Mientras esperaba que el patrón lo llamara, Manuel miraba los maizales altos y robustos. Sentado al borde de la acequia que pasaba por la puerta de la casa-hacienda, apoyados los antebrazos sobre las rodillas, jugaba con sus dedos como acariciando las densas trenzas negras de la Juana.
Iban a vivir juntos.
Los tres años anteriores, las nubes habían pasado altas con su carga de lluvia que no cayó. Ahora, oportunas, frecuentes y apropiadas las aguas despertaban el verdor de las chacras. No habría sequía.
Los partidarios y los pequeños propietarios se alegraban con la promesa de buenos choclos para febrero; este año no se harían insistentes rogativas a los santos, no se cargarían los trajines de pálidos silencios, no se morirían las criaturas prendidos de los secos pezones de pechos vacíos y todos comerían, beberían, bailarían en los carnavales.
Desmenuzaba Manuel un puñado de tierra entre los dedos; tierra ajena, como el trabajo de sus días; ajena, como el fruto de sus manos; ajena, como su vida inútilmente madurada, como lo fueron las vidas de sus mayores y lo eran las de los otros indios como él, en la hacienda inacabable. Porque todo, chacras, semillas, yuntas y hombres pertenecían al patrón. Él lo vivía desde niño y no sabía por qué tenía que ser así. Los peones envejecidos decían que era una maldición de siglos sin remedio; los universitarios de la ciudad, perseguidos, excomulgados, jugando a las escondidas venían para incitarlos a que invadieran las tierras de los hacendados; anunciaban una ley de reforma agraria que habría de ampararlos y dejaban volantes que eran distribuidos apenas comprendidos. A muchas leguas, detrás de los cerros por donde el sol se esconde, otros indios (según decían) habían invadido tierras y habían caído abaleados; cinco muertos, abrazados a la tierra ajena, daban testimonio. Y el miedo se esparcía acallando rumores, fermentando odios escondidos.
Dura es esta vida perra -rezaban los peones; el huaino venía desde lejos:
Cansado estoy de vivir
la vida que voy pasando,
¡Carajo! La vida es triste
y la vivo padeciendo.
Y así era, aunque para Manuel lo era menos dura, pues, se ocupaba de las tareas domésticas de la casa-hacienda; intermediario entre los dueños y la servidumbre, estaba liberado en parte de los trabajos de campo.
- Tú eres un sirviente -le dijo su primo José en cierta ocasión-. Tú estás vendido al patrón y ya no sientes como nosotros.
De un puñetazo, Manuel le rompió la boca, pero le quedaron ardiendo las palabras. Ahora que él y la Juana iban a juntarse, la esperanza borraba de sus recuerdos los agravios y mucho le costaba poner freno a su alegría.
Escuchó el silbido del patrón y acudió al llamado.
- Mira, hijo, hay un gavilán que se está llevando los pollitos de la señora. Vamos a buscarlo; llévame la carabina.
El patrón caminaba delante atisbando la arboleda, buscando al gavilán en las altas copas de los eucaliptos.
- Vamos a buscar por el bosque, del río al otro lado.
Manuel se alegró; sabía que por esos lados acostumbraba ir a lavar la Juana. Con la carabina protegida bajo el poncho, siguió detrás de su patrón.
El cielo se iba cargando de nubes oscuras y espesas; pronto llegaría la lluvia. En busca del gavilán, fueron a dar en un claro del bosque, al borde de un manantial donde la Juana estaba lavando. Los dos la miraron: llamas de lujuria en los ojos del patrón; ternura esperanzada en los ojos de Manuel.
El patrón se acercó a la Juana; Manuel acarició la carabina bajo el poncho. La Juana trató de incorporarse; el patrón la tomó por los hombros y la tendió sobre el montón de ropa sucia. Manuel se quitó el poncho y levantó la carabina.
Gordas, temblorosas las gotas de la lluvia comenzaron a caer.
El patrón sujetaba con una mano a la Juana por las trenzas y con la otra se bajaba los pantalones; Manuel apuntó a la cabeza del patrón con la carabina; el patrón, doblado sobre la Juana, dio vuelta la cabeza.
- ¡Qué haces, indio de mierda! -gritó.
Manuel dejó caer la carabina; se acercó a su patrón y le cubrió la espalda con su poncho.
- Te estás mojando, patroncito.
Caminando de espaldas se alejó. Cuando el grito de la Juana destempló el aire, Manuel echó a correr; huyó con aquel grito a cuestas.