Sucedió rápidamente: detonaciones, gritos, gente que se dispersa; una ráfaga de metralleta; desde un automóvil, que huye veloz, otros disparos.
El hombre fue a dar contra la pared, se dobló y cayó sobre la acera; tenía el pantalón ensangrentado. -"A la vuelta de la esquina hay un médico" le gritó una mujer que arrastraba una carretilla con frutas.
El hombre presionó el timbre. El médico lo ayudó a caminar hasta la sala de consultas. Lo examinó, le curó la herida y le aplicó una inyección.
- Creo que nos conocemos. - Le dijo el médico.
- De la Facultad -respondió el hombre y agregó: -Supongo que llamarás a la policía; tienes que informar.
- Lo que yo haga es cosa mía; tú, descansa. - El médico salió del consultorio. A su regreso, le informó: - Me dice mi secretaria que han atrapado a uno de los asaltantes; se trata de delincuentes comunes.
- Te agradezco por tu ayuda; debo decirte ...
- No me digas nada; en caso de un interrogatorio... Tú sabes.
- Trabajamos en el Comité de Apoyo. ¿Continúas?
- La curiosidad mató al gato. -El médico sonrió- Vamos a ver; ponte de pie; camina; muy bien; necesitas unos días de cuidado. ¿Tienes dónde ir?
- Precisamente, estaba buscando; cabo de regresar.
- Algo he sabido de ti. - El médico, detrás de su escribió, miró fijamente al hombre, luego escribió una nota y se la entregó.
- Allí es posible que encuentres ayuda.
En la puerta, le tendió la mano; el hombre la estrechó en un silencio emocionado.
- Buena suerte.
La señora que, durante días opacos, lo había cuidado con esmero y afecto, cambió de pronto su actitud.
- Usted no es de los nuestros - le dijo fríamente.
- No he dicho que lo fuera.
- Lo hemos ayudado porque usted colaboró en el Comité de Apoyo. Ahora debe irse; salvo que decida incorporarse.
- Agradezco mucho la ayuda que me han dado, a usted especialmente; no tengo papeles y no conseguiré trabajo; necesito de tiempo para tomar una decisión. Ahora no sé qué hacer.
- Trate de sobrevivir. Le voy a dar una dirección, allí le ayudarán. No trate de volver a vernos. No se refugie en las barriadas. Muévase en las zonas residenciales, son menos peligrosas. No sueñe, no se arriesgue inútilmente.
La señora había recuperado la misma entonación resignada y triste que tuvo el día cuando se refirió a la muerte de su único hijo en la masacre de los penales. El hombre la besó en la frente; sintió que la señora se estremecía levemente.
Tres meses después, él conocía la ruta más corta entre dos puntos de la ciudad. No intentó volver a ver a quienes le habían proporcionado el automóvil, la habitación con los enseres necesarios, la falsa documentación.
Es mucha la información que un taxista puede obtener de los ocasionales pasajeros si se sabe escuchar sin adelantar opinión; en particular sobre la opinión política y la situación económica de las familias.
Sin razones claras, había esperado que, después de la experiencia subversiva de los últimos trece años, la gente del pueblo hubiera comprendido que la liberación era posible y que los grupos de poder hubieran aceptado la necesidad de optar por un cambio democrático plural con poder del pueblo y que los discursos políticos de la oposición hubieran adquirido un contenido pedagógico para fomentar el cambio.
Lo que a diario le chocaba era la sumisión y el engaño, la ignorancia y la manipulación, la limosna y el oportunismo, la desocupación y la corrupción, el hambre y el narcotráfico, los rituales y el amordazamiento universitario, las madres que lloraban por sus hijos desaparecidos y los discursos sobre los derechos humanos, la inocencia sin defensa y los jueces sin rostro, los niños hambrientos y las casas de juego, el fraude electoral y los debates sobre la legitimidad del poder judicial...
Desde el fondo de sus dudas surgía una palabra: persistir; pero, ¿Al lado de quién? ¿Con qué medios?
Para confrontar sus experiencias con la teoría política, compró libros de los cuales conocía citas dispersas y, en la soledad de su habitación se dio a reflexionar.
A poco de iniciar su trabajo, una tarde recogió a tres pasajeros. El que iba a su lado, le ordenó:
- Estaciona el auto aquí y baja con nosotros.
