Ella no podía precisar en qué momento abandonó el gusto por la vida; le era doloroso situar los limites en el marco de su malestar; no podía liberarse de esa oscura sensación de que "algo iba a pasar". Había pagado el precio no convenido por una vida sin apuros y el prestigio de ser la mujer de un miembro distinguido de la Corte de Justicia. En los complejos esquemas del Psicólogo ahora buscaba la felicidad perdida. Felicidad fue la palabra que autorizaba los buenos consejos de los guías espirituales que consideraban su compulsiva obligación enredar, con su habilidad de titiriteros, los hijos que apartaran su camino de las tentaciones y pecados en el cerco pueblerino de una ciudad, capital de Departamento, que estaba convulsionada por la subversión, después que los terratenientes dejaron de ser el grupo de poder.
Irene Buenaventura ingresó a la Universidad porque no tenía otra cosa que hacer y se matriculó en la Facultad de Derecho para no separarse de unas pocas amigas. Juan estaba próximo a obtener su título de abogado; Irene lo conocía desde la infancia y él la orientó en sus vinculaciones universitarias y la guió en sus estudios.
El Profesor de Derecho tenía un rostro de líneas regulares y trigueño; su ojos eran verdosos e inteligentes. A decir de la tía Encarnación, ese rostro "reflejaba un alma limpia y bondadosa". Alguna vez, en clase, Irene había contemplado embelesada ese rostro.
Una mañana, el Profesor de Derecho, a la salida de clase, detuvo a Irene en el pasillo y, en un aparte, le dijo:
- Debo disculparme ante usted.
- ¿Por qué, doctor?
- Habrá usted notado que en clases la miro con insistencia -Irene estaba sorprendida, el profesor continuó. -Distinguirla entre sus compañeros no es correcto de mi parte. Es usted muy atractiva y, además, me sirve de orientación. No falte usted a mis clases.
- No faltaré, doctor -Irene trataba de sobreponerse a la grata impresión. El profesor se alejaba con el porte elegante de quien está seguro de su encanto.
Días después, ella mencionó el incidente y Juan comentó:
- Cada quien tiene su manera de matar pulgas.
¿Qué quieres decir?
- Algunos profesores usan maneras distintas de seducir a sus alumnas: uno manipulan con las calificaciones, otros utilizan su automóvil y los más hábiles ponen pajaritos en las cabezas de sus alumnas.
- ¿Me consideras fácil de seducir?
- Bueno, eso debes saberlo tú.
Irene, sonrojada, se retiró sin despedirse. Llegó a su casa y encontró que el profesor se despedía de su madre y de su tía.
- El doctor -explicó la tía Encarnación- nos ayuda en unos asuntos ... y me parece que se interesa por ti.
- ¿Cómo se te ocurre? No debes poner malas ideas en la cabeza de la muchacha. - Le reprochó la madre de Irene.
Las visitas del abogado se tornaron regulares; pasaron a ser parte de las reuniones del té de los viernes; en ellas participaban, además de la madre y su hermana, Marcial, el otro hermano, la señorita Etelvina, la solterona y jubilada profesora, y el Párroco. De aquellas reuniones, Irene conservaba trozos sueltos de conversaciones.
- La familia del Doctor -opinaba el Párroco- es un magnifico ejemplo de lo que se puede alcanzar con el trabajo y la fe. Sus padres hicieron fortuna en el comercio a los pocos años de instalarse aquí, procedentes de un distrito vecino; a hora la familia se codea con lo más graneado de nuestra sociedad. El Doctor es un muy buen partido matrimonial.- El Párroco dedicó una sonrisa dulzona a Irene.
- La codicia de los campesinos convertidos en comerciantes es de una voracidad ...
La tía Encarnación le impidió continuar:
- Cállate, Marcial, parece que te has contagiado de la envidia que les come el alma a tus amigos del Café. -Para cambiar de tema y dirigiéndose a Irene: -¿Cuántos años le calculas al Doctor?
