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CUENTOS

                                        

BUENA SUERTE, MALA SUERTE

   

En uno de mis numerosos viajes a Madrid por motivos sindicales, tuve la oportunidad de escuchar una conversación que me hizo reflexionar profundamente y me proporcionó una paz espiritual de la que carecía en aquellos críticos momentos.

 

Esperaba la llegada de un tren nocturno que, según anunciaron los altavoces llegaría con dos horas de retraso, debido al parecer a una avería en la máquina. En uno de los bancos de la sala de espera me dispuse resignadamente a matar el tiempo haciendo crucigramas. En el banco posterior, espalda con espalda, escuchaba distraído la conversación que hilaban dos personas ya entradas en años que a juzgar por su acento parecían ser oriundos de algún país centroamericano. Médico ella por lo que pude colegir y Analista Químico él, divagaban sobre esto y aquello cuando en un momento dado, la señora (ambos se trataban de Usted pero con evidente aprecio ) ante un comentario pesimista de su interlocutor, comenzó a contar la siguiente historia.

 

“ En un pueblo perdido en las montañas de China vivía una familia muy pobre de tal manera que el hijo más joven, intentando buscarse un futuro, optó por coger un hatillo e irse a la llanura para probar fortuna lejos de su familia.

 

 Por el camino, encontró una manada de caballos y como era buen jinete, decidió cazar uno de ellos y volver a su pueblo para comerciar con él. Así lo hizo pero, cual no sería su sorpresa cuando vio que toda la manada le seguía. Sin darse cuenta había capturado al caballo dominante.

 

El joven vendió los caballos e hizo una pequeña fortuna. Los vecinos por agradar a su padre, le decían: “ ¡Que buena suerte ha tenido su hijo!” .

A lo que el anciano contestaba: “ Buena suerte, mala suerte... ¡Quien sabe!.

 

El joven que se había quedado con el mejor de los caballos y lo montaba a menudo en una de sus correrías se cayó, rompiéndose una pierna.

 

De nuevo los vecinos fueron a visitar a su padre para expresarle sus condolencias por la mala fortuna de su hijo, pero él volvió a contestarles: “ Buena suerte, mala suerte... ¡ Quien sabe!”.

 

Por aquellas fechas estalló una terrible guerra y llegaron el pueblo los emisarios del Gobierno para llevarse a todos los jóvenes útiles al objeto de que se incorporaran a la milicia. Muy pocos fueron los que se salvaron de ir al combate y muchos de ellos murieron en el campo de batalla, pero nuestro protagonista fue uno de los que se quedaron debido a su pierna herida.

 

Nuevamente los amigos del anciano fueron a felicitarle por su buena estrella y también en esta ocasión el anciano les replicó de la misma manera: “ Buena suerte, mala suerte... ¡Quien sabe!”

 

Aun hubo ocasión de que el anciano tuviera que repetir su contestación pero contarlo no añadiría más sentido a nuestra historia “.

 

Cuando la Doctora hubo terminado de contar su historia y tras un breve silencio su interlocutor no pudo por menos que admitir que había entendido aquella especie de parábola y que en efecto a menudo nuestro pesimismo se basa en situaciones coyunturales que pueden cambiar en cualquier momento.

 

También a mi me había hecho reflexionar aquel cuento que aplicado a mi estado de ánimo me produjo una sensación de serenidad que me ayudó a ver la relatividad de los problemas que hasta entonces me habían estado agobiando y a los cuales se había sumado el retraso de mi tren. Casi sin darme cuenta repetí en voz alta las palabras del anciano: “ Buena suerte, mala suerte... ¡Quien sabe!.

 

Mis dos compañeros de banco volvieron la cabeza hacia mí y se me quedaron mirando con una leve e inteligente sonrisa. Azorado, les correspondí de la misma manera.  

 

 

   

       EL HOMBRE QUE NUNCA HABÍA VISTO EL MAR

 

Erase que se era un anciano que nunca había visto el mar. Un día que estaba descansando de recoger leña para el invierno sentado en una roca escuchó una voz que le decía:

 “ ¡ Por favor anciano, ayúdame a salir!”

 El anciano miraba a su alrededor y no veía a nadie, pero la vocecita seguía gritando:

 “ ¡ Socorro anciano, si me ayudas te sabré recompensar. Estoy aquí, en el árbol ¡ ”

 El anciano miró hacia un vetusto roble que había al lado y cual no sería su asombro cuando descubrió entre sus ramas a una diminuta muchacha con un par de alas transparentes, una de las cuales, se había enganchado y no podía salir. Por un momento no supo lo que hacer pero su buen corazón se impuso a su sorpresa y con paso raudo se dirigió hacia allí. Trepó como pudo y en un santiamén había liberado a aquel extraño ser que volando rápidamente desapareció entre las nubes.

 Aquella tarde, cuando regresó a su casa con la leña pensando en el raro suceso, observó que alguien había encendido una luz dentro de su pobre cabaña. Soltó la leña y corrió hacia la puerta casi sin resuello. En el centro de la estancia se encontraba la joven alada que había puesto a salvo en el bosque.

 “¿Quién eres?” – le preguntó

 “ Soy Davinia – respondió ella – la Guardiana del Bosque. Tengo grandes poderes pero no puedo usarlos en mi propio beneficio, por lo cual, si no hubiera sido por ti, aún estaría apresada entre aquellas ramas. Por tu buen corazón voy a hacer cumplir cualquier deseo que me pidas”.

