Parábola del sembrador
(Mr. 4.1-9; Lc. 8.4-8)
13
1 Aquel día salió Jesús de la casa y se sentó junto al mar.
2 Y se le juntó mucha gente; y entrando él en la barca, se
sentó, y toda la gente estaba en la playa.
3 Y les habló muchas cosas por parábolas, diciendo: He aquí,
el sembrador salió a sembrar.
4 Y mientras sembraba, parte de la semilla cayó junto al
camino; y vinieron las aves y la comieron.
5 Parte cayó en pedregales, donde no había mucha tierra; y
brotó pronto, porque no tenía profundidad de tierra;
6 pero salido el sol, se quemó; y porque no tenía raíz, se
secó.
7 Y parte cayó entre espinos; y los espinos crecieron, y la
ahogaron.
8 Pero parte cayó en buena tierra, y dio fruto, cuál a
ciento, cuál a sesenta, y cuál a treinta por uno.
9 El que tiene oídos para oír, oiga.
Propósito de las parábolas
(Mr. 4.10-12; Lc. 8.9-10)
10 Entonces, acercándose los discípulos, le dijeron: ¿Por
qué les hablas por parábolas?
11 El respondiendo, les dijo: Porque a vosotros os es dado
saber los misterios del reino de los cielos; mas a ellos no les
es dado.
12 Porque a cualquiera que tiene, se le dará, y tendrá más;
pero al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado.
13 Por eso les hablo por parábolas: porque viendo no ven, y
oyendo no oyen, ni entienden.
14 De manera que se cumple en ellos la profecía de Isaías,
que dijo:
- De oído oiréis, y no entenderéis;
- Y viendo veréis, y no percibiréis.
-
15 Porque el corazón de este pueblo se ha engrosado,
- Y con los oídos oyen pesadamente,
- Y han cerrado sus ojos;
- Para que no vean con los ojos,
- Y oigan con los oídos,
- Y con el corazón entiendan,
- Y se conviertan,
- Y yo los sane.
16 Pero bienaventurados vuestros ojos, porque ven; y vuestros
oídos, porque oyen.
17 Porque de cierto os digo, que muchos profetas y justos
desearon ver lo que veis, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no
lo oyeron.
Jesús explica la parábola del sembrador
(Mr. 4.13-20; Lc. 8.11-15)
18 Oíd, pues, vosotros la parábola del sembrador:
19 Cuando alguno oye la palabra del reino y no la entiende,
viene el malo, y arrebata lo que fue sembrado en su corazón.
Este es el que fue sembrado junto al camino.
20 Y el que fue sembrado en pedregales, éste es el que oye la
palabra, y al momento la recibe con gozo;
21 pero no tiene raíz en sí, sino que es de corta duración,
pues al venir la aflicción o la persecución por causa de la
palabra, luego tropieza.
22 El que fue sembrado entre espinos, éste es el que oye la
palabra, pero el afán de este siglo y el engaño de las riquezas
ahogan la palabra, y se hace infructuosa.
23 Mas el que fue sembrado en buena tierra, éste es el que oye
y entiende la palabra, y da fruto; y produce a ciento, a sesenta,
y a treinta por uno.
Parábola del trigo y la cizaña
24 Les refirió otra parábola, diciendo: El reino de los
cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su
campo;
25 pero mientras dormían los hombres, vino su enemigo y
sembró cizaña entre el trigo, y se fue.
26 Y cuando salió la hierba y dio fruto, entonces apareció
también la cizaña.
27 Vinieron entonces los siervos del padre de familia y le
dijeron: Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De
dónde, pues, tiene cizaña?
28 El les dijo: Un enemigo ha hecho esto. Y los siervos le
dijeron: ¿Quieres, pues, que vayamos y la arranquemos?
29 El les dijo: No, no sea que al arrancar la cizaña,
arranquéis también con ella el trigo.
30 Dejad crecer juntamente lo uno y lo otro hasta la siega; y
al tiempo de la siega yo diré a los segadores: Recoged primero
la cizaña, y atadla en manojos para quemarla; pero recoged el
trigo en mi granero.
