LA CONEXIÓN
Paco
se fue a América. Vino un día a casa y me dijo: “ Me voy a América”. Y
eso fue todo. Desapareció. No lo volví a ver. ¡ Los golpes de Paco Niera¡
Siempre
fue así, directo como un martillo, fantasioso como el humo de un puro y...
libre, sobre todo libre. Por no depender, no dependía ni de sus propios
defectos. ¡ Y tenía algunos de lo más molesto! ¡ Vaya que sí ¡. Por
ejemplo, la puntualidad. O, por decirlo mejor, la falta de puntualidad.
El
día que nos conocimos, después de una acalorada discusión sobre la ortografía
de la palabra “sarcófago”, (
que yo insistía en que se decía “sacórfago”
) quedamos en vernos en la Biblioteca Municipal para solucionar la cuestión.
Cuando llegó, una hora después de la cita marcada, excusándose porque se debía
a un compromiso familiar, yo, que ya había comprobado mi error, estaba a punto
de marcharme Mi pequeña venganza fue decirle que
el diccionario me daba la
razón. Para mi sorpresa ni siquiera lo discutió.
Ese
era otro de sus defectos, capaz de defender la españolidad de Colón con todos
los argumentos del mundo y sin embargo, una vez pasado el calor de la disputa,
perdía todo interés por llevar la razón y admitía tranquilamente que, por
ejemplo Colón era portugués, o... rumano, si era el caso. Desesperante.
Cuando
conocimos a Rut, se pasó toda una semana diciendo que era el amor de su vida
pero al domingo siguiente, tras esperarlo un buen rato, Rut, decidió que nos fuéramos
los dos solos al cine. También llegó tarde a nuestra boda, aunque, en esta
ocasión, al menos vino.
Por
eso, aquel día que dijo “ Me voy a América “ ni siquiera le pregunté.
Seguramente, pensé con ironía, llegaría tarde. Como siempre.
Pero
ya no volvió. Recibimos una carta suya, la única, explicándonos no se qué, de
un trabajo con una casa farmacéutica y que estaba muy contento porque tendría
por fin la oportunidad de viajar a los lugares que siempre soñó. A Rut, no se
porqué, eso de los lugares soñados le sonaba a exótico y peligroso.
Decía:
” ¡ Pobrecito ...sin conocer aquello!... Allí la gente es muy distinta...
muy suya y él...¡ Sabe Dios!...¡ Sabe Dios!.”
Rut
solía hablar así, sin terminar nada, a base de puntos suspensivos.
-
Estará bien, no te preocupes, ya sabes como es. Cae bien a todo el mundo. Nos
volverá a escribir y nos dirá lo bien que le va
- dije para tranquilizarla.
Paco
no escribió más y tampoco dio señales de vida. Hasta hace unos días.
Tras cuatro maravillosos años de matrimonio, solamente ensombrecidos por la falta de hijos, Rut, mi Rut, me había dejado para siempre. Intoxicación dijeron los médicos. Alergia a algún medicamento. Prácticamente, de repente. No pudieron hacer nada.
Me
encontraba más solo que nunca, por eso, aquella tarde, al salir de la Misa de
difuntos, me alegró encontrarme a Paco que se acercaba hacia mí con gesto
taciturno para abrazarme. Casi no le di tiempo a que me diera el pésame y le
acribillé a preguntas:
¿
Cuando había venido ? ¿ Donde había
estado ? ¿ Había visto a Pablo ? ¿ Venía solo ? ¡ Ven a casa y charlaremos
tranquilos de todo ¡ ¿ Que no puedes ? ¡ Ah, que te espera tu novia ! ¿
Pero, tienes novia ? ¡ Que gran noticia, me la tienes que presentar ¡. Mañana
te espero en casa. Cenaremos juntos. Sin excusas. ¿ De acuerdo ?. ¡ Adiós,
adiós ¡
La
mujer que le esperaba se llamaba Olga. Al parecer era argentina y tenía la
intención de presentarla a su padre como su futura esposa. Después volverían
a Buenos Aires. Por lo visto se habían enterado de lo mío a través de Fabián,
el hermano de Rut con el que se encontraron por casualidad en el aeropuerto. Por
supuesto que vendría con Olga a mi casa. “ Verás como Olga te gustará”.
Ahora se tenía que ir, pues su
padre les estaría esperando. Ya te llamaré... ¡ Adiós ! ¡ Adiós !
Volvió
a hacerlo otra vez. Me refiero a lo de llegar tarde. Esta vez aproveché la
tardanza de Paco para preparar una cena a base de aperitivos y pescado a la
plancha. Mi especialidad nunca ha sido la cocina, pero en cambio tengo cierto
arte para la presentación de los platos. Cuando llegaron, ya estaba la mesa
preparada, con sus velitas y todo.
-
¡ Jaime! – dijo nada más entrar- ¡ No tengo perdón de Dios!. El
maldito coche de mi padre que, como apenas lo usa, no quería arrancar. Por
cierto: – dijo señalando a su acompañante – Esta es mi novia. Olga Pérez
y éste – y me señaló a mí - Jaime
Villaran, mi mejor amigo.
-
Hola Jaime – y me estampó un par de besos – Siento lo de tu mujer. Por lo
que Paco me ha contado ha sido una gran pérdida. Lo siento.
Olga
era una mujer, como os lo diría... guapa. Pero no guapa a secas. Alta, morena,
despampanante. Una especie de “miss morena 1995”, pero sin cinta. Por un
momento, olvidé mis pesares y me concentré en mi envidia. Pura y cochina
envidia. Me costó trabajo reaccionar pero al fin les invité a pasar.
-
¡ Pasad, pasad! ¡ Por favor !.
Está todo preparado para la cena.
