FILOSOFIA MEDIEVAL: APOGEO y CRISIS DE LA ESCOLASTICA
Tras el desmoronamiento del Imperio Romano, el
continente europeo quedó desmembrado en su mayor parte en una serie de reinos
germánicos que mantenían constantes guerras entre si. Sólo Bizancio mantuvo
las tradiciones culturales clásicas, pero, aun en sus momentos de mayor
apogeo, su influencia directa se limitó a los países eslavos y balcánicos y
a Italia. Sin embargo, el hecho de que los pueblos germánicos adoptaran de
forma progresiva el cristianismo, permitió a la iglesia mantener diversos
focos monásticos que garantizaron una mínima permanencia del legado cultural
de la Antigüedad hasta los intentos de restauración del Imperio por medio de
Carlomagno.
Durante estos siglos de transición, en los que se
produjo una creciente ruralización y un evidente estancamiento en el terreno
científico y cultural, comenzó a gestarse el sistema feudal, que hallaría
plena expresión en los sucesores de Carlomagno. Antes de estudiar las
características del llamado Renacimiento carolingio conviene, pues, resaltar
las figuras y núcleos culturales principales que contribuyeron a transmitir y
preservar los conocimientos clásicos.
Boecio (h. 470-525), autor de De consolatione philosophiae (De la consolación por la filosofía) y
alto dignatario de la corte del rey godo Teodorico, murió ejecutado bajo la
acusación de conspiración. Ejerció gran influencia durante la Edad Media
gracias a su traducción de parte de los escritos lógicos de Aristóteles
(Organon), así como de los comentarios sobre ellos realizados por Porfirio (Isagoge).
La traducción de Boecio posee la virtud de mantener una notable fidelidad
al pensamiento aristotélico. En su propia obra, de indudable raíz cristiana,
se aprecia sin embargo, el influjo del agustinismo y el neoplatonismo.
En la esfera de influencia de Bizancio, que aparte de
las zonas europeas citadas se extendió por gran parte de Oriente Medio, la
Iglesia cristiana ortodoxa mantuvo las tradiciones especulativas de la
patrística griega. A finales del siglo V apareció un tratado de autor
anónimo, al que conocemos como Pseudo-Dionisio atribución hoy totalmente
descartada. Este tratado en diez tornos, llamado Corpus
Areopagiticum, supone una sistemática adaptación al pensamiento
cristiano de los principales conceptos neoplatónicos, y está inspirado sobre
todo en la obra de Procio. Traducido al latín en el siglo IX por Escoto
Eriúgena, ejerció un enorme influjo en las corrientes neoplatónicas del
cristianismo medieval.
Al margen de la cultura bizantina, cuya influencia
sobre Occidente parece aumentar progresivamente a la luz de la moderna
investigación, el Occidente europeo mantuvo asimismo diversos focos
monásticos de notable importancia. Uno de los más importantes se constituyó
en las Islas Británicas, donde surgió la figura ingente de Beda el Venerable
(673-735), autor de la Historia
eclesiástica del pueblo inglés, así como de una enciclopedia centrada
en las ciencias naturales (De rerum
natura) y diversos tratados de gramática.
El otro gran representante de este primer
enciclopedismo medieval fue el obispo español san Isidoro de Sevilla (h.
560-636), autor de las Etimologías, vasta compilación en veinte volúmenes
de todo el saber de su tiempo, desde la doctrina teológica a la historia, las
artes militares o las cuestiones agrícolas. El nombre dado a la obra, Etimologías,
proviene de la convicción de san Isidoro acerca de que cualquier objeto
de la realidad podía ser reconocido esencialmente por medio de su nombre, que
constituiría, por así decirlo, un signo
de su esencia. Esta concepción se halla en gran parte en el origen del
concepto del mundo como texto divino, vigente
en numerosos pensadores posteriores.
