EL SACRISTAN

 

Tras dos años de ausencia, Hilario regresó a su casa.

Su mujer apareció a la puerta; él le puso las manos sobre los hombros, a modo de saludo; entraron.

- Más bien te doy de comer. Hambre estarás trayendo.

- Bueno, pues -Hilario se acomodó en un banco pequeño de tronco de palmera, sin dejar de mirar el abultado vientre de su mujer en avanzados meses de embarazo; ella trajinaba entre el fogón y la mesa.

- Un poco de plata estoy trayendo. Si alguien estuviera vendiendo un terrenito.

- Aquí arriba, el Santiago está vendiendo.

Hilario relataba sus trabajos en la costa mientras su mujer arreglaba pellejos y ponchos que servían de cama.

- Aquí las cosas no han cambiado.

- Pero tú has cambiado -dijo Hilario.

- El duende del puquio ha sido, de seguro; cuando fui a lavar la ropa

-la mujer se sostuvo el vientre con las manos.

- Será, pues. El duende te empreñó como a las otras.

*

- Así no más es, señorcito. (El hombre foráneo tomaba nota de lo que la vieja campesina le narraba). El duende del puquio tiene la culpa; llega una mujer sola a lavar su ropita y, vea usted, ahí no más que el maldiciado la embaraza. ¿Qué pasa con el hijo, pregunta usted? Verá usted: al nacer, en un saco lo reciben sin que la mamá ni nadies lo vea; porque, si lo dejan vivir, hartas maldades ha de hacer: mata, roba, hace pelear a las gentes. Como le iba diciendo, después, el marido o alguien otro machaca duro el saco con una piedra; lo deshacen al mal nacido y van y lo entierran. ¿En dónde? En cualquier sitio; para más mejor a la orilla del puquio donde está su papá. No, señor, el marido nada reclama; bueno estuviera, si su mujer nada culpa tiene; el duende del puquio nomás. No. La gente también nada dice. Todo olvidamos. Para qué, pues, perder la tranquilidad.

*

Al salir de la casa, Hilario recogió una piedra grande. Al llegar al cruce de caminos, en lugar de tomar la senda que lleva al puquio, tomó el camino hacia la aldea y arrojó la piedra.

El hijo de la Rosaura murió al nacer, igual que los anteriores; Rosaura estaba vieja; sabía que no vendrían más.

Hilario entregó a Rosaura el saco que traía en brazos, acunándolo.

- Entonces, me lo irás criando -le dijo, como refiriéndose a algo convenido de antemano.

La mujer extrajo el cuerpo tibio y sanguinolento del recién nacido; movió la cabeza con desaliento; se abrió la blusa y le ofreció su pecho; la boca del niño se prendió ávido del pezón.

*

Hilario se alcoholizó y murió años después. El hijo de la Rosaura (así fue aceptado en la aldea) era un muchacho enclenque y ensimismado; hablaba a solas haciendo extrañas gesticulaciones; en los bolsillos de su pantalón remendado guardaba piedrecillas de colores, insectos muertos, el trompo y las canicas.

- Creo que el Segundo es un gafo, un retrasado mental - diagnosticó la maestra y recomendó a Rosaura: -Sería bueno que lo pusieras a trabajar en algo fácil.

*

El cura Juan de Dios llegaba a la aldea de cuando en cuando para oficiar misas de fiesta, bautizar, confirmar, responsos en los entierros y, rara vez, un matrimonio. La maestra le pidió:

- Si usted encontrara algo en que el Segundo pudiera ocuparse. Es tonto y no da para mucho.

- Déjeme ver ... lo ponemos de campanero; que ayude a doña Rosarito en la casa parroquial, que limpie la iglesia. ¿Qué dice?

El cura aplicaba pomposos nombres a una realidad miserable.

*

- Las cosas que está aprendiendo el gafo. Increíble -comentó la maestra.

Segundo tocaba la campana pequeña colgada del techo de la ruinosa capilla al amanecer y a la puesta del sol; tenía todo en orden y limpio y se interesaba vivamente en el ceremonial de la misa. Observaba los movimientos del sacristán; imitaba, meticulosamente, todos los ademanes; retenía en su memoria el texto de las oraciones y las frases litúrgicas. La Rosario comentó estas cosas con el cura y éste habría de recordarlo cuando el viejo sacristán, tuberculoso ya, no pudo ayudarlo en su ministerio.

