Todo ocurrió cuando sus padres se casaron y fueron a vivir a la Ciudad Condal.
Allí nació ella y sus tres hermanos. Era la primogénita. Su nacimiento no fue muy feliz, sobre todo para su madre que
padeció mucho para traerla a este mundo. Pepita que sí se llama, nació con una minusvalía.
Los médicos le dieron la noticia a sus padres anunciándoles que la pequeñita de preciosos ojos, quizá no pudiera nunca andar
y lo que era peor, no le daban esperanzas de que tuviera conocimiento. La madre, desesperada de dolor, lloró amargamente.
Fueron pasando los días, las semanas y los meses. Pepita era continuamente trasladada de hospital en hospital, visitada por
los médicos que hacían todo lo imposible para poderla sanar en lo que pudieran.
Su madre, sola, porque el padre trabajaba en un barco de pasajeros, y tenía que estar navegando durante meses por la costa
norte de España y también por la del este de África y Canarias, llevaba a pie, con paciencia y cariño a su hijita a las
revisiones periódicas por toda Barcelona, porque la niña se mareaba en el tranvía o cualquier medio de transporte.
De vez en cuando, acudía a la Catedral, a pedirle con fervor al Cristo de Lepanto, para que al menos tuviera el conocimiento
necesario para poderle pedir las cosas sin dificultad y ella pudiera entenderla sin problemas, y también por su
recuperación. Sus ruegos fueron oídos. A los nueve meses escasos, comprobaron que era una niña normal y lúcida, pues
empezó precozmente a hablar muy claro. La madre estaba emocionada y feliz al ver que al menos una de sus peticiones, la mas
importante para ellas, había sido oída. A los dos años y medio, empezó a andar.
Fue por esa época cuando se trasladaron a otra vivienda, y se fueron a pocos metros de donde estaban, pero sin cambiar de
calle. Vivían en un conocido barrio de Barcelona, llamado Barceloneta. Por aquel entonces, en ese lugar, habían muchas
familias que renacían de la costa Levantina, como Altea, Villajoyosa Benidorm etc. La de Pepita, era toda de Benidorm, un
pueblecito de pescadores entonces, y una gran ciudad turística hoy. El cambiar de domicilio, hizo posible que conocieran a
unas gentes de Altea entre ellas a un matrimonio que tenían dos hijos, una niña y un niño. Vivian en el edificio de
enfrente. Poco a poco se fueron conociendo las dos familias, y entre el niño y la niña, surgió una hermosa y gran amistad,
mucho mas fuerte que la que se había consolidado entre las dos familias. Como niños que eran, siempre que podían se reunían
para jugar. Aunque en esa barriada las casas eran minúsculas, siempre había un rinconcito en cada una de ellas, para poder
estar jugando y riendo, bajo la dulce mirada de una de las dos madres.
Visantet, era un niño rubiales, de pelo ensortijado, travieso y juguetón, que tenía unos juguetes de aquella época, con los
cuales pasaban horas y horas, porque a su amiga también le encantaban. Las tardes enteras, cuando salían del colegio,
jugaban a indios y americanos, con aquel Fortín que tenia, esparciendo los muñequitos de goma por el pequeño comedor,
mientras una vez, el era del bando de los indios y su amiga de los americanos y otra vez al contrario.
De vez en cuando, la mirada de Visantica, madre del muchachito, se posaba en ellos y disfrutaba por sus adentros al ver lo
unidos y contentos que estaban sumidos en sus juegos, y a veces les premiaba dándoles unos sabrosos caramelos de azúcar
quemado, que ella misma hacía con mucho gusto, a modo de pirulí, con un palillo que servía para sujetarlo.
Pepita, tenia unas largas, y gruesas trenzas de color castaño oscuro y unos grandes ojos azules. En su casa había una
habitación de juegos donde tenía todos sus juguetes y allí pasaban también largos ratos, dibujando en una enorme pizarra con
tizas de colores, o haciendo figuritas con miga de pan que hacían con harina y agua, les divertía y tenía entretenidos
mientras la madre de la niña, María, terminaba de hacer los quehaceres de la casa.
