Un cerco de madera rodeaba el edificio en construcción.
El horario de trabajo estaba colocado sobre uno de los tablones: "Mañanas, de 7 a 11; tardes, de 1 a 5; Sábados, sólo en las mañanas" Alfonso se aproximó al cerco para mirar el trabajo ruidoso de la pala mecánica.
- Oye, tú, ¿quieres trabajo? -era el capataz de la construcción.
- ¿Cómo dice?
- Que si quieres trabajar ... diez soles al día.
- ¿Como obrero?
- Claro; cobras los sábados.
Alfonso negó con la cabeza. El capataz hizo un gesto de desaire:
- ¡Conque niñito bien! Has de querer chamba de oficina para pasártela rascándote. Alfonso pagó su pasaje en ómnibus con la última moneda que le quedaba. Descendió en una esquina del Jirón de La Unión.
Durante años, Alfonso participó de la seguridad y la rutina de la Compañía de Seguros que lo empleaba y a cuyo destino se sentía emocional y conscientemente ligado.
Una mañana, el gerente lo hizo llamar.
- Hemos considerado -le dijo- la necesidad de reducir nuestro personal. No necesito explicárselo. Por otra parte, creemos que usted merece una mejor situación para progresar; de modo que (encendió un cigarrillo) hemos decidido dejarlo en libertad de buscar un cargo más alto ... en otra parte. Le estamos pasando su carta notarial y puede retirarse cuando guste. Si precisa una recomendación, bueno ... ya sabe.
Alfonso comprendió que pese a los años de servicios, él nada significaba para la importante empresa. El gerente lo acompañó hasta la puerta de su oficina y, en despedida, le palmeó la espalda.
- Gracias, señor - Alfonso, por costumbre.
Para dar tiempo a que le pasara el desconcierto, fue a los servicios higiénicos. Al salir se encontró con el viejo conserje.
- ¿Ya se lo dijeron? Los escuché hablando de su asunto; lo siento; usted me caía bien.
- Gracias. No esperaba esto ... pero, ya ve usted.
- Don Alfonso, llévese este recuerdo mío; este encendedor, yo no fumo; es de un solo uso ... material desechable, le dicen.
- Usted se ha molestado; en fin ... se lo agradezco.
Alfonso se guardó el encendedor. "Material desechable", se dijo.
Se le acercó el Secretario del Sindicato de Empleados.
- Si usted quiere -se ofreció-, el sindicato podría hacer algo; aunque usted nunca quiso afiliarse.
- No se moleste, mi amigo, no es necesario.
- Por lo menos aproveche los tres meses de plazo. Las cosas pueden cambiar.
- Veremos; pero, yo pienso que un buen empleado encuentra trabajo en cualquier parte.
- Discúlpeme; usted no desarrolló conciencia de clase y espera llegar a ser gerente por su trabajo.
- Gracias; buenos días.
En su escritorio, Alfonso se dedicó a poner en orden sus papeles. Llamó a su secretaria y ésta le contestó fríamente:
- ¿Qué quiere?
Alfonso comprendió que ella ya no tenía por qué ser atenta ni mostrarse sonriente.
Nada; no se moleste.
Habían trabajado juntos por más de dos años; sin embargo, a él le pareció que la veía por primera vez. La secretaria le volvió la espalda. Alfonso murmuró: "material desechable".
Al día siguiente, ya no regresó.
Cuatro meses después, agotado el monto de la indemnización, Alfonso ya no estaba seguro de que "un buen empleado encuentra trabajo en cualquier parte". Aquella mañana le habían repetido las palabras de siempre: "No se preocupe; en cuanto haya algo lo llamamos. Tenemos su dirección. Sea paciente".
Para Alfonso, ser empleado, además de una situación económica, constituyó un estado de conciencia; una identificación con alguien y con algo; ser un personaje. Por eso ahora, fuera del esquema en el que se había configurado su quehacer, para él las personas y las cosas perdían significado y se quedaba desamparado.
Caminaba despacio por el Jirón de La Unión. El recuerdo de las dos últimas entrevistas le roía el alma.
Aquel sub-gerente de marcado acento inglés, al revisar el formulario de solicitud de empleo, observó que estaba sin llenar el espacio correspondiente a la pregunta: "¿Ha participado en algún movimiento político?" y se lo hizo notar.
- Ha omitido esta respuesta.
- Así es.
- ¿Por qué no la ha contestado?
- Porque me parece humillante.
El sub-gerente se mordió los labios, se puso encarnado, se echó a temblar y al fin, parpadeando, estalló:
- ¡Fuera! ¡Lárguese de mi oficina!
- Pero, oiga usted ... en mi país ...
- ¡País de quién! Extremista ... rojo. Salga de aquí, imbécil -y, frenético, rompió el formulario.
Fuera de la lujosa oficina, Alfonso cavilaba: "Estos gringos de mierda son intratables. Y el puesto no era malo ... Paciencia". Le valió la experiencia, de ahí que se comportara tan resignado en la entrevista con aquel Director de Ministerio. Después de haber revisado el expediente y de haberlo informado de las exigencias del cargo, el Director terminó:
- Naturalmente, usted está inscrito en el Partido y tiene una constancia de sus servicios en la campaña electoral.
