SIGLO XVIII: GLORIA Y MARTIRIO


 

SANTIDAD Y ACTIVIDAD TÉCNICO-CIENTÍFICA

Al llegar al siglo XVIII es un tópico hablar de "siglo de oro" entre los Barnabitas. 

La simiente arrojada con generosidad y sacrificio en el siglo anterior florece en perfección en todos los sectores individuales y colectivos de nuestra familia religiosa, que alcanza la mayor celebridad a nivel nacional e internacional en el campo de la santidad y de la cultura.

En la santidad, que nunca ha faltado en la Congregación, destacan en esta época un santo: San Francisco Javier Mª. Bianchi (1743-1815) ; un Venerable: Bartolomé Canale; tres siervos de Dios: Francisco Mª. Castelli, Miguel Angel Pane y Carlos José Fedeli, estudiantes de teología.

Solamente hemos de subrayar que la santidad del Bianchi le hizo el polo de atracción de todo Nápoles. Leía en los corazones. Durante su vida hizo grandes prodigios como el de parar la lava ardiente del Vesubio con una señal de la cruz. Fue el santo de los sufrimientos: quince años estuvo clavado en un sillón con graves dolores en las piernas que cesaban milagrosamente durante el tiempo en que celebraba la Santa Misa.

Por cuanta a la actividad técnico-científica se refiere, unas palabras del P. general Juan Pedro Besozzi que podríamos decir programáticas, marcan pauta de esta época: -"Hay que cultivar todas las disciplinas... no sólo las eclesiásticas que son las de nuestra profesión, sino también las humanas y naturales, las cuales, aunque se llamen profanas, se acompañan muy bien con la piedad. De esto no se puede dudar porque la verdadera piedad no es ni fue nunca amiga de la ignorancia. Es cuanto podemos deducir de la historia de los Padres de la Iglesia, valiosísimas lumbreras de santidad, los cuales fueron siempre los más sabios y eruditos hombres de sus tiempos'' (1765). En esto el P. Besozzi no hacía más que glosar una frase de nuestras Constituciones donde se dice: "Pietas doctrina, doctrina pietate roboretur". Por eso exhortaba a los jóvenes a "no conformarse con las ordinarias lecciones" de clase, mas a "abrazar también el estudio de las demás facultades y disciplinas"

Es natural, pues, que el culto de todas las ciencias alcanzara en esta época en la Congregación cumbres irrepetibles.

A los colegios, donde se impartía una formación humanista esmerada, acudía la flor y nata de la sociedad, atraída por el prestigio de los Maestros y rigor científico del método. Valgan para todos las expresiones de Pedro Verri como testimonio de la estima en que eran tenidas las escuelas de los Barnabita: "Reforzándose con nuevos sujetos, alcanzaron los estudios entre los Barnabitas tal nivel que aquella Congregación hoy en día -1784- es el primer ornamento de nuestra Patria. Matemáticos profundo; físicos expertos; oradores sagrados cultos y maestros de costumbres; poetas enérgicos e inspirados; profesores duchos en arquitectura, hidráulica y otras facultades: todo esto se encuentra hoy en los colegio de los Barnabitas".

Larga sería la enumeración completa de los alumnos célebres que a esta escuela tan selecta se forjaron. Recordemos sólo algunos nombres de ayer y hoy: poetas y escritores como José Parini, Alejandro Manzoni, Renato Fucini; historiadores como César Beccaría, César Cantú y Pedro Verri; músicos como Pedro Mascagni y Franco Vittadini; papas como Inocencio XI; Cardenales como G. Alberoni y R. Scilla príncipes como Carlos Emmanuele IV de Saboya; patriota como Federico Confalonieri y Tulio Dándolo; exploradores como U. Cagni; arqueólogos como G. Belvederi; astrónomos como Alfredo Oriani; Apóstoles como G. Tarra...

Más encumbrados aún son sus maestros en:

LITERATURA: 

Además del mencionado Salvador Corticelli (1690 -1758), el P. Onofrio Branda (1710 -17776) polemizó con Parini, para la defensa de la lengua toscana, en contra del dialecto lombardo. Mucho influyó también en este sentido el P. Jerónimo Rosasco (1722 -1795) con su "Rimario toscano". Y no podemos pasar por alto al P. Cósimo Galeazzo Scotti, maestro e inspirador de Alejandro Manzoni.