La
velada fue muy agradable. Paco, de natural extrovertido, estuvo genial. En muy
poco tiempo estábamos charlando animadamente sobre lo divino y lo humano,
incluso se permitió contar un par de chistes que tanto Olga como yo, reímos de
buena gana.
Ya
de madrugada, la conversación fue decayendo y casi se convirtió n un
intercambio de frases aisladas, bostezos, monosílabos y huidas fugaces al
cuarto de baño. En una de estas, aprovechando la ausencia de Paco, le pregunté
a Olga por sus proyectos cuando regresaran a su país y para mi sorpresa en voz
baja, como un susurro me confesó:
-
No pienso volver a mi país. Nadie me espera allí.
-
¿Pero, entonces...?
-
Entonces, nada. Pero te prometo que volveremos a vernos.
Me
quedé con la duda de a quien se refería con ese “volveremos”. Paco ya
regresaba.
-
Bueno Jaime, tenemos que irnos. Ha sido una velada encantadora. Te llamaré por
si quieres acompañarnos al aeropuerto.
Olga,
sonriente, volvió a estamparme un par de besos.
-
Ha sido un placer conocerte
Cuando
la puerta se cerró, me dejé caer en el sofá. Estaba tan cansado que consideré
demasiado esfuerzo llegar a la cama. Pero el sueño no acababa de llegar, Olga
ocupaba todo mi pensamiento. Debí sentirme culpable porque arrimé a mi cara el
retrato de Rut que continuaba sobre la repisa cercana y poco a poco fui
perdiendo la consciencia.
Me
despertó el ruido de la aspiradora. Songa solía venir dos veces por semana
para arreglar un poco la casa. Brasileña, poco habladora y muy eficaz, apartó
cuidadosamente uno de mis zapatos para limpiar debajo de la mesa.
Rut, solía decirme cuando me veía demasiado preocupado por algún asunto que las cosas importantes se solucionan solas. Hay demasiada gente tirando de las cuerdas, explicaba, en cambio, donde de verdad hay que decidir es en las cosas pequeñas, de las que no se ocupa nadie. En realidad lo decía para consolarme, pues por aquel entonces mi cometido en el periódico era el de modesto redactor de los “Ecos de Sociedad”, un trabajo poco brillante en verdad. El tiempo, la experiencia y el correr del escalafón me habían llevado a un puesto de más relevancia, Director de “Sucesos” , aunque seguía siendo responsable de mi antigua sección por aquello de la polivalencia.
Con
lápiz amarillo taché “bañado
en sangre”. Me parecía demasiado
expresivo, se lo comentaría a Jorge más tarde.
Sonó
el teléfono. Dejé que
lo hiciera un par de veces más y descolgué .
¡ Vaya!, por fin daba señales de vida. Habían pasado dos días desde que recibí la nota de Olga y casi se me había olvidado que tenía que llamar a Pablo. Bueno, esto simplificaba la cuestión.
No me dejó acabar.
-
Olga ha sido
asesinada... - Por un momento no
supe reaccionar. Pablo
continuó - Nos vemos en el Tartufo
en media hora, allí te lo explicaré todo.
El
Tartufo era el restaurante en el cual solíamos
cenar cuando nos citábamos y no estaba lejos de la redacción, a pesar de todo,
cuando llegué, Pablo ya me esperaba.
Quizás habría llamado desde allí mismo.
Pedimos unas cervezas y comenzó a hablar.
-
En primer lugar
debes saber que Olga, aunque oriunda de argentina, pertenecía a la policía
española anti-narcóticos. Su condición de doble nacionalidad fue decisiva a
la hora de desarrollar el trabajo que tenía entre manos.
-
Pero... ¿ Paco...?
-
Paco lo sabía.
Colaboraba con nosotros
- ¿Nosotros...?
- Sí, el juez
Borau, la policía, yo mismo...Se trata de un tema muy delicado, se sospecha que
hay peces gordos en la trama. Precisamente
ese es uno de los motivos de venir a verte.
No queremos que tu periódico haga demasiadas preguntas.
¡- ¿ Cuales eran
los apellidos de Olga?
- Perez Recal,
Olga Pérez Recal. De momento
es todo cuanto debes saber, confía en mi, te tendré al corriente y serás el
primero en publicar el resultado de nuestras averiguaciones.
El
resto de la conversación fue un tira y afloja que, conociendo el carácter
reservado de Pablo, debiera haber sabido lo inútil que sería.
De vuelta a la redacción, no terminaba de aclarar cuales eran mis sentimientos: Perplejidad, pena, frustración, ira...
Llamé
a Jorge. Mi instinto
profesional me incitaba a conocer algo más del asunto.
-
Recibimos un
fax de la policía. Julia me lo trajo. Yo lo único que hice fue sustituir el
nombre y los apellidos por sus iniciales que es lo que solemos hacer en estos
casos.¿ Algo está mal?
-
No, no, gracias
Jorge. No obstante si te
enteras de algún dato más, haz el favor de comunicármelo.
Localicé
el teléfono del Hotel donde se hospedaba y
pregunté por él:
-
Lo siento pero
éste Sr. no se encuentra en su habitación.
-
¿ Sabe si
volverá pronto ?
-
Lo ignoro Sr.;
él y su señora, aunque tienen pagada la habitación para toda la semana, no
duermen aquí desde hace varios días... lo que sí...
-
¡ Diga, diga!
-
Bueno, se trata
de unos familiares. Sus dos hermanos creo. Estuvieron aquí preguntando por él,
subieron incluso a su habitación. Es posible que ellos le puedan decir algo.
-
Esta bien. ¡Gracias!
