TRIFÓN
CAPITULO
1
TRIFON
La entrada de Trifón Salustre en la oficina, causó sensación. Cien kilos de humanidad abriendo la hoja de la puerta de entrada como si se tratara de papel y dirigiéndose a través de las mesas y los ojos abiertos, directamente al despacho de D. Tomás Jara, nuestro director.
“
Viene de Sonotora, allá en el Norte – dice Gracita, la joven secretaria de D.
Tomás que se entera de todo – Le mandan castigado. Dicen que es del Sindicato
y que no le quieren allí. Como aquí somos pocos y está tan lejos por eso lo
han trasladado. Estudió para médico, pero, ya ves, de oficinista en una
sucursal de TRANSRAIL, a mil kilómetros de su ciudad”.
D.
Tomás sale delante de Trifón Salustre y le señala una mesa atestada de
papeles entre Gracita y Ramiro Puebla. Al otro lado del pasillo, justo dando la
espalda al despacho del ingeniero Paradas, está su secretaria, Aida Rincon, a
continuación, perpendicular a ella y frente a la de Trifón, la mesa de Evelio
Uribe y a su lado, casi pegado al pequeño mostrador que hay en la entrada,
estoy yo, José Alcántara, más conocido por
“Joche”. La plantilla de la oficina se completa con el “niño
Sierra”, que casi nunca está cuando se le necesita.
Bueno…
¡Que casi nunca está!.
D. Tomas nos va presentando desde la puerta de su despacho, señalándonos con la mano y a cada nombre, Trifón asiente con la cabeza. Los ojos de Trifón, sobresaliendo de entre las espesas cejas, parecen saludarnos, mientras sus labios ocultos por un tupido bigote que llega hasta la redonda barbilla, permanecen cerrados. El pelo negro y brillante, peinado hacia atrás, le descubre una frente no muy ancha, pero despejada e inteligente
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Si
“Meyer & Sanders” no hubiera pasado por Palmarosa, nadie se hubiera
acordado de nuestras bananas y tampoco hubiera llegado el ferrocarril, ni se
hubiera construido la presa del Chaca, ni hubiéramos tenido otro comercio que
la pulpería de Roque Castro. Ahora en cambio, no solo hay cafeterías y
comercios de todas clases; tenemos además, un Restaurante y un pequeño
Hotel donde suelen alojarse los comerciantes de fruta y los políticos cuando
vienen a inaugurar alguna obra.
Lo último que se inauguró fue la Biblioteca Pública “Ramón
Orozco”, en memoria de nuestro fallecido Presidente de la República, aunque a
decir verdad, desde entonces, las únicas visitas que recibe son los chicos de
la clase de música, lunes y jueves, de siete a nueve y por último, la mía,
cuando voy a recoger a Luz Divina, mi novia, que es la directora del Centro.
Luego,
nos vamos callejeando sin prisa por el pueblo hasta llegar a la
plaza del Palacio Mejias, que es como se le llama al enorme caserón
estilo colonial en que se ubica actualmente el Ayuntamiento. Luz Divina vive con
sus padres, justamente enfrente, en una casita de dos plantas y fachada de
ladrillo.
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“Es
como contar un cuento”. Dice el chico tumefacto que una vez se cayó de una
palmera.
Dice:
“Empiezas con una palabra y de ahí saldrá todo el cuento”
Después
de traumatología lo llevaron a cardiovascular y anduvo en manos de varios
especialistas de la piel, con nulo resultado. Aún está tumefacto. Y eso que es
de dinero. Y muy culto.
“
Si no te sale a la primera es mejor que lo dejes”
Por
un ojo no ve bien a pesar de las gafas y hace guiños como si no pudiera creer.
“Por
ejemplo: Carnicero. ¿Qué te dice? … ¿Algo te ha de decir, no?
…Carnicero…”
Se
toca la cicatriz del labio para sacarse las palabras. Pellizcándolas. Y le
salen.
“Es
un ejemplo. Por empezar, ya sabes…”
Se
cae lentamente la tarde. La mella de su sonrisa.
“¡Es
que no sé…!”
“¡Cómo
no has de saber, Joche, claro que sí!”
Se
desespera y al trébol del pómulo le crece un brillo oscuro. “ Tiene mala la
sangre “ Dicen los médicos.
“¡Venga
hombre! …Carnicero…”
Y
se queda con el dedo en el aire guiñando y sonriendo su cicatriz, la mella.
“Los
carniceros, que matan en las
guerras…”
“¡Hombre,
no! ¿Qué clase de cuento es ese de las guerras?. Te estoy diciendo que hacer
una poesía es como contar un cuento, pero eso…”
Se
está marchando con sus pasos de renco. Y su mella. Y la palmera. Y aún dice
por lo bajo…
“¡
Las guerras, las guerras…! ¿Dónde se ha visto un cuento que empiece con las
guerras? ¡ Cómo va a ser poesía…!”
Pantaleón
marchándose.
CAPITULO 2
PANTALEON
D.
Gregorio Peñalver y Narváez, había nacido en Palacio Mejías, cincuenta y
ocho años antes y su madre fue “Ama” Rebeca. Su padre pudo ser el viejo
Damián Mejías, un norteño, descendiente de rancio abolengo hispánico, que
hundía sus raíces en la luminosa y lejana ciudad de Sevilla. Este hombre, que
tras un pasado borrascoso había conseguido una pequeña fortuna, se estableció
en Palmarosa, reformando y acondicionando el viejo caserón que desde entonces
llevaría su apellido.
Cuando
su joven ama de llaves dio a luz, D. Damián la casó con un representante de
licores, un tal Rosario Peñalver, que pasó por allí y que una vez terminada
la ceremonia, desapareció y nunca más se le volvió a ver por aquellos
lugares. D. Damián como padrino del niño, se ocupó de que estudiara la
carrera de abogado en la vecina ciudad de Canaigua, capital de la comarca de
dicho nombre.
Años
más tarde, ya con su flamante titulo colgado en la pared, uno de los primeros
trabajos que tuvo que hacer como albacea del viejo aventurero, fue, al
fallecimiento de éste, poner en orden su testamento, por medio del cual, cedía
en usufructo el Palacio Mejías a su madre. Sin embargo, como si pensara que ya
había hecho bastante por su ahijado, a la muerte de “Ama” Rebeca, la
propiedad del inmueble pasaba a ser patrimonio del pueblo, con la única condición
de que en adelante, sus dependencias se constituyeran como nueva sede del
Ayuntamiento de Palmarosa.
D.
Gregorio, naturalmente, fue nombrado Alcalde de Palmarosa y se casó con Doña
Anita, una muchacha amable y callada que le dio un hijo al que pusieron de
nombre Pantaleón. Al año siguiente nació su hermana Rosa.
Acaso intentando repetir la historia que tan buen resultado
había dado con él, D. Gregorio envió a Pantaleón a Canaigua, con unos
parientes de su mujer, para que estudiase la carrera de Notario. Un año después,
yo también ingresé en el Colegio Superior de Derecho de Canaigua, en el cual,
con el tiempo, conseguiría graduarme
como Licenciado. Allí nos conocimos por primera vez y nos hicimos amigos.
Cuando llegaron las vacaciones y regresamos a Palmarosa, me presentó a sus
amigos y me incorporé de inmediato a la
pandilla.
A
Pantaleón como a mí, le encantaba la lectura, pero además tenía a su
disposición la enorme biblioteca del Palacio. Yo que por aquel entonces estaba
enamorado de su hermana Rosa, pretendía conquistarla con mis primeros trabajos
literarios, unas poesías elaboradísimas, por lo que utilizaba aquella
biblioteca tanto o más que el propio Pantaleón.
Pantaleón
era un chico muy listo, pero no era muy fuerte, motivo quizás por el cual,
continuamente se sometía a sí mismo, a retos y pruebas para demostrar que podía
estar a la altura de las circunstancias con el resto de la pandilla. Un día, en
una de sus estúpidas demostraciones se subió a lo alto de una palmera, con tan
mala fortuna que resbaló y cayó al suelo, salvando la vida milagrosamente. A
consecuencia de la caída, le quedó una cojera permanente, un moratón en el pómulo
derecho que los médicos fueron incapaces de eliminar, una pequeña cicatriz en
el labio y algunas otras secuelas algo menos evidentes.
Por
aquel tiempo aún no había empezado a beber. Eso fue mucho después, cuando se
vino de Canaigua faltándole solo un examen para recibir el titulo de Notario.
Ya para entonces, su hermana Rosa se había quedado embarazada de un americano y
se había ido con él a Hollywood, donde alguien que la había visto, comentó
que se había hecho artista de cine. Cuando llegaron las primeras películas
mudas a Palmarosa, yo no me perdía ni una, con la esperanza puesta en
reconocerla, pero desgraciadamente, no volvimos a tener noticias de ella.
D.
Gregorio que esperaba compensar aquella pérdida con el regreso triunfal de su
hijo, por supuesto con el titulo debajo del brazo, cayó en una profunda depresión
al enterarse de que Pantaleón también le había decepcionado. No obstante, D.
Gregorio era un hombre pragmático y en la primera ocasión que tuvo, influyó
para que nombrasen a su hijo Delegado Comarcal de Meyer & Sanders con sede
en Palmarosa.
En
realidad, Pantaleón, había empezado a beber un poco antes de venirse de
Canaigua. La culpa de eso y posiblemente también de que no terminara la
carrera, pudo tenerla una tal Esmeralda Villar,
alias, “La Boleros”, una cantante de teatro de reputación dudosa,
que lo tuvo encandilado todo un año, hasta que al final, lo dejó por un
torerillo de poca fortuna que pasó por allí.
Desde ese momento, como si su debilitado organismo tuviera la
culpa de su fracaso amoroso, se dedicó a castigarlo a base de llevarlo al límite
de su resistencia al alcohol. En algunas ocasiones, dado que yo era su mejor
amigo, solían avisarme para que fuera a recogerlo a la pulpería de D. Roque
porque no podía ni siquiera tenerse en pié. Las más de las veces, Luz Divina,
la hija de D. Roque, me ayudaba en las tareas de rescate, lo que propició que
empezáramos a salir juntos y nos enamorásemos.
D.
Gregorio no quería saber nada de las andanzas de su hijo. ¿Para eso lo he
educado yo?- decía a su mujer cuando, entre Luz Divina y yo, conseguíamos
arrastrarlo hasta su casa - ¡Anda Anita, llévatelo a la cama que no quiero ni
verlo!. Sin ningún miramiento, lo echábamos en su cama, mientras Pantaleón,
seguía declamando a voz en grito “La canción del Pirata”
de José de Espronceda: “¡Con cien cañones por bandaaa…
viento en popa a toda velaaa…!”
Con
veinticinco años tuvo Pantaleón el primer aviso serio de su hígado. Fue poco
antes de que Trifón Salustre llegara
a nuestra oficina. Entró corriendo “niño Sierra”, llegó sin aliento hasta
mi mesa y tirándome del brazo, tartamudo como era, repetía a voces:
-
¡Sr. Jo-Joche, que Pan… que Pantan… Pantaleón se mmuere. Co-corra
Sr. Jo-Joche!.
-
¡ Vete con él, a ver que pasa ! – me aconsejó el ingeniero Paradas
- Yo me encargo de explicárselo a D.
Tomás cuando vuelva.
Pantaleón
se llevó tres días en la cama, como muerto y el Dr. le diagnosticó, ataque de
cirrosis aguda. - ¡Que nada, que se muere! - pero mi amigo era tan cabezón que
por llevarle la contraria al médico, no se murió. Es más, en cuanto pudo
levantarse, lo primero que hizo fue, ir tambaleándose hasta la cocina y meterse
entre pecho y espalda un gran trago de Ron, ante los aterrorizados ojos de su
madre que no daba crédito a lo que estaba viendo. Después se bañó, se arregló,
se marchó a la Delegación de
Sanders & Meyer, se metió en su despacho y se puso a trabajar como si nada
hubiera pasado.
Fue
por aquellas fechas cuando Pantaleón decidió dos cosas. Una, que ya había
bebido suficiente alcohol y otra que debía encontrar una ocupación para llenar
el tiempo y las energías que, probablemente le iban a sobrar.
La
idea que tomó forma en su cabeza, consistió en la creación de una tertulia
literaria y cultural, con el fin, según él, de “…avivar el espíritu
adormilado de este pueblo para que encuentre su propia identidad”.