A finales del siglo VIII, Carlomagno intentó
recomponer la perdida unión de la civilización romana, dando lugar a lo que
se ha venido a llamar Renacimiento carolingio. Su intención de formar un
imperio central le indujo a crear una escuela de humanistas y funcionarios que
aglutinaran el saber de la época. Una parte de estos intelectuales procedía
de la Italia de influencia bizantina, pero los más destacados eran
originarios de los monasterios de Irlanda e Inglaterra. El principal impulsor
de esta renovación fue el eclesiástico Alcuino de York (h. 735804), que
estableció bibliotecas y escuelas catedralicias en Aquisgrán, sede del
Imperio, Tours y otras ciudades. Las enseñanzas de Alcuino y sus discípulos,
entre los cuales cabe citar a Rabano Mauro (h. 784-856), estaban centradas en
el estudio de la Sagrada Escritura y de algunos autores paganos y cristianos,
para lo cual realizaron una ingente labor como copistas. Establecieron
asimismo, basándose en textos del latino Casiodoro, la enseñanza de las
«siete artes liberales», que se dividían en trivium (gramática, retórica
y dialéctica) y quadrivium (aritmética,
música, geometría, astronomía), distinción que se mantendría durante toda
la Edad Media.
De origen irlandés, la figura de Juan Escoto
Eriúgena surge hacia el año 845, cuando llega a la corte de Carlos el Calvo
(nieto de Carlomagno) como profesor de la escuela palatina. Su primera obra,
De praedestinatione, revela ya su
predilección por la cultura grecocristiana, que hallaría plena expresión en
su traducción del Corpus areopagiticum del
Pseudo-Dionisio, a partir de un códice bizantino. La influencia de este. autor
y de san Agustín es manifiesta en la gran obra de Eriúgena, De
divisione naturae (De la división de la naturaleza), tratado en cinco
libros que constituye una de las cumbres del pensamiento medieval.
La filosofía de Eriúgena, de clara raigambre
neoplatónica, supone un intento de explicar el mundo sensible y todo lo
existente a partir de su generación por Dios, que es el ser «creante
increado», y al que Eriúgena define en términos de teología negativa como super
esse (supraser, más allá del ser). Cuando Dios se contempla a sí mismo
crea el resto de la naturaleza, que tiene cuatro órdenes o especies: a) Dios,
naturaleza creante in creada; b) las ideas, que se hallan en el entendimiento
divino y constituyen la naturaleza creada creante; e) los seres sensibles
sometidos a generación, naturaleza creada increante, y d) la naturaleza
increada increante, que es de nuevo Dios, posibilitando así el reverso del
proceso, por el que todas las cosas vuelven a la naturaleza divina. Esta
concepción, que M. Cappuyns ha calificado como «monismo ejemplarista»,
motivó que el filósofo fuera acusado de panteísmo y su obra condenada en
diversas ocasiones.
Tras la muerte de Eriúgena, la especulación
filosófica declinó al tiempo que lo hacían las condiciones de vida. Apenas
si cabe citar la escuela de Auxerre, influida por aquél, y las corrientes
antidialécticas, que criticaban todo empleo de la razón en lo referente a
los dogmas teológicos, y cuyo principal representante fue san Pedro Damián
(1007-1076).
La figura más importante del siglo XI es, sin duda,
san Anscimo de Canterbury (1033-1109), obispo de esta última localidad, y que
recibió su formación en la abadía francesa de Bec. La postura de san
Anselmo supone una conciliación entre dialécticos y antidialécticos: a
diferencia de los primeros, niega que la Sagrada Escritura deba someterse a
análisis ninguno; ahora bien, una vez que la fe nos revela los dogmas, es lícito
intentar explicar éstos a la luz de la razón, de la dialéctica, pues ésta
nos ha de conducir necesariamente a ellos.