Parábola de la semilla de mostaza
(Mr. 4.30-32; Lc. 13.18-19)
31 Otra parábola les refirió, diciendo: El reino de los
cielos es semejante al grano de mostaza, que un hombre tomó y
sembró en su campo;
32 el cual a la verdad es la más pequeña de todas las
semillas; pero cuando ha crecido, es la mayor de las hortalizas,
y se hace árbol, de tal manera que vienen las aves del cielo y
hacen nidos en sus ramas.
Parábola de la levadura
(Lc. 13.20-21)
33 Otra parábola les dijo: El reino de los cielos es semejante
a la levadura que tomó una mujer, y escondió en tres medidas de
harina, hasta que todo fue leudado.
El uso que Jesús hace de las parábolas
(Mr. 4.33-34)
34 Todo esto habló Jesús por parábolas a la gente, y sin
parábolas no les hablaba;
35 para que se cumpliese lo dicho por el profeta, cuando dijo:
- Abriré en parábolas mi boca;
- Declararé cosas escondidas desde la fundación del mundo.
Jesús explica la parábola de la cizaña
36 Entonces, despedida la gente, entró Jesús en la casa; y
acercándose a él sus discípulos, le dijeron: Explícanos la
parábola de la cizaña del campo.
37 Respondiendo él, les dijo: El que siembra la buena semilla
es el Hijo del Hombre.
38 El campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del
reino, y la cizaña son los hijos del malo.
39 El enemigo que la sembró es el diablo; la siega es el fin
del siglo; y los segadores son los ángeles.
40 De manera que como se arranca la cizaña, y se quema en el
fuego, así será en el fin de este siglo.
41 Enviará el Hijo del Hombre a sus ángeles, y recogerán de
su reino a todos los que sirven de tropiezo, y a los que hacen
iniquidad,
42 y los echarán en el horno de fuego; allí será el lloro y
el crujir de dientes.
43 Entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino
de su Padre. El que tiene oídos para oír, oiga.
El tesoro escondido
44 Además, el reino de los cielos es semejante a un tesoro
escondido en un campo, el cual un hombre halla, y lo esconde de
nuevo; y gozoso por ello va y vende todo lo que tiene, y compra
aquel campo.
La perla de gran precio
45 También el reino de los cielos es semejante a un mercader
que busca buenas perlas,
46 que habiendo hallado una perla preciosa, fue y vendió todo
lo que tenía, y la compró.
La red
47 Asimismo el reino de los cielos es semejante a una red, que
echada en el mar, recoge de toda clase de peces;
48 y una vez llena, la sacan a la orilla; y sentados, recogen
lo bueno en cestas, y lo malo echan fuera.
49 Así será al fin del siglo: saldrán los ángeles, y
apartarán a los malos de entre los justos,
50 y los echarán en el horno de fuego; allí será el lloro y
el crujir de dientes.
Tesoros nuevos y viejos
51 Jesús les dijo: ¿Habéis entendido todas estas cosas?
Ellos respondieron: Sí, Señor.
52 El les dijo: Por eso todo escriba docto en el reino de los
cielos es semejante a un padre de familia, que saca de su tesoro
cosas nuevas y cosas viejas.
Jesús en Nazaret
(Mr. 6.1-6; Lc. 4.16-30)
53 Aconteció que cuando terminó Jesús estas parábolas, se
fue de allí.
54 Y venido a su tierra, les enseñaba en la sinagoga de ellos,
de tal manera que se maravillaban, y decían: ¿De dónde tiene
éste esta sabiduría y estos milagros?
55 ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre
María, y sus hermanos, Jacobo, José, Simón y Judas?
56 ¿No están todas sus hermanas con nosotros? ¿De dónde,
pues, tiene éste todas estas cosas?
57 Y se escandalizaban de él. Pero Jesús les dijo: No hay
profeta sin honra, sino en su propia tierra y en su casa.
58 Y no hizo allí muchos milagros, a causa de la incredulidad
de ellos.
Muerte de Juan el Bautista
(Mr. 6.14-29; Lc. 9.7-9)
14
1 En aquel tiempo Herodes el tetrarca oyó la fama de Jesús,
2 y dijo a sus criados: Este es Juan el Bautista; ha resucitado
de los muertos, y por eso actúan en él estos poderes.