La
tertulia se llamaría “La veleta literaria” y aunque su primera sede fue (a
petición mía) la pulpería de D. Roque, posteriormente, por cuestión de
espacio, la trasladamos al Restaurante “Casa Oruba”, una zona de reciente
construcción al otro lado de la carretera, donde también se hallaba el Hotel
Bristol y los almacenes de Meyer & Sanders. Dentro del Restaurante, en el
rincón más alejado de la puerta, nos reuníamos al caer la tarde para hablar
de los temas culturales del día y de paso tomar unos mescalitos con tacos que
como todo el mundo sabe es una buena receta para avivar la imaginación.
Lo
malo fue cuando apareció la política… Pero ya habrá tiempo para hablar de
eso más adelante.
CAPITULO
3
MATANCHA
Matancha,
la indiecita chocolate que teje cestos de palma y collares de dientes de jaguar,
ve pasar a Otambó y se le traban los dedos y tiene que parar hasta que la
sangre se canse de correr.
Su
madre dice: “Es pobre. Y es negro. Y se irá. No lo mires, mi niña, porque
los ojos de los negros se llevan la alegría de quién los mira. ¡Escucha a “mama” Oruba! ¡Escúchala!”
Pero
Matancha ya no tiene oídos más que para los pasos de Otambó. Ya no tiene
remedio. Ni siquiera el amuleto de rabo de lagarto que le cuelga del cuello la
sosiega.
Mira
y mira y mira hasta que la oscura sombra de Otambó se confunde con las sombras
de la selva. Solo entonces recoge sus collares y sus cestos y se mete con
desgana en la cabaña.
Dice
“mama” Oruba que cuando Matancha entra en la choza, sus ojos iluminan hasta
las paredes y eso es porque por ahí, por la ventanita de los ojos se está
derramando la luz de su corazón por culpa de ese negro y que es pobre y se irá
y que entonces: ¡Que será de “mama” Oruba cuando se apague la llamita del
corazón de su niña!
Pero
Matancha sueña esa noche que el negro Otambó es grande y luminoso como el Sol
y ella es una palmera alta, alta… y sus brazos son palmas recibiendo sus rayos
que pasan a través del tronco convirtiéndose en savia retumbando y retumbando
en su corazón amarillo y vegetal.
A
la mañana siguiente, quiere contarle el sueño a su madre pero no se atreve.
Por eso le pregunta:
Dime,
“mama” Oruba: ¿ Porqué las bananas son tan dulces y tan amarillas?
Su
madre se le queda mirando y no dice nada pero Matancha sabe, porque lo siente aún
por toda la piel, cual es la verdadera respuesta.
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Con casi cuarenta años, Matancha seguía siendo la india más guapa de toda la región. No muy alta pero bien proporcionada, podía presumir de tener una cintura virginal y unos ojos negros y luminosos como carbones encendidos. Entre las vecinas corre el rumor de que no se casó porque estaba enamorada del negro Otambó al que muchos años atrás se lo llevaron para la guerra. Quizás por eso, no quiso comprometerse con ninguno de los pretendientes que la cortejaron. El caso es que esperando, esperando, se le pasó la edad de casadera y Otambó nunca volvió. Últimamente se le había visto tonteando con Mike, el capataz de Meyer & Sanders.
La
madre de Matancha, durante sus muchos años como curandera había ahorrado
alguna plata. Cuando murió, ese dinero le sirvió a su hija para comprar un
pequeño local en el que servía comidas a los trabajadores del ferrocarril. Más
adelante, cuando Meyer & Sanders empezó a tomar importancia, pudo ampliar
el negocio, instalándose en la zona nueva y lo transformó en Bar-Restaurante,
de acuerdo a las nuevas modas. En memoria de su madre le puso por nombre “Casa
Oruba”
No mucho tiempo después, fue cuando los socios de “La
veleta literaria” decidimos que habíamos encontrado, allí, el lugar ideal
para nuestras excursiones culturales.
Matancha
no es muy habladora pero, a veces, cuando al calor de las discusiones se
disparan los gritos, se nos pone delante con los brazos cruzados sobre el pecho
y eso es suficiente para aplacar los ánimos. Solo cuando, por efecto de un
exceso mal asimilado de alcohol, alguno de los contertulios se pone más pesado
de la cuenta, es el chino Tung, con modales algo más drásticos quien se
encarga de poner paz en el gallinero.
Un
día apareció por “Casa Oruba”
mi compañero Trifón Salustre. En el tiempo que llevaba en la oficina, apenas
se le veía por los bares. Había alquilado una habitación a Doña Hermes y según
comentaba, prefería una buena lectura a visitar los bares del pueblo.
Sin
embargo aquella tarde nos sorprendió a todos cuando su imponente corpachón,
anubló la poca luz del atardecer interponiéndose en la puerta de cristales de
la entrada.
Se
dirigió al mostrador y le pidió al chino Tung una copa de licor de palma. Se
volvió parpadeando un poco, como acostumbrándose a la luz del interior y solo
entonces me reconoció, haciendo un gesto con la mano en señal de saludo al que yo correspondí acercándome hacia él. Ante la
curiosidad de mis contertulios pensé que lo mejor que podía hacer era
presentarlo en sociedad y con el consentimiento del grupo lo llevé a la mesa y
lo fui presentando uno por uno.
-
Encantado Sergio.
-
Hilario Villegas, maestro en el Centro de Secundaria y este – dije señalando
al animalillo peludo echado en el suelo - su perro: Saúl
El
perro al sentirse nombrado enderezó las orejas pero no se movió de entre las
piernas de su amo.
-
A Pantaleón, solo de oírme hablar de él, ya casi debes conocerlo.
-
Desde luego – sonrió Trifón a través del bigote – Joche dice que
eres su mejor amigo.
La
manita de Pantaleón, que se había levantado para saludarle, se perdió entre
la enorme zarpa de mi compañero de trabajo. Por un momento pareció que iba a
gritar pero solo musitó un: “Encantamm” y volvió a sentarse de inmediato
con gesto taciturno. Le ofrecí una silla a Trifón y se acomodó entre nosotros
como si hubiera estado allí toda la vida.
Aquella
tarde, la conversación derivó hacia el tema de los viajes y la diferencia no
solo de clima sino también cultural entre el Norte y nuestro olvidado Sur,
donde con suerte apenas si nos llegaba un único diario, naturalmente, “La
Gaceta Nacional”, órgano de expresión oficial del Gobierno. Pantaleón,
normalmente dicharachero, pareció apagarse por momentos ante la curiosidad que
despertaban los comentarios del forastero y a la primera oportunidad que tuvo
optó por mascullar una excusa y desaparecer cojeando hacia la puerta.
Sin
saber porqué, al verle salir, sentí en el estomago una extraña sensación,
una especie de vacío momentáneo, que me llevó a pensar en que algo ( ignoraba
en que sentido) estaba a punto de cambiar.
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Se
encoge, barrilito peludo, sin mirada al vozarrón de rabia que le ha escondido
el rabo y se aplasta, casi color de albero, camuflándose tras de un árbol,
pensando, no sé si como hombre o como perro: “Lo último que hice,
ha sido oler. Oler para saber. ¿Cómo puede ser malo?”
¡
Sauúl! – Tiembla en su piel la voz del amo.”No respirar. No oler ”
Lo
busca el maestro Hilario. La tralla de su impaciencia surca el aire a su
encuentro.
¡
Maldito perro! ¡Ven de una vez, ó, voy yo a por ti!
“No
mirar. No moverme. Va a castigarme. Quieto”
¡Ya
me cansé! ¡ Saúl, ven aquí! ¡ Será mejor que vengas porque te espera esto
como tenga que traerte …!
Le
enseña la correa. La cólera de cuero se balancea en su mano.
Mancha
peluda, albero, arrastrándose unos pasos, agacha la cabeza, sin encontrarse el
rabo, se para, mira, piensa, no sé si como hombre o como perro:
“
Será mejor correr. El látigo se acerca. Si pudiera desclavar las pezuñas del
suelo…”
¡Me
vas a enfadar, Saúl! ¡Te la estás ganando! – Coge una piedra del suelo, se
la arroja con fuerza y tan cerca da, que salpica, la arena, el hocico brillante
de Saúl.
¡Venga
a casa, Saúl! - Hilario hace el intento de correr hacia él.
Pero
es el perro quien salta de improviso en dirección contraria, con la zancada
amenazadora del hombre a sus espaldas. Saúl, corriendo, no sé si piensa como
perro o como hombre. No sé si piensa. Corre y corre y corre persiguiendo el
tiempo, el miedo, la ciudad, hacia
el amparo seguro de la casa, donde la voz del amo se tornará tranquila como
siempre.
¿ Cómo podría saber que aquel día, aquella oscura esquina,
le estaba esperando a él, precisamente a él ?
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Pantaleón
tenía coche, se lo había regalado su padre, D. Gregorio, el día que regresó
de Canaigua, antes de saber que no había terminado los estudios. Aunque al
principio le prohibió que lo cogiera, al cabo de un tiempo, acabó por aceptar
que lo usara para viajes de trabajo
fuera del pueblo.
En
Palmarosa no hay mucho sitio para conducir, a excepción del trozo de carretera,
que la divide en dos, por
tanto, Pantaleón, solo cogía el coche cuando tenía que acompañar a algún
jefazo de la Compañía que de tarde en tarde, venia a comprobar la buena salud
de su negocio. Sin embargo aquella tarde, se le antojó ir a la tertulia en su
Ford, negro como una cucaracha, por el simple capricho de pasear un poco por el
pueblo y de camino, hacerle algún rodaje, ya que había pasado bastante tiempo
desde la última vez que lo movió.
Al
llegar, comprobó que no podría acercarse hasta la misma puerta del
Restaurante, porque un carro se había atravesado en la calle y le impedía
pasar, por tanto se conformó con aparcar una calle más abajo y continuó el
resto del trayecto a pié.
Ese
día fue la segunda vez que Trifón Salustre se había acercado hasta “casa”
Oruba y cuando Pantaleón hizo su aparición, se lo encontró sentado con
nosotros. Esto no debió hacerle demasiada gracia. Se pellizcó el labio,
costumbre habitual en él cuando algo le contrariaba, acercó su silla y se sentó,
justo al lado de Trifón.
Hubo
otro detalle que al menos a mí me llenó de preocupación. Fue cuando a
requerimiento de Trifón, que no conocía su problema con el alcohol, le
aceptó una copa de Ron que
se tomó sorbito a sorbito como si fuera la primera de su vida. Antes de que la
hubiera acabado, ya estaba el amigo Trifón llamando al chino Tung para que le
sirviera otra. Pantaleón sin hacer el más mínimo caso de mis diatribas, le
dio un pequeño sorbo para certificar que ésta, seguiría el mismo camino que
la anterior.
Aquel
día, el maestro Hilario, había empezado a hablar sobre la intervención de los
escritores en la Revolución Francesa. Su tesis sostenía que ellos, los
intelectuales, fueron los impulsores y el motor de la misma. Por supuesto los
excluía de las indeseadas consecuencias funestas, crímenes y tropelías de
todas clases, que achacaba al “afán revanchista de la plebe” (según sus
propias palabras).
Hasta
la llegada de Pantaleón, mi compañero Trifón, había permanecido en silencio,
respetando las distintas intervenciones de Sergio Aguilar y la mía propia, que
con distintos matices, estábamos de acuerdo en lo fundamental con la opinión
de Hilario. Hubo sin embargo una intervención que lo sacó de su mutismo. Fue
la del Ingeniero Paradas, que comentó displicentemente que “el populacho
sigue las consignas de cualquiera que se ponga al frente”.
Al
principio con una voz ronca y suave que nos obligaba a atender para oír lo que
decía y poco a poco, como si sus mismas palabras le insuflasen las fuerzas de
las que parecía carecer un momento antes, empezó a hablar en un lenguaje,
sencillo, pero a la vez desconocido para nosotros. Sus ideas se deslizaban
claras concretas y evidentes como si aquel discurso lo hubiera estado estudiando
durante toda su vida.
En
resumen, explicaba que en cualquier Revolución, y la Francesa no era una de las
excepciones, es el pueblo con sus actuaciones el que arrastra a los
intelectuales y no al contrario aunque, y ahí estaba la clave de la equivocación,
cuando consiguen ponerse al frente de ellas, su máximo interés consiste en
frenar el desarrollo natural de la misma y al final terminan enterrando el espíritu
inicial que las guiaba, para imponer sus propias ambiciones de poder.
De
tal forma nos invadió con su discurso que cuando terminó, ninguno de los
presentes se atrevió a tomar la palabra durante un largo rato.
