Patristica

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EL CRISTIANISMO PRIMITIVO: LA PATRISTICA

En su intento de prevalecer sobre las demás religiones orientales, el cristianismo se vio obligado a adoptar y conciliar elementos tomados tanto del monoteísmo judío como de la filosofía griega, para ponerlos al servicio de la revelación cristiana. Cuatro eran fundamentalmente los puntos que la mentalidad grecorromana rechazaba del cristianismo: la doctrina de la creación temporal, que chocaba con el concepto cíclico del tiempo típico de la filosofía helénica; la doctrina de la resurrección de los muertos; el concepto de Trinidad, que resultaba de difícil conjugación con el monoteísmo; y la creación por Dios del mundo sensible, el cual no podía entonces ser concebido como una «prisión» tal como lo piensan los gnósticos o los neoplatónicos.

El primero en adoptar elementos de la filosofía griega fue san Pablo, que introdujo la noción de que la vía interior, o «introversión», era el camino adecuado para llegar al conocimiento de Dios. Los padres apologistas posteriores se dividieron en dos posturas: los que mantenían la posibilidad de conciliar fe y razón, como Atenágoras (siglo II), san Justino (siglo II) y Lactancio (siglo 111), y los que adoptaron una postura irracionalista, como Tertuliano (siglo II), y, sobre todo, san Ireneo (siglo II-III) e Hipólito (siglo II-III), que dedicaron su obra a combatir las herejías gnósticas.

SAN AGUSTIN

La figura de san Agustín (354-430) supone un momento decisivo en la historia del cristianismo, ya que él fue el primero que, utilizando los elementos conceptuales del pensamiento griego, adaptó la «filosofía cristianas (término hasta entonces inusual) a la doctrina de la fe. Nacido en la ciudad norteafricana de Tagaste, estudió en Cartago y Roma. De formación esencialmente neoplatónica, tras un período en el que se sintió atraído por el maniqueísmo, se convirtió al cristianismo a los 34 años de edad. Más tarde se hizo sacerdote, y llegó a ser obispo de Hipona. Entre sus numerosísimas obras cabe destacar Sobre la doctrina cristiana, las Confesiones y La ciudad de Dios.

El pensamiento de san Agustín tiene su fundamento en la frase intellige ut credas, crede ut intelligas: comprende para creer, cree para comprender. No obstante, la fe es siempre para él anterior al intelecto, si bien cree que éste puede justificar racionalmente aquélla.

Agustín parte de la demostración platónico acerca de la imposibilidad de adquirir un conocimiento cierto por medio de los sentidos; pese a ello, el hombre es capaz de abstraer, de percibir lo inmutable, y el filósofo concluye, por tanto, que esta capacidad ha sido puesta en él por algo que le trasciende. Ese algo es Dios, esencia inmutable. El misterio de la Trinidad se explica como la existencia de una sola naturaleza divina que se despliega en tres personas. El alma del hombre, con sus tres facultades (memoria, inteligencia y voluntad o amor) supone un reflejo de ese mismo misterio. Así pues, el hombre es ¡mago De¡, y su conocimiento procede de una iluminación divina. Es en su interior, pues, donde debe buscar a Dios; el amor, predicado por Jesucristo, es la Revelación y el camino de salvación dado al hombre por su creador.

La inmutabilidad divina implica que haya habido un único acto de creación. San Agustín no puede admitir que la materia sea el origen del mal, pues tanto ella corno las ideas o formas de todo lo existente provienen del entendimiento divino, que ha creado el mundo de la nada (ex nihilo); el mal sólo existe en el hombre, y es una condición necesaria para el libre albedrío. La misión del cristianismo es conducir la historia hacia la eliminación del mal, por medio de la fe, y crear «la ciudad de Dios» (opuesta a la «ciudad del Diablo»). Ciertamente, esto no constituye una solución para el problema del mal, pues subsiste la duda de por qué crea Dios seres destinados a no alcanzar la salvación. Ante esto, afirma san Agustín, sólo la sabiduría eterna del Creador puede respondemos. La fe, por tanto, se revela en todo momento como la piedra angular del sistema agustiniano, pues ella nos guía donde la razón falla, ya que «la majestad y perfección de Dios son inexplicables »

Antología de Textos

«Por esta razón, cuando muere el cuerpo, preciso es admitir que el alma perece, esparcida por todo el organismo. Porque, realmente, conjugar lo mortal con lo eterno, suponerles sentimientos comunes y acciones recíprocas, es puro delirio; en efecto, ¿puede imaginarse nada más discordante, más contradictorio e inarmónico que un ser mortal acoplado a uno inmortal y perenne, para en estrecha' unión arrastrar la furia de unas mismas tormentas? ». (Lucrecio, De la naturaleza, Lib. 111, 798-805; trad. y ed. de Eduardo Valentí, Barcelona, 1961)

«... siempre que digamos “el Uno” y siempre que digamos “el Bien”, hay que pensar que su naturaleza es la misma, y que la llamamos una no tratando de predicar nada de ella, sino tratando de mostrárnosla a nosotros mismos como podemos; que la llamamos "el Primero" por esta razón, porque es algo simplicísimo, y el “Autosuficiente” porque no consta de varios componentes; si no, dependería de sus componentes; y que decimos que no está en otro, porque todo lo que está en otro, también proviene de otro. Si, pues, tampoco proviene de otro, ni está en otro, ni es ningún compuesto, síguese forzosamente que no hay nada por encima de él. No debemos, por tanto, recurrir a otros principios, sino colocar a éste el primero; luego, después de él, a la Inteligencia y al Inteligente primario, y luego, después de la inteligencia, al Alma — éste es, efectivamente, el orden conforme a naturaleza». (Plotino, Enéadas, 11, trat. 9; ed. y trad. de Jesús Igal, Madrid, 1982)

« Porque los pensamientos de los mortales son temibles, y nuestros consejos inciertos. Porque el cuerpo corruptible es una carga para el alma, y la habitación terrena aprisiona al espíritu que anhela muchas cosas». (San Agustín, De Trinitate, III, 10, 21; en Peter Brown, Agustín de Hipona, Madrid 1969 (Londres 1967))

«Cree en Dios -dice la Razón-. Entrégate a él todo lo que te sea posible. No desees que tu propia voluntad sea tuya y esté a tu disposición, sino proclámate su esclavo, el esclavo de un amo capaz y misericordioso». (San Agustín, Soliloquia,  en Peter Brown, op. cit.)

 

 

 
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