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| Documentos de la Iglesia sobre el Diaconado Permanente Benedicto XVI |
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| Benedicto XVI: Dimensi�n y visibilidad del diaconado
Encuentro del Papa con los p�rrocos y el clero de Roma (I) ROMA, lunes, 11 febrero 2008 (ZENIT.org).- Como es tradicional a inicios de Cuaresma, Benedicto XVI se reuni� con los p�rrocos y el clero de la di�cesis de Roma el pasado 7 de febrero. El encuentro se desarroll� en forma de di�logo, entre el Santo Padre y los participantes. Publicamos la primera de las preguntas y respuestas que dio el Papa espont�neamente. [Giuseppe Corona, di�cono:] Santo Padre: desear�a expresar ante todo mi gratitud y la de mis hermanos di�conos por el ministerio que tan providencialmente la Iglesia ha retomado con el Concilio (*), ministerio que nos permite dar plena expresi�n a nuestra vocaci�n. Estamos comprometidos en una gran variedad de tareas que desarrollamos en �mbitos muy diferentes: la familia, el trabajo, la parroquia, la sociedad, tambi�n en las misiones en �frica y Am�rica Latina, entornos que usted ya indic� en la audiencia que nos concedi� con ocasi�n del veinticinco aniversario del diaconado romano. Ahora nuestro n�mero ha aumentado: somos 108. Y nos gustar�a que nos indicara una iniciativa pastoral que pueda convertirse en signo de una presencia m�s incisiva del diaconado permanente en la ciudad de Roma, como sucedi� en los primeros siglos de la Iglesia romana. De hecho, compartir un objetivo significativo, com�n, por un lado incrementar�a la cohesi�n de la fraternidad diaconal, por otro dar�a mayor visibilidad a nuestro servicio en esta ciudad. Le presentamos, Santo Padre, el deseo de que nos indique una iniciativa que podamos compartir en los modos y en las formas que desee se�alar. En nombre de todos los di�conos le saludo, Santo Padre, con filial afecto. [Benedicto XVI:] Gracias por este testimonio de uno de los m�s de cien di�conos de Roma. Desear�a tambi�n yo expresar mi alegr�a y mi gratitud al Concilio, porque repuso este importante ministerio en la Iglesia universal. Debo decir que cuando era arzobispo de Munich no encontr� tal vez m�s que a tres o cuatro di�conos y favorec� mucho este ministerio porque me parece que pertenece a la riqueza del ministerio sacramental en la Iglesia. Al mismo tiempo, puede ser igualmente un v�nculo entre el mundo laico, el mundo profesional y el mundo del ministerio sacerdotal --dado que muchos di�conos contin�an desenvolviendo sus profesiones y mantiene sus posiciones, importantes o tambi�n de vida sencilla, mientras que s�bado y domingo trabajan en la Iglesia--. De esta forma testimonian en el mundo de hoy, asimismo en el mundo laboral, la presencia de la fe, el ministerio sacramental y la dimensi�n diaconal del sacramento del Orden. Esto me parece muy importante: la visibilidad de la dimensi�n diaconal. Naturalmente asimismo todo sacerdote sigue siendo di�cono y debe siempre pensar en esta dimensi�n, porque el Se�or mismo se hizo nuestro ministro, nuestro di�cono. Pensamos en el gesto del lavatorio de los pies, con el que expl�citamente se muestra que el Maestro, el Se�or, act�a como di�cono y quiere que cuantos le siguen sean di�conos, que desempe�en este ministerio para la humanidad, hasta el punto de ayudar tambi�n a lavar los pies ensuciados de los hombres confiados a nosotros. Esta dimensi�n me parece de gran importancia. En esta ocasi�n traigo a la memoria --aunque a lo mejor no es inmediatamente inherente al tema-- una peque�a experiencia que apunt� Pablo VI. Cada d�a del Concilio se entroniz� el Evangelio. Y el Pont�fice dijo a los ceremonieros que una vez habr�a deseado realizar �l mismo esta entronizaci�n del Evangelio. Le dijeron: no, �sta es tarea de los di�conos, no del Papa. �l escribi� en su diario: pero tambi�n yo soy di�cono, sigo siendo di�cono y desear�a tambi�n ejercer este ministerio del diaconado poniendo en el trono la Palabra de Dios. Por lo tanto esto nos concierne a todos. Los sacerdotes siguen siendo di�conos y los di�conos explicitan en la Iglesia y en el mundo esta dimensi�n diaconal de nuestro ministerio. Esta entronizaci�n lit�rgica de la Palabra de Dios cada d�a durante el Concilio era siempre para nosotros un gesto de gran importancia: nos dec�a qui�n era el verdadero Se�or de aquella asamblea, nos dec�a que sobre el trono est� la Palabra de Dios y que nosotros ejercemos el ministerio para escuchar y para interpretar, para ofrecer a los dem�s esta Palabra. Es ampliamente significativo para todo cuanto hacemos: entronizar en el mundo la Palabra de Dios, la Palabra viva, Cristo. Que realmente sea �l quien gobierne nuestra vida personal y nuestra vida en las parroquias. Adem�s usted me hace una pregunta que, debo decir, excede un poco mis fuerzas: cu�les ser�an las tareas propias de los di�conos en Roma. S� que el cardenal vicario conoce mucho mejor que yo las situaciones reales de la ciudad, de la comunidad diocesana de Roma. Pienso que una caracter�stica del ministerio de los di�conos es precisamente la multiplicidad de las aplicaciones del diaconado. En la Comisi�n Teol�gica