Llovió toda la noche y los tejados han amanecido luminosos y alegres. Detrás de los eucaliptos en calma, el perfil de los cerros. Las calles salpicadas de charcos.
He llegado pesadamente hasta el cuartucho donde vivo y me desplomo sobre el umbral; se pierden mis ojos por los caminos de las nubes; se me afila el dolor dentro del pecho, debajo del hombro izquierdo.
"Muñeca", la gata blanca y negra que solía ronronear, otras mañanas, sobre mis rodillas, se aproxima hasta la puerta donde estoy y me mira, luego me olfatea, desgarra un maullido y huye.
Anoche, tus manos jugaron con las sombras en mis sueños; cuando tus ojos aproximaban su ternura, la pesadilla de siempre los borró súbitamente y yo volví a verme acosado por los hombres que repetían la tortura para arrancarme hechos, circunstancias y nombres que yo me ejercito en olvidar.
Nos presentó el doctor León. Tu nombre: Liv Renard.
- Liv Renard -dijo- parece un seudónimo.
- El señor hace los empastes de mis libros -te informa el doctor León y tú me miras las manos.
- ¿Es su oficio?
Extiendo hacia ti mis manos encallecidas. Me miras fijamente entrecerrando los ojos.
Llegué a este pueblo que es el tuyo; cambié de nombre y de oficio. Las pesadillas que me destruyen pasan en un tiempo sin fechas.
Una tarde, mientras tomábamos café, el doctor León prometió a la amiga que nos acompaña: "Voy a prestarte un libro de Paul Valery".
Me ganaron los recuerdos y quise recuperar unos versos en francés; los dije en voz baja, para mí: "Où sont des morts les phrases familières ... "
- ¿Qué has dicho? -me preguntaste.
Y yo alarmado: -¿Dije algo?
En tu mirada, un reproche, una manera inmediata de no dejarme escapar. Tu aliento me roza la cara al preguntarme:
- ¿Quién eres?
En la prisión repitieron hasta el cansancio esa misma pregunta. Yo callé, como ahora. Los golpes me trajeron el desmayo y, al despertar, la pregunta martillaba la celda, destrozándome: ¿Quién eres?
Una noche, no hubo ni amenazas, ni gritos, ni golpes.
Yo estaba tendido sobre una mesa; uno de los hombres me levantó la manga de la camisa y me aplicó una inyección; sentí una tensión en el vientre y en las piernas, me fui hundiendo en una turbia indolencia. Los rostros de los hombres, amanojados sobre el mío, tomaron un color violeta encendido que cambió a rojo y se diluyó en azules; sus ojos saltaron de una a otra cuenca de sus caras; sus bocas se alargaron, se abrieron y cerraron en un orden de complicadas contorsiones. En el muro en sombras se inscribieron palabras que no supe leer.
Repentinamente, brotó una estrepitosa carcajada desde el fondo de mi cuerpo contraído. Los hombres también arrancaron en carcajadas. Todos los rincones de la cárcel se despertaron en interminables carcajadas.
Al día siguiente, en la desgastada mañana de mi celda, yo intentaba reconocerme en todos mis detalles. Afuera se despertó una inhabitual agitación. Un preso común, de paso ante las rejas, me dijo:
- Oye, ahí están trayendo a un montón de tus camaradas; ya no van a ser solamente para ti las palizas.
Le respondí con una carcajada; el preso se asustó y se marchó de prisa. Llegaban en tropel rumores de voces y de pasos; un trajinar de sombras humilladas. Entraron dos guardias y me sacaron en vilo.
Uno de ellos dijo:
- Se les pasó la mano; lo alocaron.
En una oficina, me enfrentaron con un libro grande.
- ¡Firma aquí!
Me incliné; el libro se cubrió con mi saliva espumosa. Me derribaron de un golpe; para domar mi carcajada, me pusieron una mordaza.
- ¡Llévenlo y déjenlo lo más lejos que puedan!
