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En 1998 ocurrieron tres grandes hechos en mi vida: me decepcioné,
por trasantepenúltima vez, de la cuentería capitalina, y decidí
colgar los guayos bucales; comencé a dedicarme de lleno a mi profesión
(comunicación social), y por Michael-Ende, arribé vertiginosamente al estrato 4; por lo tanto, tuve acceso a
Cablecentro y sus canales internacionales. Uno de ellos, HBO, transmitía
los fines de semana algo llamado Especiales
de Stand-Up Comedy. Me llamó la atención ver y oír, sin subtítulos,
a un grupo de individuos gringos que se dedicaban a hacer humor
monologado sin pausas, durante una hora, hablando de temas diversos: política,
deportes, economía, guerra, mujeres, transportes, amor, sexo, drogas y
rocanrrol… ¡sin contar un solo chiste!
Era como un magazín de opinión extremadamente hilarante, en el que
cada comediante (stand-up comedian)
exponía sus ideas personales e intransferibles sobre el mundo contemporáneo,
atacando, escrutando, develando verdades, cuestionando preconceptos,
metiendo sus dedos en llagas ajenas, destapando las ollas podridas de su
tiempo y su contexto. Además de la carencia de chistes, había una
carencia extra: ¡no había historias!
Pura y física reflexión hablada, una reflexión que causaba mucha
risa, risa histérica, explosiva y hasta nerviosa; no porque fuera
chistoso el material, sino porque era verdadero, honesto y contundente;
una verdad catalizadora, no
porque les aliviara del estrés de
la vida diaria, sino porque, por fin, alguien lo
decía, eso que sólo ese comediante era capaz de afirmar sin agüero
y con mucha gracia; eso que
estaba en la cabeza de todos.
Me volví fanático del programa. Todo muy chistoso y revelador,
hasta que vi el acto que me cambio la vida: Jerry Seinfeld
(protagonista, guionista y productor de la comedia homónima, que los
suscritos a la televisión paga pudieron disfrutar entre 1990 y 1998; el
show televisivo más importante de la historia norteamericana de finales
de siglo XX). El especial se llamaba I’m
Telling You For The Last Time (Te
Lo Digo Por Última Vez), y era el entierro simbólico de todo el
material de sus 20 años de carrera profesional, ante una concurrencia
de 5000 personas en Broadway. 90 minutos seguidos de disertaciones sobre
la cultura norteamericana, enfocados a través de la visión de un judío
de siglo XX neoyorquino heterosexual cuarentón multimillonario y neurótico…
o sea: él. Fue
una epifanía para mí. A pesar de que sólo compartía tres de sus
características (siglo XX, heterosexual y neurótico), el contexto en
el que sus imágenes se desarrollaban no importaba, porque la actitud,
la filosofía intrínseca y el estilo plasmado en su discurso
hacían sintonía total con mi núcleo vital… y eso iba mucho más allá
del entretenimiento, mucho más
allá de pasarla rico con unos
chistecitos. Sentí, sin más ni más ni menos, que yo también lo
podría hacer, que mi disco duro estaba dispuesto para producir ese tipo
de material. La misma sensación que tuve aquella tarde de abril de 1991
cuando vi por primera vez a Jorge Navarro (Q.E.P.D.) contar sus
truculentas historias; la primera vez que presenciaba la tal cuentería,
a la que tanto le había huido.
Apagué el televisor con una gran erección espiritual, y decidí,
entonces, volverme comediante, porque sentía, en el fondo, que, pese a
lo que muchos digan y contradigan, era una evolución hacia algo
superior, más arriesgado y confrontador que la misma cuentería, que
tanto bien me había reportado durante ocho años. Sentía que, a través
del humorismo en forma de S.U.C., podía decir directamente lo que yo pensaba
de la vida, sin metáforas, sin arandelas, sin recursos narrativos
ni bellas palabras que fueran una barrera quimérica entre mi público y
mi cerebro. Si decía todo eso retenido en mí durante tres décadas,
con honestidad y gonzalez, de
seguro que removería consciencias y cambiaría actitudes; haría
trastabillar a más de un convencido de falacias, y estimularía a más
de un virgen mental a creer en sofismas venenosos. El mismo objetivo que
yo me había planteado, sin lograrlo del todo, el miércoles de ceniza
de 1991 por la tardecita, el día de mi alternativa
como cuentero. Ya había tratado de decirlo de todas las formas, con
todas las palabras y los artilugios posibles; pero la gente terminó por
hacer oídos sordos y escépticos ante mis historias. Yo sólo quería
decir: La vida es bella; nosotros
no/ Nadie es más ni menos importante que nadie/ Coman mierda, coman
flores.
