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Mohammed Atta. Un fanático de 33
años que seguía a rajatabla la Ley coránica y que estuvo preparando el más
atroz de los atentados durante varios meses. Que trazó con la frialdad del más
irracional creyente un plan meticuloso para secuestrar un avión de pasajeros,
modificar su ruta y estrellarlo contra el edificio más emblemático del planeta.
Que se había entrenado para ello en varias escuelas de aeronáutica. A quien no
le importaba sacrificar miles de vidas, si era por glorificar a su dios y a su
jefe. Que ni tan siquiera se planteó que para lograrlo debía inmolarse… en
nombre de Alá.
El suicida Mohammed Atta.
Sólo dos días después de la
tragedia del 11 de septiembre, el FBI señala la existencia de 19 pilotos
suicidas como responsables de los atentados, entre quienes estaba Mohammed
Atta. De inmediato, se le señala como uno de los hombres clave en la operación
orquestada por Bin Laden. Al parecer -siempre según el FBI-, había aterrizado
el día de autos en el Aeropuerto Internacional Logan de Boston a las seis de la
mañana. Dos horas después, tal y como reco gieron las cámaras de seguridad del
aeropuerto, se sube al vuelo 11 de American Airlines con destino a Los Ángeles.
Junto a los otros secuestradores, toma los mandos del Boeing 767, con 81
pasajeros a bordo, a las 8.15 horas. Modifican el plan de vuelo; se dirigen
hacia Nueva York; giran a la derecha, pican con maestría hasta situarse a tan
sólo 300 metros de altura y hacen chocar el avión contra la torre norte del
World Trade Center (WTC)… Son las 8.48: la guerra ha comenzado.
Pero esta versión -la oficial- presenta extraordinarios agujeros negros. Atta
es un saudí del Golfo; allí, la tradición de los terroristas suicidas ha sido
siempre defenestrada por el imperante wahabbismo. Por lo que sabemos, tampoco
las costumbres de Atta parecen las propias de un musulmán que hacía del Corán
su modo de vida. Un ejemplo: se emborracha en un pub próximo a Miami cuatro
días antes del atentado, un viernes, el día sagrado musulmán.
También resulta sospechoso que los secuestradores del vuelo 11 se dejaran un
panfleto con instrucciones de vuelo en su coche junto con retratos de Bin
Laden. O que fueran capaces de pilotar una fortaleza ingobernable como es un
Boeing 767 durante media hora, efectuando giros complejos a baja altura y
dirigiéndolo como un misil hacia las Torres Gemelas, cuando habían pilotado hasta
ese momento sólo pequeñas avionetas Piper y Cessna. O que el pasaporte de un
suicida fuera encontrado casi intacto el día de los hechos entre los escombros
de las Torres Gemelas, logrando sobrevivir a los 1.000 grados de temperatura
que durante horas asolaron el WTC. O -y esto ya no es una conjetura- que ni su
nombre ni el de ningún otro ciudadano árabe aparezca en las listas oficiales de
pasajeros de ese vuelo.
Conviene no olvidar que la cadena CNN, por ejemplo, barajó entre las primeras
hipótesis la posibilidad de que los aviones suicidas hubieran sido
teledirigidos. En este mismo sentido, el diario de Bahrein The Gulf News
propuso un escenario alternativo. Se basaba en los estudios del piloto Ishaq
Kuheji, para quien resultaba imposible que pilotos sin experiencia hubieran
sido capaces de manejar los mandos del Boeing con la precisión de un veterano.
En su opinión, es más factible pensar que los sistemas de navegación de los
aviones fueran programados con anterioridad, lo cual explicaría las complejas maniobras
efectuadas por los aviones.
Pero si los atentados de Nueva
York presentan dudas más que inquietantes, el ocurrido en el Pentágono es un
auténtico pozo de incoherencias. En Francia acaba de publicarse el libro La
terrible impostura, de Thierry Meyssan, el responsable de la crítica Red
Voltaire, formada por políticos, periodistas e intelectuales que se han
caracterizado siempre por sus batallas sociales y su búsqueda de la verdad.