Trifón
aprovechó la pausa para pedirle más bebida al chino Tung. Hilario se excusó.
Al parecer tenía que corregir unos exámenes para el día siguiente. El perro
que ya hacía un buen rato que no dejaba de dar vueltas a su alrededor, corrió
alegre hacia la puerta sin esperar, como solía hacer, a que el maestro le
pusiera la correa al cuello. “Debe haber alguna perra en celo por los
alrededores”, pensó Hilario con fastidio. Pero no le dio demasiada
importancia, Saul era un perro bastante obediente.
Unos momentos mas tarde, también Pantaleón, salió tambaleándose
de “casa Oruba”. Estaba anocheciendo y las sombras y la soledad, se iban
apoderando de las calles. Tardó en encontrar el sitio donde había dejado
aparcado su viejo Ford, negro como una cucaracha.
Tras
un par de intentos, consiguió ponerlo en marcha y enfiló la calle abajo
procurando ir lo más despacio posible. A pesar de todo, el coche se escoraba a
un lado y al otro, por lo que Pantaleón tenía que hacer frecuentes
correcciones. Sin embargo al percatarse de que las calles se quedaban desiertas
por momentos, se atrevió a aumentar un poco más la velocidad. Cruzó la
carretera y al llegar a la altura de la Cuesta de las Corrientes, se dejó caer.
Ahora, todo recto. Un par de manzanas más y estaría en casa.
Le
pareció escuchar unas lejanas voces, pero no le dio la menor importancia. De
pronto, a su izquierda, algo salió como un cohete, como si un tentáculo de la
misma esquina se hubiera prolongado de repente cruzándose delante del coche. Ni
sus reflejos ni su experiencia estaban preparados para evitar el encuentro. Cerró
los ojos y sintió un golpe seco y blando al tiempo que pisaba el freno con toda
la energía que pudo acumular. El morro del Ford se detuvo a solo unos centímetros
de la esquina contraria.
Cuando
pudo abrir los ojos descubrió, a
unos pasos de él, el rostro
desencajado del maestro Hilario que con el brazo levantado le enseñaba la
correa de Saúl. A su lado, un bulto oscuro y quieto, yacía en el suelo,
desangrándose. El maestro, abría y cerraba la boca espasmódicamente sin
conseguir articular una sola palabra.
CAPITULO
4
SAUL
La
compañía bananera, podía haber nombrado Delegado para la comarca a cualquier
otro con más experiencia que Pantaleón, más veterano en esas lides, pero
Meyer & Sanders, donde quiera que llegaba, se pegaba al terreno. Esa era la
política que la había llevado a la inmejorable situación en que ahora se
encontraba. Por otra parte: ¡Quién mejor para representar a la compañía que
el hijo del propio Alcalde de Palmarosa!
Ante
los ojos del pueblo, el origen norteamericano de la empresa, quedaba enmascarado
por la imagen familiar, del joven
directivo. Y de paso, se evitaban las posibles complicaciones legales, en relación
con los terrenos en que se ubicaban las plantaciones. Más de un hacendado que
no quería vender, se encontró de pronto que tenía más problemas pendientes
con el Ayuntamiento de los que pudiera imaginar.
El trato con el personal quedaba reservado a los capataces, dirigidos por Mike “El Chato”, un americano enviado por la empresa desde su sede principal en California, del que Pantaleón sospechaba que era, para la Compañía, algo más que un simple Jefe de Equipo.
Mike
“El Chato” tendría unos cuarenta años y para ser americano, no era lo que
se dice demasiado alto, pero su cuello, ancho y poderoso y el pelo rubio cortado
al cepillo, lo delataban rápidamente como extranjero. Al hablar chasqueaba de
vez en cuando la lengua como si aquello le ayudara a expulsar las palabras de un
idioma que no era el suyo de origen. Era un hombre de temperamento agresivo y
los jornaleros temían, con razón, sus arrebatos de ira. En una ocasión, al
“Loco” Juanjo, que debido al
calor, había abandonado por unos momentos la descarga de un camión para
refrescarse a la sombra, lo cogió por el gaznate y con una sola mano lo levantó
una cuarta del suelo. Si no lo hubieran apartado entre varios compañeros,
seguro que a estas horas no lo podría contar. Pantaleón sabe del carácter
violento de “El Chato”, pero procura no inmiscuirse demasiado en su terreno.
Tiene la sospecha de que la empresa preferiría buscarse un nuevo Delegado antes
que desprenderse de su Jefe de
Equipo. El “Loco” Juanjo, cuando se lo encuentra por la calle, cambia
inmediatamente de acera. Nunca se sabe.
Sergio
Aguilar, viene a veces a la tertulia acompañado de su hermana Teresa. Algunos años
menor que él, se dedicó desde pequeña a la música y es una experta
violinista. También es experta en otras cosas, por ejemplo en atraer a los
hombres para después abandonarlos cuando se cansa de ellos. Ahora se dedica a
dar clases por las tardes en la biblioteca y por supuesto la afición a la música
ha aumentado poderosamente entre los mozos del pueblo.
Sergio
dice que su hermana es la más inteligente de la familia y suele contar con
orgullo que en una ocasión, el mismísimo Profesor Valverde, que fue tantos años
Director de la Orquesta Nacional, la llamó personalmente para dar un concierto
actuando como solista al que asistió nada
menos que el Presidente Orozco acompañado de su esposa.
Teresa,
tiene una cara redonda y al reírse, lo que sucede con relativa frecuencia, se
le forman en las mejillas un par de graciosos hoyuelos que realzan una perfecta
dentadura. Por el contrario, su risa es una sucesión de grititos estridentes,
bastante desagradables. Por lo demás a Teresa no le sobra ni un kilo de más y
los que tiene están todos en el sitio que deben estar.
A
Luz Divina no le hace ninguna gracia que haya sido aceptada una mujer en “La
veleta literaria”…Y mucho menos “esa”- dice con cierto resentimiento –
Demasiado “veleta” – puntualiza. Esta opinión es compartida por Hilario,
el maestro, antiguo admirador de
Teresa aunque nunca se ha atrevido a decírselo por temor al fracaso. No
obstante, cuando la joven acude a la tertulia, el verbo de Hilario se vuelve más
elocuente y apasionado que de costumbre. Teresa, en cambio, no parece tener ojos
más que para mi compañero, el ingeniero Juan Paradas, unos cuantos años mayor
que ella.
Desgraciadamente,
el ingeniero Paradas, debido a su trabajo, suele viajar con bastante frecuencia,
por lo cual es, junto con Casimiro Ruiz, uno de los que menos asisten a las
reuniones.
Casimiro
Ruiz, regenta desde su inauguración el Hotel Bristol, propiedad de unos
ingleses de la capital, que apenas aparecen por allí, pero su principal orgullo
es haber sido, durante varios años, Pregonero Mayor de las fiestas del pueblo.
Casimiro es gallego, pero lleva tanto tiempo viviendo en Palmarosa que por su
acento, nadie lo adivinaría. Ha editado un pequeño librito con los pregones en
verso que durante cinco años, amenizaron las fiestas, y de vez en cuando, se
empeña en recitarnos alguno de ellos con su voz poderosa y bien timbrada. A sus
cincuenta y tantos años, es el contertulio de más edad, pero eso no le impide
que cuando toma la palabra, pueda estar media hora hablando sin que le tiemble
el pulso. En general le respetamos, lo cual no impide que aprovechemos sus
largas peroratas para ir a pedir las bebidas, hacer alguna necesidad urgente o
recordar de pronto un recado pendiente. A veces ha llegado a quedarse solo en
compañía de Pantaleón que lo escucha impertérrito con la cabeza baja,
apoyada en la mano y los ojos cerrados, como si estuviera concentrado en el
discurso.
Durante
varios días estuvimos discutiendo si debíamos admitir a Trifón Salustre como
nuevo miembro de “La veleta literaria”. Casimiro Ruiz opinaba que no:
-
Este hombre es peligroso. He oído decir que era sindicalista. ¡Que diría
tu padre!- remachaba dirigiéndose a Pantaleón para buscar apoyos. Pero éste,
que en el fondo tampoco lo aceptaba, se rebelaba contra Casimiro.
-
¡ Mi padre! ¡Mi padre! ¡A quien le importa lo que diga mi padre!
Hilario,
que desde la muerte de Saul, se oponía casi con rudeza a cualquier cosa que
propusiera Pantaleón, salió en defensa de Casimiro con vehemencia diciendo que
las opiniones de Trifón no eran las de un intelectual y que de momento ya había
conseguido dividirnos.
Como
para darle la razón, yo me puse de parte de Trifón. Al fin y al cabo, era mi
compañero de trabajo. La conclusión fue que decidiríamos sobre su entrada en
“La veleta” como socio, cuando él lo solicitara. Cosa que nunca ocurrió.
Con esto no quiero decir que no volviera a asistir a las reuniones, que sí lo
hizo, sino que nunca pasó por el trámite de pedirlo, ni nosotros, por
supuesto, por el de negárselo.
Pero
para explicar lo que ocurrió después, quizás sea el momento de hablar de un
acontecimiento que, a la larga, influyó decisivamente en la historia política
de Palmarosa.
Me
estoy refiriendo a la aparición en la hacienda
“La Madreselva” del cadáver de un negro que, según declaró después
Mike “el Chato”, había sido contratado un día antes para trabajar con
Meyer & Sanders.
El
día anterior como si fuera una premonición, habían aparecido por el Este,
unos nubarrones negros y espesos, que dejaron a Palmarosa sumida en una especie
de eclipse. Esa noche llovió como si de repente, el cielo se hubiera partido
por la mitad y había tal abundancia de aparato eléctrico, que nos recordó
aquella vez, en que para inaugurar la construcción de la presa del Chaca,
coincidiendo con las Fiestas Mayores, el Gobierno mandó traer cohetes de la
capital. En esta ocasión, todo el pueblo aparecía iluminado por los rayos y
los relámpagos.
Sin
embargo, a la mañana siguiente, con la misma rapidez que habían aparecido, los
nubarrones cambiaron de dirección y la tormenta se dirigió hacia el sur, en dirección a la presa. Fue entonces, a la luz brillante y
hermosa del mediodía, cuando unos trabajadores encontraron el cadáver del
negro en las cuadras de “La Madreselva”.
CAPITULO
5
OTAMBÓ
El
cadáver estaba boca abajo, con la cabeza ladeada y los ojos abiertos. Sobre la
espalda, una enorme mancha de sangre teñía de rojo la desgarrada camisa, a
pesar del aguacero caído la noche anterior.
Don
Julian, el dueño de “La Madreselva” mandó llamar al sargento Huéspedes y
ordenó que se tapara el cadáver con una manta para evitar que las moscas
empezaran su tarea de putrefacción advirtiendo además que nadie debía tocar
el cadáver hasta la llegada de la autoridad.
Este
a su vez, se puso en contacto con el Juez Martos quien le comunicó que no se
podría trasladar hasta Palmarosa, por lo que le encargaba que hiciera un
informe lo más preciso posible y
se lo enviara a Canaigua urgentemente.
El
sargento Huéspedes, llegó a la hacienda en un coche destartalado que lucía en
las puertas delanteras una insignia, medio despintada, en la que se adivinaba, más
que se veía, un águila sobre una estrella de seis puntas, único signo que le
identificaba como vehículo oficial de la máxima autoridad militar de Palmarosa,
El sargento era un individuo alto y desgarbado que masticaba continuamente lo
que en su día, pudo haber sido un palillo de dientes, haciéndolo circular de
un lado a otro de la boca, como si el trocito de madera estuviera pegado a su
lengua. Al andar se balanceaba como si a cada paso echara todo el peso del
cuerpo sobre le pierna que avanzaba. Se dirigió a D. Julian y sin mediar saludo
alguno le preguntó a bocajarro:
-
¿Dónde está el “interfecto”?
