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ENTREVISTA
a Gore Vidal, escritor estadounidense
CONSPIRACIÓN “No soy un paranoico de las conspiraciones, pero EE.UU.
es un país de accidentes” / PETRÓLEO “Los Bush, Cheney, Rice y Rumsfeld tienen
conexiones petroleras” / MOHAMMED ATTA “La CIA pudo saber la conexión entre el
espionaje pakistaní y Mohammed Atta” / BIN LADEN “Los norteamericanos aún no
saben que Saddam no es amigo de Bin Laden”
Miércoles,
26 de febrero de 2003
KENNETH HUBBARD - 26/02/2003
Servicio especial
El escritor norteamericano Gore Vidal analiza en esta entrevista las zonas más
oscuras de la sociedad y el Gobierno de Estados Unidos. Gore Vidal afirma que
la prensa norteamericana informa parcialmente sobre la realidad, y revela
hechos muy graves, como una posible conexión triangular entre la CIA, el
espionaje pakistaní y uno de los terroristas del 11-S. El escritor
estadounidense habla también de los intereses petroleros que se esconden detrás
de una guerra en Iraq.
–¿Qué opina de la televisión norteamericana, especialmente de los noticiarios y
los canales de televisión por cable?
–Creo que están haciendo su trabajo de manera tal que nadie entienda nada. Tal
vez ésa sea la magia de la televisión. Nunca se hizo realmente un gran esfuerzo
para dar información y elementos de juicio que explicaran lo que pasa. El
pueblo norteamericano, al menos por lo que indican los datos de la CNN, todavía
no se enteró de que Saddam Hussein no es precisamente el mejor amigo de Ossama
Bin Laden. Creen que funcionan como una sola persona y que ambos nos atacaron
el 11 de septiembre. Pero la idea de que si se ataca a uno también se está
atacando al otro viene como anillo al dedo para los propósitos de los
partidarios de la guerra. Desde que el presidente anunció que sólo él puede
decidir qué es una guerra y sólo él puede decidir un ataque preventivo contra
otro país, Estados Unidos dejó de ser el país que yo conocía.
–¿Lo han acusado de adherirse a las teorías conspirativas?
–Nunca fui periodista, aunque los respeto y los adoro. Por eso no suelo dar
opiniones como si se tratara de hechos. En mi nuevo libro, “Dreaming war” (“Soñando
la guerra”), me esforcé mucho por plantear hechos. El año pasado escribí otro
llamado “Perpetual war for perpetual peace” (“Guerra perpetua por paz
perpetua”). En ese libro me preguntaba por qué hace 50 años que estamos ante
una guerra inminente. Primero venían los rusos... y, finalmente, nunca
vinieron. Ahora son otros los que nos amenazan y están por llegar en cualquier
momento. Se trata de un buen negocio cuyos motivos no son difíciles de
adivinar. Para dejar claro de que trabajo con hechos, tomo los datos de diarios
como “The Wall Street Journal”. Y me preocupo mucho por ser preciso. A mí me
gusta mucho Arthur Schlesinger en cierto sentido mórbido. Arthur siempre dice
que sí al poder, y los historiadores no deben hacer eso si quieren contar la historia
real, ya que el poder tiene sus propios intereses. Él se enamoró de la familia
Kennedy y se puso en situaciones incómodas. También estaba enamorado de la
familia Roosevelt. Yo soy un gran admirador tanto de Franklin como de Eleanor
Roosevelt, pero él se extralimita. Hay que adoptar una posición más equilibrada
sobre lo que hizo la gente (algo que a nadie parece seguirle importando) y por
qué lo hizo. Sobre la teoría de la conspiración. Somos un país de accidentes.
Seguimos asesinando hombres públicos y nunca descubrimos quién lo hizo. Tampoco
parece que eso importe mucho. Después la gente me dice: “Ah, usted es un
teórico de la conspiración”, y empieza a reír de forma histérica. Hay otra cosa
extraordinaria que señalé hace poco por televisión. Fíjese: Bush padre estuvo
en el grupo petrolero Carlyle; Bush hijo, en Harkins Oil; el vicepresidente
Cheney, en Halliburton Oil; Gale Norton, la secretaria de Interior, también
está vinculada al petróleo; Condoleezza Rice tiene relación con Exxon y Texaco,
y el jefe del Pentágono, Donald Rumsfeld, fue un hombre de la petrolera
Occidental. Mientras yo enumeraba, veía que ya empezaban a minimizarlo.
Entonces dije: “No voy a decir que hay una conspiración. Yo no creo en
conspiraciones. Pero, ¿me van a decir que es una coincidencia que estén al
frente de EE.UU. y que estemos a punto de ir a la guerra por el petróleo de
Iraq?