Entre otros logros, se les debe el fin del asalto político que llevó al
ultraderechista Le Pen a cosechar continuos éxitos electorales.
Meyssan expone una serie de
pruebas que ponen en jaque a las versiones oficiales sobre los hechos del 11-S.
Asegura que tras los atentados -y tras Bin Laden y sus socios- podrían
encontrarse determinados órganos del establishment político y militar de EE UU.
Las duras críticas recibidas no han hecho mella en el fondo de sus
argumentaciones: «Esa fuerza inmisericorde ha dejado en pie la casi totalidad
de interrogantes que ha suscitado el 11 de septiembre y que es imperativo
contestar», escribía en El País José Vidal-Beneyto a propósito de un libro que
ha vendido ya 120.000 ejemplares.
El 7 de marzo, la cadena NBC
daba a conocer la contradictoria filmación del atentado contra el Pentágono. La
secuencia muestra cómo se produce en la base del edificio una terrible
explosión. Al parecer, «alguien» la había filtrado sin autorización… ¿Por qué?
La razón podría esconderse en la misma secuencia, en la cual no se ve ningún
avión de pasajeros chocando contra dicho edificio. Sólo tras visionarla
repetidas veces se observa cómo un pequeño objeto alargado de pocos metros de
longitud se aproxima al edificio a ras de suelo. Sin duda, no es un Boeing…
Casualmente, sólo unos días
antes de que se filtrara esta filmación, Meyssan ya había mostrado una serie de
pruebas que parecían contradecir la versión oficial del incidente. Diversas
fotografías -que acompañan este reportaje- se convirtieron en argumentos de
peso para sostener sus tesis.
Pero vayamos por partes. Cuando
emergieron las dudas sobre el suceso del Pentágono, decidí centrar mi búsqueda
en las informaciones que se ofrecieron horas después de los sucesos. Recordará el
lector que cuando se produjo el atentado sobre Washington -a las 9.43- el
planeta llevaba una hora estremecido con las imágenes del Word Trade Center.
Los primeros teletipos informaban no del estrellamiento de un avión, sino de
una explosión en el interior del Pentágono. Luego se hablaría de dos
deflagraciones, e incluso de un camión-bomba. La existencia de una aeronave
involucrada sólo aparece una hora después de los hechos, cuando se alude a un
testigo que observó «un pequeño avión sobrevolando el Pentágono». Sólo
entonces, esta tesis cobra fuerza y se recuerda que, a las 9.10, se había
perdido el rastro de un avión que había despegado desde el aeropuerto Dulles de
Washington. Al parecer, la aeronave dio media vuelta cuando se encontraba sobre
Ohio, dirigiéndose de nuevo hacia la capital.
Sin embargo, los testigos del
incidente de Washington brillan por su ausencia. Katty Kay, corresponsal de The
Times, es quien recoge los primeros testimonios. Uno de ellos es el de Alan
Graham, que estaba aparcando su coche a 300 metros del edificio cuando
-asegura- «oí un tremendo ruido; pensé que se trataba de un avión que pasaba
sobre mi coche hacia el aeropuerto». Pero sólo oyó el avión… No lo vio. Tampoco
observó la supuesta aeronave otro testigo presencial, el asesor del Partido
Demócrata Paul Begala: «Vi una gran bola de fuego anaranjada», dijo. «Como la
estela de un avión», añadió Dave Winslow, reportero de la agencia de noticias
A.P. Ninguno de ellos -insisto- vio un Boeing… Y quienes vieron «algo», no
dudan en calificarlo de «pequeño», como informaría la ABC. Michael Kelly
explicó a la CBS lo siguiente: «Vi una aeronave que venía a muy baja altura, y
lo siguiente que observé fue una tremenda explosión. Era un avión pequeño». Lo
que no pudo precisar es si ese aparato impactó o no contra el edificio; nadie
asistió a esa escena. Ni siquiera un testigo perfectamente ubicado, el
periodista español Javier Sierra (no confundir con el actual director de Más
Allá), que se encontraba desayunando en una terraza junto al río Potomac: «De
repente -nos explica- oí el ruido de motores de avión, seguido de una enorme
explosión que conmocionó a personas y objetos. Me asomé a la derecha y vi una
bola de fuego naranja mezclada con una espesa nube de humo negro levantarse
sobre el Pentágono». Sin embargo, tampoco fue un testigo directo del impacto
del avión. Sencillamente, no los hubo.