3 Porque Herodes había prendido a Juan, y le había encadenado
y metido en la cárcel, por causa de Herodías, mujer de Felipe
su hermano;
4 porque Juan le decía: No te es lícito tenerla.
5 Y Herodes quería matarle, pero temía al pueblo; porque
tenían a Juan por profeta.
6 Pero cuando se celebraba el cumpleaños de Herodes, la hija
de Herodías danzó en medio, y agradó a Herodes,
7 por lo cual éste le prometió con juramento darle todo lo
que pidiese.
8 Ella, instruida primero por su madre, dijo: Dame aquí en un
plato la cabeza de Juan el Bautista.
9 Entonces el rey se entristeció; pero a causa del juramento,
y de los que estaban con él a la mesa, mandó que se la diesen,
10 y ordenó decapitar a Juan en la cárcel.
11 Y fue traída su cabeza en un plato, y dada a la muchacha; y
ella la presentó a su madre.
12 Entonces llegaron sus discípulos, y tomaron el cuerpo y lo
enterraron; y fueron y dieron las nuevas a Jesús.
Alimentación de los cinco mil
(Mr. 6.30-44; Lc. 9.10-17; Jn. 6.1-14)
13 Oyéndolo Jesús, se apartó de allí en una barca a un
lugar desierto y apartado; y cuando la gente lo oyó, le siguió
a pie desde las ciudades.
14 Y saliendo Jesús, vio una gran multitud, y tuvo compasión
de ellos, y sanó a los que de ellos estaban enfermos.
15 Cuando anochecía, se acercaron a él sus discípulos,
diciendo: El lugar es desierto, y la hora ya pasada; despide a la
multitud, para que vayan por las aldeas y compren de comer.
16 Jesús les dijo: No tienen necesidad de irse; dadles
vosotros de comer.
17 Y ellos dijeron: No tenemos aquí sino cinco panes y dos
peces.
18 El les dijo: Traédmelos acá.
19 Entonces mandó a la gente recostarse sobre la hierba; y
tomando los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al
cielo, bendijo, y partió y dio los panes a los discípulos, y
los discípulos a la multitud.
20 Y comieron todos, y se saciaron; y recogieron lo que sobró
de los pedazos, doce cestas llenas.
21 Y los que comieron fueron como cinco mil hombres, sin contar
las mujeres y los niños.
Jesús anda sobre el mar
(Mr. 6.45-52; Jn. 6.15-21)
22 En seguida Jesús hizo a sus discípulos entrar en la barca
e ir delante de él a la otra ribera, entre tanto que él
despedía a la multitud.
23 Despedida la multitud, subió al monte a orar aparte; y
cuando llegó la noche, estaba allí solo.
24 Y ya la barca estaba en medio del mar, azotada por las olas;
porque el viento era contrario.
25 Mas a la cuarta vigilia de la noche, Jesús vino a ellos
andando sobre el mar.
26 Y los discípulos, viéndole andar sobre el mar, se
turbaron, diciendo: ¡Un fantasma! Y dieron voces de miedo.
27 Pero en seguida Jesús les habló, diciendo: ¡Tened ánimo;
yo soy, no temáis!
28 Entonces le respondió Pedro, y dijo: Señor, si eres tú,
manda que yo vaya a ti sobre las aguas.
29 Y él dijo: Ven. Y descendiendo Pedro de la barca, andaba
sobre las aguas para ir a Jesús.
30 Pero al ver el fuerte viento, tuvo miedo; y comenzando a
hundirse, dio voces, diciendo: ¡Señor, sálvame!
31 Al momento Jesús, extendiendo la mano, asió de él, y le
dijo: ¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?
32 Y cuando ellos subieron en la barca, se calmó el viento.
33 Entonces los que estaban en la barca vinieron y le adoraron,
diciendo: Verdaderamente eres Hijo de Dios.
