden denotar prerrogativas de Dios.
PRUEBAS DE LA TRADICIÓN
Respecto de la
impecabilidad de María, los antiguos Padres son muy cautelosos: algunos
de ellos parecen haber cometido algún error en esta materia.
- Orígenes,
aunque atribuyó a María altas prerrogativas espirituales, dice sin
embargo que en el momento de la pasión de Cristo, la espada de la
incredulidad atravesó el alma de María; que fue golpeada por el puñal
de la duda; y que Cristo también murió por sus pecados (Orígenes,
«In Luc. Hom. xvii).
- Del
mismo modo San Basilio escribe en el siglo IV: él vio en la
espada, de que habló Simeón, la duda que atravesó el alma de María
(Epístola 259).
- San
Juan Crisóstomo la acusó de ambición y de ponerse
indebidamente a sí misma delante cuando habló de Jesús en Cafarnaúm
(Mateo 12:46; Crisóstomo, Hom. xliv; cf. También «In Matt.», hom.
iv).
Pero
estas opiniones privadas dispersas sirven meramente para mostrar que la
teología es una ciencia progresiva. Si tuviéramos que hacer caso de
cuatro opiniones de toda la doctrina de los Padres sobre la santidad de la
Santísima Virgen, las cuales incluyen particularmente la experiencia implícita
de su inmaculada concepción, nos veríamos obligados a transcribir una
multitud de pasajes. En el testimonio de los Padres hay que insistir en
dos puntos sobre todo: su absoluta pureza y su posición como segunda Eva
(cf. 1 Cor 15:22).
María
como segunda Eva
Esta
celebrada comparación entre Eva, por algún tiempo inmaculada e
incorrupta –es decir, no sujeta al pecado original- y la Santísima
Virgen es desarrollado por:
- Justino
(Dialog. cum Tryphone, 100),
- Ireneo
(Contra Haereses, III, xxii, 4),
- Tertuliano
(De carne Christi, xvii),
- Julio
Firmico Materno (De errore profan. relig., xxvi),
- Cirilo
de Jerusalén (Catecheses, xii, 29),
- Epifanio
(Haeres., ixxviii, 18),
- Teodoto
de Ancyra (Or. in S. Deip., n. 11), y
- Sedulio
(Carmen paschale, II, 28).
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