Entre los escombros del
Pentágono no se aprecian restos de fuselaje de un avión. Además, los
desperfectos ocasionados son mínimos si tenemos en cuenta las enormes
dimensiones de un Boeing 757.
De acuerdo a la versión oficial,
en un principio, el avión parecía dirigirse hacia la Casa Blanca. Sin embargo,
prosiguió su rumbo en dirección hacia la cara del Pentágono en donde se
encuentran las oficinas de los altos cargos y, al superar el Potomac, efectuó
un giro para estrellarse en la cara opuesta, justo en un sector del edificio
que casualmente estaba prácticamente desocupado, puesto que había sido
reformado y los funcionarios aún no se habían ubicado en las nuevas oficinas.
Pero un análisis crítico de los
hechos vuelve -nuevamente- a traicionar la versión oficial. De acuerdo a los
datos ofrecidos por el Gobierno, el avión efectuó tras sobrevolar el río un
giro de 180 grados… a casi 700 kilómetros por hora. O lo que es lo mismo: la
maniobra se habría realizado a 10 G, imposible de ser asumida por humano
alguno. Para que nos hagamos una idea: un F-16 puede ejecutar maniobras de
hasta 9 G, el límite de lo que soporta un piloto. Un Boeing, claro está, no puede
emularlo y, mucho menos, con un piloto sin experiencia. «Además, la maniobra,
según los pilotos consultados, habría hecho perder al piloto el mando del
avión», asegura Joe Vials, un investigador privado que ha estudiado los hechos,
concluyendo que es harto improbable pensar que el piloto suicida, tras el
brusco giro, hubiera sido capaz de gobernar el avión y enfilar con tino hacia
el Pentágono a tan baja altura como en un aterrizaje, cuando según el FBI
fueron precisamente los aterrizajes y despegues lo que menos importaba a los
suicidas cuando se instruyeron en escuelas de vuelo.
La fachada del Pentágono
permanece en pie, ¿cómo es posible? Y, ¿dónde están los restos del avión?
Casualmente, el único testigo de
los acontecimientos que narra una versión coincidente con la oficial es el
capitán del Ejército Lincoln Liebner quien, horas después de los hechos,
aseguró haber visto al avión chocando contra un helicóptero y luego contra el
Pentágono. Nada de esto se observa en la reveladora filmación…
Pero las pruebas más rotundas -y
en las que Meyssan sostiene sus dudas- son las fotográficas. De los análisis de
las imágenes se deducen las siguientes conclusiones:
1º. En un principio se informó
que el impacto había afectado a cuatro de los cinco anillos del Pentágono.
Dicha información no es cierta, pues las imágenes muestran que sólo el primer
anillo se colapsó. La otra parte del edificio dañada lo fue por culpa del
posterior incendio.
2º. El impacto de un avión de
cientos de toneladas debería haber provocado el derrumbe de la fachada. De
hecho, en las imágenes ofrecidas por los medios de comunicación, aparece
derruida. Sin embargo, las tomadas inmediatamente después del supuesto impacto
muestran en pie el sector afectado el mismo. En éstas no se aprecian más que
daños estructurales exteriores y algunos focos ígneos: el derrumbe llegó
después. Pero el edificio quedó en pie. Es más: el Boeing 757 que se habría
estrellado mide 13,6 m. de altura y, sin embargo, en las imágenes captadas tras
el suceso, sólo la primera planta parece afectada, cuando -teniendo en cuenta
las dimensiones de la aeronave- el impacto debió haberse producido en la
tercera planta o incluso más arriba.
