- Estas coronarias me están trabajando mal.
La paciente lo miró alarmada. El doctorcito le tomó el pulso, le hizo un examen de fondo de ojo e introdujo la mano debajo del sostén.
- Estas palpitaciones ... -dijo, mientras acariciaba el pecho presionando el pezón.
- ¿Cómo me encuentra, doctorcito?
- Bueno ... usted es joven; veintiocho años me dijo, ¿no? (le volvió a tomar el pulso con detenimiento impresionante). ¡Ajá! Su esposo está ausente, ¿verdad? Déjeme hacer ... por el momento, una inyección ... acomódese.
Después, la paciente no se explicó lo sucedido; el doctorcito le había hecho el amor y ella lo había disfrutado. No fue necesaria una receta.
Los abuelos del doctorcito venían de una antigua familia de petateros, vecinos de un pueblecito distante, que comerciaban con San Jorge a través de intermediarios. A la casa del boticario llegó (cuenta la gente de esos tiempos) uno de esos petateros y le dejó a su hijo: un muchacho flaco, silencioso, de unos ocho años, de ojos maliciosos y piel clara. La familia de petateros desapareció, nadie sabe cuándo ni cómo.
El boticario de San Jorge y su mujer, que no tuvieron hijos, criaron al muchacho, que creció detrás del mostrador de la botica y aprendió los pormenores del negocio. Murió el boticario y murió su mujer, el muchacho heredó la botica, se hizo hombre y se casó con Elena, mujer de mucha plata y que tenía, a decir de sus parientes, "un turbio pasado".
Meses después, nació el que, pasados los años, sería el doctorcito.
La madre lo utilizó para compensar los sueños frustrados de su juventud y el hastío de su vida pueblerina y vacía. El padre quiso que fuera lo que él no pudo ser: farmacéutico. El hijo había heredado, junto con los rasgos de indio-blanco, el resentido aislamiento del padre y la codicia caliente de la madre; creció sin amigos y jamás preguntó por su verdadera familia.
Estuvo siete años en Lima; no pasó el primer año en la Universidad y regresó a San Jorge a la muerte de su padre (su madre murió un año antes).
Dueño de la botica, dedicó sus horas de solitaria ociosidad a memorizar la literatura de los productos farmacéuticos y a hojear los vademécum de medicina. Había escuchado decir: "Hay que terminar con la nociva superstición de que la medicina cura" y él aplicaba la sentencia a su manera. Descubrió que, sugestionando al enfermo con la palabrería aprendida, cualquier remedio era bueno, ya que el paciente se curaba o se moría por su cuenta; descubrió también que, en la intimidad del consultorio, el pudor de algunas pacientes no pasaba de ser una etiqueta. Y así, en un pueblo que era poco menos que su hacienda, con precauciones y trampas se dedicó a vender sus recetas y a seducir a sus enfermas y se convirtió en el doctorcito, con minúscula y en diminutivo.
Cuando anunció su matrimonio con Dorila Teresa, muchas mujeres de San Jorge se sintieron estafadas.
Dorila Teresa era la última de cuatro hermanas y también la última esperanza de su padre de tener un hijo hombre. Cuando fue concebida (en el vientre fatigado de una mujer agotada por el trabajo), el padre hizo un gesto de disgusto esperanzado y cuando nació hizo un gesto de repugnancia. Dorila Teresa sólo alcanzó los juguetes y las ropas desechadas por sus hermanas y el agotado cariño maternal. Su espontánea alegría de vivir se marchitó temprano al morir una íntima amiga de la adolescencia. Estaba dispuesta a cualquier cosa cuando inició sus estudios universitarios; en el curso del primer año un cadete intentó seducirla, su primo mayor la violó, un empleado de la universidad le enseñó cómo se hace el amor, pagó muchas notas de las asignaturas en la cama, un seminarista que la amaba no pudo impedir que ella se hiciera un aborto.
Lidia fue la compañera de Universidad a quien Dorila Teresa salvó de morir consiguiéndole atención médica y remedios, y atendiéndola durante un largo tiempo. Lidia agradeció el favor con un odio escondido y sin perdón; ella hacía presente y remarcaba todo lo que podía herir o avergonzar a Dorila Teresa. "Sabes -le dijo una vez- que tienes una cara que todos piensan que eres una mujer de la calle". Y en otra oportunidad, cuando Dorila Teresa sufría insoportables dolores de cabeza: "Mira, los orgasmos que buscas para creer que eres feliz son los que te hacen desgraciada, porque eres conflictiva y no te aceptas a ti misma".
El hombre a cuyo lado Dorila Teresa se sentía siempre bien y lo buscaba y lo cuidaba y le servía y leían juntos era el amante de su hermana. Lidia le dijo: "Estás enamorada de tu cuñado y él tampoco es buena persona, por algo le dicen el lobo". Dorila Teresa le contestó: "Tienes razón y soy feliz porque lo necesito; es una felicidad que tú nunca conocerás".
Dorila Teresa llegó a San Jorge para pasar sus vacaciones; cuando le repitieron los dolores de cabeza fue a consultar al doctorcito. Su experiencia le dijo desde el principio con quién tenía que vérselas; de allí que sonriera burlona escuchando decir al doctorcito: "Esta cabecita no me está trabajando bien"; y al preparar la inyección lo detuvo secamente: "Vea, doctorcito, yo me voy a desnudar cuando a mí me dé la gana y cuando usted pague mi precio".
Ella siguió yendo a la botica hasta que el doctorcito terminó rogándole que se casara con él y aceptara su fortuna que era enorme.
No había memoria en San Jorge de otra boda tan suntuosa. Al momento del saludo a los recién casados, Lidia se acercó con una sonrisa coqueta y cariñosa, besó a Dorila Teresa en la mejilla y le susurró al oído: "Tal para cual; para una perdida, un miserable". Dorila Teresa, con otra sonrisa no menos cariñosa, le dijo al oído: "Perra, mal nacida; debí dejar que te murieras".
Al regreso de su muy corta luna de miel, Dorila Teresa era la mujer más rica y más desdichada y más enferma de San Jorge. Estaba encinta y había cortado toda relación con su marido, si bien guardaba las apariencias.
A su tiempo, nació una niña a quien bautizaron con el nombre de Paulina.
El doctorcito siguió practicando sus antiguas trampas en la botica y tratando de acercarse a su hija Paulina burlando la severa vigilancia de Dorila Teresa.
Paulina estaba próxima a cumplir los tres años cuando cayó enferma. Dorila Teresa sorprendió a su marido tomando el pulso a la niña. "Sal de aquí, desgraciado -le gritó- no toques a mi hija". A la mañana siguiente, aprovechando que Dorila Teresa no estaba en casa, el doctorcito aplicó una inyección a su hija. Paulina era alérgica a la penicilina y murió casi instantáneamente.
Poco tiempo después, Dorila Teresa estaba arreglando un ramo de rosas para la tumba de su hija. Su hermana entró al salón en penumbra.
- ¿Te acuerdas del lobo? -le preguntó.
Dorila Teresa, para ganar tiempo, dio la espalda a su hermana; sobreponiéndose, devolvió la pregunta:
- ¿Quién es el lobo?
- Cómo ... ¿no te acuerdas? ... Paúl, aquel hombre con quien yo ...
- Ah, sí -le interrumpió-, ¿qué pasa con él?
- Murió hace tres días, en Lima; se les quedó a los cirujanos en la mesa de operaciones.
Dorila Teresa, a solas, siguió arreglando el ramo de rosas.
El doctorcito no oyó el disparo que mató a Dorila Teresa.