Inspirado en san Agustín, san Anselmo adoptó el
concepto platónico de la diferenciación entre el mundo sensible y el de las
ideas, adoptando una solución realista acerca del problema de los
universales, problema que trataremos en el siguiente apartado. Sobre este
andamiaje teórico edificó sus dos grandes obras, el Monologion
y el Proslogion, cuyo tema básico es la demostración racional de la
existencia de Dios.
En el Monologion
(1076), san Anselmo parte de los seres concretos para mostrar la necesidad
de que exista un Dios perfecto único que suponga su razón de ser, de acuerdo
con el llamado realismo metafísico, según
el cual la esencia (el universal) es siempre superior y más perfecto que la
cosa particular. Esto le permite realizar una serie de escalas ontológicas
cuyo fin ha de ser siempre Dios. La complejidad de estas demostraciones le
indujo a crear en el Proslogion (1078)
un único argumento, que en este caso parte de la propia idea de Dios, y que
es conocido como argumento ontológico. Basado
en la idea de perfección, puede resumiese así: cuando pensamos en Dios,
pensamos en El como lo más perfecto que existe. Pero si es lo más perfecto,
ha de existir tanto en el pensamiento como en la realidad, pues de lo
contrario podría pensarse algo más perfecto. Este argumento fue ya discutido
por el monje Gaunilón, el cual afirmó que el hecho de pensar en algo no
implica que exista; a ello respondió san Anselmo que, en efecto, tal paso no
puede realizarse sino cuando se piensa acerca de lo más perfecto, es decir,
de Dios, única esencia que, por su propia perfección, implica necesariamente
su existencia.
En realidad, este argumento posee una evidente raíz
platónico, y, si bien desde un punto de vista lógico resulta insostenible,
ya que parte de un concepto apriorístico
de perfección (como demostraron el propio Tomás de Aquino y Kant), desde
un punto de vista metafísico fue aceptado, con ciertos retoques, por
pensadores como Descartes y Leibniz.
Pedro Abelardo (1079-1142) ha sido más conocido por
su relación amorosa con Eloísa y su mutilación por instigación del tío de
aquélla, Fuiberto, que por su pensamiento. Este, sin embargo, supone en
muchos casos un precedente de la renovación que llevará a cabo Ockham. Entre
sus obras principales cabe destacar De
unitate et trinitate divina, Seito teiprum, Sic et non, Theologia y Theologia
christiana.
La solución que da Abelardo al problema de los
universales, el conceptualismo, se
centra en la respuesta a una pregunta: ¿continuarán manteniendo los
universales una significación para el entendimiento aun cuando no existan los
individuos concretos? En opinión de Abelardo, el universal es simplemente una
función lógica, un término que puede predicarse de algo. Ahora bien,
tampoco puede aceptarse la posición nominalista, ya que el universal posee
una significación, indica el estado común de una serie de individuos. Las
ambigüedades de esta postura serán puestas de manifiesto por Ockham, que,
sin embargo, se inspirará en la lógica terminista de Abelardo para llevar a
cabo una crítica radical de la posición realista.
En el terreno ético, Abelardo ejerció una notable
influencia con su doctrina voluntarista, basada en un decidido subjetivismo:
lo que realmente importa no es la obra, la acción concreta, sino la
intención con que se realiza. Esta actitud provocó la censura eclesiástica
y la condena de sus doctrinas, mas, pese a ello, Abelardo ejerció una enorme
influencia en su época y, sobre todo, contribuyó a imponer una actitud
crítica en el tratamiento filosófico de los temas, teológicos.
Durante el siglo XIII, que conocería el apogeo del
gótico, se produjeron también las primeras grandes sumas filosóficas del pensamiento cristiano. Ello se debió, en
gran parte, a la consolidación del modo de vida urbano, que permitió la
progresiva transformación de las escuelas catedralicias en universidades, y
proporcionó un marco cultural más amplio que el anteriormente reducido de
los focos monásticos. En un principio estas universidades se limitaban a la
enseñanza de una disciplina aislada (como en el caso de la primera facultad
de Derecho, en Bolonia), pero pronto se fueron convirtiendo en auténticos
centros universitarios donde se hallaban reunidas todas las facultades. La
primera en fundarse fue la de París (1200), seguida por la de Oxford, y más
tarde Oricans, Cambridgel Salamanca, Padua, Nápoles, etc.