3º. El sector dañado mide 19
metros de ancho y 15 de profundidad. Sin embargo, la envergadura del Boeing es
de 38 metros y su longitud de más de 47. Es difícil comprender que una
fortaleza de tales características hubiera provocado un desperfecto tan
pequeño. En todo caso, si el avión hubiera chocado sin penetrar en el edificio
cientos de pedazos de fuselaje habrían quedado esparcidos por el terreno. No se
encontró, sin embargo, pieza alguna del mismo: «Por decirlo de otra forma, no
hay trozos del fuselaje, ni nada parecido», señaló al día siguiente de los
hechos Ed Plauger, capitán de bomberos que comandó las operaciones.
4º. Si el Boeing hubiera llegado
a ras de suelo, en el terreno colindante al sector del Pentágono en donde se
produjo el incidente, la hierba y los alrededores estarían arrasados. En las
fotografías, apenas se observa nada. Es más, Meyssan señala que dichas imágenes
«muestran cómo sobre la hierba intacta se vertieron toneladas de tierra… ¿por
qué?». El investigador francés sospecha que para ocultar pruebas… Pruebas que
confirmarían que ningún avión se estrelló contra el Pentágono. Sin embargo,
todos los pasajeros del vuelo 77 de American Airlines murieron. ¿Qué ocurrió
con el Boeing? Todo parece apuntar a que la aeronave fue interceptada y
derribada por un F-16 y que un misil «perdido» fue el verdadero causante de la
tragedia de Washington.
Un misil "perdido" de
un F-16 pudo ser el verdadero causante de la tragedia del Pentágono.
Trama financiera
Algunos investigadores van más
lejos y ven en lo ocurrido el 11-S una conspiración tramada desde el corazón del
Imperio. De hecho, los movimiento bursátiles detectados seis días antes de los
atentados invitan a pensar que alguien parecía prever lo que acabaría
ocurriendo. Las acciones de las compañías aéreas involucradas en los trágicos
sucesos cayeron en picado. Además, las opciones sobre compra de las
participaciones de empresas asentadas en el WTC se multiplicaron. Los
beneficios de las operaciones alcanzaron varios cientos de millones de dólares:
«Es el delito por aprovechamiento ilícito de informaciones privilegiadas más
importante jamás registrado», indicó en su informe la Organización
Internacional de Comisiones de Valores.
Pese al poderoso sistema de
protección de datos que existe en el entramado bursátil norteamericano, parece
que los grupos financieros Alex Brown y Carlyle capitalizaron el beneficio. En
cuanto se confirmó este extremo, el FBI fue apartado de la investigación que se
puso en marcha. Y es que, como veremos en un próximo reportaje, tras estos
grupos se encuentran hombres muy poderosos que forman parte del Gobierno
estadounidense y, más concretamente, miembros del clan familiar del presidente
Bush.
Ralph Shoenman, quien fue
secretario de Bertrand Russell, es uno de los estudiosos que están liderando en
EE UU la interpretación crítica de los acontecimientos del 11 de septiembre.
También él apunta al corazón del Imperio y recuerda el contenido de un
documentos secreto de 1962 recientemente desclasificado. Se refiere a la
iniciativa conocida como Operación Northwoods, una maquiavélica trama oficial
que tenía por objeto buscar excusas para invadir Cuba: «Podemos secuestrar y
derribar un avión de pasajeros nuestro y echarle la culpa a Fidel, como hicimos
con el Maine», se lee en dicho documento.
Para
consultar este artículo ver revista:
Año/Cero
Nº 142 Las grietas de la "versión oficial"
Bruno
Cardeñosa