Jesús sana a un leproso
(Mr. 1.40-45; Lc. 5.12-16)
8
1 Cuando descendió Jesús del monte, le seguía mucha gente.
2 Y he aquí vino un leproso y se postró ante él, diciendo:
Señor, si quieres, puedes limpiarme.
3 Jesús extendió la mano y le tocó, diciendo: Quiero; sé
limpio. Y al instante su lepra desapareció.
4 Entonces Jesús le dijo: Mira, no lo digas a nadie; sino ve,
muéstrate al sacerdote, y presenta la ofrenda que ordenó
Moisés, para testimonio a ellos.
Jesús sana al siervo de un centurión
(Lc. 7.1-10)
5 Entrando Jesús en Capernaum, vino a él un centurión,
rogándole,
6 y diciendo: Señor, mi criado está postrado en casa,
paralítico, gravemente atormentado.
7 Y Jesús le dijo: Yo iré y le sanaré.
8 Respondió el centurión y dijo: Señor, no soy digno de que
entres bajo mi techo; solamente dí la palabra, y mi criado
sanará.
9 Porque también yo soy hombre bajo autoridad, y tengo bajo
mis órdenes soldados; y digo a éste: Ve, y va; y al otro: Ven,
y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace.
10 Al oírlo Jesús, se maravilló, y dijo a los que le
seguían: De cierto os digo, que ni aun en Israel he hallado
tanta fe.
11 Y os digo que vendrán muchos del oriente y del occidente, y
se sentarán con Abraham e Isaac y Jacob en el reino de los
cielos;
12 mas los hijos del reino serán echados a las tinieblas de
afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes.
13 Entonces Jesús dijo al centurión: Ve, y como creíste, te
sea hecho. Y su criado fue sanado en aquella misma hora.
Jesús sana a la suegra de Pedro
(Mr. 1.29-34; Lc. 4.38-41)
14 Vino Jesús a casa de Pedro, y vio a la suegra de éste
postrada en cama, con fiebre.
15 Y tocó su mano, y la fiebre la dejó; y ella se levantó, y
les servía.
16 Y cuando llegó la noche, trajeron a él muchos
endemoniados; y con la palabra echó fuera a los demonios, y
sanó a todos los enfermos;
17 para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías,
cuando dijo: El mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó
nuestras dolencias.
Los que querían seguir a Jesús
(Lc. 9.57-62)
18 Viéndose Jesús rodeado de mucha gente, mandó pasar al
otro lado.
19 Y vino un escriba y le dijo: Maestro, te seguiré
adondequiera que vayas.
20 Jesús le dijo: Las zorras tienen guaridas, y las aves del
cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su
cabeza.
21 Otro de sus discípulos le dijo: Señor, permíteme que vaya
primero y entierre a mi padre.
22 Jesús le dijo: Sígueme; deja que los muertos entierren a
sus muertos.
Jesús calma la tempestad
(Mr. 4.35-41; Lc. 8.22-25)
23 Y entrando él en la barca, sus discípulos le siguieron.
24 Y he aquí que se levantó en el mar una tempestad tan
grande que las olas cubrían la barca; pero él dormía.
25 Y vinieron sus discípulos y le despertaron, diciendo:
¡Señor, sálvanos, que perecemos!
26 El les dijo: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe?
Entonces, levantándose, reprendió a los vientos y al mar; y se
hizo grande bonanza.
27 Y los hombres se maravillaron, diciendo: ¿Qué hombre es
éste, que aun los vientos y el mar le obedecen?
Los endemoniados gadarenos
(Mr. 5.1-20; Lc. 8.26-39)
28 Cuando llegó a la otra orilla, a la tierra de los gadarenos,
vinieron a su encuentro dos endemoniados que salían de los
sepulcros, feroces en gran manera, tanto que nadie podía pasar
por aquel camino.
29 Y clamaron diciendo: ¿Qué tienes con nosotros, Jesús,
Hijo de Dios? ¿Has venido acá para atormentarnos antes de
tiempo?
30 Estaba paciendo lejos de ellos un hato de muchos cerdos.
31 Y los demonios le rogaron diciendo: Si nos echas fuera,
permítenos ir a aquel hato de cerdos.