Le gustaba impresionar con lo que, a juzgar por lo que había
visto en las películas, suponía que debía ser la jerga técnica de un buen
detective. Llevaba tanto tiempo en Palmarosa que ya ni se acordaba del día en
que llegó y durante todo ese tiempo y las dos únicas muertes violentas en las
que había intervenido fueron: La caída de Toribio el sacristán desde la torre
de la Iglesia, provocada al parecer por un exceso de celo con el ron y aquella
vez cuando Pedro Ramos, herrero de profesión, mató a su mujer con un yunque,
al volver sin previo aviso a su casa y encontrarla en brazos de su compadre
Eulogio. Cuando el sargento Huéspedes, le preguntó la razón por la cual
había usado el yunque en lugar de la escopeta que siempre tenia en su
casa, cargada con dos cartuchos, Pedro Ramos, contestó lacónicamente:
“Deformación profesional”
En
esta ocasión, Bonifacio Huéspedes, se había sentido contento cuando el Juez
Martos, le había encargado personalmente de la investigación y estaba
dispuesto a hacer su trabajo de la manera más profesional que supiera. Sin
embargo ahora, frente al cadáver de aquel negro que reconoció inmediatamente,
sintió que el café del desayuno se le regurgitaba con una desagradable sensación
de ardor en la garganta.
El
negro Otambó tenía la espalda cosida a puñaladas y de la boca le colgaba un
escupitajo como si, antes de morir, hubiese querido expresar a su asesino, todo
el desprecio que sentía por él. En los ojos, desmesuradamente abiertos,
anidaba aún la desesperación del que sabe que va a morir sin remedio.
-
¿Quién lo encontró? –
Preguntó a través del palillo que daba respingos entre sus labios
-
Fuimos nosotros sargento - Contestaron a un tiempo los mellizos Pancho y
Serafín Domínguez. Después siguió hablando Serafín – Veníamos a darle de
comer a los caballos y casi nos tropezamos con él al entrar en las cuadras.
El
sargento se llevó la mano derecha a la barbilla y se les quedó mirando como si
estuviera evaluando la situación. En realidad, no se le ocurría nada más que
preguntar, así que volviéndose al cabo, le ordenó:
-
¡Lopez! Tómeles declaración a los “encausados” y cuando haya
hecho el informe, me lo trae a la casa. Yo voy a platicar un momento con D.
Julian para ver de tomar las medidas pertinentes.
Satisfecho
de su gesto de autoridad, se alejó con su paso tambaleante y nada marcial en
dirección a la hacienda.
El
Juez Martos, estaba de mal humor. Resoplaba mientras pensaba con disgusto en
reiterar una nueva petición de un pasante que le ayudara un poco, durante los
dos años que le quedaban antes de jubilarse.” Ya no estoy para andar
corriendo de un lado a otro. Menos mal que Serranilla me ayuda, porque si no
fuera así, hace tiempo que el juzgado estaría cerrado”.
El
juez Martos, hacía mas de un año que ya no salía de Canaigua. Justo desde que
el hijo de Caranegra, un chico de unos doce años, le atacara con un machete por
haber metido en la cárcel a su padre. Eso fue en el pueblo de Rivaltea y se había
hecho el propósito de que si tenía que morir, al menos que fuera en su casa.
Era
un hombre calvo y orondo, con una papada que le sobresalía de la barbilla y
cuya camisa, estaba permanentemente empapada en sudor, a pesar de tener, como
ahora todas las ventanas y las puertas abiertas. Hojeaba entre sus manos el
informe que le había traído el oficial Serranilla, pero no acababa de entender
lo que estaba leyendo.
(¡
Negro!. ¡Pero que nombre es ese de “Negro”)
EDAD: Unos cuarenta años
CAUSA
DE LA MUERTE: Apuñalamiento por la espalda. Diecisiete.
( Supongo que será el numero de puñaladas…)
TESTIGOS:
El interfecto
( ¡Pero…! ¿Quién puñetas ha redactado esto?) fue
encontrado por los hermanos Pancho y Serafín Domínguez al entrar en las
cuadras para darle de comer a las bestias.
LUGAR:
Hacienda “La Madreselva” .
DIA
Y HORA: Las doce de la mañana del día abajo señalado
FECHA Y FIRMA
Sargento
Bonifacio Huéspedes del cuartel de la Guardia de Palmarosa
El juez Martos, dejó aquel papel sobre la mesa para secarse el sudor con un pañuelo tan empapado como la propia camisa. Soltó un resoplido y aulló:
- ¡ SERRANILLAA!
El oficial abrió la puerta sin atreverse a entrar.
- ¿Me llamaba?
- Sí. Archive esto por ahí. – dijo el juez señalando el papel que acababa de leer.
Al
entierro de Otambó asistieron Matancha y… y todo el pueblo de Palmarosa.
En
realidad, solo los más viejos del lugar recordaban al negro Otambó y desde
luego, ninguno hubiera movido un dedo por ayudarle cuando estaba vivo.
“Demasiado orgulloso para ser negro” – decían – “ ¡ Si no fuera por
la pobre Matancha…!”. Pero, claro: La leyenda es la leyenda.
La “pobre” Matancha, sola, detrás del féretro, con la frente alta y los ojos serenos y brillantes, ni siquiera oía la multitud de pasos y cuchicheos que la seguían a sus espaldas, En su mente solo había un pensamiento: “ Has vuelto, Otambó. Has venido por mí. ¿ Por quien si no?. Sabías que te esperaba y has regresado. Ahora ya no te volverás a ir. Estarás conmigo para siempre…”
Cualquiera
que la estuviera mirando en aquellos momentos, hubiera sorprendido en sus
labios, algo así como una leve sonrisa.
Pasó
una semana y en el pueblo no se volvió a hablar del caso. Se apagaron los
rumores y la vida municipal entró en un extraño letargo. Ni siquiera “La
veleta” se volvió a reunir, como si un inesperado pudor nos impulsara al
silencio. Sin embargo, en lo más oculto de las conciencias de aquel pueblo, una
silenciosa maquinaria, dormida desde hacía mucho tiempo, estaba empezando a
desperezarse.
Al
sargento Huéspedes casi se le cae el revolver que estaba limpiando cuando Mike
“El Chato” se puso en jarras delante de su mesa y con voz segura y potente
confesó chasqueando la lengua:
-
Yo maté al negro Otambó. Le pillé en el almacén robando y me atacó.
Fue en defensa propia.
Lo
que sí se le cayó por primera vez en su vida al sargento Huéspedes fue el
eterno palillo de entre los labios descolgados mientras miraba a aquel hombre
con los ojos abiertos como platos.
Pero
no había sido el primero en sorprenderse. Esa misma mañana, Pantaleón había
recibido en su despacho a su capataz con el rostro demudado y ojeroso, como si
no hubiera podido dormir en toda la noche, haciéndole la misma confesión.
-
¡Pero Mike, eso no puede ser! ¿Cómo ha podido ocurrir?
-
No sé D. Pantaleón. Yo mismo lo había contratado el día anterior.
Escuché ruidos en el almacén.
Cuando me vio llegar salió corriendo. Lo alcancé en “La Madreselva” y se
volvió hacia mí con un palo. Tuve que defenderme.
-
¿Te vio alguien?
Mike
“El Chato” negó con la cabeza. Pantaleón se pellizcaba la cicatriz del
labio. No quería mostrarse asustado pero en su interior, los pensamientos
formaban un confuso revoltijo.
-
Tienes que ir a hablar con el sargento – dijo cuando las palabras
quisieron salir – Tienes que confesar. Pero será mejor que te busques algún
testigo. Alguien que asegure que vio como te atacaba. Te buscaremos un buen
abogado. La Compañía se hará cargo. No te preocupes.
-
Pero D. Pantaleón, me llevarán preso, me meterán en la cárcel. Tiene
usted que hacer algo.
-
¡Tranquilo, hombre, si vas por propia voluntad no te pasará nada!
Cuando
por fin el capataz salió del despacho, Pantaleón se levantó y cojeando se
acercó al armario. Apartó unos cuantos libros y cogiendo la botella de ron que
guardaba para casos de urgencia, sin siquiera pararse a buscar un vaso, bebió
del gollete un largo trago sin respirar.
El
sargento Huéspedes no era muy listo pero si algo tenía claro era que atacar a
Meyer & Sanders significaba ir directo al suicidio. En eso precisamente
estaba pensando cuando despidió a Mike “El Chato” después de haberle
tomado los datos y prometerle que lo que acababa de confesar, no saldría de
aquel despacho hasta haber hecho las averiguaciones pertinentes sobre el
“occiso”.
No
había pasado ni una hora cuando recibió una llamada inesperada. El ring del
teléfono le sobresaltó. Una voz autoritaria le sacó de sus pensamientos de
repente y casi le hace ponerse de pie y cuadrarse.
-
Soy el comandante Martín. Necesito que mañana a primera hora se presente a mí. Aquí mismo, en el
destacamento de Canaigua.
-
Lo que usted ordene, mi comandante. – Fue lo único que le dio tiempo
a contestar. Se oyó un clic y el aparato pegado aún a su oreja se ahogó en un
pesado silencio.
Parece
mentira que a un pueblo al que le sobran todas las horas del día para hacer
cualquier cosa, de repente se le hubieran quedado pequeños todos los relojes
del municipio.
Unas
horas después de la aparición de Mike “El Chato” en la comisaría, la
noticia llegó reptando como un enorme gusano a la oficina de TRANSRAIL y
saltando de mesa en mesa, se posó en mis oídos con el amenazante rumor de un
alud resbalando por una ladera.
Casi
al mismo tiempo, Pantaleón me estaba llamando por teléfono con la voz pastosa
y apagada, indicio reconocible de que disfrutaba de nuevo de una soberana
borrachera.
-
¡ Joche, soy Panta! ¡Por favor, ven a recogerme a la oficina!
CAPITULO 6
INES
CASTRESANA
Meyer
& Sanders, le había anunciado la presencia en Palmarosa de un abogado de la
Compañía. Realmente enviaron a la abogada Inés Castresana, motivo por el
cual, Pantaleón observaba intrigado y distraído a la única viajera que se había
bajado del tren aquella mañana. Se trataba de una joven con una pamela color
canela y bolso a juego, de rotundas formas aprisionadas por un traje de
chaqueta, marrón claro que se dirigía hacia él. Desilusionado, pensó que
quizás el abogado habría perdido el tren. No obstante, decidió esperar hasta
que el Expreso partiera de nuevo.
La
mujer, cruzó todo el anden y pasó por delante de él asomándose a la pequeña
sala de espera donde no había nadie. Por un momento pareció desconcertada.
Buscó con la mirada y solo encontró a aquel joven de la mancha en el pómulo,
enfundado en una chaqueta gris oscura, sin corbata y abierto el primer botón de
la camisa. Pareció dudar un instante y luego, resueltamente se aproximó a
aquel joven que la observaba descaradamente y que al verla dirigirse a él, se
sobresaltó como un niño al que hubieran cogido en falta de repente.
-
Busco al Sr. Pantaleón Peñalver.
-
Yo soy precisamente. ¿Que se le ofrece? – dijo Pantaleón con
amabilidad.
-
En ese caso, permítame que me presente – cortó la muchacha con
sequedad – Soy Inés Castresana. Abogada de Meyer & Sanders. Tengo
entendido que me estaba esperando.
Mientras
se presentaba, alargó el brazo ofreciéndole la mano vuelta hacia abajo, con
gesto displicente. Pantaleón estaba tan nervioso que le costó trabajo entender
que es lo que debía hacer con aquella mano. Le vinieron a la mente los lejanos
tiempos de su relación con “La Boleros” y torpemente, tomó la mano de la
joven y se la aproximó a la boca.
-
Encantado Sra. Abogada, perdone que no la haya reconocido. No me dijeron
que se trataba de una señora.
-
Soy señorita, pero prefiero que me llame Inés pues supongo que
tendremos que trabajar muy estrechamente. Pero basta de presentaciones. ¿ Le
parece que hablemos en un lugar más cómodo? . ¿ En su despacho por ejemplo?
Cuando
estuvieron sentados frente a frente, Pantaleón explicó a la abogada, de forma
somera, lo que sabía del caso. Ella le cortaba de vez en cuando para tratar de
precisar algún aspecto del relato, con lo que le obligaba a retomar el hilo de
la historia cada dos por tres. A pesar de estar parapetado tras su mesa,
aquellas piernas cruzadas sobre las que la mujer iba tomando notas en una pequeña
libreta, no cesaban de turbarle. Hasta tal punto que una de las veces que ella
levantó la mirada interceptando la suya, se azoró de tal manera que olvidó lo
que estaba diciendo.
-
Me lo puede repetir por favor. Es que me parece que no le he entendido
muy bien - dijo Inés Castresana esbozando una sonrisa maliciosa.
Cuando
terminaron la reunión, Pantaleón la acompañó hasta el Hotel Bristol donde le
había reservado habitación y quedaron en verse al día siguiente, esta vez con
la presencia de Mike “El Chato”.
