Principal CONOCEME OBRA LIRICA POESIA SOCIAL BUFOPOEMAS RELATOS BREVES NOVELAS MIS AMIGOS POEMAS DE ORO

LA CONEXIÓN

CAPITULO I                                                         

 

Paco se fue a América. Vino un día a casa y me dijo: “ Me voy a América”. Y eso fue todo. Desapareció. No lo volví a ver. ¡ Los golpes de Paco Niera¡

Siempre fue así, directo como un martillo, fantasioso como el humo de un puro y... libre, sobre todo libre. Por no depender, no dependía ni de sus propios defectos. ¡ Y tenía algunos de lo más molesto! ¡ Vaya que sí ¡. Por ejemplo, la puntualidad. O, por decirlo mejor, la falta de puntualidad.

El día que nos conocimos, después de una acalorada discusión sobre la ortografía de la palabra  “sarcófago”, ( que yo insistía en que se decía  “sacórfago”  ) quedamos en vernos en la Biblioteca Municipal para solucionar la cuestión. Cuando llegó, una hora después de la cita marcada, excusándose porque se debía a un compromiso familiar, yo, que ya había comprobado mi error, estaba a punto de marcharme Mi pequeña venganza fue decirle que  el diccionario  me daba la razón. Para mi sorpresa ni siquiera lo discutió.

Ese era otro de sus defectos, capaz de defender la españolidad de Colón con todos los argumentos del mundo y sin embargo, una vez pasado el calor de la disputa, perdía todo interés por llevar la razón y admitía tranquilamente que, por ejemplo Colón era portugués, o... rumano, si era el caso. Desesperante.

Cuando conocimos a Rut, se pasó toda una semana diciendo que era el amor de su vida pero al domingo siguiente, tras esperarlo un buen rato, Rut, decidió que nos fuéramos los dos solos al cine. También llegó tarde a nuestra boda, aunque, en esta ocasión, al menos vino.

Por eso, aquel día que dijo “ Me voy a América “ ni siquiera le pregunté. Seguramente, pensé con ironía, llegaría tarde. Como siempre.

Pero ya no volvió. Recibimos una carta suya, la única, explicándonos no se qué, de un trabajo con una casa farmacéutica y que estaba muy contento porque tendría por fin la oportunidad de viajar a los lugares que siempre soñó. A Rut, no se porqué, eso de los lugares soñados le sonaba a exótico y peligroso.

Decía: ” ¡ Pobrecito ...sin conocer aquello!... Allí la gente es muy distinta... muy suya y él...¡ Sabe Dios!...¡ Sabe Dios!.”

Rut solía hablar así, sin terminar nada, a base de puntos suspensivos.

- Estará bien, no te preocupes, ya sabes como es. Cae bien a todo el mundo. Nos volverá a escribir y nos dirá lo bien que le va  - dije para tranquilizarla.

Paco no escribió más y tampoco dio señales de vida. Hasta hace unos días.

Tras cuatro maravillosos años de matrimonio, solamente ensombrecidos por la falta de hijos, Rut, mi Rut, me había dejado para siempre. Intoxicación dijeron los médicos. Alergia a algún medicamento. Prácticamente, de repente. No pudieron hacer nada.

Me encontraba más solo que nunca, por eso, aquella tarde, al salir de la Misa de difuntos, me alegró encontrarme a Paco que se acercaba hacia mí con gesto taciturno para abrazarme. Casi no le di tiempo a que me diera el pésame y le acribillé a preguntas:

¿ Cuando había venido ?  ¿ Donde había estado ? ¿ Había visto a Pablo ? ¿ Venía solo ? ¡ Ven a casa y charlaremos tranquilos de todo ¡ ¿ Que no puedes ? ¡ Ah, que te espera tu novia ! ¿ Pero, tienes novia ? ¡ Que gran noticia, me la tienes que presentar ¡. Mañana te espero en casa. Cenaremos juntos. Sin excusas. ¿ De acuerdo ?. ¡ Adiós, adiós ¡

La mujer que le esperaba se llamaba Olga. Al parecer era argentina y tenía la intención de presentarla a su padre como su futura esposa. Después volverían a Buenos Aires. Por lo visto se habían enterado de lo mío a través de Fabián, el hermano de Rut con el que se encontraron por casualidad en el aeropuerto. Por supuesto que vendría con Olga a mi casa. “ Verás como Olga te gustará”. Ahora se tenía que ir, pues  su padre les estaría esperando. Ya te llamaré... ¡ Adiós ! ¡ Adiós !

Volvió a hacerlo otra vez. Me refiero a lo de llegar tarde. Esta vez aproveché la tardanza de Paco para preparar una cena a base de aperitivos y pescado a la plancha. Mi especialidad nunca ha sido la cocina, pero en cambio tengo cierto arte para la presentación de los platos. Cuando llegaron, ya estaba la mesa preparada, con sus velitas y todo.

-  ¡ Jaime! – dijo nada más entrar- ¡ No tengo perdón de Dios!. El maldito coche de mi padre que, como apenas lo usa, no quería arrancar. Por cierto: – dijo señalando a su acompañante – Esta es mi novia. Olga Pérez y éste – y me señaló a mí -  Jaime Villaran, mi mejor amigo.

- Hola Jaime – y me estampó un par de besos – Siento lo de tu mujer. Por lo que Paco me ha contado ha sido una gran pérdida. Lo siento.

Olga era una mujer, como os lo diría... guapa. Pero no guapa a secas. Alta, morena, despampanante. Una especie de “miss morena 1995”, pero sin cinta. Por un momento, olvidé mis pesares y me concentré en mi envidia. Pura y cochina envidia. Me costó trabajo reaccionar pero al fin les invité a pasar.

- ¡ Pasad, pasad!  ¡ Por favor !. Está todo preparado para la cena.

La velada fue muy agradable. Paco, de natural extrovertido, estuvo genial. En muy poco tiempo estábamos charlando animadamente sobre lo divino y lo humano, incluso se permitió contar un par de chistes que tanto Olga como yo, reímos de buena gana.

Ya de madrugada, la conversación fue decayendo y casi se convirtió n un intercambio de frases aisladas, bostezos, monosílabos y huidas fugaces al cuarto de baño. En una de estas, aprovechando la ausencia de Paco, le pregunté a Olga por sus proyectos cuando regresaran a su país y para mi sorpresa en voz baja, como un susurro me confesó:

- No pienso volver a mi país. Nadie me espera allí.

- ¿Pero, entonces...?

- Entonces, nada. Pero te prometo que volveremos a vernos.

Me quedé con la duda de a quien se refería con ese “volveremos”. Paco ya regresaba.

- Bueno Jaime, tenemos que irnos. Ha sido una velada encantadora. Te llamaré por si quieres acompañarnos al aeropuerto.

Olga, sonriente, volvió a estamparme un par de besos.

- Ha sido un placer conocerte

Cuando la puerta se cerró, me dejé caer en el sofá. Estaba tan cansado que consideré demasiado esfuerzo llegar a la cama. Pero el sueño no acababa de llegar, Olga ocupaba todo mi pensamiento. Debí sentirme culpable porque arrimé a mi cara el retrato de Rut que continuaba sobre la repisa cercana y poco a poco fui perdiendo la consciencia.

Me despertó el ruido de la aspiradora. Songa solía venir dos veces por semana para arreglar un poco la casa. Brasileña, poco habladora y muy eficaz, apartó cuidadosamente uno de mis zapatos para limpiar debajo de la mesa.

  - Buenos días, Songa. ¿ Me ha llamado alguien mientras estaba dormido?

  Negó con la cabeza. Luego, como si recordara algo, fue hasta la mesita del recibidor y volvió trayéndome una carta. El sobre venía sin sello y el remitente debía de tener prisa al cerrarlo pues  la solapa estaba apenas pegada por una punta.

  - La trajo un “mensajeiro” - Explicó Songa con su acento característico.

  Abrí el sobre con cuidado.

  “ Querido Jaime: Anoche, después que te dejamos, Paco y yo tuvimos una pequeña discusión por motivos profesionales, por lo cual he decidido demostrarle con los hechos que yo tenía razón. Por ahora no es necesario que sepas nada más. Sin embargo quiero pedirte algo. En el caso de que no recibieras mi llamada en unos días es posible que Paco pueda necesitar ayuda, por lo que te ruego que te pongas en contacto con Rejón, ese abogado amigo vuestro, que te explicará lo que pasa. Besos... Olga”.

  Ya sé que pensareis que esto parece una novela barata. ¡Un culebrón, vamos!. Yo también lo pensé, pero por alguna razón, decidí dejar correr la historia sin tomar ninguna iniciativa.

  El abogado Pablo Rejón que citaba la nota, era, junto con Paco, el otro componente de la trilogía de amigos de mi juventud. Serio a más no poder, moderado, profiláctico diría yo, a fuer de prudente, había conseguido hacerse un nombre en su profesión y aunque seguíamos viéndonos, los encuentros eran cada vez más espaciados.

  Fue el primero en casarse y su mujer, Patricia, hija del senador Eusebio Leigthon, últimamente no veía con buenos ojos mi amistad con Pablo. Lo que menos le gustaba de mí, era mi profesión: Periodista. Mala fama esto del periodismo. Demasiada libertad, demasiado poder, demasiado... peligrosos.

  Su opinión sobre la prensa había cambiado raíz de unos artículos aparecidos en mi periódico, relacionando a su padre, el senador con una oscura trama de comisiones ilegales no declaradas a Hacienda que  no se pudo demostrar. Fue inútil que le explicara que yo no había tenido nada que ver con la noticia. Desde entonces mi relación con Patricia había empeorado sensiblemente a pesar de los esfuerzos de Pablo por mediar en el tema.

  Paco, en cambio, le caía muy bien. Claro que, ¡ a que mujer no le caía bien el amigo Paco!. Un tipo divertido, agraciado, galante y además... soltero impenitente.

  Volviendo a la nota de Olga, reflexioné que fuera lo que fuese aquel asunto, Pablo se encargaría de tenerme al tanto. Confiaría en el contestador automático.  

   

CAPITULO II

 

 

   Rut, solía decirme cuando me veía demasiado preocupado por algún asunto que las cosas importantes se solucionan solas. Hay demasiada gente tirando de las cuerdas, explicaba, en cambio, donde de verdad hay que decidir es en las cosas pequeñas, de las que no se ocupa nadie. En realidad lo decía para consolarme, pues por aquel entonces mi cometido en el periódico era el de modesto redactor de los “Ecos de Sociedad”, un trabajo poco brillante en verdad. El tiempo, la experiencia y el correr del escalafón me habían llevado a un puesto de más relevancia, Director de “Sucesos” , aunque seguía siendo responsable de mi antigua sección por aquello de la polivalencia.