- Oye, Rosarito, ¿crees que el gafo podría ayudarme a decir la misa?

Se lo aseguro, padrecito.

Segundo se convirtió en sacristán.

*

- Esto va para largo; ya debía estar lloviendo. Y el bendito cura que no viene.

- Mandó decir que estaba enfermo.

- Sin misas, será otro año de sequía si el cura no se sana.

En el cielo azul intenso se desgarraban solitarias, pequeñas, altas nubes blancas. Al anochecer, la capilla se colmaba de humeantes velas y de plegarias fervorosas.

- Encomendémonos a San Isidro Labrador.

- Sordo se habrá vuelto el santo, ¿diga usted?

El arroyo traía apenas un hilito de agua; el suelo se agrietaba; el viento traía polvo que amarillaba los árboles ajados; la peste se llevaba los animalitos. Se perdían las miradas en un cielo sin nubes, vacío de pájaros. Y no venía el cura para oficiar las misas que los santos esperaban.

*

- Vea, doña Rosaura, usted tiene que ayudarnos, hemos pensado.

El viejo carpintero miró a los otros hombres que, cabizbajos, daban vueltas entre las manos sus sombreros de junco.

- Hemos pensado ... usted sabe, la sequía y el cura que no viene ... esto es grave -intervino el tendero:

- Tenemos que rogarle a Dios; usted sabe que a usted le pedimos que su hijo diga misa -aclaró el yerbatero:

- ¿Que el Segundo diga misa? ¿Están locos? -doña Rosaura estaba alarmada-. No están hablando en serio.

- Bien en serio. El muchacho sabe cómo hacerla.

- Eso es pecado -se defendió Rosaura. Conmigo no cuenten.

Al día siguiente, el gobernador le habló al sacristán. Por la mañana, Segundo dio muestras de temor; en la reunión de la tarde, rió idiotamente. Al fin, aceptó oficiar la misa.

*

Cuando Segundo, con las vestiduras sacerdotales, dio cara a los feligreses, abrió los brazos y dijo: "Oremos", a doña Rosarito se le escapó un "Dios mío".

- Cómo se le parece -susurró la mujer del gobernador al oído de su marido.

Y después, fuera de la capilla, la gente soltaba la lengua: "Si es su vivo retrato", "Yo lo había notado hace tiempo", "Vaya uno a fiarse de los curas", "Qué dirán los santitos".

El cielo comenzó a nublarse. En la tarde cayó una lluvia alegre y consistente; un olor a estiércol y tierra mojada se extendió por la aldea.

Los días que siguieron; al pasar Segundo por las calles, la gente mayor le sonreía afectuosa, le decían hijito, gafito, Segundito; los chiquillos le gritaban burlones: "Padrecito sécula seculorum", "Cura ora pronobis", "Gafo mísero".

*

Una semana después de aquella misa, el cura Juan de Dios se hizo presente. A los aldeanos reunidos a la puerta de la capilla les habló iracundo:

- Han ofendido a nuestro Señor, pandilla de sacrílegos. La maldición divina caerá sobre sus cabezas y las cabezas de sus hijos; siete años de sequía azotarán los campos y ustedes se morirán de hambre -con voz trémula, enumeró castigos y habló del anticristo-. Un gafo -gritó-, un imbécil ha profanado este santuario. El Señor no calmará su ira y su furor. Yo me voy. No volverán a verme. No me llamen, impíos, desdichados.

Siguieron días de oscuros arrepentimientos, de incontrolable angustia, de pesadillas, de acusaciones, de borracheras a escondidas. El gobernador se cruzó en la calle con Segundo y le encajó un feroz puntapié; el carpintero le rajó la cabeza con una tabla; los chiquillos lo persiguieron a pedradas; la maestra lo miró con mucha pena.

La pequeña campana, colgada en el techo, no volvió a tañer.

*

A eso de la medianoche, hombres con las cabezas envueltas en bufandas, a los gritos de "muera el anticristo", atacaron la casa parroquial, sacaron a Segundo y lo despedazaron a la puerta de la capilla.

Rosaura, antes del amanecer, metió en un saco los despojos de su hijo. Con el pesado fardo al hombro y con una pala en la mano, tomó el sendero que sube a orillas del arroyo y llegó al puquio y allí cavó un hoyo, y enterró el saco y regresó a la aldea y se estuvo llorando.

El cielo se engordaba con negros nubarrones.

 

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