ANGELA POBREZA

 

- Se acabó.

Aquella mañana de otoño, apenas entibiada por un sol entristecido, estaba sentada en el borde ruinoso de la que fuera una pileta, en el patio, cubierta por su viejo chal azul-marino.

- Hasta aquí llegó.

Lo sabía: muchas mujeres sufren de hemorragias, dolores, angustias; a otras se les va de repente, sin problemas. Ella se había quedado seca, de un mes al otro, antes de cumplir los cuarenta años.

Mientras crecía la mañana, Ángela desempolvaba recuerdos.

Cuando ella entró en la sala (veintidós años antes), su padre tenía el rostro desencajado.

- Nos sentimos avergonzados por su culpa.

El novio de Ángela estaba de pie, en el centro de la sala.

Pero, señor, déjeme explicarle.

- No hay nada que explicar; con lo que sabemos nos basta.

Nati, detrás de la puerta entreabierta del comedor, espiaba la escena. 

- No lo queremos ver más en esta casa -concluyó el padre.

Ángela inclinó la cabeza cuando su novio intentó hablarle, éste se retiró apresurado, desordenadamente.

La beata Panchita había traído el chisme: el novio de Ángela fue visto en el Hotel Turista acompañado de una mujer joven y muy bonita a quien trataba con mucho cariño; lo que no se dijo fue que esa mujer era su hermana que vino de Lima, donde vivía desde niña, para visitar a su familia por unos pocos días.

Absurdo, inexplicable, pero fue así y nadie se iba a volver atrás. El padre no "iba a rebajarse" pidiendo disculpas; el novio no iba a pasar por alto las ofensas y se fue a Lima "del todo"; la madre se deshizo en lágrimas y Ángela se "quedó para vestir santos"; ningún joven de buena familia se acercaría con buenas intenciones a una mujer que no se casó "sabe Dios por qué".

La familia redujo sus gastos para que el hijo siguiera sus estudios de abogado en Lima. La madre repetía a sus visitas: "Él es nuestra esperanza; nos dará de todo; volveremos a ser como antes".

Mientras tanto había que resolver la situación de Ángela.

- Don Manuel puede recomendarla para un puesto en la oficina de correos.

- ¿Para que se pase el día chismeando con esas viejas brujas? -objetó el padre.

- ¿No podrían nombrarla profesora? -sugirió la madre.

- Y que vaya a un pueblecito perdido entre los cerros a enseñar a indios piojosos; que la molesten esos cholos mugrosos de los supervisores.

- Bueno, pues, pongan a estudiar a mi niña -intervino Nati.

Nati era una india de la pampa; fue recogida por la abuela de Ángela y criada "como hija de familia". Su marido murió de paludismo en los cañaverales de la Costa; su hijo murió al nacer y con esa leche amamantó a Ángela.

- ¿Qué sugieres, cuñado? Algo que sea decente.

- ¿No podría aprender corte y confección?

- ¿Para que vista elegantes a las cholas de la plaza del mercado? ¿No se te ocurre algo decente, Pedro? 

Don Pedro, medio hermano de la madre de Ángela, aunque marginado por razón de su nacimiento, visitaba con frecuencia a la familia, por el cariño que sentía por su sobrina.

- Me gustaría saber lo que tú entiendes por decente.

- No hay nada que entender. Se nace decente; eso es todo y tú debías saberlo.

- Por favor, no empiecen con sus discusiones -la madre comprendió la cruel indirecta de su marido para lastimar a su hermano. -Sólo tenemos que esperar que regrese nuestro hijo. Con él todo va a cambiar y Ángela podrá estudiar lo que quiera.

Ángela no había hecho más que mirar por turno a los participantes en la conversación, como si no se tratara de ella.

Un paro cardíaco acabó con la vida de la madre de Ángela. Un velorio decente (café, galletas, trago repetido, cigarrillos y caldo de gallina al amanecer) y un entierro de segunda. Todo lo que fue posible vender de inmediato fue vendido. Para pagar las deudas debió venderse el bacín de plata (la "bendita bacinica" a decir de Nati), reliquia de un olvidado pasado y sin uso desde tiempo inmemorial.

El tío Pedro hizo las gestiones poco delicadas para vender el bacín y de su inexperiencia se aprovechó doña Dolores, la vieja usurera, que hizo su Agosto.

En una larga carta a su padre, escrita para impresionar, el hijo, el estudiante de Derecho, se disculpaba por su inasistencia a los funerales de su madre; contaba detalles de su graduación y anunciaba su compromiso matrimonial con una "señorita limeña de familia decente".