–Hace un tiempo usted dijo que Bush Jr. sabía de antemano lo que pasaría el 11
de septiembre. ¿Sigue sosteniendo eso?
–Todo está explicado en mi libro “Dreaming war” (“Soñando la guerra”). Tiene
como subtítulo: “Blood for oil and the Cheney-Bush junta” (“Sangre por petróleo
y la camarilla Cheney-Bush”). Así nos gobiernan en la actualidad. Obtuve mucha
información a través de los distintos diarios del mundo, a los que cualquiera
puede tener acceso. Pasaron dos cosas, y las cuento en detalle basándome en
información oficial. Durante una hora y media supieron que los aviones que
habían despegado de Boston habían sido secuestrados. La Dirección Federal de
Aeronáutica (FAA, sus siglas en inglés) los siguió en el radar y vio que se
dirigían a Washington. En la FAA existe una ley que exige (mi padre fue
director del organismo y creo que fue él quien impuso esa ley) que, en casos de
secuestros de cualquier tipo, la fuerza aérea debe intervenir en cuestión de
cuatro o cinco minutos. No lo hizo. Eso me llamó la atención. No llegaría al
extremo de calificar la situación de conspiración. ¿Conspiración de quién? ¿Por
qué no intervinieron?
–¿Por qué no intervinieron?
–La situación era muy clara, sobre todo en el caso del avión que se dirigía al
Pentágono. En Washington, la oficina del general Maher permaneció muda.
Pensaron que se dirigía a la Casa Blanca, pero la dejó atrás y avanzó muy
rápido, a más de 700 kilómetros por hora, hacia el Pentágono. Pero tampoco
entonces hubo reacción. Es la capital del mundo, pero nadie respondió. Y
luego... bang, bang, bang, los impactos: las Torres Gemelas, el Pentágono y el
avión que cayó en Filadelfia.
–¿Ahí nace su deseo de investigar?
–Pensé que eso bien merecía una investigación. Como tengo muy mal carácter y
soy un norteamericano atípico, solicité una investigación. El 12 de setiembre,
George W. Bush convocó al Congreso y consiguió que la Comisión Conjunta del
Senado y la Cámara de Representantes no celebrara audiencias. El argumento fue:
“Eso haría que distrajéramos fuerzas de la lucha contra el terrorismo”. Yo
habría dicho: “Éste será el comienzo de la lucha contra el terrorismo”. Pero él
pensaba lo contrario, de modo que decidió que dos pequeñas comisiones se
ocuparan del terror. No se hizo nada. Consiguió que legisladores como (Tom)
Daschle, (Trent) Lott, (Dick) Gephardt y otros aceptaran eso. O sea, nunca se
investigó nada, a pesar de que se trataba del golpe más grande que habían
sufrido EE.UU. en su historia, más grave incluso que Pearl Harbor. Hay muchas
cosas turbias al respecto. Por lo menos Roosevelt se apuró a crear un grupo que
investigara por qué los japoneses nos habían atacado en Pearl Harbor, y lo
mismo hizo el Congreso, que, como no confiaba en Roosevelt, creó su propia
comisión. Esta vez no se hizo ningún intento de investigar.
–Es una acusación grave...
–Hay algo todavía peor que revelo en este libro. Algo que realmente me asusta.
Lo publicó el periódico “Times of India” unos días después. El diario informaba
que el director del servicio secreto pakistaní (agencia que venía trabajando
estrechamente con la CIA) se reunió con Tenet, su homólogo norteamericano, en
Washington. Hasta ahí, se trataba de una de las habituales reuniones entre
ambos servicios secretos. Pero en ese momento (y tomo esto del diario
conservador “The Wall Street Journal”) el pakistaní dispuso que Islamabad
girara a Estados Unidos 100.000 dólares para Mohammed Atta, uno de los atacantes
de las Torres Gemelas. ¿No merece eso una investigación? ¿Es antinorteamericano
proponer una cosa así? Todo eso quedó atrás y nunca sabremos qué paso a menos
que haya algún tipo de juicio donde podamos hacer preguntas. Pero tenemos un
Gobierno que gobierna con un grado de secretismo tal, que no nos dice nada de
nada. Están pasando cosas muy descabelladas. Como usted sabe se suspendieron
nuestras libertades civiles a partir de la ley Patriótica. Yo lo único que
quiero es saber por qué pasan esas cosas en mi país, sobre todo cuando hay
ciertos poderes que, cuando uno quiere averiguar, empiezan a gritar “traición”,
“teoría conspirativa”... para evitar que se investigue. Esto es lo más grave
que ha pasado en EE.UU. en los 77 años que tengo de vida. Pasé tres años en el
Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial y nunca vi nada tan grave. La gente
parece estar descerebrada. Se limita a ir a la deriva y permite que un
presidente diga: “Soy yo el que decide sobre la guerra”.