Otro factor decisivo en la evolución del pensamiento
filosófico fue el descubrimiento del verdadero Aristóteles, en parte gracias
a las traducciones árabes y judías, pero con mayor fidelidad por las
traducciones directas del griego, realizadas por filósofos como el oxonense
Roberto Grosseteste y Guillermo de Moerbecke. Esta nueva situación desató
numerosas polémicas dentro de los centros universitarios, y provocó la
creación de dos corrientes: el agustinismo,
que subordinaba por completo la razón a la fe y reclamaba una
espiritualidad más interiorizada, y el aristotelismo
que en su forma más moderada intentó conciliar a san Agustín con
Aristóteles (santo Tomás de Aquino), y en su corriente radical aceptó las
tesis averroístas,. De forma genérica, puede
asociarse al agustinismo con la orden franciscana, y al aristotelismo moderado
con los dominicos.
La Universidad de Oxford constituyó el centro de un
importante movimiento filosófico, cuya principal aportación sería el
estudio de las ciencias naturales. El fundador de la escuela fue Roberto
Grosseteste (1175-1253), uno de los grandes traductores de Aristóteles. Su
filosofía propia está, sin embargo, impregnada de neoplatonismo, lo cual,
junto con su interés por la física, le indujo a crear una metafísica en la
que la luz desempeñaba un papel fundamental; él fue, además, el primero
<in sugerir la necesidad de aplicar a la física un método inspirado en
las matemáticas.
Un discípulo de Grosseteste, Roger Bacon (h.
1212-1293), desarrolló las ideas de su maestro y fue el primero, según
parece, en exigir una ciencia experimental. Su obra 'más conocida, Opus maius, es un compendio enciclopédico de todo el saber científico
de su tiempo. En ella ofrece Bacon su teoría sobre el método experimental
que, afirma, supera a la mera argumentación porque permite una certidumbre
total y favorece el desarrollo tecnológico. La ciencia ha de fundarse, pues,
en los conceptos matemáticos, pero para poder alcanzar validez universal sus
conclusiones han de ser verificadas por medio de la experiencia.
El pensamiento de Roger Bacon presenta, por lo demás,
algunas tesis ciertamente paradójicas. En primer lugar, subordina a la
filosofía como una parte de la teología; pero al mismo tiempo, en el campo
estricto de la filosofía, que considera obra de una «revelación» divina,
afirma la necesidad de liberarla de toda traba autoritaria. Esta concepción
le llevó a constantes enfrentamientos con las autoridades eclesiásticas,
debido a lo cual fue encarcelado en varias ocasiones. La doctrina de Bacon
supone uno de los primeros intentos de lograr un saber universal que abarcase
todas las disciplinas del conocimiento, y puede considerarse un precedente de
Ockham y de los filósofos renacentistas de la naturaleza.
El espiritualismo franciscano, que tuvo sus primeros
representantes en Alejandro de Hales (h. 1175-1245) y Juan de la Rochelle (t
1245), y luego en Ramon Llull (1235-1316) halló plena expresión en la obra
de san Buenaventura, cuyo verdadero nombre era Juan de Fidanza (1221-1274).
Nacido en Italia, en 1256 fue nombrado por el Papa catedrático de la
Universidad de París, y desde allí se, erigió en el principal defensor y
expositor de la teología franciscano de raíz agustiniana.
