Jesús enseña sobre el divorcio
(Mr. 10.1-12; Lc. 16.18)
19
1 Aconteció que cuando Jesús terminó estas palabras, se
alejó de Galilea, y fue a las regiones de Judea al otro lado del
Jordán.
2 Y le siguieron grandes multitudes, y los sanó allí.
3 Entonces vinieron a él los fariseos, tentándole y
diciéndole: ¿Es lícito al hombre repudiar a su mujer por
cualquier causa?
4 El, respondiendo, les dijo: ¿No habéis leído que el que los
hizo al principio, varón y hembra los hizo,
5 y dijo: Por esto el hombre dejará padre y madre, y se unirá
a su mujer, y los dos serán una sola carne?
6 Así que no son ya más dos, sino una sola carne; por tanto,
lo que Dios juntó, no lo separe el hombre.
7 Le dijeron: ¿Por qué, pues, mandó Moisés dar carta de
divorcio, y repudiarla?
8 El les dijo: Por la dureza de vuestro corazón Moisés os
permitió repudiar a vuestras mujeres; mas al principio no fue
así.
9 Y yo os digo que cualquiera que repudia a su mujer, salvo por
causa de fornicación, y se casa con otra, adultera; y el que se
casa con la repudiada, adultera.
10 Le dijeron sus discípulos: Si así es la condición del
hombre con su mujer, no conviene casarse.
11 Entonces él les dijo: No todos son capaces de recibir esto,
sino aquellos a quienes es dado.
12 Pues hay eunucos que nacieron así del vientre de su madre,
y hay eunucos que son hechos eunucos por los hombres, y hay
eunucos que a sí mismos se hicieron eunucos por causa del reino
de los cielos. El que sea capaz de recibir esto, que lo reciba.
Jesús bendice a los niños
(Mr. 10.13-16; Lc. 18.15-17)
13 Entonces le fueron presentados unos niños, para que pusiese
las manos sobre ellos, y orase; y los discípulos les
reprendieron.
14 Pero Jesús dijo: Dejad a los niños venir a mí, y no se lo
impidáis; porque de los tales es el reino de los cielos.
15 Y habiendo puesto sobre ellos las manos, se fue de allí.
El joven rico
(Mr. 10.17-31; Lc. 18.18-30)
16 Entonces vino uno y le dijo: Maestro bueno, ¿qué bien
haré para tener la vida eterna?
17 El le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno
sino uno: Dios. Mas si quieres entrar en la vida, guarda los
mandamientos.
18 Le dijo: ¿Cuáles? Y Jesús dijo: No matarás. No
adulterarás. No hurtarás. No dirás falso testimonio.
19 Honra a tu padre y a tu madre; y, Amarás a tu prójimo como
a ti mismo.
20 El joven le dijo: Todo esto lo he guardado desde mi
juventud. ¿Qué más me falta?
21 Jesús le dijo: Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que
tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y
ven y sígueme.
22 Oyendo el joven esta palabra, se fue triste, porque tenía
muchas posesiones.
23 Entonces Jesús dijo a sus discípulos: De cierto os digo,
que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos.
24 Otra vez os digo, que es más fácil pasar un camello por el
ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios.
25 Sus discípulos, oyendo esto, se asombraron en gran manera,
diciendo: ¿Quién, pues, podrá ser salvo?
26 Y mirándolos Jesús, les dijo: Para los hombres esto es
imposible; mas para Dios todo es posible.
27 Entonces respondiendo Pedro, le dijo: He aquí, nosotros lo
hemos dejado todo, y te hemos seguido; ¿qué, pues, tendremos?
28 Y Jesús les dijo: De cierto os digo que en la
regeneración, cuando el Hijo del Hombre se siente en el trono de
su gloria, vosotros que me habéis seguido también os sentaréis
sobre doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel.
29 Y cualquiera que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas,
o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por mi nombre,
recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna.
30 Pero muchos primeros serán postreros, y postreros,
primeros.
Los obreros de la viña
20
1 Porque el reino de los cielos es semejante a un hombre, padre
de familia, que salió por la mañana a contratar obreros para su
viña.
2 Y habiendo convenido con los obreros en un denario al día,
los envió a su viña.
