SIGLO XIX: RESURRECCION Y RESTAURACION
P. FONTANA EL "SEGUNDO FUNDADOR"
Hubo un momento, a principios de 1800, en que pareció que nuestra Congregación iba a extinguirse: cerrados la casi totalidad de los colegios que , habían jugado un papel de primerísima importancia en la Cultura italiana y europea; los Padres perseguidos, dispersos y obligados a vivir como Sacerdotes diocesanos; la misión en Birmania abandonada...
Todo hacía suponer una catástrofe. Sin embargo, aunque reducida a pocos miembros y poquísimas residencias donde los Padres ejercían el apostolado como Sacerdotes Diocesanos, ya que las Comunidades habían sido disueltas y los colegios habían desaparecido, la Congregación sigue viviendo. El apóstol de Nápoles, San Francisco Javier Mª. Bianchi, varias veces, consolando a los nuestros que iban a visitarle, había profetizado que el viejo tronco de la Congregación volvería a florecer.
En efecto, el 5 de mayo de 1814, derribado Napoleón, se abrieron las cárceles de París y salieron los presos políticos, entre los que figuraba el P. Fontana, que pudo regresar a Milán. De allí mandó una carta al P. Antonio Mª. Grandi, Procurador General de la Orden, en la que le invitaba, siendo él General, a "dirigir una petición a Su Santidad lo más pronto posible y a poner todos los medios para conseguir una decisión rápida" que autorizara el restablecimiento de la Orden. Y añadía: -"Yo no deseo que el restablecimiento de la Congregación, para poder hallar refugio en alguna de las pocas casas que podrán volver a reponerse, a fin de proveerla de un jefe más digno que yo y retirarme en la tranquilidad que desde mucho tiempo ansío".
Sin embargo, el Padre no pudo disfrutar de esta ansiada paz. El Papa Pío VII, que se había reservado el derecho de juzgar de la oportunidad del restablecimiento de las Ordenes religiosas suprimidas, le reclamó a Roma con estas palabras: "Comuníquese al P. Fontana que le necesitamos y que le esperamos en seguida en Roma".
Allí le aguardaban numerosos encargos y la púrpura cardenalicia. Empezó el Papa por nombrarle Consultor de la Congregación por la Reforma de las Ordenes Regulares. Desde allí es muy natural que influyera para la recompaginación de nuestra Orden, que desde luego se daba por descontado.
En efecto, el Card. Gabrielli, al comunicar al P. Fontana el nombramiento, le decía: -"Por lo que a los Barnabitas se refiere, no cabe duda que serán reconstituidos".
Desde luego es resabido que la directa presencia del P. Fontana en esa Congregación fue expresamente querida por Pío VII, quien "dio a entender claramente su voluntad de restablecer nuestra Orden, de la que se declaró satisfecho". El mismo Papa, hablando del P. Fontana, General de la misma, decía: "Felicitamos a los Padres Barnabitas porque pueden tener semejante Superior".
A los pocos meses de estar en Roma el P. Fontana, en agosto de 1814, le llegó el Decreto de Pío VII, que declaraba nuestra Congregación restaurada y confirmaba como General de la misma al P. Fontana.
Inmensa, naturalmente, fue la alegría del Padre y la de toda la Congregación que saludó en él a su segundo Fundador.
El P. Darbo, francés, así se expresaba en una carta al mismo P. General, con ocasión de su elección cardenalicia, 8 de marzo de 1816: -"Consienta que uno de los ancianoos de la Congregación, escapado al torrente de la Revolución Francesa, tras haber visto de cerca mil y mil veces la guillotina, amenazado de caer víctima de la misma, le manifieste el gusto que prueba, la satisfacción que siente, al ver que Ud. mismo, oprimido por la tiranía, fiel a sus promesas, sea recompensado por su celo para la religión, por la religión misma. Honrando la púrpura romana, así Como Ud. ha honrado el hábito que yo también he vestido, Ud. será la gloria de nuestra Congregación. Ud. conserva su espíritu, yo no lo he perdido, y participo de su felicidad".