32 El les dijo: Id. Y ellos salieron, y se fueron a aquel hato
de cerdos; y he aquí, todo el hato de cerdos se precipitó en el
mar por un despeñadero, y perecieron en las aguas.
33 Y los que los apacentaban huyeron, y viniendo a la ciudad,
contaron todas las cosas, y lo que había pasado con los
endemoniados.
34 Y toda la ciudad salió al encuentro de Jesús; y cuando le
vieron, le rogaron que se fuera de sus contornos.
Jesús sana a un paralítico
(Mr. 2.1-12; Lc. 5.17-26)
9
1 Entonces, entrando Jesús en la barca, pasó al otro lado y
vino a su ciudad.
2 Y sucedió que le trajeron un paralítico, tendido sobre una
cama; y al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Ten
ánimo, hijo; tus pecados te son perdonados.
3 Entonces algunos de los escribas decían dentro de sí: Este
blasfema.
4 Y conociendo Jesús los pensamientos de ellos, dijo: ¿Por
qué pensáis mal en vuestros corazones?
5 Porque, ¿qué es más fácil, decir: Los pecados te son
perdonados, o decir: Levántate y anda?
6 Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad
en la tierra para perdonar pecados (dice entonces al
paralítico): Levántate, toma tu cama, y vete a tu casa.
7 Entonces él se levantó y se fue a su casa.
8 Y la gente, al verlo, se maravilló y glorificó a Dios, que
había dado tal potestad a los hombres.
Llamamiento de Mateo
(Mr. 2.13-17; Lc. 5.27-32)
9 Pasando Jesús de allí, vio a un hombre llamado Mateo, que
estaba sentado al banco de los tributos públicos, y le dijo:
Sígueme. Y se levantó y le siguió.
10 Y aconteció que estando él sentado a la mesa en la casa,
he aquí que muchos publicanos y pecadores, que habían venido,
se sentaron juntamente a la mesa con Jesús y sus discípulos.
11 Cuando vieron esto los fariseos, dijeron a los discípulos:
¿Porqué come vuestro Maestro con los publicanos y pecadores?
12 Al oír esto Jesús, les dijo: Los sanos no tienen necesidad
de médico, sino los enfermos.
13 Id, pues, y aprended lo que significa: Misericordia quiero,
y no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a
pecadores, al arrepentimiento.
La pregunta sobre el ayuno
(Mr. 2.18-22; Lc. 5.33-39)
14 Entonces vinieron a él los discípulos de Juan, diciendo:
¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos muchas veces, y tus
discípulos no ayunan?
15 Jesús les dijo: ¿Acaso pueden los que están de bodas
tener luto entre tanto que el esposo está con ellos? Pero
vendrán días cuando el esposo les será quitado, y entonces
ayunarán.
16 Nadie pone remiendo de paño nuevo en vestido viejo; porque
tal remiendo tira del vestido, y se hace peor la rotura.
17 Ni echan vino nuevo en odres viejos; de otra manera los
odres se rompen, y el vino se derrama, y los odres se pierden;
pero echan el vino nuevo en odres nuevos, y lo uno y lo otro se
conservan juntamente.
La hija de Jairo, y la mujer que tocó el manto de Jesús
(Mr. 5.21-43; Lc. 8.40-56)
18 Mientras él les decía estas cosas, vino un hombre
principal y se postró ante él, diciendo: Mi hija acaba de
morir; mas ven y pon tu mano sobre ella, y vivirá.
19 Y se levantó Jesús, y le siguió con sus discípulos.
20 Y he aquí una mujer enferma de flujo de sangre desde hacía
doce años, se le acercó por detrás y tocó el borde de su
manto;
21 porque decía dentro de sí: Si tocare solamente su manto,
seré salva.
22 Pero Jesús, volviéndose y mirándola, dijo: Ten ánimo,
hija; tu fe te ha salvado. Y la mujer fue salva desde aquella
hora.
23 Al entrar Jesús en la casa del principal, viendo a los que
tocaban flautas, y la gente que hacía alboroto,
24 les dijo: Apartaos, porque la niña no está muerta, sino
duerme. Y se burlaban de él.