- Qué sé yo; poco más de treinta ...
- Es conveniente que en el hogar el esposo tenga unos años más.
Irene ya sabía adónde apuntaba su tía.
Y en otra reunión:
- El Doctor estuvo interesado en la hija del ricachón don Jorge. He oído comidillas interesantes sobre ...
- Déjate de chismes, Marcial . -Y después, a solas con su hija: -No te hagas problemas con lo que se comente respecto al Doctor.
Otros eran los problemas que preocupaban a Irene; ella no comprendía bien los aspectos políticos de la peligrosa agitación universitaria y menos comprendía las justificaciones de los mismos que los líderes universitarios recitaban con la monotonía de lección mal aprendida.
Un viernes, Irene llegó a su casa cuando la reunión se iniciaba. Primero el Párroco y luego, uno tras otro, los demás miembros del grupo se retiraron al comedor, dejando en la sala al Abogado y a Irene.
- Me es grato conversar a solas con usted, Irene.
- Aprovecharé para que me oriente. Tengo una olla de grillos en la cabeza.
- ¿ De qué se trata?
- ¿Cómo encara el Poder Judicial el problema de la subversión?
- Comienzas a pensar como abogada; pero tú ni siquiera has terminado el primer año y ya quieres especializarte en derecho político.
Irene pasó por alto la ironía.
- En clases, usted nos ha hablado de los requisitos para que una prueba judicial sea válida y de la calificación de los testigos y de cómo debe quedar constituida una sentencia. ¿Verdad? Sin duda, el delito de terrorismo, debidamente configurado y probado, debe ser legalmente castigado.
- Es la Ley.
- ¿Pero, se está haciendo así? Con un simple parte policial irresponsable, con la delación de un arrepentido obtenida, a veces, con tortura, con la absurda suposición de que la simpatía por una doctrina política constituye un acto de terrorismo se puede mandar a un hombre a que se pudra en vida en la cárcel.
- Esta cabecita -le acarició la cabellera- quiere comprenderlo todo y de golpe. -El Abogado mostró su impaciencia tamborillando con los dedos sobre el brazo del sillón.
- Y al más: los Jueces sin Rostro. Una administración de justicia sin dignidad, sin coraje, refugiada en las sombras y la arbitrariedad. ¿Qué pasará si un solo condenado, nada más que uno, resulte inocente?
Irene se había exaltado; el Abogado estaba disgustado.
- En otro momento te lo explicaré con calma. Por ahora, acepta esto: el Estado tiene que utilizar todos los medios a su alcance para evitar que se desestabilice al gobierno y se comprometa el proceso de pacificación.
- ¿Me está usted diciendo que el Poder Judicial debe ponerse al servicio del grupo de poder de turno en el gobierno?
El Abogado hacía visibles esfuerzos por controlarse.
- Esas no son ideas tuyas, Irene. Estás repitiendo lo que dicen los agitadores de la Universidad . . . lo que dice ese . . . ¿Cómo se llama? ¿Juan? -tomó aliento y continuó: - A propósito, ¿Sabes que se gradúa la próxima semana? Me hubiera gustado ser parte de su jurado.
Irene descubrió un brillo maligno en los ojos verdosos del Abogado y cuando él intentó besarla, al despedirse, ella apartó su mejilla. Ella comenzó a esperar la próxima semana. En el comedor, la reunión continuaba:
- ... es algo que he oído más de una vez -decía el tío Marcial.- El Doctor fue propuesto para un alto cargo en la Corte de Justicia de la Capital, pero no alcanzó el puntaje mínimo en las calificaciones; un año después, volvió a ser desaprobado
- Mi amigo, -le respondió el Párroco- ¿Por qué propalar las calumnias de las malas lenguas? Y en presencia de su sobrina; poca consideración la que le tiene.
Irene rompió el silencio que siguió.