Hacía algunos años que la familia Santander estaba establecida en la ciudad y que "nadaba en plata" según la Panchita. La señora de Santander tuvo una afección pulmonar y el médico prescribió el clima de la Sierra para su convalecencia. Iris Santander, la hija, vino con sus padres por una temporada de pocos meses que se prolongó por varios años. Iris fue compañera de estudios de Ángela en el Colegio Secundario de Santa Margarita, y su única amiga y confidente de sus primeras experiencias de adolescente; regresó a Lima y de ella nada se supo hasta tiempo después cuando don Pedro, de su única visita a la Capital, trajo información.

Iris se fugó a Europa con un noble y viejo italiano millonario que murió al poco tiempo y le dejó una enorme fortuna. En la fábula se sueña a Iris como una mujer altiva y hermosa, recorriendo las capitales europeas rodeada de hombres y de lujo. El padre de Iris declaró solemne: "Esa mujer ha muerto y prohíbo se pronuncie su nombre en mi casa"; pero se le humedecían los ojos cada año, al recibir, por el día de su cumpleaños, un delicado y costoso regalo que Iris le hacía llegar con increíble e inexplicable puntualidad.

- ¡Qué mujer fantástica! -repetía don Pedro.

En sus fantasías, Ángela se identificaba con la imagen idealizada de Iris; de ella recibió para una Pascua de Navidad una encomienda que contenía la escultura de un Niño Jesús y una nota firmada en París, que decía: "Para mi amiga Ángela, en recuerdo de nuestros años escolares. Iris". Expertos turistas extranjeros que vieron la imagen ofrecieron por ella tal cantidad de dólares que el padre de Ángela aseguró: "Estos gringos se están burlando de nosotros". Se negó siempre a prestar al "Niño Manuelito", que era solicitado para los más importantes Nacimientos de Pascua.

La muerte del padre acabó con todo lo que quedaba. En ventas a la diabla, desaparecieron el juego de muebles de Viena de la sala, el aparador tallado del comedor, la mesa de roble y las sillas de cuero repujado; las cujas del dormitorio y casi todos los enseres de cocina. Fue un desfile de gente "de lo mejorcito" llevándose lo que podía a precios de remate. "Parecían gallinazos" opinaba Nati. Un poco más y se cargan al "Niño Manuelito".

- Niña, niña, tu hermano ha llegado.

Ángela demoró un buen rato en reconocerlo. El abogado llevaba puesto un elegante terno gris oscuro, chalina de seda y zapatos de charol. Después de los abrazos, le mostraron la casa que él inspeccionó hasta el último rincón, expresando disgusto; Ángela se sintió mal cuando su hermano le reclamó:

- No me has enseñado tu dormitorio.

Se despidió fría y cortésmente, sin aceptar la invitación a almorzar. A solas, Ángela comentó:

- Nati, ¿te das cuenta? Este era la esperanza de mamá ... un extraño ... dolor el que se ahorraron mis padres.

Era un perol muy grande de cobre y eran los propietarios por partes iguales: don Pedro, Ángela y dos parientes, uno de éstos proponía vender el perol, el otro quería que lo cortaran en cuatro partes y cada quien se llevase su pedazo; no llegaron a ponerse de acuerdo. Con lo que le tocara del perol, Ángela esperaba comprar la lápida para la tumba de su padre.

 

El hermano de Ángela, enterado del asunto, vio el perol, entró en tratos con los parientes y les compró sus acciones; prometió enviar desde Lima una hermosa lápida y el importe de las acciones de don Pedro y de Ángela. Despachó el perol en un camión.

Ángela había sacado al patio y tendido a solear un poncho de lana de vicuña muy fino que perteneció a su padre y que ella usaba como frazada. El hermano examinó el poncho con cuidado.

- Para el frío que hace en Lima, esto es lo que necesito.

Ángela, como si no hubiera oído.

- Para ti es muy pesado.

Ángela, en silencio.

- A mí no me queda ningún recuerdo de mis queridos padres.

Ángela se mordió los labios y reprimió un sollozo.

- De Lima, te voy a mandar una linda frazada.

- Llévate lo que quieras, de una vez -refunfuñó Ángela.

No se volvió a tener noticias del perol, ni del poncho, ni del señor abogado.