Jesús sana a los enfermos en Genesaret
(Mr. 6.53-56)
34 Y terminada la travesía, vinieron a tierra de Genesaret.
35 Cuando le conocieron los hombres de aquel lugar, enviaron
noticia por toda aquella tierra alrededor, y trajeron a él todos
los enfermos;
36 y le rogaban que les dejase tocar solamente el borde de su
manto; y todos los que lo tocaron, quedaron sanos.
Lo que contamina al hombre
(Mr. 7.1-23)
15
1 Entonces se acercaron a Jesús ciertos escribas y fariseos de
Jerusalén, diciendo:
2 ¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de los
ancianos? Porque no se lavan las manos cuando comen pan.
3 Respondiendo él, les dijo: ¿Por qué también vosotros
quebrantáis el mandamiento de Dios por vuestra tradición?
4 Porque Dios mandó diciendo: Honra a tu padre y a tu madre;
y: El que maldiga al padre o a la madre, muera irremisiblemente.
5 Pero vosotros decís: Cualquiera que diga a su padre o a su
madre: Es mi ofrenda a Dios todo aquello con que pudiera
ayudarte,
6 ya no ha de honrar a su padre o a su madre. Así habéis
invalidado el mandamiento de Dios por vuestra tradición.
7 Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, cuando
dijo:
-
8 Este pueblo de labios me honra;
- Mas su corazón está lejos de mí.
-
9 Pues en vano me honran,
- Enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres.
10 Y llamando a sí a la multitud, les dijo: Oíd, y entended:
11 No lo que entra en la boca contamina al hombre; mas lo que
sale de la boca, esto contamina al hombre.
12 Entonces acercándose sus discípulos, le dijeron: ¿Sabes
que los fariseos se ofendieron cuando oyeron esta palabra?
13 Pero respondiendo él, dijo: Toda planta que no plantó mi
Padre celestial, será desarraigada.
14 Dejadlos; son ciegos guías de ciegos; y si el ciego guiare
al ciego, ambos caerán en el hoyo.
15 Respondiendo Pedro, le dijo: Explícanos esta parábola.
16 Jesús dijo: ¿También vosotros sois aún sin
entendimiento?
17 ¿No entendéis que todo lo que entra en la boca va al
vientre, y es echado en la letrina?
18 Pero lo que sale de la boca, del corazón sale; y esto
contamina al hombre.
19 Porque del corazón salen los malos pensamientos, los
homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los
falsos testimonios, las blasfemias.
20 Estas cosas son las que contaminan al hombre; pero el comer
con las manos sin lavar no contamina al hombre.
La fe de la mujer cananea
(Mr. 7.24-30)
21 Saliendo Jesús de allí, se fue a la región de Tiro y de
Sidón.
22 Y he aquí una mujer cananea que había salido de aquella
región clamaba, diciéndole: ¡Señor, Hijo de David, ten
misericordia de mí! Mi hija es gravemente atormentada por un
demonio.
23 Pero Jesús no le respondió palabra. Entonces acercándose
sus discípulos, le rogaron, diciendo: Despídela, pues da voces
tras nosotros.
24 El respondiendo, dijo: No soy enviado sino a las ovejas
perdidas de la casa de Israel.
25 Entonces ella vino y se postró ante él, diciendo:
¡Señor, socórreme!
26 Respondiendo él, dijo: No está bien tomar el pan de los
hijos, y echarlo a los perrillos.
27 Y ella dijo: Sí, Señor; pero aun los perrillos comen de
las migajas que caen de la mesa de sus amos.
28 Entonces respondiendo Jesús, dijo: Oh mujer, grande es tu
fe; hágase contigo como quieres. Y su hija fue sanada desde
aquella hora.
Jesús sana a muchos
29 Pasó Jesús de allí y vino junto al mar de Galilea; y
subiendo al monte, se sentó allí.
30 Y se le acercó mucha gente que traía consigo a cojos,
ciegos, mudos, mancos, y otros muchos enfermos; y los pusieron a
los pies de Jesús, y los sanó;
31 de manera que la multitud se maravillaba, viendo a los mudos
hablar, a los mancos sanados, a los cojos andar, y a los ciegos
ver; y glorificaban al Dios de Israel.
