CIPRIANO

 

No estaban seguros de haberse distanciado de sus perseguidores. El ataque al destacamento les había costado dos bajas. Habían caminado dos días y dos noches. Aquel amanecer, cansados, estaban refugiados en una cabaña. Eran ocho los cumpas, incluyendo al mando militar y al mando político; tenían una ametralladora ligera y tres fusiles. 

Un hombre dio la voz de alarma se atrincheraron. Por el estrecho camino, se aproximaba un grupo de indígenas; sus vestimentas multicolores y sus sombreros amarillos detonaban al sol de la mañana. Cuando el grupo estuvo cerca, le dieron la voz de alto. Un viejo campesino se acercó solo.

- Somos de la comunidad; queremos hablar con ustedes - dijo en quechua sin saber a quién dirigirse.

- Este compañero es el jefe; dile a tu gente que se acerque. 

Unos veinte campesinos, entre hombres y mujeres, rodearon al viejo con expresiones de viva curiosidad y disimulada desconfianza.

El mando militar escuchó atentamente. El viejo acabó su plática; recibió de una mujer una bola grande de queso fresco en hojas de achira, no más, les hemos traído, taitita.

El mando militar recibió la cachipa, juntó las palmas de las manos a la altura de la cara y agradeció; luego, con un ademán, indicó al mando político que ocupara su lugar, como diciendo: "Esto es cosa tuya". El mando político repitió el agradecimiento.

-Alguito más les hemos traído - El viejo levantó su poncho por la espalda y apareció un muchacho indio que, erguido delante de su abuelo, miró fijamente al mando político; en el fondo de su cara brillaban dos ojos oscuros.

-¿Y esto? - el mando político sonreía desconcertado.

- Mucho les va a servir, taita; conoce todos estos campos; sabe seguir rastros; nunca se cansa; come poco.

- Pero es todavía muy muchacho.

- Ni tanto, ya trabaja, taita, es fuerte; estuvo dos años en la escuela. A la mamá la mataron; mi hijita, pues ... gente de otra comunidad la mató ... que era mujer de un cumpa, diciendo.

Los ojos negros y pequeños del muchacho miraron inquietos las armas de los hombres. El mando político esperaba la opinión de su gente; el mando militar hizo con la cabeza un gesto afirmativo.

- Quieres quedarte con nosotros? - El mando político estrecho la mano que el muchacho le tendía.

- Sabe castellano, pero no le gusta hablar; callado no más está desde que mataron a su mamá.

- ¿Cómo te llamas? - preguntó el mando político.

- Cipriano - contestó el muchacho y señaló con el dedo índice el fusil de uno de los hombres.

*

Al medio día los hombres se reunieron con Cipriano. 

- Queremos que hagas un trabajo - le pidió el mando militar - Vas por allá y por allá, lo más lejos que puedas; miras si hay uniformados; cuántos son; donde están. ¿Me entiendes? - Cipriano afirmó con la cabeza.

- Bueno, anda ahora y no dejes que te vean.

Cipriano señaló un fusil.

- No. Sólo tenemos tres, para los hombres mayores. Pero te voy a dar una cosa.

El mando militar tomó de su mochila una lata, un envase de leche o de conservas, de la que salía una mecha y se la dio a Cipriano. - Bomba - dijo; le entregó, además, una caja de fósforos, ayudándose con señas le explicó:

- Si te atacan, prendes la mecha, la tiras con todas tus fuerzas y te agachas sobre el suelo

- Y Pum! - terminó Cipriano a tiempo que guardaba las cerillas en el bolsillo y se aseguraba la bomba a la faja con la que sostenía sus pantalones.

- Ya sabes lo que tienes que hacer. Ahora vete.

Cipriano desapareció entre los matorrales.

- El indiecito se las trae - observó uno de los hombres.

- Que comience con suerte - deseó el mando político - Y ahora descansemos un poco.

*

 A media noche, el centinela oyó un extraño y apagado silbido entre la maleza y alistó su arma.

- Yo, Cipriano.

Los hombres se reunieron; un quinqué los alumbraba.

- A ver, en este papel - El mando militar entregó a Cipriano un trozo de lápiz.

- Aquí, el río - Cipriano trazó una línea ondulada. - Puente, aquí uniformados - dibujó doce puntitos - Aquí también, entre los arboles - dibujó y señaló una zona opuesta al río - Por aquí el camino a la costa y este es el camino de subida a los cerros; ahí no hay nadie.

Los hombres examinaron el croquis.

- Increíble - contestó uno de ellos - El muchacho ha tenido que caminar un montón de kilómetros. Tenemos la retirada asegurada.

Se prepararon rápidamente y partieron; pronto amanecerá; Cipriano iba adelante, penetrantes y alertas sus ojos oscuros, aseguraba con la mano la bomba que llevaba en la faja.

*

Durante los meses de lluvias, los hombres acamparon en las alturas, no muy lejos de un caserío donde se aprovisionaban. Cipriano fue instruido en el manejo de explosivos e hizo las primeras prácticas de tiro. A los cumpas se había incorporado una mujer joven, cholita menuda pero fuerte, procedente, sin duda, por su formación, de alguna ciudad de la costa; fue asignada, como ayudante, al mando político.

Después de estudiar un mapa de la región, los hombres abandonaron el campamento; descendieron hacia las regiones calientes del ancho valle; saborearon la caña de azúcar, se bañaron en ríos profundos, vieron el vuelo de los buitres y los ojos de Cipriano se llenaron de asombro. Caminaban de noche y se escondían durante el día. Cipriano cumplía sus misiones de exploración; cuando las distancias no eran largas, lo acompañaba la muchacha a quien Cipriano le enseñaba quechua y de quien recibía información política. 