Alfonso se retiró sin despedirse, casi huyendo, para no provocar violencias. "Material desechable", se dijo.
Un grato, evocante perfume de café lo arrancó de sus meditaciones. Café de sus lecturas, de sus amigos, de la muchacha que se fue, íntimo café, amargo consejero. "Un hombre sin café es inevitablemente desdichado, está perdido", se dijo. Sintió frío, supo que estaba solo, tal vez siempre había estado solo. Se acercó a la puerta de un Cream Rica. Todas las mesas estaban ocupadas; en una de ellas, próxima a la entrada, reconoció a su joven ex-secretaria; la acompañaba el empleado que, según le informaron después, había ocupado su puesto en la compañía y que era sobrino del gerente. Él tenía puesta una mano bajo la falda sobre el muslo de la joven; ella sonreía.
- A mí no se me ocurrió hacer esta porquería.
Alfonso siguió caminando por el Jirón, perseguido por la fragancia del café; recordaba al viejo conserje y al Secretario del Sindicato.
Al escuchar su nombre, volvió la cabeza. Desde el automóvil que manejaba, un hombre risueño le hacía un solemne ademán de saludo. "Espera que vuelva a votar por él o será que quiere protegerme con su saludo. Sí, me protege con su saludo".
Llegó a la plaza San Martín y se detuvo cerca de una de las columnas del portal. Un sabor amargo le colmaba la boca; un escalofrío le sacudía el cuerpo. "Voy a enfermar; sería el acabose". Volvió a sus reflexiones: "Quería protegerme; ya es un jefe y se porta como jefe; cumple con sus roles de humanidad; de caridad cristiana".
El turbio y rumoroso pasar de la gente. "Burócratas, delegados de sus amos. Jefes por obra y gracia de su servilismo que lo envilece todo, que convierte el trabajo en servidumbre. Se apoderan de todo, hasta del sueño; administradores del miedo; traficantes de la inconsciencia".
Una mosca le rozó la cara; Alfonso la siguió con la mirada. La mosca se posó sobre el muro: "Y hay que firmar solicitudes denigrantes; buscar tarjetas de recomendación de idiotas no-recomendables; reconocer jefes y aceptar su despotismo. Y uno que no se da cuenta; que se engaña a sí mismo; que se vende ... ¡puta madre! ... que se vende. Pero tiene que haber un otro lado; otro modo de vivir, sin miedo, sin servilismo, sin porquerías. Y, si no hay, hay que crearlo; pero ¿quién? ¿quiénes se van hacer matar para cambiar este mundo de mierda, mundo de desocupados?
La mosca reinició sus acrobacias en torno al rostro de Alfonso.
- ¡Bichos asquerosos!
Alfonso disparó un manazo para coger la mosca; se quedó con el brazo extendido y fue abriendo el puño lentamente; la mosca desaparecida y él con el brazo extendido y la mano abierta y que no podía más. En su mano abierta, una anciana que pasaba depositó una moneda.
Súbitamente, Alfonso cerró el puño; miró a su alrededor; escondió la mano cerrada en el bolsillo; volvió a buscar testigos; descubrió a la anciana que le había dado la limosna y la siguió; le devolvería la moneda y le diría: "Señora, yo no soy un limosnero; yo soy un empleado ... yo". Se contuvo al recordar que desde hacía cuatro meses ya no era un empleado; que estaba sin trabajo. Apretó la moneda escondida en su puño y supo que iba a llorar.
Un hombre lo tomó del brazo: -¿Puedo ayudarlo, señor?
- No, gracias.
- Me pareció que ... disculpe, está usted pálido.
- No es nada ... sólo que estoy sin trabajo.
Alfonso, libre de la mano que le ofrecía apoyo, caminó hasta la otra esquina del portal; atravesó la calzada y entró en la plaza San Martín. En los jardines, un tibio sol de invierno jugaba entre las flores. Una mariposa blanca revoloteaba y Alfonso la siguió con la mirada.
- "Estoy sin trabajo y tengo miedo ... eso es todo"
Alfonso recordó la limosna; recordó al hombre que le ofreció su ayuda y sintió disminuir su miedo. La mariposa revoloteaba: "Trabajo; pero no volver a sepultarse en una oficina".
Un hombre, al parecer un obrero, jugaba con un niño. La pelota con la que ellos jugaban, rebotando, fue a parar a los pies de Alfonso, éste la recogió y se la entregó al niño.
- Gracias, compañero -le dijo el hombre.
"Compañero", repitió Alfonso y la palabra le supo estimulante y tierna; le quedaba un último cigarrillo, pero el encendedor no funcionó; Alfonso lo arrojó al jardín a tiempo que decía: "Material desechable". De pronto se sintió contento. El reloj en lo alto de un edificio marcaba las 12:15. Alfonso recordó el letrero que marcaba el horario de trabajo en el cerco de la construcción; recordó al capataz y el entusiasta ajetreo de la pala mecánica. La mariposa seguía revoloteando.
Con la moneda de limosna fuertemente apretada en la mano, Alfonso se encaminó hacía la esquina por donde pasaba el ómnibus que lo dejaría cerca del edificio en construcción.
La mariposa se quedó posada sobre una hoja.