25 Pero cuando la gente había sido echada fuera, entró, y
tomó de la mano a la niña, y ella se levantó.
26 Y se difundió la fama de esto por toda aquella tierra.
Dos ciegos reciben la vista
27 Pasando Jesús de allí, le siguieron dos ciegos, dando
voces y diciendo: ¡Ten misericordia de nosotros, Hijo de David!
28 Y llegado a la casa, vinieron a él los ciegos; y Jesús les
dijo: ¿;Creéis que puedo hacer esto? Ellos dijeron: Sí, Señor.
29 Entonces les tocó los ojos, diciendo: Conforme a vuestra fe os sea hecho.
30 Y los ojos de ellos fueron abiertos. Y Jesús les encargó
rigurosamente, diciendo: Mirad que nadie lo sepa.
31 Pero salidos ellos, divulgaron la fama de él por toda
aquella tierra.
Un mudo habla
32 Mientras salían ellos, he aquí, le trajeron un mudo,
endemoniado.
33 Y echado fuera el demonio, el mudo habló; y la gente se
maravillaba, y decía: Nunca se ha visto cosa semejante en
Israel.
34 Pero los fariseos decían: Por el príncipe de los demonios
echa fuera los demonios.
La mies es mucha
35 Recorría Jesús todas las ciudades y aldeas, enseñando en
las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y
sanando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.
36 Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque
estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor.
37 Entonces dijo a sus discípulos: A la verdad la mies es
mucha, mas los obreros pocos.
38 Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su
mies.
Elección de los doce apóstoles
(Mr. 3.13-19; Lc. 6.12-16)
10
1 Entonces llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad
sobre los espíritus inmundos, para que los echasen fuera, y para
sanar toda enfermedad y toda dolencia.
2 Los nombres de los doce apóstoles son estos: primero Simón,
llamado Pedro, y Andrés su hermano; Jacobo hijo de Zebedeo, y
Juan su hermano;
3 Felipe, Bartolomé, Tomás, Mateo el publicano, Jacobo hijo
de Alfeo, Lebeo, por sobrenombre Tadeo,
4 Simón el cananista, y Judas Iscariote, el que también le
entregó.
Misión de los doce
(Mr. 6.7-13; Lc. 9.1-6)
5 A estos doce envió Jesús, y les dio instrucciones,
diciendo: Por camino de gentiles no vayáis, y en ciudad de
samaritanos no entréis,
6 sino id antes a las ovejas perdidas de la casa de Israel.
7 Y yendo, predicad, diciendo: El reino de los cielos se ha
acercado.
8 Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad
fuera demonios; de gracia recibisteis, dad de gracia.
9 No os proveáis de oro, ni plata, ni cobre en vuestros
cintos;
10 ni de alforja para el camino, ni de dos túnicas, ni de
calzado, ni de bordón; porque el obrero es digno de su alimento.
11 Mas en cualquier ciudad o aldea donde entréis, informaos
quién en ella sea digno, y posad allí hasta que salgáis.
12 Y al entrar en la casa, saludadla.
13 Y si la casa fuere digna, vuestra paz vendrá sobre ella;
mas si no fuere digna, vuestra paz se volverá a vosotros.
14 Y si alguno no os recibiere, ni oyere vuestras palabras,
salid de aquella casa o ciudad, y sacudid el polvo de vuestros
pies.
15 De cierto os digo que en el día del juicio, será más
tolerable el castigo para la tierra de Sodoma y de Gomorra, que
para aquella ciudad.
Persecuciones venideras
16 He aquí, yo os envío como a ovejas en medio de lobos; sed,
pues, prudentes como serpientes, y sencillos como palomas.
17 Y guardaos de los hombres, porque os entregarán a los
concilios, y en sus sinagogas os azotarán;
18 y aun ante gobernadores y reyes seréis llevados por causa
de mí, para testimonio a ellos y a los gentiles.
19 Mas cuando os entreguen, no os preocupéis por cómo o qué
hablaréis; porque en aquella hora os será dado lo que habéis
de hablar.
