JACOBO, el seminarista.

 

Uno

- A mí no me convence -dijo el padre asesor-. Eso de sentirse peleando con el Ángel por el solo hecho de llamarse Jacobo ...

La vehemencia con que hablaba de servir a sus semejantes, la poca claridad de sus ideas con respecto a las instituciones, la exagerada afición que Jacobo manifestaba por el ceremonial y la liturgia fueron las razones por las cuales el padre asesor recomendó no admitirlo como alumno del Seminario. 

El Rector del Seminario estaba enterado de que la madre de Jacobo había muerto cuando éste tenía tres años y que su padre, tras intranquilos años de viudez, estaba ahora enredado con una mujer de mal vivir.

Jacobo fue criado por su abuela, buena mujer que se angustiaba por los castigos del infierno y creía en la santidad del párroco de San Pedro; que ponía velitas a las ánimas del purgatorio, comulgaba los viernes y chismeaba toda la semana.

- ¿Así que usted pelea con un Ángel? -le preguntó el Rector, con una sonrisa.

- Nos pasa lo mismo, monseñor.

El Rector endureció el semblante. Después comentaría: "Me cayó bien el muchacho; le pedí que estudiara un año en la Universidad y le prometí recomendar su ingreso al Seminario el próximo año"

El padre asesor se encogió de hombros.

 

Dos

Un año de permanencia en la Universidad moderó la vehemencia de Jacobo por servir a sus semejantes; reflexionó sobre la complejidad de la conducta humana y se interesó por el funcionamiento de las instituciones locales. La agitación callejera de motivación política lo inquietaba y provocaba en él fantasías heroicas.

Después de una manifestación, disuelta con gases lacrimógenos y disparos al aire, Jacobo acompañó a Danie, universitaria en la especialidad de Biología, hasta la habitación en que ésta vivía. Ella preparó algo de comer; observando la intranquilidad de él, trató de calmarlo.

- Ya te acostumbrarás a corretear; perderás el miedo.

- No es eso; sucede que es la primera vez que me encuentro a solas con una muchacha.

Después, envueltos por una ternura fatigada, Danie le dijo:

- ¿Ves qué fácil y agradable resulta? Complicamos las cosas. Sobre el amor y la muerte se ha puesto una cantidad absurda de tabús, reglas, ceremonias; ¿sabes por qué? Por miedo. El miedo nos hace comprender mal el mundo y la vida, nos rodea la soledad y nos lleva a la locura.

- Entre el principio y el fin, entre el amor y la muerte, tenemos la oportunidad de hacernos mejores; pensando en algo más allá, perfeccionar nuestra naturaleza humana -corrigió Jacobo.

- No hay tal naturaleza humana. Mejor es pensar que se lucha por desmontar un sistema social que esclaviza, embrutece y envilece al hombre; se lucha por edificar un mundo en que los hombres puedan ser libres, dignos, limpios; se lucha por inmovilizar a los que manipulan el hambre, la ignorancia, el miedo, y que nos enajenan.

- Bueno, para eso hay que cambiar a los hombres.

- No pueden cambiar si no cambia el sistema social.

- Será, tal vez, la pelea con el Ángel -musitó Jacobo.

- ¿Qué dices?

- Nada, Danie; es mejor dormir un poco. Está amaneciendo.

 

Tres

- Acúsome, padre, de haber participado en actividades subversivas. 

- ¿Qué has dicho? Por Dios, Jacobo ... repite. Jacobo estaba por terminar el primer año de estudios en el Seminario y su confesión confirmaba los temores del padre asesor. El informe de la comisión encargada de calificar el caso terminaba recomendando que se vigilara estrictamente a Jacobo, que se le suprimiera toda salida por dos años y, si cometiera otra falta semejante, que fuese expulsado. Dejaba en manos del Rector la decisión final.

- Esta es una conversación entre amigos; dime qué pasó.

El Rector del Seminario quería conocer en detalle la versión de Jacobo. 

- ¿Se acuerda que, a poco de haber ingresado, le hablé de Danie? Fue ella la que me pidió que entregara un mensaje a sus camaradas; un grupo que debía venir a la ciudad y que, habiendo sido delatados, iban a ser emboscados antes de llegar.

- ¿Venían a cometer un atentado?

- No, solamente debían hacer pintas y repartir volantes.

- ¿Y, qué pasó?