3 Saliendo cerca de la hora tercera del día, vio a otros que
estaban en la plaza desocupados;
4 y les dijo: Id también vosotros a mi viña, y os daré lo
que sea justo. Y ellos fueron.
5 Salió otra vez cerca de las horas sexta y novena, e hizo lo
mismo.
6 Y saliendo cerca de la hora undécima, halló a otros que
estaban desocupados; y les dijo: ¿Por qué estáis aquí todo el
día desocupados?
7 Le dijeron: Porque nadie nos ha contratado. El les dijo: Id
también vosotros a la viña, y recibiréis lo que sea justo.
8 Cuando llegó la noche, el señor de la viña dijo a su
mayordomo: Llama a los obreros y págales el jornal, comenzando
desde los postreros hasta los primeros.
9 Y al venir los que habían ido cerca de la hora undécima,
recibieron cada uno un denario.
10 Al venir también los primeros, pensaron que habían de
recibir más; pero también ellos recibieron cada uno un denario.
11 Y al recibirlo, murmuraban contra el padre de familia,
12 diciendo: Estos postreros han trabajado una sola hora, y los
has hecho iguales a nosotros, que hemos soportado la carga y el
calor del día.
13 El, respondiendo, dijo a uno de ellos: Amigo, no te hago
agravio; ¿no conviniste conmigo en un denario?
14 Toma lo que es tuyo, y vete; pero quiero dar a este
postrero, como a ti.
15 ¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío? ¿O
tienes tú envidia, porque yo soy bueno?
16 Así, los primeros serán postreros, y los postreros,
primeros; porque muchos son llamados, mas pocos escogidos.
Nuevamente Jesús anuncia su muerte
(Mr. 10.32-34; Lc. 18.31-34)
17 Subiendo Jesús a Jerusalén, tomó a sus doce discípulos
aparte en el camino, y les dijo:
18 He aquí subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será
entregado a los principales sacerdotes y a los escribas, y le
condenarán a muerte;
19 y le entregarán a los gentiles para que le escarnezcan, le
azoten, y le crucifiquen; mas al tercer día resucitará.
Petición de Santiago y de Juan
(Mr. 10.35-45)
20 Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con
sus hijos, postrándose ante él y pidiéndole algo.
21 El le dijo: ¿Qué quieres? Ella le dijo: Ordena que en tu
reino se sienten estos dos hijos míos, el uno a tu derecha, y el
otro a tu izquierda.
22 Entonces Jesús respondiendo, dijo: No sabéis lo que
pedís. ¿Podéis beber del vaso que yo he de beber, y ser
bautizados con el bautismo con que yo soy bautizado? Y ellos le
dijeron: Podemos.
23 El les dijo: A la verdad, de mi vaso beberéis, y con el
bautismo con que yo soy bautizado, seréis bautizados; pero el
sentaros a mi derecha y a mi izquierda, no es mío darlo, sino a
aquellos para quienes está preparado por mi Padre.
24 Cuando los diez oyeron esto, se enojaron contra los dos
hermanos.
25 Entonces Jesús, llamándolos, dijo: Sabéis que los
gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que
son grandes ejercen sobre ellas potestad.
26 Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera
hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor,
27 y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro
siervo;
28 como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para
servir, y para dar su vida en rescate por muchos.
Dos ciegos reciben la vista
(Mr. 10.46-52; Lc. 18.35-43)
29 Al salir ellos de Jericó, le seguía una gran multitud.
30 Y dos ciegos que estaban sentados junto al camino, cuando
oyeron que Jesús pasaba, clamaron, diciendo: ¡Señor, Hijo de
David, ten misericordia de nosotros!
31 Y la gente les reprendió para que callasen; pero ellos
clamaban más, diciendo: ¡Señor, Hijo de David, ten
misericordia de nosotros!
32 Y deteniéndose Jesús, los llamó, y les dijo: ¿Qué
queréis que os haga?
33 Ellos le dijeron: Señor, que sean abiertos nuestros ojos.
34 Entonces Jesús, compadecido, les tocó los ojos, y en
seguida recibieron la vista; y le siguieron.
La entrada triunfal en Jerusalén
(Mr. 11.1-11; Lc. 19.28-40; Jn. 12.12-19)
21
1 Cuando se acercaron a Jerusalén, y vinieron a Betfagé, al
monte de los Olivos, Jesús envió dos discípulos,
2 diciéndoles: Id a la aldea que está enfrente de vosotros, y
luego hallaréis una asna atada, y un pollino con ella;
desatadla, y traédmelos.