A partir de esa noche, decidí reabrir mi grifo creativo (que había
cerrado oficialmente en agosto de 1997, luego de haber parido Deblacrraider
para nada); pero, ahora, enfocado en eso que sabía que podía hacer
pero no cómo, consciente de que, en mi criollo contexto, aquel formato anglosajón[1]
de hacer el humor no tenía precedentes[2].
Era algo más allá del cuentachistismo, el monólogo y el cuento
oralescénico.
Más que el cuentachistismo, porque el chiste (en el sentido
latinoamericano de la palabra) es, tan sólo, una micro-narración o un
leve ejercicio de retórica en el que el emisor corrobora, ante la
complicidad del receptor, una idea prejuiciosa sobre algún ente
convenido que ambos desdeñan, rechazan o identifican como distinto (un pastuso, una mujer, un homosexual, un niño, un
borracho, un negro, una monja). Es la apología de la intolerancia
legitimada a través la inocuidad del lenguaje hablado. No se hace daño
con un chiste; pero se ratifica una convención tácita: el pastuso es
bruto, el negro es inferior, la mujer es sumisa, el niño es ingenuo,
las monjas quieren sexo). En el chiste no hay una postura, un
compromiso, una actitud. La efectividad de su mensaje depende de la gracia
del contador y del contexto.
Más que el monólogo, porque el stand-up
comedian no representa un papel. Es él mismo. O, más complicado aún, es un
no-actor que actúa de sí mismo[3],
exhibiendo ante un auditorio no necesariamente cautivo, sus ideas y
cosmovisión a través del discurso coloquial,
pero con la estructura organizada de un discurso académico, en el que
se tienen que plantear, demostrar y sustentar hipótesis de variables
rangos de profundidad y banalidad; pero que competen al espectador. El stand-up comedian, a diferencia del actor, no memoriza un guión, no
basa su discurso en un texto pre-redactado, sino en un paquete de ideas
como ladrillos (bits) que,
unidos, forman el muro de la rutina,
que es un discurso compacto sobre un tema específico que puede durar
entre 3 y 10 minutos, dependiendo de la necesidad de cobertura del tópico.
Un espectáculo completo (45-90 minutos) de un stand-up
comedian profesional es ya la compilación de varias rutinas
depuradas y probadas ante diversos públicos; lo más selecto y efectivo
de su material, una construcción coherente de tópicos con algún común
denominador, que, por lo general, es un mero pretexto de cohesión y, en
el mejor de los casos, puede ser una máquina orgánica de elementos
inseparables que comprendan un espectáculo mucho más íntimo,
autobiográfico e integral, que puede apoyarse en otras artes escénicas
(el llamado one-man show). El stand-up
comedian, a diferencia del personaje-narrador o del
personaje-expositor, exhibe sus ideas, cara a cara, con el público,
interactuando con él, teniéndolo como termómetro constante de su
parlamento, a través del innegable síntoma de la risa; risa que, a
diferencia de la causada por el chiste, es dialéctica, no efectista.
Más que el cuento cuenteril,
porque aquí lo que sostiene la relación con el público no es una
cadena de sucesos, un personaje o un universo, sino una escalera
fragmentable de afirmaciones, deducciones, dudas, suposiciones,
definiciones, acotaciones personales
y compartidas en directo, como en el más clásico de los diálogos. El
hilo conductor no es la historia, sino el mismo comediante. Sólo a través
de ese comediante ese discurso tiene sentido. En ese diálogo (tanto el cotidiano,
como el escénico) puede
haber una historia infiltrada; pero en el acto humorístico, lo
importante no es esa historia, lo gracioso inherente a ella, sino la
conclusión que de ella se extrae. La historia (ingrediente de doble
filo en los terrenos de la SUC) es, tan sólo, un pretexto para
demostrar una tesis… o el remate ideal para ejemplificar un
planteamiento arrojado previamente. La historia no puede superar en
importancia y gracia a la hipótesis principal. Sobra decir que para
contar esa historia/anécdota/recuerdo/noticia, el oficiante debe tener
el factor x del cuentero
innato. Tal vez por eso los gringos descartan de plano la posibilidad de
contar en el terreno humorístico: porque no tienen encanto para
hacerlo… y porque los bares en los que sucede la SUC suelen ser
visitados por público embriagable y con la atención volátil.