- Yo llevé el mensaje; los muchachos se retiraron a tiempo y se evitó una matanza.

- Y tú resultaste el héroe. ¿Premiaron tu participación?

- Ni siquiera he vuelto a ver a Danie. Pedí la confesión porque quería que me ayudaran a analizar el sentido cabal de mi acción que yo consideraba un servicio.

- Bien, vamos a dejar las cosas como están. Cumpliremos la recomendación de la comisión.

Jacobo cumplió los dos años de sanción; rumiaba a solas los recuerdos de Danie. El padre asesor balanceaba la cabeza.

 

Cuatro

Jacobo inició el cuarto año de estudios, el próximo lo cursaría en Lima y eso lo entusiasmaba. Recibió el encargo de ayudar en su ministerio, tres días por semana, al padre Lucho, viejo y achacoso párroco de Santa Ana encaprichado en no ir a vivir tranquilamente en el Seminario.

El pequeño pueblo de Santa Ana distaba de la ciudad más de 50 kilómetros, 15 de los cuales había que subir a pie, por escarpada senda a través de una zona casi deshabitada; de Santa Ana continuaba hacia las "jalcas" una trocha a veces transitada por cazadores de venados.

En uno de sus viajes semanales, Jacobo encontró en el ómnibus a un antiguo compañero de la Universidad y le preguntó por Danie.

- ¿Cómo, no lo sabías? La mataron en un enfrentamiento.

En busca de mayor información, Jacobo fue a visitar a un profesor amigo de Danie.

- A mediados del año pasado -le contó el profesor-, llegó un joven oficial con la orden de terminar, a cualquier precio, con la agitación en el campo. Los muchachos no calcularon el riesgo de cierta acción; de los seis, cuatro desaparecieron, entre ellos Danie -terminaron en silencio sus tazas de café-. Nos gustaría hablar contigo, Jacobo -le dijo al despedirse.

- Ya habrá oportunidad.

No habría de pasar mucho tiempo antes de que Jacobo conociera al oficial. 

La garita de control de tránsito estaba en El Desvío; allí se separaba el camino de herradura por donde se iba a Santa Ana. En uno de sus viajes semanales, allí bajó Jacobo; también los otros pasajeros para el obligado control.

- Regístrenlos -ordenó el oficial.

- Este es el curita del que ya le he hablado -dijo el sargento, en voz baja, al oficial.

- Regístrenlo con más cuidado; estos son unos bribones. Acuérdense del otro -el oficial miró a Jacobo de pies a cabeza con un aire altanero y amenazante.

El segundo encuentro se produjo poco tiempo después.

- Oye, tú. ¿Cuál es tu equipaje? -le gritó el oficial. Jacobo señaló su maleta-. ¿Qué me miras con cara de baboso? Yo te conozco, curita.

¿Qué llevas?

- Granadas.

El oficial reaccionó automáticamente; palideció y se llevó la mano a la pistola.

- Si se mueven, disparen. Revisen la maleta.

El sargento revisó la maleta.

- Son granadas -al tiempo que mostraba las frutas roji-verdes. Los demás pasajeros, que habían permanecido aterrados, soltaron una nerviosa carcajada.

- La próxima vez te mando al infierno, curita de mierda.

El sargento sonreía disimuladamente mientras comía una granada.

 

Cinco

Los rasgos físicos de los Carhuapoma, tanto de los padres como de los hijos varones eran marcadamente indios; no así los de Sonia, la hija menor, que era blanca, de ojos verdes y cabellos castaños. Los Carhuapoma vivían en Santa Ana; a pocos kilómetros tenían un terreno fértil y extenso. 

- No se parece a sus hermanos -observó Jacobo.

- Sopaipa guagua, pues, padrecito -explicó la madre.

El viejo párroco instruyó, después, a Jacobo:

- Sopaipa guagua quiere decir hija del diablo. Entre esta gente, cuando nace una criatura con los rasgos blancos de Sonia se piensa que el diablo ha metido la cola y que la criatura es hija suya. Una de las tantas creencias absurdas del campo.

- Está usted creyendo cojudeces, padrecito -le dijo el portero del Seminario cuando Jacobo movió con él el mismo tema- Yo le voy a decir de qué se trata: por aquí estuvieron unos frailes españoles jóvenes y buenos mozos que frecuentaban las casas de las familias decentes de la ciudad; y allí estaban las hijas de familia, cuidaditas y calientitas, en edad de merecer ... y entre niñas controladas y frailes sin control sopla el diablo. ¿Me comprende?

