EL TERNO AZUL DEL PRECEPTOR

 

La ansiedad de los últimos años ya no se refleja en ese rostro afilado, casi transparente; ahora un rostro innecesario.

Es un velorio decoroso, sin llantos estridentes; tal vez un sollozo sofocado por el chal entre las mujeres de la cocina o un suspiro calculado de algún pariente ingenuo o mal informado.

En el corredor que rodea el patio bien cuidado, permanecen atentos al trago que habrá de venir los borrachitos que no faltan a ningún velorio, en pueblos pequeños como aquella capital de provincia, donde todos se conocen. 

- Le han puesto su terno azul-marino -observa uno de los borrachitos.

Pero un terno azul no es tema de maledicencias, por más que contraste con la ropa de todos los días. Es simplemente el terno azul-marino (ahora mortaja) que el Preceptor llevó los domingos y días de fiestas, en algún bautizo, matrimonio o velorio. El señor Preceptor fue siempre aún en el tramo final de su derrumbe, persona respetable, por encima de la mala voluntad. Sin embargo, el terno azul tiene su historia que, de algún modo, es parte de la historia (la parte triste) del señor Preceptor.

*

Terminadas las clases de las tardes en la Escuela Primaria No. 901, el Preceptor llegaba a la cantina, a poco llegaba su compadre Demetrio, boticario ya sin negocio que todavía recetaba, ahora gratis, emplastos, ungüentos, purgantes. El cantinero les traía una "mulita" de aguardiente que ellos bebían en silencio, esperando que el alcohol les calentara las palabras; luego comentarios o lecturas; se interesaban en alguna próxima celebración; presagiaban heladas o pronosticaban cosechas; a veces, tocaban con delicadeza, algún asunto personal.

- Usted pudo quedarse, compadre, a estudiar Derecho o doctorarse, como hicieron otros colegas suyos.

- Pudo ser, don Demetrio, pero yo regresé ... en mí fue vocación, sólo enseñando me sentí contento ... a pesar de tantos bellacos y bellaquerías: métodos, programas, carpetas de trabajo y, por si eso fuera poco, desfilar ante las autoridades y hasta tener que vestirse decente para recibir al Presidente.

El preceptor guardó silencio y terminó su copa; para cambiar de tema, con una sonrisa triste, dijo: -Compadre, yo tengo un apellido de planilla. (Así hacía referencia a que su apellido, muy común en la provincia, se repetía en las planillas de jornales de los peones).

- Su esposa sí que tiene un apellido decente, ¿diga?

- Así es; aunque le voy a decir que yo no tengo claro eso de decente.

La esposa, descendiente de terratenientes, tenía un apellido decente; es decir, una suerte de garantía de sensibilidad, buenas costumbres, mesura, aislamiento. El Preceptor era trabajador, inteligente, no se emborrachaba ni tenía querida. No se puede saber si lo que esperaba el uno del otro les ayudó a ser felices; si la prosperidad y el prestigio no fueron más que palabras. Se casaron; tuvieron un hijo y una hija.

*

Comenzaba a llover y el cura Miguel abrevió el responso; terminó el entierro; después de los abrazos de rigor, los acompañantes se dispersaron. El Preceptor comenzaría a ser olvidado, pero antes, algunos recuerdos habrían de ser repasados sólo por recordar.

- Aquella maldita ceremonia lo afectó; no volvería a ser el mismo -dijo la esposa al salir del cementerio encalado y todos los parientes que la rodeaban recordaron la maldita ceremonia.

*

La noticia fue llegando por partes y con algunas variaciones; primero se dijo que el propio Presidente de la República, en persona, llegaría a la capital de la provincia.

- ¿Tanta suerte tendremos, comadre Melchorita? -Envidiaza la que nos van a tener, diga usted.

- Será que Dios se acordó, al fin, de nosotros.

El gobernador, el boticario, el farmacéutico, el sargento y los tres guardias estaban de vuelta y media. Otra noticia trajo una modificación: la cosa sería en la capital del departamento.

- Eso está bueno, colega; si nos dan movilidad, de paso, puedo visitar a la fulana.

La noticia conmovedora no se hizo esperar: los maestros de todos los niveles, grados y jerarquías, debían presentarse al "besa-manos", en la capital del departamento, luciendo terno azul-marino, los varones; blusa blanca, falda y bolerito azul, las señoritas profesoras; so pena de cancelación inmediata del cargo y sin apelación.

- Nos jodieron, compadre.

Un sábado, los maestros de todos los distritos y caseríos comenzaron a llegar por grupos y se reunieron en el local del Colegio Nacional para recibir instrucciones y ultimar detalles.

- ¡Cantidad de cojudos! -se alarmó el sargento.

Después del almuerzo y con retraso se presentó el Comisionado Escolar. (¡Madre!). Era un hombre alto y flaco, con los gestos ambivalentes de quien se ha acostumbrado a mostrarse servil con sus superiores y ser prepotente con sus subalternos. Vestimenta extravagante, ajena en todo al oficio de profesor: un casco de explorador, chaqueta de cuero sobre camisa multicolor de franela, pantalón de montar "de hoja", enormes y sonoras botas "de tubo", guantes de cuero y fuete en la mano. Inseguro al principio de la ceremonia, fue tomando confianza después que lo saludaron, con especial deferencia, el subprefecto, el juez, el alcalde, el boticario (cuarteto del rocambor de los sábados), las personas notables y las damas más notables (sobresalían por su recato las Hijas de María).