CIENCIAS: 

El P. Juan Pedro Besozzi, fue primero en dar a conocer en Milán los descubrimientos de Newton. 

Para el P. Pablo Frisi (1728 -1784) es ciertamente el más conocido. A los 23 años compuso una "Disquisitio mathematica" sobre la forma de la tierra, que le impuso a la admiración de los sabios toda Europa. Fue invitado a reuniones de carácter científico en varias naciones y galardonado con numerosas condecoraciones en muchos países de Europa. Durante varios años fue catedrático en la Universidad de Pisa.

No podemos por último olvidar el insigne matemático P. Francisco de Regis (1720 -1794) y el P. Ermenegildo Pini (1739 -1825), científico y filósofo, del que el gobierno austriaco repetidas veces, se valió por sus conocimientos de química y geología.

ARQUEOLOGÍA: 

Sea suficiente recordar el nombre del P. Luis Ungarelli (1779 -1843), quien logró interpretar los jeroglíficos de los obeliscos de Roma. Recogió las conclusiones de sus largas investigaciones en la monumental obra "Interpretatio obeliscorum Urbis" (1842). Por sus conocimientos en egiptología el Papa Gregorio XVI le confirió el honor de fundar el museo egipcio vaticano.

TEOLOGÍA: 

P. Carlos José Quadrupani (1740-1807), escritor de teología ascética del que se dijo: "orator tota Italia celeberrimus" . En 1795, inspirándose en la doctrina de San Francisco de Sales, mandó imprimir su obra más conocida: "Documentos para la instrucción y tranquilidad de las almas", que alcanzó 30 ediciones durante la vida del autor y aún hoy en día se sigue publicando y traduciendo a varios idiomas.

Mención especial merecen los Cardenales Luis Lambruschini (1776-1854) y Segismundo Gerdil (1718 -1802). El primero, recogiendo una tradición muy antigua en la Congregación, inaugurada por el P. Corio (1606 -1679) el «Doctor de la Inmaculada», y seguida por el P. Danielli (1656 -1706), escribió la "Disertación ssobre la Inmaculada Concepción de María", que tanto influjo ejerció en la declaración del Dogma. "Todo el mérito de aquella definición lo tiene el Card. Lambruschini, que mucho empujaba a este respecto" (Pío IX).

Veinte volúmenes comprenden las obras del segundo, el Card. Gerdil: teólogo, filósofo, polemista. Conocidísimo es su "Anti-Emile" escrito en contra de Rousseau. El mismo adversario tuvo que apreciarlo por la elegancia de la forma, la validez de los argumentos y la falta absoluta de animosidad intemperante.

MÚSICA: 

P. Juvenal Sacchi (1726-1789), profundo conocedor de la música griega y autor de obras de teoría musical.

ACTIVIDAD MISIONERA

Pero si los Barnabitas recuerdan este siglo con agrado por el esplendor teológico, artístico, científico, literario que en él alcanzaron, no les llena menos de alegría y santo orgullo el ver el entusiasmo con que nuestros Padres abrazaron, en esta época de glorias diríamos mundanas, las misiones a los infieles. Esta actividad pasará a ser en las épocas posteriores el segundo raíl por el cual corre la vida religiosa barnabítica.

De los territorios que se nos confiaron: China antes y Birmania después, los Barnabitas se hicieron cargo a raíz de una serie de circunstancias que hicieron cabo a la voluntad del Pontífice Clemente XI (1700 -1721). 

Con todo, la empresa de Birmania los Padres la llevaron adelante con tal empeño, entrega y amor que ha quedado justamente en la historia de la Congregación como el ejemplo más radiante en campo misionero.

Las misiones del Extremo Oriente atravesaban -China en particular- momentos difíciles en aquella época, debidos a las discrepancias nacidas entre los mismos misioneros sobre si "latinizar y occidentalizar" esas tierras, o "adoptar en la medida de lo posible" sus ritos y costumbres paganas para "cristianizarlas".

