IMPIEDAD

 

Doña Josefa descansaba en la mecedora de esterilla, en el corredor de arriba.

- Señora Josefa, don Pablo la llama.

Se levantó y caminó, sin prisa, hacia su dormitorio, al extremo del corredor. El enfermo se había vuelto a dormir, ella salió y se quedó acodada a la baranda mirando las rosas del jardín, abajo. Timbró el teléfono al otro extremo del corredor.

Ella reconoció, no obstante los años, la voz envejecida del Padre Esteban.

- Hija mía, he sabido lo de Pablo; nuestro Señor, en su infinita ...

Doña Josefa cortó de golpe la comunicación y volvió a su mecedora.

El cielo se cargaba de nubes oscuras y bajas.

- Cómo ha pasado el tiempo -murmuró doña Josefa y se vio de nuevo, en la sala, sentada al lado del Padre Esteban.

- Me trae un asunto delicado.

El Padre Esteban apuró un trago de café y luego, entusiasta, se explayó sobre el pecado del concubinato, el respeto a la Iglesia, las familias decentes de la localidad ...

- Y usted, Josefa, joven, bonita ... No me explico ... nadie se explica por qué mantiene una relación, ¿cómo diré? ... inconveniente, pecaminosa con un hombre que le lleva tantos años, que, sin duda, no la hace feliz.

Había apoyado la mano sobre la rodilla de doña Josefa y presionaba suavemente.

- No veo por qué le interesa mi vida.

- Es el afecto, Josefa ... nosotros ... desde jóvenes.

Deslizó la mano, bajo la falda, hacia arriba, entre las piernas.

- ¿Ha terminado su café?

- Sí, gracias.

Doña Josefa se puso de pie con violencia.

- Ahora, lárguese -la voz de doña Josefa era cortante-. Váyase y no ponga más los pies en mi casa.

Doña Josefa abortó a los dos meses de embarazo y no volvió a concebir.

El rumor de la lluvia la sacó de sus recuerdos.

*

Doña Josefa dejó de planchar y se presionó las sienes.

- Efecto de las malas noches -se dijo- y de las locuras de Pablo.

Dos meses antes, al acostarse, don Pablo sintió en el pecho un repentino e intenso dolor que se irradiaba hacia la axila izquierda. Estuvo una semana en el hospital. Los médicos le advirtieron: "El infarto puede repetirse. No olvide su edad. Tranquilo; ya no está usted para trotes". Días después, conversaba con doña Josefa

- He hecho testamento. Te estoy dejando lo suficiente para que vivas sin dificultades.

- No tenías que preocuparte de estas cosas. Ya que lo has hecho, te agradezco.

- Si me estás agradecida, quiero pedirte algo: no dejes que nadie, óyelo bien, que nadie monte mi caballo blanco. Doña Josefa quedó desconcertada. -Debe ser la enfermedad que le provoca desvaríos -se consoló a solas. Tres días después don Pablo volvió a deprimirse y repitió el encargo:

- Josefa, que nadie monte mi caballo blanco.

Lo que hasta entonces para doña Josefa había sido solamente malestar

se transformó en angustia.

- Señora, baje usted que está listo el almuerzo -era la voz de la sirvienta.

La lluvia caía más fuerte.

*

Casi sin haber probado bocado, doña Josefa volvió a su mecedora. No pasó a ver al enfermo y se dejó adormecer por el rumor de la lluvia mientras se deslizaba por la pendiente de sus recuerdos.

En aquel lejano mes de abril, para las festividades de la Virgen del Carmen, se realizó el concurso de caballos de paso que don Pablo ganó con un brioso caballo blanco. Era el recuerdo más antiguo que doña Josefa conservaba de don Pablo. Los domingos, ella lo veía pasar bajo su balcón; él venía de Pulltumarca y recorría la calle principal del barrio de Belén llena de balcones azules. Fino sombrero de palma, poncho sanmiguelino de hilo blanco con ribetes celestes y lustrosas polainas, hacía caracolear su caballo bajo el balcón desde donde doña Josefa, quinceañera, lo admiraba y le sonreía. 

María, su prima, formaba parte de aquellos recuerdos. Don Pablo había puesto a María casa aparte; la visitaba una vez por semana; llegaba ya anochecido y se escapaba entre las sombras de la medianoche.

Con curiosidad adolescente, Josefa preguntó a María:

- ¿Y por qué no te casas?

- Tú no lo vas a entender. Él es de familia decente y dicen que mi abuela fue una india ... Él cuida mucho su honor, sabes.

