En la puerta de calle me di con la mirada disciplinada y vinagre del guardia.
- Me acompa�a a la comisar�a.
- Pero, �por qu�? �qu� pasa?
- Tengo �rdenes.
La ventana del segundo piso, donde viv�an mis t�as, estaba cerrada. Nadie vio que me llevaban preso.
Al llegar a la comisar�a, el guardia dijo algo al cabo; �ste me mir� de reojo y orden�:
- P�senlo para adentro.
Pens� en llamar a la imprenta.
- �Puedo usar el tel�fono?
- Est� prohibido.
- Es que necesito ...
- Aqu� no se discute.
La puerta del calabozo se cerr� detr�s de m�; en la boca del est�mago se me instal� un fr�o �cido. Limpi� las lunas de mis lentes y me pas� el pa�uelo por la cara.
- �Me das un cigarrillo? -la voz estremeci� la penumbra. Sentado en el piso de tierra, un mulato jugaba con algo entre las manos. Le entregu� la cajetilla; me la devolvi� disculp�ndose:
- Agarr� varios; hace tiempo que no fumo, �sabes?
- Est� bien -quedamos en silencio; �l fumaba y yo trataba de acostumbrarme a la poca luz.
S�bitamente, el mulato se incorpor� de un salto; me tom� por los hombros; me sacudi�; me palp� la ropa por encima y me dijo enronquecido:
- Ten�as cigarrillos y tambi�n tus cosas -me arroj� contra el muro- �No te registraron al entrar?
El mulato temblaba, furioso, puesta la mano sobre mi pecho, presion�ndome contra el muro; yo callaba. Pas� un rato largo antes de que se volviera a sentar. Dijo algo que no llegu� a entender. Despu�s, se acerc� arrastr�ndose; me cogi� del brazo y acerc� su rostro, yo pude distinguir el tinte amarillento de sus ojos.
- Te han tra�do por comunista, �no es cierto?
Su espera se quebr� en mi silencio; me solt� y se arrastr� hasta el otro lado de la celda.
- Mira -me dijo despu�s que hubo fumado, despacio, un cigarrillo-, aqu� meten soplones haci�ndolos pasar por detenidos, para que nos sonsaquen; cre� que t� eras uno de �sos; pero no ... no lo eres; yo los conozco, los descubro por su olor, los saco por sus maneras. �Primera vez que caes?
- S�.
- Eso me parec�a, primera vez. Es bien brava la primera vez, bien jodida -su mirada me estudiaba a pausas-. Esta secci�n de este lado es para presos pol�ticos, compa�ero.
En la oficina estaban tres hombres; uno de ellos me orden�, indic�ndome una silla:
- Si�ntate ah� y espera.
El tiempo se escurr�a perezoso.
- �Ac�rcate!
Las miradas de los tres hombres se agazapaban detr�s del escritorio.
- Tu trabajas en construcci�n civil, �no?
- Yo soy tip�grafo.
- Conque eres tip�grafo.
- S�, linotipista.
- Y est�s en el sindicato, �desde cu�ndo?
- Desde (di una fecha).
Uno de los hombres, repentino, con voz alta, cortante:
- �D�nde est� Julio?
- �Julio? �Qu� Julio?
- Lo de siempre: no sabes qui�n es; no sabes nada.
Y el hombre gordo:
- Vamos por partes: �Qui�n te ordena imprimir la propaganda?
- Todo trabajo del taller ...
Me golpe� en el hombro. -�Era Julio! �Habla imb�cil; era Julio! -me tom� por los cabellos y me ech� atr�s la cabeza.
- �Oiga usted! -protest�.
Quise levantarme, me ahogaba. Recib� un bofet�n. Dentro de m�, una onda oscura comenz� a temblar. Las manos del hombre gordo acomodaron la pantalla de la l�mpara; la intensa luz me encegueci�; me sent� sumergido en un espacio resplandeciente cargado de humo.
- �Qui�n es tu jefe?
- Don Pedro es el jefe del taller.
- �No te hagas el idiota! -grit� el hombre de voz chillona-. Tu jefe, el del Partido, �c�mo se llama?
- El que te daba a imprimir la propaganda -agreg� el otro. Me sopl� sobre la cara una bocanada de humo de su cigarrillo. La tos comenz� a trabajar en mis cavernas; los hombres se echaron a re�r a carcajadas. Un guardia me condujo de nuevo al calabozo.
El mulato se mov�a en la oscuridad.
- Por ah� hay un pedazo de frazada; abr�gate los pies.
