Con los ojos todavía cerrados, el señor López se esforzó por recordar.
Le propuso a su amigo que tomaran un taxi, pues habían bebido más de la cuenta, pero el amigo insistió que se encontraba lúcido y que conocía su automóvil y que en esa zona no había mucho tráfico. El señor López se adormeció en el asiento; poco después, en el estrépito, alcanzó a distinguir el ruido que hacen los vidrios al ser destrozados. No se dio cuenta que el automóvil se había enclavado en la vitrina de una zapatería.
Tuvo la sensación de haber despertado bruscamente. El mandil del hombre que lo estaba mirando era blanco como la paz del hospital.
- ¿Qué me ha sucedido, doctor?
- No soy doctor; soy el enfermero de esta sala. Usted no debe hablar ni moverse.
- ¿Y mi amigo?
El enfermero no respondió.
- ¿Ha muerto?
La expresión del enfermero era harto elocuente. El sueño borró la sala y el mandil blanco.
Un hombre arreglaba su maleta sobre la cama vecina; volvió la cabeza y sonrió al señor López que, entre sábanas, lo estaba mirando.
- Me voy; ayer me dieron de alta -el enfermero, al pasar, con ademán despectivo, dejó un papel sobre la mesita vecina. -Es mi autorización para salir, explicó el hombre; ¿se ha fijado? Un tipo raro.
- ¿Quién?
- El enfermero. Ya lo conocerá; le va a dar en qué pensar. Mientras los enfermos a su cuidado están mal, él los atiende maravillosamente y si mueren sufre como un pariente cercano; pero, si llegan a curarse, el enfermero se siente estafado y los ignora y los desprecia.
Terminó de arreglar su maleta y tomó el papel de sobre la mesa, lo leyó y lo guardó en su bolsillo.
- Adiós, amigo; espero que el enfermero se sienta estafado con usted, ¿me comprende?
- Sí, gracias.
El hombre se había ido cuando el enfermero llegó hasta la cama que ocupaba el señor López.
- ¿Ha dormido?
- Sí, creo que he dormido bien -contestó el señor López. El enfermero le colocó el termómetro. El señor López se dijo: "Parece un buen hombre y siente un afecto profesional por sus enfermos; ahora que si espera que los enfermos, por ser consecuentes y por no perder su afecto, se mueran a su cuidado, eso ya es otra cosa". Preguntó al enfermero:
- ¿Quién era el señor de esa cama?
- Un estudiante ... vino inútilmente.
El enfermero retiró el termómetro, lo miró a contraluz, hizo una anotación en la ficha clínica, arregló con diligencia las frazadas, palmeó el hombro del señor López y se retiró cauteloso.
El señor López pensó: "Yo no habré venido inútilmente". Transcurrió un buen rato antes de que su angustia se disolviera en la charca del sueño.
Mientras dormía, la cama vecina fue ocupada y, cuando el señor López despertó pudo ver el perfil abandonado y pálido de un niño. El enfermero dedicó toda la mañana a atender al niño con esmero. El señor López se consoló: "Mientras él se ocupe del muchachito, mi destino quedará en suspenso".
Vinieron días apacibles para el señor López.
Una mañana, ocho días después, el niño sonreía mirando la ventana que daba al jardín. El enfermero preguntó al señor López:
- ¿Sabe qué es lo que hace sonreír al chiquillo?
- No, ¿qué es?
- Observe la ventana.
El señor López levantó los ojos; las ramas de un árbol y un trozo de cielo se enmarcaban en la ventana.
- ¿No le parece que es la luz de la mañana?
- No -contestó el enfermero-. Es el jilguero.
Un pajarito amarillo y negro saltaba entre las ramas.
Por la tarde, el señor López vio pasar al enfermero llevando una jaula vacía.
A la mañana siguiente, el señor López fue despertado por la risa de una enfermera.
- ¿Se puede saber por qué está usted tan contenta?
- Ha sido el enfermero -explicó la muchacha-. A su edad, cazando pajaritos. Se trepó al árbol y se vino abajo. Lo hubiera usted visto: ¡ridículo!
Después del almuerzo, el enfermero entregó al niño la jaula en la que revoloteaba el jilguero. El niño hacía señas al pajarito y le hablaba; abrazó la jaula y reclinó contra ella su mejilla; en sus ojos aleteaba la alegría. El enfermero, de pie cerca de la cama del señor López, contemplaba al niño.
- Es el jilguero que ayer estaba en el árbol. Anoche puse pega en la rama y me dio resultado. Pero me costó un porrazo.
El señor López se sintió muy triste la mañana que se dio con la cama vacía. Había dormido profundamente y no se dio cuenta del apagado trajín que durante la noche se desarrolló en torno a la cama del niño; pero, se imaginó el trabajo de los médicos, el ritual del sacerdote, el rodar de la camilla y el pequeño ataúd.
A los pies de la cama estaba la jaula vacía. Pasó el enfermero vestido de negro. "Viene del entierro" se dijo el señor López. Cuando el enfermero regresó, ya con el mandil blanco, el señor López le preguntó:
- ¿A qué hora sucedió?
- Antes de medianoche. Todavía sonreía ... como cuando jugaba con el jilguero -suspiró e hizo un gesto de desconsuelo. Se acercó al señor López; le tomó la temperatura y el pulso; hizo una anotación en la ficha y leyó atentamente las instrucciones del médico.
López apenas podía soportar la angustia: "Ahora me toca a mí; descubrirá mi gravedad; me dedicará todo su afecto y volverá a ponerse su vestido negro".
- ¿Cómo ... me encuentra usted ... amigo? -preguntó tímidamente.
El enfermero lo miró con profundo desprecio y se alejó sin responderle.
El señor López cerró los ojos y se recostó sobre la almohada, relajado.
Una alegría irrefrenable lo invadía.