Al igual que había hecho anteriormente san Anselmo,
san Buenaventura recoge el credo ut
intelligam de san Agustín y lo convierte en la fuente de su pensamiento,
expresado en obras como el Itinerario de
la mente hacia Dios, Comentario a las sentencias y Sobre la dirección del
alma. Aunque no rechaza algunas de las distinciones aristotélicas, la
esencia de su filosofía es neo platónica.
En lo que respecta a la teoría del conocimiento, san
Buenaventura adopta el concepto agustiniano de «iluminación»: para que se
produzca un conocimiento, es preciso que haya un sujeto cognoscente y que tras
la cosa exista una realidad inmutable. Puesto que los sentidos no nos permiten
aprehender tal esencia, es evidente que la facultad cognoscitiva constituye el
producto de una expresa intervención divina.
Existen, afirma, tres niveles de conocimiento, propios
de otras tantas facultades del alma. El primer nivel corresponde a los
sentidos, y trata de los objetos particulares; el segundo nivel es el del
entendimiento pasivo, y tiene como fin la abstracción; el último, en suma,
es el que posibilita realmente el conocimiento cierto, y corresponde al
intelecto agente, que nos permite referir las cosas sensibles a las ideas que
se encuentran en el entendimiento divino. El hombre debe, pues, ir de lo
externo a lo interno, y buscar en su interior el conocimiento de Dios. No
obstante, aunque la fe permanece siempre por encima de la razón y permite
acceder a la verdad allí donde el entendimiento falla, la contemplación y el
estudio de la realidad sensible y del alma pueden corroborar los dogmas
revelados por Dios. Un ejemplo de esta argumentación es la solución que da
san Buenaventura al problema de la Trinidad: en cuanto dogma, constituye un
misterio que sólo la fe permite aceptar; las tres facultades del alma, sin
embargo, memoria, entendimiento y voluntad, expresan de forma analógica el
ser divino.
Por lo que se refiere a la existencia de Dios, el
fraile franciscano admite el argumento ontológico de san Anselmo, pero no le
presta excesiva atención, pues considera que el mundo mismo, «texto
divino», supone la principal demostración de la existencia de un creador.
San Alberto Magno (1206-1280), nacido en la localidad
alemana de Bolistadt, fue el primer gran filósofo de la orden dominica, y
reunió en su vasta obra gran parte de los elementos que habrían de ser
sistematizados por s u discípulo Tomás de Aquino. Entre sus escritos más
importantes destacan Summa de creaturis
y Summa theologica, así como numerosos tratados sobre distintos aspectos
de las ciencias naturales, que permanecen aún hoy muy poco conocidos.
Inspirado en Aristóteles y en sus comentadores
árabes (cuya interpretación, sin embargo, discutió a menudo), la
pretensión de san Alberto es ofrecer a sus contemporáneos una compilación
del saber similar a la que en su día realizó el Estagirita; para ello
distingue claramente entre la teología, fundada 'en la revelación y único
medio para acceder a los dogmas de la fe, y la filosofía, que es la ciencia
de las criaturas y constituye el terreno propio del conocimiento racional.
La influencia de san Agustín, de cualquier forma, es
también evidente en la obra de san Alberto Magno; buena muestra de ello es su
aceptación de la teoría de la iluminación divina como fundamento del
conocimiento. Esa iluminación se realiza mediante e intelecto agente, gracias
al cual podemos relacionar los datos de los sentidos con las ideas del
entendimiento divino. Su énfasis en lo sensible, le aleja, sin embargo, del
agustinismo estricto de san Buenaventura. Frente al averroísmo, san Alberto
afirma la existencia de un entendimiento agente propio de cada hombre.
Basado en esta terminología, el maestro dominico
lleva a cabo un tratamiento d e los universales que constituye el precedente
de las tesis tomistas: en cuanto que se encuentran en el entendimiento divino
y constituyen el modelo de la
realidad sensible, son anteriores a ésta, ante
rem; como formas o esencias de las cosas, son in re (en la cosa); por lo que se refiere al entendimiento humano, son post
re (posteriores a la cosa).