Era un reconocimiento que el P. Fontana bien merecía. Los Barnabitas habían estado al lado del Pontífice en la hora tormentada del destierro, del dolor y de la humillación, justo era ahora que encontraran en él protección, amparo y glorificación. Esa fidelidad inquebrantable al Sucesor de San Pedro, herencia inolvidable de los siglos anteriores, tuvo su merecido a la hora de la reconstrucción. Nuestra Congregación estaba muy íntimamente unida e inserta en la historia de la Iglesia. Y esto fue su ancla de salvación.
En campo social, sin embargo, mucho peso tuvo la tradición escolar que los Barnabitas. habían creado. La Revolución había convencido al pueblo y sus gobernantes de la necesidad imperiosa de una educación que tuviera por objeto el de arraigar en los corazones el respeto de la religión y de la moral. Los Barnabitas se presentaban, pues, a esa sociedad profundamente sacudida en sus principios y sus instituciones como anclaje seguro.
Es cierto que los Barnabitas no pudieron volver a la idéntica posición de la que disfrutaban a últimos de 1700. A menudo el rescate de colegios e inmuebles se hizo imposible por el sobrevenir de vínculos posteriores. Además, los miembros del Instituto,.en 1815, sólo eran 166, ya que varios habían muerto durante la tormentada época napoleónica y otros se habían colocado en parroquias u otras actividades apostólicas.
Sin embargo, ya en 1826, la situación había mejorado sensiblemente: aparte de la Provincia Alemana que no había sido tocada por la supresión, la Provincia de Piamonte había abierto 6 casas, y la Romana 10. Más difícil fue reconstituir la Congregación en Lombardía, donde había nacido.
El Card. Gaysruck se oponía a toda clase de órdenes religiosas. "Sin un milagro, es imposible aquí nuestro restablecimiento", dijo el P. Fontana. Sin embargo, presionado por todas partes, el Card. Gaysruck al fin dijo en su pésimo italiano : "Barnabiti e pasta" en lugar de "Barnabiti e basta", o sea "Barnabitas y nada más". Era el mes de septiembre de 1825.
LUZ SOBRE EL CANDELABRO
A pesar de todas estas dificultades y de la escasez de sujetos, nuestra Congregación prestó un servicio destacadísimo a la Iglesia en este siglo. Nuestros Obispos, que en el siglo anterior fueron 26, en éste sólo fueron 4, pero los cardenales 6, algunos de los cuales tuvieron una actuación de verdadero interés para la Iglesia universal. Además de los mencionados Segismundo Gerdil, Luis Lambruschini, Francisco Luis Fontana, hemos de recordar a José Granniello, Antonio Cadolini y, sobre todo, Luis Bilio, que ocupó un lugar destacadísimo en el Concilio Ecuménico Vaticano I. Este fue primero Consultor del Santo Oficio y de la Congregación del Indice. Mientras ocupaba este cargo fue el principal redactor del famosa "Síllabo", documento en que se condenaron todos los principales errores de la época. Esto lo descubrió a Pío IX que iba secretamente preparando el Concilio y en 1886 fue elevado a la dignidad de Cardenal a la edad de 40 años. La elección se reveló un verdadero acierto. En efecto, a la hora de celebrar el Concilio, fue elegido Presidente de la Comisión Dogmática preparatoria, y de la Comisión "De rebus ad fidem pertinentibus" durante el Concilio mismo. También fue uno de los cinco moderadores del Concilio.
Bajo su dirección se redactó el célebre "Schema de fide catholica", que recibió la aprobación unánime de los Padres.
Sin embargo, donde de manera especial destacó la obra de Bilio fue en la declaración de la infalibilidad pontificia, dogma que ha pasado a la historia como la cuestión fundamental del Vaticano I.
Su delicada obra de mediación y persuasión se vio coronada con la aprobación del texto conciliar que reza así: "Al Papa, en la Iglesia, no solamente corresponde la parte principal, sino la plenitud de la potestad y ésta es inmediata y ordinaria sobre los pastores y fieles", con el cual se daba el golpe mortal a las doctrinas galicanas.
Con su cordura, firmeza, competencia y bondad de trato se impuso incluso a la admiración de los disidentes. Entre tantos, valgan para todos las declaraciones de un prelado francés: "Personalmente guardo el mejor recuerdo de su Eminencia... El eminentísimo Bilio de manera especial gozaba de la reputación de religioso sabio y austero".
