- Maneja despacio, abrígate.
- Adiós.
- Salúdala.
- Adiós.
Inspeccionó el tablero de control y probó el cambio de luces; encendió el motor y esperó que calentara; soltó despacio el pedal de embrague y el camión partió pesadamente.
Amanecía. El ronquido del motor apagaba el tañer de las campanas. Techos, chacras, árboles amanecían repentinos y se borraban en la niebla. El camino era una orden impuesta a las retinas.
Amaba los caminos y viajaba hasta en sus sueños.
Su cuñado le enseñó a manejar. Pensaba en él ahora. Recordaba la noche cuando entraron en el cementerio, escalando los muros, para enterrar clandestinamente a su sobrina y los dos sintieron miedo.
- Hace tres años que murió ... fue en enero -dice en voz alta.
Su cuñado, que era alegre, no volvió a sonreír. Aquella noche, cuando las estrellas se trizaron en sus lágrimas, había jurado: "Tendré plata. No sé como; pero tendré plata y el hambre no volverá a matarme otro hijo".
Ahora tiene tres camiones y una casa; otro hijo está aprendiendo a caminar.
- ¡Qué pronto hizo plata! -dice la gente y nadie sabe cómo. Se habla de "pichicata" y contrabando; pero, la gente está demasiado ocupada con su propia pobreza y no piensa en la riqueza ajena.
Transportaba una carga de alcohol de contrabando.
Sintió miedo. Manejará despacio; las curvas, en segunda; las bajadas, sin "ruster"; los cambios de luz, a tiempo. La muerte avisa y él ha sentido miedo.
El sol apenas calentaba cuando llegó a la posada; estacionó el camión y entró. Rostros duros le sonríen; ademanes calmados lo saludan.
- ¿Qué tal? ¿Estás sin ayudante?
- Lo metieron en chirona después de una pelea.
La charla interrumpida continúa:
- Como les iba diciendo: reventó la llanta delantera; noventa kilómetros por hora ... y se mató; dicen que se quedó como riendo.
- ¿De quién están hablando?
- De Segundo Rojas, ¿lo recuerdas?
- Pues, claro; le gustaba correr. A mí me aconsejó: "Si una llanta se te revienta, tienes que aguantarte a puro timón; nada de frenos". Por eso me salvé una vez.
- ¿Con tu camión?
- No, con una camioneta del Ministerio.
- Pero hay que tener raza para no meter la pata al freno, cuando se te va el carro.
- Peor es que te metan las patas bajo tierra.
Una sonrisa triste distendió los labios.
Un chofer viejo salió; se quedó un momento a la puerta mirando los caminos, como si echara de menos algo, como si buscara a alguien. Los otros choferes lo siguieron. Afuera, los motores trabajaban sordamente.
Él se quedó mirando su taza de café y, desde el fondo, el miedo le hizo una señal.
Cambió de velocidades; pero, en ninguna se "encontró". Optó por manejar despacio, esperando que le pasara el miedo.
- No te dejes vencer por el miedo -le decía su cuñado-. Aunque te asuste un camino, tienes que dominarlo. Todas las cosas en la vida se parecen: te humillan o las caminas.
- Hundió el acelerador y el camión "picó" rugiendo; pasó el límite de velocidad más allá del cual el encalaminado ya no sacude y todo, el paisaje y la huella, es una sensación fugaz. Con la mirada tendida sobre la carretera, sentía la vida del camión en su propia carne.
Los caminos purifican; en ellos, el nombre amado es más amado.
La recordaba; su imagen iba enseñándole la ruta.
- Voy a tener un hijo -le había dicho al despedirlo.
Él la miró aturdido; le acarició los pechos: -"Mejor te acuestas ... "
Ella se echó a reír; le calentó la cara con su aliento; se desearon; ella lo contuvo: - Ahora, no; tienes que manejar; será a tu vuelta, ¿ya? -y le mordió los labios, suavemente.
- Tendrá tus mismos ojos verdes.
El ruido del motor se aleja para volver de pronto, juguetón y alegre. Llegaban los recuerdos y el ruido del motor se hacía música de fondo. Mientras el camión corría, él recordaba las palabras de su madre: -"Tu padre era moreno de ojos verdes, como tú ... si viviera".