  Solía leer todos los artículos que me traían mis colaboradores antes de su publicación modificando si era el caso, por aquello de la cuestión de estilo, lo que consideraba como excesivamente agresivo o macabro .

   Acababa de leer :

  “La joven O.P.R. de 26 años fue hallada muerta esta madrugada en la puerta trasera de la sala de fiestas Boston-Club.   Su cuerpo bañado en sangre fue encontrado por unos transeúntes.   Al parecer había sido objeto de varias puñaladas.   Se desconoce el autor, o autores del hecho, aunque la policía sospecha que podría tratarse de un asunto de drogas”.

Con lápiz amarillo taché  “bañado en sangre”.  Me parecía demasiado expresivo, se lo comentaría a Jorge más tarde.

 Sonó el teléfono.    Dejé que lo hiciera un par de veces más y descolgué .

  -   Jaime, soy Pablo, necesito verte lo antes posible.

¡ Vaya!, por fin daba señales de vida.   Habían pasado dos días desde que recibí la nota de Olga y casi se me había olvidado que tenía que llamar a Pablo.   Bueno, esto simplificaba la cuestión.

  -         Dime Pablo, ¡ Qué es de tu vida ...!

No me dejó acabar.

-         Olga ha sido asesinada... -  Por un momento no supe reaccionar.   Pablo continuó -  Nos vemos en el Tartufo en media hora, allí te lo explicaré todo.  

El Tartufo era el restaurante en el cual  solíamos cenar cuando nos citábamos y no estaba lejos de la redacción, a pesar de todo, cuando llegué, Pablo ya me esperaba.   Quizás habría llamado desde allí mismo.   Pedimos unas cervezas y comenzó a hablar.

-      En primer lugar debes saber que Olga, aunque oriunda de argentina, pertenecía a la policía española anti-narcóticos. Su condición de doble nacionalidad fue decisiva a la hora de desarrollar el trabajo que tenía entre manos.

   -     Pero... ¿ Paco...?

-     Paco lo sabía. Colaboraba con nosotros

-     ¿Nosotros...?

-      Sí, el juez Borau, la policía, yo mismo...Se trata de un tema muy delicado, se sospecha que hay peces gordos en la trama.   Precisamente ese es uno de los motivos de venir a verte.   No queremos que tu periódico haga demasiadas preguntas.

  De repente se me vino a la cabeza la noticia que acababa de revisar: “ O.P.R. de 26 años...”

¡-      ¿ Cuales eran los apellidos de Olga?

-       Perez Recal, Olga Pérez Recal.   De momento es todo cuanto debes saber, confía en mi, te tendré al corriente y serás el primero en publicar el resultado de nuestras averiguaciones.

El resto de la conversación fue un tira y afloja que, conociendo el carácter reservado de Pablo, debiera haber sabido lo inútil que sería.

De vuelta a la redacción, no terminaba de aclarar cuales eran mis sentimientos:   Perplejidad, pena, frustración, ira...

Llamé a Jorge.   Mi instinto profesional me incitaba a conocer algo más del asunto.

  -         Oye, Jorge, la noticia que revisamos antes, ¿ De donde salió?

-         Recibimos un fax de la policía. Julia me lo trajo. Yo lo único que hice fue sustituir el nombre y los apellidos por sus iniciales que es lo que solemos hacer en estos casos.¿ Algo está mal?

-         No, no, gracias Jorge.   No obstante si te enteras de algún dato más, haz el favor de comunicármelo.

  Cuando Jorge cerró la puerta del despacho me quedé pensando que lo mejor que se podía hacer era hablar con Paco.   ¿ Qué pintaría él en todo esto?

   Localicé el teléfono del Hotel donde se hospedaba  y pregunté por él:

    -       ¿ Por favor, me pone con la habitación del Sr. Francisco Niera ?

-         Lo siento pero éste Sr. no se encuentra en su habitación.

-         ¿ Sabe si volverá pronto ?

-         Lo ignoro Sr.; él y su señora, aunque tienen pagada la habitación para toda la semana, no duermen aquí desde hace varios días... lo que sí...

-         ¡ Diga, diga!

-         Bueno, se trata de unos familiares. Sus dos hermanos creo. Estuvieron aquí preguntando por él, subieron incluso a su habitación. Es posible que ellos le puedan decir algo.

-         Esta bien. ¡Gracias!

  ¿ Sus dos hermanos?. ¡ Pero si Paco no tenía hermanos!. Seguramente debió de ser la policía, pensé. Pero... ¿ entonces, donde estaba ?.

Se me ocurrió que su padre podría darme alguna pista de su paradero, así que le llamé por teléfono. Pero el hombre, ya muy mayor y bastante sordo, no tenía ni idea. Confundía al hijo con un nieto y decía que Paco lo visitaba cada tres meses. Poco más le pude sacar, ni siquiera se acordaba de mí el pobre.

  El resto del día fue un ir y venir recorriendo los antiguos antros que frecuentábamos en los buenos tiempos. En algunos de ellos, el personal se había renovado y ni siquiera lo conocían y los que quedaban conocidos hacía varios años que no sabían de él. Ya era bastante tarde cuando me presenté en un Club, a las afueras de la ciudad en el que solíamos jugar algunas partidas de Tenis. Tampoco estaba allí, pero en cambio me encontré con D. Elías, un viejo profesor de nuestros tiempos de Instituto con el que teníamos bastante confianza porque, casualidades de la vida, era tío de Pablo.

  El sí había visto a Paco. ¡ Por fin !.

  Según me contó, estaba jugando su partidita de Dominó con los amigos cuando se presentó Paco en el Club acompañado de un chico de unos seis o siete años. Luego de un intercambio de saludos, le pidió la dirección del nuevo bufete de su sobrino, porque según decía no quería llamarlo a su casa ya que era un asunto profesional.

  Muy nuevo debía ser puesto que yo tampoco lo conocía, así que también le pedí que me facilitara la dirección y el teléfono y me despedí de D. Elías.

  Camino a mi casa, no dejaba de pensar en lo del niño. Paco no tenía primos casados, a menos que... Bueno, cualquier hipótesis por muy extraña que pareciera, tal como iban las cosas, empezaba a resultarme verosímil.

  ¡ En que mundo había estado viviendo !. En los cuatro años de casado, prácticamente no había salido de la casa, el trabajo y los problemas de Rut. Había dejado de practicar mis aficiones anteriores y de los viejos conocidos, únicamente veía a Pablo y no con mucha frecuencia. Para colmo, Pablo me había estado ocultando bastantes cosas.

  Me sentí amargado y furioso. La próxima vez que me lo echara a la cara se iba a llevar una buena bronca. Esto no se le hace a un amigo, pensé.

Yo, me suelo levantar bastante temprano, costumbre adquirida tras duros años, de meritorio primero y después como redactor. Como dice Ramón Doria, nuestro director, las noticias hay que pescarlas fresquitas, quizás por esto, lo primero que hago al llegar a la redacción es leer los periódicos del día, empezando por el nuestro, cuyo contenido suele ser el mismo que el de las primeras galeradas que he repasado el día anterior antes de irme a casa. Puede haber algún cambio mínimo durante el resto del proceso, aunque  es poco frecuente.

Lo que es prácticamente imposible es que durante ese periodo, se pierda una noticia. Pues bien... ¡ Había sucedido ¡. “ O.P.R. de 26 años...”  no aparecía por ninguna parte. En el hueco donde debería haber estado, se había “colado” un anuncio de perfume para Hombres muy Hombres, (según el texto). Desconcertado y molesto me dirigí al despacho de nuestro director. Parece que Ramón me había estado esperando pues antes de que empezara a hablar, me hizo un gesto con la mano como si estuviera espantando moscas y en voz alta, como para cortar cualquier reacción mía, dijo:

-         Siéntate, Jaime. Ya sé a lo que vienes. No se trata de ningún error. El mismísimo subsecretario me telefoneó a ultima hora, pidiéndome que retrasáramos un día esa noticia, para no interferir con la investigación. Te llamé a casa, pero no estabas, así que hablé con Tomás, el de la redacción de noche y decidimos suprimirla. No sabes como lo siento, hijo, pero las circunstancias son las circunstancias. Por cierto, tengo aquí unas estadísticas de la policía sobre los delitos nocturnos. Sería bueno que le echaras un vistazo y, si te parece, añadas algo de tu cosecha antes de publicarlas...

Antes de que me hubiera podido sentar, ya tenía en mis manos las dichosas estadísticas y Ramón me sonreía beatíficamente.

Cuando volvía a mi despacho mascullando entre dientes, casi me tropiezo con Julia por el pasillo.

-         ¡ Despierta, “jefe”, que estás en las nubes ¡

-         Perdona Julia, no te había visto... Por cierto: ¿Tienes alguna foto del caso de la mujer que apareció muerta en el Boston-Club?.

-         Pues no, “jefe”. Pregunté a la policía pero no tenían nada. Al menos eso fue lo que me dijeron.

-          Bueno, no importa. Gracias, Julia.

Al día siguiente, en las páginas centrales salió el  famoso estudio estadístico de la policía, pero yo me encargué, personalmente de que en un recuadro bien visible, se publicara la noticia de la muerte de Olga. Esta vez, saltándome mi propia norma, apareció con nombres y apellidos, quizás como un pequeño homenaje a la que había sido mi amiga por un día.

Ya eran las once de la mañana, cuando llamé a Pablo a su nuevo bufete. Lo primero que salió de sus labios fue un reproche:

-         No debías de haberlo hecho. Paco me ha llamado hace un rato por teléfono. Estaba destrozado. Por lo visto la policía no le había podido localizar para decírselo. Ha sido un golpe muy duro...

-         Pablo, ¡ Ya está bien ¡ - le corté – Ya está bien de mentiras y de líos. No voy a permitir que sigas por ese camino. O me cuentas todo lo que está pasando o empiezo a investigar por mi cuenta. ¡ Ah! Y antes de nada !: Quiero hablar con Paco. Me gustaría preguntarle un par de cosas.

-         Pero, Jaime, - su voz parecía apesadumbrada – esto parece un chantaje. No lo esperaba de ti...