Se
me ocurrió que su padre podría darme alguna pista de su paradero, así que le
llamé por teléfono. Pero el hombre, ya muy mayor y bastante sordo, no tenía
ni idea. Confundía al hijo con un nieto y decía que Paco lo visitaba cada tres
meses. Poco más le pude sacar, ni siquiera se acordaba de mí el pobre.
Yo,
me suelo levantar bastante temprano, costumbre adquirida tras duros años, de
meritorio primero y después como redactor. Como dice Ramón Doria, nuestro
director, las noticias hay que pescarlas fresquitas, quizás por esto, lo
primero que hago al llegar a la redacción es leer los periódicos del día,
empezando por el nuestro, cuyo contenido suele ser el mismo que el de las
primeras galeradas que he repasado el día anterior antes de irme a casa. Puede
haber algún cambio mínimo durante el resto del proceso, aunque
es poco frecuente.
Lo
que es prácticamente imposible es que durante ese periodo, se pierda una
noticia. Pues bien... ¡ Había sucedido ¡. “ O.P.R. de 26 años...”
no aparecía por ninguna parte. En el hueco donde debería haber estado,
se había “colado” un anuncio de perfume para Hombres muy Hombres,
(según el texto). Desconcertado y molesto me dirigí al despacho de nuestro
director. Parece que Ramón me había estado esperando pues antes de que
empezara a hablar, me hizo un gesto con la mano como si estuviera espantando
moscas y en voz alta, como para cortar cualquier reacción mía, dijo:
-
Siéntate,
Jaime. Ya sé a lo que vienes. No se trata de ningún error. El mismísimo
subsecretario me telefoneó a ultima hora, pidiéndome que retrasáramos un día
esa noticia, para no interferir con la investigación. Te llamé a casa, pero no
estabas, así que hablé con Tomás, el de la redacción de noche y decidimos
suprimirla. No sabes como lo siento, hijo, pero las circunstancias son las
circunstancias. Por cierto, tengo aquí unas estadísticas de la policía sobre
los delitos nocturnos. Sería bueno que le echaras un vistazo y, si te parece, añadas
algo de tu cosecha antes de publicarlas...
Antes
de que me hubiera podido sentar, ya tenía en mis manos las dichosas estadísticas
y Ramón me sonreía beatíficamente.
Cuando
volvía a mi despacho mascullando entre dientes, casi me tropiezo con Julia por
el pasillo.
-
¡ Despierta,
“jefe”, que estás en las nubes ¡
-
Perdona Julia,
no te había visto... Por cierto: ¿Tienes alguna foto del caso de la mujer que
apareció muerta en el Boston-Club?.
-
Pues no,
“jefe”. Pregunté a la policía pero no tenían nada. Al menos eso fue lo
que me dijeron.
-
Bueno,
no importa. Gracias, Julia.
Al
día siguiente, en las páginas centrales salió el
famoso estudio estadístico de la policía, pero yo me encargué,
personalmente de que en un recuadro bien visible, se publicara la noticia de la
muerte de Olga. Esta vez, saltándome mi propia norma, apareció con nombres y
apellidos, quizás como un pequeño homenaje a la que había sido mi amiga por
un día.
Ya
eran las once de la mañana, cuando llamé a Pablo a su nuevo bufete. Lo primero
que salió de sus labios fue un reproche:
-
No debías de
haberlo hecho. Paco me ha llamado hace un rato por teléfono. Estaba destrozado.
Por lo visto la policía no le había podido localizar para decírselo. Ha sido
un golpe muy duro...
-
Pablo, ¡ Ya
está bien ¡ - le corté – Ya está bien de mentiras y de líos. No voy a
permitir que sigas por ese camino. O me cuentas todo lo que está pasando o
empiezo a investigar por mi cuenta. ¡ Ah! Y antes de nada !: Quiero hablar con
Paco. Me gustaría preguntarle un par de cosas.
-
Pero, Jaime, -
su voz parecía apesadumbrada – esto parece un chantaje. No lo esperaba de
ti...
-
¡ Tómalo como
quieras, pero esas son mis condiciones !
Tras
un breve silencio que yo interpreté como un análisis de los pros y los contras
de mi propuesta, al final, me citó en su bufete para una hora más tarde.
El
edificio, bastante céntrico por cierto, en el cual una placa dorada anunciaba
su nombre y profesión, era una enorme mole cuadrada, llena de oficinas y
ascensores, que se abrían directamente sobre un amplio recibidor, que en el
caso de Pablo, hacía de antesala de su despacho. En el fondo, detrás de una
pequeña mesa tecleando un ordenador, una señorita que identifiqué como la
secretaria, levantó la cabeza al verme llegar y con la mejor de sus sonrisas me
preguntó:
-
¿ Es usted el
Sr. Villaran?. – Asentí con la cabeza – ¡ Pase por favor, el Sr. Rejón le
está esperando! – dijo abriéndome una puerta situada a su izquierda.
Cuando
traspasé la entrada, de improviso, un bulto que no tardé en reconocer como mi
amigo Paco, se me echó encima abrazándome y repitiendo mi nombre. - ¡ Jaime,
Jaime!. Cuando pude zafarme de su abrazo, distinguí a Pablo que se había
levantado para recibirme.
-
Pasa, Jaime y
cierra la puerta. Te voy a presentar a alguien.
Entonces
me di cuenta de que en la habitación había alguien más.
Se
trataba de una mujer de apariencia elegante, alta y rubia en cuyo rostro se
apreciaba seguridad y determinación. Ya habría pasado la cincuentena pero la
viveza de sus ojos azules y lo estilizado de su figura, producían una sensación
de energía y dinamismo. Apartó suavemente a Paco que aun se empeñaba en
abrazarme y sin dar tiempo a que Pablo la presentara, me alargó la mano:
-
Encantada. Soy
Mercedes Rico, Sub-delegada del gobierno y responsable política de la
investigación que ha venido
coordinando el juez Borau. Siento las molestias que le estamos causando. Ya me
ha explicado el Sr. Rejón su relación de amistad con él y es por esto que le
hemos autorizado a explicarle en lo posible algunos detalles que le harán
comprender nuestra posición actual y lo que esperamos de usted.