El chiste (había una vez un pastuso… resulta que un borracho llega a la casa…
entra un tipo a una droguería… estaba Turbay jugando cartas… la
profesora le pregunta a Juanito… etc.) vuela de boca
en boca (o de e-mail en e-mail) tan fácilmente, ya que es un
ente de transmisión oral impersonal.
No hay nada de uno en él. Cualquiera lo puede retransmitir sin
compromiso, porque su único objetivo es divertir, entretener, romper el
hielo, ayudar a su portador a ser el alma de la fiesta[4];
en el mejor de los casos, hacer eco a una falaz ideología sobre un tema
en boga, una crítica inofensiva en la que tanto el contador como el
espectador están por encima
de la situación. No hay riesgo.
Ya que todo mi material hasta ese entonces era netamente
narrativo, me puse a escudriñar concienzudamente qué segmentos poseían
elementos SUC. Ese elemento buscado, definitivamente, no era lo humorístico[5].
Siempre he utilizado el humor como un recurso natural en mis historias
para hacerlas más digeribles[6]
(el huevo en el que al niño se le revuelve la verdura para que la
digiera con agrado). Tampoco era lo temático.
Todos los cuentos tratan de algo;
pero, por lo general, los temas tratados son los grandes temas de la
humanidad: amor, locura, muerte, soledad… o, por lo menos, debería
ser así. Aquí se trataba de usar el método inductivo: llegar a los
grandes temas a partir de lo particular, lo intrascendental:
peinados, zapatos, Padres e Hijos,
señales de tránsito, la saliva, etc. El universo entero desde un único
punto de vista para ser compartido o confrontado en comunidad.
Resolví extraer dos bloques pertenecientes a dos de mis
historias, sin los cuales su estructura permanecía intacta, y carentes
del peligroso elemento
narrativo. Eran pura disertación. Uno era el preámbulo pseudo-filosófico
para un cuento sobre una pareja que flirtea en un bar, enredándose en
la ambigüedad del idioma, hasta terminar masturbándose. El otro era un
compendio de falaces instrucciones para evadir locos, limosneros y
ladrones, sólo a base de discurso. Ambos textos
tenían un común denominador: querer demostrar algo en tono de
conferencia, fingiendo la seriedad y el rigor académico que ella
requiere para hacerlos creíbles.
Si esa seriedad se contrasta con el absurdo del contenido, y éste hace
resonancia con la cotidianidad del espectador… la risa se produce
automáticamente; una risa liberadora y aclaratoria, muy distinta a la
risa producida por el chiste o la anécdota, en donde tan sólo hay una
fugaz sintonía detonada por las dotes cómicas de su contador.
Hago tanto énfasis en las diferencias y concomitancias entre los
terrenos cuento-chiste-monólogo, porque para cada uno de sus oficiantes
es difícil despegarse de sus dones (vicios) para causar risa (gracia)
al espectador. Yo, como cuentero, debía abandonar mi tendencia a
engatusar al oyente a través de una historia cautivadora, de una tierna
anécdota, de un recuerdo hilarante; y concentrarme en razones,
argumentos, conclusiones, enfoques que despertaran la conciencia de la
gente de una manera muy divertida, mucho más allá de la simpatía.
Con el par de bloques que ya tenía en mi haber no bastaba,
porque eran tramposos; dos extractos de mi material cuenteril que no habían
sido concebidos como SUC. Por lo tanto debía crear material desde cero.
¿Por dónde empezar?
Parecía una perogrullada; pero sentía que mi material original
debía surgir de mí, de mi sensibilidad; germinar a través de una
situación que me hiciera caer en cuenta de alguna verdad de la vida
cotidiana, por muy pequeña que ésta fuera. Es más, entre más nimia,
mejor.
Y surgió, en casa de una exnovia. Me dieron ganas de ir al baño
(a orinar); solicité el permiso debido, y éste me fue concedido…
pero, antes, me fue hecha una advertencia típica de hogares
administrados por mujeres… Recuerda
levantar el bizcocho antes, porque… ¿hm?... En ese hm estaban condensadas tantas imágenes de incomodidad femenina por
la falta de tino de los machos de la especie que rocían de su agüita
amarilla el mentado aro de porcelana/plástico (cuyo nombre –bizcocho- no tiene lógica etimológica). Yo, tratando de seguir las
reglas de la casa, lo levanté… pero, oh reiteración, me di cuenta de
que… “justo en las casas en las que se nos pide que dejemos el bizcocho arriba, este maldito elemento ¡siempre se cae!”… ¡Eureka!...