Era costumbre por aquel tiempo que familias acomodadas recogieran indiecitos de la pampa, particularmente en tiempos de sequía; niños o niñas que criaban y conservaban como sirvientes sin paga, considerados "de la familia" y a quienes se les llamaba "chocheras" para indicar que los señores sentían por ellos particular afecto, les tenían confianza y les expresaban, muchas veces, ostensible engreimiento. Nati era uno de esos casos.

Ángela quiso tener un "chochera". Nati trató de disuadirla sin lograrlo. Don Pedro se opuso terminantemente, pero, como siempre, acabó ayudando a Ángela en su capricho. La india que, diariamente, les traía los cantaritos de leche tenía ya seis hijos.

- Entrégale a la niña el mayorcito -gestionó don Pedro-. La niña lo va a tener bien comidito.

- Y le voy a enseñar a leer y lo voy a mandar a la escuela bien vestidito y le daré sus propinas y estará limpiecito y a ti te daré ropita para los otros.

- Será como usted diga, niñacha; le hablaré al Teodoro.

Una semana después, Ángela tenía su "chochera": un indiecito de doce años, de cabellos gruesos y negros, tez oscura, ojos pequeños y hundidos; huraño, silencioso, de aire taimado.

- ¡Bah! ¿Qué ya pues le pasó? -comentaron los vecinos-. Recoger a ese indio cerdudo. Hase visto. La gallina no tiene agua para tomar y está trayendo un patito a nadar.

La mañana ha ido madurando y el sol calienta. Ángela embebida en el pasado permanece inmóvil, con los brazos cruzados y la cabeza inclinada. 

- Se acabó -repite- y yo me acabé sin haber vivido.

Ángela regresa a sus recuerdos agitados, ahora, por otros impulsos. La imagen del novio ya era borrosa en su cariño marchitado, cuando vino la beata Panchita a remover cenizas, de pronto.

- Ha vuelto ... con su mujer y sus hijos ... lo he visto con mis propios ojos ... almuerza en el restaurante de la plaza de armas.

Ángela luchó con la tentación pero salió derrotada; dos días después, salió a rondar por los alrededores del restaurante al medio-día. Y lo vio: 

Poco era lo que el hombre había cambiado; tomada de la mano iba con él una mujer rubia, joven y bonita; delante de ellos un niño y una niña se adelantaban traveseando; pasaron tan cerca de Ángela que el niño le rozó la falda. El hombre la miró al pasar, pero no la reconoció. Ángela, de regreso a su casa, al pasar delante de la florería, quedó reflejada de cuerpo entero en el vidrio grande de la puerta; ella se vio envuelta en su chal azul, con la falda lustrosa de tan usada; la cabellera opaca, cayéndole a los lados, enmarcando un rostro seco. Más tarde le dijo a Nati:

- Cómo iba a reconocer en ese esperpento a su primer amor.

En su dormitorio, sentada al borde de la cama se golpeó los muslos con los puños; lloró; se mordió los labios; se tendió de espalda sobre su cama, con las manos entre los muslos; su voz brotaba ronca, quebrada, dolida.

- Y por qué a mí ... por qué me dejé hacer esto ... maldita sea ... otros decidieron por mí ... por qué no grité a tiempo ... por qué no me defendí ... yo amaba a ese hombre ... quería un hombre que me calentara el alma y la cama ... un hombre o varios como las muchachas ... otros decidieron por mí y yo no tuve valor ... me quedé sin amor ... me quedé vacía ...

Nati entró en el dormitorio.

- Niña, el padrecito Marcos la busca.

- ¡Dile que se vaya a la mierda!

- Niña, por Dios -Nati, estupefacta, se acercó a su niña, la ovilló en su seno y le acarició la cabellera. Ángela rompió a llorar.

- Llora, niña; grita; llora para que no te vuelvas mala.

Nati se retiró para disculpar a Ángela ante la visita.

Ángela se quedó dormida. En la tarde, cuando salió al corredor, vio que Nati limpiaba de sangre la cara del "chochera". Se alarmó.

- ¿Qué pasa?

- Se cayó del puente.

- ¿Qué hacemos, Nati?

- Nada, niña, ya lo revisó el boticario; lo curó y le dio bálsamo de buda; dijo que descanse. No te preocupes; estos muchachos son muy duros. 

- Ven, vamos -Ángela se llevó al "chochera" a la habitación vecina a la suya, donde éste tenía su cama. -Acuéstate -le ordenó. El muchacho se desvistió y Ángela lo miró desnudo; ya no era un niño.