No
dejaba lugar a dudas. Aquello no era una reunión social y por tanto no era
cuestión de perder el tiempo en saludos. Nos sentamos todos y Pablo comenzó su
explicación.
-
Por remontarnos
al principio, recordarás – dijo dirigiéndose a mí – que el día que te
casaste, te comenté que además de la boda, teníamos que celebrar mi nuevo
trabajo para el Estado. Las circunstancias quisieron que no volviéramos a
hablar mucho más del tema. Posteriormente, a raíz de mi intervención en
causas como la de mi suegro, que como sabes, preside la Comisión de Interior en
el Senado y fue quien me proporcionó este trabajo o la de aquel policía por
abuso de autoridad empezaste a comprender cual era la verdadera naturaleza de mi
trabajo, que en efecto está relacionado, aunque no oficialmente,
con el soporte jurídico de ciertas actividades... Uhmm... – pareció
buscar la palabra – “delicadas” del Estado. También recordarás que Paco,
por aquel entonces pasaba una mala racha de trabajo, así que cuando me enteré
que necesitaban una persona que no estuviera ligada directamente con la policía
para hacer pequeños trabajos de vigilancia, hablé con él y así fue como, más
tarde, la policía le “colocó” en la empresa farmacéutica que ya conoces,
haciendo al mismo tiempo de correo en una operación anti-droga cuya responsable
en Argentina era la inspectora Pérez Recal, por desgracia, asesinada
recientemente. El juez Borau, con quien estoy colaborando actualmente, sospecha
que los autores del hecho son los mismos a los cuales se estaba investigando.
Obviamente, alguien que tiene acceso a los archivos de la policía, ha pensado
que nos estábamos acercando demasiado. En el caso de Paco, al ser un
colaborador no oficial, este hecho, es posible que le haya salvado la vida. A
partir de aquí solo hay un montón de medias verdades que improvisamos contigo
y por supuesto, la autentica verdad que es lo que tratamos de descubrir.
Mientras
hablaba, Pablo, se había puesto de pie, se había acercado hasta mí, me había
dado la vuelta alrededor un par de veces y finalmente se había derrumbado de
nuevo en el sillón como si acabara de soltar un peso muerto. El asiento crujió
lastimosamente.
Paco
mientras tanto se mostraba abatido y mantenía la cara entre las manos y los
codos apoyados en la rodilla, quizás avergonzado por haberme ocultado la verdad
en nuestro anterior encuentro.
La
Sub-delegada, que había sacado una agenda de su bolso, anotaba en ella
misteriosos apuntes. Casi me dieron ganas de decir: ¡ Pero, eso es todo!. Dejé
mi amarga ironía para mejor ocasión y
pensando de forma un poco mas práctica, me dispuse a interrogar a Pablo sobre
los presuntos sospechosos.
Parece
que Mercedes Rico me había leído el pensamiento.
-
Pensamos –
dijo – que se trata de alguien con acceso a información privilegiada de la
policía, pues esta operación ha sido montada directamente desde el Ministerio
a quien yo estoy representando y toda la investigación está a cargo del juez
Borau. La realidad es que cada vez que los tenemos a tiro desaparecen como el
humo, sin embargo de momento, no tenemos ningún sospechoso.
-
Bueno pero que
pinto yo en todo esto. No veo como podría colaborar, además, no estoy
dispuesto a poner en riesgo mi vida por algo que ni siquiera entiendo.
-
Esperábamos
contar con usted precisamente por si era necesario filtrar algún tipo de
información y analizar después los movimientos de respuesta que se produjeran.
Eso quizás nos daría una pista de por donde empezar.
Inesperadamente,
intervino Paco. Su cara denotaba una gran concentración. Su rostro tenso
expresaba bien a las claras el cúmulo de sentimientos que luchaban en su
interior. Jamás le había visto tan serio.
-
¡Todos, Jaime,
todos, incluido tu mismo estamos implicados en ésto!. No se trata de mí ni de
ti, sino de cualquiera que vea la realidad de esos jóvenes, a veces niños que
caen en las manos de estos desalmados. Se trata de tus amigos, de tus vecinos...
de Olga – al decir esto, su rostro se ensombreció de repente y ya no pudo
continuar.
Aún
traté de oponerme débilmente.
-
Ya sabéis que
yo no decido en el periódico...
-
No tienes que
publicar nada que sea mentira. – Terció Pablo - Solo se trata de poner la
parte de la verdad que nos interesa. En el fondo, eso es lo que hacemos todo el
mundo a diario
Me
parecía estar escuchando, más, a algún político que a mis amigos de toda la
vida.
-
Está bien –
concedí al fin – colaboraré en lo que me pidáis, pero a condición de que
me sigáis teniendo al corriente de la investigación. No me quiero ver envuelto
sin saberlo en una situación peligrosa..
-
Concedido. –
aceptó Mercedes Rico – Le tendremos al corriente solo de lo que no le pueda
perjudicar.
Por
un momento, me pareció que la frase escondía alguna trampa, pero un gesto de
Pablo, asintiendo con la cabeza, me convenció de que podía confiar en ella.
Cuando
salí del edificio, mi primera intención fue ir directamente a mi casa, a
tratar de digerir lo que acababa de escuchar, pero antes me detuve a echar
gasolina al coche. Mientras esperaba que el empleado me atendiera, mis ojos se
fijaron en un cartel anunciador de una empresa de mensajería. Inmediatamente me
acordé del hermano de Rut, Fabián, y pensé que no estaría nada de mal ir a
hacerle una visita.
