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Once de Septiembre: el capítulo oculto del World Trade Center de New York y del Pentágono
James Petras
Los atentados de los suicidas, secuestradores de aviones,
tanto en Nueva York como en Washintogn, no fueron actos de venganza basados en
criterios religiosos, sino en la estrategia económica que revelaba un
conocimiento excelente de la situación, tanto económica como 'espacial', de sus
objetivos, así como el funcionamiento de cada uno de los ciclos de la economía;
momentos y lugares fueron elegidos con el objetivo de maximizar todo el efecto
estratégico de los atentados sobre la economía estadounidense, no por infligir
gran número de víctimas mortales.
El pasado once de
septiembre, los medios de comunicación ofrecían al mundo imágenes de la
tragedia; gente saltando por ventanas, edificios derrumbándose y heróicos
bomberos y policías muertos en el intento de rescatar las víctimas; contaron
que 10.000 ciudadanos norteamericanos eran víctimas del ataque indiscriminado
contra Estados Unidos.
Sin embargo, la investigación
periodística nos ofrece una idea bien distinta de lo ocurrido el 11 de
septiembre. El número total de víctimas, según Cruz Roja norteamericana, es de
2.563 personas. Según
Associated Press, fueron 2.625. Casi el 40 por
ciento eran extranjeros que trabajaban en EE UU. En otras palabras, la cifra
total de víctimas mortales supera los 1.500. La cifra dada por las autoridades
de Nueva York hablan casi del doble de víctimas (4.964); tiene probablemente
intencionalidad política, con objetivo de obtener nuevos fondos del Gobierno
federal para reconstruir el distrito financiero. La pregunta es si la muerte de
1.500 ciudadanos merece o justifica una guerra que ya ha desplazado a más de
tres millones de afganos, y que ha matado a muchos millares de civiles a
consecuencia de tanto bombardeo, hambre y enfermedades.
En segundo lugar, el World Trade Center
(WTC) no era únicamente un símbolo de poderío económico; era también un centro
operativo de la CIA y los Servicios Secretos, según informó el periódico inglés
The Guardian. Los sótanos, situados a más de treinta metros del suelo,
contenían cientos de armas incluidos rifles de asalto, paquetes de cocaína y
taxis falsos, utilizados en operaciones secretas en el interior de EE UU. En
otras palabras, la CIA utilizaba la tapadera civil del WTC para utilizarla como
centro logístico y operaciones, poniendo en peligro de modo irresponsable la
vida de civiles que trabajaban allí.
En tercer lugar, los sótanos del WTC
eran los depósitos de oro más grandes del mundo. El valor del oro allí
depositado se calcula en 350.000 millones de dólares. Entre los ocupantes del
WTC había varios de los grandes financieros de EE UU, directos responsables de
golpes de Estado en el extranjero y de la deuda del Tercer Mundo. Entre los que
destacan J.P. Morgan, Merril Lynch y compañías financieras que controlan la
economía mundial.
Contra la hegemonía de EE UU
En otras palabras;
esto no ha sido un ataque indiscriminado contra América sino un ataque político
contra el objetivo militar-financiero central del imperio mundial
estadounidense; en Washington, el propósito político (Pentágono) está directamente
involucrado en planificar y ejecutar la estrategia militar norteamericana, que
tiene como objetivo eliminar los regímenes nacionalistas y socialistas,
reforzar la hegemonía de Washington y proteger las redes financieras e
inversiones norteamericanas.
Esto lleva a la pregunta esencial de si
la declaración de guerra de Washington se basó en el reducido número de
ciudadanos norteamericanos muertos (unos 1.500), o en el contenido
político-económico del WTC y del Pentágono. El hecho de albergar a la CIA y los
Servicios Secretos en lo que nominalmente eran edificios civiles daba a los
Servicios Secretos una tapadera que protegía sus actividades en la Nueva York;
pero al mismo tiempo, situaba a los ocupantes del WTC en la línea de fuego de
los muchos adversarios que tiene la CIA. Algunas de las víctimas del WTC eran
conocidos estafadores. Poco después del once de septiembre, la dirección de
First Equality Enterprise, con oficinas en el WTC, utilizó los ataques suicidas
para llevarse 100 millones de dólares en fondos fraudulentos.