3 Y si alguien os dijere algo, decid: El Señor los necesita; y
luego los enviará.
4 Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el
profeta, cuando dijo:
-
5 Decid a la hija de Sion:
- He aquí, tu Rey viene a ti,
- Manso, y sentado sobre una asna,
- Sobre un pollino, hijo de animal de carga.
6 Y los discípulos fueron, e hicieron como Jesús les mandó;
7 y trajeron el asna y el pollino, y pusieron sobre ellos sus
mantos; y él se sentó encima.
8 Y la multitud, que era muy numerosa, tendía sus mantos en el
camino; y otros cortaban ramas de los árboles, y las tendían en
el camino.
9 Y la gente que iba delante y la que iba detrás aclamaba,
diciendo: ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en
el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!
10 Cuando entró él en Jerusalén, toda la ciudad se
conmovió, diciendo: ¿Quién es éste?
11 Y la gente decía: Este es Jesús el profeta, de Nazaret de
Galilea.
Purificación del templo
(Mr. 11.15-19; Lc. 19.45-48; Jn. 2.13-22)
12 Y entró Jesús en el templo de Dios, y echó fuera a todos
los que vendían y compraban en el templo, y volcó las mesas de
los cambistas, y las sillas de los que vendían palomas;
13 y les dijo: Escrito está: Mi casa, casa de oración será
llamada; mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones.
14 Y vinieron a él en el templo ciegos y cojos, y los sanó.
15 Pero los principales sacerdotes y los escribas, viendo las
maravillas que hacía, y a los muchachos aclamando en el templo y
diciendo: ¡Hosanna al Hijo de David! se indignaron,
16 y le dijeron: ¿Oyes lo que éstos dicen? Y Jesús les dijo:
Sí; ¿nunca leísteis:
- De la boca de los niños y de los que maman
- Perfeccionaste la alabanza?
17 Y dejándolos, salió fuera de la ciudad a Betania, y posó
allí.
Maldición de la higuera estéril
(Mr. 11.12-14, 20-26)
18 Por la mañana, volviendo a la ciudad, tuvo hambre.
19 Y viendo una higuera cerca del camino, vino a ella, y no
halló nada en ella, sino hojas solamente; y le dijo: Nunca
jamás nazca de ti fruto. Y luego se secó la higuera.
20 Viendo esto los discípulos, decían maravillados: ¿Cómo
es que se secó en seguida la higuera?
21 Respondiendo Jesús, les dijo: De cierto os digo, que si
tuviereis fe, y no dudareis, no sólo haréis esto de la higuera,
sino que si a este monte dijereis: Quítate y échate en el mar,
será hecho.
22 Y todo lo que pidiereis en oración, creyendo, lo
recibiréis.
La autoridad de Jesús
(Mr. 11.27-33; Lc. 20.1-8)
23 Cuando vino al templo, los principales sacerdotes y los
ancianos del pueblo se acercaron a él mientras enseñaba, y le
dijeron: ¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿y quién te
dio esta autoridad?
24 Respondiendo Jesús, les dijo: Yo también os haré una
pregunta, y si me la contestáis, también yo os diré con qué
autoridad hago estas cosas.
25 El bautismo de Juan, ¿de dónde era? ¿Del cielo, o de los
hombres? Ellos entonces discutían entre sí, diciendo: Si
decimos, del cielo, nos dirá: ¿Por qué, pues, no le
creísteis?
26 Y si decimos, de los hombres, tememos al pueblo; porque
todos tienen a Juan por profeta.
27 Y respondiendo a Jesús, dijeron: No sabemos. Y él también
les dijo: Tampoco yo os digo con qué autoridad hago estas cosas.
Parábola de los dos hijos
28 Pero ¿qué os parece? Un hombre tenía dos hijos, y
acercándose al primero, le dijo: Hijo, vé hoy a trabajar en mi
viña.
29 Respondiendo él, dijo: No quiero; pero después,
arrepentido, fue.
30 Y acercándose al otro, le dijo de la misma manera; y
respondiendo él, dijo: Sí, señor, voy. Y no fue.