- ¿Y después?

- Pues nacían los sopaipa guaguas y los entregaban a las indias recién paridas para que los amamanten y los criaban en el campo como hijos suyos. A cambio, se aseguraba el secreto regalando al marido de las indias un lote de terreno en los linderos de las haciendas y ayudándolos después ocasionalmente.

Jacobo siguió escarbando con el padre de Sonia.

- Bonito su terreno, Don Juan; lo he visto de pasada; le habrá costado caro.

- Pues ahí lo tiene, padrecito. En esos tiempos era barata la tierra; lo compré de mis patrones; ya para veinte años.

Sonia tenía veinte años. Jacobo comprendió que está tentando un terreno

peligroso.

 

Seis

Esa mañana, a pesar del frío y la neblina, el joven oficial estaba de muy buen humor; fumaba a la puerta de la garita cuando la camioneta del Ministerio de Salud se detuvo y descendió Jacobo.

- ¡Carajo! Tenemos que vernos a cada rato.

- Es mi camino -respondió Jacobo.

- Y ahora, ¿qué llevas? ¿granadas de guerra?

- Unas cuantas.

- ¿Y pistolas?

- Cuatro, nada más.

- Ya , ya; otra vez con tus bromas, curita bellaco. Llévatelas antes que te haga volar con tus propias granadas.

Jacobo se sentó sobre la caja de madera, pesada y bien asegurada, que el abogado le había encomendado. Palideció y se estremeció.

- ¿No se siente bien, padrecito? -le preguntó el sargento.

- Es su oficial quien me hace sentir mal.

- A propósito, tenga cuidado; es inexperto y muy joven.

- Y tiene miedo, ¿no es cierto?

- Sí; tiene mucho miedo.

En Santa Ana entregó la caja de madera a los "enlaces"; éstos la abrieron en su presencia; contenía pequeñas granadas de guerra y algunas pistolas de 9 milímetros. Jacobo dio unos pasos tambaleante y comenzó a vomitar; llamaron a Sonia para que lo atendiera. "El padrecito se ha asorochado", dijo uno de los "enlaces" y Sonia: "Qué raro, si está acostumbrado a la altura".

En la ciudad, a su regreso, Jacobo encontró al abogado en el café de la plaza.

- Oye, imbécil, hijo de puta, es así como manejas las acciones, ¿no es cierto?

- Pensamos que si te lo decíamos te hubieras negado. Y era urgente.

- Y me mandaron a la muerte.

- Eran órdenes -balbuceó el abogado enrojeciendo.

- Les importa un pepino lo que les suceda a los que los ayudan.

- Tienes que comprender ...

- ¿Qué es lo que respetan ustedes, cretino? Tu hablas de despreciar la muerte; pero lo que desprecias es la vida ... y más fácilmente si se trata de la vida ajena.

El abogado salió precipitadamente. Jacobo pidió otro café; sintió renacer la inseguridad y las dudas; pero ahora en el otro lado, en el mundo al que Danie había pertenecido; ese mundo al que ella lo había atraído.

 

Siete

Para servir la taza de café, Sonia se inclinó delante de Jacobo; el amplio escote de su blusa dejó al descubierto sus blancos pechos bien formados, de rosados pezones; Jacobo se quedó mirándolos, se sonrojó, le temblaron los labios; Sonia le sonrió. Jacobo se levantó, pasó con brusquedad delante de Sonia, empujándola y se fue al patio. Al poco rato, Sonia estuvo con él.

- ¿Pasa algo, Jacobo?

- ¿Te parece gracioso provocarme? -Jacobo se mostró irritado.

- ¡Por Dios, Jacobo! Ah, ya me doy cuenta. Lo dices por mis pechos, ¿verdad? Se ve que eres un mestizo con mentalidad de beata. Entre nosotros, eso no tiene importancia; somos campesinas limpias, no provocamos; no jugamos sucio como tus señoritas de la ciudad.

- Señoritas con las que tú has estudiado.

- Es la vida la que cuenta, no los estudios.

- Perdóname, Sonia, creí que ...

Sonia se levantó la blusa, tomó la mano de Jacobo y la colocó sobre sus pechos desnudos.