Me molest� (cre� que me molestaba) el tono compasivo de su voz. El rostro del mulato se iluminaba de betunes brillantes cada vez que aspiraba su cigarrillo.
- �Qu� pas�?
- Preguntas.
- Es el principio. Si te insolentas, te pegan; si te asustas se burlan y te bajan la moral; cosa dura, compa�ero. La primera vez, yo me puse a llorar; yo, que no lloraba desde que se muri� mi vieja.
- Y t�, �por qu� est�s preso? -yo no quer�a que el mulato dejara de hablar; ten�a miedo a quedarme a solas con el silencio.
- �Por qu� , crees? Por nada ... quiero decir por nada que se pague con la c�rcel. Por protestar y por pensar, por eso que al final se llama pol�tica. �Entiendes? Mejor te lo explico. Yo era alba�il y me gustaba mi trabajo; yo era un hombre libre y me gustaba mi muchacha. Ella trabajaba en las oficinas del sindicato y yo iba a las sesiones del sindicato s�lo por acompa�arla. El Secretario General era un cholito, flaquito �l, inteligente y bien macho. Una noche entraron los uniformados; uno de ellos agarr� al Secretario y comenz� a meterle palo; yo no aguant� el abuso y le met� un cabezazo. As� comenz�. �Para qu� te cuento! Me agarraron entre cuatro y me metieron preso; me soltaron y me volvieron a agarrar; a cada rato y era de nunca acabar. No ten�an nada de qu� acusarme. Una noche, entraron en mi cuarto, tra�an papeles y folletos y un rev�lver viejo, que despu�s dijeron que eran m�os, que los hab�an encontrado en mi cuarto; cosas que yo nunca hab�a visto, te lo juro; pero as� lo hacen. Entonces ya no me soltaron. Desde ya no s� cu�ndo me pelotean de un sitio para otro, qui�n sabe hasta cu�ndo; qui�n sabe qu� quieren.
- �Nadie se interesa por ti?
- Mi muchacha, en los primeros meses ... despu�s, nadie. Los abogados te cobran y te empapelan -la voz del mulato se met�a ara�ando sus recuerdos-. Aqu� se piensa mucho, compa�ero, y yo he pensado mucho; hasta dejar de ser el alba�il asustado que apresaron. Uno cambia; parece mentira. Aqu� se aprende de los otros, de los universitarios, sobre todo; buena gente; me acuerdo de un tal Carlos. La �ltima vez que me soltaron estuve con ellos; les ayud� y encontr� en ellos ... �qu� te dir�a? Encontr� que hab�a una pelea, una pelea que vale la pena, una pelea que vale porque la tenemos que ganar aunque nos rompan el alma, aunque uno se quede desangr�ndose en media calle.
La voz, pausada y sobria, revoloteaba por la celda.
- Mira, otro preso escribi� con un clavo sobre esta pared:
Este silencio
tiene un rev�s de grito;
detr�s de estas tinieblas
hay alguien que te espera
con un beso encendido.
Yo lo entiendo; no te lo puedo explicar, pero lo entiendo y lo llevo en mi memoria. Recu�rdalo t� tambi�n; te ayudar� a no sentir aunque esas fieras te asusten, y cuando ya no sientas miedo, camarada, no podr�n hacerte da�o; ser�s un hombre libre.
De esa fuente morena, la voz brotaba y brotaba.
La brutalidad del guardia desencuadern� mi sue�o.
Era la misma oficina; los hombres eran otros.
- Si�ntese, por favor. Usted es un hombre inteligente; comprender� que es nuestro trabajo, una ocupaci�n como cualquiera pero m�s sacrificada. No tratamos mal a nadie por nuestro gusto, pero hay cosas que son necesarias; para eso nos pagan. Bueno, contamos con su ayuda. D�game: �a usted lo obligan a trabajar para el Partido?
- No -le respond�, sin darme cuenta.
- Entonces, �se pone fuera de la ley por su gusto?
- No, claro que no.
- A ver, expl�quese.
- No entiendo nada; d�ganme, �por qu� me han detenido?
- Las preguntas las hago yo. Bien, usted no entiende; �Julio es pariente suyo?
- Aparte de mis t�as, no tengo m�s parientes.
- �Y Julio?
- �Qu� Julio?
Otro hombre estall�: -�Habla ya, carajo! -me dio un pu�etazo y la sangre floreci�.
El primer hombre hizo sentar al que me hab�a pegado.