-         ¡ Tómalo como quieras, pero esas son mis condiciones !

Tras un breve silencio que yo interpreté como un análisis de los pros y los contras de mi propuesta, al final, me citó en su bufete para una hora más tarde.

El edificio, bastante céntrico por cierto, en el cual una placa dorada anunciaba su nombre y profesión, era una enorme mole cuadrada, llena de oficinas y ascensores, que se abrían directamente sobre un amplio recibidor, que en el caso de Pablo, hacía de antesala de su despacho. En el fondo, detrás de una pequeña mesa tecleando un ordenador, una señorita que identifiqué como la secretaria, levantó la cabeza al verme llegar y con la mejor de sus sonrisas me preguntó:

-         ¿ Es usted el Sr. Villaran?. – Asentí con la cabeza – ¡ Pase por favor, el Sr. Rejón le está esperando! – dijo abriéndome una puerta situada a su izquierda.

Cuando traspasé la entrada, de improviso, un bulto que no tardé en reconocer como mi amigo Paco, se me echó encima abrazándome y repitiendo mi nombre. - ¡ Jaime, Jaime!. Cuando pude zafarme de su abrazo, distinguí a Pablo que se había levantado para recibirme.

-         Pasa, Jaime y cierra la puerta. Te voy a presentar a alguien.

Entonces me di cuenta de que en la habitación había alguien más.

Se trataba de una mujer de apariencia elegante, alta y rubia en cuyo rostro se apreciaba seguridad y determinación. Ya habría pasado la cincuentena pero la viveza de sus ojos azules y lo estilizado de su figura, producían una sensación de energía y dinamismo. Apartó suavemente a Paco que aun se empeñaba en abrazarme y sin dar tiempo a que Pablo la presentara, me alargó la mano:

-         Encantada. Soy Mercedes Rico, Sub-delegada del gobierno y responsable política de la investigación que  ha venido coordinando el juez Borau. Siento las molestias que le estamos causando. Ya me ha explicado el Sr. Rejón su relación de amistad con él y es por esto que le hemos autorizado a explicarle en lo posible algunos detalles que le harán comprender nuestra posición actual y lo que esperamos de usted.

No dejaba lugar a dudas. Aquello no era una reunión social y por tanto no era cuestión de perder el tiempo en saludos. Nos sentamos todos y Pablo comenzó su explicación.

-         Por remontarnos al principio, recordarás – dijo dirigiéndose a mí – que el día que te casaste, te comenté que además de la boda, teníamos que celebrar mi nuevo trabajo para el Estado. Las circunstancias quisieron que no volviéramos a hablar mucho más del tema. Posteriormente, a raíz de mi intervención en causas como la de mi suegro, que como sabes, preside la Comisión de Interior en el Senado y fue quien me proporcionó este trabajo o la de aquel policía por abuso de autoridad empezaste a comprender cual era la verdadera naturaleza de mi trabajo, que en efecto está relacionado, aunque no oficialmente,  con el soporte jurídico de ciertas actividades... Uhmm... – pareció buscar la palabra – “delicadas” del Estado. También recordarás que Paco, por aquel entonces pasaba una mala racha de trabajo, así que cuando me enteré que necesitaban una persona que no estuviera ligada directamente con la policía para hacer pequeños trabajos de vigilancia, hablé con él y así fue como, más tarde, la policía le “colocó” en la empresa farmacéutica que ya conoces, haciendo al mismo tiempo de correo en una operación anti-droga cuya responsable en Argentina era la inspectora Pérez Recal, por desgracia, asesinada recientemente. El juez Borau, con quien estoy colaborando actualmente, sospecha que los autores del hecho son los mismos a los cuales se estaba investigando. Obviamente, alguien que tiene acceso a los archivos de la policía, ha pensado que nos estábamos acercando demasiado. En el caso de Paco, al ser un colaborador no oficial, este hecho, es posible que le haya salvado la vida. A partir de aquí solo hay un montón de medias verdades que improvisamos contigo y por supuesto, la autentica verdad que es lo que tratamos de descubrir.

Mientras hablaba, Pablo, se había puesto de pie, se había acercado hasta mí, me había dado la vuelta alrededor un par de veces y finalmente se había derrumbado de nuevo en el sillón como si acabara de soltar un peso muerto. El asiento crujió lastimosamente.

Paco mientras tanto se mostraba abatido y mantenía la cara entre las manos y los codos apoyados en la rodilla, quizás avergonzado por haberme ocultado la verdad en nuestro anterior encuentro.

La Sub-delegada, que había sacado una agenda de su bolso, anotaba en ella misteriosos apuntes. Casi me dieron ganas de decir: ¡ Pero, eso es todo!. Dejé mi amarga ironía para mejor ocasión  y pensando de forma un poco mas práctica, me dispuse a interrogar a Pablo sobre los presuntos sospechosos.

Parece que Mercedes Rico me había leído el pensamiento.

-         Pensamos – dijo – que se trata de alguien con acceso a información privilegiada de la policía, pues esta operación ha sido montada directamente desde el Ministerio a quien yo estoy representando y toda la investigación está a cargo del juez Borau. La realidad es que cada vez que los tenemos a tiro desaparecen como el humo, sin embargo de momento, no tenemos ningún sospechoso.

-         Bueno pero que pinto yo en todo esto. No veo como podría colaborar, además, no estoy dispuesto a poner en riesgo mi vida por algo que ni siquiera entiendo.

-          Esperábamos contar con usted precisamente por si era necesario filtrar algún tipo de información y analizar después los movimientos de respuesta que se produjeran. Eso quizás nos daría una pista de por donde empezar.

Inesperadamente, intervino Paco. Su cara denotaba una gran concentración. Su rostro tenso expresaba bien a las claras el cúmulo de sentimientos que luchaban en su interior. Jamás le había visto tan serio.

-         ¡Todos, Jaime, todos, incluido tu mismo estamos implicados en ésto!. No se trata de mí ni de ti, sino de cualquiera que vea la realidad de esos jóvenes, a veces niños que caen en las manos de estos desalmados. Se trata de tus amigos, de tus vecinos... de Olga – al decir esto, su rostro se ensombreció de repente y ya no pudo continuar.

Aún traté de oponerme débilmente.

-         Ya sabéis que yo no decido en el periódico...

-         No tienes que publicar nada que sea mentira. – Terció Pablo - Solo se trata de poner la parte de la verdad que nos interesa. En el fondo, eso es lo que hacemos todo el mundo a diario

Me parecía estar escuchando, más, a algún político que a mis amigos de toda la vida.

-         Está bien – concedí al fin – colaboraré en lo que me pidáis, pero a condición de que me sigáis teniendo al corriente de la investigación. No me quiero ver envuelto sin saberlo en una situación peligrosa..

-         Concedido. – aceptó Mercedes Rico – Le tendremos al corriente solo de lo que no le pueda perjudicar.

Por un momento, me pareció que la frase escondía alguna trampa, pero un gesto de Pablo, asintiendo con la cabeza, me convenció de que podía confiar en ella. 

Cuando salí del edificio, mi primera intención fue ir directamente a mi casa, a tratar de digerir lo que acababa de escuchar, pero antes me detuve a echar gasolina al coche. Mientras esperaba que el empleado me atendiera, mis ojos se fijaron en un cartel anunciador de una empresa de mensajería. Inmediatamente me acordé del hermano de Rut, Fabián, y pensé que no estaría nada de mal ir a hacerle una visita.

Casi me tropiezo con él, que salía en ese momento de su oficina para comer. Después de saludarlo, le pregunté sin rodeos, porqué no me había dicho que Paco había estado en España, en varias ocasiones, antes de la muerte de Rut. La cara de sorpresa que puso, me confirmó que acababa de meter la pata. Según me explicó, había ido al aeropuerto con el encargo de recibir a un cónsul o algo así, americano, que por cierto no se presentó y encargarse de su alojamiento. Casualmente, a quien sí vio fue a Paco que llegaba en el mismo avión, acompañado de una mujer, estuvieron hablando y entonces fue cuando Fabián le contó lo del fallecimiento y el entierro de su hermana.

-         ¿Es que ha pasado algo? – preguntó a su vez.

-         Nada de particular. – le tranquilicé – Por lo visto su padre tuvo una recaída y al parecer, Paco tuvo que venir para atenderlo. De todas formas ya se encuentra mejor. Por cierto me parece que voy a ir a visitarlo.

No era muy buena excusa, pero sirvió para salir del paso sin dar demasiadas explicaciones. Ya camino de casa, iba pensando en la forma tan oportuna de aparecer que tienen algunas casualidades.

                                                     

CAPITULO III

 

Al entierro de Olga, asistieron solo seis personas. Paco, Pablo, el cura, yo mismo, un funcionario de la embajada argentina y un inspector de policía vestido de paisano, un tal Carmelo “nosequé”. No puse mucha atención al apellido porque pensé que no lo volvería a ver nunca más. Evidentemente, Dios no me había llamado para la vocación de profeta, pues solo un día después, se presentó en le redacción, preguntando por mí.

Al principio, no tenía ni idea de quien se trataba. “ El Sr. Cantero pregunta por usted” – me anunció el vigilante, entregándome una tarjeta de visita. Leí:

 

“Carmelo Cantero Gorriz”

        “ Fotógrafo”

“Carretera de Toledo Km. 2´8”

 

Lo de Carmelo ya me sonaba más. No obstante, hasta que no lo vi delante me fue imposible relacionarlo correctamente.

-         Sr. Villaran, perdone que me haya presentado sin avisarle, pero desconocía su teléfono y debía verle con urgencia.

-         Cierre la puerta al salir- le pedí al vigilante que, después de hacer pasar a aquel hombre, aun permanecía en el despacho esperando instrucciones. No quería presencias indiscretas. A continuación me dispuse a escuchar al inspector - ¿ De que se trata? – pregunté.

-         Como usted sabe, su amigo, el Sr. Niera tenía previsto regresar a Buenos Aires esta misma mañana. De hecho, uno de nuestros agentes le estaba esperando para entregarle cierta documentación, pero la realidad es que no ha aparecido. Hemos llamado a casa de su padre y nos ha dicho que efectivamente, esta mañana recogió algo de ropa y se marchó, pero no dijo donde. Hemos pensado que tal vez usted pueda saber donde se encuentra.

-         Pues me parece que ha venido al lugar menos indicado. – y añadí entre dientes- Últimamente, soy el último que se entera de todo.

-         ¿Cómo dice? – Preguntó extrañado Carmelo.

