EL GRITO

 

Andrés ensilló al Manchao y partió al atardecer.

Desde el fondo del valle hasta el pueblo serrano, un nido entre colinas, allá arriba, se llega en siete horas a caballo.

El camino pasa frente a la casa-hacienda, baja perfumado de retamas, cruza el río por el vado y sube abrazado a las rocosas faldas del cerro hasta enfriar su cascajo en las alturas.

Era fresca la noche alocada de estrellas. En la diafanidad del cielo, Cerro-negro recortaba su perfil de piedra.

Andrés recordó la leyenda de aquel asesinato: uno de los abigeos denunció a sus cómplices y éstos fueron a dar a la cárcel. Salieron tiempo después, buscaron al delator y lo encontraron justamente en Cerro-negro. Sordos al sufrimiento, le dieron de palos hasta quebrar sus huesos; cuando lo arrojaron al abismo desde la cumbre de Cerro-negro, la víctima quiso agarrarse a la vida con un desesperado grito que estremeció la noche de luna llena. Por eso, dicen que en los plenilunios se repite el alarido y quien lo escucha enloquece. Así, nadie ha podido contar cómo el grito rueda por el cerro ennegrecido, ni cómo se desgarra entre las pétreas aristas afiladas por el viento y la lluvia, ni cómo se opaca enloquecida la luna llena.

La cuesta todavía no acentuaba su fatiga cuando saltó al camino un pacha-zorro. El Manchao se detuvo, arqueó el pescuezo llevando las orejas hacia atrás, pero, dócil a la espuela, siguió con tembloroso paso. Dio un salto el pacha-zorro, corrió un trecho y se detuvo para volver a correr. Una y otra vez el Manchao asustaba al pacha-zorro.

Andrés desmontó, cogió unas piedras y las fue disparando contra el pacha-zorro hasta que los ojos chispeantes se apagaron en las sombras.

Andrés ajustó la cincha, cruzó los estribos sobre la montura, dio unas palmadas en el anca del Manchao y fue caminando detrás de su cabalgadura que avanzó despacio.

Súbitamente, se iluminó la noche. Detrás de la "fila" lejana de los cerros, reventaba la alegría redonda de la luna. El río, abajo, soñaba con barcos de papel y con guitarras, entre el valle caliente de verdes taciturnos. Sobre la luna, arriba, muy arriba, negras nubes recortaban fantásticas figuras.

El paredón de Cerro-negro emerge repentino, desafiante con su oscura pizarra desgarrada por signos dolorosos, bajo el callado plenilunio.

Andrés presintió el grito, el alarido angustiado de la fatídica leyenda y sintió miedo del grito enloquecido que aloca a quien lo escucha; su caballo iba delante y corrió para alcanzarlo; el Manchao apresuró su trote; su dueño se detuvo y el caballo lo imitó, para volver a trotar cuando Andrés lo siguió. "Puede venir el grito a confirmar su historia", pensó Andrés y corrió en pos de su caballo y corría el caballo y el grito nacía entre las grietas y Andrés jadeaba en el terror de su carrera y jadeaban sus espuelas metálicas, huyendo.

Al fin, en la cumbre, una tranquera detuvo al Manchao y terminó su juego y Andrés, desfalleciente, retiró las trancas y montó de prisa y castigó al caballo y retumbó un galope abierto y a su espalda Cerro-negro iba hundiendo su horror entre colinas.

Andrés, en su carrera, no pudo evitar que su sombrero alto, de palma, rozara las ramas de los lanches; millares de palomas torcaz lo envolvieron en una oscura nube clamorosa; hundió nervioso las espuelas y el Manchao corrió y corrió.

Las luces del pueblo asomaron más allá de las colinas, Andrés sofrenó al Manchao. Una bandada de pajaritos blancos volaba sobre los trigales; revoloteaba jugando con las almas de los niños muertos. Desde la concavidad de las distancias, llegaba un rumor sedoso. Era el suave sonido de las hoces que segaban los trigos y animaba la canción de la cosecha:

     Arriba segadores

     de estos trigos.

     Palomita,

     palomitaaaaaaaa ...

Y la canción esperanzada y la luna que corría entre las nubes y, en el amanecer, Cerro-negro a solas con su grito.

 

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