| PARA
LA CELEBRACIÓN DE LA JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ
1 de enero de 2002
VERSIÓN POPULAR
El punto de partida para
esta carta anual del Santo Padre son los acontecimientos trágicos
del 11 de septiembre en que el terrorismo mató a miles de personas
inocentes.
La Iglesia quiere expresar un mensaje de esperanza y demostrar que
el mal nunca tiene la última palabra. Dios puede llegar aún al corazón
más endurecido, y la paz puede prevalecer en el mundo.
La paz: obra de justicia y amor
Cuando el Papa reflexiona sobre estos tristes eventos también recuerda
su propia Experiencia de venir de un país que fue asolado por los
nazis y los comunistas.
La pregunta que se hace y que nos hace es: ¿Cuál es el camino que
nos devuelve la tranquilidad cuando se ha destruido el orden que se
ha conocido?
El mismo contesta que los pilares de la paz son la justicia y el amor:
especialmente esa forma de amor que es el perdón.
¿Se puede hablar de la justicia y del perdón a la vez? No es que el
perdón se contrapone a la justicia; lo que se contrapone al perdón
es la venganza.
El profeta Isaías (capítulo 32, versículo 17) nos dice que la paz
es fruto de la justicia.
La Constitución Pastoral Gaudium et Spes (Nº 78) sobre la Iglesia
en el mundo moderno dice lo mismo.
La paz es fruto de la justicia porque la justicia tiene que ver a
la vez con la justa distribución de los beneficios entre todos y además
con los deberes que tiene cada uno. Como somos seres humanos egoístas
y débiles, necesitamos complementar la justicia con el perdón que
cura la heridas y restablece las relaciones humanas.
El perdón no se contrapone a la justicia porque exige también la reparación
justa. El perdón va más allá de la justicia: Busca el cese de las
hostilidades y además pretende sanar las heridas. El Papa quiere que
todos meditemos sobre esto, y dirige su palabra especialmente
a los jefes de las naciones.
El fenómeno del terrorismo
Cuando analizamos la realidad de lo que es el terrorismo, descubrimos
que en realidad lo que pretende es atacar a esa paz que se funda en
la justicia y en el perdón.
El terrorismo nace del odio y engendra aislamiento. Es capaz de sacrificar
hasta su propia gente porque se basa en el desprecio de la vida. Es
un auténtico crimen contra la humanidad.
Tenemos derecho de defendernos del terrorismo, pero no podemos dejar
que el fin justifique los medios. Como son unos individuos concretos
los responsables, no podemos extender nuestra defensa en contra de
toda su nación o su religión.
Como el terrorismo suele encontrar a sus adeptos en los ambientes
donde rige la injusticia,
la colaboración internacional en contra del terrorismo tiene que responder
a estas situaciones de opresión.
Seamos claros: Una situación de injusticia jamás justifica una respuesta
terrorista.
Más bien el terrorismo debilita la solidaridad, y los más perjudicados
son los pueblos pobres.
Es mentira que el terrorismo actúa a favor de los pobres.
¡No se mata en nombre de Dios!
Los terroristas creen que sólo ellos poseen la verdad. Piensan que
pueden usar cualquier método para imponer su propia verdad, inclusive
matar a las personas inocentes.
Son fundamentalistas que desprecian la humanidad. Pero la verdad nunca
se impone.
Aún cuando tenemos la verdad es de una forma limitada. Todo ser humano
es reflejo de la imagen de Dios, y por eso tenemos que respetar la
conciencia de todos.
Nosotros proponemos la verdad, pero le toca a la otra persona acogerla
libremente.
Imponer la verdad sería violar la dignidad de la persona. Como cada
persona es creada a imagen de Dios, el imponer la verdad es además
ultrajar a Dios.
El fanatismo está en contra de la fe en Dios. El terrorismo religioso
convierte a Dios en un ídolo porque intenta instrumentalizar al ser
humano.
Los líderes religiosos tienen un deber muy especial: No pueden justificar
el terrorismo ni menos predicarlo. El terrorismo se opone a un Dios
que nos crea y se opone a Cristo que nos pidió perdonar (Mateo 6,12).
Como cristianos tenemos que ser misericordiosos porque, como dice
Juan en su primera carta (4,7-12), Dios es amor y nos muestra su misericordia.
Ésta fue la lección que Cristo enseñó desde su cruz.
Necesidad del perdón
El Papa ya habló sobre este mismo tema en su carta sobre la paz el
1º de enero de 1997 que se titulaba, “Ofrece el perdón, recibe la
paz”. Antes de ser un hecho social, nace del corazón de cada persona.
En primer lugar son la ética y la cultura del perdón; recién se puede
hablar de una “política del perdón” con sus instrumentos concretos
jurídicos. Existe una opción de corazón y una decisión personal que
supera el instinto de querer devolver mal por mal. De esta forma estamos
imitando al mismo Cristo que acoge al pecador y perdona desde la cruz.
Si es cierto que el perdón tiene raíces divinas, también se comprende
con razones humanas: Pensemos en el caso de una persona que se da
cuenta que ha cometido el mal. Esa persona desea que los demás le
sean compasivos. Como condición para recibir el perdón debe pensar:
¿no debo tratar a los demás como deseo ser tratado? Sólo así puede
tener esperanza en su propia vida.