-         No, nada, nada. Que lamento decirle que no tengo ni idea de donde pueda estar el Sr. Niera . ¿ Han preguntado en el Hotel? – dije por decir algo.

-         Por supuesto, fue en el primer lugar que preguntamos... Bueno, si se pone en contacto con Usted le agradeceríamos que nos lo comunicara a este teléfono – garabateó unos números en la tarjeta que aun estaba sobre la mesa y se despidió.

  Conociendo la puntualidad de Paco, pensé que no sería extraño que hubiera perdido el avión. De pronto recordé un detalle que había quedado archivado en mi memoria y que ahora empezaba a cobrar importancia. Me refiero al chico con el que Paco se había presentado en el Club de Tenis y del que nadie me había vuelto a hablar. ¿Es posible que el niño tuviera algo que ver en esta nueva desaparición?. Se me ocurrió que debía hacer una visita a D. Elías. Tal vez su testimonio, pudiera aportar algo más de luz en todo este lío. Llamé por teléfono a su casa y se puso su mujer. Por lo visto, él estaba en Colmenar. Al parecer se había ido con la intención de vender la casa del pueblo y aun no había vuelto. Le pedí el número del  teléfono del pueblo y me informó que no tenían, pero que me podía dar la dirección. La tenía a mano porque no hacía ni media hora que la había llamado un comprador y  tuvo que dársela.

  Está bien- me dije- quizás  no sea el momento de hacer turismo, pero tampoco me vendrá mal un pequeño paseo en coche. Estaré de vuelta en un par de horas.

  A estas alturas de la película, estaba convencido de que nada podría ya sorprenderme por extraño que pareciera. A pesar de todo cuando llamé al timbre de la casa de Colmenar, había calculado solamente dos posibilidades de respuesta; una, que nadie contestara y la segunda, que saliera el viejo a recibirme. En realidad, lo que salió fue una mano, o mejor: una tenaza, que me agarró del brazo y tiro de mi hacia dentro, con tal fuerza que entré en la casa, dando trompicones, mientras se cerraba la puerta a mis espaldas. Aun estaba tratando de recomponer el equilibrio perdido, cuando pude comprobar que de nuevo estaba metido en un lío. Frente a mí, sentados en un sofá, estaban, D. Elías y un niño de unos seis o siete años, con cara de asustado, al que enseguida relacioné como el acompañante de  Paco, en la versión de mi ex - profesor.

En un lateral, sentado en uno de los butacones, un hombretón con cara de pocos amigos, dirigió hacia mi la pistola que empuñaba al tiempo que me “invitaba” a poner las manos sobre la cabeza. El que me había empujado, en mangas de camisa y    con la misma cara de bruto que el que me estaba apuntando sacó del bolsillo interior de mi chaqueta la cartera , le echó un vistazo y se la guardó, luego, comenzó a cachearme. Al ver que no llevaba armas, pareció relajarse un  poco, momento que aproveché para tratar de protestar, por cierto con bastante poco éxito.

     -  ¿Quiénes sois ustedes?, ¿Qué está pasando aquí?

-         Aquí las preguntas las hago yo – dijo el que iba en mangas de camisa, que parecía ser el jefe, en un tono que no admitía ninguna duda – vaya hacia el sofá sin rechistar y siéntese con los otros.

Aun protestando sin mucha convicción hice lo que me decía. Antes siquiera de que me hubiera sentado, ya me estaba acribillando a preguntas.

-         ¿Quién es usted? ¿A que ha venido? ¿ Que sabe del amigo Niera? ¿Se conocen ustedes?. ¡ Vamos, hable, no tenemos todo el día!.

  Supuse que aquellos dos sujetos debían ser los que estuvieron en el Hotel preguntando por Paco y posiblemente también los que llamaron a la mujer de D. Elías fingiendo ser  compradores. De todos modos, a juzgar por la elegante ropa que vestían, no parecía que fuesen policías, lo cual, desde luego, me intranquilizó bastante. No obstante respondí con el mayor aplomo que pude.

  -         Soy, Jaime Villaran, periodista y amigo de D. Elías, solo venía a hacerle una visita. ¿Son ustedes de la policía?

-         ¡Eso no importa ahora! - rebuznó el del sofá - ¡contesta a lo que te han preguntado!. ¿Dónde está el padre del niño?

La revelación me dejó totalmente anonadado y debió notárseme porque el de la camisa hizo un gesto a su compañero, como diciendo: “Este no sabe nada”

El niño, al oír hablar de su padre, abrió por fin la boca para sollozar llamándole quedamente y restregándose los ojos.

-         Les aseguro a ustedes que no tengo la menor idea de donde está ese hombre que buscan – Era la segunda vez en el día que me preguntaban por él. Parece que no era yo solo el que le buscaba.

D. Elías, me miró con curiosidad y luego agachó la cabeza. El gesto no pasó desapercibido para el fulano que parecía llevar la iniciativa, se dirigió hacia él como un rayo, lo levantó cogiéndole de la pechera y le preguntó a boca – jarro.

-         ¡Eh, tu, viejo!. ¿ De que conoces a este tío? ¿ Que coño ha venido a hacer aquí?

-         Es un antiguo alumno mío que había quedado conmigo para hacerme una entrevista. A mí se me había olvidado, seguramente mi mujer lo ha mandado aquí a buscarme.

Los dos gigantes se miraron. Evidentemente no se encontraban cómodos en aquella situación. El  que hacía de jefe gruñó:

-         ¡Está bien!, encierra a estos dos – y nos señaló a D. Elías y a mí – en la cocina. El niño vendrá con nosotros.

-         ¡ Venga, moveos ! – dijo el otro balanceando amenazadoramente la pistola y señalando con ella  en dirección a la puerta de la cocina.

-         ¿Qué vais a hacer con el chico? – preguntó D. Elías - ¿ No le haréis daño, verdad?

-         No te preocupes, viejo, si todo sale bien no le pasará nada – replicó el jefe. Luego, dirigiéndose al  chiquillo – Ahora te llevaremos con papá, pero tienes que prometernos que te portarás bien...

El niño asentía con la cabeza, y se dejaba llevar hacia la calle. Mientras tanto el de la pistola, nos empujó a la cocina y cerró la puerta con llave, al tiempo que nos decía:

-         Ahora, os vais a estar quietos y calladitos durante diez minutos si no queréis que al chico le pase algo. Luego cuando veáis al tal Niera le vais a decir que vaya a ver a Paolo. El lo entenderá.

Unos instantes después, escuchamos un coche que arrancaba y se perdía en la distancia con un chirrido de frenos. 

  Cuando, atendiendo a nuestros gritos, unos vecinos, lograron sacarnos de allí, creí llegado el momento de las explicaciones. D. Elías, resignado comenzó a contarme su intervención en el asunto.

  -         Dieguito, en realidad es el hijo de la compañera de Paco, una argentina que por lo visto está metida en un lío – Al parecer, D. Elías, no se había enterado de la muerte de Olga – El día que Paco estuvo en el Club de Tenis, me pidió que cuidara del niño unos días porque, al parecer, tenían que arreglar algunas cuestiones de papeleo, antes de su vuelta a Argentina, según dijo, no quería molestaros en vuestro trabajo y su padre tampoco podía hacerlo por motivos de salud. Me pidió asimismo que no os dijera nada a vosotros para que no os sintierais ofendidos, así que consideré que lo mejor era que nos trasladáramos aquí para evitar preguntas indiscretas. Esta mañana, poco antes de que llegaras tú, llamaron a la puerta. Yo abrí confiado, pensando que se trataba de Paco. Eran esos tipos que venían preguntando por él. Yo les dije que no estaba. En ese momento, Dieguito, que había escuchado llamar a la puerta, salió gritando “¡papá, papá!”, pensando, claro está que venía su padre. El caso es que esos tipos se dieron cuenta de la situación y decidieron esperar a que Paco viniera a recoger a su hijo. Prácticamente, es todo cuanto te puedo decir. El resto ya lo conoces. No sé en que jaleo está metido nuestro amigo pero yo creo que lo más inmediato será llamar a la policía.

-         No se preocupe D. Elías, yo me encargaré de todo. Seguramente, Paco, estará al llegar, lo mejor será que mientras yo hablo con la policía, usted lo espere aquí para contarle lo que ha pasado y no se olvide del mensaje que le dejó ese tipo sobre el tal Paolo. Puede que sea importante.

De regreso a la capital, mi cabeza era un caos de ideas. De malas ideas, para ser exactos. Algo me decía que esa no era la ultima sorpresa que me esperaba con respecto Paco. Lo que más me cabreaba es su falta de confianza en mí y su tendencia a desaparecer cuando más lo necesitaba. Seguramente Pablo conocería su paradero, así que decidí antes de nada ponerme en contacto con él, aunque a decir verdad, la confianza que le tenía había disminuido bastantes enteros en los últimos días.

Me sorprendió que me invitara a su casa. A Patricia no le iba a sentar nada bien esta visita, de todos modos en ese momento, yo no estaba para muchas sutilezas. Media hora más tarde estaba en el chalecito adosado en que vivía Pablo. 

Fue precisamente Patricia quien me abrió la puerta. Me saludó con cierta frialdad y me hizo pasar al despacho de Pablo desapareciendo a continuación pues según dijo tenía que hacer varios recados.

Cuando Pablo me vio entrar esbozó una media sonrisa y me indicó que me sentara. Atropelladamente vomité todo lo que me había pasado unas horas antes. Cuando terminé, el rostro de Pablo no mostró la más mínima preocupación aunque sí pareció interesado por algunos detalles. Si no fuera una barbaridad, yo diría que en algún momento noté incluso una cierta excitación, en especial cuando le mencioné el mensaje que hacía referencia al tal Paolo.

-         Tranquilízate. – dijo – Sé como contactar con Paco. Tienes que poner un anuncio en tu periódico.

Por lo visto se trataba de una especie de contraseña:

“ Interior sin amueblar. Céntrico. Precio a convenir” y un número de teléfono. Falso, por supuesto.