¡Mi primera línea auténtica de estendapcómedi!
A esta deducción le siguieron un sinnúmero, todas hiladas por el común
denominador del baño occidental y sus absurdos rituales: micción,
defecación, maniluvio, ducha, masturbación, extirpación digital de
granos de acné personal, etc. Escatología pura, básicamente.
A pesar de lo obvio y trillado del camino, fui consciente, desde
el inicio, de que la diferencia que iría a marcar en mi discurso
estaba, precisamente, en el discurso: tendría tonalidad, sintaxis y
actitud de conferencia, con la terminología más científica y barroca
que pudiera hallar y expresar; todo para dejar en claro que una cosa
somos afuera, en sociedad, ante la prensa; y otra muy distinta, sentados
en un inodoro. Allí todos somos iguales, igual de animales, de básicos,
de irracionales y literalmente viscerales. Con el pasar de los días,
iba hallando nuevos elementos para adicionarle a mi rutina, hasta
convertirla en mi primer paquete con solidez suficiente para ser
mostrado al público… ¿Qué público? Pues el público de la cuentería,
enemiga acérrima del humorismo… máxime si ahora se trataba de
hacerlo explícitamente… y, para colmo, en boca de uno de sus
desertores/detractores. Y el público con el que podría foguear mi
material estaba en las universidades, los parques, bares y teatros. Ni
modo de profanar el pío espacio universitario, porque no. Tras de bufón,
ladrón. Ni modo de pararme en un parque, porque allí la audiencia es
difícil de atajar con un texto tan íntimo y confesional. Ni modo de
hacerlo en un teatro, porque aún ni se concebía la idea de poder hacer
un show de esacosa tan lucrativa que
nadie sabía pronunciar. Tocó, entonces, meterse en los bares, el
ambiente más ruin para cualquier cuentero con dignidad. Pero el bar
era, a la larga, el propicio precipicio para saltar, ya que poseía ese
ambiente de camaradería y confabulación necesario para vomitar un
rollo de SUC. Escogí
el bar Rayuela para mi debut. Era pequeño y concurrido (30 personas):
un infierno confiable. Se me ocurrió denominar al show Manual
de Escatología Com-parada, porque de eso trataba. Estaba muy
consciente de que me iba a meter en uno de los terrenos más sinuosos
del humor: chichí, popó, baba, semen, mocos, pedos y vómito; pero a
sabiendas de que no era un truco ni una vía efectista, me lancé al
ruedo confiado del material, pero a la expectativa de cómo sonaría. Una cosa es el material en tu mente o en un papel…
y otra, ante un público casual al que hay que ir conduciendo hacia tus
temas sin que se den cuenta de que se trata de una interlocución
sintetizada. La
cosa salió llena de impurezas, dubitaciones y baches; pero era un
espectáculo inusitado para la incauta audiencia; y ella lo agradeció.
Ahora tenía que seguir puliendo, peluqueando e injertando. Ahora tenía
que descubrir mi personaje interior y perfilar mi estilo, mi voz. Han
pasado ya más de 6 años, y eso que arrancó como un bichito
experimental es ahora toda una institución en Colombia. El término Stand-Up
Comedy ya está en el argot popular, aún sin ser entendido del
todo; pero, por lo menos, respetado como una instancia temible de las
artes escénicas. Tanto actores como humoristas y cuenteros han pasado
por su fuego… y se han quemado. Es un cedazo contundente en el que, si
no funcionas desde el comienzo, mueres en el acto. Porque de eso se
trata: de resistir (stand up,
en inglés)[7]. Poco
a poco, se comenzó a difundir clandestinamente la semilla de la SUC, y
unos pocos bares comenzaron a dar espacio a sus oficiantes (Gótica,
Ziello, Lázaro, Cinema Paradiso, Rayuela, Barever, Hard-Rock Cafe). El
público no sabía que le estaban cambiando el discurso; sólo sabía
que se estaba riendo más… y eso es invaluable en este siglo de
decepción. Les era más atractiva esta oferta que la de la solemne
cuentería, el denso teatro o el vulgar cuentachistismo. Y
comenzaron a pulular los comediantes, no al nivel que la gente comentaba
con espanto… ¡Ahora hay
comediantes hasta en la sopa!… ¡Son como mil-y-pico! No, eran
cuarenta-y-pico. Hubo cuatro bandos dedicados a ello: actores y actrices
de la farándula (Luis Eduardo Arango, Marcela Gallego, Marcela Agudelo,
Marcela Benjumea, Julio César Herrera, Constanza Duque,
Santiago Rodríguez, Martha Liliana Ruiz, Cecilia Navia, Julio Sánchez
Coccaro, Ana María Sánchez, Carlos Benjumea, Julián Arango, Antonio
Sanint, Isabela Santodomingo y Alejandra Azcárate). Por otra parte,
humoristas de otros terrenos (Alexandra Montoya, Guillermo Díaz
Salamanca, Jeringa, Alerta,
Enrique Colavizza, Don Hediondo,
La Gorda Fabiola).