Desde entonces han salido a la luz
numerosos casos de fraude y explotación comercial, incluyendo exageradas
reclamaciones a las aseguradoras, como venta de recuerdos (de atentados) en la
calle, desaparición de millones de dólares de ayuda financiera, destinada a
familias de víctimas (el presidente de Cruz Roja estadounidense tiene un sueldo
anual de 350.000 dólares), etcétera. Ese hecho no es sorprendente, si tenemos
en cuenta la brutal competencia que existe entre las instituciones financieras
y los asesores de inversión con sede en el WTC. Si bien no cabe duda de que
secretarias y conserjes también fueron asesinados en el ataque, hubo un número
desproporcionadamente alto de víctimas del mundo financiero y de especulación
del mercado de divisas. La cuestión teórica es que la explosión de los
sentimientos belicistas de Washington probablemente haya tenido más que ver con
la calidad, no con la cantidad de las víctimas y su influencia real en los
mercados de las finanzas mundiales; el subsiguiente choque sobre la economía
estadounidense (miedo de inversores y banqueros, bajada de la bolsa), tuvo muy
poco que ver con secretarias y conserjes, y sí mucho con la importancia
económica de las instituciones afectadas. Es más, los ataques coinciden con una
recesión cada vez más notable, y han servido para acelerar la crisis económica.
En el mes de octubre, más de 450.000 trabajadores perdían sus empleos, lo cual
supone la cifra más alta de los últimos tiempos. Claramente, la decisión de los
terroristas suicidas no era una acción de venganza basada en criterios
religiosos, sino en una estrategia económica que revelaba unos conocimientos
excelentes de la situación, tanto económica como espacial, de sus objetivos, y
el funcionamiento de los ciclos de la economía. Tanto el momento como el lugar,
fueron elegidos con el propósito de maximizar los efectos estratégicos de los
atentados en toda la economía estadounidense; no para infligir el mayor número
posible de víctimas humanas; en resumen, el once de septiembre tiene dos caras:
la de tragedia humana y el heroísmo individual que vimos en CNN, y el conflicto
de poder económico y político entre el imperio de Estados Unidos y sus
adversarios del Tercer Mundo.
Medios de comunicación y Washington han
manipulado la tragedia humana para desviar la atención sobre dimensiones
económica y militar del conflicto. Esta manipulación, sin duda, ha sido
evidente incluso para bastantes sectores importantes de la sociedad
estadounidense.
El alcalde, con los ricos
Dos meses después de
los atentados, los bomberos de Nueva York, que recibieron alabanzas del alcalde
por su heroísmo, se manifiestan junto a las ruinas del WTC para protestar
porque recortaban los presupuestos destinados a la contratación de personal
para los desescombros. Guiliani, el alcalde, llamó al cuerpo de bomberos
amotinados que no respetaban la ley, y alabó a la policía por la represión de
las protestas. El alcalde recortó el presupuesto de bomberos para reconstruir
el centro financiero. Los héroes de ayer eran hoy forajidos.
Ayer, víctimas; hoy, al paro
Igualmente, los
beneficiarios de las ayudas federales no son los trágicos exempleados que
perdieron el trabajo, sino sus millonarios jefes.
Los empleados que sufrieron la tragedia
del once de septiembre se convertían de nuevo en víctimas; esta vez, del
Gobierno de la ciudad, de sus jefes y de Washington; como las víctimas han
dejado de ser útiles como instrumento de propaganda política a favor de la
guerra, se les ha dado de lado y, hoy, hacen cola delante de las oficinas de
empleo. Lo que quiero decir es que el del once de septiembre fue un acto
complejo, en el que la tragedia humana y las cuestiones políticas estratégicas
se entremezclan; explotación, distorsiones y ocultaciones de información por parte
del Gobierno federal y los medios de comunicación de Estados Unidos, no
empequeñecen toda aquella enorme tragedia humana.
Sin embargo, todo sugiere que, debido a la naturaleza estratégica
de cada objetivo, los terroristas suicidas actuaron con una premeditación
racional; si su intención era retar al imperio, eligieron un objetivo
importante; aunque los daños colaterales civiles, sobre todo y antes que toso,
fueran espeluznantes.
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