Renovar la Faz de la tierra: Capítulo sexto

Vida e Historia

“Así es la vida” solemos decir todos ante un comentario lamentable de un hecho duro y difícil, ante cualquier desgracia usamos esta frase. La pronuncio yo, la he escuchado a mis familiares y amigos, en las conversaciones en la calle, en las novelas y en todas las formas de expresión.

En la cultura, en todos su términos, esta frase es inculcada una vez tras otra.

El hecho final es que le echamos la culpa a la vida como la responsable de toda desgracia dura y fatal.

Alguien queda desempleado, exclamamos en voz baja, tirando más aire que pronunciando las letras, “así es la vida”. Nos enteramos que alguien murió en un accidente, nos tapamos la boca con la mano por el espanto, y nuestro aire entre los dedos vibran con las palabras “así es la vida”.

En muchos casos es imposible discernir a un culpable, señalarlo con el dedo, mandarlo a un juicio por todas las desgracias, y ante la impotencia exclamamos “ASI ES LA VIDA”.

No hermano, no hermano.

Nos confundimos, liberamos al asesino y culpamos al inocente.

La historia, sólo la historia.

Sí, en vez de decir esa frase “así es la vida”, deberíamos decir “así es la historia”.

La historia que escribimos todos los días, que creamos, recibimos y reproducimos para el mañana, ella es el verdadero medio donde nuestras culpas son creadas.

Una vez escuché esta anécdota sobre un viejo barco de madera, quizás uno de esos viejos veleros de carga antiguos, se hundió al romperse el casco, la causa fue un martillo olvidado en uno de los tantos trabajos de reparación, y con los años esa pequeña herramienta fue golpeando y debilitando una parte de la madera, hasta que al fin con la insistencia de tantos golpes el material cedió e inevitablemente la nave fue a pique al fondo del mar.

No importa quien dejó el martillo olvidado, lo importante es ver que muchas desgracias tienen origen en una extensión de tiempo lejana, y cuando surgen sólo se nos ocurre pensar en la vida como la responsable, "qué" o "quien" o el "por qué" son olvidados.

Pero toda desgracia tiene su historia, nosotros vivimos en ella y la creamos.

La vida no arruina a las personas, ni fue creada para llevarnos por el camino de la decadencia, nuestros actos ciegos sobre la vida la arruinan.

Historia es la realización de nuestros hechos en el tiempo, es nuestra vida afectando a las demás.

Así vida e historia están completamente entrelazadas, pero la vida es en parte una montaña de posibilidades en potencia para realizar, y nuestras elecciones, nuestras realizaciones de esas posibilidades concretas en lo otro, son las que se registran como la ‘historia’.

También la historia es como un pesado camión sin frenos que corre a demasiada velocidad como para poder cambiar su rumbo.

Pero ¿quién nos hace ver de un modo decadente a la vida?, ¿quién hace que la condenemos?.

La civilización toda nos hace ser víctimas de la historia.

En todos lados vemos los monumentos hechos con sangre, monumentos de adoctrinamiento que nos hace mirar a la vida como algo doloroso y humillante.

Estructuras construidas para conmemorar hechos humanos, a costa de miles de vidas, inocentes y culpables, para mostrarnos que la cosa es así y no hay cambio.

Pero lee hermano estas palabras.

Esos seres vivos que reconocemos como monumentos, a pesar de su inmovilidad o deterioro a través del tiempo, nos transmite un significado y mensaje que siguen adoctrinando a miles de hombres para que se sometan bajo la mano de un poder otorgado por la civilización.

No es la lucha de una clase contra otra, de un país sobre otro, sino el sometimiento de los seres sobre un otro. Someter o someterse.

“La vida es dura”, “La vida es así”, y otras frases son monumentos adoctrinadores de cómo tiene que ser hecha la historia por todos, someter la vida y someternos a la historia bajo el signo de la fatalidad.

¿Donde está la vida, el amor, la plenitud, en la historia que construimos?

En todos lados, pero los lentes que nos dotan las palabras y otros monumentos estampan a la vida como la responsable de toda desgracia, y la historia que construimos junto con la civilización son transformados en personajes inertes, meros conceptos.

La vida surge del amor, y toda la creación está dotada de plenitud.

Pero la civilización nos dota de los atributos para aceptar la derrota frente a la historia, de admitir nuestro fracaso antes de presentar batalla sin ni siquiera conocer a nuestro enemigo que la civilización esconde, es el falso testigo que señala al inocente por culpable.

Me gustan los monumentos, esas construcciones inmensas para conmemorar algo o a alguien. No estoy proponiendo destruirlos, sino ver en ellos lo que son en verdad para no ser engañados, contemplar con asombro el ingenio y la belleza de sus construcciones. No debemos olvidar que son seres vivos que adoctrinan con un propósito, y también debemos considerar las vidas directas o indirectas que costó su construcción. Es como un diálogo con una persona que nos agrada pero no compartimos ni aceptamos sus ideas, sin dejar que eso perturbe nuestra amistad.

El amor no busca destruir, sino redimir al otro, a lo otro.

Los monumentos son la expresión de nosotros, de nuestros deseos, ambiciones, logros, realizados y construidos por las historia de la civilización.

Pero también podemos hacer de ellos testimonio de lo que renunciamos para ser mejores, para ser hombres.

Es el pecador que manifiesta sus pecados para renacer como verdadero hombre.

La historia mete a todos en el rumbo de la decadencia bajo una máscara de opulencia.

Pero hay otros seres ocultos que introducen a la decadencia en la vida, pero tienen tantas virtudes, máscaras que ocultan sus defectos y propósitos, que ensombrece cualquier intento de cambiarlos o meramente mencionar algo contra ellos.

Estos monumentos, estos seres son, el sistema político, el sistema jurídico, el sistema educativo, el sistema catedrático, las ciencias, los medios de comunicación, cárceles, fronteras, manicomios, orfanatos, máquinas, los cuadros laborales o colegios de profesionales y hasta el Estado, sea capitalista, socialista, democrático, monárquico, y todas las demás variantes.

Todos son seres para ser redimidos desde la óptica de la plenitud de la vida.

Esto es recrearlos para que dejen de ser objetos o seres construidos por la civilización para someter a los hombres.

Con la redención podemos transformarlos en Seres y aliados para alcanzar la plenitud de la vida, a la redención del hombre.

Quizás muchos de estos seres desaparezcan por que no fueron creados con otro propósito más que con su apariencia benefactora, transformar al hombre en objeto de explotación por el poder otorgado por la civilización, para corromperlo y colocar al hombre en el camino de la decadencia.

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Pablo Andrés Müller Parrao
Mendoza - Argentina
Publicado el 7 de diciembre de 2001
Ultima modificación 7 de diciembre de 2004
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