Casi
me tropiezo con él, que salía en ese momento de su oficina para comer. Después
de saludarlo, le pregunté sin rodeos, porqué no me había dicho que Paco había
estado en España, en varias ocasiones, antes de la muerte de Rut. La cara de
sorpresa que puso, me confirmó que acababa de meter la pata. Según me explicó,
había ido al aeropuerto con el encargo de recibir a un cónsul o algo así,
americano, que por cierto no se presentó y encargarse de su alojamiento.
Casualmente, a quien sí vio fue a Paco que llegaba en el mismo avión, acompañado
de una mujer, estuvieron hablando y entonces fue cuando Fabián le contó lo del
fallecimiento y el entierro de su hermana.
-
¿Es que ha
pasado algo? – preguntó a su vez.
-
Nada de
particular. – le tranquilicé – Por lo visto su padre tuvo una recaída y al
parecer, Paco tuvo que venir para atenderlo. De todas formas ya se encuentra
mejor. Por cierto me parece que voy a ir a visitarlo.
No
era muy buena excusa, pero sirvió para salir del paso sin dar demasiadas
explicaciones. Ya camino de casa, iba pensando en la forma tan oportuna de
aparecer que tienen algunas casualidades.
Al
entierro de Olga, asistieron solo seis personas. Paco, Pablo, el cura, yo mismo,
un funcionario de la embajada argentina y un inspector de policía vestido de
paisano, un tal Carmelo “nosequé”. No puse mucha atención al apellido
porque pensé que no lo volvería a ver nunca más. Evidentemente, Dios no me
había llamado para la vocación de profeta, pues solo un día después, se
presentó en le redacción, preguntando por mí.
Al
principio, no tenía ni idea de quien se trataba. “ El Sr. Cantero pregunta
por usted” – me anunció el vigilante, entregándome una tarjeta de visita.
Leí:
“Carmelo
Cantero Gorriz”
“ Fotógrafo”
“Carretera
de Toledo Km. 2´8”
Lo
de Carmelo ya me sonaba más. No obstante, hasta que no lo vi delante me fue
imposible relacionarlo correctamente.
-
Sr. Villaran,
perdone que me haya presentado sin avisarle, pero desconocía su teléfono y debía
verle con urgencia.
-
Cierre la
puerta al salir- le pedí al vigilante que, después de hacer pasar a aquel
hombre, aun permanecía en el despacho esperando instrucciones. No quería
presencias indiscretas. A continuación me dispuse a escuchar al inspector - ¿
De que se trata? – pregunté.
-
Como usted
sabe, su amigo, el Sr. Niera tenía previsto regresar a Buenos Aires esta misma
mañana. De hecho, uno de nuestros agentes le estaba esperando para entregarle
cierta documentación, pero la realidad es que no ha aparecido. Hemos llamado a
casa de su padre y nos ha dicho que efectivamente, esta mañana recogió algo de
ropa y se marchó, pero no dijo donde. Hemos pensado que tal vez usted pueda
saber donde se encuentra.
-
Pues me parece
que ha venido al lugar menos indicado. – y añadí entre dientes- Últimamente,
soy el último que se entera de todo.
-
¿Cómo dice?
– Preguntó extrañado Carmelo.
-
No, nada, nada.
Que lamento decirle que no tengo ni idea de donde pueda estar el Sr. Niera . ¿
Han preguntado en el Hotel? – dije por decir algo.
-
Por supuesto,
fue en el primer lugar que preguntamos... Bueno, si se pone en contacto con
Usted le agradeceríamos que nos lo comunicara a este teléfono – garabateó
unos números en la tarjeta que aun estaba sobre la mesa y se despidió.
En
un lateral, sentado en uno de los butacones, un hombretón con cara de pocos
amigos, dirigió hacia mi la pistola que empuñaba al tiempo que me
“invitaba” a poner las manos sobre la cabeza. El que me había empujado, en
mangas de camisa y con
la misma cara
de
bruto que el que me estaba apuntando sacó del bolsillo interior de mi chaqueta
la cartera , le echó un vistazo y se la guardó, luego, comenzó a cachearme.
Al ver que no llevaba armas, pareció relajarse un
poco, momento que aproveché para tratar de protestar, por cierto con
bastante poco éxito.
-
Aquí las
preguntas las hago yo – dijo el que iba en mangas de camisa, que parecía ser
el jefe, en un tono que no admitía ninguna duda – vaya hacia el sofá sin
rechistar y siéntese con los otros.
Aun
protestando sin mucha convicción hice lo que me decía. Antes siquiera de que
me hubiera sentado, ya me estaba acribillando a preguntas.
-
¿Quién es
usted? ¿A que ha venido? ¿ Que sabe del amigo Niera? ¿Se conocen ustedes?. ¡
Vamos, hable, no tenemos todo el día!.
-
¡Eso no
importa ahora! - rebuznó el del sofá - ¡contesta a lo que te han preguntado!.
¿Dónde está el padre del niño?
La
revelación me dejó totalmente anonadado y debió notárseme porque el de la
camisa hizo un gesto a su compañero, como diciendo: “Este no sabe nada”
El
niño, al oír hablar de su padre, abrió por fin la boca para sollozar llamándole
quedamente y restregándose los ojos.
-
Les aseguro a
ustedes que no tengo la menor idea de donde está ese hombre que buscan – Era
la segunda vez en el día que me preguntaban por él. Parece que no era yo solo
el que le buscaba.
D.