20 Porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu
de vuestro Padre que habla en vosotros.
21 El hermano entregará a la muerte al hermano, y el padre al
hijo; y los hijos se levantarán contra los padres, y los harán
morir.
22 Y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre; mas
el que persevere hasta el fin, éste será salvo.
23 Cuando os persigan en esta ciudad, huid a la otra; porque de
cierto os digo, que no acabaréis de recorrer todas las ciudades
de Israel, antes que venga el Hijo de Hombre.
24 El discípulo no es más que su maestro, ni el siervo más
que su señor.
25 Bástale al discípulo ser como su maestro, y al siervo como
su señor. Si al padre de familia llamaron Beelzebú, ¿cuánto
más a los de su casa?
A quién se debe temer
(Lc. 12.2-9)
26 Así que, no los temáis; porque nada hay encubierto, que no
haya de ser manifestado; ni oculto, que no haya de saberse.
27 Lo que os digo en tinieblas, decidlo en la luz; y lo que oís
al oído, proclamadlo desde las azoteas.
28 Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no
pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir el alma
y el cuerpo en el infierno.
29 ¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo, ni
uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre.
30 Pues aun vuestros cabellos están todos contados.
31 Así que, no temáis; más valéis vosotros que muchos
pajarillos.
32 A cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres,
yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los
cielos.
33 Y a cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo
también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos.
Jesús, causa de división
(Lc. 12.49-53; 14.26-27)
34 No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he
venido para traer paz, sino espada.
35 Porque he venido para poner en disensión al hombre contra
su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su
suegra;
36 y los enemigos del hombre serán los de su casa.
37 El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de
mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí;
38 y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno
de mí.
39 El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida
por causa de mí, la hallará.
Recompensas (Mr. 9.41)
40 El que a vosotros recibe, a mí me recibe; y el que me
recibe a mí, recibe al que me envió.
41 El que recibe a un profeta por cuanto es profeta, recompensa
de profeta recibirá; y el que recibe a un justo por cuanto es
justo, recompensa de justo recibirá.
42 Y cualquiera que dé a uno de estos pequeñitos un vaso de
agua fría solamente, por cuanto es discípulo, de cierto os digo
que no perderá su recompensa.
Los mensajeros de Juan el Bautista
(Lc. 7.18-35)
11
1 Cuando Jesús terminó de dar instrucciones a sus doce
discípulos, se fue de allí a enseñar y a predicar en las
ciudades de ellos.
2 Y al oír Juan, en la cárcel, los hechos de Cristo, le envió
dos de sus discípulos,
3 para preguntarle: ¿Eres tú aquel que había de venir, o
esperaremos a otro?
4 Respondiendo Jesús, les dijo: Id, y haced saber a Juan las
cosas que oís y veis.
5 Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados,
los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es
anunciado el evangelio;
6 y bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí.
7 Mientras ellos se iban, comenzó Jesús a decir de Juan a la
gente: ¿Qué salisteis a ver al desierto? ¿Una caña sacudida
por el viento?
8 ¿O qué salisteis a ver? ¿A un hombre cubierto de vestiduras
delicadas? He aquí, los que llevan vestiduras delicadas, en las
casas de los reyes están.
9 Pero ¿qué salisteis a ver? ¿A un profeta? Sí, os digo, y
más que profeta.
10 Porque éste es de quien está escrito:
- He aquí, yo envío mi mensajero delante de tu faz,
- El cual preparará tu camino delante de ti.
11 De cierto os digo: Entre los que nacen de mujer no se ha
levantado otro mayor que Juan el Bautista; pero el más pequeño
en el reino de los cielos, mayor es que él.
12 Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de
los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan.
13 Porque todos los profetas y la ley profetizaron hasta Juan.
14 Y si queréis recibirlo, él es aquel Elías que había de
venir.
15 El que tiene oídos para oír, oiga.
16 Mas ¿a qué compararé esta generación? Es semejante a los
muchachos que se sientan en las plazas, y dan voces a sus
compañeros,
17 diciendo: Os tocamos flauta, y no bailasteis; os endechamos,
y no lamentasteis.