Aquella
noche, las calles de Palmarosa le parecieron a Pantaleón más solas que de
costumbre. Algo debió notar su madre, Doña Anita, cuando le vio entrar con la
cabeza gacha y las manos en los bolsillos mientras se dirigía directamente a su
habitación.
-
¿ Te pasa algo, hijo? – Le cogió solícitamente por el brazo - ¿No
tendrá nada que ver con el negro ese que han matado, verdad?
-
No es nada madre – se soltó suavemente de las manos de Doña Anita
– No se preocupe. Solo es que estoy un poco cansado.
Pero
Doña Anita si se preocupaba. En cierto modo, no le faltaba razón.
La
conversación del día siguiente con Mike “El Chato” fue muy breve. Por una
parte, confirmó, punto por punto, lo que había confesado a Pantaleón y al
sargento Huéspedes, por otra, se mostró incapaz de aportar ningún testigo que
corroborara su versión de los hechos. Al parecer, la única persona que había
visto al negro Otambó en el pueblo, había sido El Chato”. Según dijo, lo
había contratado de palabra para descargar y por lo tanto no tenía ni pruebas
del contrato, ni testigos ni coartada.
-
Esa va a ser tu misión – arremetió la abogada señalándole con el
dedo – encontrar un testigo como sea.
– Subrayó aquel “como sea”, para que no hubiera dudas sobre su
significado – En cuanto lo tengas, te pondrás en contacto con nosotros para
que podamos preparar la defensa.
Pantaleón
se sintió invadido por una sensación maravillosa con aquel “nosotros” que
Inés acababa de pronunciar. Una sensación agridulce pero maravillosa.
Evidentemente se trataba de una alusión profesional, pero al mismo tiempo,
encontró en la entonación de la muchacha, una cierta intimidad que le llenó
de calidez el corazón. Era la primera vez que Pantaleón notaba que existía
una cierta aproximación hacia él por parte de la abogada.
Intentó
devolverle el detalle con una mirada de agradecimiento pero Inés estaba
concentrada en transmitir a Mike una idea muy clara de lo que le podía pasar si
no confiaba totalmente en ella.
-
Quiero saberlo todo – seguía apuntándole con el dedo – Conocerlo
todo de ti. No solo tu verdad sino
también la de tus enemigos, que estoy segura de que los tienes. De lo
contrario, piensa que no solo no tendrás mi apoyo sino lo que es mas grave: No
tendrás el apoyo de la Compañía.
Mike
miraba aquel dedo que le apuntaba y en su cabeza daban vueltas y más vueltas
las palabras mágicas: “Un testigo. Necesito un testigo”. Pensaba también
que había algo que nunca iba a permitir. Nadie debería saber otra verdad que
la suya.
-
De acuerdo señorita Castresana – dijo con forzada humildad el
Capataz.
Después de la entrevista con Mike, Pantaleón, invitó a Inés
Castresana a comer en “Casa Oruba”. Su tren no saldría hasta las seis de la
tarde por lo que ella aceptó encantada. Encontraba agradable la tranquilidad de
aquel pueblo en contraste con el ajetreo de la capital. Además, acostumbrada al
trato frío y distante de sus relaciones en la oficina que solo se moderaba
cuando alguien quería pedirle un favor o intentaba llevársela a la cama, la
amabilidad de Pantaleón estaba empezando a despertar sus simpatías. Obviando
la pequeña mancha del pómulo que le afeaba un poco, en conjunto, resultaba un
hombre atractivo, incluso podría decirse que su leve cojera le daba un cierto
aire de elegante exotismo. Por otra parte, en su trato, se manifestaba como una
persona culta y agradable.
Durante
la comida, a una pregunta de Inés Castresana, Pantaleón, le contó el origen
de su cojera y sus otras secuelas físicas, omitiendo claro está, los problemas
que su afición etílica le había venido causando. Luego, la conversación
derivó hacia temas culturales y ahí, Pantaleón se volcó haciendo alusión a
sus actividades como promotor cultural en “La veleta literaria”. Quiso dejar
claro que no se trataba de nada oficial, ya que las relaciones con su padre, al
que pintó como un hombre severo y egoísta cuya única aportación cultural era
su presencia en las Fiestas Mayores, distaban mucho de ser lo que se dice
afines.
Inés
le escuchaba y admiraba aquella vida sencilla, en la que era tan fácil saber
quienes eran los buenos y quienes los malos. Pensaba además en Gustavo Montoro,
su jefe en el Departamento de Servicios Jurídicos de Meyer & Sanders. Un
viejo rijoso que ya le había tirado los tejos en varias ocasiones y al que debía
seguir manteniendo entre la ambigüedad y la esperanza. ¿ Porque tenía que ser
todo tan complicado?.
===
¿Cuánto
hace que no escribía aquí en la soledad de mi cama como ahora?. ¡Ya ni sé!
He
tomado la pluma y las palabras que hasta ayer se escondían cuando hablaba
contigo, corren sobre el papel cual si tuvieran alas. ¡Ahora que no estás
delante!
Tengo
que frenar mi mano para evitar que se empache dibujando tu nombre, llenando las
cuartillas como cuando era pequeño y el profesor de Ortografía me castigaba a
escribir cien veces la palabra correcta. Por eso, buscando cien palabras
diferentes para no repetirte, he compuesto este poema que nunca leerás:
RED
Me
tenderé en la red
Con
que sueles pescar
Hasta
quedar prendido
Y
sin aire, boqueando
Para
que con tus manos
Me
devuelvas al sueño del que vengo
Chapotear
feliz y allí
Tu
risa provocando
Mientras
mi beso, Inés, se muere de esperanza.
¡Sé
tan poco de ti!
¡Cómo
quisiera que esta amarga situación, este horrible crimen, no se hubiera
producido! Pero al mismo tiempo, deseo que no se aclare nunca. Que tengas que
volver una vez y otra vez a resolver los trámites. A platicar conmigo. A
acercarte a mi vida solo un instante más.
¡Un
instante más!
=========================
Matancha
debería haber cogido una botella del estante y estrellarla en la cabeza de
aquella figura maciza que en aquel momento estaba abriendo la puerta de
cristales y se dirigía al mostrador sin alzar la mirada. Sin embargo, mandó al
chino Tung a recoger las mesas y se cuadró delante de Mike “El Chato”.
-
No tienes nada que decirme – escupió, más que dijo, la india.
-
Estoy esperando a alguien, además no sé de que me hablas – se
defendió Mike
-
Lo sabes perfectamente- insistió Matancha – Quiero la verdad. Tu sabías
quien era, estoy segura. Tú lo mataste.
-
Mira, será mejor que lo dejemos para esta noche
-
No habrá mas noches. Si vuelves a acercarte a mí te mataré –
Sentenció Matancha con los dientes apretados por la furia.
En
ese momento regresaba el chino Tung y la mujer forzó una mueca que pretendía
ser sonrisa para preguntarle a Mike:
-
¿Qué va a tomar el señor?
El
americano, levantó la cabeza y miró a la india sorprendido. Era la primera vez
que le llamaban señor, pero la entonación no demostraba ningún respeto, más
bien lo contrario; un desprecio infinito. Los ojos de la mujer eran dos puñales
de odio que desmentían por completo la forzada sonrisa de aquellos labios
carnosos. Prefirió no darse por aludido.
-
Un Wisky y una cerveza bien
fría.
Matancha
le sirvió lo que había pedido y se quedó frente a él secando
parsimoniosamente unos vasos mientras lo observaba sin piedad. Mike se sentía
incomodo en el mostrador así que recogió las bebidas y fue a sentarse en una
de las mesas del rincón.
No
habían pasado ni diez minutos cuando llegó Paulo Simao. Echó una mirada
alrededor y al descubrir al “Chato” fue a sentarse con él.. Mike hizo una
seña al chino para que les sirviera y
ambos empezaron a cuchichear con frases no exentas de violencia.
Cuando
Tung se acercó con las bebidas, dejaron de hablar y no reanudaron la conversación
hasta ver que se había alejado lo suficiente. Mike decía algo y Paulo negaba
una y otra vez con bruscos movimientos de cabeza. En un momento dado, Mike clavó
sus dedos en el brazo de su compañero y le dijo algo al oído.
Pareció
que Paulo palidecía por momentos, agachó la mirada, musitó alguna cosa y se
levantó de la mesa sin siquiera haber consumido la bebida. Unos instantes después,
fue El Chato quien se puso de pie, dejó unas monedas en la mesa y se dirigió a
la puerta evitando encontrarse con la mirada de Matancha que lo acompañó hasta
que su figura se perdió tras los cristales de la puerta.
Cuando
se hubo marchado, Matancha, se escondió en la cocina y se puso a llorar
desconsoladamente.
Teresa
Aguilar, la hermana de Sergio, dueño del único cine de Palmarosa, fue a
despedir a Juan Paradas, ingeniero de TRANSRAIL, la misma mañana que Pantaleón
Peñalver acompañaba a Inés Castresana la cual regresaba a las oficinas
centrales de Meyer & Sanders, y también la misma mañana que el sargento
Bonifacio Huéspedes, volvía de su viaje relámpago después de haberse
entrevistado con el comandante Martín.
Fue
el ingeniero Paradas el primero que se percató de la presencia de Pantaleón y
quiso que fuera el primero en enterarse de que su compromiso con Teresa se había
hecho firme y se habían prometido en matrimonio. Pantaleón felicitó a la
pareja y se alegró, como le dijo a Juan, de que “…Por fin hayas encontrado
alguien que te aguante”. Inés Castresana, ajena por completo a la conversación
se había apartado un poco de Pantaleón. Había encendido un cigarrillo y
observaba el tren que procedente de Canaigua hacía, lentamente, su entrada en
la estación.
Cuando
finalmente se abrieron las puertas, de uno de los vagones, se bajó un hombre
alto y delgado que con andar cansino y bamboleante, se dirigió directamente al
grupo donde se hallaba Pantaleón. Vestía un uniforme militar, algo deslucido,
cruzado por un correaje negro y reluciente y en la mano derecha sostenía una
gorra de plato con la que hizo señas para llamar la atención del grupo.
Pantaleón le vio y se adelantó para saludarle.
-
¡Hombre, sargento! ¿Cómo usted por aquí?
-
Pues vengo de la comandancia, señor Peñalver, precisamente para
“sustanciar” el asunto del negro Otambó con mis superiores
Al
hablar miraba de reojo con desconfianza a Inés Castresana y Pantaleón al notar
la intranquilidad del sargento, le tomó por el brazo.
-
¡Venga, venga, que le voy a presentar a nuestra abogada! ¡Inés! - se
dirigió a la muchacha - …este es el sargento Bonifacio Huéspedes, que está
llevando las diligencias… – y luego señaló a la abogada - …Ella es Inés
Castresana. - El sargento se cuadró dando un solemne taconazo al más puro
estilo militar - Queríamos haber ido a verle pero nos dijeron que se había
tenido que ausentar. A Teresa y al ingeniero ya los conoce.
Teresa
y Juan se apresuraron a saludarlo y a continuación explicaron que tenían que
facturar unos bultos y desaparecieron rápidamente.
-
¡Bueno! ¿Hay alguna nueva información sobre el caso que debiéramos
saber? – Preguntó Pantaleón.
-
Pues la verdad es que sí. El tal Otambó no era un negro cualquiera.
Según me han informado se trataba de un militar, que además había llegado al
grado de oficial y se hallaba de servicio cuando murió. He puesto en
“antecedencia” a mi superior de la aparición de un “sospechoso” y se me
ha ordenado comunicarles que el Ejercito se personará en el juicio como acusación.
Lo siento pero no les puedo decir nada más.
-
¡Pero no puede ocultarle ninguna información, que afecte al caso, al
abogado del acusado! Debe contarme todo lo que sepa. – Reaccionó
Inés con agresividad.
-
Estoy seguro de que si supiera algo más ya nos lo hubiera dicho –
terció Pantaleón - ¿No es verdad Sargento?
-
Así es señorita. Le aseguro que no trato de ocultarle nada. –
confirmó el militar
En
ese momento empezaba a salir el tren de la abogada Castresana y casi sin
despedirse, tuvo que apresurarse para montar en él.
Aquel
encuentro en la estación, tuvo varias consecuencias. Por una parte, Luz Divina
me recibió aquella noche con la mejor de sus sonrisas. En un pueblo tan pequeño
como este, las noticias corren deprisa. Y más tratándose de un noviazgo. A
partir de aquel momento, Teresa, dejaba de ser un problema para mi novia y ya no
importaría que acudiera a nuestra tertulia las veces que quisiera. Para Pantaleón,
en cambio, fue un día malo y bueno a la vez. Malo, por la marcha de Inés, que
le sumió en un profundo abatimiento y bueno porque alguien allí arriba había
escuchado sus súplicas y el caso se estaba empezando a complicar, con lo que
tendría oportunidad para verla de nuevo.