El Papa Clemente XI, al que se defirió la cuestión, mandó a China en 1703 a Mons. Carlos Tomás Maillard para una solución conveniente del problema, pero su misión fracasó.

Fue por eso que el Papa pensó de enviar una nueva legación en 1715, al frente de la cual puso a Mons. Ambrosio Mezzabarba, Barnabita, integrada por misioneros que no fuesen conocidos por el emperador chino. Así reparó en los Barnabitas.

El P. General de entonces, Tomás Francisco Roero, se alegró mucho de la elección pontificia y en seguida pasó a la búsqueda de "sujetos idóneos" para "semejante obra a gloria de Dios y honra de la Congregación". En esa circunstancia se pudo comprobar el elevado espíritu misionero de nuestros Padres, ya que 40 fueron los que se ofrecieron para esa misión. "Si se piensa en que había un límite de edad -de 26 a 36 años- y que los Padres eran solamente 540", esos 40 representaban un porcentaje verdaderamente extraordinario. Esta segunda legación, que salió de Roma el año 1719, tampoco tuvo éxito. Sin embargo, terminado su cometido, los Padres fueron enviados a otras varias naciones: algunos a Cochinchina, y a Camboya; otros a los reinos de Pegú, Ava y Martabán; otros a Birmania.

Mucho fue el entusiasmo para la evangelización de aquellas tierras aunque sin el resultado que se esperaba a causa de los sobornos políticas de aquellos países y de Europa.

A consecuencia de todo esto, en 1830, los Barnabitas abandonaron con mucha tristeza aquellas tierras regadas con los sudores y la sangre de algunos de ellos.

En pocos datos podemos resumir tan gloriosa historia que abarca más de un siglo: 34 fueron los misioneros que se sucedieron en Birmania a los que hay que añadir tres sacerdotes nativos, primeros frutos de la labor inteligente de los Barnabitas; 7 de ellos fueron Obispos y 4 mártires.

Las figuras que más destacaron en esta misión fueron: P. Segismundo Calchi, que se ganó la simpatía del Rey de Ava, quien le dejó predicar y le envió de nuevo a Italia como su embajador delante de la Santa Sede. Mons. Pío Gallizia, nombrado Vicario Apostólico de Birmania, por Benedicto XIV, el 29 de enero de 1741, cuando oficialmente se confiaron a los Barnabitas los reinos de Ava y Pegú. Mons. Pablo Nerini, que fundó una ciudad con un colegio, un conservatorio de música, parvulario y asilo de ancianos. Murió en su iglesia para defender la virginidad de un grupo de mujeres contra la insensatez de unos soldados borrachos y ciegos de pasión. Mons. Juan Percoto compiló un diccionario y una gramática birmana y llevó a dominar tan perfectamente esa lengua que varias veces, le tomaron por nativo. Tradujo al birmano el Evangelio y las Cartas de San Pablo.

P. Melchor Carpani, en 1776, compuso el "Alphabetum Birmanum seu Bomanum regni Avae finitimarumque regionum", base para todos los estudios posteriores lingüísticos de aquella nación.

Estas misiones, desde sus comienzos, tuvieron una fisonomía adulta: lo podemos deducir de los intereses científicos y culturales de los misioneros, de su preparación para la escuela, del interés para formar un clero indígena. También en las misiones los Barnabitas llevaron aquella nota de cultura que les distinguía. No se contentaban con un apostolado anodino, sino miraban a la especialización, adelantándose a los tiempos modernos: aprendían la lengua de los nativos, compilaban gramáticas y diccionarios; hacían estudios de la historia, geografía y costumbres de la nación, contribuyendo inmensamente al desarrollo cultural y social a la vez que religioso de aquellas naciones.

EXPANSIÓN EN EUROPA

Es éste también el siglo de la mayor expansión geográfica y demográfica registrada en la Congregación antes de la supresión napoleónica: 72 casas en 1748 y alrededor del millar de sujetos profesos en 1731.

Síntoma claro de esta pujante vitalidad es la incipiente internacionalización del Instituto: las fundaciones siguen un ritmo arrollador: Crema, Loches, Parma, Passy, Udine, Bazas, Cortona, Guéret, Bérgamo, Finalmarina, Porto Maurizio, Serravalle, Casale, Santa Margherita am Moos, Aosta...