El estudio teológico de San Carlos
Hombres de la talla de los que acabamos de nombrar se habían formado en un centro de altísima especialización científico-técnica que marcó la pauta de la Roma estudiosa y teológica de la época, durante un breve período maravilloso de nuestra historia: "El estudio teológico de San Carlos". De allí salió también otro barnabita célebre cuyo nombre no puede ser desconocido a todo estudioso de la Sagrada Escritura: el P. Carlos Vercellone (1814-1869), el cual renunció a la púrpura, que Pío IX le ofrecía, en favor del P. Bilio, más joven que él, para entregarse totalmente al estudio de la Sagrada Escritura. Su obra principal es: "Variantes de la Vulgata" (1860), y la edición del "Código Vaticano" (1857).
No podemos olvidar tampoco al P. Luis Bruzza (l813 -1889) cuyas publicaciones de arqueología merecieron los elogios del celebérrimo Mommsen. Fundó la "Sociedad de los Cultores de arqueología cristiana" a la que se acogieron hombres como el De Rossi y Marucchi, que promovieron las investigaciones y et descubrimiento de muchas catacumbas romanas.
Por fin, es una obligación moral la de recordar, aunque sea brevemente, la figura del P. Juan Semeria (1867 -1931) del que acaba de celebrarse el primer centenario del nacimiento, último en el tiempo, pero no en méritos de esa extraordinaria pléyade de Barnabitas que se formaron en el "Estudio Teológico de San Carlos", gloria y corona del mismo, que a la profundidad del sabio unió una actividad febril de apóstol. Escritor elegante, fecundo, vario y documentado; orador poderoso e incansable; apologista vibrante y sutil, domina incontrastado con su luz, cual astro de primera magnitud, los cielos de Italia y Europa en la primera mitad de este siglo. Durante el tormentado período del modernismo, a causa de su apertura de corazón tuvo mucho que sufrir. Acusado de ser "modernista" no se defendió, no insultó, no se rebeló: aceptó humilde y resignadamente el destierro y salió de Génova para Bélgica.
Basta con leer sus obras para darse cuenta que él fue todo lo contrario que modernista: "... Sin embargo, lleno de amor y de servicio hacia todos, él, en ese tiempo, el sacerdote más benigno que estuviera en Génova, tuvo que tomar el camino del destierro.. Pero él, Padre Semeria, era Amor" (Card. Siri, 14-IX-1967).
Volvió a Italia al estallar la primera Guerra Mundial (1914 -1918) y fue nombrado Capellán militar del Mando Supremo italiano. Terminada la guerra, abandona los estudios, en los cuales había sido una auténtica celebridad y se vuelca a la caridad. A los soldados del frente había prometido que proveería a sus hijos. Cumple las promesas y pasa a ser "Padre y Siervo de los huérfanos". Con D. Minozzi da vida a una Congregación religiosa: "Los Discípulos", que tiene por misión específica la de cuidar de los huérfanos de guerra.
Comienza a viajar y recorre el mundo: Palestina, Rusia, Italia, Francia, Alemania, Estados Unidos, escribiendo y predicando (a veces hasta siete u ocho veces en un día) porque "sus huérfanos son muchos y tienen hambre"..Hasta que su cuerpo enorme cede al esfuerzo, a la continua tensión e ímproba fatiga. Muere por desgaste y agotamiento a los 64 años. Estupenda síntesis de ciencia y caridad, el ideal de nuestra Congregación.SE REANUDA LA TRADICIÓN CULTURAL
En la cultura profana la Congregación reanuda en este siglo la tradición plurisecular y a los colegios de antes, se añaden los nuevos: "San Luigi", de Bologna; "Carlo Alberto", de Moncalieri; "Alla Querce", de Florencia; que hoy en día son entre los más célebres de Italia. La Congregación renace también en Austria, Alemania, Francia y Bélgica. El compromiso de la docencia obliga a los Padres, exiguos de número, a mirar a la calidad. Tenemos así a un P. Pedro Rosati (1834 -1915), amigo del poeta Juan Páscoli, autor de elegantes poemas latinos, que varias veces obtuvieron la «magna laus» en el anual premio de Amsterdam; P. Domingo Bassi (1875-1940), experto conocedor de los Padres de la Iglesia, autor de textos de religión y conocido pedagogista, cuya obra principal: "La sabiduría en la educación" (1927), le alcanzó una fama extraordinaria.