Quien de verdad sufrió un auténtico “shock” fue el juez Martos cuando, dos días, después recibió un “Informe complementario sobre el caso Otambó” firmado por el sargento Bonifacio Huéspedes de la Guardia de Palmarosa. Aquel informe, lleno de “imputantes”, “occisos”, “sospechosos” y otro montón de palabras que generalmente, no venían a cuento, le dio dolor de cabeza. Ahora tendría que abrir un juicio, intervendrían otros tribunales y le complicarían la vida, con lo poco que le faltaba para jubilarse. Al juez Martos, le tembló la papada.
- ¡¡ Serranillaaa!!
CAPITULO 7
“BABA” PINTO
“¿
Baba, popqué tose? ¿Duele gangantita?”
“
No, m’hijito, es que cuando uno es mayor, se llena de ruidos, pero no siempre
es de dolor. Ya lo sabrás cuando crezcas”
“
Yo crezo muto, ¿vedá Baba?. Pedo yo no teno duidos...
“Acuéstese
m’hijito y crecerá más deprisa. Acuéstese que es muy tarde”
El
niño soñaba que se hacía muy alto, como su padre. Soñaba que conocía a una
mujer como la del retrato de su madre, a la que no llegó a ver porque murió al
nacer él y soñaba que tenía un hijo que también le llamaba Baba, como él a
su padre. Después se ponía a
trabajar de peón y como era tan fuerte, siempre ayudaba a sus compañeros que
no eran tan fuertes como él. De pronto su sueño se llenaba de oscuridad y quería
gritar pero la boca se le llenaba de silencio. Entonces se asustaba tanto que le
parecía que el corazoncito se le iba a salir del pecho y al despertarse, estaba
entre los brazos de su padre que lo acunaba y le decía palabras dulces.
Cuando
volvía a dormirse, soñaba con su madre que le sonreía desde el cielo y le hacía
señas para que se acercara pero al pequeño, no le respondían las piernas. La
madre le llamaba y dos gruesas lágrimas transparentes y redondas le corrían
por las mejillas. Él estaba en una escalera pero quería subir para abrazar a
su madre y su cuerpo no le respondía así que lo abandonaba allí, en la
escalera, para subir volando con las alas de su otro cuerpo al encuentro de su
madre y entonces, ambos, se fundían en un largo abrazo.
El
padre que sentado en la camita del niño, lo observaba con ternura, cuando lo veía
sonreír, con los ojos cerrados y dormido profundamente, se levantaba despacito,
procurando no hacer ruido y se iba a su cama, seguro de que esta vez no volvería
a despertarse de nuevo.
==========================
Trifón ha pedido permiso para ausentarse momentáneamente. A mi lado, Aida Rincón, en voz alta, hace un comentario referente a D. Tomás:
- Tenemos que hacer algo para festejar la jubilación de D. Tomás.
- Yo estoy de acuerdo. La verdad es que ha sido más que un jefe. Siempre se ha portado como un padre para nosotros – le contesta Evelio Uribe.
- Y eso que hay “algunos” que todavía no se han enterado de que aquí no hay sindicatos que valgan. ¡Si no fuera porque D. Tomás es buena persona…!
El comentario es de Gracita que no simpatiza demasiado con Trifón.
- ¡Si ha pedido permiso es porque lo necesitará para algo! – Trato yo de salir en su defensa.
- ¡Si tu supieras lo que dicen por ahí de tu compañero no lo defenderías tanto! – Acaba machacando Gracita con disgusto.
Así empecé a enterarme de que la vida de Trifón era mucho más activa de lo que yo pensaba. Aquella misma tarde me puse al corriente de lo que había pasado.
Cuando Trifón llegó a Palmarosa, había tomado la determinación de olvidar definitivamente toda una vida dedicada a la lucha sindical. Sus antiguos compañeros, consideraban que ya estaba demasiado “quemado” y habían dejado de contar con él. De hecho, no hicieron el más mínimo esfuerzo para evitar su traslado. Aquel desaire, en principio le había llenado de amargura, pero poco a poco, le fue encontrando las ventajas a su nueva situación. Un trabajo cómodo, una oficina pequeña con buenos compañeros, un pueblo tranquilo y la señora Hermes que le cuidaba como a un hijo, eran motivos suficientes para no añorar demasiadas cosas. La parte intelectual quedaba satisfecha con la asistencia esporádica a las reuniones de “La veleta literaria”.
Pero había algo más. A través de sus conversaciones con el hijo de Doña Hermes, Lucio Manotas, administrativo de Meyer & Sanders y con algunos otros compañeros que éste le presentó, Trifón fue tomando conciencia de la triste realidad de los trabajadores de aquella Multinacional. Sus inacabables jornadas de trabajo, la arrogancia y el trato brutal de sus capataces, los sueldos de supervivencia y las miserables condiciones de seguridad, eran el complemento perfecto para una política de prepotencia con la que inexorablemente se iba apoderando de las tierras de los pequeños propietarios, ante la pasividad de las autoridades municipales. Trifón comprendió que debía hacer algo por aquella gente y puso en practica sus viejas experiencias sindicales al servicio de aquellos desgraciados. Les hablaba de la Sociedad de Trabajadores y de la fuerza de la unidad y trataba de insuflarles un poco de esperanza.
De todas formas, evitaba comprometerse directamente o insinuar algún tipo de acción, pensando que el tiempo sería su aliado más importante.
A los trabajadores de Meyer & Sanders, que llevaban años soportando toda clase de abusos y malos tratos por parte de los capataces, en circunstancias normales, jamás se les hubiera ocurrido nada parecido a una protesta, por muy leve que ésta fuera. Ni siquiera cuando Ramón Madera fue atropellado por el capataz Paulo Simao, un brasileño nervioso y dicharachero que se acostaba con la mujer del bracero, se consideró la posibilidad de una denuncia. “Fue un accidente – explicó el capataz – se me fue la dirección” y los testigos del hecho que habían visto como intencionadamente se echaba con el coche encima de Ramón, aceptaron resignados su explicación.
A Otambó no le conocía casi nadie y nadie, en contra de lo que aseguraba Mike “El Chato”, le había visto trabajar, sin embargo hay resortes aparentemente dormidos de la conciencia colectiva que despiertan por los motivos más nimios e impensables. Por otra parte las ideas sembradas por Trifón Salustre empezaban a buscar la luz a través de siglos de sometimiento y resignación. La actuación del antiguo sindicalista había ido esparciendo el potente virus de la rebeldía en aquellas gentes que hasta entonces tomaban como natural su propia situación de esclavitud. El volcán había empezado a entrar en erupción y de nada sirvió que corriera el rumor de que en realidad, el negro Otambó podía ser un militar y no un trabajador de Meyer & Sanders.
Otambó al pasar de boca en boca se estaba convirtiendo en aquello que más odia la tiranía: Un símbolo. Y los símbolos no se pueden destruir porque habitan en lo más profundo de la imaginación de las personas. Quizás en la formación de aquel símbolo, tuviera algo que ver aquella imagen de Matancha detrás del féretro del hombre al que había estado esperando toda la vida, seguida por todo el pueblo en silencio, respetando y compartiendo su dolor.
Otambó que nunca había significado nada para los palmarosanos, representaba en aquel momento, el alma de Palmarosa y el espíritu de lucha y rebeldía de sus trabajadores.
Por primera vez, ante la total incredulidad de los capataces y la curiosidad de su delegado Pantaleón Peñalver, no se sabe por quien, fue convocada una Asamblea de los trabajadores de Meyer & Sanders para hablar del caso del negro Otambó. La Asamblea se celebró en uu descampado enfrente del Cementerio y a ella acudió al completo la totalidad de los trabajadores, fijos o eventuales, de la Empresa.
Allí se tomaron varias determinaciones. A saber:
1 – Nombrar una comisión formada por tres trabajadores que representaran a los allí reunidos en las gestiones que se llevaran a cabo con las autoridades.
2 – Hablar en primer lugar con el Sr. Alcalde para pedir Justicia.
La comisión que se formó, estaba compuesta por las siguientes personas:
Lucio Manotas, “Baba” Pinto y Aureliana “ La Partera”.
Lucio Manotas, el hijo de la señora Hermes, la patrona de Trifón Salustre, era un hombre más bien bajo y enteco de cuerpo. El pelo, negro y lacio, le caía como una cortina a ambos lados de la cara y un recortado bigote le silueteaba unos labios finos y resolutivos. Durante su juventud había participado como periodista en un pequeño periódico regional, “La Cruzada”, que solo tuvo un año de vida y finalmente, terminó por desaparecer. Fue poco después cuando se le contrató como administrativo para organizar todo el papeleo de la incipiente delegación de Meyer & Sanders. También era el encargado de ir a las plantaciones para pagar a los empleados.
Hombre moderado y de talante tranquilo, tenía un hablar reposado y de vez en cuando, hacía largas pausas como si esperase que alguien le soplara las palabras que finalmente acudían a su boca.
Cuando al día siguiente, Pantaleón, que ya estaba al tanto de lo ocurrido en la Asamblea, al cruzar la oficina hacia su despacho, le vio trabajando como todos los días, le dirigió con intención una mirada llena de reproche. No obstante, decidió que antes de tomar ninguna determinación debía reflexionar sobre la nueva situación.
“ Baba” Pinto, al contrario que Lucio, era un hombre apasionado y radical, y sus, 1,90 metros de estatura, además de la potencia de sus cuerdas vocales, se habían impuesto como unos magníficos argumentos para pertenecer a la Comisión. Él había sido quien propuso que el sábado fueran a hablar con D. Gregorio y al día siguiente, durante la misa del Domingo, que estaría todo el mundo, se informara del resultado de la entrevista.
- Eso contando con que el Padre Urbano, no ponga ningún umm… inconveniente – matizó Lucio Manotas.
El Padre Urbano, cuando se enteró, estaba horrorizado. “ ¡Pero que se han creído esos salvajes! "¡Que se han creído que es la Iglesia!. Habrá que poner en conocimiento al Sr. Obispo de lo que pasa.
En
realidad, la Comisión, no tenía nada claro que clase de justicia tenían que
pedir y, de no haber sucedido lo que sucedió, la conversación con el Sr.
Alcalde hubiera sido, más o menos, así:
La
Comisión: “En nombre de los trabajadores de Meyer & Sanders, venimos a
pedirle justicia por la muerte del negro Otambó”.
El
Sr. Alcalde: “Como, máxima representación de la autoridad de Palmarosa, yo
os prometo que ese asesinato no quedará impune. ¡Vayan ustedes con Dios!”.
La
comisión: “ Muchas gracias Sr. Alcalde”
Pero
no... Ni al parecer la Tierra es totalmente redonda, ni todo lo que sube baja...
por el mismo camino ni, para terminar los ejemplos, las preocupaciones afectan a
las personas de la misma manera.
D.
Gregorio Peñalver y Narvaez estaba preocupado. En quince años de presidir el
Consistorio, había visto pasar por su despacho casi todo tipo de personas, pero
era la primera vez que se le iba a presentar una “Comisión” de
trabajadores, algo, que según barruntaba, podía ser una especie de insurrección
popular, así, que decidió curarse en salud y avisar de inmediato al cuartel
del Ejército en Canaigua.
A
la mañana siguiente, dos camionetas descubiertas, llenas de soldados, hacían
su entrada en la plaza del Ayuntamiento, al mando del capitán Melquiades Rivas.
Para cuando Lucio Manotas, “Baba” Pinto y Aureliana “La Partera”
aparecieron por allí, veintiocho soldados, un cabo, un alférez y el capitán
Rivas, les cerraban el paso desde las escaleras hasta la misma puerta de entrada
del Palacio Mejías.
Entre
la confusión y el estupor de los componentes de la comisión ante tamaño
despliegue de fuerzas, Lucio Manotas, encontró la suficiente serenidad para
informar al capitán:
-
Queremos hablar con el Sr. Alcalde.