Cuando desperté, sentía hambre y frío. Trigales de oro, colinas pardas bajo el sol de mediodía. Adolorido, me arrastré hasta alcanzar la sombra de un árbol y me tendí de espalda. Los recuerdos fueron llegando despacio: los efectos de la inyección, la llegada de los presos, mi salida; yo les daba vueltas y más vueltas; entonces surgieron flagelantes las preguntas: ¿Delaté, inconsciente, a los compañeros perseguidos? ¿Me arrancaron nombres, lugares, referencias? ¿El dolor quebró mi lealtad?
La duda me fracturó las sienes y me desmayé.
Cuando desperté, una india vieja acomodaba el poncho con el que me había cubierto. Nunca supe cuánto tiempo estuve bajo sus cuidados. Dejé la choza un atardecer; ella me acompañó hasta la carretera; ella no hablaba castellano, pero yo entendí el idioma universal de la compasión en la luz marchita de sus pupilas y en su maternal abrazo de despedida. Recordé las palabras de mi tía: "A ti te amamantó una india de Pulltumarca: tu mama Casimira".
Durante el largo viaje en ómnibus, renacieron los recuerdos de la cárcel y la duda se organizó y enraizó en mi cerebro.
Te acostumbraste a mis endurecidos gestos, a mis silencios repentinos, a mis sobresaltos, a mis palabras sin dueño.
Estábamos a la orilla del río. Te cubriste la cara con el libro que fingías leer y, en un susurro:
- Quiero que vengas a mi cuarto.
Acaricié tus cabellos y te dije: "No". Lloró en la tarde el eco triste de mi voz. Acariciaste mis manos sin apuro ... mis manos: acostumbradas a enfatizar mis clases y manejar la tiza; manos después endurecidas que no entibiarán tu deseo. Hicimos en silencio el camino de regreso; no hubo "hasta mañana" al separarnos.
Hago un esfuerzo y me incorporo. Apoyado en el quicio de la puerta en la cual me desplomé, miro el cielo más allá de las colinas; el viento juega con las ramas e inquieta a los pájaros. Me apena la indiferencia de "Muñeca", la gata. Dejo sin asegurar la puerta, entro en el cuarto en penumbra y me tiendo sobre el camastro.
El dolor se ensaña en mi pecho y resbala hacia abajo, por la axila izquierda. Mi brazo muere por su cuenta. Un sudor frío y pastoso me humedece. Te recuerdo.
Tardes sucesivas nos encontraron en "El Salas", el salón de la plaza de armas.
Ayer, nomás, saliendo de un silencio prolongado, me preguntaste:
- ¿De quién eres?
Hubiera querido responder a tu cariño sin futuro, pero yo no sé de quién soy. En otro tiempo sí lo sabía: era de mis alumnos, de mi familia, de mi Partido, de la aldea pequeña donde nací.
Hilvanabas tu llanto silencioso. Yo demoraba mi taza de café. A la salida, en un bazar, compré un muñequito de lana para ti.
- Lo llamaremos Reliv.
Tenías los ojos maternales al sonreír.
- Es sólo un muñequito; lo que yo quería ... tú sabes. Ya lo estuviéramos esperando. -Y, cambiando de expresión: -Quiero visitar a una amiga.
No fue larga la visita. Casi al despedirnos, llegó una niña, miró el muñequito y te preguntó:
- ¿Lo trajo usted para mí, señorita Liv?
Se lo entregaste. Ya en la calle, comenté:
- Qué pena, nuestro Reliv.
- No era el nuestro, te lo dije.
En tus pestañas, una lágrima se quedó temblando.
Oigo tu voz agitada.
- Es aquí, aquí vive.
Yo sé que tú y dos hombres (que estaban perdidos en el tiempo) me están mirando. Tú te sientas al borde del camastro. El hombre más viejo me levanta un párpado y dice:
- Está muerto -y agrega-, fue un camarada leal, señorita.
Yo todavía estoy prendido a la vida en sus palabras.
- Fue un hombre valiente y leal.
La última palabra rebota y se extingue: leal, leal, leal.
Se han borrado mis dudas. Me embarga un antiguo bienestar; como cuando tenía juguetes, como cuando la vieja india me cuidaba, como cuando tus ojos se llenaban de ternura.
Tienes mi ya tranquila mano entre las tuyas pequeñas.
Voy entrando en la piedad de las sombras y nada me tortura: ni la soledad, ni tu amor quebrado, ni la duda.