| LA
HERMOSURA DE DIOS, REFLEJADA EN MARÍA
Y
así, una de las cosas en que Dios tiene más declarado la grandeza de su
bondad y sabiduría de su omnipotencia es en la santidad y perfección de
esta Virgen. Por la cual, si tuviésemos ojos para saber mirar y penetrar
la alteza de sus virtudes, en ninguna cosa de cuantas hay creadas se nos
presentaría tan claro el artificio y sabiduría de Dios como en ésta. De
manera que ni el sol, ni la luna, ni las estrellas, ni la tierra con todas
sus flores, ni el mar con todos sus peces, ni aún el cielo con todos sus
ángeles, nos declararían tanto las perfecciones y hermosura del Creador
como la alteza y perfección de esta Virgen. Por que si el Profeta
dice que es Dios admirable en sus santos (Sal 67, 36), ¿cuánto más lo
será en aquélla que es madre del Santo de los santos, en la cual sola
están juntas todas las prerrogativas de todos los santos?
Y
hay en esto dos cosas de grande admiración. La una es compadecerse toda
perfección en una criatura de carne y sangre como nosotros. No es
maravilla que un oficial haga más delicadas obras de oro y plata
que de una masa de barro, porque la masa sufre toda esa ventaja y
primor. No se espantan los hombres de ver un águila volar por cima de las
nubes, más espántase de ver trepar un hombre con dos arrobas de hierro
por cima de una cuerda. Quiero decir: no es maravilla que un ángel vuele
alto y sea más adornado de todo género de virtudes y perfecciones, pues
es sustancia espiritual, que un alma, que está cercada y vestida de
carne; mas que un alma, encerrada en un cuerpo sujeto a tantas miserias y
cercado de tantos sentidos, pase de vuelo sobre todos los ángeles en
perfección y sea más pura que las estrellas del cielo, es cosa de grande
de admiración.
No
es maravilla que ande limpia una dama que no tiene otro oficio más que
andar alrededor del estrado de la reina; mas aquella que toda su vida
anduviese sirviendo en una cocina entre los tizones y ollas, y que, con
todo eso, al cabo de cincuenta o sesenta años de servicio, salieses de
allí más limpia que aquella que está en el palacio real, esto sería de
mayor admiración.
Pues
según esto, ¿no es cosa admirable ver el alma de esta Virgen encerrada
en un cuerpo cercado de tantos sentidos y que en tantos años de vida
ninguno se le desmandase en un cabello; que nunca sus ojos se desmandasen
en ver, nunca sus oídos en oír nunca su paladar en gustar; que siendo
tantas veces necesario comer, y beber, y dormir y hablar, y negociar, y
salir de casa, y conversar con las criaturas, que llevase las cosas con
tanto compás, que jamás se desmandase en una palabra, ni en un
pensamiento, ni en un movimiento, ni en un afecto, ni en un bocado
demasiado? ¿A quien no pone en admiración este tan grande compás, esta
tan perfecta igualdad y orden y este concierto tan perpetuo como es el de
los mismos cielos y de sus movimientos?
Lo
segundo de que nos debemos espantar es de ver con cuán pocos ejercicios
llegó esta Virgen a tan alta perfección. El apóstol San Pablo discurriría
por el mundo, predicaba a los gentiles, disputaba con los judíos, escribía
epístolas, hacía milagros y otras cosas semejantes.
Mas
la sacratísima Virgen no entendía en estas obras, porque la condición y
estado de mujer no lo consentía. Sus principales ejercicios, después del
servcio y crianza de su Hijo, eran espirituales, eran obras de vida
contemplativa, aunque no faltaban, cuando eran necesarias, las de la vida
activa.
Pues
¿no es cosa de admiración que con tan poco estruendo de obras
exteriores, con los que pasaba en silencio dentro de aquel sagrado pecho,
dentro de aquel corazón virginal, mereciese tanto a Dios y ganase tanta
tierra o, por mejor decir, tanto cielo que pasase de vuelo sobre todos los
ángeles y sobre todos los querubines? Pues ¿qué sería esto? ¿Qué
pasaría en aquel corazón virginal de noche y de día? ¿Qué maitines, y
qué laudes, y qué Magnificat allí se cantarían? ¡Quién tuviera ojos
para poder penetrar los movimientos, los arrebatamientos, los ardores, los
resplandores y los excesos de amor y todo lo que pasaba en aquel sagrado
templo! Teníalos el Espíritu Santo cuando, enamorado de tan grande
perfección y hermosura decía: Hermosa eres, amiga mía, hermosa eres.
Tus ojos son de paloma, allende de lo que dentro está escondido (Ct 4,1);
porque esto solamente podían ver los ojos de Dios, mas no los ojos de los
hombres.
¿No
sería cosa maravillosa si hiciésemos a un tañedor que en una vihuela de
una o dos cuerdas, o en manicordio de una o dos teclas, tañese tantas
obras e hiciese tanta armonía como otro con un instrumento perfecto? Pues
¿no es maravilla que con sólo aquel corazón tañase e hiciese esta
Virgen tantas obras, obrase tantas maravillas y diese tantas y tan suaves
músicas a Dios?
Injustamente
os quejáis los que decís que sois pobres y enfermos diciendo que no tenéis
de qué hacer bien ni con qué padecer trabajos por amor de Dios. Basta
que tengáis corazón para poder amar a Dios y vacar a Dios, porque si de
ése os sabéis aprovechar, con él alcanzaréis grandes virtudes y con él
haréis innumerables servicios a Dios. ¿En qué entendías aquellos
Padres antiguos, aquellos monjes que vivían en los desiertos, sino en
contemplación noche y día? Aquel ocio es el mayor de los negocios, aquel
no hacer nada es sobre todo lo que se puede hacer. Porque allí el alma
religiosa, dentro de su retraimiento, alaba a Dios; allí ora, allí
adora, allía ama, allí teme, allí cree, allí espera, allí reverencia,
allí llora, allí se humilla delante de la majestad de Dios, allí canta
y pregona sus loores, allí hace todas las cosas tanto más puramente
cuanto más ocultamente y sin testigos humanos.
Indice
|