El hombre se dio cuenta de lo que ocurría y obedeció. Los cuatro caminaron callados. Entraron en una cafetería y se instalaron en una mesa aislada, en un rincón.
- Nosotros te conocemos; tú no nos conoces.
- Sospecho quienes son.
La camarera se acercó y ellos pidieron cuatro tasas de café. Una vez que fueron atendidos, el hombre de mayor edad dijo:
- Bueno, no te vas a pasar la vida de chofer.
- ¿Qué propones?
- Persistir, compañero, colaborar.
- ¿Colaborar con los acuerdos de paz o con la lucha armada?
- Correcto; esa es la alternativa; pero, la decisión correcta es la que nos impone el momento histórico, la voluntad del pueblo, nuestra gloriosa lucha.
- El hombre sonrió.
- Sin risitas, compañero; la cuestión es seria; debes incorporarte a la lucha armada.
- ¿Y por qué?
- Porque las masas nos siguen; porque las chispas no pueden rebelarse contra la hoguera. En cuanto hayamos recompuesto nuestros cuadros y recuperado nuestras bases de apoyo, estaremos en condiciones de continuar con la guerra popular.
- Los campesinos abandonaron las bases de apoyo y se refugiado en las ciudades; se han convertido en sirvientes, mendigos o delincuentes. Los obreros, los intelectuales, la clase media, los intelectuales se mantuvieron indiferentes y los politiqueros pescaron en río revuelto. En algo hubo fallas.
- ¿Cuándo, compañero?
- Cuando 1a heroica rebelión se convirtió en terrorismo. ¿El odio pudo más que la disciplina? ¿Los mandos militares se impusieron sobre los mandos políticos, se desbordaron?
- Sobrevaloras el costo social de la revolución. Tu extracción pequeño burguesa te acobarda y te impide tomar conciencia de clase.
- Conciencia de clase; la cuestión es esa. No la formaron. Se apoyaron en los campesinos y descuidaron las ciudades; la formación de cuadros en los sindicatos, en las Universidades, en las oficinas. Copiaron un modelo ajeno a nuestra realidad para la acción y...
El tercer hombre, que no había intervenido, lo interrumpió:
- Estas divagando. Hay que ir a lo esencial: el poder nace del fusil; el Partido guía la revolución e impone el comportamiento.
- No son los fusiles los que triunfan, sino quienes los tienen; se hizo para que las armas cambien de mano. Nos quedamos con las recetas; olvidamos que nuestra revolución no será copia ni calco sino una creación heroica.
- Al grano, compañero, ¿Qué propones?
- Qué cosa puedo proponer si yo no soy militante. Sin embargo, puedo dar mi opinión: me parece que es necesario reconstituir el Partido y dotar de una nueva orientación a la resistencia armada; paralelamente orientar a las masas, desenmascarar la política neoliberal, denunciar el fraude electoral ...
- Nos convertiremos en una academia de preparación universitaria, contigo en la dirección.
- Los hombres rieron. El que parecía ser el jefe concluyó:
- No perdamos más tiempo. Si estuvieras en nuestras filas podrías plantear en las bases tus puntos de vista. Ahora eres solamente un franco-tirador. Si te quedas solo no tienes nada que hacer.
Uno de los hombres dejó sobre la mesa un billete y dijo:
- Persiste en la lucha armada; incorpórate. La crítica a espaldas nuestras es traición a nuestros héroes de junio del 86.
Los hombres se retiraron. "Nos volveremos a ver". Se acercó la mesera y el hombre le entregó el billete.
- Cóbrese y quédese con el cambio.
- Es mucho, ¿no 1e parece?
La mesera lo acompañó hasta la salida y, después, anotó el número de placa del automóvil. El hombre se dijo: - He cometido un error; ni siquiera miré el billete.
Otra reunión semejante habría de reproducirse semanas después en el mismo local. Esta vez, eran dos hombres y una muchacha. Desde el mostrador, la mesera observaba atentamente.
El hombre más viejo repartió cigarrillos e inició la conversación:
- Tuviste una reunión con otros compañeros.
- ¿Otros o los mismos?
- Otros; los que han roto la unidad del Partido y no han cumplido con las directivas, llevados por sus ideas militaristas.
- Y ahora, ¿van a adivinar mis ideas?