Alimentación de los cuatro mil
(Mr. 8.1-10)
32 Y Jesús, llamando a sus discípulos, dijo: Tengo compasión
de la gente, porque ya hace tres días que están conmigo, y no
tienen qué comer; y enviarlos en ayunas no quiero, no sea que
desmayen en el camino.
33 Entonces sus discípulos le dijeron: ¿De dónde tenemos
nosotros tantos panes en el desierto, para saciar a una multitud
tan grande?
34 Jesús les dijo: ¿Cuántos panes tenéis? Y ellos dijeron:
Siete, y unos pocos pececillos.
35 Y mandó a la multitud que se recostase en tierra.
36 Y tomando los siete panes y los peces, dio gracias, los
partió y dio a sus discípulos, y los discípulos a la multitud.
37 Y comieron todos, y se saciaron; y recogieron lo que sobró
de los pedazos, siete canastas llenas.
38 Y eran los que habían comido, cuatro mil hombres, sin
contar las mujeres y los niños.
39 Entonces, despedida la gente, entró en la barca, y vino a
la región de Magdala.
La demanda de una señal
(Mr. 8.11-13; Lc. 12.54-56)
16
1 Vinieron los fariseos y los saduceos para tentarle, y le
pidieron que les mostrase señal del cielo.
2 Mas él respondiendo, les dijo: Cuando anochece, decís: Buen
tiempo; porque el cielo tiene arreboles.
3 Y por la mañana: Hoy habrá tempestad; porque tiene
arreboles el cielo nublado. ¡Hipócritas! que sabéis distinguir
el aspecto del cielo, ¡mas las señales de los tiempos no
podéis!
4 La generación mala y adúltera demanda señal; pero señal
no le será dada, sino la señal del profeta Jonás. Y
dejándolos, se fue.
La levadura de los fariseos
(Mr. 8.14-21)
5 Llegando sus discípulos al otro lado, se habían olvidado de
traer pan.
6 Y Jesús les dijo: Mirad, guardaos de la levadura de los
fariseos y de los saduceos.
7 Ellos pensaban dentro de sí, diciendo: Esto dice porque no
trajimos pan.
8 Y entendiéndolo Jesús, les dijo: ¿Por qué pensáis dentro
de vosotros, hombres de poca fe, que no tenéis pan?
9 ¿No entendéis aún, ni os acordáis de los cinco panes
entre cinco mil hombres, y cuántas cestas recogisteis?
10 ¿Ni de los siete panes entre cuatro mil, y cuántas
canastas recogisteis?
11 ¿Cómo es que no entendéis que no fue por el pan que os
dije que os guardaseis de la levadura de los fariseos y de los
saduceos?
12 Entonces entendieron que no les había dicho que se
guardasen de la levadura del pan, sino de la doctrina de los
fariseos y de los saduceos.
La confesión de Pedro
(Mr. 8.27-30; Lc. 9.18-21)
13 Viniendo Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó
a sus discípulos, diciendo: ¿Quién dicen los hombres que es el
Hijo del Hombre?
14 Ellos dijeron: Unos, Juan el Bautista; otros, Elías; y
otros, Jeremías, o alguno de los profetas.
15 El les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
16 Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo
del Dios viviente.
17 Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón,
hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi
Padre que está en los cielos.
18 Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta
roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no
prevalecerán contra ella.
19 Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo
lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo
que desatares en la tierra será desatado en los cielos.
20 Entonces mandó a sus discípulos que a nadie dijesen que
él era Jesús el Cristo.
Jesús anuncia su muerte
(Mr. 8.31-9.1; Lc. 9.22-27)
21 Desde entonces comenzó Jesús a declarar a sus discípulos
que le era necesario ir a Jerusalén y padecer mucho de los
ancianos, de los principales sacerdotes y de los escribas; y ser
muerto, y resucitar al tercer día.
22 Entonces Pedro, tomándolo aparte, comenzó a reconvenirle,
diciendo: Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te
acontezca.
23 Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: ¡Quítate de delante
de mí, Satanás!; me eres tropiezo, porque no pones la mira en
las cosas de Dios, sino en las de los hombres.
24 Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere
venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y
sígame.
25 Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y
todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará.