Arriba, la casa de Pepita tenia una terraza donde solían jugar en verano Visantet y ella, acompañados a veces de otros
amiguitos del barrio. Los juegos eran para ellos de lo mas divertido, repletos de travesuras que les entretenía y hacía
reír, mientras desde el balcón la madre de Visantet, los observaba y reñía cuando comprobaba que estaban haciendo algo que no
debían. Uno de los juegos preferidos de la traviesa parejita era, llenar de agua una perilla de goma y mojar a las personas
que pasaban por la calle. Muertos de risa, y medio escondidos, observaban divertidos, a la pobre señora o al pobre señor
que asombrados, miraban al cielo creyendo que estaba lloviendo mientras lucía un espléndido sol
Cada año escribían a sus majestades los Reyes Magos, con esa ilusión tan grande que tienes los niños, y pedían siempre cada
uno en su carta, un regalito para el otro.
Un año, Baltasar, el Rey favorito de Pepita, les trajo para compartir, el juguete de moda de ese año, que fue un teléfono
Walky-Talky, siendo para ellos en esa ocasión, el mejor regalo. Ahí, sin tener ni la mas remota idea de lo que les depararía
la tecnología del futuro, empezaron a comunicarse de forma diferente a la habitual.
Pepita, vivía en un segundo piso con su familia, y enfrente, en un tercero Visantet y la suya. Tenían un balcón cada uno,
del cual mediante una larga cuerda pasada circularmente entre las barandillas de ambos balcones, se dejaban los juguetes y
tebeos, transportados dentro de una cestita atada a dicha cuerda.
Siempre que el traslado se iba a efectuar, se llamaban a voces por el balcón. A partir de ese día de Reyes, instalaron su
Walky-Talky y empezó para ellos el inicio de una nueva comunicación.
Fueron pasando los años, y la amistad cada vez era mayor, hasta que un día, los padres de Pepita decidieron marcharse unos
días de vacaciones al pueblo. Por aquel entonces, ya tenía tres hermanitos. Un hermanito que murió accidentalmente cayendo de
una silla y dándose un mal golpe a la edad de dieciocho meses, y dos hermanitas más. Hicieron las maletas y fueron al muelle
para embarcarse en el barco que los trasladaría al puerto de Valencia.
Visantet y su familia fueron a despedirlos, y ambos niños se abrazaron y estuvieron despidiendo con su manita hasta que poco
a poco, cada vez el barco se fue alejando, mientras iban viéndose tan pequeñitos que la vista al final solo alcanzó a ver
unos diminutos puntitos de colores en la lejanía.
Aquel viaje, que iba a ser corto, ya que en principio eran unas vacaciones de un mes, pasaron a ser de dos, tres y al final,
aprovechando que el barco estaba de reparaciones, la cosa se alargó y decidieron quedarse a vivir en Benidorm y dejar
definitivamente el barco. Aquello supuso, no volver a verse los dos amigos. Tenían unos doce años.
La amistad, continuó por carta durante mucho tiempo. Se escribían casi a diario hasta que un año, empezaron a ser las cartas
mas distanciadas y llegó el día en que apenas se carteaban hasta dejar de hacerlo. Durante mucho tiempo, no supieron nada el
uno del otro. Pepita, se dedicó a la docencia. Daba clases particulares y tenía muchos alumnos. Los años pasaron y aunque no
sabían nada el uno del otro, el recuerdo era permanente. Tanto Pepita como Visantet, se acordaban de aquella vieja mistad de
niños.
Un día, en pleno verano, cuando el sol calentaba mas y mientras Pepita estaba en su estudio dando clases, sonó el timbre de
la puerta. Fue como siempre a abrir, pensando que era algún alumno y se encontró a un joven, apoyado con ambas manos sobre
el marco de la puerta que le dijo, ante la mirada perpleja de ella que le observaba como queriendo reconocer aquellas
facciones.