- Cuando yo quiera, me voy a entregar a ti abiertamente.

Sonia apoyó su cabeza sobre el hombro de Jacobo y lloró.

Jacobo le acarició la trenza abultada y suave.

- Tengo miedo -dijo ella cuando se recuperó.

- ¿Miedo de qué?

- Del oficial; ayer me estuvo diciendo cosas feas; dijo que me hará su mujer aunque tenga que acabar con Santa Ana.

- Debemos protegerte; mañana, en la ciudad, veré quién me puede ayudar; aunque tenga que acudir al diablo. Te veré mañana.

Habría de pasar algún tiempo antes de que Jacobo volviera a ver a Sonia.

 

Ocho

Sor Amelia llegó antes de cumplir los veinte años; estaba haciendo el noviciado; era la primera vez que visitaba la sierra y le encantaron el paisaje y la vida campestre; en poco tiempo se conquistó la simpatía de la gente de la zona y de los miembros de la organización con quienes trabajaba; los niños campesinos a su cargo la llamaban "madrecita" y ella les dedicaba todo su tiempo disponible. El caserío, centro de sus actividades, quedaba a tres kilómetros de la garita de control frente a la que tenía que pasar inevitablemente, tanto al entrar como al salir.

Hasta los dirigentes de su trabajo habían llegado rumores: "esas fieras de la garita miran a la madrecita con ojos hambrientos".

En varias oportunidades propusieron a Sor Amelia que fuera a trabajar a la ciudad.

- Hay que confiar en la bondad humana -contestó ella. Su confianza habría de costarle caro.

Jacobo viajaba en la parte posterior de la camioneta y venía tan absorto que no se percató de la proximidad de la garita.

- Lleve esta pasajera a la ciudad -era la voz del sargento.

- Que vaya atrás, por favor, la cabina está ocupada -el sargento ayudó a subir a Sor Amelia y la camioneta pasó sin cumplir con los controles de rigor.

- Hola -saludó Jacobo.

- No lo reconocí, ¿viene de Santa Ana? -preguntó Sor Amelia.

- Sí, ¿y usted, de su trabajo? -no hubo respuesta, en la penumbra,

Jacobo oyó que la novicia sollozaba.

- ¿Pasa algo, Sor Amelia? -preguntó.

- Estuve detenida en la garita ... desde anoche -ahora lloraba convulsivamente. Tras un largo silencio, Jacobo preguntó:

- ¿Quién fue?

- El oficial y el sargento.

- Tendrá que denunciarlos.

- No, Jacobo, será mi palabra contra la de ellos ... todo el mundo está aterrado ... los jueces, usted sabe ... será un escándalo inútil ... nadie va a tomar mi defensa, ni siquiera mi gente. Por favor, guarde el secreto ... yo me iré.

- Como usted quiera -la voz de Jacobo era ronca y temblorosa- pero esto no se va a quedar así para mí.

Esa misma noche, Jacobo estableció contacto con los enlaces y les informó

sobre Sonia y la novicia.

- De Sonia no tiene por qué preocuparse; ella está protegida.

-¿Está ella en comunicación con ustedes?

- Ella es de los nuestros. Lo que nos preocupa son sus padres y los campesinos de Santa Ana. En cuanto a la novicia, crea una situación ... 

- Pues, tenemos que acabar con esa situación.

- ¿Has dicho "tenemos"?

- Claro, por eso estoy con ustedes; pero sólo esta vez.

- ¿No has pensado incorporarte a nuestra organización?

- No, pensamos distinto respecto a las acciones.

- Ah, ¿sí?, interesante ... a ver, ejemplos.

- Qué te digo ... no dejarse llevar por el rencor y el odio; pensar políticamente. Conquistar a los obreros, recuperar a los universitarios. Desenmascarar a los politiqueros en el poder. Dar mayor información. El uso del terrorismo como método revolucionario es un suicidio para ustedes ... Qué se yo ...

- Bueno, no vamos a discutir las opiniones de un pequeño burgués desesperado -sentenció el más joven de los enlaces.

- Cuando yo pienso en ustedes y en sus muertos me siento un desertor. 

Callaron largo rato; al fin, dijo el más viejo:

- Vamos a buscar a los mandos.

 

Nueve

- El Rector lo necesita con urgencia -le avisó el portero.

Jacobo encontró muy nervioso al Rector.