- Perdónenme; no es la primera vez que en sus conversaciones me vinculan con el Doctor, ¿me están poniendo en vitrina?
Los presente sonrieron y miraron a la madre.
- Será mejor que lo sepas; el Doctor nos ha dicho que quiere casarse contigo. Me gustaría que hablemos ahora.
- No, mamá, dejémoslo para otro momento; ahora, no.
Llegó la "próxima semana" y con ella la ceremonia de graduación de Juan. Irene fue a la Universidad y llegó cuando la ceremonia de sustentación de tesis había terminado. Cuando, después de las felicitaciones y los abrazos, todos se hubieron retirado, Irene estrechó en silencio las manos de Juan entre las suyas; salieron y caminaron por los pasillos de la Universidad y terminaron en los jardines a esa hora desiertos.
- Felicitaciones, abogado.
Irene estrechó su cuerpo al de Juan y lo besó en la boca; se separó un poco y lo miró a los ojos; Juan, inmóvil, sonrió; ella se apretó a su pecho y volvió a besarlo. Años después, ella le confesó a su amiga: "Era la primera vez que yo besaba a un hombre, la primera vez que mi cuerpo acalorado sentía un deseo sin freno".
Juan la acompañó de regreso a su casa.
- Irene, te agradezco por tu expresión de afecto; pero me sentiría muy mal si permitiera un malentendido entre nosotros.
- Dejemos eso. ¿Qué proyectos tienes?
- Voy a incorporarme al grupo de Abogados Democráticos que pretenden juicios limpios para los guerrilleros presos. ¿Estás loco, Juan? Uno de esos abogados fue asesinado y otros están en la cárcel.
- Hay muchas incomprensiones y muchos riesgos. No quiero hacer como otros: incendiarios como estudiantes y bomberos en cuanto tienen el diploma. Debo ser leal a mis ideas, a pesar de mis dudas. No puedo asumir otros compromisos. ¿Me comprendes, verdad?
- Te comprendo, Juan y espero que tú también me comprendas ... no debía decírtelo en este momento ... El Doctor quiere casarse conmigo.
Juan le acarició y le besó las manos a modo de despedida.
De regreso a su casa, Irene dijo a su madre: "Ahora el Doctor ya puede hablar conmigo.- Esa misma tarde tuvo lugar la entrevista por todos esperada.
- Quiero hablarle con toda claridad, como ya lo he hecho con mamá -declaró Irene.- Yo lo aprecio, Doctor, y sería deshonesta si le digo que yo estoy enamorada de usted. Más tarde o más temprano deberé casarme y si ha de ser ahora y con usted, mejor.
- Admiro tu sinceridad. Sé lo que hago y podré hacerme amar; no me hubiera perdonado que fueras a caer a otros brazos.
- ¿Qué está usted insinuando?
- Me refiero a ese flamante abogado, pensaba que ustedes ...
- No hay ustedes, Doctor; si él me amara, usted no estaría aquí.
El rostro del Doctor tomó un tinte cenizo y sus labios se apretaron; Irene volvió a encontrar el extraño brillo de sus ojos verdosos.
La familia, secundada por el Párroco y la profesora Etelvina, arregló la ceremonia del cambio de aros, a la que asistieron la familia del Doctor, políticos y personas notables de la localidad.
Comenzó para Irene el penoso aprendizaje de moverse en un ambiente social que no era el suyo, en donde había que sonreír ante las zalamerías y las palabras de doble sentido; donde había que desconfiar, evitar que descubrieran sus pensamientos, esperar y escudarse en la persona del influyente novio.
Después que destacadas figuras del gobierno central visitaran la ciudad, comenzó a circular, precedida de un vago "se dice", la noticia que alborotó el gallinero y que nadie pudo impedir que llegara a oídos de Irene.
- Dicen que se lo llevan a la Capital ...
- Nombrado a dedo, sin duda ...