El niño, según me explicó, era del primer matrimonio de Olga con un italiano. Un tal Sergio Vanetti que al parecer sentía nostalgia de su país y al segundo año de matrimonio puso pies en polvorosa. Cuando unos años después de la separación conoció a Paco, se inició un romance que hubiera culminado en boda de no haber mediado el desgraciado suceso que acabó con su vida. Dieguito  encontró en Paco al padre que apenas llegó a conocer y lo adoptó como si fuera el autentico. Cuando vinieron a Madrid se lo trajeron con ellos con la intención de dejarlo con el abuelo una temporada, pero a raíz de la muerte de Olga, Paco, que quería dejar al niño al margen de cualquier peligro contactó con D. Elías para que lo mantuviera escondido. Según Pablo, el hecho de que hubieran dado con su paradero indicaba que los traficantes disponían de algún informador con acceso a datos muy precisos de su vida privada lo que estrechaba el circulo de los posibles sospechosos, aunque no lo suficiente como para averiguar su identidad por el momento, por lo cual, - “ En estos momentos, no podemos hacer otra cosa que esperar” – terminó.

Me molestó bastante la sangre fría de Pablo. ¿Cómo podía quedarse tan tranquilo estando en juego la vida de Dieguito?. Decididamente, mis amigos habían cambiado bastante en estos últimos años y lo que es más: no me gustaba en absoluto ese cambio.

Aquella noche, apenas pude conciliar el sueño.

 

 

 

 CAPITULO IV

   

Julia era la fotógrafa oficial de mi departamento. Tenía fama de ser muy apreciada por casi todos los famosos del país por su escrupulosa profesionalidad, pero lo cierto es que también demostraba ser una excelente profesional cuando se movía en el mundo de las comisarías de policía haciendo gala de su exquisita sensibilidad en sus reportajes ya fuera en  los sucesos más dramáticos o los aparentemente más intranscendentes. Jorge, que tenía un sentido del humor bastante peculiar, solía decir que “sacaba los muertos más bonitos de la prensa nacional”.

  Normalmente, me acompañaba en las entrevistas importantes para ilustrar con sus fotografías las características más significativas del personaje o su entorno. Confiaba de tal manera en su buen hacer profesional que salvo que me pidiese elegir entre varias de sus tomas,  comprobaba el resultado de su trabajo cuando ya estaba en la imprenta.

  De temperamento extrovertido y un estilo bastante moderno aunque -  según Ramón, mi jefe -  algo extravagante, si embargo, en el ejercicio de su profesión solía mostrarse más reservada de lo normal y cortaba cualquier tipo de frivolidad en  relación al trabajo que estuviera realizando.

  Aquella mañana la encontré distinta. Tal vez fuera porque en lugar de los informales “jeans” o las faldas largas y holgadas que acostumbraba a vestir, llevaba puesto un traje de calle, más ceñido de lo normal ( al menos, eso me pareció ) zapatos de tacón y una blusa que dejaba entrever una silueta francamente sugerente. A sus treinta y pico años, podía presumir de conservar la figura de una jovencita.

  Sentí como si fuera la primera vez que la veía y constaté que era la segunda vez , desde la muerte de Rut, que una mujer me llamaba la atención.

  Miré rutinariamente las fotos que me ofrecía sobre el incendio de unos almacenes y elegí dos de ellas para acompañar el reportaje. Seguramente se dio cuenta de que la observaba con más insistencia de la cuenta porque en sus ojos adiviné una sonrisa burlona.

-         ¡ De acuerdo, “jefe”! - aunque nos tuteábamos, siempre me llamaba “jefe”, sobre todo cuando estaba de buen humor.

  Al volverse caminando hacía la puerta, creí notar que el contoneo de sus caderas era más acusado de lo habitual. Traté de reconducir mis pensamientos hacia el trabajo que se acumulaba sobre la mesa que por cierto, como resultado de mi afán investigador, tenía bastante abandonado.

  El anuncio que me había indicado Pablo salió al día siguiente, pero si  tuvo  alguna clase de respuesta, de momento, no llegó a mis oídos. De quien si tuve noticias fue del inspector Carmelo, que llamó por teléfono a mi despacho para pedirme que acudiera a la Comisaría Central para recoger mi documentación que había sido encontrada en una papelera.

  ¡ Coño, es verdad ¡ Desde que aquellos matones me habían arrebatado la cartera no la había echado en falta en ningún momento. Claro que lo único que contenía eran un par de carnets, además del D.N.I., y algunas tarjetas de visita. Dada mi fobia a utilizar el dinero de plástico, prefería llevar algún dinero de bolsillo para los gastos diarios en lugar de las clásicas tarjetas.

  El propio Carmelo me esperaba en la puerta y casi sin mediar palabra me hizo pasar a un pequeño despacho dejándome a solas con un hombre bajito, calvo y bien vestido que enseguida se aproximó a mí con la mano extendida..

  -         Soy el Juez Borau. Creo que ya le han hablado de mí. Siéntese, por favor.

  A través de las gafas sin montura unos ojos inteligentes me escrutaban con intensidad. Debía tener cerca de sesenta años pero todo su aspecto emanaba energía y autoridad.

  -         Perdone que le haya hecho venir pero tenía interés en conocerle. El Sr. Rejón me ha contado como se ha visto usted involucrado en este asunto y créame que lamento las molestias y los malentendidos que ha tenido que sufrir pero debe comprender que la discreción, en este caso, era fundamental.

-         Lo comprendo, aunque desde luego no lo hubiera esperado de mis amigos. Enfin, quizás haya sido inevitable – dije con resignación – de todas formas, ya que hemos llegado a este punto, le agradecería que me pusiera al corriente de la situación.

-         Precisamente esa era mi intención – hizo una pausa, se quitó las gafas y comenzó a limpiarlas con un pañuelo – Iré directamente a los hechos: Le supongo enterado de que su amigo el Sr. Niera y la inspectora Pérez Recal habían conseguido enterarse de la fecha aproximada que se iba a producir el transporte de un importante alijo de cocaína. Le ahorraré los detalles pero la cuestión es que su amigo había conseguido infiltrarse en el grupo mafioso, el clan de los Bolines, que presuntamente iban a efectuar la operación. Según las informaciones recogidas recientemente por el inspector Carmelo, una vez que el barco en que se transportaba la droga llegó a Barcelona, el cargamento desapareció como por ensalmo al mismo tiempo que el Sr. Niera, que era el encargado de custodiarlo viajaba a Madrid a recoger a su mujer y al niño, Dieguito, que usted ha conocido, por cierto, en circunstancias poco afortunadas. Al parecer,  y siguiendo el esquema del inspector Carmelo, la banda, sospecha que su  amigo ha sido el culpable de dicha desaparición. Según su teoría, la inspectora Olga, habría sido informada por su compañero de este hecho y quiso sin conocimiento de él, aprovechar esta circunstancia para llegar a la cabeza de la organización simulando ser una mujer desesperada que devolvería la droga, a cambio de que dejaran en paz a su marido y a su hijo. Parece comprobado sin embargo que la banda sabía de su condición de policía y no solo, no cayeron en la trampa sino que la asesinaron sin contemplaciones...

-         ¡ Supongo que no creerá usted  - protesté con vehemencia – que Paco... El Sr. Niera haya podido hacer una cosa así ¡

-         Como comprenderá, por ahora, no podemos descartar ninguna hipótesis. Esperemos que su amigo responda al anuncio y contacte con usted o con el Sr. Rejón para darnos alguna explicación coherente. Mientras tanto, le agradecería que no volviera a tomar ninguna iniciativa sin consultarnos previamente. Habrá comprobado que esa gente es bastante peligrosa.

  Hizo una pausa como si esperase una respuesta por mi parte. Al ver que yo permanecía en silencio, decidió dar por terminada la entrevista.

  -         Bien, en todo caso, al menos ténganos al corriente de cualquier hecho que le parezca fuera de lo normal. Una vez que esos asesinos conocen su domicilio, no es descartable que quieran hacerle una visita . ¡ Bueno, Sr. Villaran ! - dijo poniéndose de pie - ¡ Gracias otra vez por su colaboración ! – Nos dimos la mano y ya iba a salir del despacho, cuando me llamó de nuevo - ¡ Eh, oiga ! ¡ Se deja la cartera ¡

  La recogí, le di las gracias y salí de allí apresuradamente. Tenía trabajo pendiente en la Redacción.

  Acababa de aparcar el coche frente al edificio del periódico y estaba cerrando la puerta, cuando escuché a mis espaldas un silbido inconfundible. Volví la cabeza y vi a Paco que desde el interior de un automóvil me hacía señas con la mano para que me acercara. Cuando llegué a su altura, me señaló el asiento a su lado.

  -         ¡ Vamos, entra !

  Así lo hice y antes de que pudiera formularle ninguna pregunta, arrancó de inmediato, emprendiendo velozmente la Avenida. Nos dirigimos a la Autopista del Norte y desde allí, tomamos una desviación que se internaba en la Sierra. Durante todo el trayecto, Paco no había abierto la boca. Al fin llegamos a un pequeño Motel de carretera, frente al cual aparcó.

  -         ¡ Creí que me llevabas a esquiar! – Dije yo por romper el hielo. Esbozó una pequeña sonrisa y por toda respuesta me dijo señalándome el Motel.

-         ¡Ya hemos llegado. Aquí es donde vivo !.

  Pidió la llave de la habitación y entramos a un pequeño cuarto sin más mobiliario que la cama, una pequeña mesita de noche, una silla y un pequeño televisor en alto, sobre la pared, mediante una especie de repisa giratoria. Al cuarto de baño se accedía a través de una pequeña puerta corredera. Se sentó sobre la cama y yo lo hice en la silla. Luego, sacó parsimoniosamente un cigarrillo, lo encendió y solo entonces comenzó a hablar.

-         Bueno, Jaime, ya estamos seguros – Su voz denotaba cierta preocupación – D. Elías me ha contado el secuestro de Dieguito. Creo que a estas alturas sería absurdo seguir con los secretos. Pero antes me gustaría que me pusieras al corriente de lo que has averiguado. Es importante que confiemos el uno en el otro.

-         En primer lugar, quiero que sepas que me parece que has perdido el seso. ¡ Como se te ocurre robar un alijo de droga, poniendo en peligro la vida de tu mujer y tu hijo !

-         ¡ Un momento ! – cortó Paco – Cuéntame esa historia desde el principio porque me parece que alguien no te ha dicho la verdad.

-         Eso no es nuevo. Por lo visto en estos últimos días se está poniendo de moda.

  A continuación, le hice un relato pormenorizado de mi conversación con el juez Borau. Cuando terminé, el rostro de Paco, había pasado de la incredulidad a la expectación más absoluta. Se quedó unos segundos en silencio como rumiando una idea que no acababa de surgir.