Pero ya no vivía y su madre también estaba muerta. Se marchitó lavando ropa, que él repartía al terminar sus horas escolares. Después de un vómito de sangre, la llevaron al hospital y él no tuvo que repartir ropa limpia. Con sus primeros jornales compró la lápida para la tumba de su madre.
Casi no vio la curva; al terminar la recta, la curva le salió al encuentro; él cambió a segunda; el camión se contuvo firme, sin desviarse y pasó la curva limpia, exactamente, sin frenar.
Él amaba los caminos; y a ella la amaba porque en su cuerpo, en sus palabras y en sus ojos había también un inquietante viaje.
Ella ocupó el cargo después que enterraron a la anterior maestra.
- La vida es la respuesta a todas las preguntas -se decía. La vida es siempre buena -sacudía la cabeza echando atrás su cabellera y miraba el pasar de las nubes. Se le perdían los ojos siguiendo su mirada. A veces, una lágrima soñaba en sus pestañas.
Un día, a la puerta de la pequeña escuela se detuvo un camión y el chofer le pidió:
- Présteme una lata para echarle agua al motor.
Ella miraba el motor descubierto mientras él vertía el agua.
- ¡Qué complicado todo esto! Y usted qué bien lo entiende.
Él sonrió, halagado.
- Así que es usted la nueva maestra; quién fuera su alumno.
Se arrepintió, se supo tonto. A ella le gustó el verde valiente de sus ojos y el dejo de su voz serrana. Él se despidió tímida, apresuradamente y ella lo envolvió en la dulzura triunfal de su mirada.
- ¡Vuelva otra vez! -le gritó, cuando el camión partía.
Aquella noche lo soñó. Por las tardes iba hasta la carretera esperando verlo pasar. Los libros se quedaban abiertos ante sus ojos que viajaban siguiendo la huella del camión; los libros, entre sus manos que esperaban.
Y llegó de improviso.
- Quise venir antes, pero estuve enfermo.
Y volvió muchas veces. Cuando él partía saboreando todavía la taza de café, ella, reclinada en el quicio de la puerta, se quedaba triste.
Una noche, él no partió. Ella guardó el recuerdo de sus hombros desnudos y de sus manos traviesas y de su propio deseo prisionero entre un zarzal de besos. Después, en la intimidad de sus esperas, supo por qué lloran las guitarras, por qué tienen las distancias el color azul de la nostalgia.
Miraba las estrellas; suspiraba.
Estaba retrasado; pero, llegaría a tiempo y el guardia de turno en la garita dejaría pasar la carga del alcohol de contrabando. Este sería el último viaje fraudulento. Le pediría a su cuñado el camión para otros trabajos.
Hablar con ella del hijo que venía y de su nombre; tomar café a su lado, escuchando sus lecciones; tocar sus pechos duros, creciendo en la promesa de la leche tibia.
De pronto la llanta delantera que revienta; un cambio que no engancha; un barquinazo; un viraje violento sin frenar ... y todos los muertos en las carreteras, que vuelven a morir ... todos los muertos que vuelven a morir ... todos los muertos ...
El camión, como una bestia herida, crujió al rodar por la quebrada y agonizó largamente entre las llamas del alcohol de contrabando que llevaba.
Y él, el chofer, a solas con sus caminos que amaba, con sus recuerdos y sus sueños quebrados, entró en la negra voracidad del abismo hacia otro viaje sin destino, sin posadas, donde nadie lo esperaba.
Lo esperó toda la noche. Le dieron la noticia en la mañana; dictó sus clases como siempre. El atardecer la encontró al borde de la carretera, donde solía esperarlo, arrugando su pena entre sus manos. Pensó en el hijo que venía; sintió que las guitarras de la vida bordoneaban en la intimidad de sus entrañas. Miró las negras nubes que traían camionadas de noche y con las manos sobre el vientre, acariciando la suavidad de su falda de franela, tomó el sendero de regreso hacia la escuela.
- Tendrá sus mismos ojos verdes ... sus mismos ojos verdes.
Y sus lágrimas se fueron secando, poco a poco.