Ángela estuvo dando vueltas entre las sábanas sin poder conciliar el sueño, las sienes le palpitaban y transpiraba. Se levantó y pasó a la habitación del "chochera". Se sentó al borde de la cama.

- ¿Ya te sientes bien?

El muchacho hizo un gesto afirmativo. Ángela le tomó una mano entre las suyas. El "chochera" cerró los ojos.

- Bueno, ya me voy ... hasta mañana-. Ángela se inclinó para besar a su "chochera", como lo hacía otras noches al despedirse; pero, esta vez, el beso fue más tierno y lo volvió a besar, y lo besó en el cuello y sus manos retiraron las frazadas y desabotonaron la camisa y lo besó en el pecho y sus besos fueron bajando por esa piel oscura y caliente y buscaron entre los muslos.

La mañana siguiente, Ángela se levantó temprano, estaba pálida y ojerosa; mandó buscar a don Pedro.

- Hágame un favor, tío Pedro -le pidió-, vaya a casa de Lucía y pregúntele si todavía quiere hacerse cargo del "chochera".

- ¡Ajá! ya te lo dije; este indiecito me pareció un retrasado mental que te iba a traer problemas.

- No es eso; pasa que ya no puedo sostenerlo.

Por la tarde se llevaron al "chochera". Ángela descubrió en la mirada fija de esos ojos oscuros, un reflejo de tristeza; años después, Ángela volvería a ver esa tristeza cuando dos policías embarcaron al "chochera", rumbo a Lima, acusado de drogadicción y asalto a mano armada.

Los días se volvieron más lentos y vacíos. La idea fue de don Pedro. 

- Para comprar cualquier cosita, tenemos que ir hasta el mercado. Sería negocio poner aquí una tiendita de abarrotes.

Nati se entusiasmó; Ángela observó:

- Se necesita plata y la plata no la manda Niño Jesús.

- Pues, esta vez creo que sí.

- A ver, cómo es eso.

- Muy fácil, Ángela, vendemos tu "Niño Manuelito"

Tras grandes dudas, largas reflexiones, conversaciones y consultas, y con la ayuda del párroco y del boticario, el "Niño Manuelito" cambió de dueño. Tres meses después, para las Fiestas Patrias, se inauguraba una tiendecita para la venta de comestibles y artículos caseros.

 

FIN DEL PRIMER TIEMPO

 

SEGUNDO TIEMPO

 

- Me gusta esta lluvia menudita de no hay cuándo acabar -decía Nati-. Una se queda sin pensar en nada, como rezando... Y hace bien no pensar, nos devuelve la paz.

Al día siguiente también llovió, pero no como le gustaba a Nati; era esa tempestad de tres golpes y su yapa. Lluvia de octubre que erosiona los terrenos, pero no los empapa. Las aguas sucias corrían desbocadas por las calles, amenazando con inundar las casas. Don Pedro y las dos mujeres se distraían mirando los trajines apresurados de la gente; el chapalear de los muchachos en las charcas, descalzos, desatorando los desagües; las viejas refunfuñando varadas en las esquinas; las muchachas aprovechando para levantarse las faldas y lucir las piernas.

- Ojalá que se arreglen las aguas y resulte un buen año -deseó don Pedro.

- Y que tengamos choclos para marzo -agregó Nati.

Una muchacha, todo mojada, apresurada y risueña, entró en la tienda para comprar pan. Cuando se hubo retirado, Ángela comentó:

- Ya está embarazada otra vez; si sabrá de quién es.

- Por Dios, Ángela, a ti qué te importa.

- Usted, tío, defendiendo a estas cholas grandísimas.

- Te defiendo a ti de la maledicencia.

El rumor de la lluvia se mezclaba con la conversación.

- En la mañana, otra vez les metieron bombas de gas a los universitarios -comentó Nati.

- Ya están pesados. Todo el año en huelgas y correteos. Y dicen que van a aparecer esos hombres armados ... ¿qué les dicen?

- Subversivos -respondió don Pedro.

- Ésos. Tendrán que meterles bala y cerrar la universidad, para que nos dejen tranquilos.

- Tú resuelves y condenas muy rápido, Ángela; pero las cosas no son tan simples.

- ¿Cómo son? ¿Quiere explicarme?

- Tendrá que ser alguien que sepa. Yo sólo siento simpatía.

- ¿De veras? ¿Siente simpatía por esa gente, tío?