  -         ¡ Bien ! – dijo – Será mejor que escuches mi versión de los hechos porque creo que estamos llegando al final y quiero contar contigo para resolver definitivamente este caso. – Me miró de una forma extraña, hizo una breve pausa y comenzó su relato. 

" Como sabes me enviaron a Buenos Aires para colaborar en el seguimiento de las actividades de un grupo mafioso que en los últimos años, había extendido sus redes en España de una manera alarmante. Todas las trampas para llegar a la cabeza de la organización acababan fracasando porque sorprendentemente se anticipaban a las acciones que la policía dirigía contra ellos. Con el tiempo, mi relación con Olga, que coordinaba el seguimiento, fue pasando de lo profesional a lo privado y acabamos enamorándonos. Yo había logrado tomar contacto con un tal Prudencio Bolin, uno de los cabecillas de la banda que viajaba a Buenos Aires con cierta frecuencia y me había ganado su confianza efectuando para él esporádicamente pequeños trabajos de transporte de mercancía aprovechando mi movilidad profesional como representante farmacéutico. En una ocasión me habló de un tal Paolo que debía ser su socio y el confidente que le proporcionaba la información para escabullir el bulto a la policía, con lo que se confirmaron nuestras peores sospechas. Hace unos meses volvimos a vernos en Argentina y me preguntó si estaría dispuesto a hacer un trabajo para él, aprovechando que yo era el encargado de hacer las devoluciones de las remesas de medicinas caducadas, acompañando dicha mercancía hasta que llegaba al puerto de Barcelona donde se descargaban en un almacén para su posterior destrucción.

  Aquella era nuestra gran oportunidad y no lo dudé ni un momento. Olga llamó a Madrid y le autorizaron a venir conmigo, aunque para evitar sospechas lo haría en avión. La única persona que conocería mi identidad además de Olga sería nuestro amigo Pablo, quien a su vez conectaría con el juez Borau que coordinaba todo el dispositivo policial. Cuando llegó el momento, los hombres de Prudencio Bolin prepararon el alijo, camuflado entre las medicinas y el barco partió para Barcelona. Una vez allí el propio Bolín a quien yo había proporcionado una llave del almacén, se haría cargo de la cocaína. Más tarde, yo, debía ir al Boston - Club, un local que regentaba en Madrid, con su socio, el tal Paolo, para cobrar mi parte."

  Hizo una pausa, exhaló una gran bocanada de humo y continuó su relato.

   "A partir de aquí las cosas se desarrollaron con bastante rapidez. Llegamos a Barcelona el Domingo y una vez descargada la mercancía tomé el puente aéreo a Madrid para recoger a Olga que venía con Dieguito. Allí fue donde encontramos a Fabián, el hermano de Rut, que me contó el fallecimiento de su hermana y la Misa de Difuntos que se celebraba aquella misma noche. Tuvimos el tiempo justo de dejar al niño en el Hotel y acudir a la iglesia. Al día siguiente, Lunes, fuimos a ver a mi padre para que conociera a Olga y de paso, te llamé por teléfono para cenar juntos y dejamos al niño con él. Cuando volvimos al Hotel, el recepcionista nos dijo que un par de tipos habían estado preguntando por mí. Aquello me hizo sospechar que algo había salido mal. Llamé al almacén de Barcelona y me dijeron que la noche anterior habían forzado la cerradura del almacén y se habían llevado toda la mercancía. Pensé que no podría ser obra de Prudencio Bolin puesto que él tenia una llave y no habría necesitado forzar la puerta. Olga y yo decidimos que lo más prudente sería mudarnos de Hotel y esconder al niño en algún sitio hasta que se aclarara la situación. Olga llamó a Pablo para explicarle la situación y quedamos en vemos en su bufete. Aquella noche, después de cenar contigo tuvimos una discusión porque Olga quería que tomáramos la iniciativa y yo prefería esperar los acontecimientos. La cuestión es que en la mañana del Martes fui al club de Tenis, donde encontré a D. Elías. Le pedí que me ayudara discretamente con Dieguito y quedé en llevarle el niño al día siguiente. Olga, mientras tanto, aprovechó mi ausencia para hacer averiguaciones por su cuenta. Ya era bastante tarde cuando,  preocupado, llamé a Pablo. Con solo oír el tono de su voz comprendí que a Olga le   había pasado algo. Cuando me contó que hacia una hora la habían encontrado  muerta, creí morir. Pablo me pidió que no llamara a nadie ni siquiera a la policía, hasta que él me avisara por medio del anuncio que ya conoces. Quería prepararles una trampa. El jueves llevé a Dieguito a Colmenar, con D. Elías y al volver estuve haciendo algunas llamadas. Efectivamente Prudencio Bolin me creía responsable de la desaparición de la droga y me andaba buscando. No obstante, decidí asistir el viernes al entierro, aunque para evitar que me siguieran, desaparecí, como recordarás, antes de que terminara la ceremonia. Al día siguiente, había quedado con D. Elías en ir a recoger a Dieguito, pero cuando llegué y supe lo del secuestro, creí que el mundo se me caía encima. Esa gente conocía incluso a nuestras amistades más cercanas. Sospechaba de todo el mundo, incluso del mismo Pablo. Alguien estaba jugando conmigo. El Domingo apareció tu anuncio. No me atrevía a hablar con nadie pero pensé que tu eras la única persona en quien podía confiar. Y aquí estamos..."

  Cuando concluyó su relato nos quedamos unos instantes en silencio. Yo trataba de asimilar aquella información.

   -    ¿ Que piensas hacer ? - Le pregunté.

   -    Necesito que me ayudes a tender una trampa para hacer salir a la luz al cabrón que ha estado en la sombra, manejando todo este lío.

  Como si fuera otro, me oí responder con un hilillo de voz.

  -           ¡ De acuerdo ¡ ¿Qué tengo que hacer?.

                       

    

 CAPITULO V

 

  De alguna manera, Julia, debió adivinar los sombríos pensamientos que cruzaban por mi cabeza porque durante todo el día, con uno u otro pretexto, había estado entrando en mi despacho y aunque no se había atrevido a decirme nada, en un par de ocasiones, se me quedó mirando como si dudase en hacerlo. Por fin se decidió.

  -         ¡ Bueno “jefe”, no parece que estés muy alegre!. Desde que has llegado no has abierto la boca. ¿ Va todo bien?.

  Por un momento, sentí deseos de soltar el turbión de acontecimientos por los que estaba pasando, pero después pensé que ya estaba la situación bastante comprometida como para complicar a nadie más. Opté por una estrategia que, a mi pesar, estaba aprendiendo con mi propia experiencia. Contestarle con una verdad a medias.

  -         Nada va como debiera, pero no te preocupes, no se trata del trabajo, es que todavía no me acostumbro a la ausencia de Rut.

-         Ha debido ser muy duro – comentó – Si puedo hacer algo... Ya sabes que puedes contar conmigo. Debes animarte, la vida continúa. ¡ Venga “jefe”, te invito a un cafelito !.

-         ¡ Está bien, pero vayamos fuera!. Necesito respirar un poco de aire puro.

  Ya casi era la hora de salir, así que recogí mi chaqueta y nos marchamos.

  Julia parecía más habladora que de costumbre, aunque yo lo achaqué a su afán por animarme. Me contó que su madre, con la que convivía, se había marchado al pueblo a visitar a unos parientes y que paradójicamente, ahora que podía salir, tenía menos compromisos que nunca. Después la conversación derivó hacia el trabajo. Cuando llevábamos un rato charlando, me di cuenta de que habíamos pasado los bares habituales y nos habíamos alejado bastante de la Redacción.

  -         Me parece que a este paso no tomaremos café. No veo ninguna cafetería por aquí     cerca. – le dije.

-         ¡ Es verdad!. Bueno, te propongo una cosa. Mi casa está cerca y yo tengo que recoger unos carretes. ¿ Porqué no me acompañas y lo tomamos allí ?.

-         Acepto pero con una condición: Que no sigamos hablando de trabajo.

-         ¡ De acuerdo, es una idea estupenda ! – dijo sonriendo.

  Ya estaba oscureciendo cuando llegamos a su casa. Julia vivía en el ático de un edificio de apartamentos. Aunque no era muy amplio, era coqueto y estaba amueblado con gusto, además disponía de una hermosa terraza, desde la que se contemplaba una magnifica panorámica de la ciudad. Mientras ella estaba atareada en la cocina, me entretuve echando un vistazo a mi alrededor. La biblioteca estaba bien surtida de libros, la mayoría relacionados con la fotografía. Un par de diplomas y algunas fotos ampliadas de paisajes colgaban de la pared. Me despojé de la chaqueta y me recliné plácidamente en el cómodo sofá.

  Julia entró con la bandeja del café que depositó con cuidado sobre el cristal de la mesita.

  -         Espero que te guste, pero te prevengo que suelo hacerlo bastante cargado. – dijo sentándose a mi lado.

-         No te preocupes, estoy acostumbrado. Rut también lo hacía así. – No sé porqué, inmediatamente me arrepentí de haber hablado de Rut.

-         ¿Quieres mucha leche o solo un poco?.

-         Solo un poco. Gracias.

  Julia se inclinó un poco para alcanzar la leche y servirla. Al hacerlo, su escote quedó momentáneamente ante mi vista y una extraña sensación me recorrió el espinazo. Antes de que pudiera levantar la taza de la bandeja mi mano la detuvo y mis labios fueron al encuentro de los suyos. Como si lo hubiera estado esperando, sus brazos rodearon mi cuello y nos besamos apasionadamente mientras nos desnudábamos.

  Mas tarde, traté de disculparme.

  -         Julia, yo...

  No me dejó terminar.

  No digas nada. Yo también te deseaba. Ha sido muy bonito, lo único que temía – dijo con una sonrisa - es que hubieras empezado a llamarme Rut. Sospecho que no era ella el centro de tus preocupaciones de antes.

  -         Llevas razón. Necesito contarle a alguien lo que me está pasando si no, creo que voy a volverme loco. Pero antes me tienes que prometer que mantendrás el secreto.

-         Puedes contar con ello. – Dijo incorporándose ligeramente en la cama y mirándome con atención.

  Casi sin respirar, le fui contando a grandes rasgos mi  desconcertante aventura. Cuando terminé la narración, Julia no salía de su asombro.

  -         ¡ Pero eso es muy gordo !. ¿Qué se supone que debes hacer ahora?.

