Enero 15.- Me llamaron temprano, de urgencia al hospital. Desmadejada, se entregaba inconsciente al lavado gástrico. Repugnante. No pude soportarlo y me retiré. Veinte tabletas de soporífero habían puesto a mi prima Laura a las puertas del infierno. Por la tarde la vi en su casa. "Deshonesto -dijo, sin abrir los ojos y reteniendo mi mano entre las suyas-, yo confiaba en él. No ha debido hacerlo". Le acaricié la frente y se quedó dormida.
Laura tiene mi edad. Apasionada por la acción social, su entusiasmo la empujó a la competencia; le hicieron trampas; se metió en problemas con su enamorado; estaba postergada. Los miembros de su organización detestaban a Rubén porque él se opuso a que yo ingresara.
Como siempre que me siento sola o que estoy triste o que algo no me sale bien, me acuerdo de Rubén. Si estuviera conmigo, ahora que me fatiga el silencio, que me canso de leer ...
Enero 16.- ¡Luisa! Me detuve estremecida. Sus manos sobre mis hombros. Caminé de nuevo, despacio. Su presencia adivinada detrás de mis pasos. Subimos al tercer piso; en mi habitación me di vuelta y nos besamos en la penumbra interminable. Mientras nos desvestíamos: "Tenía que verte". Y ya entre mis brazos: "Reanudaré los enlaces para que se reagrupen". Yo le cerré la boca con mis besos. Pasada la fatiga, le acaricié la cara y él, dormido, saboreaba mi ternura. Estaba envejecido. Nos despertamos al amanecer. "Es una reunión en la casa de la colina". "Pero si allí no vive nadie desde que tú te fuiste". "¿Estás segura-?". "No es ésa mi información".
Recuerdo mi repetida pesadilla que tiene por oscuro fondo la casa de la colina en la que estuve algunas veces: Yo salgo acompañada por un anciano cuya mano retira cuando yo quiero besarla. Quedo sola y me atacan los perros que una mujer azuza; me defiendo con una débil rama. Despierto agitada, sudorosa. Le pregunto: "¿Con quién te verás?". "Con una mujer, según las instrucciones". Lo abrazo, lo retengo: "No vayas; es una trampa, una emboscada". "Quédate tranquila. Me cuidaré".
Salió pensativo. En la escalera, el eco de sus pasos cansados.
Enero 17.- No regresó y me agoté en la espera. Por la noche, unos ruidos extraños en mi balcón me distrajeron de la lectura. Sentí miedo. En el piso superior, al otro lado de mi habitación, inusitadamente a mucho volumen, la señora tenía en la grabadora Cármina Burana. A mi llamado, la mujer abrió la puerta y me invitó a pasar. Bajó el volumen de la grabadora; fue al otro lado de la habitación y abrió la ventana; después de mirar hacia mi balcón, abajo, la volvió a cerrar. Debí haberme dormido; en la grabadora, Las Cuatro Estaciones. La mujer estaba en su cama, envuelta la cabeza en un chal negro.
Rubén estaba en mi cuarto. "¿De dónde vienes?". "Estuve en el cuarto de la vecina, arriba; sentí miedo ... ". Le conté de los ruidos en el balcón. "Voy a ver a la mujer -me dijo-. Después nos iremos. Prepara tus cosas". Me entregó una pistola, que yo guardé en el cajón de mi escritorio, asegurándome de que quedara con llave. Rubén se ha ido. Amanece.
Enero 18.- He escuchado la noticia por radio: "En la acequia, al borde de la calle angosta de la colina, se ha encontrado el cadáver de un hombre. En la espalda presenta una herida punzo-cortante a la altura del corazón; en las piernas y los brazos tiene múltiples mordeduras de perros. Se hacen investigaciones".
No sé cuánto tiempo he llorado. Por la tarde vino María; es la muchacha que vive cerca de la casa de la colina y a quien yo le había encargado que la vigilara. Alineada con otras, la casa forma la calle de arriba. Hacia la ciudad, campos baldíos en rápido descenso llegan hasta la calle angosta, abajo. Perros furiosos ladran durante el día y atacan por la noche.
"Yo vi la luz encendida y me acerqué a la ventana -me cuenta María, entre sollozos-. El señor conversaba con una señora que tenía un chal negro en la cabeza. El señor salió de la casa y, más abajo, lo atacaron los perros; él se defendía con un palo. Detrás del señor lo seguían cuatro hombres, escondiéndose entre las matas. Los perros se callaron. Yo no pude ver más".
Enero 19.- La radio no ha dado más noticias. En la mañana vi salir a la señora con sus maletas y envuelta la cabeza con un chal negro; tomó el automóvil que la esperaba. He dormido acodada sobre mi escritorio. Me despiertan unos ruidos en el balcón. Busco la pistola; el cajón del escritorio, fracturada la chapa, está vacío. A mis espaldas dos hombres ...