- ¿Sabes por qué, Ángela? Entiéndeme. Los pobres, los explotados necesitan que alguien obligue a cambiar la situación para salir de la miseria. Esa gente pelea por ellos, por mis amigos pobres ... y los amigos de mis amigos son mis amigos.

- Bonita forma de apoyar la violencia ... esa pesadilla.

- Pesadilla para cierta gente, para otra son una esperanza ... la única, para los pobres.

- ¿Pobres, como nosotros, don Pedro? -preguntó Nati.

- En el barrio, Nati, aquí mismo, hay gente que amanece el día a pedirle al vecino un carbón encendido para prender su fogón. Tú lo vez, ¿no es cierto?, lo piden a escondidas, en una callanita, en uno de esos pedazos de olla de tierra que llevan debajo de su pañolón. Más pobres que nosotros; amanecen sin fuego en sus casas; mendigan un carbón encendido.

La india miraba pensativa el aire vacío.

- De todos modos, tío -afirmó Ángela-, no todos somos iguales.

- Tú, mi querida sobrina, te sientes distinta porque te han metido en esa cabecita que naciste decente.

- Hoy está usted insoportable, tío. Como sea, yo espero no encontrarme nunca con uno de esos amigos de sus amigos. Y qué bueno, tío, saber cómo piensa; no lo hubiera creído, a su edad. -Ángela salió disgustada de la tienda.

- Pobre mi niña; algo le pasa -se lamentó Nati.

- La pobreza nos vuelve vulgares, egoístas, maledicentes. Bueno, ojalá que se trate de una crisis pasajera de la edad.

- Si mi niña tuviera un poco de felicidad, cambiaría.

Eran días difíciles: gases lacrimógenos, disparos, estallidos de bombas, allanamientos.

- ¿No lo asusta esto don Pedro? -preguntó Nati.

- Desde que llegaron los españoles, hemos vivido siempre sobre un barril de pólvora. ¿De qué asustarnos, de nuestro propio susto?

- Detrás del dormitorio de Ángela, había otra habitación que daba a la calle y cuya puerta se abría raras veces.

- Ángela que se había acostado temprano, despertó sobresaltada a medianoche. Al estallido de dos bombas siguió un tiroteo, ruido de carreras, zumbido de sirenas y, finalmente, un golpe sordo contra la puerta de calle de la habitación vecina. En el pesado silencio que siguió, Ángela percibió unos gemidos, se levantó y, asustada, fue en busca de Nati.

- Allí, en la puerta, ¿escuchas?

- En la calle hay alguien que se está quejando.

Las dos mujeres, sobrecogidas por el miedo, permanecieron indecisas; pero, sacando fuerzas de donde no había, abrieron la puerta. Sobre el umbral, estaba tendido boca abajo el cuerpo de un hombre; entre las dos tiraron de él y cerraron la puerta. El hombre tenía la camisa empapada en sangre y se quejaba, inconsciente.

- ¡Llamemos a don Pedro!

- Estás loca, Nati; a estas horas y como están las cosas. Tenemos que arreglarnos nosotras solas.

Y se arreglaron solas tan de lo más bien que cuando, avanzada la mañana, llegó don Pedro, encontró al hombre dormido tranquilo en la que fuera la cama del "chochera".

- Debe ser uno de los amigos de tus amigos, tío Pedro; así que tendrá usted que hacerse cargo.

- No es el momento de hacerte la payasa, Ángela. Pon en práctica tu caridad cristiana.

Mucho le costó a Ángela ejercitar su caridad cristiana; una semana después, el hombre sonreía y a ella le gustaba verlo sonreír y más le gustaba su conversación.

Ángela no podría repetir cuanto el hombre le dijo, pero, escuchando y comprendiendo lo que el hombre decía apasionado, ella descubrió un mundo ignorado hasta entonces, se descubrió a sí misma y descubrió que su vida podía cambiar. "Todos podemos cambiar si somos capaces de mirar dentro de nosotros mismos" la había animado el hombre.

Afuera, en el patio, llovía despacio.

- Ya te sientes bien del todo, ¿verdad?

- Sí, gracias a ti, niña.

El hombre estaba tendido de espalda sobre la cama y ella, sentada a su lado, le tenía tomada la mano. El hombre la atrajo y ella se tendió a su lado. El hombre la besó y ella, estremecida, le preguntó:

- ¿No estamos haciendo algo malo?

- ¿Lo sientes malo? - el hombre volvió a besarla y ella trató tímidamente de separarse. El hombre deshizo su abrazo.