Vida
y obra. La obra de Tomás de Aquino (1224-1274), que
constituye sin duda el momento cumbre de la escolástica, sintetiza las
virtudes y limitaciones de ésta. Nacido en una pequeña localidad cercana a
Nápoles, ingresó en la orden dominica y estudió en París con san Alberto
Magno, al que más tarde siguió a Colonia. Entre 1259 y 1268 enseñó en la
escuela pontificio de Roma, y más tarde volvió a
París para enfrentarse al movimiento averroísta. Su fallecimiento tuvo lugar
cuando se hallaba de camino al concilio de Lyon.
La obra de santo Tomás supone ante todo un intento de
depurar el aristotelismo de todas sus adherencias neoplatónicas, y utilizarlo
como fundamento racional de la teología. Suele dividirse en tres grupos: a)
los dos grandes tratados, la Suma
teológico y la Suma contra los
gentiles; b) los comentarios a Aristóteles y a otros autores como Boecio
y el Pseudo Dionisio; c) las Cuestiones
disputadas, donde aborda temas diversos, y una serie de pequeños tratados
sobre problemas concretos, como De ente et essentia y De aeternitate mundi.
Filosofía
y teología. Lo primero que preocupa a santo Tomás es establecer
una distinción entre filosofía y teología, y mostrar al mismo tiempo la
armonía que debe existir entre ambas. El terreno de la teología se
circunscribe explícitamente a los dogmas revelados, y el de la filosofía al
conocimiento racional. Ahora bien, el estudio filosófico ha de llevar
necesariamente a las verdades de la fe y, cuando no sea así, habrán de
revisarse las conclusiones y buscar el error del razonamiento. De esta forma,
pues, aunque la filosofía está en último término sometida a la
revelación, como disciplina posee una autonomía total.
Teoría
del conocimiento y del alma. A diferencia de san Agustín,
santo Tomás considera que el proceso del conocimiento no procede de la
«iluminación» divina, sino que constituye el resultado de una abstracción
realizada a partir de los datos de los sentidos. Gracias a la cual podemos
separar la «forma» de la «materia», de acuerdo con la concepción
aristotélica de la sustancia. La forma constituye la esencia de la cosa, pero
para conocerla es preciso que tenga existencia, y ésta viene posibilitada por
la materia. La labor del entendimiento paciente consiste, pues, en
proporcionar una imagen o fantasma basado en la percepción sensible; de esa
imagen extrae el intelecto agente la idea, la forma constitutiva que da su
razón de ser a la cosa. El alma es, pues, la forma sustancial del cuerpo,
pero es al mismo tiempo una sustancia espiritual que participa de Dios y
posibilita el conocimiento. Gracias a ella podemos captar la esencia, el
universal, mas para el intelecto humano éste, no puede separarse del
conocimiento de los casos singulares (es decir, que se retorna a la
distinción de san Alberto entre universales ante rem, in re y post re).
Dios
y el mundo. Santo Tomás afirma que el mundo es una creación de
Dios y que, como la revelación enseña, esa creación ha sido realizada en el
tiempo, y tiene, así, un principio y un fin. Aunque en este sentido se opone
a Aristóteles, para ofrecer una explicación cosmogónica se remite a la
distinción aristotélica entre potencia y acto. Establece que ningún ser
puede pasar de potencia a acto sin que intervenga otro ser que ya está en
acto.