Elías, me miró con curiosidad y luego agachó la cabeza. El gesto no pasó
desapercibido para el fulano que parecía llevar la iniciativa, se dirigió
hacia él como un rayo, lo levantó cogiéndole de la pechera y le preguntó a
boca – jarro.
-
¡Eh, tu,
viejo!. ¿ De que conoces a este tío? ¿ Que coño ha venido a hacer aquí?
-
Es un antiguo
alumno mío que había quedado conmigo para hacerme una entrevista. A mí se me
había olvidado, seguramente mi mujer lo ha mandado aquí a buscarme.
Los
dos gigantes se miraron. Evidentemente no se encontraban cómodos en aquella
situación. El que hacía de jefe
gruñó:
-
¡Está bien!,
encierra a estos dos – y nos señaló a D. Elías y a mí – en la cocina. El
niño vendrá con nosotros.
-
¡ Venga,
moveos ! – dijo el otro balanceando amenazadoramente la pistola y señalando
con ella en dirección a la puerta
de la cocina.
-
¿Qué vais a
hacer con el chico? – preguntó D. Elías - ¿ No le haréis daño, verdad?
-
No te
preocupes, viejo, si todo sale bien no le pasará nada – replicó el jefe.
Luego, dirigiéndose al chiquillo
– Ahora te llevaremos con papá, pero tienes que prometernos que te portarás
bien...
El
niño asentía con la cabeza, y se dejaba llevar hacia la calle. Mientras tanto
el de la pistola, nos empujó a la cocina y cerró la puerta con llave, al
tiempo que nos decía:
-
Ahora, os vais
a estar quietos y calladitos durante diez minutos si no queréis que al chico le
pase algo. Luego cuando veáis al tal Niera le vais a decir que vaya a ver a
Paolo. El lo entenderá.
Unos
instantes después, escuchamos un coche que arrancaba y se perdía en la
distancia con un chirrido de frenos.
-
No se preocupe
D. Elías, yo me encargaré de todo. Seguramente, Paco, estará al llegar, lo
mejor será que mientras yo hablo con la policía, usted lo espere aquí para
contarle lo que ha pasado y no se olvide del mensaje que le dejó ese tipo sobre
el tal Paolo. Puede que sea importante.
De
regreso a la capital, mi cabeza era un caos de ideas. De malas ideas, para ser
exactos. Algo me decía que esa no era la ultima sorpresa que me esperaba con
respecto Paco. Lo que más me cabreaba es su falta de confianza en mí y su
tendencia a desaparecer cuando más lo necesitaba. Seguramente Pablo conocería
su paradero, así que decidí antes de nada ponerme en contacto con él, aunque
a decir verdad, la confianza que le tenía había disminuido bastantes enteros
en los últimos días.
Me
sorprendió que me invitara a su casa. A Patricia no le iba a sentar nada bien
esta visita, de todos modos en ese momento, yo no estaba para muchas sutilezas.
Media hora más tarde estaba en el chalecito adosado en que vivía Pablo.
Fue
precisamente Patricia quien me abrió la puerta. Me saludó con cierta frialdad
y me hizo pasar al despacho de Pablo desapareciendo a continuación pues según
dijo tenía que hacer varios recados.
Cuando
Pablo me vio entrar esbozó una media sonrisa y me indicó que me sentara.
Atropelladamente vomité todo lo que me había pasado unas horas antes. Cuando
terminé, el rostro de Pablo no mostró la más mínima preocupación aunque sí
pareció interesado por algunos detalles. Si no fuera una barbaridad, yo diría
que en algún momento noté incluso una cierta excitación, en especial cuando
le mencioné el mensaje que hacía referencia al tal Paolo.
-
Tranquilízate.
– dijo – Sé como contactar con Paco. Tienes que poner un anuncio en tu periódico.
Por
lo visto se trataba de una especie de contraseña:
“
Interior sin amueblar. Céntrico. Precio a convenir” y un número de teléfono.
Falso, por supuesto.
El
niño, según me explicó, era del primer matrimonio de Olga con un italiano. Un
tal Sergio Vanetti que al parecer sentía nostalgia de su país y al segundo año
de matrimonio puso pies en polvorosa. Cuando unos años después de la separación
conoció a Paco, se inició un romance que hubiera culminado en boda de no haber
mediado el desgraciado suceso que acabó con su vida. Dieguito encontró en Paco al padre que apenas llegó a conocer y lo
adoptó como si fuera el autentico. Cuando vinieron a Madrid se lo trajeron con
ellos con la intención de dejarlo con el abuelo una temporada, pero a raíz de
la muerte de Olga, Paco, que quería dejar al niño al margen de cualquier
peligro contactó con D. Elías para que lo mantuviera escondido. Según Pablo,
el hecho de que hubieran dado con su paradero indicaba que los traficantes
disponían de algún informador con acceso a datos muy precisos de su vida
privada lo que estrechaba el circulo de los posibles sospechosos, aunque no lo
suficiente como para averiguar su identidad por el momento, por lo cual, - “
En estos momentos, no podemos hacer otra cosa que esperar” – terminó.
Me
molestó bastante la sangre fría de Pablo. ¿Cómo podía quedarse tan
tranquilo estando en juego la vida de Dieguito?. Decididamente, mis amigos habían
cambiado bastante en estos últimos años y lo que es más: no me gustaba en
absoluto ese cambio.
Aquella
noche, apenas pude conciliar el sueño.
Julia
era la fotógrafa oficial de mi departamento. Tenía fama de ser muy apreciada
por casi todos los famosos del país por su escrupulosa profesionalidad, pero lo
cierto es que también demostraba ser una excelente profesional cuando se movía
en el mundo de las comisarías de policía haciendo gala de su exquisita
sensibilidad en sus reportajes ya fuera en
los sucesos más dramáticos o los aparentemente más intranscendentes.