-
¡Váyanse por donde han venido. El Sr. Alcalde no recibe a nadie – El
Capitán Rivas que padecía del estómago, sentía en aquellos momentos que el
cinturón le apretaba más de lo normal su ampulosa tripa
-
Lo siento, – se empecinó Lucio Manotas – pero hemos sido
comisionados por los trabajadores y no nos iremos sin verle, así que haga el
favor de avisarle que estamos aquí.- Mientras hablaba, intentó acercarse al
militar. Dos soldados le cerraron el paso, cruzando sus fusiles ante él.
-
¡Les he dicho que se vayan, pendejos! ¡No me obliguen a tomar otras
medidas!
Al capitán Melquiades Rivas, los ácidos se le estaban subiendo por el esófago y al gritar, le temblaban las mofletudas mejilla
“Baba”
Pinto, de dos saltos, se colocó al lado de su compañero.
-
¡Y nosotros le decimos que no nos iremos sin hablar con D. Gregorio!
– Su imponente figura amedrentó a los dos soldados que sintieron temblar en
sus manos los fusiles que enarbolaban - ¡Y ustedes, – continuó dirigiéndose
a ellos – dejen en paz esos cacharros que no van a ninguna guerra, no sea que
se lastimen!
Antes de que nadie pudiera reaccionar, apartó de un manotazo las armas, subió en dos zancadas los cuatro escalones que lo separaban del capitán y se plantó frente a él. A Melquiades se le helaron los jugos gástricos camino de la garganta y los ojos se le empañaron de pánico. Instintivamente puso los brazos ante la cara y dio un paso atrás.
La relación detallada de los hechos que ocurrieron después ninguno de los presentes pudo contarlo con certeza. Para unos, fue la comadrona la que dio un alarido espantoso mientras varios soldados y el alférez empuñando una pistola se abalanzaron sobre “Baba” Pinto. Otros dicen que fue durante el tumulto, con el forcejeo, cuando se escuchó aquel disparo. Lo que sí es verdad es que de pronto, aquellos casi dos metros de hombre se fueron resbalando, cada vez más y más pequeño, hasta quedar, como una extraña sombra derretida al sol del mediodía, tendido sobre las escaleras de acceso al Palacio Mejías.
“Así aprenderán”. Dicen que le dijo el capitán Melquíades a D. Gregorio Peñalver cuando éste, alarmado por el disparo, se asomó para ver que es lo que había pasado.
Aquella noche fueron muchos los que acudieron a la casa de Consolación Sonsoles, viuda de Pinto, para darle el pésame y ofrecerse para lo que fuera menester, pero donde se manifestó verdaderamente el espíritu solidario de aquel pueblo fue, a la mañana siguiente, cuando se celebraron los funerales. Hasta tal punto se llenó la Iglesia de vecinos que el Padre Urbano mandó que se abrieran las puertas del templo, convirtiendo la Plaza Mayor en una prolongación del mismo, para que los feligreses que estaban en la calle, pudieran asistir desde allí a los oficios que presidía el enorme féretro del desdichado “Baba”.
“En
una carta del Apóstol S. Pablo a los coríntios... “ – Comenzó a decir el
P. Urbano a los congregados cuando llegó la hora de la homilía. En ese preciso
momento una poderosa voz se alzó desde la puerta y se fue abriendo paso entre
los feligreses para colocarse justo al lado del sacerdote que continuaba con la
boca abierta.
-
¡ Este pueblo no va a consentir que se asesine impunemente a sus
trabajadores! – bramó Trifón Salustre, sin hacer el más mínimo caso de los
aspavientos del cura que pugnaba por apartarlo de allí.
Durante
la siguiente media hora, aquella voz, fue el único sonido que se oyó en todo
el pueblo y los corazones de sus habitantes latieron al unísono con el ritmo de
sus palabras.
Grito
que prosiguió incansable, mientras el féretro de “Baba”, volaba de hombro
en hombro, camino del cementerio y no disminuyó hasta que el último hombre
desapareció por la esquina de la Plaza Mayor,
Cuando
por fin se hizo el silencio, en el desolado claustro de la Iglesia Mayor de
Santa. Pita, solo quedó la figura desmesuradamente sola del P. Urbano,
intentando entender, frente al retablo de S. Pascual, los acontecimientos que
acababa de contemplar y cual sería la explicación
de lo ocurrido que debía dar al Sr. Obispo.
Ya
han pasado cuatro años de aquel Invierno en Santa Cruz de las Lomas; un
Invierno en que no llovió ni una gota.
Hubiera
sido un buen año para TRANSRAIL de no ser por la Huelga General. Tuvo que
intervenir el ejercito, después de cinco días de negociaciones inútiles.
Cuando todo acabó, a Trifón le llevaron al Hospital de Las Cruces para que le
sacaran una bala de la pierna. Tirado sobre un jergón, con el pantalón
chorreando sangre y dando botes en el remolque de la camioneta, estaba a punto
de perder el sentido cuando intuyó, más que oyó, una musiquilla que no dejaba
de repiquetear en su cerebro y le sumía en una extraña tranquilidad. A su
lado, Benito Huertas, dejó de silbar. Le fallaban las fuerzas y solo tuvo
tiempo de preguntar con un hilo de voz:
-¿Hemos
ganado?. Les hemos vencido ¿verdad Trifón?
-
Si, Benito. Hemos ganado – Le contestó Trifón antes de perder la conciencia.
Unos
días después le dijeron en el Hospital que no habían podido salvar a su compañero.
Que había perdido mucha sangre. ¡Si lo hubieran traído antes!. Pero Benito no
permitió que lo sacaran de allí hasta que no hubieron evacuado al último de
los trabajadores heridos. “Primero ellos. Yo puedo aguantar” Decía
recostado en un terraplén, mientras intentaba contener con ambas manos la
sangre que escapaba a borbotones por la herida del costado.
A regañadientes, TRANSRAIL, accedió a readmitir a los diecinueve trabajadores despedidos, motivo principal por el que se había convocado la Huelga. A cambio, el Comité permitió que se sancionara a varios de sus miembros que se habían destacado durante la Huelga. “Cuestión de principios”- Adujo la Dirección de la Empresa. Tres días después del funeral de Benito Huertas, Trifón Salustre fue trasladado a un pueblo perdido entre la selva, al sur del país.
Ahora,
caminando por entre las casas de Palmarosa, le parecía escuchar en su cerebro
aquella musiquilla que silbaba su compañero Benito desangrándose en la
camioneta y como en aquella ocasión, una extraña paz le fue invadiendo
dulcemente.
Estaba
atardeciendo y unas nubes algodonosas, retenían aún la luz del sol, ya casi oculto, reflejándola sobre los el
blanco de las casas, tiñéndolas de rosa, como si fuera la obra de un pintor
loco. Más allá, sobre los árboles, también las hojas de palma iban
adquiriendo la misma tonalidad, rosa pálido, como haciendo honor al nombre que
alguien, en un momento como éste, imaginó para Palmarosa.
=========================
Fue
el día de las primeras veces.
Yo
había llegado con bastante antelación a Casa “Oruba”, impaciente por
comentar lo que había pasado. Llevaba unos minutos esperando en nuestra mesa y
me entretenía haciendo solitarios con las cartas. Inusitadamente, Matancha, se
acercó y se sentó frente a mí. Yo estaba más sorprendido que preocupado por
aquella muestra de confianza. Ella, había apoyado ambos codos en la mesa,
reposando la cara entre las palmas de las manos abiertas. Yo la miraba a los
ojos, expectante, aunque una parte de mi vista era consciente del generoso
escote que no trataban de ocultar los brazos de Matancha, quizás por eso, las
cartas resbalaron de mis manos y se desordenaron en el centro de la mesa.
-
Él va a volver – La voz de la mujer era oscura y primitiva, como si
hablase desde lo más profundo de su ser – Yo lo sé. En sueños me lo dice.
El negro Otambó me dice que no descansará hasta que se haga justicia. Él me
lo ha dicho.
-
Matancha: El negro Otambó está muerto. Debes asimilarlo. Todos sabemos
cuanto lo has querido pero no volverá. Es tu imaginación la que te confunde
con el pasado
-
¡Pero es verdad!. ¡Te digo que él me lo ha confesado!. Los celos de
Mike le han matado – lo aseguró con un deje de orgullo en la voz atormentada
– Entre Mike y yo lo matamos y no descansará hasta que lo paguemos.
Comprendí
la angustia que la atenazaba y porqué necesitaba contármelo. Ella había
ocultado su rostro entre las manos y sollozaba quedamente. Me levanté y me puse
a su lado acariciando lentamente su pelo, tratando de consolarla.
Me
sentía incómodo con la situación y me
alegré íntimamente cuando la puerta de cristales se abrió y la silueta
familiar de Pantaleón se nos acercó cojeando ligeramente.
Matancha
se puso de pie, avergonzada y se secó las lagrimas con el delantal para saludar
a mi amigo que nos miraba con sorpresa.
Pero
aquel día también fue la primera vez de otras cosas. Por ejemplo:
Fue
la primera vez que en “La veleta literaria” se habló abiertamente de política
y también fue la primera vez que hubo dos bandos bien definidos en la discusión.
Casimiro
Ruiz y Pantaleón se mostraron en total desacuerdo con la actitud según ellos
“revolucionaria” de Trifón. Salustre. El maestro Hilario, que en principio
habría estado de acuerdo con aquel punto de vista, en esta ocasión se opuso
frontalmente a Pantaleón y apoyó mis argumentos a favor del compañero al que
en el calor del debate llegué a llamar “indiscutible líder sindical”, sin
tener la más remota idea de qué era aquello. Sergio Aguilar, por su parte,
adoptó una postura entre comprensiva y neutral. Teresa y Juan Paradas, de
momento, continuaban ocupados en su reciente
batalla amorosa particular.
Cuando
nos fuimos, Matancha que desde el mostrador había estado escuchando la
conversación, no quiso cobrarnos las copas. Aquella noche, salimos cada uno por
su lado y Pantaleón volvió a emborracharse. Mandó a avisarme para que lo
recogiera y lo llevara a su casa,
pero en aquella ocasión, me negué a acudir a su llamada.
Me
pasé media noche entre el remordimiento por no socorrer a mi amigo y la
excitación por la nueva actitud que se empezaba a respirar en Palmarosa, de la
cual me sentía un afortunado partícipe. Aquellas ideas que Trifón había ido
soltando a lo largo de su “homilía” rebotaban en mi cabeza como seguramente
lo harían en la de muchos palmarosanos con un sentimiento que podríamos llamar
épico. Como de que algo inminente y trascendental estaba ocurriendo en la vida
de aquel pueblo.
D.
Gregorio tuvo que ir a recoger a su hijo que en un rincón de la pulpería de
Roque, se lamentaba a moco tendido
de que todos le habían abandonado. En un delirio en el cual el alcohol
disfrazaba a la realidad de sueño, era D. Gregorio y no su madre, quién le
llevaba hasta su casa y era el rostro de su padre el que veía sentado al borde
de su cama, que en sus sueños no paraba de dar vueltas. A pesar de todo, sintió
que una humedad antigua y profunda le llenaba el pecho de agua y esa agua tibia,
rebosaba a chorros por entre sus párpados semicerrados. Por primera vez, D.
Gregorio Peñalver y Narváez, reconoció al hijo que nunca había sentido suyo
y le acariciaba la frente mientras se descubría a si mismo susurrando palabras
que nunca hubiera creído que saldrían de su boca algún día. Pantaleón se
quedó profundamente dormido y aquella noche... por primera vez... ni siquiera
soñó.
Durante
la semana siguiente, aún cuando, aparentemente, la vida transcurría con total
normalidad, sin embargo, aquellos dos mil habitantes de Palmarosa vivían una
febril actividad, semioculta en su quehacer rutinario y cotidiano. Los niños
iban a la escuela como siempre. Los braceros seguían trabajando en las
plantaciones. Las mujeres cuchicheaban en el Mercado y... la recién constituida
Asociación de Trabajadores de Palmarosa, elegía a su primer Comité Local.
Lo
había dicho Trifón Salustre: “Hay que elegir un Comité Local”. Pero allí
nadie sabía lo que era eso ni para qué podía servir. “No importa. Ustedes
lo eligen y después ya irán aprendiendo cual es su función”. Lucio Manotas
sabía de sobras lo que había que hacer y en primer lugar propuso a Trifón
como Presidente del Comité. Trifón rehusó alegando que el no ser de allí podía
llegar a resultar un inconveniente grave, aunque se ofreció a colaborar en
cuanto se le pidiese. Por eliminación, fue elegido Presidente el propio Manotas.