Establece de esta forma una conexión causal en el
orden del mundo, que le va a permitir elaborar sus cinco vías para la demostración de la existencia de Dios. A
diferencia de san Anselmo, considera que esta demostración no puede hacerse a
prior¡, a partir de la definición de Dios, ya
que ésta es incognoscible para la razón. Debemos, pues, partir del
conocimiento a posterior¡
del mundo sensible para llegar, por medio del razonamiento, a la
conclusión de la necesidad de que exista un primer creador, causa de todo lo
existente y razón última de la realidad. Las cinco vías están basadas en
el movimiento (entendido como
tránsito de potencia a acto), la causalidad
eficiente, la contingencia de los seres sensibles, los grados de perfección y
la finalidad. Todas ellas, como
afirma Etienne Gilson, poseen una conexión secreta, pues «cada una parte de
este dato: que, al menos bajo uno de sus aspectos, algo de la realidad no
contiene en sí la razón suficiente de su propia existencias. Ello conduce
necesariamente a postular la existencia de un primer principio de la realidad,
que constituye al tiempo la fuente de ésta y su fin último: Dios, acto puro,
y única realidad en que la esencia implica la existencia.
Ética
y política. La ética tomista, inspirada en la aristotélica,
afirma que el más elevado comportamiento es el basado en la ratio
recta, que se encuentra innata en nosotros mismos. El fin de la vida
virtuosa es la beatitud, o visión de Dios; pero la ley moral ha de aplicarse
también a la vida cotidiana, e inspirarse en el Derecho natural, que ha sido
impreso por Dios en el hombre.
El poder temporal, por tanto, habrá de ser el garante
de ese Derecho, y su fin es permitir al hombre una vida digna que le prepare
para alcanzar la gracia divina. No obstante, santo Tomás no precisa con
exactitud qué forma habría de adoptar el poder para desempeñar con mayor
eficacia ese papel, si bien establece claramente la primacía del «poder espiritual».
Nacido en la localidad escocesa de Duns, Juan Duns
Escoto (1266-1308) fue el principal renovador de la orden franciscana, en la
que ingresó hacia 1280. Tras enseñar durante varios años en París y
Oxford, se vio obligado a refugiarse en esta última ciudad como consecuencia
del enfrentamiento entre el Papado y el rey Felipe W. Más tarde regresó a
París, y por último impartió sus enseñanzas en Colonia, donde falleció.
Entre sus obras cabe destacar el Curso
de París, el Opus oxoniense y el tratado De
primo principio.
La filosofía de Duns Escoto se basa en tres
postulados fundamentales: la univocidad del ser, la primacía de la voluntad
divina sobre la razón, y un cierto escepticismo en la teoría del
conocimiento, que le hace primar la fe sobre el entendimiento.
Al hablar de la univocidad del ser, entiende éste
como un concepto abstracto e inmediato al
entendimiento, aplicable tanto a Dios como al mundo sensible, ya que no
indica sino que algo existe; ahora bien, por medio de los sentidos solo
podríamos llegar a una noción de Dios físico. Así pues, todo lo
relacionado con la definición de Dios y los dogmas revelados pertenece
a la teología, y, por tanto, no constituye campo propio de la razón ni es
demostrable. De acuerdo con este razonamiento, afirma Escoto que lo único que
la inteligencia puede lograr es inferir racionalmente la existencia de un ser
primero, pero no está en condiciones de probar la omnipotencia de Dios ni
tampoco la inmortalidad del alma.
La brecha así abierta entre metafísica y teología
queda más ampliada por la insistencia de Escoto en conceder primacía a la
voluntad divina sobre el entendimiento. Con ello pretende limitar el concepto
griego de inteligibilidad y necesariedad del universo, ya que, si Dios lo
quisiera, todo lo existente podría tener un orden completamente distinto.
Este va a ser el fundamento de la radical distinción de Ockham entre fe y
razón, ya que esta última sólo puede tratar de lo contingente. No obstante,
Escoto le concede también a la razón la posibilidad de «inferir» la
necesidad de Dios, como vimos, y mantiene la existencia de las ideas en el
entendimiento divino, aunque como posteriores «en esencia» a Dios, y
producto, por tanto, de la libre voluntad divina.