- Para el cargo al que lo desaprobaron dos veces ...
- Sirviente de los politiqueros ...
- Entre corrompidos sentenciará como le venga en gana ...
- Como juez sin rostro, claro está ...
Se convino en adelantar la boda, el Abogado viajaría a la Capital y un tiempo después Irene se reuniría con él.
A decir de su mejor amiga, Irene se sintió satisfecha, próxima a la felicidad, si bien carente del pudor al que la madre se refirió en sus consejos, o, como dijo Irene: Tal vez, precisamente, porque faltó pudor".
En la Capital, Irene, recurriendo a su intuición y los consejos de su marido, se ajustó a un ambiente social antes desconocido.
Para descubrir el estado de ánimo de su marido y anticiparse a cumplir con lo que él deseaba, Irene se habituó a observar su rostro. Se dio cuenta que, poco a poco que la sonrisa gentil, la mirada tierna, la serenidad de sus gestos, la atención comprensiva y la manera paciente de escucharla dejaban su lugar a una expresión tensa, impaciente y esquiva que, cada vez con más frecuencia, se manifestaban en un terco silencio, en la ansiedad de sus ademanes o en un cansancio triste, y que su rostro se desdibujaba en una espesa lejanía.
Unas veces el Abogado se encierra en su escritorio. Con frecuencia lo visitaban personas desagradables (Irene se enteró que eran abogados, militares de alta graduación, funcionarios importantes o políticos del montón) con quienes conferenciaba hasta altas horas de la noche, mientras ella daba vueltas en la cama, sin poder dormir, y cuando su marido se acostaba a su lado, ella, en la penumbra del amanecer, percibía que el rostro endurecido, cenizo y amargo, que ella hubiera podido llegar a amar, iba desapareciendo.
Los primeros síntomas, según informó el Abogado, se presentaron la noche que regresaron de una reunión social en la que Irene había bebido más de lo aconsejable. Ella despertó sudorosa, agitada, profiriendo pequeños gritos y repitiendo: "Has perdido tu rostro ... has perdido tu rostro".
A las preguntas del Psicólogo de la Clínica Militar, el Abogado contestó: "Últimamente, mi esposa manifestaba un interés exagerado por mis actividades profesionales. Relacionando de algún modo mis propias preocupaciones con lo que posiblemente escuchara a nuestros amigos, ella llegó a descubrir que ... y esto es estrictamente confidencial ... confío en el secreto profesional ... llegó a descubrir que yo integraba un "Tribunal de Jueces sin Rostro" -el Abogado estaba triste al terminar: - "No ha vuelto a mirarme a los ojos, pero, ahora que está restablecida, supongo que eso también pasará."
- No esté tan seguro. Puede sufrir una recaída y no se puede descartar el peligro del suicidio. Lamento tener que decírselo: ustedes están camino al divorcio. Tómelo como parte de la terapia.
Gracias a sus relaciones profesionales, el abogado logró que los trámites del divorcio se cumplieran rápidamente. Irene no volvería a ver al hombre que perdió su rostro.
La amiga íntima de Irene le dio la noticia:
- Juan ha burlado la persecución; está refugiado en casa de un pariente que no podrá protegerlo por mucho tiempo.
La reacción de Irene fue inmediata: "¿Puedo verlo? Quiero verlo". Apoyados por un miembro de una generosa institución, conseguida la documentación falsa, Juan pudo salir del país.
Mientras duraron los preparativos de la fuga, Irene visitó varias veces a Juan en la clandestinidad. Semanas después, confesó a su amiga:
- Estoy esperando un hijo.
- Cómo te has atrevido ...
- Lo necesitaba sobre todas las cosas. Enseñaré a mi hijo a no ocultar su rostro cuando ame o cuando odie, cuando triunfe o cuando fracase, cuando tenga que perdonar o condenar. El aprenderá a mirar a la vida cara a cara.