P. Timoteo Bertelli (1826 -1905) y P. Francisco Denza (1834-1894), en sus respectivos colegios de Florencia y Moncalieri, promovieron la investigación científica y se señalaron: el primero en sismología, inventando el "Tromómetro", para medir la intensidad de los movimientos terrestres; el segundo, en meteorología y astronomía. En premio y reconocimiento de sus méritos, el Papa León XIII llamó a Roma al P. Denza para la restauración y fomento del Observatorio Astronómico Vaticano.
En el campo de los ESTUDIOS BARNABITICOS, nos complace recordar al P. Inocencio Gobio (1814-1874) ), autor de una larga serie de biografías ilustres. El P. Luis Levati (1858-1936), en su "Menologio"; obra en 12 volúmenes, repartida en los diversos meses del año, describió también la vida y obras de los principales Barnabitas desde 1500 hasta su tiempo.
P. Oracio Premoli (1864-1928), ordenó en tres preciosos volúmenes la historia de la Congregación.
Pero el que destaca sobre todos es el P. José Boffito (1864-1944), bibliógrafo y bibliófilo, que en cuatro volúmenes, "Biblioteca Barnabítica" , reseñó las publicaciones de todos los Barnabitas hasta entonces. Obra clásica de bibliografía, verdaderamente monumental, seria, científica, admirada y cotizada, por todos los bibliófilos y bibliotecas del mundo que puedan lucir algún ejemplar con el que han logrado hacerse.
En medio de todo este movimiento científico y cultural, los Barnabitas de este siglo, reducidos de número, no olvidaron el apostolado.
El P. Luis Villoresi ( 1814-1883 ), al lado del Oratorio de Monza, del que ya hemos hecho mención, dio vida a un Seminario para las vocaciones pobres de la Diócesis de Milán, que fue una verdadera bendición del cielo en aquellos tiempos difíciles para la salvaguardia de la fe en Lombardía. A su muerte en 1883, las Seminaristas eran más de 230.
MISIONES EN LOS PAÍSES ESCANDINAVOS
Pero la página más gloriosa de la Congregación en este siglo es la que describe la vuelta a las misiones en el Norte de Europa, en los Países Escandinavos.
Tras haber recubierto los más altos cargos en el interno de la Congregación, hasta ser Provincial de la Provincia piemontesa, el P. Pablo Stub (1814-1892), noruego, convertido del luteranismo, fue designado por el Santo Padre Pío IX para fundar una misión católica en los países del Norte de Europa. Para sondear el ambiente, el Padre realizó un viaje de inspección a su patria, durante el cual tuvo la suerte de conocer a otro convertido, que más tarde pasará a nuestras filas: Carlos Schilling.
Las impresiones del viaje fueron muy favorables, ya que encontró un ambiente propicio al catolicismo: "Lo que más me conmovía era el deseo de muchos protestantes de oír los motivos por los que me había pasado al catolicismo".
En 1864 estableció su residencia en Bergen, su ciudad natal donde, en medio de sacrificios sin número, empezó la construcción de una iglesia dedicada a San Pablo. Al año siguiente, 1865, la Superiora General de las Hermanas de S. José de Chambéry, que desde 1862 había levantado un colegio en Estocolmo, pidió y obtuvo que le fuera concedido, como Capellán de su comunidad sueca, el P. Juan Carlos Moro, que conocía desde su estancia en Francia.
Al lado del P. Stub, el segundo Barnabita alcanzaba así las orillas de los países escandinavos. En seguida los Superiores vieron la conveniencia de no dejarle solo y le enviaron como compañero de misión al P. César Tondini. A la llamada del P. General, este joven Barnabita contestó con letras de oro estas palabras:. «Ecce adsum», feliz con poderse acercar de a alguna manera a Rusia, con la conversión de la cual ya empezaba a soñar.
Los dos Padres no limitaron su celo al cuidado del Colegio: al poco tiempo el Vicario Apostólico de la misión les encargaba del sagrado ministerio en la capital de Suecia. Sin embargo, al ser confiado el centro católico de Oslo al P. Stub, se hizo necesaria la presencia del P. Tondini en Noruega, quedando solo el P. Moro en Suecia. En poco tiempo el renacimiento del catolicismo en las dos capitales escandinavas alcanzó un auge esperanzador y sorprendente.