26 Porque ¿qué aprovechará al hombre, si ganare todo el
mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre
por su alma?
27 Porque el Hijo del Hombre vendrá en la gloria de su Padre
con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno conforme a sus
obras.
28 De cierto os digo que hay algunos de los que están aquí,
que no gustarán la muerte, hasta que hayan visto al Hijo del
Hombre viniendo en su reino.
La transfiguración
(Mr. 9.2-13; Lc. 9.28-36)
17
1 Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Jacobo y a Juan
su hermano, y los llevó aparte a un monte alto;
2 y se transfiguró delante de ellos, y resplandeció su rostro
como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz.
3 Y he aquí les aparecieron Moisés y Elías, hablando con
él.
4 Entonces Pedro dijo a Jesús: Señor, bueno es para nosotros
que estemos aquí; si quieres, hagamos aquí tres enramadas: una
para ti, otra para Moisés, y otra para Elías.
5 Mientras él aún hablaba, una nube de luz los cubrió; y he
aquí una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo amado,
en quien tengo complacencia; a él oíd.
6 Al oír esto los discípulos, se postraron sobre sus rostros,
y tuvieron gran temor.
7 Entonces Jesús se acercó y los tocó, y dijo: Levantaos, y
no temáis.
8 Y alzando ellos los ojos, a nadie vieron sino a Jesús solo.
9 Cuando descendieron del monte, Jesús les mandó, diciendo:
No digáis a nadie la visión, hasta que el Hijo del Hombre
resucite de los muertos.
10 Entonces sus discípulos le preguntaron, diciendo: ¿Por
qué, pues, dicen los escribas que es necesario que Elías venga
primero?
11 Respondiendo Jesús, les dijo: A la verdad, Elías viene
primero, y restaurará todas las cosas.
12 Mas os digo que Elías ya vino, y no le conocieron, sino que
hicieron con él todo lo que quisieron; así también el Hijo del
Hombre padecerá de ellos.
13 Entonces los discípulos comprendieron que les había
hablado de Juan el Bautista.
Jesús sana a un muchacho lunático
(Mr. 9.14-29; Lc. 9.37-43)
14 Cuando llegaron al gentío, vino a él un hombre que se
arrodilló delante de él, diciendo:
15 Señor, ten misericordia de mi hijo, que es lunático, y
padece muchísimo; porque muchas veces cae en el fuego, y muchas
en el agua.
16 Y lo he traído a tus discípulos, pero no le han podido
sanar.
17 Respondiendo Jesús, dijo: ¡Oh generación incrédula y
perversa! ¿Hasta cuándo he de estar con vosotros? ¿Hasta
cuándo os he de soportar? Traédmelo acá.
18 Y reprendió Jesús al demonio, el cual salió del muchacho,
y éste quedó sano desde aquella hora.
19 Viniendo entonces los discípulos a Jesús, aparte, dijeron:
¿Por qué nosotros no pudimos echarlo fuera?
20 Jesús les dijo: Por vuestra poca fe; porque de cierto os
digo, que si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a
este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será
imposible.
21 Pero este género no sale sino con oración y ayuno.
Jesús anuncia otra vez su muerte
(Mr. 9.30-32; Lc. 9.43-45)
22 Estando ellos en Galilea, Jesús les dijo: El Hijo del
Hombre será entregado en manos de hombres,
23 y le matarán; mas al tercer día resucitará. Y ellos se
entristecieron en gran manera.
Pago del impuesto del templo
24 Cuando llegaron a Capernaum, vinieron a Pedro los que
cobraban las dos dracmas, y le dijeron: ¿Vuestro Maestro no paga
las dos dracmas?
25 El dijo: Sí. Y al entrar él en casa, Jesús le habló
primero, diciendo: ¿Qué te parece, Simón? Los reyes de la
tierra, ¿de quiénes cobran los tributos o los impuestos? ¿De
sus hijos, o de los extraños?
26 Pedro le respondió: De los extraños. Jesús le dijo: Luego
los hijos están exentos.
27 Sin embargo, para no ofenderles, ve al mar, y echa el
anzuelo, y el primer pez que saques, tómalo, y al abrirle la
boca, hallarás un estatero; tómalo, y dáselo por mí y por
ti.