El perdón es un acto humano individual, pero cada persona es además
social y vive en la sociedad. Por eso el perdón ocurre también en
el ámbito social. Esto ocurre a todo nivel: desde las familias hasta
la comunidad internacional. La capacidad de perdón es básica
en cualquier proyecto de una sociedad futura más justa y solidaria.
Más bien el efecto sobre la sociedad es terrible si falta el perdón.
Pensemos en el problema de la carrera armamentista o en el recorte
de la ayuda financiera por la paz. La paz es la condición para el
desarrollo, pero una verdadera paz es posible solamente por el perdón.
El perdón, vía maestra
La práctica del perdón es algo paradójico:
Al principio nos cuesta conceder al perdón, pero al final nos sentimos
aliviados.
Con la violencia y la venganza es al revés:
Aparentemente nos da gusto al principio poder entregarnos a la venganza.
Pero al final sentimos que hemos perdido. Desde un punto de vista
muy superficial, el perdón podría aparentar ser una debilidad. Pero
la realidad es que su práctica requiere de fuerza, y al fondo lo que
refleja el perdón es algo del esplendor del mismo Creador. El Papa
cree que si estamos dispuestos a reflexionar serenamente sobre lo
que es el perdón, esto nos puede llevar a una renovación verdadera
tanto como sociedad como individuos.
Para terminar su carta el Papa nota que una expresión especialmente
trágica del terrorismo es lo que está pasando en la Tierra que llamamos
Santa. Es urgente buscar una solución al conflicto que existe entre
los árabes y los israelitas. El terrorismo y la guerra no resolverán
nada. Las partes tienen que respetarse mutuamente y tener la voluntad
de justicia y de reconciliación.
Comprensión y cooperación interreligiosa
El Papa llama a los líderes religiosos a iniciar un verdadero diálogo
interreligioso. En primer lugar tanto cristianos como judíos y musulmanes
tienen que condenar el terrorismo y difundir una mayor conciencia
acerca de la unidad del género humano.
Tienen que anunciar con fuerza que el asesinato deliberado del inocente
es siempre, y sin excepciones, un pecado grave.
Lo que pueden hacer los líderes religiosos es mostrar cómo la religión
es una pedagogía del perdón. Es decir, el que pide o da el perdón
comprende que hay una verdad más grande que él que le permite transcenderse.
Oración por la paz
La oración es punto de partida para conseguir la paz. Dios puede abrir
caminos de la paz donde antes sólo hubo obstáculos y puede ampliar
la solidaridad donde antes sólo hubo historias de divisiones.
Oramos por la paz para alcanzar el perdón de Dios para tener la valentía
para perdonar a los demás.
Por eso el Papa va a reunirse el día 24 de enero en el pueblo de Asís,
pueblo de San Francisco, juntamente con los líderes religiosos de
todo el mundo.
Quiere mostrar que la religión es el principal antídoto contra la
violencia.
En resumen, lo que el Papa Juan Pablo insiste es que:
No hay paz sin justicia y no hay justicia sin perdón.
Quiere anunciar esto a todos pero de manera especial a
los líderes del mundo para que busquen el verdadero bien común. Termina
su carta pidiendo de nuevo por las víctimas pero pide también por
la conversión sincera de los responsables del terrorismo. Sólo cuando
la justicia y el amor se encuentran existirá aquella paz que dura
para siempre.
PREGUNTAS PARA LA REFLEXIÓN
1. Los acontecimientos trágicos del 11 de septiembre nos impactaron
a todos de una u otra forma. Aunque no hemos sido afectados directamente,
¿Hay algo que podemos hacer para acompañar a las víctimas o a sus
familiares? ¿Cómo evitamos ser llevados por la venganza? ¿Qué podemos
hacer para que no se multiplique el círculo vicioso de la violencia?
2. También en el Perú sufrimos muchos años de violencia. Actualmente
existe una Comisión de la Verdad y Reconciliación
que tiene la misión de esclarecer las causas de esa violencia, de
proponer modelos de reparación y de sugerir cambios institucionales
para que no vuelva a suceder lo mismo de nuevo. ¿Creemos que son realistas
estos objetivos? Si nosotros mismos fuéramos afectados por la violencia,
¿estamos dispuestos dar nuestros testimonios? Si sólo fuéramos afectados
indirectamente ¿estamos dispuestos escuchar sinceramente los testimonios
de las víctimas? ¿Qué tendría que hacerse tanto a nivel de nuestros
propios corazones como a nivel de las instituciones para alcanzar
una verdadera reconciliación?
Luego de leer y meditar
las palabras del Papa volvamos a leer dos textos bíblicos que él cita:
Isaías 32, 17: La obra de la justicia será la paz, y los frutos
de la justicia serán la tranquilidad y seguridad para siempre.
Mateo 6,12: Perdona nuestras ofensas como también nosotros
perdonamos a los que nos ofenden.
Compartamos con nuestra comunidad lo que sentimos cuando meditamos
sobre estos textos.
¿Creemos en lo que dice el Papa al principio de su carta que Dios
conoce el modo de llegar a los corazones más endurecidos y sacar también
buenos frutos de un terreno árido y estéril?
Si Dios es tan compasivo con nosotros, ¿cómo debemos comportarnos
mutuamente?
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