Internacional, hace algunos a�os, estudiamos largamente el diaconado en la historia y tambi�n en el presente de la Iglesia. Y descubrimos justamente esto: no existe un perfil �nico. Cu�nto se debe hacer, var�a seg�n la preparaci�n de las personas, de las situaciones en las que se encuentran. Puede haber aplicaciones y concreciones muy diferentes, siempre en comuni�n con el obispo y con la parroquia, naturalmente. En las distintas situaciones se muestran varias posibilidades, tambi�n dependiendo de la preparaci�n profesional que eventualmente tengan estos di�conos: podr�an estar comprometidos en el sector cultural, tan importante hoy, o podr�an tener una voz y un puesto significativo en el sector educativo. Pensamos este a�o precisamente en el problema de la educaci�n como central para nuestro futuro, para el futuro de la humanidad. Ciertamente el sector de la caridad era en Roma el sector originario, porque los t�tulos presbiterales y las diacon�as eran centros de la caridad cristiana. �ste era desde el inicio en la ciudad de Roma un sector fundamental. En mi Enc�clica Deus caritas est mostr� que no s�lo la predicaci�n y la liturgia son esenciales para la Iglesia y para el ministerio de la Iglesia, sino que lo es igualmente el servicio de la caritas --en sus m�ltiples dimensiones-- por los pobres, por los necesitados. As� que espero que en todo tiempo, en toda di�cesis, si bien con situaciones distintas, �sta siga siendo una dimensi�n fundamental y tambi�n prioritaria para el compromiso de los di�conos, si bien no la �nica, como nos muestra tambi�n la Iglesia primitiva, donde los siete di�conos fueron elegidos precisamente para permitir a los ap�stoles dedicarse a la oraci�n, a la liturgia, a la predicaci�n. Tambi�n despu�s Esteban se encuentra en la situaci�n de tener que predicar a los hel�nicos, a los jud�os de lengua griega, y as� se ampl�a el campo de la predicaci�n. �l est� condicionado, digamos, por las situaciones culturales, donde tiene voz para hacer presente en dicho sector la Palabra de Dios y as� hace m�s posible la universalidad del testimonio cristiano, abriendo las puertas a san Pablo, que fue testigo de su lapidaci�n y posteriormente, en cierto sentido, su sucesor en la universalizaci�n de la Palabra de Dios. No s� si el cardenal vicario desea a�adir una palabra; yo no estoy tan pr�ximo a las situaciones concretas. |
| [Cardenal Camillo Ruini, vicario del Papa para la di�cesis de Roma:]
Santo Padre: s�lo puedo confirmar, como usted dec�a, que tambi�n en Roma en concreto los di�conos trabajan en muchos �mbitos, en su mayor parte en las parroquias, donde se ocupan de la pastoral de la caridad, pero por ejemplo muchos tambi�n est�n en la pastoral de la familia. Al estar casados casi todos los di�conos, preparan al matrimonio, siguen a los j�venes parejas, y labores por el estilo. Adem�s brindan una contribuci�n significativa a la pastoral sanitaria, ayudan tambi�n en el Vicariato --donde algunos trabajan-- y, como escuch� antes, en las misiones. Existe alguna presencia misionera de di�conos. Creo que, naturalmente, en el plano num�rico el compromiso de amplitud m�s relevante es en las parroquias, pero existen igualmente otros �mbitos que se est�n abriendo y precisamente por esto tenemos ya m�s de un centenar de di�conos permanentes. [*Ndt: de los documentos del Concilio Vaticano II, la Constituci�n Dogm�tica Lumen gentium sobre la Iglesia, firmada por Pablo VI el 21 de noviembre de 1964, establece, sobre los di�conos: �En el grado inferior de la jerarqu�a est�n los di�conos, que reciben la imposici�n de manos no en orden al sacerdocio, sino en orden al ministerio. As� confortados con la gracia sacramental en comuni�n con el Obispo y su presbiterio, sirven al Pueblo de Dios en el ministerio de la liturgia, de la palabra y de la caridad. Es oficio propio del di�cono, seg�n la autoridad competente se lo indicare, la administraci�n solemne del bautismo, el conservar y distribuir la Eucarist�a, el asistir en nombre de la Iglesia y bendecir los matrimonios, llevar el vi�tico a los moribundos, leer la Sagrada Escritura a los fieles, instruir y exhortar al pueblo, presidir el culto y oraci�n de los fieles, administrar los sacramentales, presidir los ritos de funerales y sepelios. Dedicados a los oficios de caridad y administraci�n, recuerden los di�conos el aviso de San Policarpo: "Misericordiosos, diligentes, procedan en su conducta conforme a la verdad del Se�or, que se hizo servidor de todos". Teniendo en cuenta que, seg�n la disciplina actualmente vigente en la Iglesia latina, en muchas regiones no hay quien f�cilmente desempe�e estas funciones tan necesarias para la vida de la Iglesia, se podr� restablecer en adelante el diaconado como grado propio y permanente en la jerarqu�a. Tocar� a las distintas conferencias episcopales el decidir, oportuno para la atenci�n de los fieles, y en d�nde, el establecer estos di�conos. Con el consentimiento del Romano Pont�fice, este diaconado se podr� conferir a hombres de edad madura, aunque est�n casados, o tambi�n a j�venes id�neos; pero para �stos debe mantenerse firme la ley del celibato (n.29).] Traducci�n del original italiano por Marta Lago |