|
La
Historia de la Reconquista
Tradicionalmente
se ha considerado la Reconquista como una guerra de los españoles
contra el invasor. Sin embargo también los musulmanes eran
"españoles": por sus venas apenas corría sangre árabe,
dado que los conquistadores vinieron sin mujeres y enseguida se
mezclaron con la población autóctona.
La empresa político y militar más larga de la historia no fue sino
una guerra civil disfrazada de conflicto religioso. Nada menos que
32 generaciones de españoles, cristianos y musulmanes, participaron
en esta gran epopeya.
A principios del siglo VIII, ochenta años después de que Mahoma
comenzase su prédica, los estandartes del Islam ya habían
alcanzado por el este la región del río Indo y por el oeste las
costas atlánticas africanas.
Tan
vasta y repentina expansión territorial fue debida al impulso
militar de los primeros califas. Pero se afianzó, en buena medida,
gracias a las ventajosas condiciones sociales que ofrecía la nueva
doctrina a las poblaciones conquistadas, para las que el Islam suponía
a menudo la liberación de los tiranuelos y señores de la guerra
que las sojuzgaban.
En este
sentido, hay que tener en cuenta que, en el Islam, la conquista y
posterior conversión de los conquistados no era sinónimo de
destrucción, esclavitud y muerte, sino que les aportaba ciencia, técnica,
medicina, derecho, filosofía, cultura y algo todavía más
necesario y escaso: tolerancia.
La nueva
religión se cifraba también en un libro revelado, el Corán, y
asumía en parte las otras dos grandes doctrinas y sus respectivos
textos: el judaísmo y su Biblia y el Cristianismo y sus Evangelios.
El año
707, Muça ben Nosair (el moro Muza de nuestro folklore) tomó en
nombre de Walid, califa de Damasco, la ciudad cristiana de Tánger,
que se convirtió en el baluarte más occidental del imperio. Ante
Muça se alzaba ahora Ceuta, poblada por gente numerosa y bien
aprovisionada por mar desde la península Ibérica, donde hacía
siglo y medio que imperaba el reino hispano-godo de Toledo. Establecían
contacto así, por primera vez, el Islam y la Europa occidental.
Ceuta estaba al mando del conde visigodo Julián, vasallo del recién
coronado rey Rodrigo, un hábil intrigante que se había hecho con
el trono sin tener sangre real.
Las crónicas
árabes reseñan la extraordinaria circunstancia que facilitó la caída
de Ceuta. Una mañana, Julián se presenta ante Muça y le ofrece
sumisión y ayuda para conquistar la Península. La razón es que ha
jurado ante Dios vengarse del indigno Rodrigo, quien ha forzado a su
hija en Toledo.
El
musulmán transmite la propuesta del conde cristiano a su califa, y
éste le contesta aconsejándole prudencia e insistiendo en que envíe
exploradores antes de cometer la empresa. Muça obedece a su lejano
señor.
El
primer asalto lo protagoniza un comando de 300 hombres de a pie y
100 de caballería mandados por un capitán llamado Tarif Abu Zora.
La costa europea se domina con la vista desde el lado africano del
estrecho, de modo que el punto de arribada pudo ser bien estudiado.
Se
escogió una pequeña isla separada unos cientos de metros de las
playas hispanas. La islita de Andalus, que daría nombre a toda la
Península (a costa de perderlo ella misma, pues pasó a llamarse
isla de Tarif o Tarifa), sirvió como cabeza de puente natural donde
los invasores desembarcaron y se reunieron, antes de pasar a tierra
firme.
La
correría de Tarif resulta un éxito. Cuando regresa a Ceuta con
gran botín e informa sobre la riqueza de la tierra y sus
perspectivas de conquista, Muça decide enviar 7.000 hombres
mandados por el jefe de sus tropas de choque, el persa Tárik ben
Ziyed, que se internan unos 25 kilómetros invadiendo desde
Algeciras hasta la hoy desecada laguna de La Janda, al este de Veger.
La
primera derrota cristiana, en La Janda, se debió a una traición.
Mientras
tanto, la noticia del primer desembarco ha llegado a conocimiento de
la corte visigoda y Rodrigo, que está combatiendo en Pamplona, la
toma muy en serio.
Levanta
el campamento y se dirige al sur, incorporando a su paso las tropas
que aportan los nobles feudales. Su ejército aumenta cada vez más
al acercarse al estrecho, pero está muy lejos de ser compacto. Los
soberbios príncipes que le acompañan se sienten superiores a un
monarca que no es de estirpe real.
Entre
ellos se fragua una conjura: en plena batalla dejarán solo al
advenedizo frente a los musulmanes y, cuando ambas fuerzas se
destruyan entre sí, habrán quedado libres a la vez de Rodrigo y de
la amenaza islámica.
Los ejércitos
se avistan a orillas de la laguna de La Janda y, tras unos días de
escaramuzas, se enfrentan el 26 de Julio del 711. En el momento
decisivo, las dos alas del ejército cristiano abandonan la lucha
según lo Pactado, y el núcleo, con Rodrigo a su frente, perece
ante los alfanges musulmanes.
Pero los
príncipes traidores no llegan a gozar el fruto de su defección. A
la vista del desastre y de que el ejército de Tárik no ha quedado
tan diezmado, se retiran hacia el norte, dejando las puertas del
reino hispano abiertas de par en par. Así termina el primer capítulo
del empeño más largo que ha conocido la historia: la reconquista
cristiana de la península Ibérica.
Considerada
como un proceso unitario, esta empresa se desarrolló a lo largo de
800 años, lo que equivale a decir que si hubiera empezado cuando lo
hizo la tercera cruzada, estaría a punto de terminar en nuestros días.
Cuesta trabajo imaginar un conflicto que mantuvo en pie de guerra a
32 generaciones consecutivas, aunque la lucha no fuera constante.
El
estudio de la Reconquista es un gran rompecabezas jalonado por una
sucesión de hechos mal documentados. La mayor complicación reside
en que éstos tenían lugar en distintos ámbitos.
No se
trata de analizar un enfrentamiento permanente y homogéneo entre árabes
musulmanes y cristianos europeos. También había europeos
musulmanes, árabes cristianos y musulmanes no árabes. Y cristianos
enfrentados a cristianos y musulmanes enfrentados a musulmanes. Y
judíos, contra los que a veces se enfrentaban todos.
|