Desde Oslo, el P. Stub escribía al P. General: -"La Iglesia es más concurrida que antes. Los actos se hacen con mayor continuidad y decoro; algunas personas se preparan para la conversión a nuestra santa religión".
Las comuniones, que a lo largo de todo el año 1863 fueron 186, sólo en el mes de enero de 1865 llegaron a 61. Lo que mayormente impresionaba a los hermanos separados de Noruega era el testimonio de la vida de los Padres y los ejemplos de caridad evangélica que podían apreciar en la Iglesia católica: "Sólo con dar a leer a los protestantes la historia de la fe y de las benéficas obras de caridad de la Iglesia Católica, se les proporciona un fácil y persuasivo medio para volver a la verdadera Iglesia de Cristo Jesús".
En Estocolmo, el P. Moro se reveló particularmente apto para establecer un clima favorable a la "vuelta a la unidad" de los hermanos separados del Norte.
"Su sorprendente facilidad para aprender la lengua del país, su prodigiosa memoria, sus modales tan cautivantes, su caridad sin límites, su celo prudente e iluminado -escribe la Hermana María Veyrat- le conquistaron una influencia cada vez más creciente... Su paciencia angélica, su tierna caridad le cautivaron todos los corazones, incluso de los que le eran más contrarios. Enemigos empedernidos de los católicos han tenido el gusto de conocerle y están llenos de buenas disposiciones hasta el punto de encomendarse a sus oraciones".
Sin embargo, esta misión emprendida con tanto entusiasmo y llevada adelante con tan felices resultados se fue haciendo cada vez más difícil.
Escandinavia era administrada por un Vicario Apostólico coadyuvado por algunos sacerdotes colaboradores. Estos, reducidas a lo indispensable las relaciones con el Centro de la Iglesia Católica, educados al espíritu germánico, desde hacía tiempo se llevaban con una actitud de abierta independencia. Por consiguiente es natural adoptaran una lamentable postura de desconfianza frente a los nuevos llegados formados al más rígido espíritu de disciplina y ecuménica colaboración.
En Estocolmo la envidia y oposición a la obra del P. Moro, que en todas partes suscitaba consensos y admiración entre católicos y protestantes, fue creciendo cada vez más, hasta que el buen Padre abandonó la ciudad en 1868. Se trasladó a Oslo reuniéndose a los Padres Tondini y Stub. Sin embargo, también en Noruega la obra de los Padres encontró un ambiente hostil. Había corrido la voz de un supuesto nombramiento del P. Stub a Vicario Apostólico, lo que provocó una verdadera crisis en el Clero local.
No hallando los Padres las condiciones oportunas para un apostolado eficaz, el Revmo. P. General Teppa renunció a la misión de los territorios escandinavos en las manos del Card. Prefecto de Propaganda Fide, ordenando el retiro inmediato de los Padres residentes en esos territorios (1869).
La salida de los Padres de Noruega fue definida por el "Morgenblandet", uno de los principales periódicos de Oslo, "una gran pérdida". Y, con referencia al P. Moro, el "Aftenbladet" de Estocolmo había escrito : -"¿Hasta cuándo tendremos que echar de menos al nuestro y buen P. Moro? Pero tú ahora estás lejos, tú que eras para nosotros como un pastor, un amigo, un padre. Sin embargo, aún nos queda la esperanza de que el que es el Rey de Reyes y el Sacerdote Soberano de los Obispos y de los sacerdotes, nos devolverá a nuestro perdido amigo" (30 de junio de 1868).
A pesar de todo, el P. Moro fue destinado a París y el P. Stub se dirigió a Bergen para llevar a cabo la construcción de la iglesia de San Pablo en 1876.
Más tarde los Barnabitas volvieron a Suecia, invitados en 1873 por la Reina Madre Josefina de Leuchtenberg, pero también esta vez su estancia fue breve, aunque muy eficaz y en 1887 los Barnabitas abandonaron para siempre aquellos territorios.