En el aspecto ético Escoto acentúa aún más este
voluntarismo, pues considera que la caridad y la contemplación son más
importantes que las nociones sobre Dios y la fe, dado que ésta no es sino un
don divino que ningún hombre puede alcanzar por sí mismo. De esta forma, y
aunque tal vez no fuera ésa la intención del filósofo escocés, se ponen
las bases del escepticismo nominalista.
El siglo XIV fue una época decisiva en todos los
terrenos de la cultura, ya que en él se produjo la crisis de la sociedad
medieval y se pusieron las bases de la renovación renacentista. En el aspecto
político, fue una centuria dominada por la guerra de los Cien Años, y trajo
consigo el auge de las monarquías nacionales y la debilitación del poder
imperial y del Papado. Ello motivó un notable desarrollo de la teoría
política, acentuado por la radical separación entre teología y razón, que
permitía delimitar claramente las atribuciones del poder temporal y del
espiritual. Esa misma separación supondrá, además, una mayor independencia
para la filosofía natural, pues permite a ésta elaborar sus propias
concepciones sin temor a entrar en contradicción con el dogma, que escapa por
definición a su ámbito.
La filosofía del británico Guillermo de Ockham (h.
1300-1350), expuesta en obras como Expositio
aurea, Comentario a las sentencias y Centiloquium theologicum, supondrá
el punto de partida para la ruptura con el dogmatismo escolástico. Sería
inexacto, sin embargo, identificar a Ockham con una filosofía «escéptica»,
como se hace a menudo, ya que su objetivo es precisamente salvaguardar la
teología y garantizar la, omnipotencia divina. Para ello se ve obligado a
elaborar una crítica del conocimiento racional que limite al campo de la fe
todo conocimiento trascendental.
En primer lugar, Ockham niega la existencia de ideas
en el entendimiento divino; según él, esta noción es un residuo
platónico del cristianismo y supone una mediatización de la libre voluntad
divina. Basado en esta noción y en el principio
de economía, según el cual no debe atribuirse a un fenómeno ninguna
causa que no resulte evidente, niega la existencia real de los universales
fuera del pensamiento. El conocimiento está basado en la intuición sensible,
y por tanto en la experiencia, que sólo puede tenerse de los individuos
concretos: el universal, pues, no es sino un término lingüístico
(de ahí que se conozca su sistema como nominalismo), y corresponde a un
proceso intelectivo, no a una realidad extramental. La crítica de Ockham a la
metafísica racional está, pues, basada en dos aspectos: desde el punto de
vista lógico, sólo puede considerarse probada una afirmación que se deduzca
necesariamente de una proposición evidente; pero ésta, a su vez, sólo puede
obtenerse por medio de los sentidos. Desaparece así el concepto de
causalidad, y con ello todas las demostraciones clásicas de la necesidad de
un «primer principio».
Estas concepciones llevan a Ockham a negar que la
razón pueda probar la existencia de Dios, ni estar en condiciones de
informarnos acerca de los atributos divinos ni sobre la inmortalidad del alma.
Estas cuestiones se hallan fuera del alcance de la filosofía, pues tratan de
lo trascendente, en tanto que el conocimiento racional, que tal como hemos
visto tiene su fundamento en la experiencia, sólo puede obrar a partir de los
datos de los sentidos, es decir, de lo contingente.
Las concepciones políticas de Ockham están imbuidas
también de la distinción entre el orden espiritual y el temporal. Adversario
del Papa y protegido del emperador Luis de Baviera, en su Diálogo acerca de la autoridad pontificio y la imperial establece
que el Papado no posee autoridad alguna sobre el poder imperial, y, lo que es
más, condena incluso el absolutismo
papal en el ámbito eclesiástico y teológico. Debe resaltarse, de cualquier
forma, que las afirmaciones de Ockham tienen ante todo una base religiosa: lo
que él pretende es salvaguardar la pureza de la doctrina cristiana y evitar
la ineludible corrupción que habría de derivarse de su intromisión en el
mundo de los valores materiales.