31 ¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre? Dijeron
ellos: El primero. Jesús les dijo: De cierto os digo, que los
publicanos y las rameras van delante de vosotros al reino de
Dios.
32 Porque vino a vosotros Juan en camino de justicia, y no le
creísteis; pero los publicanos y las rameras le creyeron; y
vosotros, viendo esto, no os arrepentisteis después para
creerle.
Los labradores malvados
(Mr. 12.1-12; Lc. 20.9-19)
33 Oíd otra parábola: Hubo un hombre, padre de familia, el
cual plantó una viña, la cercó de vallado, cavó en ella un
lagar, edificó una torre, y la arrendó a unos labradores, y se
fue lejos.
34 Y cuando se acercó el tiempo de los frutos, envió sus
siervos a los labradores, para que recibiesen sus frutos.
35 Mas los labradores, tomando a los siervos, a uno golpearon,
a otro mataron, y a otro apedrearon.
36 Envió de nuevo otros siervos, más que los primeros; e
hicieron con ellos de la misma manera.
37 Finalmente les envió su hijo, diciendo: Tendrán respeto a
mi hijo.
38 Mas los labradores, cuando vieron al hijo, dijeron entre
sí: Este es el heredero; venid, matémosle, y apoderémonos de
su heredad.
39 Y tomándole, le echaron fuera de la viña, y le mataron.
40 Cuando venga, pues, el señor de la viña, ¿qué hará a
aquellos labradores?
41 Le dijeron: A los malos destruirá sin misericordia, y
arrendará su viña a otros labradores, que le paguen el fruto a
su tiempo.
42 Jesús les dijo: ¿Nunca leísteis en las Escrituras:
- La piedra que desecharon los edificadores,
- Ha venido a ser cabeza del ángulo.
- El Señor ha hecho esto,
- Y es cosa maravillosa a nuestros ojos?
43 Por tanto os digo, que el reino de Dios será quitado de
vosotros, y será dado a gente que produzca los frutos de él.
44 Y el que cayere sobre esta piedra será quebrantado; y sobre
quien ella cayere, le desmenuzará.
45 Y oyendo sus parábolas los principales sacerdotes y los
fariseos, entendieron que hablaba de ellos.
46 Pero al buscar cómo echarle mano, temían al pueblo, porque
éste le tenía por profeta.
Parábola de la fiesta de bodas
22
1 Respondiendo Jesús, les volvió a hablar en parábolas,
diciendo:
2 El reino de los cielos es semejante a un rey que hizo fiesta
de bodas a su hijo;
3 y envió a sus siervos a llamar a los convidados a las bodas;
mas éstos no quisieron venir.
4 Volvió a enviar otros siervos, diciendo: Decid a los
convidados: He aquí, he preparado mi comida; mis toros y
animales engordados han sido muertos, y todo está dispuesto;
venid a las bodas.
5 Mas ellos, sin hacer caso, se fueron, uno a su labranza, y
otro a sus negocios;
6 y otros, tomando a los siervos, los afrentaron y los mataron.
7 Al oírlo el rey, se enojó; y enviando sus ejércitos,
destruyó a aquellos homicidas, y quemó su ciudad.
8 Entonces dijo a sus siervos: Las bodas a la verdad están
preparadas; mas los que fueron convidados no eran dignos.
9 Id, pues, a las salidas de los caminos, y llamad a las bodas
a cuantos halléis.
10 Y saliendo los siervos por los caminos, juntaron a todos los
que hallaron, juntamente malos y buenos; y las bodas fueron
llenas de convidados.
11 Y entró el rey para ver a los convidados, y vio allí a un
hombre que no estaba vestido de boda.
12 Y le dijo: Amigo, ¿cómo entraste aquí, sin estar vestido
de boda? Mas él enmudeció.
13 Entonces el rey dijo a los que servían: Atadle de pies y
manos, y echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro
y el crujir de dientes.
14 Porque muchos son llamados, y pocos escogidos.
La cuestión del tributo
(Mr. 12.13-17; Lc. 20.20-26)
15 Entonces se fueron los fariseos y consultaron cómo
sorprenderle en alguna palabra.
16 Y le enviaron los discípulos de ellos con los herodianos,
diciendo: Maestro, sabemos que eres amante de la verdad, y que
enseñas con verdad el camino de Dios, y que no te cuidas de
nadie, porque no miras la apariencia de los hombres.