-¿Me puede dar clases a mi?
Sin poder contener la sonrisa que asomaba a sus labios, de la misma alegriía que tenia, empezó a reír y en ese momento,
Pepita reconoció a su amigo de la infancia exclamando de emoción y poniéndose las manos a la cabeza por la agradable
sorpresa.
- ¡¡¡Visantet!!! ¿Qué haces aquí? ¿Cuándo has venido?.
Ambos se abrazaron como aquella vez en el puerto. Como si ese abrazo fuera una continuación del otro y los años no lo
hubieran separado. Por la felicidad del nuevo reencuentro.
Le hizo pasar. Sus alumnos, observaban la escena felices por lo que veían, y por que ello les regalaba además con un poco de
suerte, unos minutos de recreo, pero no fue así. Ella les puso una tarea para que no perdieran tiempo. Y los dos amigos y
pasaron al interior de su casa, que comunicaba con el estudio y allí conoció a su familia. Había venido con Cris. Su mujer,
y su hijo Nacho.
Estuvieron charlando. Fueron unos pocos minutos que saborearon recordando aquellos ratos de su niñez, bajo la mirada feliz de
su mujer y la familia de Pepita, al ver con que emoción estaban recordando viejos tiempos. A partir de ese día, de nuevo
resurgió la vieja amistad, perdida solo por la falta de comunicación entre ellos, pero siempre presente en sus corazones.
Hoy, se ven cada año por vacaciones, ya no se comunican por carta ni por aquel recordado teléfono Walky-Talky que les trajo
Baltasar cuando eran niños, como antes dije, aquello fue, un pequeño anticipo de lo que iba a ser en un futuro su forma de
comunicarse.
Los tiempos han traído consigo a su paso el progreso, las nuevas tecnologías. El, aconsejó a su amiga de la infancia, que
debía modernizarse, liándola en esa red que atrapa a las personas, haciendo que el mundo esté mas cerca y accesible que
nunca, en esa nueva forma de conocer y hacer amigos.
A partir de ahí, Pepita empezó a saborear el mundo cibernético. A comunicarse con su amigo de la infancia por medio de
e-mails y mensajitos, en vez de hacerlo por carta o teléfono. Terminó comprándose un ordenador y aprender algunos programas
de su interés, como son los de dibujo, conoció a gente e hizo amigos. Amigos que hoy por hoy, a pesar de no ser de la
infancia como Visantet, algunos parecen como si lo fueran de toda la vida.
Entre ellos, que son pocos pero buenos, hay una amiga especial, que es de su ciudad natal Barcelona, excelente persona con la
cual se comunica a diario. Se llama Maite y la conoció por medio de su amigo Visantet. Ella es periodista, y lo que son las
cosas del destino, hacía reportajes de un festival en el pueblo de sus padres cuando recién ella fue a vivir para siempre
allí.
Otra, vive en Miami. Se llama Teresa a la que admira por ser ella la que a través de su web, dio la oportunidad a Pepita para
que ofreciera al mundo, las obras de arte que ella pinta o las cosas que sabe hacer. También conoció otras personas de
diferentes países, como Martha de Perú, Eduardo (escritor) de Buenos Aires... Gloria de Colombia , Jesús, Agus, Rosi, y un
largo etc de personas que pasaron a formar parte de una lista de nombres, de los que muchos la amistad quedó en el camino
porque puede que no fuera sincera y otros llegaron a ser hoy, lo que son: amigos de verdad.
Unos amigos, con los que comparte en vez de juguetes y tebeos, como hacía con Visantet , cuando era niña dentro de aquella
cestita de balcón a balcón, mensajes, paginitas hermosas, temas para reflexionar y pensar, conversaciones, sus pinturas, sus
emociones, tristezas etc a través de un sistema, por medio de un email o el chat, o de una bonita web personal ,en ese gran
invento llamado ordenador.
Unas personas con las que nació una amistad sincera, pero que nunca podrá ser tan grande y rica como la que le une a su
querido amigo de la infancia Visantet.