Encontramos a cuenteros tentados por el pecadillo de la risa (Carolina
Rueda, Hanna Cuenca, Ricardo Cadavid, Alejandro Campos, Jota Pineda,
Roberto Nield, Leonardo Reales, Mauricio Montes, Diego Camargo). Por último,
los comediantes a consciencia
(Andrés López, Mauricio Vélez, Julio Escallón, Alberto Arango, el trío
Pa’ Sus Tres, y Gonzalo Valderrama). Todos lo hacían a su manera,
entendiendo y ejecutando el género según su bagaje cultural, sus
recursos y su contexto. Ya que la SUC brotaba desde tantos vectores y
polos, el público se fue confundiendo y, hoy en día, hay un mazacote
en la cabeza de los espectadores que ya es imposible de desenmarañar,
consecuencia de que el nacimiento y difusión de este movimiento no fue
nunca tan claro como el de la cuentería, el teatro o el humorismo
tradicional. Afortunadamente, la cosa se ha ido depurando y hoy
solamente sobreviven los tercos y los eficaces. A
finales de los 90’s, el humor tipo Sábados
Felices comenzó a transformarse en algo que podría lucir como SUC;
pero que no eran más que monólogos que hilaban chistes varios sobre un
solo tema, cohesionados bajo un personaje
(el celador boyacense, el preso con celular, la sirvienta astuta, el
peluquero gay) que utilizaba como puente entre chiste y chiste alguna
frase reiterativa sin ninguna trascendencia (los
tiempos han cambiado, mi
familia era muy pobre, yo sí
soy de malas), traspolando cada historia a la primera persona, para
que pareciera personal. Todo ello, con el fin de darle un poco más de notoriedad
y recordación al discurso ante público y jurados; para que hubiera la
sensación de una propuesta. En
esta coyuntura surgió un espectáculo que arrancó como un mero
divertimento de bufones de coctel, y que se convirtió en el hit
humorístico de final de siglo en Colombia: Ríase
El Show, protagonizado por Julián Arango y Antonio Sanint; el cual
fue, desde el comienzo, malinterpretado como SUC, cuando era, tan sólo,
la puesta en escena de una serie de sketches
dialogados en los que se representaba una gama de estereotipos latinos:
los maestros de ceremonia, los cachacos, los gamines, los teatreros, los
costeños, los argentinos, los españoles. Esta pareja abrió
inconscientemente la trocha hacia el nuevo
humor colombiano, que luego se transformaría en la tal Stand-Up
Comedy a la colombiana. Cuando
comenzó a regarse la bola de la gustabilidad y la rentabilidad generada
por los pioneros de la SUC (teloneros de Ríase El Show),
más de uno quiso participar del banquete. A diferencia de la cuentería
(la diferencia más odiosa), la SUC se posicionó rápidamente en la élite,
llegando a cotizarse a razón de $1’500.000-3’000.000 por función,
mientras que la cuentería, en el mejor de los casos, llegaba a
cotizarse en $400.000-600.000. El factor económico, como siempre, fue
el virus que hizo que la risa se valorara por encima de la trascendentalidad…
y que los interesados con consciencia de sus aptitudes cómicas hicieran
el intento (fallido o no) de meterle muela a la SUC. Y el público, ahí,
consumiendo, sin preocuparse por las diferenciaciones. Desde
los albores de la cuentería universitaria en Colombia, el humor siempre
estuvo presente como elemento que hacía más viables las historias ante
el público. Cuento contado con gracia, cuento aceptado. Pero algunos
cuenteros comenzaron a cruzar la delgada línea azul de la utilización
del humor como leit motiv o
corazón del cuento, para llegar al humor como una cortina de humo en la
que no se divisa una historia que nos diga nada de la condición humana,
y ésta se disuelve entre gracejos y chascarrillos que causan un efecto
contraproducente de empalagamiento visceral. Como espectador, te doblas
de la risa… pero no te llevas nada a casa. Ahora,
en este largo ocaso de la cuentería[8],
algunos cuenteros ortodoxos están escandalizados con la creciente ola
de humorismo que satura los escenarios cuenteriles, especialmente las
plazas (Lourdes, Maloka y Usaquen). Lo malo del mal consiste en que es
un humorismo predeterminado, planeado, fabricado en casa; que no nace de
las entrañas, sino del cerebro; en el que no hay sentimiento de por
medio, sino miedo por el sentimiento; una estratagema en pos del
centavo, tan necesario para sobrevivir en esta tierra harta de lirismos
y palabras bonitas. El humor gratuito está bien de salud y seguirá
creciendo, porque la gente
lo prefiere… y la gente manda. ¿Se
comerá el humorismo mutante a la cuentería bien intencionada? Sólo el
tiempo, el espacio y el espectador lo dirán. Islas Bahamas, enero de 2006.