-         Paco ha llamado a Pablo para que sea el propio Juez Borau quién coordine toda la operación. En resumen se trata de lo siguiente. Dentro de unos momentos me esperan en la comisaría donde me colocarán un pequeño transmisor. Luego iré al Boston-Club. La policía, esperará cerca en una furgoneta camuflada, desde donde seguirán todos mis movimientos y grabarán las conversaciones que se produzcan para, llegado el momento, intervenir oportunamente. Quiero que vayas a la redacción y esperes mis noticias. Si todo sale bien, nuestro periódico será el primero en publicarlo.

-         ¡ Pero Jaime, eso puede ser muy peligroso! – Protestó Julia – No deberías ir solo. Recuerda lo que le pasó a Olga.

-         No insistas Julia. Tiene que ser alguien ajeno a la policía. Esos asesinos tienen una perfecta información y huelen a los “maderos” a un Kilómetro de distancia.

  Cuando pareció convencida por fin, creí llegado el momento de marcharme. Me abrazó desesperadamente.

  -         Quiero que sepas que lo que pasó hace un momento ha sido importante para mí. Por favor, no corras más riesgos de los necesarios.

-         No te preocupes – le contesté tratando de restar importancia a la operación – será coser y cantar. Te prometo que volveré sano y salvo. ¡ Ah, - dije besándola con fuerza – Tu también me importas!.

  Cuando llegué a la comisaría, el inspector Carmelo ya lo tenía todo preparado. También había acudido el Juez Borau que daba las últimas instrucciones a los policías que iban a participar en el operativo. Luego se dirigió hacia mí.

  -         Es usted un hombre muy valiente Sr. Villaran – dijo en tono admirativo.

-         No lo crea Juez, más bien, todo esto me parece una locura así que yo debo ser el más loco de todos. – Dije yo y por primera vez le vi esbozar una pequeña risita

  Ya eran cerca de las doce de la noche cuando llegué al Boston-Club . Cuando entré en el local, sentí como si alguien me hubiera puesto una venda sobre los ojos. Tarde un buen rato en acostumbrarme a la semi-oscuridad de la sala. Al fin distinguí a un fornido camarero que se que se colocó a mi lado y señalando al fondo me indicó.

  -         Allí tiene una mesita libre. Está cerca de la pista y podrá ver perfectamente el espectáculo que va a comenzar dentro de muy poco.

-         Bien, gracias – Como vi que hacía el ademán de irse de nuevo, le tome por el brazo tirando de él y acercándome a su oído le dije – Quiero hablar con el Sr. Paolo.

  El camarero me miró sorprendido y pude notar en su brazo una ligera contracción de rechazo. Su rostro se puso tenso para contestarme.

  -         Aquí no hay ningún Sr. Paolo...- Luego, como si recordase algo, continuó -  Pero si viniera, ¿Quién debo decirle que le espera ?.

-         Dígale, que me envía el Sr. Niera. ¡Ah, y tráigame un Gin-Tonic ¡ – Le grité mientras se alejaba.

  Sorteando varias butacas y tropezándome con cada mesita que se ponía a mi alcance y con los pequeños taburetes diseminados entre ellas, me dirigí al lugar que me había indicado. Aunque hacía bastante calor, no me quité la chaqueta. Tenía el temor de que si lo hacía, se iba a notar el casi imperceptible bulto del micrófono bajo la camisa.

Llevaba unos minutos sentado, cuando alguien me tocó en el hombro por detrás. Al darme la vuelta casi me caigo del taburete por la sorpresa. El mismísimo y elegante senador Leigthon me alargaba la mano con una sonrisa de oreja a oreja.

  -         ¡ Hombre!. ¡ El Sr. Villaran!. ¡Menuda sorpresa!. ¿Cómo usted por aquí?. Pablo me dijo lo de su esposa. Créame que lo siento.

  Me apretaba la mano con tal entusiasmo que casi me hacía daño. Logré soltarme antes de contestarle.

  -        Gracias, tampoco yo esperaba encontrarle en este... antro.

-         Pues sí. Estoy con unos amigos. No se imagina la de cosas que se arreglan en política en sitios como este, - Me guiñó un ojo con complicidad – y lo útiles que pueden ser para un periodista.

-         Si se refiere a lo de aquel articulo, le aseguro que yo no tuve nada que ver.

-         ¡ Nada, hombre, no se preocupe !. Aquello ya está olvidado. Pero... ¡Déjeme que le invite a una copa!.

-         Lo siento, pero estoy esperando a un amigo y en cuanto llegue, nos iremos.

-         Bien, en ese caso, no le entretengo más. Tendremos oportunidad más delante de seguir hablando. – Dijo apretando mi hombro suavemente como despedida.

  ¡ Uf !. Por un momento creí que se iba a sentar conmigo y complicar la situación aún más de lo que estaba.

  Pasaba el tiempo y nadie respondía a mi mensaje. Empezaba a dudar de que hubiera llegado a su destino y me disponía a ver el espectáculo de las bailarinas que acababan de salir, cuando vi llegar al mismo camarero de antes que se aproximó a mi oído para susurrarme.

  -         Acompáñeme. Le están esperando.

  Le seguí y cruzamos toda la sala. A un lado de la barra del bar, había una estrecha puerta. A unos golpes del camarero, se abrió, asomando una cara que, a pesar de la poca luz, reconocí al instante. Se trataba de uno de los sujetos que habían secuestrado a Dieguito. Más concretamente, el que mandaba. Me alegré al pensar que habíamos acertado al ir allí. Pero la alegría duró poco al observar que el tipo sujetaba una pistola con la que me empujaba hacia una pequeña escalera. La subí lentamente, sopesando la situación y las posibles vías de escape, en caso de necesidad. Frente había una pequeña ventana y a la derecha de ella, una puerta con una placa en la que se leía: “Administración”. Ahí fue donde entramos.

  “ Administración” era un pequeño despacho sin ventanas, iluminado por una lámpara de araña desde el techo, con un par de sillas y una mesa de despacho llena de papeles y de un par de zapatos ocupados por una persona. Desde detrás de los zapatos, recostado en el sillón, con los brazos cruzados en el pecho, su dueño me miraba con una fría sonrisa. Podía parecer un tipo corriente si no fuera por la dureza de su mirada que resaltaba en un rostro redondo y unos labios gordezuelos. Debía frisar los cuarenta años y ya empezaban a notársele una ligera obesidad.

  ¡Siéntate! – Me indicó con un gesto vago hacia las sillas – Te estaba esperando. Soy Prudencio Bolin.

  No sé porqué no me chocó que me tutease. De alguna forma, comprendía que era el tratamiento adecuado en estas situaciones. Obedecí sin soltar una sola palabra. Quería que fuera él quien llevase la iniciativa... Por el momento.

  -         Quiero suponer que vienes a ofrecerme algo porque si no es así, podría ser muy peligroso para ti. Quiero recuperar lo que es mío, pero ya me han engañado una vez y no voy a permitir que lo hagan de nuevo.

-         Yo solo soy un intermediario y no se a qué se refiere con eso del engaño ni lo quiero saber. Es verdad que tengo algo que ofrecerle pero antes necesito ver al niño.

-         No tan deprisa. Lo primero es lo primero. ¡Pato! – le dijo al tipo que estaba a mi espalda – ¡Cachéale!

  ¡Esto es el final!. Pensé. Como este bruto descubra el micrófono estoy perdido. El miedo se apoderó de mí pero intenté permanecer tranquilo y colaborar. Levanté los brazos para que hiciera su trabajo. Tal vez mi actitud colaboradora o el recuerdo de la vez anterior, en la casa de D. Elías, donde comprobó que no llevaba armas hizo que con desgana pasara sus manos bajo mis sobacos y a lo largo de las piernas sin detectar el comprometedor artilugio.

  -         No lleva nada, jefe – informó.

-         Eso me parece bien. Ahora ya podemos empezar a hablar. En primer lugar: No tendrás al niño antes de que yo tenga lo mío –  haciendo honor a su nombre, hasta ahora seguía sin mencionar la palabra “droga” o similar – así que será mejor que vayas al asunto cuanto antes.

-         Primero quiero cerciorarme de que Dieguito está bien. – Yo seguía en mis treces según el plan que habíamos elaborado.

  Prudencio me miró con intensidad, luego, se incorporó y sacó de una funda que llevaba en el cinturón un pequeño teléfono móvil. Sin mediar palabra, marcó un número y cuando contestaron, ordenó.

  -         ¡ D’Acosta, soy Prudencio. Trae al niño y que se ponga al teléfono! – Mientras su interlocutor cumplía la orden, con un gesto brusco me alargó el aparato - ¡ Toma. Habla con él !.

-         ¿ Dieguito ?. Soy Jaime, el amigo de tu padre que estuvo contigo en la casa de D. Elías. ¿ Cómo te encuentras ?.

  Hubo un breve silencio, luego  me llegó débil y lejana, la voz del crío.

  -         Estoy bien, pero quiero irme con mi papá. ¿Cuándo va a venir a recogerme?

-         Muy pronto, hijo, no te preocupes. Ahora no puedo seguir hablando...

  Mientras hablaba, Prudencio Bolin había alargado la mano hacia el teléfono que me arrancó de un manotazo y lo volvió a meter en su funda.

  -         Ya has visto que el niño está bien. Ahora no quiero más tonterías. ¡ Habla de una vez!.

  Parece que el tipo estaba perdiendo la paciencia. Consideré que había llegado el momento de seguir con la segunda fase del plan.

Saqué una tarjeta del bolsillo.

  -         Esto es una tarjeta con banda magnética. Pertenece a un armario de Consigna del Aeropuerto cuyo número desconozco. Para saberlo, tendrá que ir hasta allí con Dieguito. En los aparcamientos, en primera fila, hay una vieja ambulancia abandonada debajo de cuyo asiento hay un sobre con el número que corresponde a esta tarjeta. Allí encontrará lo que busca, pero antes tendrá que dejar en libertad al niño. En la entrada del Aeropuerto habrá un taxi para recogerlo.

  Prudencio Bolin se me quedó mirando mientras su cerebro le daba vueltas a la propuesta que le había hecho. No parecía convencerle del todo. Meneaba la cabeza a uno y otro lado. De pronto, pareció encontrar la solución y sonrió complacido de su propio ingenio.

  -         No creo que mi amigo, el Sr. Niera se arriesgara a tenderme una trampa, pero, como todo es posible, para evitar tentaciones, tu te vas a quedar aquí como garantía. Si no he vuelto antes de las... – miró su reloj – cuatro de la madrugada, Pato se encargará de ti y te garantizo que antes de morir lo vas a pasar muy mal. – Después como si se le hubiera ocurrido una gracia, emitió una risita y dijo - ¡ Vamos, que pagarás el Pato... ja, ja, ja ¡.