–¿Cómo elige sus proyectos?
–Ellos me eligen a mí. ¿Usted cree que me divierte perder el tiempo
preocupándome por la ausencia de reacción de los aviones de la fuerza aérea
norteamericana o que me fascina analizar todas las órdenes que emitió el
Pentágono?
–¿Y, finalmente, qué pasó?
–Durante una hora y veinte minutos después de producidos los secuestros no pasó
nada y luego enviaron un par de aviones cuando ya era todo inútil. Pero la
historia de Mohammed Atta es mucho más interesante, y nadie se dedicó a
seguirla. Es una gran historia. Lo es en India, en Asia y en Europa. pero en
EE.UU. no hay ninguna historia. Un periodista podría ganar una fortuna si se
dispusiera a descubrir qué pasó. El tipo que dirigía la inteligencia de la CIA
en Pakistán se encuentra en una especie de arresto domiciliario. Hice una tarea
de periodismo de investigación (algo para lo que no soy nada bueno). Por lo
menos conseguí que alguien en Islamabad se ocupara de descubrir qué había
pasado con ese hombre. Lo destituyeron “a petición nuestra, de los
norteamericanos”. Ésa es la expresión que usan. Y se encuentra detenido en su
domicilio. El diario inglés “The Observer”, que fue el primero que publicó un
artículo mío sobre Mohammed Atta, señaló: “Bueno, pero eso es difamatorio. Aquí
no podemos hacer algo así. Tenemos leyes diferentes sobre calumnia”. Lo que
contesté fue: “Si Atta derribó una torre y si el servicio secreto de Islamabad
le mandó dinero a Estados Unidos, estamos ante un hecho verdaderamente
escandaloso. ¿No es eso lo que llamamos una noticia? ¿Y acaso ustedes no son un
diario?”.
–Usted está tan familiarizado con Europa como con Estados Unidos. ¿Por qué cree
que los europeos se muestran más renuentes a la guerra que el Gobierno
estadounidense y sus ciudadanos?
–Los países europeos padecieron la guerra de forma más directa. Me refiero a la
Segunda Guerra Mundial. Nosotros, hasta la llegada de los muchachos de las
petroleras, teníamos una vida color de rosa. Pero eso se acabó. Ahora sufrimos
reveses a los que los europeos están habituados. Los europeos saben de qué se
trata. Hasta la feliz Inglaterra sufre –o sufría– los golpes permanentes del
IRA. Por eso a Europa no le hace gracia ir a la guerra. Los norteamericanos que
ven y hablan de esto por televisión no tienen idea de que, por ejemplo, en las
guerras se puede morir.
–Pero los norteamericanos también han luchado en guerras...
–Nosotros tenemos un presidente y un vice que se ocuparon muy bien de no ir a
pelear a Vietnam. Durante la campaña le preguntaron a Cheney cómo se explicaba
que no hubiera hecho el más mínimo intento de servir a su país en Vietnam.
Contestó que tenía otras prioridades. Yo también tenía muchas otras
prioridades, al igual que mucha gente que murió en la Segunda Guerra Mundial,
pero no pudimos respetarlas. Nos faltó empuje, o fuerza de voluntad. Era mal
visto no pelear por el país. Ahora parece ser lo más indicado. A veces hablo
con chicos que por casualidad se enteran de que yo me enrolé para luchar en la
Segunda Guerra Mundial y me preguntan cómo se me pudo ocurrir algo así. Es muy
difícil explicarles que eso es lo que hay que hacer cuando el país de uno es
atacado. No se tiene conciencia de eso. Por eso pienso que el patriotismo está
muerto. Nadie cree más en eso. Piensan que tenemos la fuerza suficiente para
ir, derribar edificios y que nadie saldrá herido. Pero mucha gente va a morir.
En julio hablé contra la guerra en Oslo. También en Gran Bretaña, Italia,
Alemania. Y los europeos, no importa de qué país sean, están contra la guerra.
Los políticos ingleses están aliados con Bush por motivos políticos, pero no
les gusta la idea de la guerra. El Partido Laborista está a punto de dividirse
debido a la posición belicista de Blair. Habrá muchos enfrentamientos por esa
razón. Porque ellos no son frívolos; nosotros, sí. Tenemos una política frívola.
No tenemos a nadie que hable con seriedad, que nos resulte importante, que
represente algo. Los desafortunados Clinton hicieron un intento.
©“Clarín”. Traducción de Cecilia Beltramo
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