Jorge, que tenía un sentido del humor bastante peculiar, solía decir que
“sacaba los muertos más bonitos de la prensa nacional”.
-
¡ De acuerdo,
“jefe”! - aunque nos tuteábamos, siempre me llamaba “jefe”, sobre todo
cuando estaba de buen humor.
-
Lo comprendo,
aunque desde luego no lo hubiera esperado de mis amigos. Enfin, quizás haya
sido inevitable – dije con resignación – de todas formas, ya que hemos
llegado a este punto, le agradecería que me pusiera al corriente de la situación.
-
Precisamente
esa era mi intención – hizo una pausa, se quitó las gafas y comenzó a
limpiarlas con un pañuelo – Iré directamente a los hechos: Le supongo
enterado de que su amigo el Sr. Niera y la inspectora Pérez Recal habían
conseguido enterarse de la fecha aproximada que se iba a producir el transporte
de un importante alijo de cocaína. Le ahorraré los detalles pero la cuestión
es que su amigo había conseguido infiltrarse en el grupo mafioso, el clan de
los Bolines, que presuntamente iban a efectuar la operación. Según las
informaciones recogidas recientemente por el inspector Carmelo, una vez que el
barco en que se transportaba la droga llegó a Barcelona, el cargamento
desapareció como por ensalmo al mismo tiempo que el Sr. Niera, que era el
encargado de custodiarlo viajaba a Madrid a recoger a su mujer y al niño,
Dieguito, que usted ha conocido, por cierto, en circunstancias poco afortunadas.
Al parecer, y siguiendo el esquema
del inspector Carmelo, la banda, sospecha que su
amigo ha sido el culpable de dicha desaparición. Según su teoría, la
inspectora Olga, habría sido informada por su compañero de este hecho y quiso
sin conocimiento de él, aprovechar esta circunstancia para llegar a la cabeza
de la organización simulando ser una mujer desesperada que devolvería la
droga, a cambio de que dejaran en paz a su marido y a su hijo. Parece comprobado
sin embargo que la banda sabía de su condición de policía y no solo, no
cayeron en la trampa sino que la asesinaron sin contemplaciones...
-
¡ Supongo que
no creerá usted - protesté con
vehemencia – que Paco... El Sr. Niera haya podido hacer una cosa así ¡
-
Como comprenderá,
por ahora, no podemos descartar ninguna hipótesis. Esperemos que su amigo
responda al anuncio y contacte con usted o con el Sr. Rejón para darnos alguna
explicación coherente. Mientras tanto, le agradecería que no volviera a tomar
ninguna iniciativa sin consultarnos previamente. Habrá comprobado que esa gente
es bastante peligrosa.
-
¡Ya hemos
llegado. Aquí es donde vivo !.
-
Bueno, Jaime,
ya estamos seguros – Su voz denotaba cierta preocupación – D. Elías me ha
contado el secuestro de Dieguito. Creo que a estas alturas sería absurdo seguir
con los secretos. Pero antes me gustaría que me pusieras al corriente de lo que
has averiguado. Es importante que confiemos el uno en el otro.
-
En primer
lugar, quiero que sepas que me parece que has perdido el seso. ¡ Como se te
ocurre robar un alijo de droga, poniendo en peligro la vida de tu mujer y tu
hijo !
-
¡ Un momento !
– cortó Paco – Cuéntame esa historia desde el principio porque me parece
que alguien no te ha dicho la verdad.
-
Eso no es
nuevo. Por lo visto en estos últimos días se está poniendo de moda.
"
Como sabes me enviaron a Buenos Aires para colaborar en el
seguimiento de las actividades de un grupo mafioso que en los últimos años,
había extendido sus redes en España de una manera alarmante. Todas las trampas
para llegar a la cabeza de la organización acababan fracasando porque
sorprendentemente se anticipaban a las acciones que la policía dirigía contra
ellos. Con el tiempo, mi relación con Olga, que coordinaba el seguimiento, fue
pasando de lo profesional a lo privado y acabamos enamorándonos. Yo había
logrado tomar contacto con un tal Prudencio Bolin, uno de los cabecillas de la
banda que viajaba a Buenos Aires con cierta frecuencia y me había ganado su
confianza efectuando para él esporádicamente pequeños trabajos de transporte
de mercancía aprovechando mi movilidad profesional como representante farmacéutico.
En una ocasión me habló de un tal Paolo que debía ser su socio y el
confidente que le proporcionaba la información para escabullir el bulto a la
policía, con lo que se confirmaron nuestras peores sospechas. Hace unos meses
volvimos a vernos en Argentina y me preguntó si estaría dispuesto a hacer un
trabajo para él, aprovechando que yo era el encargado de hacer las devoluciones
de las remesas de medicinas caducadas, acompañando dicha mercancía hasta que
llegaba al puerto de Barcelona donde se descargaban en un almacén para su
posterior destrucción.
- Necesito que me ayudes a tender una trampa para hacer salir a la luz al cabrón que ha estado en la sombra, manejando todo este lío.
-
Ha debido ser muy duro – comentó – Si puedo hacer algo... Ya
sabes que puedes contar conmigo. Debes animarte, la vida continúa. ¡ Venga
“jefe”, te invito a un cafelito !.
-
¡ Está bien, pero vayamos fuera!. Necesito respirar un poco de
aire puro.
-
¡ Es verdad!. Bueno, te propongo una cosa. Mi casa está cerca y
yo tengo que recoger unos carretes. ¿ Porqué no me acompañas y lo tomamos allí
?.
-
Acepto pero con una condición: Que no sigamos hablando de
trabajo.
-
¡ De acuerdo, es una idea estupenda ! – dijo sonriendo.