Los frutos más hermosos y duraderos de esta presencia barnabítica en los países escandinavos son: progresivo renacimiento del catolicismo, numerosas conversiones famosas, fomento del "movimiento ecuménico".
Entre los convertidos recordemos al pintor noruego Carlos Schilling (1835-1907), pasado al catolicismo en noviembre da 1864, quien, profesando los votos en nuestra Congregación en 1872, fue ordenado sacerdote en 1875. Con la expulsión, de los Padres de Francia, se estableció en Bélgica, donde es conocido con el apelativo de "Santo de Mouscron". Su causa de canonización ha experimentado un fuerte empuje en el clima ecuménico del post-concilio y se espera verle elevado pronto a los honores de los altares, ya que representaría un buen enlace entre católicos y protestantes.
UN PRECURSOR DEL ECUMENISMO
El P. Tondini, al abandonar Noruega, emprendió un largo viaje-peregrinación hacia Rusia, para la conversión de la cual ya trabajaba desde mucho tiempo. En efecto, recogiendo una profunda aspiración del conde ruso, Agustín Suvalov, convertido y luego Barnabita, había dado vida a una "Asociación de oraciones para el triunfo de la B. V. Inmaculada en la conversión de los esquimáticos orientales y especialmente de los rusos a la fe católica". El P. Suvalov había ofrecido su vida, desde su conversión, para el "retorno" de Rusia al catolicismo. El Santo Padre Pío IX, bendijo tan noble propósito, asegurándole "vuestro deseo se cumplirá".
A la muerte del P. Suvalov, el Tondini hizo propio el deseo del conde ruso convertido y emprendió una campaña a favor de la unión, recorriendo toda Europa: desde Francia a Rusia y desde Bulgaria a Inglaterra y Escandinavia, despertando a su paso una oleada de interés en favor de la unidad. Fue un verdadero precursor del Ecumenismo actual.
Su actitud suave y delicada obtuvo el más alto aprecio de los mismos protestantes, uno de los cuales le dijo: "Usted no ha pronunciado nunca una palabra amarga en contra de nosotros".
El Congreso Católico de Malines aprobó la iniciativa del Padre (4 de septiembre de 1867), que ya el Santo Padre había respaldado con su bendición en 1862, reiterada luego en 1869 con estas palabras: --"Dios bendiga y dirija vuestro corazón y vuestra inteligencia".
La incansable actividad del Padre, recibió su coronación con el nombramiento por parte de León XIII a consultor de la "Comisión Pontificia para la reconciliación de los disidentes" (1895), lejana anticipación del actual "Secretariado para la unión de los Cristianos", que ya contaba con la aportación de otro Barnabita, el Card. Granniello.
Esta actividad de incipiente ecumenismo tuvo larga resonancia en Congregación y el Capítulo General de 1895 -confirmado por otros diez sucesivos--- la reivindicó como propia de la Congregación al tiempo que la promovía en el interno de la misma. "El Capitulo General desea que la obra laudablemente iniciada por la Congregación para la unidad de la Iglesia rusa con la Católica, sea promovida en todas nuestras casas".
NUEVAS MISIONES
El espíritu de apertura y servicio eclesial del que hemos visto pruebas inconfundibles repetidas veces a lo largo de los siglos pasados, ha sido confirmado una vez más con la asunción de varios campos de misiones a los infieles en los últimos decenios.
En 1903, los Padres de la Provincia francesa, coartados en su ardor apostólico por la política antirreligiosa de su Gobierno, hallaron un desemboque a su actividad en Pará y Maranhão (Brasil). Fueron los comienzos de la Prelacía, que hoy en día los Barnabitas dirigen en Guamá.
En 1931, el Gobierno italiano, prestando oído a las solicitudes de los católicos de la embajada de Kábul (Afganistán), expresó a la Santa Sede la intención de instituir una Capellanía en la Legación italiana. En tal ocasión, Pío XI, reparó en esta Congregación con las siguientes palabras: "Para ese cargo preciso un Barnabita". El P. General Fernando Nápoli, comunicando esta decisión, decía: "Cuáles puedan ser los motivos de esta elección no sabría decir..., pero es cierto que el Papa conocía por experiencia que los Barnabitas estaban y están dispuestos a obedecer a los deseos del Pontífice".
| ANTERIOR | SIGUIENTE |