TANTO FRIO

Réquiem para un amigo.

 

El afán de la luna bañaba otra acera. Las calles recomponían pasos invisibles y distantes.

Un frío azul le atravesó las sienes. Mario despertó y se puso de pie apoyándose en la pared. Había bebido tanto como otras veces, pero ahora su ebriedad era distinta. Con torpe ademán se cruzó el saco para abrigarse.

Caminó tambaleándose. Antes de llegar a la esquina, se le doblaron las rodillas, cayó y se quedó ovillado. Un perro acercó la curiosidad puntiaguda de su hocico; Mario extendió el brazo para acariciarlo; el perro se alejó de un salto. Frustrada la caricia, la mano se mantuvo temblorosa y alta, recortada contra la noche añil.

La misma mano, muchos años antes, casi infantil, se había perfilado, temblorosa y alta, contra el cielo, al disparar la honda y, en el suelo el pajarillo rojo y negro palpitaba en su agonía. Mario se ensangrentó los dedos al sacarle el corazón. Días después, el pequeño corazón, reseco por el sol, fue convertido en polvo, y el polvo fue aprisionado dentro de un guardapelo, en un ritual de brujería.

La niña de los ojos negros tenía, como Dios, su amor inaccesible y, como a Dios, para alcanzarlo, el niño recurrió a la magia. Todos los escolares quinceañeros lo sabían: con el corazón de la "putilla" se lograba el amor de la muchacha que buscaban sus sueños, sólo era necesario que ella, de algún modo, entrara en contacto con el corazón reducido a polvo.

- ¿Me prometes no abrirlo? -le pidió Mario al regalarle el guardapelo.

- Prometido -concedió la niña de los ojos negros.

Cuando la madre de Mario adivinó el mágico ritual, le dijo: "Ella no te amará por lo que has hecho. El que hace brujerías sólo embruja su propia vida. Muchachito, sólo serás dueño del amor que conquistes.

El perro lo miraba desde lejos. El canto de un gallo inició el prólogo del alba, y otro, y otro más, lo continuaron.

- Tengo frío ... tanto frío ...

Sentado en la vereda, todo en Mario, alcohol y soledad, era un turbio lodazal. La luna corría desbocada entre las nubes.

- Fue brujería y embrujé mi propia vida -se confiesa, cerrando sus recuerdos.

Se levantó despacio, escupió, se limpió la boca con el dorso de la mano, siguió calle arriba, tambaleándose. El perro clavó su aullido en el presagio añil del cielo.

*

 Mario salió de su pueblo al comenzar su adolescencia y regresó después de larga ausencia.

- No pude irme del todo; tal vez aquí algo de mí dejé olvidado ...

Los amigos sonrieron sin entender acaso la innecesaria explicación.

- Aquí hay tanto que hacer, ¿no les parece?

Mario encontró a la que fuera la niña de los ojos negros.

- ¿No te acuerdas de mí?

Ella quiso ser amable, pero no lo reconoció. Mario le señaló el guardapelo que ella llevaba al cuello y le preguntó:

- ¿Quién te lo dio?

- Realmente, no lo sé; lo llevo desde niña.

- ¿Qué tiene dentro?

- Ahora, una foto; cuando lo abrí por primera vez, un poquito de tierra o de cenizas.

Mario no llamó a las puertas del amor olvidado.

- ¿Saben? Podríamos sacar un periódico -decía a sus amigos.

- Claro, buena idea. Pero acaba tu trago.

- ¿Por qué no organizamos un club de teatro? Podemos ensayar en las noches.

- Hay que pensarlo, hermano. ¡Salud por el teatro!

- Podríamos salir a pintar los domingos.

- ¡Salud, hermano, salud!

- Debemos leer a Mariátegui, en grupo, así como estamos, aquí mismo; nos pueden prestar la habitación vecina.

- Pero, bebe, hombre; ¡Salud por tus proyectos!