Los
otros componentes del Comité fueron: Justo Pelaéz, Consolación Sonsoles,
viuda de Pinto, Darío Melo y, a propuesta del propio Trifón con el cual acudí
a la reunión en calidad de espectador, Joche Alcantara, yo mismo, ya que según
él, por mi condición de abogado, tenía un importante papel que desarrollar en
el juicio del negro Otambó.
Aquella
decisión ocasionó mi primera discusión seria con Luz Divina. En un momento de
la discusión se puso a llorar desconsoladamente: “ ¡Te matarán! ¡Te matarán!
¡Hazlo por mí! ¡Déjalo! ¡Acuérdate de “Baba”, lo que le pasó! ¡ Yo
no quiero perderte! ¡Déjalo!”. Era inútil. Si, unos meses antes, alguien me
hubiera insinuado la más remota posibilidad de unirme a las reivindicaciones de
un grupo de trabajadores, le hubiera respondido sin dudarlo un instante: “Tu
estás loco”. Ahora, en cambio, me parecía la cosa más natural del mundo. El
simple hecho de poder ejercer mi verdadera profesión, en lugar de la que venía
desarrollando como oficinista desde que empecé a trabajar en TRANSRAIL, ya
representaba un poderoso estímulo del que no quería prescindir. De nada sirvió
que Luz Divina argumentase que ahora que D. Tomás se iba a jubilar, quizás
tendría una oportunidad para ascender. En mi alma bullía un sentimiento extraño,
mezcla de satisfacción y de orgullo, al sentirme verdaderamente útil para
aquella sociedad, sobre la cual, tantas veces habíamos elucubrado teóricamente
en “La veleta literaria” y a la que nunca habíamos comprendido en realidad.
-
¡No puedo dejarlos, ellos me necesitan!. No me pasará nada porque no
me voy a meter en ningún lío. Míralo bajo este punto de vista: Es como si me
hubieran pedido una prestación profesional y yo hubiese aceptado. ¡Te prometo
que cuando acabe el juicio, todo volverá a ser como antes! ¡Compréndelo, no
puedo fallarles!
Pero
Luz Divina no comprendía... ó sí, y por eso mismo, porque comprendía,
lloraba a moco tendido sin encontrar consuelo en mis palabras.
CAPITULO
8
MIKE
"EL CHATO"
Mike
había cometido muchas barbaridades a lo largo de su vida, pero siempre se había
negado a dos cosas: A hablar mal de su país y a comerciar con la coca. Conocía
a muchos compañeros que no tenían tantos escrúpulos. La Compañía era muy
grande y era muy difícil controlar lo que pasaba en una zona u otra de la
geografía. Pero él se había negado siempre. Dentro de un carácter rudo y
violento aún quedaba un pequeño resquicio de algo parecido a la moral.
Su
madre (a su padre nunca lo conoció) fue quien le inculcó el amor a la patria y
le vacunó contra la tentación del alcohol. Claro que su madre había muerto
bastantes años atrás y se había tenido que ganar la vida de muy distintos
modos, la mayor parte de ellos ilegales, pero nunca renunció a esos dos
principios.
Lo
del negro Otambó era otra cosa. Tenía miedo. Algo le decía que esta no iba a
ser una más de las veces que se había enfrentado a un juez. Pero no le
preocupaba la posible consecuencia penal de su asesinato. Conocía bien la
fuerza de la Compañía. De ningún modo iba a consentir el escándalo. Estaba
seguro de que saldría en libertad del juicio. Si, estaban los militares, pero
no había que temerles. No podrían acusarle de nada. El solo había sido un
simple intermediario. Más de un militar se echaría las manos a la cabeza si
supieran cuantos de los suyos estaban implicados en el asunto. Por ese lado no
había nada que temer, pero tenía la extraña sensación de que había otra
cosa... No sabía bien... Sin saber porqué se acordó del día de la muerte de
su madre. Fue también en Otoño. También, como ahora, se arremolinaban unas
nubes feas y oscuras, como
si fuera a llover. Como cuando mató a Otambó.
============================
El
juicio se celebró en Octubre. El calor había remitido bastante, por lo que el
Juez Martos, atendiendo a la presencia del comandante Martín, a quien acompañaba
un joven teniente, en representación del ejercito, había decidido rescatar la vieja toga que utilizaba, solo en
casos excepcionales, para reafirmar su autoridad en la sala.
El
ujier anunció:
-
¡Pónganse en pie. Preside el Tribunal, su Señoría el Juez D. Horacio
Martos!
La
imponente figura del Juez, antes de sentarse, recorrió con su mirada
inquisitiva toda la sala abarrotada de público.
A
la derecha de Inés Castresana, Mike Stone, alias “El Chato”, con gesto
estudiadamente sumiso, agachaba la cabeza mirándose las manos apoyadas sobre la
mesa, Al otro lado de Mike, Pantaleón, volvía la cabeza hacia atrás mordiéndose
el labio con gesto preocupado. Los bancos destinados al público estaban
repletos de trabajadores de Palmarosa. El testigo que Mike les había anunciado,
aún no había hecho su aparición. Por otra parte, le inquietaba la presencia
del Comandante Martín, un hombre atildado y nervioso, que lucía en la solapa
del impecable uniforme la Gran Cruz del Mérito Militar, otorgada por el propio
presidente de la República. En ese momento, cuchicheaba algo al oído de su
joven ayudante, el Teniente Moscoso, que trataba de aparentar serenidad. Lo
cierto era que no sabía como afrontar su primer juicio civil.
Como
abogado de la acusación, yo fui el primero en intervenir. Presenté a Mike llamándole
por su apodo y tratando de resaltar su carácter violento, para lo cual conté
con el testimonio de Rosario Cuevas quien afirmó que en su oficio, a veces había
gente que no le pagaba ni siquiera el alquiler de la cama. En el caso del “El
Chato”, no solo no le pagó sus “servicios”,
sino que además le dejó marcada la cara de un puñetazo.
-
¡Mire usted Sr. Juez! – Y se señalaba una vieja cicatriz que le
cruzaba la ceja izquierda
– ¡Por poco me deja ciega!
Juanjo
“El Loco”, mi segundo
testigo, corroboró, explicando su encontronazo con Mike, que se trataba de una
persona con un carácter demasiado irascible. Confesó que puede que el capataz
llevara razón pero que desde entonces aún llevaba el miedo metido en el
cuerpo. Al decir eso, miraba hacia el banquillo del acusado, donde en aquel
momento, Mike, se disponía a encender un cigarrillo con gesto desafiante. Inés
le cuchicheó algo en voz baja, al tiempo que le quitaba el cigarro de las
manos.
El
siguiente en hablar fue el joven Teniente Moscoso.
Por
primera vez, alguien se refirió al asesinado como “el valeroso Teniente Otambó”.
Entre el público hubo un murmullo de sorpresa e incredulidad y el Juez tuvo que
golpear sobre la mesa varias veces
con la maza , para llamar al orden al público. La segunda declaración y motivo
fundamental por el cual el Ejercito se personaba como acusación también
consiguió soliviantar al público. Al parecer, de las reservas del
acuartelamiento había desaparecido una partida de armas, algunas de las cuales
fueron encontradas en manos de contrabandistas que traficaban por aquella zona
de la selva. El Teniente Otambó, había sido designado para tratar de
esclarecer el hecho, dado que al ser de aquella región, era conocedor del
terreno y podía moverse con libertad entre la gente del pueblo.
Desgraciadamente, al segundo día, la investigación fue suspendida por el
asesinato del Teniente Otambó. Sin embargo, tuvo tiempo de transmitir que
aquella noche, iba a encontrar las pruebas que se necesitaban para encontrar al
culpable del robo. “Como es natural, dichas pruebas nunca llegaron a nuestras
manos, pero – insistía Moscoso – es más que probable que fuera el acusado
el que al verse sorprendido por el Teniente Otambó, le asesinó a sangre fría
para librarse de él.”
Inés
Castresana, inició un apasionado discurso, glosando las cualidades morales de
su defendido, acudiendo para ello al testimonio del jefe directo del acusado, el
Sr. Peñalver quien, llamado a declarar, no hizo sino reafirmar el alto grado de
responsabilidad de su subordinado en el desempeño de sus funciones como jefe de
equipo, subrayando que hasta el día presente, ningún trabajador se había
quejado ante él, acusando de malos tratos a su
capataz..
-
Como verá, señoría, mi defendido actuó en defensa propia y de los
intereses de la compañía y en su
momento, aportaremos testigos que lo pueden demostrar.
- ¡Señoría, con la venia.! – Traté de intervenir yo. Pero el Juez Martos no me dejó continuar.
-
Ruego al Sr. Letrado que se guarde su argumentación para dentro de unos
minutos. Este viejo Juez necesita algo de tiempo para poner paz entre su espíritu
y las necesidades de su cuerpo.
Dicho lo cual, el Juez Martos, sale precipitadamente de la sala.
Entre el murmullo de la sala, Pantaleón salió subrepticiamente tras el Juez, pero su movimiento, no pasó desapercibido para Lucio Manotas, que acercándose y señalando la puerta de los aseos, me susurró al oído: “Ve detrás de ellos. No los dejes solos”.
En el pasillo me encuentro a Pantaleón que apoyado en la pared, parece que espera a alguien. Al verme llegar, se me queda mirando fijamente. Yo le sostengo la mirada. Entonces, apuntándome con su dedo índice me suelta:
- Eres un bastardo, Joche. Te has puesto contra mí. Si quieres seguir siendo mi amigo, será mejor que te apartes de mi camino.
- Pantaleón. Tu sabes que Mike es culpable. No merece la pena que nos peleemos por ese mal nacido.
En ese momento aparece sale el juez y casi sin mirarnos, se dirige a la sala. Al abrir la puerta, como si hubiera olvidado algo, se vuelve a nosotros y nos hace un gesto con la mano como dándonos paso.
- Les sugiero que lo que tengan que decirse, lo hagan en la sala. No tengo el más mínimo interés en estar perdiendo el tiempo.
Pantaleón hace un gesto de contrariedad y pasa delante del Juez. A continuación le sigo yo y por último el Juez que se dirige directamente al estrado.
Lucio Manotas me mira y yo le asiento con la cabeza.
Para cuando le toca declarar a los testigos de la defensa, ya hace un buen rato que Paulo Simao había ocupado su asiento.
Inés le pide que relate lo que pasó la noche de la muerte de Otambó y Paulo, refuerza la historia de Mike “El Chato”. Según el portugués, Mike le llamó porque había escuchado un ruido en el almacén. Ambos fueron a averiguar lo que pasaba y vieron salir una sombra de uno de los camiones. Fueron tras él y lo alcanzaron cerca de la hacienda “La Madreselva”. Parecía un vagabundo e intentó refugiarse en las cuadras. Mike intentó cortarle la fuga y el negro sacó un cuchillo de grandes dimensiones. Ambos lucharon y al final el intruso, cayó de espaldas, clavándose el cuchillo. Eso era todo.
Cuando me tocó el turno de preguntar, traté de mostrar al Juez que Paulo mentía, ya que era prácticamente imposible que Otambó se clavara el cuchillo en su propia espalda. Pero a una seña de Inés Castresana, el testigo repitió una y otra ves la versión que evidentemente se había aprendido de memoria sobre los hechos.
El teniente Moscoso, llamó a declarar al propio Comandante Martín, quien declaró que el día anterior, el Teniente Otambó le había llamado al cuartel para comunicarle que creía haber encontrado a los contrabandistas de armas y que en cuanto tuviera las pruebas necesarias, los arrestaría. También confirmó que los implicados según Otambó, residían en Palmarosa..
En definitiva, el Juez no encontró pruebas suficientes para condenar a Mike “El Chato” y se conformó con imponerle una multa por imprudencia temeraria. Condenó asimismo a la compañía bananera a pagar una indemnización a los posibles familiares del fallecido dio el caso por cerrado y ante las protestas y los gritos de los asistentes, optó por salir a buen paso de la sala, escoltado por uno de los guardias que flanqueaban la puerta de salida. El otro guardia, trató como pudo de impedir el paso a los indignados vecinos. Aprovechando el desconcierto, Ines Castresana, se dirigió hacia mí, y me felicitó, dándome la mano fríamente.
A Mike, tuvieron que sujetarlo entre Pantaleón y Paulo Simao, porque se había empeñado en partirle la cara al “loco” Juanjo, que, casi saltando por encima de las cabezas de la gente, ganaba la puerta sin mirar atrás y se perdía entre las callejuelas adyacentes al Juzgado, corriendo a más no poder.
Y eso fue todo lo que dio de sí el tan esperado juicio.