¿Quién es el mayor?
(Mr. 9.33-37; Lc. 9.46-48)
18
1 En aquel tiempo los discípulos vinieron a Jesús, diciendo:
¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?
2 Y llamando Jesús a un niño, lo puso en medio de ellos,
3 y dijo: De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis
como niños, no entraréis en el reino de los cielos.
4 Así que, cualquiera que se humille como este niño, ése es
el mayor en el reino de los cielos.
5 Y cualquiera que reciba en mi nombre a un niño como este, a
mí me recibe.
Ocasiones de caer
(Mr. 9.42-48; Lc. 17.1-2)
6 Y cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que
creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una
piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del
mar.
7 ¡Ay del mundo por los tropiezos! porque es necesario que
vengan tropiezos, pero ¡ay de aquel hombre por quien viene el
tropiezo!
8 Por tanto, si tu mano o tu pie te es ocasión de caer,
córtalo y échalo de ti; mejor te es entrar en la vida cojo o
manco, que teniendo dos manos o dos pies ser echado en el fuego
eterno.
9 Y si tu ojo te es ocasión de caer, sácalo y échalo de ti;
mejor te es entrar con un solo ojo en la vida, que teniendo dos
ojos ser echado en el infierno de fuego.
Parábola de la oveja perdida
(Lc. 15.3-7)
10 Mirad que no menospreciéis a uno de estos pequeños; porque
os digo que sus ángeles en los cielos ven siempre el rostro de
mi Padre que está en los cielos.
11 Porque el Hijo del Hombre ha venido para salvar lo que se
había perdido.
12 ¿Qué os parece? Si un hombre tiene cien ovejas, y se
descarría una de ellas, ¿no deja las noventa y nueve y va por
los montes a buscar la que se había descarriado?
13 Y si acontece que la encuentra, de cierto os digo que se
regocija más por aquélla, que por las noventa y nueve que no se
descarriaron.
14 Así, no es la voluntad de vuestro Padre que está en los
cielos, que se pierda uno de estos pequeños.
Cómo se debe perdonar al hermano
15 Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele
estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano.
16 Mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para que
en boca de dos o tres testigos conste toda palabra.
17 Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a
la iglesia, tenle por gentil y publicano.
18 De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra, será
atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será
desatado en el cielo.
19 Otra vez os digo, que si dos de vosotros se pusieren de
acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidieren, les
será hecho por mi Padre que está en los cielos.
20 Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre,
allí estoy yo en medio de ellos.
21 Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas
veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta
siete?
22 Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta
setenta veces siete.
Los dos deudores
23 Por lo cual el reino de los cielos es semejante a un rey que
quiso hacer cuentas con sus siervos.
24 Y comenzando a hacer cuentas, le fue presentado uno que le
debía diez mil talentos.
25 A éste, como no pudo pagar, ordenó su señor venderle, y a
su mujer e hijos, y todo lo que tenía, para que se le pagase la
deuda.
26 Entonces aquel siervo, postrado, le suplicaba, diciendo:
Señor, ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo.
27 El señor de aquel siervo, movido a misericordia, le soltó
y le perdonó la deuda.
28 Pero saliendo aquel siervo, halló a uno de sus consiervos,
que le debía cien denarios; y asiendo de él, le ahogaba,
diciendo: Págame lo que me debes.
29 Entonces su consiervo, postrándose a sus pies, le rogaba
diciendo: Ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo.
30 Mas él no quiso, sino fue y le echó en la cárcel, hasta
que pagase la deuda.
31 Viendo sus consiervos lo que pasaba, se entristecieron
mucho, y fueron y refirieron a su señor todo lo que había
pasado.
32 Entonces, llamándole su señor, le dijo: Siervo malvado,
toda aquella deuda te perdoné, porque me rogaste.
33 ¿No debías tú también tener misericordia de tu consiervo,
como yo tuve misericordia de ti?
34 Entonces su señor, enojado, le entregó a los verdugos,
hasta que pagase todo lo que le debía.
35 Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no
perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas.
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