 Diciendo esto, sacó una varita mágica con la que trazó un circulo en el suelo transformándose en una bellísima princesa.

 " ¿ Cómo te llamas noble anciano? “ – continuó la princesa.

 “ Me llamo Sebastián – respondió él.

 “ Bien, Sebastián, pide tu deseo y será cumplido”

 Sebastián reflexionó durante algunos segundos. A su mente acudían fabulosos tesoros, castillos maravillosos con cientos de sirvientes, trajes maravillosos de oro fino y carruajes como los de los cuentos de hadas. Pero de pronto recordó que había una cosa que deseaba más que todo aquello y sin dudar, respondió:

 “ Quiero conocer el mar”

 La Guardiana del Bosque, asombrada, quiso asegurarse de tan insólita petición.

 “ ¡ Como!, ¿ No deseas riquezas ni juventud ni palacios de cristal ?. ¿ Estás seguro de tu deseo?.

 “ ¡ Oh, sí, estoy bien seguro!”.

 “ Bien, pues: ¡ Así sea! ” – y diciendo esto, levantó la varita mágica y miles de estrellitas aparecieron en el aire, cegando al pobre Sebastián.

 Cuando por fin abrió los ojos, algo maravilloso había ocurrido. Frente a él, se extendía una brillante y sinuosa manta de arena que se adentraba en una enorme extensión de agua de un precioso color azul, igual que el cielo y sobre ella navegaban blancos veleros.

 No pudo contener la emoción que le embargaba y exclamó:

 “ ¡ Gracias, Dios mío ! – y rompió a llorar.  

         

   

                                        LA CHACARITA - 1                               

                           Cosas  de la radio

En un barrio de Buenos Aires que está al lado del cementerio conocido por La Chacarita y formado por una sola calle con casitas de dos o tres pisos adosadas a ambos lados, vive un hombre que se apellida Casanova. Este hombre, cuenta unas historias que parecen increíbles. Quizás lo sean, pero en cualquier caso, no dejan de ser interesantes, es por eso que voy a tratar de transcribir un par de ellas tal como se las oí contar, para solaz del aventurado lector que ha llegado hasta estas líneas.

 La primera , trata de dos emigrantes polacos que allí vivían, tan pobres, tan pobres, que solo tenían un par de zapatos para los dos. Pero se las apañaron para buscar un trabajo compartido y de esa manera usar equitativamente el único calzado. De tal forma que para trabajar por la mañana, uno de ellos, usaba los zapatos los Lunes Miércoles y Viernes y el otro los Martes Jueves y Sábado. Por la tarde, invertían los papeles para salir a pasear y el Domingo, lo dedicaban a limpiar los zapatos y darles brillo. Uno el zapato izquierdo y el otro el zapato derecho.

 Quiso el azar que les  tocara un pequeño premio en metálico en una rifa emplearlo en la compra de un par de zapatos nuevos. Aquello, sin embargo, trastocaba en cierto modo la organización anterior por lo que tuvieron que llegar a un nuevo acuerdo para ver quien se ponía los zapatos viejos y quien los nuevos.

  Al fin dieron con la solución. Usarían los zapatos viejos para trabajar y el que no trabajara  ese día utilizaría los nuevos para salir de paseo. Uno, los Lunes Miércoles y Viernes y el otro, los Martes Jueves y Sábados. El Domingo lo dedicarían a limpiarlos y sacarles brillo.

  Uno los dos zapatos del lado izquierdo y el otro los dos zapatos del lado derecho. 

¡ Curioso! ¿Verdad?

 

Y…  2

  Allí en la Chacarita reina una buena vecindad y ese es el motivo de nuestra segunda historia.

 En una ocasión, una señora que se marchaba de la ciudad por un tiempo, pidió a su vecina que durante su ausencia, cuidara de su maceta hasta su regreso y esta aceptó el encargo.

 Al principio, la vecina sacaba diariamente la maceta al balcón para que le diera el aire pero la planta no crecía por lo que acudió a su madre para que la aconsejara, La madre sugirió que quizás lo que necesitaba la planta era más sol. Así que la buena vecina subía diariamente los tres pisos de escalera para llevar la planta hasta la azotea y al atardecer, volvía a bajarla para que no se helara. Pero la planta seguía sin crecer.

 Entonces recordó que en la esquina de la calle había un chino que tenía una floristería. y fue a pedirle consejo. El chino le contestó en chino por lo que no se enteró de nada pero le ofreció unas barritas de color verde con las instrucciones en alemán.

 La vecina que era muy voluntariosa logró traducir las instrucciones que indicaban que era una especie de abono que había que introducir en la tierra de la maceta. Así lo hizo. Sin embargo, al cabo de unas semanas, observó que la planta, a pesar de todo, continuaba con el mismo tamaño.

 La buena vecina estaba tan desesperada que en un acceso de ira tiró la maceta a la calle a través del balcón.

 La maceta, que era de plástico, con el impacto del golpe se rompió, dejando toda la tierra desperdigada por la calle y la planta, que también era de plástico, rodando rodando, fue a parar cerca de un husillo y allí quedó brillando al sol del mediodía.

 Verdaderamente, en La Chacarita todos los días ocurren cosas como estas y podríamos estar escuchando las historias de Casanova durante mucho, mucho tiempo, pero de momento lo dejaremos aquí para no cansar al sufrido lector.

 

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