- Podemos ... ustedes, ¿qué proponen?

Todos bebían y bebían.

- En este ambiente, con esta gente no vas a hacer nada -le dijo una

amiga de su madre-. Vuelve a Lima.

Mario recordó la ciudad inclemente y sin dioses, la soledad donde siempre fue un extraño. No quiso cerrar la puerta a sus espaldas y contestó:

- Tiene usted razón. Me iré el mes que viene.

Y vinieron los meses para formar los años. Oscuros años de trabajo rutinario y sin futuro; turbias noches de alcohol; absurda madeja de tristeza huraña. Mario bebía aprendiendo a callar; a veces, un poema irrumpía en su silencio.

- Es de Vallejo, de nuestro padre César; nuestro amor, nuestro dolor hecho palabra.

Y los amigos:

- No te pongas sentimental, hermano. ¡Salud!

Y mirándolo así, con su tristeza inútil y su voz desencantada, las amigas de su madre murmuraban:

- ¿No le habrán hecho brujería?

En la profunda pizarra de la noche ebria, una lechuza traza la raya de su mal agüero.

Los gallos comienzan a tejer la madrugada. Las nubes se desvelan jugando a las escondidas con la luna. Mario ha llegado a la "Cruz del Cumbe"; desde allí la ciudad es un esqueleto de luces mortecinas que se van arrastrando hacia la pampa; Mario reconoce cada esquina, cada casa de su pueblo.

- Y todo ha de seguir igual; días iguales encontrarán tus mismos trajines ... dormidos en tus rincones mis recuerdos ... tus calles olvidarán mis pasos y nadie sabrá cuánto te amaba, antiguo pueblo mío.

Un golpe de tos lo sacude.

- Nadie me esperaba cuando yo regresé después de los años. Mi madre, bajo el dintel de su asombro, me miró despacio; me preguntó: "¿Has tomado tu café?". Supe entonces que para ella yo nunca estuve ausente.

Mario se pasa la mano por la frente para ahuyentar su pena. Sus ojos se van llenando de humedad salobre.

Dan comienzo sus últimos delirios:

- Ha de llegar el guardia con su paso sonoro y trasnochado. Ordenará: "¡Vamos, borracho, despierta!". Apoyará su zapatón en mi hombro, dará vuelta mi cuerpo ya sin dueño para encontrar mis ojos abandonados y eternos. "Ha terminado, al fin, tu larga borrachera". Tomará nota y se irá disgustado. El juez del crimen ha bebido conmigo hasta muy tarde; ha de sentirse mal; dirá que esperen ... Yo puedo esperar, no tengo apuro.

Va clareando.

- Con su fervor recién amanecido, el Párroco se impondrá a mi lado, cadáver y cielo mezclando en su mirada; repetirá: "En el fondo era bueno" y con su piedad amaestrada, por el descanso de mi pena, rumiará una plegaria. Un niño me mirará asustado: "Mamá, ¿por qué duerme con los ojos abiertos?". Doña María, la beata, llegará sin que la llamen: "Ya lo decía yo ... ya lo decía" y, entre rezos y chismes, repartirá la noticia.

Mario regresa de su presagio y de sus lágrimas. Una mancha de luz, hacia el oriente, crece y se empaña; hay perfume de trinos y retamas; se destiñen en los cerros manchas que olvidó la noche. Mario intenta levantarse y se apoya en los codos; tiende los ojos hacia la colina que corona la ciudad, y grita:

- ¡Mi cometa, papá! ... ¡Se ha roto el hilo! ... ¡Papá, mi cometa!

Ha sido su último delirio: la colina de Santa Apolonia incendiada de cometas en agosto; la sombra de su padre y su niñez en sombras.

Estalla alegre y luminosa la mañana.

El guardia, con su paso sonoro y trasnochado, se aproxima.

 

Hosted by www.Geocities.ws

1