El Comisionado Escolar estiró una sonrisa, levantó (con esfuerzo) el pecho raquítico y paseó a grandes trancos, sobre el tabladillo improvisado, castigando con el fuete las botas de tubo en el más limpio estilo de los gamonales de la zona. Después de presentarse como representante personal del señor Ministro de Educación (que Dios guarde) y de mirar de reojo a los miembros de la mesa directiva (que a Dios poco le importan), leyó una resolución firmada (nadie supo por quién) en la que se oficializaba la concurrencia, dentro de veinte días. a la Capital del Departamento, vistiendo terno azul-marino los varones (etc., etc.), de todos los maestros, incluyendo los contratados a tiempo parcial.

- Qué ganas de joder -murmuró el cura Miguel, que tenía nueve horas de clases de religión en el Colegio Nacional.

*

En casa del Preceptor, después de la comida y tras largos y comprobados cálculos, se descubrió que un terno azul-marino de casimir nacional (inglés, ni en sueños) costaría, por lo bajo, lo que ganaba el Preceptor en ocho meses.

- ¡Santo cielo! -gritó la abuela (ya estaba un poco sorda).

- ¡Virgen Santísima! -apoyó la madre del Preceptor.

- ¡San Martincito! -terminó la esposa.

- ¡Qué carajo! - la decencia y las circunstancias dieron por no pronunciada la grosería del Director de la Escuela No. 34.

- Y un terno azul pide camisa blanca, con gemelos.

- Y corbata negra.

- Por la camisa no hay que preocuparse; le ajustaré una que me dejó mi marido (que en paz descanse) -ofreció la madre.

- Y la corbata que nos la preste el Antonio, que tiene un montón -colaboró la esposa.

Considerando los intereses, los plazos y las renovaciones, se necesitaría un año y medio para rescatar las prendas que la señora Dolores había aceptado en empeño.

Y así el día señalado para el viaje, el Preceptor lucía muy elegante, el pelo recortado y los zapatos recién lustrados. Su madre le hizo las últimas recomendaciones:

-Y cuando el señor Presidente te tienda la mano, recuerda que eres una persona decente y no te inclines demasiado.

Advertencia innecesaria, como después se comprobaría, pues, el señor Presidente, con un gesto de quien huele caca, sólo tendió la mano a los tres primeros de una larga columna (de a cuatro en fondo) de los mil y tanto maestros uniformados de azul-marino que proclamaba la diligencia y esmero del Comisionado Escolar (fue ascendido mes y medio después y desapareció).

Después de tres días de ausencia, regresó el Preceptor con su terno azul-marino de casimir nacional bien envuelto en su maleta y con su dignidad mancillada.

- ¿Y cómo fue la cosa? -le preguntó la esposa en presencia de familiares y vecinos.

- Que te lo cuenten los cojudos que aplaudieron -respondió el Preceptor.

- ¡Hijo! primera vez que te escucho una grosería!

- Primera vez que veo a un Presidente -había un eco de desolación en la voz del Preceptor.

*

Murió la abuela y, poco después, la madre; la hija se casó y el hijo se fue "del todo" a Lima; la esposa cae con frecuencia en una autocompasión ensimismada. En la casa, que parece más grande porque está vacía, deambulan despacio la sirvienta envejecida y el gato cegatón y triste. El Preceptor aceptó la soledad, después de jubilado, como antes había aceptado el silencio, después de la muerte de su compadre Demetrio, y ya no lo perturban ni el consuelo ni el remordimiento de sus recuerdos. Eran menos las personas que lo conocían porque su pueblo iba cambiando.

Llegaba el Preceptor a la cantina a media tarde y ocupaba la misma mesa, al fondo, junto a la ventana que daba al patio. El cantinero le servía una mulita de aguardiente, que repetía al atardecer. El Preceptor llevaba un libro que leía con detenimiento y que dejaba de lado cuando llovía para mirar el salpicar de las gotas en el patio, el deshojarse del rosal y los gorriones refugiándose entre los geranios. Con el rumor de la lluvia se mezclaba el triste tañer de las campanas.

Entrada la noche, poco antes de que el cantinero cerrara su negocio, el Preceptor abandonaba su mesa, pasaba vacilante frente al cantinero y se diluía entre las sombras de la calle.

- Fue un desfile de borregas azules -dijo una noche al despedirse; el cantinero no supo a qué se refería.

Entre la niebla de alcohol que lo arrullaba, el Preceptor reconocía algunas voces; al quedarse dormido, creía sentir el beso de su esposa y soñaba que ya él podía perdonarse porque sus alumnos lo habían perdonado.

La tarde que el Preceptor no llegó, el cantinero supo que no lo volvería a ver.

Terminaba el mes de octubre y seguía lloviendo.

 

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