17 Dinos, pues, qué te parece: ¿Es lícito dar tributo a
César, o no?
18 Pero Jesús, conociendo la malicia de ellos, les dijo: ¿Por
qué me tentáis, hipócritas?
19 Mostradme la moneda del tributo. Y ellos le presentaron un
denario.
20 Entonces les dijo: ¿De quién es esta imagen, y la
inscripción?
21 Le dijeron: De César. Y les dijo: Dad, pues, a César lo
que es de César, y a Dios lo que es de Dios.
22 Oyendo esto, se maravillaron, y dejándole, se fueron.
La pregunta sobre la resurrección
(Mr. 12.18-27; Lc. 20.27-40)
23 Aquel día vinieron a él los saduceos, que dicen que no hay
resurrección, y le preguntaron,
24 diciendo: Maestro, Moisés dijo: Si alguno muriere sin
hijos, su hermano se casará con su mujer, y levantará
descendencia a su hermano.
25 Hubo, pues, entre nosotros siete hermanos; el primero se
casó, y murió; y no teniendo descendencia, dejó su mujer a su
hermano.
26 De la misma manera también el segundo, y el tercero, hasta
el séptimo.
27 Y después de todos murió también la mujer.
28 En la resurrección, pues, ¿de cuál de los siete será
ella mujer, ya que todos la tuvieron?
29 Entonces respondiendo Jesús, les dijo: Erráis, ignorando
las Escrituras y el poder de Dios.
30 Porque en la resurrección ni se casarán ni se darán en
casamiento, sino serán como los ángeles de Dios en el cielo.
31 Pero respecto a la resurrección de los muertos, ¿no
habéis leído lo que os fue dicho por Dios, cuando dijo:
32 Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de
Jacob? Dios no es Dios de muertos, sino de vivos.
33 Oyendo esto la gente, se admiraba de su doctrina.
El gran mandamiento
(Mr. 12.28-34)
34 Entonces los fariseos, oyendo que había hecho callar a los
saduceos, se juntaron a una.
35 Y uno de ellos, intérprete de la ley, preguntó por
tentarle, diciendo:
36 Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley?
37 Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu
corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente.
38 Este es el primero y grande mandamiento.
39 Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti
mismo.
40 De estos dos mandamientos depende toda la ley y los
profetas.
¿De quién es hijo el Cristo?
(Mr. 12.35-37; Lc. 20.41-44)
41 Y estando juntos los fariseos, Jesús les preguntó,
42 diciendo: ¿Qué pensáis del Cristo? ¿De quién es hijo?
Le dijeron: De David.
43 El les dijo: ¿Pues cómo David en el Espíritu le llama
Señor, diciendo:
-
44 Dijo el Señor a mi Señor:
- Siéntate a mi derecha,
- Hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies?
45 Pues si David le llama Señor, ¿cómo es su hijo?
46 Y nadie le podía responder palabra; ni osó alguno desde
aquel día preguntarle más.
Jesús acusa a escribas y fariseos
(Mr. 12.38-40; Lc. 11.37-54; 20.45-47)
23
1 Entonces habló Jesús a la gente y a sus discípulos,
diciendo:
2 En la cátedra de Moisés se sientan los escribas y los
fariseos.
3 Así que, todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y
hacedlo; mas no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, y no
hacen.
4 Porque atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las
ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo
quieren moverlas.
5 Antes, hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres.
Pues ensanchan sus filacterias, y extienden los flecos de sus
mantos;
6 y aman los primeros asientos en las cenas, y las primeras
sillas en las sinagogas,
7 y las salutaciones en las plazas, y que los hombres los
llamen: Rabí, Rabí.
8 Pero vosotros no queráis que os llamen Rabí; porque uno es
vuestro Maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos.
9 Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra; porque uno
es vuestro Padre, el que está en los cielos.
10 Ni seáis llamados maestros; porque uno es vuestro Maestro,
el Cristo.
11 El que es el mayor de vosotros, sea vuestro siervo.
12 Porque el que se enaltece será humillado, y el que se
humilla será enaltecido.
13 Mas ¡ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!
porque cerráis el reino de los cielos delante de los hombres;
pues ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que están
entrando.
14 ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque
devoráis las casas de las viudas, y como pretexto hacéis largas
oraciones; por esto recibiréis mayor condenación.