Cuando María cayó enferma hizo llamar al Padre Esteban para confesarse.

- No, hija; tú vives en pecado; sólo te confesaré seis meses después de que te separes de ese hombre y te arrepientas y lo demuestres con tus limosnas.

María se restableció y rompió sus relaciones con don Pablo. Llamó al Padre Esteban y le dijo:

- Comience a contar sus seis meses y mande recoger mis limosnas.

Cinco meses después, María se alocó y murió sin confesión.

Nadie supo por qué, un año después, Josefa ocupó el lugar de María en la cama de don Pablo a sabiendas de que no se casaría.

- Tú eres hija natural; comprende lo mal que caería a mi familia.

Don Pablo, eso sí, la instaló en casa nueva y la rodeó de comodidades y disfrutó de la docilidad con que ella se le entregaba juvenil y caliente. 

Don Pablo traía a casa amigos tan viejos como él; amigos que a otras casas iban con sus esposas y que se comportaban educadamente, pero que, en casa de doña Josefa, entre hombres solos, se permitían emborracharse y contar chistes sucios y festejarlos con estrepitosas carcajadas.

Doña Josefa manifestó tímidamente su desagrado, pero él lo reprochó: 

- Es gente de mi clase; hemos nacido decentes; debías sentirte honrada con su trato.

*

Con los ojos entrecerrados y pendiente del enfermo, doña Josefa miraba los claveles mecidos por los golpes menudos de la lluvia.

- Y después de tanto, voy a quedarme a cuidar que nadie monte su caballo blanco ... sentirme honrada de ser su querida y ser agradecida. ¡Maldita sea! ¡Quedarme a cuidar que nadie monte su caballo blanco! - Había hablado casi en voz alta, palideció, se mordió los labios, sintió rabia.

- ¡Hola tía! Buenas. ¿Cómo sigue el tío Pablo? -Era Isa, la hija de su prima Victoria.

Doña Josefa quedó encinta al mismo tiempo que su prima Victoria; de haber nacido, su hijo tendría la misma edad que Isa. De ahí su amor por su sobrina. Isa había terminado su carrera universitaria. "Para ella la vida será mejor; podrá escoger; tendrá oportunidades" había dicho doña Josefa.

- ¿Cómo estás, chiquilla? -al acariciarla notó que Isa tenía la cara hinchada-. ¿Qué pasa, hija? -Isa se cubrió el rostro con las manos-. Vamos, niña, cuéntame lo que te sucede.

- Que soy una basura.

- ¡Isa! Santo cielo ... cómo te atreves. Problemas con tu novio,

¿verdad?

- Desde siempre ... y no es mi novio ... nos acostamos desde que comencé la universidad.

- Tú también.

- Y ahora me golpea.

- ¿Por qué tienes que soportarlo?

- No lo sé. Cuando me separo de él después de ... salgo agotada, sucia, arrepentida. Me prometo dejarlo y no puedo; vuelvo a lo mismo; sin salida.

Las dos mujeres guardaron un silencio amargo.

- ¿Qué puedo hacer?

- Tienes que respetarte a ti misma. Tienes que cambiar y mandarlo al carajo o acabarás de puta o te quedarás a cuidar un caballo ...

Isa abrió la boca; se poblaron de asombro sus ojos; llegó a las escaleras caminando de espaldas y bajó corriendo, sin darse cuenta que la cara de su tía estaba empapada en lágrimas.

Llovía sin descanso.

*

- El señor la necesita -le avisó la sirvienta.

Doña Josefa entró en el dormitorio secándose las lágrimas. Don Pablo estaba sentado en media cama; ella acomodó las frazadas y tomó asiento:

- ¿Quieres algo? -y don Pablo, con voz apagada, suplicante:

- Josefa, que nadie monte mi caballo blanco.

Doña Josefa, con voz indiferente y clara, marcando cada palabra, dijo:

- Pablo, después que te mueras, me van a montar a mí y tú no quieres que monten tu caballo blanco.

Ella sintió que el cuerpo de don Pablo caía pesadamente sobre la almohada. No supo cuánto tiempo estuvo allí quieta, fría y callada. Se dio vuelta para mirar al muerto; se levantó; tendió la mano para cerrarle los ojos vidriosos y desolados, pero la retiró nerviosa, sin hacerlo.

Al salir del dormitorio, doña Josefa se detuvo frente al espejo. Recordó los rostros de María y de Isa; miró su propia imagen y escupió contra ella en el espejo.

 

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