Van
do Prestige e Aínda Non Dimitiu Ninguén ¡Dimíteos
ti!
HISTORIA
DEL TÍO PEPE
El
tío Pepe nació allá por el año 40
(quien diría que del siglo pasado) en las tierras de Lalín.
Siendo pequeño se llevaron a su padre preso porque decían
que era rojo y en casa quedaron su madre, su hermana María
y su tío Juan, que por algo que dicen era la polio tenía
una pierna delgada como un palito, pero eso sí, unos brazos
como robles con los que trabajaba sin parar en las tierras de
su hermana y a veces por la comida en las de los señores
de la comarca.
El tío
Pepe, siendo Pepiño, salió de casa con el traje
de los domingos, el dinero de una finca mal vendida a don Agapito,
señor de la aldea, e un pedazo de pan de trigo duro debajo
del brazo camino de Vigo, donde embarcó para las américas,
con muchos sueños en la cabeza e mucho ruido en las tripas.
En Buenos Aires
no encontró la comida tirada como él soñara
ni el dinero creciendo en los árboles, y empezó
acarreando carbón del almacén de un paisano de la
Estrada por la comida y lo poco que sacaba de propinas en la entrega
por las casas.
El hambre agudiza
dicen el ingenio y empezó por sacarle unas piedritas a
cada saco y a venderlo por su cuenta. Así pasó de
los 12 a los 22 años, trabajando sin parar y girándole
dinero a su madre y a su hermana, pues el pobre tío Juan
amaneció había unos años una mañana
en una cuneta, y de su padre no se sabía nada. Gobernaba
un hombrecito del Ferrol, parece ser que gallego, que empleaba
a los presos como trabajadores en las grandes obras, y hay quién
decía que tal vez su padre, si todavía estaba vivo,
seguro que estaría trabajando en ellas.
El tío Pepe
creó su propio almacén, y ya era hombre de bien.
En poco tiempo diversificó el negocio y ya tenía
gente trabajando para él.
Mientras a este lado
del charco, aparecía en la vida política un joven
de Vilalba, ocupando puestos muy altos en Madrid, claro que en
Galicia su hermana María trabajaba de continuo las fincas
de los señores, pues con el hambre tuvieron que ir vendiendo
lo poco que no les quitaran porque eran rojos.
El tío Pepe
pasó a llamarse Don José. Conoció una joven
asturiana que trabajaba como sirvienta en una casa de ricos. Se
casaron.
Don José era
feliz, y más tras nacerle primero su hijo Juan José
y después su hija María de las Mercedes. Enviaba
dinero a Galicia e compró casa propia. Lo poco que le quedaba
lo empleó en darles estudios a sus hijos y en dólares
en el banco.
Hace pocos años
las cosas empezaron a no ir tan bien. Los ahorros quedaron en
nada con el corralito y su salud fue a menos. Por si fuera poco
las noticias de este lado no eran buenas. Su madre se murió
y no pudo venirse al funeral. Además sus hijos no quisieron
ayudarle. Ellos no son gallegos, son Argentinos y la tierra de
aquí no les llama.
Recientemente el tío
Pepe ingresó en el hospital del Centro Gallego de Buenos
Aires. Hubo suerte, el hombre de Villalba llevó dinero
y todo va mejor. Lo malo es que los sesos del tío Pepe
ya no rigen, así que de su voto se encargaron sus hijos,
e para quién mejor que para su benefactor, y además,
ellos son algo gallegos así que también votaron.
Que desgracia
para el tío Pepe, él que tenía claro que
a pesar de gobernar en Madrid los gallegos él se vio obligado
a emigrar por el hambre, trabajar sin parada para acabar recibiendo
limosna e que sus hijos voten por el.
Que te mejores tío Pepe, Pepino del alma, Don José.
D.
Manuel da Pena

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