La mañana del l5 de abril, alrededor de las nueve, el ingeniero Cellini llegó a sus oficinas, pasó directamente al salón de dibujo y abrió la puerta, sin llamar; su socio, inclinado sobre el tablero, observó con fría atención al ingeniero y le hizo un movimiento negativo con la cabeza.
El ingeniero se detuvo delante del escritorio de su secretaria:
- ¿Regresó el auditor?
- No -le respondió la secretaria, molesta porque no le había contestado, como siempre lo hacía, su saludo y su sonrisa. "Estaba color ceniza" comentaría después.
El ingeniero Cellini era hijo de italiano y de mulata. Su color le había causado dificultades en los colegios caros donde estudió y, después, en su matrimonio; dificultades que él se acostumbró a resolver con dinero.
Regresó al salón de dibujo; se quedó un buen rato junto a la ventana; luego, como si hablara a solas:
- Es la última licitación del año; la anterior parece definitivamente empantanada. Si no sale, nos hundimos; sin crédito, esta semana no tenemos para jornales. Del cine hemos cobrado el total y tenemos que entregarlo a fin de mes.
- Esperemos que regrese el auditor. Calma, hombre -lo tranquilizó su socio.
- Calma, calma ... Me voy a casa; si hay alguna novedad, que me llamen.
Cuando llegó a su casa, alrededor de las diez, le dolía la cabeza; pasó directamente a su escritorio; ocupó su cómodo sillón, echó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos, trató de relajarse. Examinó su bolsillo en busca de un lapicero, como no lo encontró abrió el cajón de su escritorio; al fondo vio la pistola, la tomó y se detuvo; la pistola estaba lista para disparar.
En el cajón abierto, un pliego de papel amarillo le llamó la atención; lo sacó, era su póliza de vida; dejó la pistola cargada sobre el escritorio y se dedicó a leer la póliza. El inciso 7 del capítulo segundo, de las condiciones del seguro, decía: "En caso de fallecimiento por accidente se pagará doble indemnización, etc., etc.". El ingeniero se quedó largo rato meditando, se levantó despacio, puso la póliza y la pistola en el cajón y lo cerró. "Si me llaman, les dices que me he ido a ver la obra", encargó a su mayordomo.
Alrededor de las once y media, el ingeniero llegó al cine que su firma está construyendo. En otras oportunidades acostumbraba inspeccionar las obras con detenimiento; ahora subió directamente al octavo piso donde estaban colocando las ventanas y de allí pasó a la azotea. "Me pareció que no sabía bien lo que quería", atestiguaría después el maestro de obra.
Era la hora del refrigerio. Tres operarios lo saludaron y continuaron con su almuerzo. El ingeniero miraba en torno suyo con una expresión ausente. Se acercó al borde de la azotea donde acababa de ver una cáscara de naranja, la pisó, resbaló y cayó al vacío.
Los operarios gritaron alarmados, se asomaron y vieron, a la altura del sexto piso, enredado en los alambres de la instalación eléctrica provisional, al ingeniero que desesperadamente se aferraba al marco de una ventana. Otros obreros, advertidos, abajo, introdujeron por la ventana el cuerpo desmadejado del ingeniero Cellini.
A eso de las tres de la tarde, los médico dijeron que, salvo algunas contusiones, no tenía nada de cuidado; recetaron un tranquilizador y recomendaron reposo.
El socio, al lado del lecho donde el ingeniero descansaba, aprovechó un momento en que los dejaron solos, le preguntó:
- ¿No se te ocurrió hacer otra cosa, cojudazo? ¿Qué resolvías con eliminarte?
- Fue un accidente ... y punto. Dime, ¿qué novedades?
- Todo okey. El auditor manejó bien las cosas; obtuvimos la licitación y la otra también, la que parecía empantanada; nos entregarán el veinte por ciento de adelanto antes de fin de semana. Cuídate. "Cuando salí -diría después- lo dejé muy contento y optimista".
El ingeniero Cellini cerró los ojos, su rostro perdió el color ceniciento, sus ojos estaban limpios, se desperezó relajado. Todo se había resuelto. Ahora podría, con su esposa y su hija mayor, hacer el viaje a Europa, varias veces postergado; en París, su hija compraría su vestido de novia; su hijo tendría el carro sport y su hija menor (cuatro años apenas), morena de ojos verdes como él, el ser que más quería, iría al colegio inglés, el mejor y el más caro. El ingeniero se quedó dormido y soñó que una multitud de obreros lo llevaban en hombros y que su hija pequeña le hacía adiós con la mano. Se levantó, tomó una ducha y fue a su escritorio; recostado en su sillón, estaba mirando el techo.
Abrió el cajón del escritorio, sacó la pistola, lista para disparar, y la tomó entre las manos para descargarla.
- ¡Papi! ¡Papi!
Era su hija menor, el ser que más quería, y fue lo último que el ingeniero Cellini pudo ver un instante antes de que el tiro le partiera el corazón.
Era alrededor de las siete y media.