- Déjate de chistes - terció el hombre joven - Tú estuviste con nosotros en los Comités de Apoyo.
- ¿Y quiénes somos nosotros?
- Somos el Partido.
- Partidarios de los tratados de paz, de los arrepentidos y del culto a la personalidad. ¿No es así?
- Partidarios de una política inteligente: sentarnos a discutir un acuerdo de paz. Esta lucha, óyelo bien, esta lucha no puede continuar; es una necesidad de la revolución y el gobierno esta decidido a negociar.
- Un acuerdo de ese tipo se discute entre quienes tienen capacidad de decisión. Con los vencidos no se discute, se les engaña porque ello tienen la sartén por el mango.
- Te falta información. No has leído la fundamentación de los acuerdos.
- Y que salen con el visto bueno de los servicios de seguridad.
- Los que se difunden entre los compañeros que tienen los fundamentos para comprenderlos y que, si no se sabotean, pueden llevarnos a una amnistía. El pueblo los aprobará.
- ¿Un pueblo que respaldó con su voto el auto-golpe, el liberalismo salvaje en economía, la represión política, la corrupción institucional, la mordaza en las comunicaciones, la desintegración de las universidades, la estupidez parlamentaria?
- Ese es el rollo de los que quieren ver al Partido liquidado. Lo inaplazable es encontrar la salida a esta situación.
- Correcto, pero una salida sobre principios no sobre pactos. Que se base en los planes ya trazados hasta la toma del poder y que apliquen la teoría y la experiencia al análisis concreto de situaciones concretas; no sobre las fantasías y la claudicación y la traición.
- ¡Cuidado, compañero! - el hombre más joven estaba rojo por la rabia - ¡La idea de los acuerdos viene del hombre que está sobre todos y sobre todo! Tú y los que comen en el sucio plato de los oportunistas no le llegan a la suela de sus zapatos.
- Veremos cuando ese hombre tenga que hacerse su autocrítica.
- Fuera de las disposiciones ya adoptadas por el Partido no tenemos nada qué hacer- El hombre viejo hizo ademán de incorporarse.
- Disposiciones tomadas por un solo hombre, después de que los que se atrevieron a hacer la crítica y su autocrítica fueron anulados.
La situación había alcanzado un alto grado de tensión.
- Permítame unas palabras -pidió la muchacha que hasta el momento no había intervenido. - Si bien al compañero le falta madurez política, después de un reentrenamiento, puede colaborar con nosotros; ya lo hizo antes.
- ¿Colaborar corrigiendo las faltas de ortografía?
- No se salga por la tangente, compañero -la muchacha era la única en el grupo que estaba serena- Lo que quiero decirle, compañero, es que no puede quedarse solo. Supere su desesperación pequeño burguesa; intégrese a la causa del pueblo. Políticamente, más allá de nosotros, no hay nada.
Cuando se quedó solo, el hombre pagó la cuenta; esta vez dejó la propina conveniente. La mesera lo acompañó hasta la salida y, de vuelta al mostrador, llamó por teléfono.
En una lóbrega habitación, sobre una tosca silla, se encontraba el hombre. Las huellas sangrientas en su rostro, la laxitud de sus miembros y sus ropas destrozadas, eran muestras del tratamiento recibido. Dos uniformados lo escoltaban de pie. Frente a ellos, detrás de un escritorio, un Coronel ceñudo miraba al prisionero.
- Esta es tu documentación, ¿la reconoces? La encontramos en la casa que utilizaba tu Comité de Apoyo. Tienes para un encierro por toda tu vida. Ahora vas a hablar.
La cara de indio del Coronel tenía un gesto de ferocidad.
- Coronel ... -dijo el hombre con voz apagada.
- ¿Quieres hablar? Comienza diciéndome quién eres.
- Yo soy un arrepentido.
En lo que quiso ser una sonrisa, el Coronel mostró los dientes separados y afilados. Se frotó las manos.
- ¡Eso me gusta! Repite lo que has dicho.
- Estoy arrepentido de mi error -el hombre tragó aire por la boca.
- ¡Magnifico! Sigue, hijo, sigue.
- Estoy arrepentido por haber abandonado a mis camaradas.
El Coronel recuperó su expresión brutal, apretó la mandíbula y cerró el enorme puño.
El hombre no pudo esquivar el golpe y cayó desmayado y sangrante.