Aquella vez fuimos malvados. En el recuerdo, aún pasados tantos años, perdura ese amargor irremediable.
Éramos niños entonces. La tarde se iba por los cerros dejando en los tejados su despedida bermeja. El alumbrado eléctrico pronto intentaría su mezquino trabajo en cada esquina.
Estábamos, en patota, a la puerta de la bodega y nos negábamos, como todas las tardes, a terminar el día. Con activa indiferencia, el chino Aguirre atendía su negocio. La gente que entraba y salía nos miraba con ojos expertos en sospechas y apenas contestaba nuestro falso saludo.
Doña Zoila, envuelta en su chal azul-marino, junto al mostrador, contaba con precaución unas monedas. Ella vivía en nuestro barrio; por su culpa, mi abuela me reprendió muchas veces:
- ¿De dónde sacas eso de la mula? Debes llamarla doña Zoila.
Pero la beatita Carmen nos lo había explicado: "Doña Zoila se vive con el cura; por eso es la mula. Está en pecado".
La palabra pecado fue de las primeras que aprendimos; llenó de sombras nuestra infancia y doña Zoila cruzó con su misterio entre esas sombras.
Doña Zoila tenía un hijo; el "sobrino del cura", según nuestra maestra. El señor cura, alto, delgado, enfermo de rituales, llamaba al niño por su nombre, a doña Zoila decíale señora, y a los dos los miraba con una expresión detenida, tierna y lejana ante cuyo desencanto se quebraban las preguntas.
Aquella tarde, doña Zoila esperaba que la atendieran. Al verla, el Piti la anunció opacando su voz:
- Miren, allí está la mula -y luego, con los ojos brillantes: -¿Se acuerdan de lo que nos contó el Zambo?.
Lo recordábamos: si se cubre con un sombrero la huella que en la tierra deja el pie de esas mujeres y se reza una oración, la huella se convierte en el rastro que deja una mula.
Zambo lo había jurado besando dos de sus dedos puestos en cruz:
- ¡Por vida! El casco de una mula.
Y había que creerle; su tío era guardia civil y sabía de esas cosas.
Dos viejas, al salir, miraron a doña Zoila e hicieron un gesto malvado con sus bocas. Doña Zoila se acercó al mostrador.
Mario nos indicó con ademán disimulado la huella del zapato sobre el piso de tierra, junto al costal de coca.
- Pásame el sombrero.
Andrés, tras una duda, le entregó el sombrero.
Nos fuimos acercando al costal de coca, despacito, con las manos a la espalda, como mirando la estantería. El chino atendía a doña Zoila.
Nos pusimos en cuclillas. Cubrimos la huella con el sombrero. Miramos alrededor. Nos miramos inquietos. Esperamos. Julio levantó el sombrero. Nada. Era la huella del zapato.
- Falta el rezo -la voz de Guillermo, apenas un susurro.
Colocamos otra vez el sombrero: "Bendito y alabado sea ... ". Nuestras miradas revoloteaban devotamente sobre el sombrero, mientras rezábamos; nuestras manos amasaban su impaciencia. Mi primo Walter levantó el sombrero y nuestras miradas se arracimaron, pero allí seguía, igualita, la huella del zapato.
- De nuevo ... tápala de nuevo ... más bien un Ave María.
No le hicimos caso al Pashoncito. Con los ojos agrandados y la boca entreabierta, Piti miraba sobre nuestras cabezas; seguimos por el aire su mirada; apoyada la espalda sobre el mostrador, caído su chal azul-marino, doña Zoila nos contemplaba desde el fondo de sus lágrimas. En ese rostro elemental y dolorido no había un solo gesto; doña Zoila, un rosal bajo la lluvia, lloraba simplemente y toda la melancolía de la tarde se deshizo en llanto.
Salimos de la tienda reculando encogidos y nos dispersamos callados.
El crepúsculo se apretaba en remordimientos.