18 Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: Demonio
tiene.
19 Vino el Hijo del Hombre, que come y bebe, y dicen: He aquí
un hombre comilón, y bebedor de vino, amigo de publicanos y de
pecadores. Pero la sabiduría es justificada por sus hijos.
Ayes sobre las ciudades impenitentes
(Lc. 10.13-16)
20 Entonces comenzó a reconvenir a las ciudades en las cuales
había hecho muchos de sus milagros, porque no se habían
arrepentido, diciendo:
21 Ay de ti, Corazín! Ay de ti, Betsaida! Porque si en
Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que han sido
hechos en vosotras, tiempo ha que se hubieran arrepentido en
cilicio y en ceniza.
22 Por tanto os digo que en el día del juicio, será más
tolerable el castigo para Tiro y para Sidón, que para vosotras.
23 Y tú, Capernaum, que eres levantada hasta el cielo, hasta
el Hades serás abatida; porque si en Sodoma se hubieran hecho
los milagros que han sido hechos en ti, habría permanecido hasta
el día de hoy.
24 Por tanto os digo que en el día del juicio, será más
tolerable el castigo para la tierra de Sodoma, que para ti.
Venid a mí y descansad
(Lc. 10.21-22)
25 En aquel tiempo, respondiendo Jesús, dijo: Te alabo, Padre,
Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de
los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños.
26 Sí, Padre, porque así te agradó.
27 Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie
conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el
Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar.
28 Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y
yo os haré descansar.
29 Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy
manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras
almas;
30 porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga.
Los discípulos recogen espigas en el día de reposo
(Mr. 2.23-28; Lc. 6.1-5)
12
1 En aquel tiempo iba Jesús por los sembrados en un día de
reposo; y sus discípulos tuvieron hambre, y comenzaron a
arrancar espigas y a comer.
2 Viéndolo los fariseos, le dijeron: He aquí tus discípulos
hacen lo que no es lícito hacer en el día de reposo.
3 Pero él les dijo: ¿No habéis leído lo que hizo David,
cuando él y los que con él estaban tuvieron hambre;
4 cómo entró en la casa de Dios, y comió los panes de la
proposición, que no les era lícito comer ni a él ni a los que
con él estaban, sino solamente a los sacerdotes?
5 ¿O no habéis leído en la ley, cómo en el día de reposo
los sacerdotes en el templo profanan el día de reposo, y son sin
culpa?
6 Pues os digo que uno mayor que el templo está aquí.
7 Y si supieseis qué significa: Misericordia quiero, y no
sacrificio, no condenaríais a los inocentes;
8 porque el Hijo del Hombre es Señor del día de reposo.
El hombre de la mano seca
(Mr. 3.1-6; Lc. 6.6-11)
9 Pasando de allí, vino a la sinagoga de ellos.
10 Y he aquí había allí uno que tenía seca una mano; y
preguntaron a Jesús, para poder acusarle: ¿Es lícito sanar en
el día de reposo?
11 El les dijo: ¿Qué hombre habrá de vosotros, que tenga una
oveja, y si ésta cayere en un hoyo en día de reposo, no le eche
mano, y la levante?
12 Pues ¿cuánto más vale un hombre que una oveja? Por
consiguiente, es lícito hacer el bien en los días de reposo.
13 Entonces dijo a aquel hombre: Extiende tu mano. Y él la
extendió, y le fue restaurada sana como la otra.
14 Y salidos los fariseos, tuvieron consejo contra Jesús para
destruirle.
El siervo escogido
15 Sabiendo esto Jesús, se apartó de allí; y le siguió
mucha gente, y sanaba a todos,
16 y les encargaba rigurosamente que no le descubriesen;
17 para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías,
cuando dijo:
-
18 He aquí mi siervo, a quien he escogido;
- Mi Amado, en quien se agrada mi alma;
- Pondré mi Espíritu sobre él,
- Y a los gentiles anunciará juicio.
-
19 No contenderá, ni voceará,
- Ni nadie oirá en las calles su voz.
-
20 La caña cascada no quebrará,
- Y el pábilo que humea no apagará,
- Hasta que saque a victoria el juicio.