Debido a este crecimiento tan rápido, en 1701 es canónicamente erigida la Provincia Francesa y en 1749 la Provincia Alemana.

Los nuevos territorios en que es implantada la Congregación no tardan en dar sus frutos. En 1725 es un francés el que alcanza la suprema dignidad de General, P. Augusto Capitain, y en 1761 un alemán, P. Pío Manzador.

EN LA TORMENTA

Aurora tan radiante y cargada de promesas hacía presagiar una tarde apacible y rica en abundante frutos para la Congregación...

Sin embargo, el vendaval de las leyes antirreligiosas de Austria y Francia de fin de siglo minaron gravemente la gloriosa Planta de Pablo, que quedó sacudida y castigada hasta hacer temer por su vida.

Los acontecimientos se sucedieron en este orden. En 1781 José II de Austria emanó un decreto con el que declaraba a la Provincia Lombarda separada del resto de la Congregación. Por consiguiente: cesaba toda relación de dependencia con los superiores mayores residentes fuera de Lombardía; la Provincia Lombarda había de formar una Congregación autónoma con sus leyes y su jerarquía; ningún miembro de dicha Provincia podía ir a Roma para tomar parte en el Capítulo General; el Capítulo Provincial tenía plena facultad para nombrar Superiores Provinciales y locales; todos los religiosos extranjeros residentes en este territorio que no suscribiesen tal edicto tenían que abandonar el mismo.

Y esto no era el comienzo de la prueba. En 1782 -1783, el Archiduque Leopoldo, siguiendo el ejemplo de Austria, suprimía nuestras casas de Toscana: Pescia, Florencia, Livorno, Pisa. El P. Cortenovis aceptó el Decreto con estas palabras llenas de fe: -"No se puede hacer más que bajar la cabeza delante de las disposiciones de Dios y decir que éste es el tempus destruendi".

Más tarde es el turno de Francia. A consecuencia de las ideas revolucionarias anticlericales que allí dominaban, con una disposición sumamente unilateral, los bienes del Clero fueron confiscados y pasaron a disposición de la nación en 1789. El año siguiente; 1790, la "Asamblea Constituyente" suprimía todas las Congregaciones religiosas, promulgando la "Constitución civil del Clero". Nuestra Congregación contaba entonces en Francia con un centenar de sujetos, repartidos en 10 casas.

La Revolución Francesa desbordó a Italia, llevada por los ejércitos de Napoleón, y desde 1796 fueron desapareciendo nuestras casas de las Provincias Lombarda y Romana.

En este período es de destacar la actuación de los Cardenales Segismundo Gerdil y Francisco Fontana.

El primero, al fallecer Pío VI el 28 de agosto de 1799, prácticamente había sido nombrado Papa en el cónclave que a continuación tuvo lugar en Venecia. Sin embargo, por oposición de Austria, que expresó su disconformidad por medio del Card. Hertzan, por considerar al Gerdil súbdito francés, tuvo que ser sustituido.

El segundo, el Card. Francisco Fontana, fue íntimo amigo de Pío VII, al que acompañó en su destierro a Francia en 1809, y por amor del cual soportó incluso la cárcel (1811). El Papa le consultaba a menudo en asuntos importantes. Algunas de sus expresiones más frecuentes eran: "Escúchese también al P. Fontana; que pasen estos impresos al P. Fontana para que los examine; definiremos cuando hayamos oído el parecer de Fontana".

A consecuencia de esta adhesión del Fontana y de los Barnabitas al Santo Padre, el 25 de abril de 1810, salió un decreto imperial que suprimía todas las órdenes religiosas en Italia, con una mención especial de los Barnabitas. Prácticamente nuestra Congregación sobrevivió en 5 casas, que fueron: Roma (San Carlos), Arpino, Bologna, Milán (San Alejandro), y Monza.

Estas persecuciones si por una parte impidieron el desarrollo de la Congregación, por otra, sirvieron a purificarla de todas escorias humanas, de esa "carne y sangre" que inevitablemente se echa encima a toda institución que se entrega al servicio de Dios.

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