15 ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque
recorréis mar y tierra para hacer un prosélito, y una vez
hecho, le hacéis dos veces más hijo del infierno que vosotros.
16 ¡Ay de vosotros, guías ciegos! que decís: Si alguno jura
por el templo, no es nada; pero si alguno jura por el oro del
templo, es deudor.
17 ¡Insensatos y ciegos! porque ¿cuál es mayor, el oro, o el
templo que santifica al oro?
18 También decís: Si alguno jura por el altar, no es nada;
pero si alguno jura por la ofrenda que está sobre él, es
deudor.
19 ¡Necios y ciegos! porque ¿cuál es mayor, la ofrenda, o el
altar que santifica la ofrenda?
20 Pues el que jura por el altar, jura por él, y por todo lo
que está sobre él;
21 y el que jura por el templo, jura por él, y por el que lo
habita;
22 y el que jura por el cielo, jura por el trono de Dios, y por
aquel que está sentado en él.
23 ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque
diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lo más
importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe. Esto
era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello.
24 ¡Guías ciegos, que coláis el mosquito, y tragáis el
camello!
25 ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque
limpiáis lo de fuera del vaso y del plato, pero por dentro
estáis llenos de robo y de injusticia.
26 ¡Fariseo ciego! Limpia primero lo de dentro del vaso y del
plato, para que también lo de fuera sea limpio.
27 ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque
sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la
verdad, se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de
huesos de muertos y de toda inmundicia.
28 Así también vosotros por fuera, a la verdad, os mostráis
justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de
hipocresía e iniquidad.
29 ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque
edificáis los sepulcros de los profetas, y adornáis los
monumentos de los justos,
30 y decís: Si hubiésemos vivido en los días de nuestros
padres, no hubiéramos sido sus cómplices en la sangre de los
profetas.
31 Así que dais testimonio contra vosotros mismos, de que sois
hijos de aquellos que mataron a los profetas.
32 ¡Vosotros también llenad la medida de vuestros padres!
33 ¡Serpientes, generación de víboras! ¿Cómo escaparéis
de la condenación del infierno?
34 Por tanto, he aquí yo os envío profetas y sabios y
escribas; y de ellos, a unos mataréis y crucificaréis, y a
otros azotaréis en vuestras sinagogas, y perseguiréis de ciudad
en ciudad;
35 para que venga sobre vosotros toda la sangre justa que se ha
derramado sobre la tierra, desde la sangre de Abel el justo hasta
la sangre de Zacarías hijo de Berequías, a quien matasteis
entre el templo y el altar.
36 De cierto os digo que todo esto vendrá sobre esta
generación.
Lamento de Jesús sobre Jerusalén
(Lc. 13.34-35)
37 ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y
apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar
a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las
alas, y no quisiste!
38 He aquí vuestra casa os es dejada desierta.
39 Porque os digo que desde ahora no me veréis, hasta que
digáis: Bendito el que viene en el nombre del Señor.
Jesús predice la destrucción del templo
(Mr. 13.1-2; Lc. 21.5-6)
24
1 Cuando Jesús salió del templo y se iba, se acercaron sus
discípulos para mostrarle los edificios del templo.
2 Respondiendo él, les dijo: ¿Veis todo esto? De cierto os
digo, que no quedará aquí piedra sobre piedra, que no sea
derribada.
Señales antes del fin
(Mr. 13.3-23; Lc. 21.7-24)
3 Y estando él sentado en el monte de los Olivos, los
discípulos se le acercaron aparte, diciendo: Dinos, ¿cuándo
serán estas cosas, y qué señal habrá de tu venida, y del fin
del siglo?
4 Respondiendo Jesús, les dijo: Mirad que nadie os engañe.
5 Porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: Yo soy el
Cristo; y a muchos engañarán.
6 Y oiréis de guerras y rumores de guerras; mirad que no os
turbéis, porque es necesario que todo esto acontezca; pero aún
no es el fin.
7 Porque se levantará nación contra nación, y reino contra
reino; y habrá pestes, y hambres, y terremotos en diferentes
lugares.
8 Y todo esto será principio de dolores.
9 Entonces os entregarán a tribulación, y os matarán, y
seréis aborrecidos de todas las gentes por causa de mi nombre.