-
21 Y en su nombre esperarán los gentiles.
La blasfemia contra el Espíritu Santo
(Mr. 3.20-30; Lc. 11.14-23)
22 Entonces fue traído a él un endemoniado, ciego y mudo; y
le sanó, de tal manera que el ciego y mudo veía y hablaba.
23 Y toda la gente estaba atónita, y decía: ¿Será éste
aquel Hijo de David?
24 Mas los fariseos, al oírlo, decían: Este no echa fuera los
demonios sino por Beelzebú, príncipe de los demonios.
25 Sabiendo Jesús los pensamientos de ellos, les dijo: Todo
reino dividido contra sí mismo, es asolado, y toda ciudad o casa
dividida contra sí misma, no permanecerá.
26 Y si Satanás echa fuera a Satanás, contra sí mismo está
dividido; ¿cómo, pues, permanecerá su reino?
27 Y si yo echo fuera los demonios por Beelzebú, ¿por quién
los echan vuestros hijos? Por tanto, ellos serán vuestros
jueces.
28 Pero si yo por el Espíritu de Dios echo fuera los demonios,
ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios.
29 Porque ¿cómo puede alguno entrar en la casa del hombre
fuerte, y saquear sus bienes, si primero no le ata? Y entonces
podrá saquear su casa.
30 El que no es conmigo, contra mí es; y el que conmigo no
recoge, desparrama.
31 Por tanto os digo: Todo pecado y blasfemia será perdonado a
los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu no les será
perdonada.
32 A cualquiera que dijere alguna palabra contra el Hijo del
Hombre, le será perdonado; pero al que hable contra el Espíritu
Santo, no le será perdonado, ni en este siglo ni en el venidero.
33 O haced el árbol bueno, y su fruto bueno, o haced el árbol
malo, y su fruto malo; porque por el fruto se conoce el árbol.
34 ¡Generación de víboras! ¿Cómo podéis hablar lo bueno,
siendo malos? Porque de la abundancia del corazón habla la boca.
35 El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca buenas
cosas; y el hombre malo, del mal tesoro saca malas cosas.
36 Mas yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los
hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio.
37 Porque por tus palabras serás justificado, y por tus
palabras serás condenado.
La generación perversa demanda señal
(Lc. 11.29-32)
38 Entonces respondieron algunos de los escribas y de los
fariseos, diciendo: Maestro, deseamos ver de ti señal.
39 El respondió y les dijo: La generación mala y adúltera
demanda señal; pero señal no le será dada, sino la señal del
profeta Jonás.
40 Porque como estuvo Jonás en el vientre del gran pez tres
días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en el
corazón de la tierra tres días y tres noches.
41 Los hombres de Nínive se levantarán en el juicio con esta
generación, y la condenarán; porque ellos se arrepintieron a la
predicación de Jonás, y he aquí más que Jonás en este lugar.
42 La reina del Sur se levantará en el juicio con esta
generación, y la condenará; porque ella vino de los fines de la
tierra para oír la sabiduría de Salomón, y he aquí más que
Salomón en este lugar.
El espíritu inmundo que vuelve
(Lc. 11.24-26)
43 Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, anda por
lugares secos, buscando reposo, y no lo halla.
44 Entonces dice: Volveré a mi casa de donde salí; y cuando
llega, la halla desocupada, barrida y adornada.
45 Entonces va, y toma consigo otros siete espíritus peores
que él, y entrados, moran allí; y el postrer estado de aquel
hombre viene a ser peor que el primero. Así también acontecerá
a esta mala generación.
La madre y los hermanos de Jesús
(Mr. 3.31-35; Lc. 8.19-21)
46 Mientras él aún hablaba a la gente, he aquí su madre y
sus hermanos estaban afuera, y le querían hablar.
47 Y le dijo uno: He aquí tu madre y tus hermanos están
afuera, y te quieren hablar.
48 Respondiendo él al que le decía esto, dijo: ¿Quién es mi
madre, y quiénes son mis hermanos?
49 Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: He aquí
mi madre y mis hermanos.
50 Porque todo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está
en los cielos, ése es mi hermano, y hermana, y madre.
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