-
No te preocupes, estoy acostumbrado. Rut también lo hacía así.
– No sé porqué, inmediatamente me arrepentí de haber hablado de Rut.
-
¿Quieres mucha leche o solo un poco?.
-
Solo un poco. Gracias.
-
Puedes contar con ello. – Dijo incorporándose ligeramente en la
cama y mirándome con atención.
-
Paco ha llamado a Pablo para que sea el propio Juez Borau quién
coordine toda la operación. En resumen se trata de lo siguiente. Dentro de unos
momentos me esperan en la comisaría donde me colocarán un pequeño transmisor.
Luego iré al Boston-Club. La policía, esperará cerca en una furgoneta
camuflada, desde donde seguirán todos mis movimientos y grabarán las
conversaciones que se produzcan para, llegado el momento, intervenir
oportunamente. Quiero que vayas a la redacción y esperes mis noticias. Si todo
sale bien, nuestro periódico será el primero en publicarlo.
-
¡ Pero Jaime, eso puede ser muy peligroso! – Protestó Julia
– No deberías ir solo. Recuerda lo que le pasó a Olga.
-
No insistas Julia. Tiene que ser alguien ajeno a la policía. Esos
asesinos tienen una perfecta información y huelen a los “maderos” a un Kilómetro
de distancia.
-
No te preocupes – le contesté tratando de restar importancia a
la operación – será coser y cantar. Te prometo que volveré sano y salvo. ¡
Ah, - dije besándola con fuerza – Tu también me importas!.
-
No lo crea Juez, más bien, todo esto me parece una locura así
que yo debo ser el más loco de todos. – Dije yo y por primera vez le vi
esbozar una pequeña risita
-
Bien, gracias – Como vi que hacía el ademán de irse de nuevo,
le tome por el brazo tirando de él y acercándome a su oído le dije – Quiero
hablar con el Sr. Paolo.
-
Dígale, que me envía el Sr. Niera. ¡Ah, y tráigame un Gin-Tonic
¡ – Le grité mientras se alejaba.
Llevaba
unos minutos sentado, cuando alguien me tocó en el hombro por detrás. Al darme
la vuelta casi me caigo del taburete por la sorpresa. El mismísimo y elegante
senador Leigthon me alargaba la mano con una sonrisa de oreja a oreja.
-
Pues sí. Estoy con unos amigos. No se imagina la de cosas que se
arreglan en política en sitios como este, - Me guiñó un ojo con complicidad
– y lo útiles que pueden ser para un periodista.
-
Si se refiere a lo de aquel articulo, le aseguro que yo no tuve
nada que ver.
-
¡ Nada, hombre, no se preocupe !. Aquello ya está olvidado.
Pero... ¡Déjeme que le invite a una copa!.
-
Lo siento, pero estoy esperando a un amigo y en cuanto llegue, nos
iremos.
-
Bien, en ese caso, no le entretengo más. Tendremos oportunidad más
delante de seguir hablando. – Dijo apretando mi hombro suavemente como
despedida.
-
Yo solo soy un intermediario y no se a qué se refiere con eso del
engaño ni lo quiero saber. Es verdad que tengo algo que ofrecerle pero antes
necesito ver al niño.
-
No tan deprisa. Lo primero es lo primero. ¡Pato! – le dijo al
tipo que estaba a mi espalda – ¡Cachéale!
-
Eso me parece bien. Ahora ya podemos empezar a hablar. En primer
lugar: No tendrás al niño antes de que yo tenga lo mío –
haciendo honor a su nombre, hasta ahora seguía sin mencionar la palabra
“droga” o similar – así que será mejor que vayas al asunto cuanto antes.
-
Primero quiero cerciorarme de que Dieguito está bien. – Yo seguía
en mis treces según el plan que habíamos elaborado.
-
¿ Dieguito ?. Soy Jaime, el amigo de tu padre que estuvo contigo
en la casa de D. Elías. ¿ Cómo te encuentras ?.
-
Muy pronto, hijo, no te preocupes. Ahora no puedo seguir
hablando...
Saqué
una tarjeta del bolsillo.
-
Creo que no me ha entendido. ¡No se mueva!! – dijo deteniéndome
con un gesto de su pistola – No le puse pilas a su micrófono porque no quería
que el Juez interviniera. A estas horas estarán siguiendo a Bolín por indicación
mía. Yo me he quedado aquí para rescatarle, pero... desgraciadamente, al
sentirse acorralado, Pato ha acabado con su vida y yo no he tenido más remedio
que disparar contra él.
-
No se preocupe por eso. En cuanto el Juez detenga a Bolín y el niño
sea liberado, el caso se cerrará y a mí me darán un ascenso. En cuanto a
Paolo le tengo reservada una sorpresa.
Desde
la puerta me llegaron una serie de ruidos como de lucha y unos gritos que
reconocí al instante. ¡ Lo que faltaba!. Ante mi vista apareció Julia con la
cara desencajada y a su espalda, apuntándole con una pistola se hallaba... ¡El
senador Leigthon!.
Paco
sonrió. Se acercó al cadáver del inspector Carmelo, encontró las llaves de
las esposas y nos liberó.
Ya
estaba amaneciendo, cuando Julia, Dieguito, Paco y yo, salíamos de la comisaría
después de despedirnos del Juez Borau. Pablo se había tenido que quedar para
hacerse cargo del informe. Mi estado de ánimo era el de un minero que escapara
de un derrumbe por poco. Satisfecho pero aun temblando como un flan. Aliviado
por poder recuperar mi vida normal y triste por tantas muertes inútiles. Todavía
quedaba pendiente un pequeño asunto. Le pregunté a Paco como llegó a
sospechar del senador.
Sevilla a 25 –3 –1999