- Algo ha pasado en Santa Ana; el padre Alejo está viajando en un automóvil; acompáñelo, Jacobo, y manténganme informado.

Amanecía cuando llegaron a Santa Ana. Algunas casuchas estaban en llamas; hombres armados y con pasa-montañas vigilaban. Mujeres, niños y ancianos se habían refugiado en la pequeña iglesia. Alejo y Jacobo se abrieron paso en busca del viejo párroco, el padre Lucho, quien se encontraba en un sillón cerca del único altar. Con ellos llegaron el oficial y dos de sus hombres. 

- ¿Qué ha pasado? -preguntó Jacobo.

- ¡Nos atacaron! -se adelantó a contestar violento el oficial.

- ¡Mentira! -gritó el viejo párroco-. Fue este oficial ... él asaltó e incendió el caserío en busca de Sonia ... mató a sus padres y a dos campesinos ... lo vieron preparar el ataque.

El oficial descargó un puñetazo en la cara del padre Lucho derribándolo del sillón; apoyó el cañón de su pistola en la frente de Jacobo y le gritó: 

- ¿Tienes algo que alegar?

Las mujeres armaron un terrible alboroto, de lo que aprovecharon el oficial y sus hombres para huir.

El viejo párroco murió al mediodía.

Por la noche, Jacobo informó al Rector del Seminario de los acontecimientos en detalle. Había tomado una taza de té y ambos guardaban un pesado silencio. El Rector sonrió tristemente y preguntó a Jacobo:

- ¿Ha terminado su pelea con el Ángel?

- ¿Terminó la suya, Monseñor? -dándose cuenta de su imprudencia, agregó:

-Le ruego me perdone ... estoy desolado ... No, no ha terminado; pero me ha enseñado a buscar mi propio camino ... que no es el que estoy siguiendo. 

El Rector lo observó con profunda tristeza; en las últimas horas había envejecido.

- Tengo la impresión, Jacobo, de que no volveremos a vernos; cualquiera que sea su decisión, tenga el valor de cumplirla.

Jacobo se inclinó profundamente, cuando levantó la cabeza estaba solo.

 

Diez

El asalto a la garita de control de tránsito se produjo al amanecer; un tiroteo de casi una hora que dio por resultado: dos atacantes heridos, el sargento y dos efectivos muertos y un desaparecido: el oficial.

Cuando Jacobo entró en la deshabitada casa-hacienda, a 20 kilómetros de la garita, hacía un buen tiempo que lo esperaban dos mandos armados y cubiertos por pasa-montañas, que vigilaban al oficial atado en un rincón, que, al ver a Jacobo le gritó:

- A mí no me engañaste, cura rojo ... yo sabía quién eras.

Nadie lo tomó en cuenta; uno de los mandos pidió:

- Vamos al grano. ¿Se puede conseguir testigos?

- Yo puedo repetir lo que todo el mundo sabe -dijo Jacobo.

- Eso no tiene valor para un tribunal popular.

- ¿Qué hacemos, entonces? Matarlo aquí sería un asesinato.

El oficial, pálido y tembloroso, escuchaba la conversación. Jacobo se dirigió a los mandos:

- Yo puedo presentar dos testigos de la tortura y muerte de cuatro universitarios, una mujer entre ellos; también hay testigos en Santa Ana que lo vieron preparar y ejecutar el ataque.

- Con eso es suficiente.

Jacobo se acercó al oficial y, con voz fría y calmada, le preguntó:

- ¿Tienes algo que alegar?

 

Once

Jacobo no acompañó el cortejo fúnebre del padre Lucho al cementerio. Subió al campanario con el sacristán que debía doblar a muerto; se quedó mirando las doradas colinas bajo un cielo color malva. La noche anterior había soñado que caminaba por un trigal, pasaba entre dos colinas blancas coronadas por linternas rojas; al fondo veía un matorral de donde nacía un arroyuelo; Jacobo sentía sed, pero a medida que se acercaba, lo acometía un miedo intenso. Despertó sobresaltado. Al recordar el sueño surgía, repetido, el nombre de Sonia.

Jacobo calculó que si tomaba el ómnibus y después caminaba toda la noche, llegaría al amanecer a las alturas de Santa Ana, donde estaba Sonia. 

Poco después emprendió la marcha.

El padre asesor estuvo rezando toda la noche.

 

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