10 Muchos tropezarán entonces, y se entregarán unos a otros,
y unos a otros se aborrecerán.
11 Y muchos falsos profetas se levantarán, y engañarán a
muchos;
12 y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se
enfriará.
13 Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo.
14 Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo,
para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin.
15 Por tanto, cuando veáis en el lugar santo la abominación
desoladora de que habló el profeta Daniel (el que lee,
entienda),
16 entonces los que estén en Judea, huyan a los montes.
17 El que esté en la azotea, no descienda para tomar algo de
su casa;
18 y el que esté en el campo, no vuelva atrás para tomar su
capa.
19 Mas ¡ay de las que estén encintas, y de las que críen en
aquellos días!
20 Orad, pues, que vuestra huida no sea en invierno ni en día
de reposo;
21 porque habrá entonces gran tribulación, cual no la ha
habido desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá.
22 Y si aquellos días no fuesen acortados, nadie sería salvo;
mas por causa de los escogidos, aquellos días serán acortados.
23 Entonces, si alguno os dijere: Mirad, aquí está el Cristo,
o mirad, allí está, no lo creáis.
24 Porque se levantarán falsos Cristos, y falsos profetas, y
harán grandes señales y prodigios, de tal manera que
engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos.
25 Ya os lo he dicho antes.
26 Así que, si os dijeren: Mirad, está en el desierto, no
salgáis; o mirad, está en los aposentos, no lo creáis.
27 Porque como el relámpago que sale del oriente y se muestra
hasta el occidente, así será también la venida del Hijo del
Hombre.
28 Porque dondequiera que estuviere el cuerpo muerto, allí se
juntarán las águilas.
La venida del Hijo del Hombre
(Mr. 13.24-37; Lc. 21.25-36; 17.25-36; 12.41-48)
29 E inmediatamente después de la tribulación de aquellos
días, el sol se oscurecerá, y la luna no dará su resplandor, y
las estrellas caerán del cielo, y las potencias de los cielos
serán conmovidas.
30 Entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el
cielo; y entonces lamentarán todas las tribus de la tierra, y
verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con
poder y gran gloria.
31 Y enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y
juntarán a sus escogidos, de los cuatro vientos, desde un
extremo del cielo hasta el otro.
32 De la higuera aprended la parábola: Cuando ya su rama está
tierna, y brotan las hojas, sabéis que el verano está cerca.
33 Así también vosotros, cuando veáis todas estas cosas,
conoced que está cerca, a las puertas.
34 De cierto os digo, que no pasará esta generación hasta que
todo esto acontezca.
35 El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no
pasarán.
36 Pero del día y la hora nadie sabe, ni aun los ángeles de
los cielos, sino sólo mi Padre.
37 Mas como en los días de Noé, así será la venida del Hijo
del Hombre.
38 Porque como en los días antes del diluvio estaban comiendo
y bebiendo, casándose y dando en casamiento, hasta el día en
que Noé entró en el arca,
39 y no entendieron hasta que vino el diluvio y se los llevó a
todos, así será también la venida del Hijo del Hombre.
40 Entonces estarán dos en el campo; el uno será tomado, y el
otro será dejado.
41 Dos mujeres estarán moliendo en un molino; la una será
tomada, y la otra será dejada.
42 Velad, pues, porque no sabéis a qué hora ha de venir
vuestro Señor.
43 Pero sabed esto, que si el padre de familia supiese a qué
hora el ladrón habría de venir, velaría, y no dejaría minar
su casa.
44 Por tanto, también vosotros estad preparados; porque el
Hijo del Hombre vendrá a la hora que no pensáis.
45 ¿Quién es, pues, el siervo fiel y prudente, al cual puso
su señor sobre su casa para que les dé el alimento a tiempo?
46 Bienaventurado aquel siervo al cual, cuando su señor venga,
le halle haciendo así.
47 De cierto os digo que sobre todos sus bienes le pondrá.
48 Pero si aquel siervo malo dijere en su corazón: Mi señor
tarda en venir;
49 y comenzare a golpear a sus consiervos, y aun a comer y a
beber con los borrachos,
50 vendrá el señor de aquel siervo en día que éste no
espera, y a la hora que no sabe,
51 y lo castigará duramente, y pondrá su parte con los
hipócritas; allí será el lloro y el crujir de dientes.
|