- Calma, compadre, calma -y a m�: -Estamos cansados y nerviosos; trabajamos sin colaboraci�n.
Hab�a un tono burl�n en su actitud conciliadora.
- Este se�or copiar� lo que usted responda y en un cinco acabamos.
-Y, dirigi�ndose al hombre que estaba sentado delante de la m�quina de escribir: -�Listo?
- S�, se�or.
En ese momento me acord� del mulato: "No debes sentir miedo" y decid� no contestar, mirar dentro de m�.
- �Desde cu�ndo act�a en pol�tica?
...
- �Qui�n es el jefe del Partido?
...
- �D�nde guardan la propaganda?
... Yo me dije: �Qu� hago aqu�? �Por qu� se ha interrumpido la monoton�a de mis d�as?
- �D�nde est� Julio?
... (Cuando yo era ni�o, aquel maestro primario -ya lo he perdonado- me torturaba con preguntas: �D�nde est� Pek�n? Paseaba mis ojos sobre el mapa y me callaba. �D�nde se pone el punto decimal? Yo contaba mis dedos y callaba).
- �D�nde vive Cristina? �D�nde trabaja el marido de Soledad?
... (Todos los nombres de mujer son bonitos. Ella era menudita, ten�a las caderas anchas y los pechos chiquitos).
- �Por qu� se inscribi� en el Partido?
... (Aquella misma tarde, mi t�a me hab�a preguntado: "�Por qu� no te casas?". Yo record� un "Te espero" que se qued� lejano para siempre en el olvido).
- �Cu�ntos miembros tiene su c�lula?
... (Yo me mord�a los labios y me refugiaba en mis recuerdos y animaba mi esperanza. Alguna vez proyect� un apartamento sencillo, con flores junto a los libros; una mujer que escuchara mientras teje y que esperara mi silencio para preguntarme: "�Quieres un poco de caf�?" [Un caf� como el que me invitaba do�a Elena, en tardes ya perdidas]. Los domingos al campo, aqu� nom�s, a la orilla del r�o Pulltumarca).
- �Qu� n�mero tiene tu carn�? �Qui�n distribuye el bolet�n? �D�nde se re�nen? ... d�nde ... qui�n ... qu�.
Y yo, huyendo de las preguntas que templaban la red de mis nervios.
Palideci� la l�mpara en el amanecer. Los hombres apagaron sus preguntas y salieron. Uno de ellos, antes de irse, me dijo:
- �No te das cuenta que lo sabemos todo? Si no hablas ser� peor para ti. Te llevar�n a otro sitio y ya ver�s lo que es bueno.
La irritante claridad del patio me lastim� los ojos.
- �Hombre! �De cu�nto tiempo?
No pude fingir que me alegraba al reconocerlo. Entre sus cuatro galones de Mayor y nuestra infancia, el tiempo ha pasado barriendo muchas cosas.
- �C�mo est�s, Javier? -lo salud�.
- �Qu� te ha sucedido? �Por qu� est�s aqu�?
- No lo s�. Me tomaron preso. No me han dicho por qu�.
- �Capit�n! -llam� el Mayor-. �Por qu� han detenido a este hombre?
- Este ... un momentito, mi Mayor. �Comandante de guardia! �Qui�n ha detenido a este se�or?
- Voy a ver, mi Capit�n.
Regres� el Sargento e inform�:
- Lo trajo el guardia S�nchez, por orden suya mi Capit�n.
- �C�mo! �Por mi orden? Pero, si yo no conozco al se�or. �Guardia S�nchez!
- Presente, mi Capit�n.
- �T� has detenido a este se�or?
- S�, mi Capit�n, por orden de usted.
- �Qu� dices? �Por mi orden?
- S�, pues; en la casa de cuatro pisos. �Se acuerda, mi Capit�n?
Usted me dijo: "Oye, S�nchez, aqu� te plantas y al primero que baje te lo cargas". Este se�or fue el primero que baj�.
- �No, hombre! �No era �ste; el otro, el que te ense�� el domingo!
�El del cuarto piso! El dirigente de construcci�n civil. -Y luego, volviendo su respeto al Mayor: -Aqu� hay un error de este guardia; lo arreglamos en un momentito, mi Mayor.
La ma�ana, reci�n parida, se abr�a luminosa y virginal. Era diferente a otras ma�anas y yo tambi�n era diferente. Yo hab�a cambiado; hab�a dejado de ser el tip�grafo asustado que tomaron preso; porque, como me dijo el mulato: "Hay una pelea que vale la pena ... una pelea que tenemos que ganar".