[1]
Uno de los argumentos más frecuentes de quienes se resisten a la
SUC es que es muy gringa.
¡Pues claro que es muy gringa, porque la producen los gringos! ¿Qué
otra característica quieren que tenga? Lo producido en España, será
muy español… y muy Peruano será lo que hagan los de Perú. El
asunto es que lo dicen como si fuera una característica negativa,
porque el discurso no les entra y no les mueve la aguja (…¡Se
reirá la mamá de ellos!). No es que sea un formato gringo, señoras
y señoritas. Sencillamente ocurre en Norteamérica desde finales
del siglo XIX (hace más de 100 años), y ellos lo han hecho
evolucionar hasta sus últimas consecuencias, hasta su más depurada
forma. Aquí sólo llevamos 6 años jugando a ello
irresponsablemente. El adjetivo gringo
se usa, también, a veces, como rótulo satanizador de ciertas
manifestaciones humanas que le pertenecen al mundo (El Rock’n’Roll,
el Jazz, el cine, la Internet, el Halloween). ¿Qué de
exclusivamente gringo tiene el hecho de pararse y hablar de la vida
en voz alta ante una multitud de congéneres? [2]
Mentiras: sí lo tenía, pero en un ambiente criollamente underground:
el café concert, en boca
de actores de teatro de la vieja guardia: Luis Fernando Orozco,
Carlos Benjumea, Fanny Mickey, Franky Linero (con su interpretación
de los célebres monólogos de David Sánchez Juliao: El
Flecha, El Pachanga y Abraham Al Humor) y el maestro-presursor del género en Colombia,
Jaime Santos, creador del personaje, conferencista
multidisciplinario y político de pacotilla, Clímaco Urrutia U. [3]
…y si lo queremos complicar un poco más: el stand-up
comedian clona una parte de sí mismo, la más defectuosa y
visceral, la potencia al 1000% y la usa como armadura para expresar
sus ideas a través de ella, activándola con su corazón. [4]
Por regla general, el alma de la fiesta/paseo/salón de clase, suele
ser un fiasco como comediante [5]
Humor: esa bendita palabra
que nadie ha sabido desglosar con concreción. Cada cual tiene su
versión de ella. Subvalorada por algunos, sobrevalorada por otros;
una papa caliente en el
terreno exénico; pero,
sobretodo, en el terreno oralexénico,
en el que ha sido satanizada, porque todos le temen y no saben cómo
tratar a ese animal indómito y misterioso, indefinible pero
innegable cuando respira su fuego revitalizador. La risa, veneno
infalible. Yéndonos al diccionario, la primera definición que
aparece es: “cualquier líquido u olor del organismo animal”. Yéndonos
a la mierda, el humor es el arma y la defensa para sobrevivir en
esta vida loca loca loca. [6]
Una cosa es el cuento humorizado; y otra, el humorismo narrativo, que, podría degenerar
en lo que la Sra. Pardo llama el humor
sin cuento, haciendo la salvedad de que, también, por la boca
de muchos cuenteros, suele brotar el cuento
sin cuento, valga la redundancia. [7]
A la milenaria pregunta de ¿qué significa stand-up comedy?
respondemos con el diccionario. Muchos lo entienden con su traducción
literal: comedia que se hace
de pie; pero el adjetivo stand-up
también significa otras dos cosas: recto/sin dobleces, en el caso
de un collar. Firme, en el caso de característica de la
personalidad. [8]
Disculpad mi pesimismo renaciente. Ya volverá a morir el próximo
siglo. Coordinadores de La Perola. |
[Arriba]
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