- Muy bien, niña difícil; si no quieres ...

Ella cerró los ojos, como si suplicara: "Señor, haz que insista". Y el Señor escuchó su ruego. Y después de la sorpresa, fatigado:

- Podías haberme dicho que eras virgen.

- ¿No fue mejor que tú lo descubrieras?

Y ella lo miraba infantil, como olvidada de su edad. En los días que siguieron, Ángela conoció el sabor de la felicidad y de la alegría, vividas en presente; era, por primera vez, dueña de alguien y dueña de sí misma y comprendía el vacío espiritual en el que había vivido.

Después de un día de disturbios callejeros, al atardecer, en la casa de Ángela se presentó un oficial acompañado de cuatro hombres; lo sombrío de los pasamontañas, el eco de los zapatones, el metálico rozar de las armas llenaron de terror a Ángela.

- Debemos hacer un registro -dijo el oficial, disfrutando del teatral efecto de su presencia y de ver a Ángela, tragando saliva, muerta de miedo, contestar con gestos.

Cruzaron el patio y abrieron la puerta que daba al corredor.

- ¿Era la sala? -preguntó el oficial; Ángela afirmó con un gesto tembloroso; pasaron a la habitación de al lado; los hombres removieron trastos polvorientos. Ángela en un desesperado esfuerzo se iba sobreponiendo al miedo.

- Comedor ... era. Todo ... tuve que venderlo a la muerte de mis padres.

- He oído hablar de su familia, señora.

- Señorita -corrigió Ángela, sorprendida ella misma de poder hacer un mohín de picardía.

- Señorita, perdón ... pero no imaginaba esto.

Después de buscar entre los enseres escasos de la cocina retornaron al patio.

- ¿Y esta puerta?

Ángela, dueña ya de la situación, decidió jugarse el todo por el todo, abrió la puerta y preguntó alzando la voz:

- Es mi dormitorio. ¿Necesita seguir registrando mis pobrezas, comandante?

- Soy sólo teniente, señorita. -Ambos sonrieron; él vanidoso, desesperada ella.

- Está bien. Vámonos, muchachos. -El oficial hizo chocar los tacones, se inclinó y presentó su elegante saludo militar. Ángela dejó que Nati los acompañara hasta la puerta de calle; en dos saltos entró en su dormitorio; cayó desfallecida a los pies de su hombre; se abrazó a él y lloró largamente.

- Tienes que irte ... lo más pronto ... te matarán ... lo más pronto, vete; pueden regresar.

Don Pedro (cuándo no) hizo los enlaces y las nocturnas y complicadas gestiones para que el hombre huyera.

- Volveré -dijo al despedirse y Ángela comenzó a esperar.

Don Pedro leía los periódicos de Lima. Ángela y Nati lo escuchaban y preguntaban lo que no entendían. Les interesaban las noticias políticas y policiales, sin saber concretamente lo que esperaban encontrar.

Murió el tío Pedro y Ángela lloró.

Murió Nati y Ángela la lloró más de lo que lloró cuando murió su propia madre.

Ha pasado el tiempo.

Una mañana, Ángela dejó sobre el mostrador el diario que estaba leyendo, para atender a un comprador.

- ¿Periódico de hoy, señora?

- Así es, señor.

- Me lo vende; por aquí cerca no hay dónde comprar, y se acaban temprano.

Ángela tomó buena nota de la observación. Compró diarios y revistas directamente del distribuidor. Y cambió la tiendecita; del anterior negocio, sólo vendía pan.

Ángela tiene el pelo blanco, le faltan dientes, está encorvada; para leer los periódicos que vende, utiliza una lupa que encontró entre las cosas de su padre. Ángela cuida de su persona; en un vaso con agua tiene una rosa roja que renueva cada dos días. Ángela espera; se levanta temprano; busca noticias en los diarios y revistas. Examina detenidamente las fotografías de los presos políticos.

Con frecuencia, entre la medianoche y el amanecer, ingresan en la casa de Ángela, con calculadas precauciones, hombres y mujeres jóvenes dedicados a tareas peligrosas. Ángela oye (sin poner atención) el rumor de las conversaciones y amortiguados ruidos que ella diferencia del runrún que hace el mimeógrafo al imprimir. Ángela prepara café caliente que sirve, a medianoche, a los habituales visitantes.

Ángela está vieja y se dice: "Si se pudiera volver a vivir".

Ángela no deja de leer las noticia y espera.

 

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