  El tal Pato coreó a su jefe con una especie de risa cascada. A mi, en cambio, no me hizo ni chispa de gracia. A continuación me dejaron solo en el despacho que cerraron desde fuera. A través de la puerta, oí como Prudencio le decía al tal Pato que me vigilase hasta que él lo llamara. ¡ No sé por donde pensaba que me podría escapar!.

  Me acomodé en el sillón y me dispuse a esperar la intervención de la policía que si todo iba bien, habría estado escuchando toda la conversación a través del micrófono

  Había pasado más de media hora y allí no aparecía nadie. Yo empezaba a ponerme nervioso. No quería hablar directamente al micrófono que llevaba pegado en el pecho por temor a que Pato me pudiera oír a través de la puerta, pero el tiempo apremiaba así que decidí arriesgarme. Me fui al rincón más alejado, me desabroché la camisa y en un susurro, me puse a pedir auxilio desesperadamente.

  -         ¡Juez Borau! ¡ inspector! ¿ Que está pasando? ¿Porqué no venís a liberarme? ¡Sacadme de aquí! ¡Esa gente puede llegar en cualquier momento!.

  Estaba hablando de cara a la pared y tan absorto estaba, que no hice caso a un ruido sordo que se escuchó tras de la puerta ni que esta se abría, hasta que oí a mis espaldas una voz a mis espaldas.

  -         No insistas. El micrófono no funciona. Ni siquiera le puse pilas.

  Un escalofrío me recorrió la columna al darme la vuelta. El inspector Carmelo me apuntaba con una pistola. A través de la puerta entreabierta se veía el cuerpo de pato en el suelo. Un hilillo de sangre salía de su cabeza.

  -         ¡ Gracias a Dios! ¡Creí que nunca ibais a llegar!- intenté dirigirme a él.

-         Creo que no me ha entendido. ¡No se mueva!! – dijo deteniéndome con un gesto de su pistola – No le puse pilas a su micrófono porque no quería que el Juez interviniera. A estas horas estarán siguiendo a Bolín por indicación mía. Yo me he quedado aquí para rescatarle, pero... desgraciadamente, al sentirse acorralado, Pato ha acabado con su vida y yo no he tenido más remedio que disparar contra él.

  Se quedó callado, esperando mi reacción ante su declaración. Por un momento el miedo me paralizó. Después al comprender que nada que dijera podría cambiar mi destino, traté de conservar mi sangre fría. Quizás tuviera una oportunidad.

  -         Así que usted era la conexión. Ahora comprendo como podían saber los pasos que daba el Juez, por adelantado. Lo que no acabo de entender como va a explicar a Paolo y al resto de la banda la detención de Bolín.

-         No se preocupe por eso. En cuanto el Juez detenga a Bolín y el niño sea liberado, el caso se cerrará y a mí me darán un ascenso. En cuanto a Paolo le tengo reservada una sorpresa.

Desde la puerta me llegaron una serie de ruidos como de lucha y unos gritos que reconocí al instante. ¡ Lo que faltaba!. Ante mi vista apareció Julia con la cara desencajada y a su espalda, apuntándole con una pistola se hallaba... ¡El senador Leigthon!.

  -         Ya le dije que tendríamos oportunidad de volver a hablar. – Dijo sonriente – Por cierto, he encontrado a su amiga... ¿Supongo que es su amiga, verdad? Estaba husmeando en la entrada del pasillo. Bueno, quizás sea hora de que conozca a Paolo. Yo soy Paolo. Es mi nombre de guerra, claro que ya no le servirá de nada saberlo. ¡Carmelo, espósalos a los dos juntitos!.

  Yo permanecía con la boca abierta, sin poder articular palabra. Solo se me ocurrió decir:

  -         Perdona Julia por haberte metido en este lío. Lo siento.

  Una vez esposados, el senador se sentó en el sillón, puso la pistola encima de la mesa, juntó las manos como si estuviera orando por delante de la nariz y me miró fijamente.

  -         Supongo que no te lo imaginabas. En realidad, si hubieras investigado un poco más aquella vez que apareció el celebre articulo, seguramente filtrado por la oposición, ya que no tenían pruebas, hubieras descubierto que las famosas comisiones en realidad eran producto del tráfico de drogas. Por cierto, me sentó muy mal que no intervinieras para impedir su publicación. – sus ojos eran dos bolas de acero – Ya es hora de que saldemos aquella deuda. Pero no quiero que nuestro amigo Pablo sufra demasiado así que tendrás una muerte rápida.

  -         Entonces fuisteis vosotros los que robasteis la cocaína. ¿No es así? - Traté de ganar tiempo.

  -         Por supuesto. Veo que te empiezan a funcionar las neuronas de nuevo. Carmelo, que estuvo presente en la descarga del barco, se encargó de... digamos... ponerla a buen recaudo. También fue idea suya mandar a Fabián al Aeropuerto, para que fuera a visitarte y así dar tiempo a Bolín, a conocer el robo y que empezara a sospechar de él. El Juez Borau se estaba acercando demasiado a Bolín y aunque él solo me conoce a través del teléfono, corríamos el peligro de que atando cabos, pudiéramos vernos implicados si él era detenido. Por eso hemos decidido abandonar momentáneamente nuestra actividad. La cocaína que tenemos, puesta en el mercado, nos dará para vivir y esperar tiempos mejores. Creo que te has merecido esta explicación porque en realidad, nos ha venido muy bien que empezaras a investigar.  Así le hemos dado más realismo a la situación. Enfin, espero que tu espíritu de periodista se sienta satisfecho por haber llegado hasta el final. De todas formas será lo último que escuches.

  -         ¡ Pero alguien sospechará! ¡ Podrían oír los disparos! – Traté de rebatir sin demasiada convicción.

  -         No os preocupéis del ruido, todo este ala del edificio está insonorizado. En cuanto a las sospechas; todos tendrán lo que buscan: La policía a sus traficantes, tu periódico su reportaje el Gobierno su propaganda y Pablo su medalla. Los únicos cabos sueltos están en esta habitación, pero los vamos a solucionar ahora mismo.

  Cogió la pistola, se dirigió hacia donde estábamos nosotros y el inspector Carmelo y me apuntó a  la cabeza. Inesperadamente, hizo un giro de muñeca y disparó, casi a quemarropa contra el inspector, que cayó fulminado, de forma instantánea. Julia dio un grito tirando de mi mano esposada a la suya para cubrirse la cara.

  -         Como te decía  - dijo el senador – los cabos sueltos estaban en esta habitación. Ahora os toca a vosotros. Primero ella...

  Iba a dirigir el cañón de su arma contra la sien de Julia, cuando una voz familiar sonó desde la puerta.

  -         Tire la pistola Sr. Leigthon. Todo ha acabado

  Desde la puerta, Paco le estaba apuntando con un revolver. Este se revolvió y trató de disparar contra él. Reuniendo todas las fuerzas de que fui capaz arrastré a Julia y me eché sobre el senador haciéndole perder el equilibrio. Su disparo rebotó en la lámpara de araña que se desprendió del techo y fue a caer, justamente sobre su cabeza, dejándole inconsciente.

  - ¡ Buen trabajo! – exclamó Paco - ¿Estáis bien?

  Julia y yo permanecíamos en el suelo abrazados.

  -         Estaríamos mejor si nos quitaras las esposas – le contesté – Por un momento temí que llegaras tarde como acostumbras.

Paco sonrió. Se acercó al cadáver del inspector Carmelo, encontró las llaves de las esposas y nos liberó.

 

  

                

  EPILOGO

 

   

Ya estaba amaneciendo, cuando Julia, Dieguito, Paco y yo, salíamos de la comisaría después de despedirnos del Juez Borau. Pablo se había tenido que quedar para hacerse cargo del informe. Mi estado de ánimo era el de un minero que escapara de un derrumbe por poco. Satisfecho pero aun temblando como un flan. Aliviado por poder recuperar mi vida normal y triste por tantas muertes inútiles. Todavía quedaba pendiente un pequeño asunto. Le pregunté a Paco como llegó a sospechar del senador.

  -         Tu fuiste la clave – me explicó – Cuando me contaste las sospechas del Juez sobre mí. Entonces recordé que como Presidente de la Comisión de Interior, el Sr. Leigthon estaba al tanto de toda la investigación. Cuando la tarde del Motel fuimos a hablar con Pablo para contarle nuestro plan, recordarás que nos dijo que al único que le había dicho lo de la desaparición de la droga fue al senador. ¿ Como llegó esa información a oídos del inspector Carmelo?. Evidentemente existía una conexión entre ambos que estaban utilizando para hacerme parecer sospechoso. Lógicamente, Bolin me acusaría de haber robado la cocaína. Más tarde pensaban deshacerse de mí, con lo que se perdería todo rastro de la droga y el senador, quedaría libre de sospecha. Decidí seguirles el juego. Anoche, cuando tu llegaste, ya estaba yo en el Boston-Club vigilando tus pasos. Al ver que el senador se acercaba para saludarte, ya no me cupo la menor duda de su implicación. Me despistó un poco el ver a Julia, a quien no conocía merodeando por la puerta por la que tu habías entrado. Decidí esperar y al ver que el senador la capturaba y se la llevaba con él para arriba, me dispuse a intervenir. Afortunadamente llegué a tiempo para rescataros. Mientras tanto, Pablo, que estaba con el Juez, aprovechó la ocasión cuando Carmelo se marchó para “liberarte” y le contó nuestro arriesgado plan. Un par de policías, los mismos que se hicieron cargo del senador cuando se desmayó, vinieron detrás de mí y el resto fue a detener a Bolin y sus secuaces y a rescatar a Dieguito. Gracias a Dios ya están todos a buen recaudo.

  -         Lo siento por Patricia, se va a llevar un buen disgusto. No se si después de esto, volveremos a recuperar nuestra amistad - comenté yo condolido y añadí señalando a Dieguito que dormía profundamente en sus brazos – Creo que tenemos muchas cosas que contarnos...

  -         Si, sobre todo tu – me contestó guiñándole un ojo a Julia y sonriendo.

    

                                                               FIN    

  

                                                                Sevilla a  25 –3 –1999

   

Atrás Arriba

Hosted by www.Geocities.ws

1