El sol estaba alto cuando acamparon a la orilla de un río; habían caminado toda la noche; estaban cansados; era un día caliente. Mientras Cipriano se preparaba para reconocer el lugar, la muchacha hizo un paquete con sus ropas y se encaminó río arriba. Poco después, Cipriano tomó el mismo camino. En un lugar en que el río hacia un remanso, la muchacha se bañaba desnuda. Desde los matorrales, Cipriano la contemplaba cuando sonaron los disparos. La muchacha salió de agua, tomó sus ropas, pasó corriendo junto a Cipriano, sin verlo, entró en un pastizal; Cipriano la siguió, la muchacha cayó sobre el pasto, Cipriano se fue de bruces sobre ella; la muchacha abrió las piernas y estrechó sobre ella el cuerpo de Cipriano. Los disparos habían cesado y los dos se levantaron; ella se vistió, él aseguró la bomba en su faja, ambos corrieron en busca de sus compañeros; los encontraron rodeando los cadáveres de tres hombres acribillados a tiros.

- ¿Están bien? - les pregunto el mando político.

Cipriano, más oscuros los ojos, miraba el cadáver que tenía un balazo en la cabeza. Con diferencia de pocos minutos había rozado los extremos de la vida: el sexo y la muerte.

*

Una mañana, el grupo se detuvo en una colina desde donde, abajo a orillas de un arroyo, divisaron una casa hacienda; el amplio patio se encuadraba por tres altos muros y la casa al fondo; a la izquierda una huerta y un pajar, a la derecha lo que parecía una fábrica de aguardiente.

Cipriano fue a reconocer la casa hacienda. A su regreso informó:

- No hay nadie.

Ocuparon la casa hacienda y los hombres se distribuyeron en las habitaciones con vista al campo.

Se tomó la decisión de destruir una parte de la ancha pared de adobe al lado derecho del portón, que daba entrada al patio. Cuando la perforación estuvo lista, el mando militar pidió a Cipriano:

- Dános tu bomba.

Cipriano negó con la cabeza y retrocedió unos pasos sujetando con la mano la bomba asegurada a su faja.

- Es para nuestra seguridad - Cipriano volvió a negarse. El mando militar se dirigió al mando político. - A ver si tú lo convences.

- Vamos, muchacho, te propongo un trato: el primer fusil que consigamos es para ti.

La muchacha se acercó con la mano extendida; Cipriano se desató la faja y le entregó la bomba; miró al mando político y le gritó:

- El primer fusil ... acuérdate.

Condicionada la bomba en la base del muro, el mando militar ordenó a Cipriano:

- Ahora, préndela.

Cipriano sacó los fósforos y encendió la mecha. Todos buscaron refugio en las cercanías. La explosión echó abajo una parte de la pared y desquició la puerta. Cipriano aplaudía con infantil alegría.

*

 Cipriano regresó de un reconocimiento acompañado de una india joven, maltrecha y rabiosa.

- Es de la comunidad del otro lado de esos cerros - informó.

Después que la muchacha del grupo dio de comer a la joven india y le arregló sus andrajosas ropas, todos se reunieron, ya entrada la noche, en torno a una pequeña hoguera.

- Así es, pues, cumpas; - la joven india hablaba en quechua - Serían veinte uniformados; con ellos regresaba el Pedro, el licenciado que lo habíamos botado por ladrón y abusivo; en paz los recibimos pero ellos azotaron a mi hermano, mi tío quiso defenderlo y el licenciado lo mató de un tiro en la cabeza. Se fueron los uniformados cargándose nuestros animalitos y lo que quedaba de la cosecha. Dejaron al licenciado y sus amigos; a ellos se pegó el rondero, ese desgraciado que venía perseguido y que nosotros lo habíamos escondido. Se emborrachaban, abusaban de las mujeres, pegaban a los hombres, con tiros asustaban a los muchachitos. El sábado, el rondero quería forzarme en la capilla; entró mi abuelo; el rondero le dio duro con un palo. Muriéndose, mi abuelo me dijo:

- Busca a los cumpas.

Al amanecer el grupo entró en el caserío. El licenciado, el rondero y los otros cuatro dormían la borrachera de la noche anterior.

El juicio popular se llevó a cabo en la plazoleta. Los testimonios de hombres y mujeres repitieron, con penosos detalles, el informe de la joven india.

- Bueno, ustedes dirán. Levanten la mano los que estén de acuerdo - gritó el mando militar. - ¿Fusilamos a este?

Todos levantaron la mano. El rondero cayó de rodillas sollozando.

- ¿Y a este? - Nadie levantó la mano. El mando señalo al licenciado. - ¿Lo fusilamos? - Todos levantaron la mano.- ¿Qué hacemos con los otros?.

- Azotes y que se vayan y si vuelven los matamos.

Tres fusiles, una carabina de repetición calibre 22 y pertrechos estaban sobre un poncho en el suelo y eran examinados por los mandos. Se acercó Cipriano con el brazo en alto, el mando político le dijo:

- Habla.

- ¿Te acuerdas? - le preguntó Cipriano.

El mando militar sonrió; tomó la carabina y sus pertrechos y se los entregó. Calmadamente, Cipriano cargó el arma. En ese momento, con las manos atadas a la espalda, el licenciado y el rondero eran conducidos fuera del caserío para su ejecución. Cipriano corrió hacia ellos.

- ¿Oye, adónde vas? - Llamó el mando político. Cipriano se detuvo, se dio vuelta y gritó:

- Mataron a mi mamá.

Los mandos se miraron. Cipriano alcanzó al pelotón de fusilamiento y se alejó con ellos.

A veces, en mis sueños, me visitan los ojos oscuros de Cipriano.

 

Hosted by www.Geocities.ws

1